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Participacion Ciudadana y Compromiso Cristiano

PARTICIPACIÓN CIUDADANA

Y COMPROMISO CRISTIANO

Construcción de la sociedad desde la Iglesia

 

Pbro. Mario Ángel Flores Ramos

Miembro de la Comisión Teológica Internacional

V Encuentro Diocesano de laicos

Diócesis de Querétaro, Mexico.

2012

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Hace algunos años (1993), en un extraordinario documento de los obispos cubanos, dieron una lección al mundo y encendieron una luz de esperanza para su propio pueblo. Titularon el documento con una frase del famoso himno a la caridad del apóstol san Pablo “el amor todo lo espera” (1Cor 13,7). En medio de una situación de grave injusticia social propusieron a todos un clima diálogo, privilegiando la verdad y la caridad. Algunos años después pudo llegar Juan Pablo II, en unas semanas más estará el Papa Benedicto XVI, mientras tanto la Iglesia se ha convertido, en medio de un ambiente explosivo y difícil, en la institución de confianza que va permitiendo cambiar sin violencia y sin odios la realidad cubana.

 

 LA REALIDAD QUE VIVIMOS

 

Cómo quisiera describir lo que estamos viviendo en nuestro país de una manera muy positiva, tanto en lo que se refiere a la vida nacional en su conjunto, como a la experiencia de cada uno en particular.

 

 Me gustaría mucho señalar que estamos en un momento de progreso social con grandes beneficios para la mayoría de los mexicanos, porque ya hemos pasado a formar parte de la sociedad de bienestar. Las familias cuentan con todos los elementos necesarios como son una vivienda digna, un trabajo suficiente, una alimentación sana y abundante. Los ciudadanos gozan de un sistema de seguridad social y de salud que está al alcance de todos, de una educación pública de calidad que prepara a los niños y jóvenes para su desarrollo pleno en la vida, que además les da acceso al deporte y a las actividades culturales y recreativas que les ayudan a crecer con optimismo, con alegría y con una personalidad muy integrada y seguros de sí mismos. Y, por si algo faltara, todo esto en un ambiente de mucha seguridad y de concordia social, donde la violencia no tiene lugar, donde se respira un espíritu de colaboración y de participación sin igual.

 

Quisiera hablarles de nuestra sociedad mexicana diciendo que no hay espacios para la corrupción, que no solo ha sido erradicada para siempre de los ambientes políticos y sociales, sino que vivimos en un medio de un clima de legalidad, de honestidad y de respeto sin igual. Muy lejos han quedado los tiempos de la desigualdad social donde se discriminaba a unos por su origen y a otros por su clase social o por su aspecto. No hay regiones donde el progreso no llegue, no hay contrastes entre riqueza y pobreza. Todos los sectores de la población están incluidos en el desarrollo, comenzando por los pueblos indígenas. Estamos ya en una sociedad en la que nadie se siente superior a otros por sus recursos materiales, ni hay nadie que trate a los demás con despotismo o prepotencia, abusando de la pobreza o de la necesidad de otros.

 

Pero no he venido a hablar aquí de sueños y fantasías. Decía un famoso predicador protestante y político norteamericano, Martin Luther King, en uno de sus discursos más célebres: “tuve un sueño…”, y soñaba que un día la discriminación contra la raza negra había desaparecido en los Estados unidos, ese país tan contradictorio que en pleno siglo XX seguía lleno de espacios donde se podía leer, “prohibida la entrada a los negros y a los perros”. En realidad Luther King no hablaba de un sueño sino de un ideal, hablaba de aquello por lo que estaba luchando cada día, empeñando su talento y arriesgando su vida, junto con muchos otros, tanto que un día, esa lucha efectivamente le costaría la misma vida. Él y muchos, estaban convencidos desde sus principios religiosos que este mundo puede ser distinto si nos proponemos cambiarlo.

 

De esto quiero hablar. No tanto de la descripción de nuestra realidad, que la conocemos porque la experimentamos cada día, sino de las causas que han provocado lo que vivimos, y de las posibilidades de cambiar esta realidad, apoyados en nuestras convicciones y en nuestras esperanzas. Los sueños, sueños son, decía el poeta, en cambio los ideales son motores potentes para desarrollar a las personas y a las sociedades, los ideales exigen talento y compromiso. El más grande ideal para la vida humana es el Evangelio, el más grande modelo para nuestra realización es Cristo. Aquí radica toda la riqueza de nuestra respuesta y de nuestro compromiso con la realidad que vivimos.

 

 

 

 

 

DEBEMOS SER PROTAGONISTAS FRENTE A NUESTRA REALIDAD

 

Una reflexión hecha por nuestros obispos mexicanos recientemente, en la que describen la realidad de violencia en la que estamos envueltos, concluye con mucha firmeza, sin más preámbulos: “Perdemos el tiempo cuando buscamos culpables o esperamos pasivamente que sea solo el gobierno quien dé solución a los problemas que son de todos. Debemos actuar ya, cada quien en su propio ámbito de competencia. Las autoridades con los recursos propios que le proporciona el Estado de Derecho para el ejercicio de su actuación; la sociedad civil, asumiendo responsablemente la tarea de una ciudadanía activa, que sea sujeto de la vida social; los creyentes, actuando en fidelidad a nuestra conciencia, en la que escuchamos la voz de Dios, que espera que respondamos al don de su amor, con nuestro compromiso en la construcción de la paz, para la vida digna del pueblo de México”[1].

 

Frente a una realidad compleja las soluciones son muy complejas. Debemos comenzar por identificar las causas para proponer los remedios.

 

 

RENCONCILIACIÓN CON NUESTRA HISTORIA

 

Un primer paso que debemos dar como mexicanos es una reconciliación con nuestra historia que nos lleve a aceptarnos tal como somos y a tomar nuestra propia responsabilidad, capaces de convivir en el respeto y en el auténtico orgullo de ser todos mexicanos. Son muchos los valores que conforman el alma mexicana y que se manifiestan en la riqueza de su cultura y de su historia. Los mexicanos tenemos un gran arraigo a la vida familiar donde la mujer es el eje, ya sea porque es quien forja los valores sociales o por el ausentismo real o virtual del padre. También nos caracteriza una gran fortaleza ante las adversidades y un ingenio y creatividad ante los problemas: nada nos arredra, nada nos detiene. Nuestros buenos sentimientos y nuestra nobleza son proverbiales. Somos festivos, hospitalarios, ceremoniosos y profundamente religiosos. Sin embargo, nos falta una identidad más firme y una mayor audacia para ser los verdaderos protagonistas de  nuestro desarrollo.

 

 

 

 

Reconciliación con nosotros mismos

 

Al conmemorar el bicentenario del inicio de nuestra independencia y el Centenario de la Revolución, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) privilegió el tema de la reconciliación social, como paso necesario para nuestro crecimiento:

 

“una de las grandes tareas pendientes en nuestra historia, escriben nuestros obispos, es la reconciliación entre todos los que formamos esta gran Nación. Reconciliación con nuestro pasado, aceptando nuestras raíces indígenas y europeas, especialmente españolas, todas vigentes y actuales. Reconciliación con cada una de nuestras etapas valiosas e importantes en la conformación de nuestra cultura: el Virreinato, la Independencia, la Reforma, la Revolución, el sistema posrevolucionario y la actual experiencia de paulatina transición democrática”[2].

 

 

La falta de asimilación de nuestra historia nos lleva a una primera consecuencia a nivel personal: nos hace inseguros e insatisfechos de nuestra propia identidad. Nuestra cultura sigue marcada por un mestizaje traumático, por un proceso que no termina de consolidarse. Es como encontrarnos en la etapa del adolescente que cuando está junto a sus padres, los detesta, pero cuando habla de ellos a sus amigos los eleva desproporcionadamente, mediante una representación fantasiosa de los mismos; mientras no acepte su realidad con todos sus elementos, no despegará hacia la madurez. Por ello se dice que la adolescencia no solo es una edad cronológica, sino también una situación mental y psicológica.

 

A pesar de nuestros casi 500 años de historia como nación mestiza, seguimos viviendo contradicciones en nuestra adolescencia social. Por una parte, prácticamente borramos e ignoramos nuestro pasado español (¡son 300 años de nuestra historia!) y rechazamos todo lo extranjero, pero en el fondo todos queremos llevar en nuestra realidad familiar algunas raíces europeas. Por otro lado, en el discurso se idealiza todo lo que es autóctono, todo lo indígena, pero en el trato diario, hay una desvalorización constante y hasta desprecio del mundo indígena, al grado de que la palabra “indio” se ha convertido en un sinónimo de insulto. Esto afecta por igual a todas las clases sociales.

 

Hace falta aquí un proceso de madurez cultural donde la reconciliación con nosotros mismos signifique la identificación con nuestras raíces y nuestra historia común, indudablemente mestiza, indudablemente reflejada en el rostro de santa María de Guadalupe, como preanuncio de la realidad de esta gran nación.

 

Reconciliación entre nosotros mismos

 

Hace falta también la aceptación mutua entre los distintos conglomerados sociales de nuestra nación. Unos y otros somos mexicanos, unos y otros tenemos los mismos derechos y obligaciones, unos y otros debemos tener las mismas oportunidades, y juntos debemos construir nuestro país.

 

Debe haber una “reconciliación entre las distintas formas de pensar, erradicando los fundamentalismos laicistas y las intolerancias religiosas de cualquier signo. Reconciliación de las distintas clases sociales, superando el desprecio y la desconfianza de de unos y otros para buscar el desarrollo de todos, sin injusticias ni discriminaciones. Uno de los tropiezos más graves después del movimiento de Independencia fue el enfrentamiento ideológico que dividió al país y nos llevó a rencores casi insuperables. Detrás de la Revolución Mexicana hay también una serie de desencuentros y desprecios que nos han llevado a ver como enemigos a quienes deberíamos ver como conciudadanos, compatriotas y hermanos. Ahora, al dar pasos firmes hacia la consolidación democrática y legítima alternancia en el poder político, vuelve a resurgir la discordia que paraliza los caminos del progreso y desarrollo, por la intolerancia ideológica de unos y la falta de compromiso de otros”[3]. Los creyentes, la Iglesia misma, estamos llamados a ser un factor de reconciliación social en medio de este ambiente de crispación política e ideológica.  (Sobran los ejemplos: masones, anticlericales, partidos de izquierda, partidos de derecha, los proles, los aristócratas etc. etc.)

 

Debemos estar por encima de las divisiones partidistas y colaborar en la construcción de un clima de respeto y reconciliación. No se trata de una actitud de falsa neutralidad, o de falta de compromiso con la realidad que queremos cambiar, cerrando los ojos ante las injusticias y las desigualdades, al contrario, un primer paso de nuestro compromiso cristiano es trabajar por una sociedad que sepa vivir en concordia, desde las propias familias hasta los distintos grupos y segmentos sociales. La pastoral de la violencia social no puede volver a tener espacio en nuestras comunidades, el resentimiento social que nos lleva al enfrentamiento de clases no solo debe ser erradicado desde el compromiso cristiano sino que ha sido una de los más grandes fracasos políticos en orden a la búsqueda de la justicia y el progreso (¿Dónde han quedado la Unión Soviética y la Revolución maoísta? ¿Y qué decir de la revolución cubana que languidece en lenta agonía? Por cierto, hay políticos extremistas entre nosotros que hoy hablan de una ‘República amorosa’). “En nuestros proyectos pastorales y en los programas de catequesis debemos incluir la cultura de la reconciliación como uno de los elementos propios de la vida cristiana. Debemos promover la reconciliación al interior de las familias mediante el respeto y el perdón; difundir la reconciliación como una virtud de la experiencia comunitaria en nuestras parroquias y demás centros y organizaciones de nuestra actividad eclesial. La reconciliación debe ser un servicio de la Iglesia en medio de nuestra sociedad, a través del testimonio del respeto, del perdón y de la valoración de los demás, aún cuando haya grandes o graves diferencias. La Iglesia tiene como misión en el mundo extender el Reino de la Paz fundado por Cristo”[4].

 

 

Superación del paternalismo

 

Por otra parte, estamos marcados por un esquema de imposición y dependencia en el que hemos crecido durante siglos, esquema que se repite de una u otra forma, sin que logremos tomar nuestra propia responsabilidad. Un grupo dominante y minoritario ha impuesto siempre su ley: el tlatoani, el conquistador y el encomendero en la primera etapa; el terrateniente, el hacendado, y el general revolucionario, más adelante; Después nos encontramos con el partido único, con el presidencialismo elevado a autoridad mítica, con el sindicato o la organización campesina, y más recientemente han hecho su aparición el tecnócrata, el intelectual o el magnate financiero. Como contraparte está la mayoría popular, formada por los indígenas, los mestizos o la moderna masa urbana, que sistemáticamente es ignorada o borrada en la toma de decisiones. Una historia de dependencia que nos hace tener miedo a ser constructores de la realidad con nuestros propios esfuerzos, preferimos un Estado paternalista que nos resuelva la vida. Preferimos un líder que haga por nosotros la tarea: ¿Cómo explicar que un partido político que por años y años estuvo saqueando sistemáticamente al país contara, una y otra vez, con un apoyo casi irracional? ¿Cómo poder entender que el presidente en turno elegía a su sucesor y, después, participaban todos en una votación que sabían de antemano que ya estaba decidida?

 

En cambio, cuando se da la ruptura con este ambiente poco promotor, el mexicano que se ve obligado a salir al extranjero, en su éxodo hacia mejores condiciones de vida, inmediatamente se reconcilia con su pasado retomando todo lo valioso de su herencia cultural y religiosa, y asombrosamente crece en su madurez, desarrollando su propia responsabilidad. Los mexicanos en los Estados Unidos son admirables: Las historias de éxito son incontables. Cuando termina el ambiente paternalista, toma en sus manos la decisión de su destino.

 

VALORAR EL TIEMPO PRESENTE

 

Un acontecimiento de indudable importancia

 

Un hecho ha marcado nuestra historia reciente y todavía no alcanzamos a darle todo su valor. El 2 de julio del 2000 hemos dado un salto cualitativo en nuestra organización política al superar por la vía de las urnas, a un régimen autoritario y antidemocrático. Contrariamente a lo que algunos piensan, no solo se refiere a los setenta años en que ha dominado un partido de Estado, con una y mil máscaras ideológicas siempre cambiantes para mantenerse en el poder, sino que debemos alargar nuestra mirada hacia épocas mucho más lejanas; más aún, podríamos preguntarnos válidamente si no es ésta la primera vez que estamos entrando a un régimen de auténtica democracia, en virtud de que, a diferencia de otros momentos fugaces de nuestra historia, ahora sí contamos con instituciones suficientemente sólidas y maduras. Antes de juzgar la ideología de quienes hoy tienen la responsabilidad del gobierno, lo verdaderamente notable es que se ha dado un paso al respeto de la opinión ciudadana. Hoy son unos los que gobiernan, mañana podrán ser otros, lo importante es que ya hay un pueblo que puede elegir a quien mejor le parezca. Uno de los aspectos notables de este cambio es el clima social en el que se dio. Por primera vez no se necesitaron luchas fratricidas, sino que bastó un proceso electoral para cambiar de rumbo.

 

No obstante esto, los obispos mexicanos nos ponen en guardia, ya que no está excluido el escenario de una regresión autoritaria, aún por vía electoral[5], lo dicen en su reflexión del año 2000. Esto, fundamentalmente porque, como sucede en todo proceso de cambio, nuestra transición no posee un rumbo asegurado. Este cambio no se limita a los aspectos electorales, se requiere una transformación de fondo que implica una reforma del sistema político, que todavía no se ha dado (por ejemplo, superar el corporativismo sindical y otros), como muchas otras reformas estructurales que no han llegado por la resistencia de grupos políticos del pasado.

El cambio vislumbrado ya por los obispos de México en el documento del 2000 que estamos comentando, solo podía darse mediante una alternancia en los más altos órdenes de gobierno, de allí la importancia del dos de julio del 2000. Llama la atención que una buena parte de la sociedad no ha logrado interpretar correctamente el nuevo horizonte político del país. No hay nada extraño que en esa incapacidad para vivir los tiempos nuevos estén políticos de viejo cuño, pertenecientes al antiguo partido de Estado, que no terminan de dejar prácticas caciquiles, especialmente en los gobiernos de los estados, con las consabidas maniobras de fraude y manipulación a las que se acostumbraron por años, en medio de privilegios y corruptelas.

 

Muchos de los influyentes en los medios de comunicación siguen, de distintas formas, tratando de reivindicar al régimen caduco que apenas estamos dejando atrás. Analistas políticos e influyentes de opinión pública que están comprometidos con la clase gobernante de antaño, se dedican a sembrar desencanto por la democracia y a magnificar los errores y difundir calumnias.

 

Aquí debemos enumerar también las organizaciones obreras y campesinas que servían, a través de sus líderes, para manejar a las masas y no para desarrollar los legítimos intereses de los agremiados. Desafortunadamente todavía encontramos aquí un patrimonio del antiguo régimen que, al no haberse reestructurado en las nuevas condiciones políticas, se convierten en un claro peligro de regresión.

 

El camino a la democracia es largo y exige tenacidad. La democracia necesita de ciudadanos demócratas, es decir participativos y dispuestos a luchar por sus ideales. Cuando viene  la decepción y el desencanto por la democracia, no podemos dejar de recordar  lo que sucedió hace miles años en el desierto del Sinaí: cuando aquel pueblo que había sido sacado de su esclavitud y se encaminaba hacia su plena libertad, al experimentar las exigencias de su nueva condición, comenzó a añorar las cebollas de Egipto[6].

 

 

Cambiar el país sin rencores, sin violencia, sin pesimismo

 

La realidad en que estamos nos exige un cambio de mentalidad en nuestras actitudes sociales para dar pasos nuevos sin necesidad de rencores, y discordias. No es por los caminos de violencia por donde encontraremos la salida a nuestros problemas. Mucho menos con el pesimismo y el derrotismo que impide tomar nuestra responsabilidad. Hay verdaderos líderes sociales que nos hacen ver que aún en las situaciones más adversas siempre podemos transitar por caminos pacíficos (Mahatma Gandhi es el ejemplo por antonomasia. Aquí podríamos citar entre los más cercanos a Javier Sicilia, empeñado en buscar el diálogo aun cuando ha sido víctima de los violentos y camina en medio de sus dolores profundos, sin dejar de lado críticas severas a la ante autoridades y estructuras que no funcionan). Puede parecer más lento, puede parecer hasta ingenuo, pero siempre será más efectivo en orden a lo que se busca: transformar la realidad social. No debemos olvidar que “la violencia, el derramamiento de sangre, la ruptura de procesos sociales, los odios engendrados entre grupos distintos, no pueden ser jamás el camino adecuado para buscar la superación de los problemas y alcanzar mejores condiciones sociales de  un pueblo… La manifestación de nuestros desacuerdos, la insatisfacción por nuestras carencias, la crítica legítima a la situación que vivimos deben convertirse en propuestas creativas, positivas y viables, que construyan corresponsablemente una sociedad más digna, más solidaria”[7]

 

TRES GRANDES DESAFIOS ACTUALES

 

Hay un problema de fondo en la realidad sociopolítica de México: el narcotráfico, que ha permeado en todos los ambientes y ha afectado a la sociedad entera. Desde allí se ha desarrollado una poderosa expresión del crimen organizado que es capaz de condicionar a toda la sociedad y poner en riesgo la gobernabilidad y el desarrollo del país. No es un asunto menor. Sabemos muy bien que su desarrollo en medidas desproporcionadas comenzó desde los años ochenta del siglo pasado, bajo la mirada cómplice de algunos gobernantes. Se ha hablado mucho del poder corruptor del narcotráfico en términos que nos indican toda su gravedad: narcopolíticos, narcoempresarios, narcocorridos, narcotúneles, narcofiestas, narcoposadas, (hasta narco limosnas para vergüenza de todos). No hay realidad que no pueda ser trastocada por la corrupción del poder económico y de la amenaza intimidatoria de estos grupos delincuenciales. Desde allí se han desarrollado otras expresiones sumamente  violentas: extorsiones, secuestros, ejecuciones, tráfico de personas, etc.

 

Desafortunadamente el crimen organizado se ha convertido en uno de los grandes empleadores de jóvenes y campesinos ante la falta de oportunidades para unos y otros pero, sobre todo, ante la falta de principios de unos y otros. Hay que decir que, en muchos casos, los que participan con el crimen organizado, son obligados a colaborar a riesgo de la seguridad de sus vidas o sus familias. Ante la gravedad del problema se ha llegado a la decisión de enfrentar con toda la fuerza del Estado, incluyendo las Fuerzas Armadas, el poder destructor de estos malos mexicanos. Hay quienes abogan por la legalización de las drogas como si esto pudiera solucionar mágicamente los problemas. (¿Legalización de cuáles drogas y en qué forma y en qué medida?). Sin embargo, la solución no está solo en el uso de la fuerza y, menos aún en la liberalización del consumo; entraríamos en una dinámica de degradación social más fuerte.

 

Debemos hablar con mayor seriedad y compromiso ante esta realidad, tal como lo han hecho nuestros obispos mexicanos, aunque a veces parece que son como el Bautista “voz que clama en el desierto”.  Detrás de toda esta violencia criminal, cada vez más inhumana, hay una problemática social. Son tres los factores de riesgo sobre los que es urgente intervenir:

 

Crisis de legalidad

 

“En primer lugar vivimos en una crisis de legalidad. Los mexicanos no hemos sabido dar su importancia a las leyes en ordenamiento de la convivencia social. Se ha extendido la actitud de considerar la ley no como norma para cumplirse sino para negociarse.”[8]. No tenemos ningún aprecio a la legalidad, ni en las pequeñas cosas de urbanidad que nos exigen las mínimas expresiones de orden: limpieza en las calles, orden en la vialidad, respeto entre vecinos. No digamos ya otras expresiones que muestran nuestra subcultura de la piratería y del comercio informal. No hacemos nada para el correcto funcionamiento de las leyes en el ámbito económico y político. (Una expresión por demás vergonzosa: las leyes se hicieron para violarse).

 

Es evidente que ante acciones de mucha gravedad se requiere la intervención de la fuerza pública, y de las instituciones de procuración de justicia para poner orden.  Sin embargo, allí comienza también nuestro problema porque en muchas ocasiones desde los ministerios públicos, siguiendo por los jueces y finalmente los centros penales, son una cadena de corrupción de tal manera que quienes deben velar por el cumplimiento de las leyes y la justicia son los primeros en no observar la legalidad. La crisis de legalidad lleva a la impunidad, por lo que una sociedad que vive en este desorden no puede organizarse para una mejor convivencia social.

 

Muchas acciones se pueden corregir desde la propia formación, en el entorno familiar, escolar y social. Muchas otras desde una opinión pública más responsable a través de los medios de comunicación. Un aspecto más es la problemática de leyes injustas donde el problema es estructural y requiere de una sociedad mucho más madura y participativa para superar la injusticia de una falsa legalidad (baste pensar en el aborto, para no ir más lejos).

 

Destrucción del tejido social

 

“En segundo lugar se ha debilitado el tejido social, se han relajado las normas sociales, así como las reglas no escritas de la convivencia que existen en la conciencia de cualquier colectividad bajo formas de control social que corrigen las conductas desviadas y mantienen a la sociedad unida y debidamente cohesionada”[9].

 

Cuando hablamos del “tejido social” estamos hablando de la primera y más sensible estructura de la sociedad, la familia y, desde allí, la convivencia más básica e inmediata, es decir nuestro propio entorno. Una familia en crisis de identidad porque no se entiende a partir de un compromiso estable entre el hombre y la mujer como esposos y con una responsabilidad mutua antes los hijos, sino como una serie de formas incompletas y desajustadas de familias disfuncionales y conflictivas nos lleva a una problemática de relación interpersonal. La familia deja de ser el mejor espacio para la educación y la maduración de la persona y no es sustituida por otro mejor que, en realidad, no existe. Cualquier intento de sustituir a la familia será siempre incompleto, insuficiente o claramente deficiente. La desintegración familiar está en la base de las primeras manifestaciones de inadaptación social de niños y adolescentes que se agravan en mayor o menor medida con el tiempo.

 

Cuando las estructuras de gobierno no protegen a la familia están provocando el rápido deterioro social sin remedio. (Divorcio exprés, matrimonios homosexuales, aborto, etc. etc.)

 

Una educación escolar que no toma conscientemente su papel subsidiario, es decir, su papel de apoyo directo a la familia, se convierte solo en un espacio de la misma convivencia social dañada, sin muchas posibilidades de mejorar. Una escuela que no trasmite los valores sociales y las virtudes personales termina siendo solo un lugar de información y no de auténtica formación.

Finalmente, nos encontramos con el ambiente de las grandes ciudades donde se convive en el anonimato y en el aislamiento, sin encontrar las estructuras intermedias que nos permitan pasar de la familia a la convivencia comunitaria. Las mismas parroquias van perdiendo el sentido comunitario, no hay tejido social. Los medios de comunicación masiva nos congregan en torno a ellos, pero no nos congregan a nosotros como comunidad, que seguimos en el anonimato y en aislamiento. Un fenómeno nuevo son las llamadas redes sociales, donde se intenta construir comunidad (mis amigos del Face), pero donde falta mucho de verdadero encuentro y comunicación humana.

 

Crisis de moralidad

 

“En tercer lugar, vivimos una crisis de moralidad. Cuando se debilita o relativiza la experiencia religiosa de un pueblo, se debilita su cultura  y entran en crisis las instituciones de la sociedad con sus consecuencias en la fundamentación, vivencia y educación en los valores morales”[10].

 

El cuestionamiento de la validez de la experiencia religiosa ha puesto en duda también los principios morales que de ellas derivan, principios que son la base de una racionalidad ética para la convivencia y la realización humana. No podemos olvidar que la expresión religiosa que brota desde el cristianismo, con sus raíces bíblicas es la expresión de más alta moralidad y de más grande exigencia en las virtudes personales y sociales. Qué hay de reprobable en a propuesta de los 10 mandamientos: ¿ya no es importante hoy el mandato de no robarás, no mentirás no matarás y todos los demás? Evidentemente todos tienen un fundamento en la naturaleza humana y tienen una finalidad en la convivencia y realización social. Cuando se niega el valor de la moralidad terminamos dejando de lado la ética, es decir, las exigencias racionales en la convivencia humana. Una ciencia sin conciencia es altamente destructiva.

 

La crisis moral es tan grave que aún los parlamentos en el mundo han llegado a la confusión de términos creando leyes que en sí mismas son injustas o son inmorales. Los ministros de justicia con toda solemnidad son capaces de decir las cosas más absurdas en su tarea de defender la Constitución Política de un país. Cuando la moral deja de respetar la naturaleza humana terminamos afectando la naturaleza humana.

 

Todos entendemos que si no respetamos la ecología, es decir, el equilibrio de la naturaleza, provocamos un desorden que tarde o temprano nos va a afectar a todos. Si arrasamos con un bosque en pocos años tendremos problemas con la lluvia, el clima, la agricultura y, finalmente, la alimentación. El Papa Benedicto XVI ha insistido en saber preocuparnos con mayor razón por la ecología humana, es decir por el respeto de nuestra naturaleza con las exigencias básicas de la moral, la ética y la justicia. Todo esto tiene una consecuencia inmediata en el ejercicio de la sexualidad y en el respeto a la vida humana. (Ver caritas in veritate # 44).

 

LA IMPORTANCIA DE LOS PROCESOS ELECTORALES

 

Si el cambio de una realidad comienza en la propia persona, la posibilidad de los cambios sociales exige de cada uno salir de su propia individualidad. La participación política en Los procesos electorales son momentos privilegiados para la participación ciudadana en el compromiso social. Ya no vivimos en los tiempos en los que se podía decir “que todo esta definido”. No podemos partir de un fatalismo, en el sentido de que las encuestas determinan el resultado o de que no es importante mi participación personal. Todo lo contrario, una realidad social se construye con la participación de muchos, desde la responsabilidad personal. Cada vez que se acerca un proceso electoral nuestros obispos insisten a tiempo y a destiempo en un primer punto: la participación.

 

La apatía, el desinterés o la indiferencia no construyen un país. La falta de responsabilidad ciudadana es una falta en nuestras exigencias cristianas. No se trata de ponerlo en el nivel de “pecado”. No faltan algunos que preguntan en un plano meramente formal: ¿es pecado dejar de ir a votar?. Más bien tendríamos que decir es una irresponsabilidad cívica, ciudadana y moral no hacerlo. Hay muchas formas de participar en las votaciones pero la más elemental es expresar nuestra decisión en las urnas.

 

La no participación, solo puede entenderse en los Estados antidemocráticos que no respetan la expresión popular y manipulan los sufragios. Ante una situación semejante, la ausencia en las urnas es un desafío a la injusticia estructural. No es el caso en el momento actual del país.

 

La anulación del voto o el depositar el voto en blanco solo se justifica en un caso extremo, cuando no hay ninguna opción válida para expresar nuestra voluntad ciudadana. ¿Estaremos en esta situación? El pesimismo no es la respuesta a la realidad. Muchos que utilizan los medios de comunicación social como la radio o televisión o muchos que se expresan a través de las llamadas redes sociales hacen labor para convencernos de que no vale la pena elegir a nadie, que lo más sensato es anular el voto: ¿en verdad no hay ninguna opción viable para el ejercicio del poder público, en los diferentes niveles de gobierno? ¿Tan mal está la sociedad mexicana que no hay nadie que pueda salvarse del escrutinio público? ¿No hay ninguna opción honesta y válida en todo el horizonte político?

 

No deberíamos ser tan pesimistas, pero si debemos ser cuidadosos a la hora de emitir nuestro voto. No podemos caminar con la idea de que todos son iguales; que votar por cualquiera es lo mismo, ya que nadie garantiza nada. Esto refleja solo una falta de criterio

 

Nuestro punto de partida es la propia responsabilidad y los ideales que nos mueven para construir una sociedad. Por ello debemos cuidar algunos aspectos.

 

PARTIDOS POLÍTICOS

 

Los partidos políticos son estructuras de organización social e ideológica para presentar propuestas al servicio de la Nación. Nunca pueden ser un fin en sí mismos, ni tampoco están por encima del interés de la Patria. Creer que un partido equivale a la Nación es caer en un fanatismo político. Todos estamos en la misma Nación y, sin embargo, no todos nos identificamos con tal o cual partido político.  Antes de pertenecer a un partido político somos mexicanos. Debemos mantener la libertad frente a los partidos y el compromiso ante la verdad y la justicia. Por ejemplo, cuando algún funcionario perteneciente a un determinado partido político comete una grave injusticia, no debe ser defendido por encima de las leyes solo para no afectar al partido, antes está la honestidad, la legalidad y la justicia.

 

Hay quienes hablan, y con toda razón, que estamos en el tiempo de la “partidocracia”, es decir que algunos partidos se colocan por encima del bien común, porque no miran al beneficio de la Nación sino a los privilegios partidistas y de grupo. Con ello se pervierte la política y se borra el verdadero sentido de la contienda electoral. Esta es una de las causas del inmovilismo en el Congreso Federal (diputados y senadores): todos están de acuerdo con la necesidad de cambios estructurales pero no se realizan porque pueden beneficiar al gobierno en turno, luego entonces, que se afecte a todo el pueblo con tal de no dar la razón a los actuales gobernantes. (El cinismo en nuestra clase política ha alcanzado niveles alarmantes).

 

Debemos valorar estas organizaciones ciudadanas por su estructura, sus principios y sus métodos. Los partidos políticos que se manejan como estructuras familiares o gremiales, difícilmente podrán representar los intereses de la sociedad. Aquellos que en sus métodos internos no son capaces de observar las reglas de la democracia, seguramente no lo harán tampoco en el ejercicio del poder en una sociedad pluralista y de libertades ciudadanas. Los partidos políticos que en sus idearios están contra la libertad religiosa o sostienen una ideología que no respeta la dignidad humana al negar el valor de la vida, la familia o el matrimonio deben ser duramente cuestionados. Los partidos políticos que están envueltos en escándalos y corrupción entre sus integrantes y dirigentes, no pueden ser objeto de la confianza ciudadana.

 

Plataformas de sus planes de gobierno

 

Se debe conocer de los partidos políticos sus propuestas sobre políticas públicas que estén de acuerdo con el principio del bien común: Fortalecimiento de la vida familiar, respeto a la dignidad humana y a la vida en todas sus etapas, una educación de calidad y con valores y principios cívicos y sociales, valoración y respeto de la mujer superando la violencia y la discriminación. Compromiso con una economía responsable, al servicio de la persona, respetando los derechos y promoviendo las responsabilidades. Integración de los jóvenes, los indígenas los campesinos y los obreros en el desarrollo humano y social. Un gobierno que no sea dominante de la sociedad sino promotor del desarrollo subsidiario. (Todos estos elementos están ampliamente desarrollados en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia).

 

PERFILES DE LOS CANDIDATOS

 

Llegamos al punto más sensible de todo el recorrido. Los candidatos son quienes finalmente personalizan todo el contenido de la política: los programas, los partidos, los ideales, las propuestas. Es importante conocer a quienes vamos a elegir. No solamente a los candidatos o candidatas para la Presidencia de la República, sino también aquellos que de manera cercana nos corresponden como diputados, senadores o gobernadores.

 

No podemos limitar nuestro conocimiento a la propaganda que trata de “vender” un producto electoral con frases e imágenes al más puro estilo de los anuncios comerciales. Aunque es tiene cierta relevancia el aspecto de un candidato, en el sentido de encontrarnos con una personalidad abierta, que genera simpatías y confianza, lo más importante no es su imagen externa, sino sus valores y su experiencia y el equipo que lo rodea, por ello conviene tener en cuenta algunos criterios para calificar el perfil idóneo de los candidatos o candidatas.

 

1. Un vistazo al currículum personal es un primer acercamiento.

2. La coherencia personal ¿Cómo ha sido su vida? ¿Cómo ha resuelto sus problemas familiares? ¿Qué relación hay entre sus dichos y hechos? ¿Está identificado con nuestra historia, con nuestra cultura, con nuestra identidad?

3. Capacidad de diálogo. ¿Sabe escuchar a los distintos sectores de la sociedad? ¿es conciliador o provoca discordia? ¿Toma en cuenta las opiniones de la sociedad o no? ¿Es trasparente en sus finanzas personales y en las de su campaña política?

4. Preparación cultural y financiera. La situación del país es sumamente delicada tanto en lo que se refiere al equilibrio de  la convivencia social entre los distintos grupos, como en la necesidad de un desarrollo económico más fuerte y justo. ¿Tendrá capacidad para impulsar todo ello? ¿Su visión no pone en riesgo el bien común y la convivencia social? ¿Tiene sensibilidad hacia nuestros valores culturales y hacia los sectores más necesitados?

5. Experiencia política. ¿Ha desempeñado cargos públicos o al menos, ha estado en relación con asuntos de relevancia nacional desde la sociedad civil, la academia o la impartición de justicia, que le permitan conocer la administración pública?

6. Compromiso con la vida y la familia. ¿Manifiesta abiertamente su respeto a la vida humana desde su concepción hasta su conclusión natural? ¿Valora la familia como estructura natural y fundamental para el desarrollo de la persona y la sociedad? ¿Está dispuesto a fomentar los valores sociales desde la ética y la moralidad social? ¿La justicia social es la búsqueda del bienestar de la familia y la persona?

7. Compromiso con la justicia y la honestidad. ¿Está dispuesto a combatir la corrupción, la criminalidad y la delincuencia con las leyes y las facultades que le da el ejercicio del poder? ¿Quiere garantizar la seguridad de los ciudadanos con la aplicación de la ley y la superación de la impunidad?

8. Reconocimiento de los derechos humanos, especialmente la libertad religiosa. ¿El respeto a los verdaderos derechos humanos le lleva a promover también las responsabilidades sociales? ¿Tiene clara la diferencia entre libertad de cultos y libertad religiosa? ¿Está dispuesto a colaborar con todos los grupos sociales, incluyendo a las asociaciones religiosas?

 

CONCLUSION

 

Urge en este año electoral una manifestación decidida, expresada en el voto por el México que queremos.

 

“El desencanto no puede ser la nota distintiva de nuestro tiempo,

la apatía no puede ser la respuesta ante los problemas,

la discordia no puede dominar nuestro entorno,

el abstencionismo en las circunstancias actuales no fortalece la cultura de la democracia y sería un signo de irresponsabilidad….

Es el momento de renovar nuestra confianza común y de manifestar nuestro compromiso ciudadano y nuestra esperanza en Dios.

 

(Los laicos) tienen la gran tarea de contribuir con los valores del Evangelio a la reconstrucción de la vida social y política de México. Es tiempo de participación y compromiso, es tiempo de fe y de esperanza, es tiempo de presencia y oración”[11]

 

Un país se construye cada día con el compromiso de todos, no solo con las acciones de los gobernantes. Pero el rumbo de un país depende en gran medida de aquellos que ejercen el poder porque tienen en sus manos recursos, instituciones y decisiones que afectan a todos, de allí la importancia de saber participar en los procesos electorales, acudiendo para expresar la propia voluntad. Acudir con gran responsabilidad y coherencia, poniendo por delante las propias convicciones para saber elegir a los candidatos y partidos comprometidos con el bien común, La justicia y la verdad.

 

Cuando concluyen los procesos electorales, debemos saber dejar de lado las contiendas partidistas y apoyar a quien ha sido elegido democráticamente. El gobernante ya no es solo militante de un partido político, sino servidor de todos los ciudadanos. Se le debe exigir el cumplimiento de sus responsabilidades, se le debe apoyar el ejercicio de su autoridad constitucional. Debemos dejar paso a las instituciones que permiten el desarrollo de un país.

 

“Ante aquellos que hoy buscan sembrar un estado de miedo y de muerte, mediante actividades ilícitas y delincuenciales, poniendo en riesgo todo lo que hemos alcanzado en nuestro amino histórico, como es la libertad y las instituciones democráticas que hemos construido juntos, debemos decir que la auténtica sociedad mexicana los repudia y la Iglesia los llama a la conversión que los haga reencontrar los caminos del bien y la justicia”[12]

 

 


[1] Conferencia del Episcopado Mexicano, Exhortación Pastoral Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna, #106. México 2010.

[2] Conferencia del Episcopado Mexicano, Carta Pastoral Conmemorar nuestra historia desde la fe, para comprometernos hoy con nuestra patria, #129. México 2010

[3] Idem  #130.

[4] CEM Conmemorar nuestra historia desde la fe… #135.

[5] Conferencia del Episcopado Mexicano, Carta Pastoral, Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad

con todos # 257. México, 2000.

[6] Véase Éxodo 16 y 17. “¡Ojalá  hubiéramos muerto a manos de Yahvé en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan en abundancia! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea” (Ex 16,3)

[7] CEM, Conmemorar nuestra historia desde la fe… # 132.

[8] CEM Que en Cristo nuestra paz… #103.

[9] CEM Que en Cristo nuestra paz… #104.

[10] CEM Que en Cristo nuestra paz… #105.

[11] CEM, Comisión Episcopal para los Laicos (CELAI) Mensaje  A propósito de su participación en el momento actual de México 2006.

[12] CEM Conmemorar nuestra historia desde la fe… #134

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