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Tender la mano

Tender la mano

por Joaquín Rocha

Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación

joacorocha05@yahoo.com.ar

www.san-pablo.com.ar

 

 

“Un hombre cayó en un agujero y se hizo daño. Un cartesiano se inclinó y le advirtió: No eres racional, debieras haber visto este agujero. Un espiritual lo vio y le dijo: Has debido cometer algún pecado. Un científico calculó la profundidad del agujero. Un periodista lo entrevistó sobre sus dolores. Un yogui le anunció: Este agujero está solo en tu cabeza como tu dolor. Un médico le dio dos aspirinas. Una enfermera se sentó en el borde y lloró con él. Un terapeuta lo animó a encontrar las razones por las que sus padres lo prepararon para caer en el agujero. Un practicante del pensamiento positivo exhortó: ¡Cuando queremos, podemos! Un optimista señaló: Podrías haberte roto la pierna. Un pesimista expresó: La situación podría empeorar. A continuación, un niño pasó y le tendió la mano”

cuento japonés

A decir verdad, no todos estamos preparados para tender nuestra mano cuando alguien la necesita. Nuestra mente está, tal vez, más ocupada en mostrar nuestras necesidades que en atender lo que le acontece al otro. El otro que es mi prójimo, y esto vale para cualquier tipo de vínculo.

 

Es más fácil instalarse en la comodidad del propio pensamiento y de las propias demandas y no salir de ahí. De esta manera esgrimimos todo tipo de justificaciones que, hipócritamente, nos dejen bien parados ante cualquier situación que involucre un acto de solidaridad.

He conocido personas que, saliendo del caparazón del egoísmo, han estado siempre dispuestas hacia el otro y lucharon denodadamente contra el egoísmo de los demás. Igual ese “cáncer” los alcanzó. Algunos lo hicieron físico y murieron producto de él.

Cierta vez escribí: “Nadie puede negar que vivimos e una sociedad que invita a ser hipócritas como fórmula de sobrevivencia. Algo así como que es necesario aprender un conjunto de reglas para moverse en el mundo. Entonces, para lograr una convivencia armoniosa, se exige adecuar conductas a lo que el entorno exige, pagando el precio de ocultar sentimientos, moderar las respuestas y acallar la espontaneidad. Todo en aras de que los demás te acepten, corriendo el riesgo de si no vives como piensas, acabas pensando como vives (…). Así es como una persona, para sobrevivir, para seguir perteneciendo, manteniendo su trabajo o un vínculo de su conveniencia, apela a convertirse en un hipócrita más. Dice lo que los demás quieren oír, se viste como los demás quieren verlo, actúa fingiendo lo que verdaderamente es. Se transforma en una copia. Freud afirmaba: si dos personas dicen que piensan igual, una de ellas se está sometiendo a la otra. Lamentablemente, la cultura de la apariencia aconseja la hipocresía para obtener buenos resultados sociales”. 

Tender una mano es apoyar y ayudar a todo aquel que vive un problema o pasa por una situación difícil. Es no dar vuelta la cara o llenarlo de razones por las cuales le pasa lo que le pasa. Es simplemente, en un acto amoroso, tender la mano.

Quien no dispone de plena conciencia o se hace responsable de sus actos, difícilmente puede llegar a estar atento a lo que el otro necesita. Es imposible acceder a una plenitud de vida –o, lo que es lo mismo, a la realización personal, camino de trascendencia−, si no se acepta la solidaridad como una parte integral de la vida.

Tender una mano es mucho más que “sentirse bueno” o “sentirse mejor” por alguna acción precisa (la solidaridad entendida como experiencia puntual es pura  simulación, una excusa para salir airoso del examen de la conciencia).

Me  refiero a un aspecto esencial del ser auténtico, de ser uno mismo, de aceptar la propia identidad en relación con los otros. Si bien podemos identificar e interpretar sus necesidades como nuestras, no significa dejar las nuestras de lado, sino brindar herramientas para que el otro “se levante” y siga su camino.

Todos necesitamos de todos. Algunos piensan que esto no así. Tender una mano lleva implícita una elección de vida. No se puede imponer, tampoco se puede exigir, pero sí se puede esperar que las personas tomen conciencia de que rompen con la famosa “cadena de favores”.

Se trata de una atención afectuosa que valore a la persona como un otro que existe y es.

“Reconocer al ‘Otro-Otra’ significa, en términos de Emmanuel Levinas, responsabilizarse por el ‘Otro-Otra’, asumirlo, estar atento al ‘Otro-Otra’. Es construir una ‘ética de la atención’, en la que el ‘Otro-Otra’ no es subsumido a lo mismo, no se lo instrumentaliza y manipula” (Abraham Magendzo K., educador chileno en Derechos Humanos).

Es tiempo de tender una mano, es tiempo de creer y comprender que un cambio solo se puede producir si entre todos nos tendemos las manos y nos abrimos a la transcendencia. Como decía Juan XXIII, “Nunca vaciles en tender la mano, nunca titubees en aceptar la mano que otro te tiende”.

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Categorías:Cuentos para educar
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