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Hacer presente a cristo en medio del pueblo

Hacer presente a cristo en medio del pueblo

Por MANUEL MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

Espacio laical

 

Laicos y sociedad

 El decreto acerca del apostolado de los laicos (Apostolicam actuositaten), del Concilio Vaticano II, especifica, en una de sus partes, el origen de la misión del laico en Jesús. En realidad, los laicos participan en la misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que están destinados por el mismo Señor, en virtud del bautismo y de la confirmación.

De lo anterior se deduce, es menester reiterarlo, que esa misión del laicado como miembro del Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia, no proviene de una mediación o de un mandato, ya sea del Papa o de los obispos, sino directamente de Cristo, a través del sacramento del bautismo, que recibimos por gracia de Dios. El bautismo ha sido siempre, en todos los tiempos, la puerta de entrada a la vida cristiana.

Es de significar que los cuatro Evangelios nos presentan el bautismo que recibió Jesús de manos de Juan (Mc. 1, 9-11; Mt. 3, 13-17; Lc. 3, 21-22; Jn. 1, 32-34), como un momento de extraordinaria importancia porque representa el punto de partida, el comienzo de la vida pública del Hijo de Dios hecho hombre. (Hch.1,22;10,37; 1 Jn.5,6). El bautismo de Cristo en el Jordán prefigura el de cada uno de nosotros. Como en aquella ocasión, nuestro bautismo nos abre al Padre y nos da el Espíritu Santo. Por el bautismo nos hacemos parte del mismo Cristo. Toda persona que recibe el bautismo queda revestida de Jesús, el Mesías, lo que significa que en ella está presente y actúa la propia vida de Cristo.

El bautizado es una persona en la que el Espíritu actúa y se manifiesta. Es un ser humano animado por una fuerza sobreabundante que se traduce en alegría, amor, verdad y libertad. El bautismo cristiano está, por tanto, en relación con la experiencia del Espíritu y de Pentecostés.

Por ello, mientras el bautismo nos asocia con la Pascua (Paso) del Señor, a su muerte y resurrección (Ro 6,3-4), el sacramento de la confirmación simboliza la fuerza que recibimos en Pentecostés (que fue presencia en el mundo del Espíritu de Dios, hecha sensible a través del viento impetuoso y del fuego) como fruto de la Pascua, es decir, nos vincula a la misión que Cristo confió a su Iglesia de una manera concreta.

La identidad del laico

Podemos afirmar que en la confirmación el Obispo, en nombre de la Iglesia, bendice a los bautizados y los reafirma en una tarea que ya tienen desde el mismo momento en que reciben ese primario sacramento.

Al recibir la confirmación, el cristiano queda ungido, fortalecido y enviado para la misión de anunciar la fe y testimoniar la verdad, para comprometerse a fondo en la transformación y santificación del mundo y construir el Reino con el aporte de sus carismas y servicios en la caridad.

La confirmación afirma la presencia de los dones del Espíritu que cada uno posee y la vocación a un determinado lugar dentro de la Iglesia.Con respecto a la identidad del laico, la confirmación posee un doble sentido: al interior de la Iglesia y al exterior de esta.

En ocasiones, se ha perdido el justo equilibrio, y, por consiguiente, se ha caído en un movimiento pendular que lesiona significativamente la necesaria coherencia que debe existir entre fe y vida. La exhortación apostólica Christifideles Laici expresa que la misión de los laicos comprende tanto el mundo exterior como el intraeclesial.

El Concilio Vaticano II, por su parte, describe la condición secular de los fieles laicos como la nota distintiva (propia y peculiar) de su estado, y señala que el mundo es el lugar en que reciben la Palabra de Dios. El mundo, con sus afanes y preocupaciones, es la parcela de la Viña del Señor que este nos asigna. Es el campo propicio para la misión de los fieles laicos; es el ambiente donde estos viven su vocación cristiana y se santifican para merecer la vida eterna.

Dios nos llama y nos envía para que, con nuestro vivir cotidiano, santifiquemos y transformemos, desde adentro, los ambientes de la familia, el trabajo, el estudio, el descanso, la diversión, la salud, la educación, el deporte, la cultura, el arte, la economía, la acción social, la política, en fin, todo el entramado de la vida social. De este modo, el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, quienes manifiestan y proclaman plenamente en él su identidad.

 

Necesitamos hombres y mujeres que,
viviendo en la humildad de los hijos de Dios,
acudan a la misión de anunciar el Evangelio
a todas las personas y a todos los ambientes.

El bautismo no aparta a los laicos del mundo.

Recordemos al respecto la cita evangélica: “No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal”.

Un laico más evangelizador

Para el laico, el mundo constituye su sitio eclesial, su espacio teológico y su lugar de santificación, del mismo modo que la carne es espacio sacramental en el matrimonio cristiano. Un laico cristiano demuestra su madurez vocacional no sólo cuando es un buen catequista, lector o acólito, sino cuando sale fuera de las paredes del templo para ejercer su misión evangelizadora. De esa manera, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. Citemos, en ese sentido, unas palabras pronunciadas por monseñor Héctor Luis Peña Gómez, obispo de Holguín, cuando participó en el Sínodo de los Obispos sobre Vocación y misión de los laicos en la Iglesia, efectuado en Roma en 1987. Son los laicos los que han posibilitado en mucho con su reflexión, con el sufrimiento, su testimonio sincero, generoso, de servicio a la sociedad y de virtudes cívicas, paralelamente con su actitud en el estudio y en el trabajo, gran parte del clima de diálogo y cierta distensión que existe hoy en Cuba (entre creyentes y no creyentes).

Y   puntualiza monseñor Peña Gómez: Hoy crece en Cuba la conciencia de un laicado que quiere ser más evangelizador y, por eso, más orante en clara alusión al ENEC, efectuado en 1986, y más encarnado en la realidad, sin perder su identidad cristiana y su comunión eclesial. Un laicado que ha ido comprendiendo cada vez más, desde su experiencia, que su vocación y su misión no dependen de un sistema o de un determinado tipo de sociedad, sino del único Señor que lo llama a evangelizar esa sociedad y para vivir y hacer crecer sólidamente la comunión, en diálogo con todos los hombres.

La Reflexión Eclesial Cubana (REC) realizó, precisamente, un proceso reflexivo que trató de ofrecer respuesta al perfil de la Iglesia que se encuentra en nuestra Isla y que tuvo su máxima expresión, posteriormente, en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC). Fruto de esa reflexión fueron sus grandes líneas y opciones. Asimismo, representó la respuesta a la voluntad del Padre y a las necesidades, los esfuerzos y los sueños del hombre y de la mujer cubanos de ese momento, ansiosos de hacer presente a Cristo y su fe en medio del pueblo y colaborar en la extensión del Reino de Dios.

El Encuentro Conmemorativo (ECO), que se efectuó a una década de distancia del ENEC, obedeció a varias motivaciones, entre ellas “el desbordamiento pastoral” a que se vio sometida la Iglesia, así como los cambios ocurridos en la realidad cubana y eclesial a partir de la celebración del ENEC.

Esos dos encuentros eclesiales han dejado una huella significativa en lo concerniente a la clarificación de nuestra identidad laical. Nuestro papel e identidad dentro de la Iglesia y como Iglesia, así como en el seno de la sociedad, se han visto enriquecidos por el magisterio y los gestos del papa Juan Pablo II durante su visita a Cuba, en especial por sus homilías dirigidas a la familia, a los jóvenes, al mundo de la cultura, al encuentro ecuménico, a los enfermos, además de sus referencias a la vida laical y su presencia en los ambientes de la sociedad.

Por una presencia activa en el mundo

Es muy importante para los laicos tomar conciencia de que su misión es permanecer sumergidos en medio de las realidades temporales; que el escapar de los problemas y las dificultades crecientes de la vida cotidiana para “pasarla mejor”, aunque sea un recurso humano, constituye un error, pues al salirse de su cuadro propio de vida, ponen obstáculos a la gracia de Dios que les ofrece el yugo suave y la carga ligera. (Mt.2,30).

En su memorable visita a Cuba, el Santo Padre exhortaba: Los invito (a los laicos) a asumir un compromiso responsable en el seno de sus familias, en la vida de sus comunidades, en el entramado de la sociedad civil y también, a su tiempo, en las estructuras de decisión de la nación.

Y precisaba el Sucesor de Pedro: No hay un verdadero compromiso con la patria sin el cumplimiento de los propios deberes en la familia, en la Universidad, en la fábrica, o en el campo, en el mundo de la cultura y el deporte, en los diversos ambientes donde la nación se hace realidad y la sociedad civil entreteje la progresiva creatividad de la persona humana.

No puede haber compromiso con la fe, sin una presencia activa, audaz, en todos los ambientes de la sociedad en los que Cristo y la Iglesia se encarnan. Los cristianos deben pasar de la sola presencia a la animación de esos ambientes, desde dentro, con la fuerza renovadora del Espíritu Santo.

 

El papa Juan Pablo II invita a una presencia
activa de los laicos en el mundo,
a que sean protagonistas de su historia personal y social.

El Papa invita a una presencia activa de los laicos en el mundo, a que sean protagonistas de su historia personal y social. No basta con proclamarse buenos cristianos; el mundo necesita de hombres y mujeres, que, viviendo en la humildad de los hijos de Dios, acudan a la misión de anunciar el Evangelio a todas las personas y a todos los ambientes.

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Categorías:Laicos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. mayo 4, 2012 en 12:10 pm

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