Inicio > Laicos > Los Laicos en la dimension experimental de la DSI

Los Laicos en la dimension experimental de la DSI

 

LOS LAICOS Y LA DIMENSIÓN EXPERIMENTAL  DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Mario Toso, sdb

Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana

Reunión con el P. Mario Toso, sdb.

31 de agosto, 2004.

 

 

1.- Los Christifideles laici son sujetos autónomos de la experimentación de la doctrina social de la Iglesia.

En la Doctrina social de la Iglesia [DSI], expresión del ser apostólico de la Iglesia, están involucrados todos sus miembros: pastores, religiosas, religiosos, laicos. Y lo están no sólo por razones contingentes o de oportunidad, sino en razón de su ser constitutivo, cada uno con su propia especificidad y su propio ministerio.

Desde el punto de vista experimental de la DSI, los laicos son sus principales protagonistas en razón de su índole secular que los hace primeros responsables de la animación cristiana de las realidades temporales.[1] En los distintos ambientes sociales, como la familia, la fábrica, la oficina, las instituciones sociales y civiles; no son simples ejecutores de directrices elaboradas por los papas y los obispos, sino creadores del pensamiento social y constructores de una nueva sociedad, a través de una labor de interpretación y de elaboración ulterior de la DSI.

Los laicos son sujetos de experimentación de la DSI originariamente, en cuanto sumergidos en Cristo gracias al Bautismo, y su acción no proviene de la delegación de la jerarquía, es decir del sacerdocio ministerial. La legítima autonomía en el trabajo de experimentación y de puesta al día de la DSI se fundamenta sobre un hecho ontológico y existencial.

El fiel laico recibe el llamado al compromiso social no solo por delegación del obispo o del párroco, sino directamente de Cristo en el Bautismo. Su llamado es una específica vocación nativa que se refuerza con la Confirmación, crece y madura en la Eucaristía y lo coloca con pleno derecho dentro de la comunidad eclesial.

En una palabra, la legítima autonomía de los laicos en la experimentación y en la puesta al día de la DSI tiene su fundamento en su ser cristificado, eucaristizado y pneumatizado.

No se trata de una autonomía separada de la comunión y de la colaboración con los demás miembros eclesiales, sino de una autonomía que encuentra su fuente en la comunión con Cristo, en una real participación en la vida de la comunión eclesial. En efecto, como se lee en Christifideles laici [CL]: «Los fieles laicos han de testificar aquellos valores humanos y evangélicos, que están íntimamente relacionados con la misma actividad política como son la libertad, la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada por el bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos. Esto exige que los fieles laicos estén cada vez más animados de una real participación en la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social. En esto podrán ser acompañados y ayudados por el afecto y la comprensión de la comunidad cristiana y de sus Pastores» (CL, 42).

2.- ¿Cuál autonomía en el campo político?  

Ya se dijo que el laico goza de una legítima autonomía en la labor de experimentación de la DSI, sin embargo, esto requiere algunas explicaciones según los diferentes niveles de su acción.

Una cosa es la autonomía laical dentro de instituciones, asociaciones y movimientos eclesiales. Otra cosa es la autonomía de los laicos dentro de instituciones, asociaciones, movimientos, partidos de inspiración cristiana o aconfesionales.

En el primer caso, los laicos actúan en cuanto católicos, dentro de entidades católicas y, por tanto, en un ambiente donde se tienen objetivos específicamente católicos. En este nivel el laico actúa como miembro de la comunidad eclesial; compromete a la Iglesia de Cristo y se presenta ante los demás en cuanto católico. Esto implica una particular unión y colaboración en el apostolado de la Iglesia docente y, además, una particular conformidad con la moral cristiana. Sería del todo anormal que en instituciones católicas se enseñaran y vivieran un credo, una moral, una DSI que no estuvieran en sintonía con las oficiales. La acción en tales instituciones no puede depender del juicio particular de un sujeto o de un grupo que pretenda sustituir a la Iglesia y hablar o actuar en su nombre, creyendo interpretar mejor los intereses de cuanto lo pueda hacer ella.

En el segundo caso, el laico actúa como miembro de la ciudad terrena o civil autónomamente, guiado por su conciencia cristiana según su específica competencia y su propia responsabilidad. Su primer objetivo no es actuar en cuanto católico para avanzar  los intereses de la Iglesia, sino como miembro de una sociedad humana cuyo fin es temporal, es decir, relativo a la convivencia civil. En la ciudad del hombre los fines y los medios no son los eclesiales ni los religiosos.

Actuando como cristiano en la ciudad del hombre, el laico está llamado a respetar la autonomía del orden político y sus respectivas leyes. Organiza la convivencia poniéndola al servicio de la persona y de su fin trascendente colaborando con aquellos que persiguen los mismos fines; se esfuerza por crear las condiciones que permitan a los individuos y a las comunidades civiles o religiosas realizar sus finalidades según la libertad y en el respeto del orden social.

En cuanto ciudadano que actúa en nombre propio, el laico no puede invocar a su favor la autoridad de la Iglesia (cfr. Gaudium et Spes, [GS] n° 43) involucrándola en la política concreta o partidista. En efecto, no es tarea de la Iglesia regir los destinos de la comunidad política,[2] y mucho menos la de formular soluciones concretas y menos todavía soluciones únicas para cuestiones temporales que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada creyente, comunidad y pueblo, los cuales viven en contextos geográficos, económicos, tecnológicos y culturales distintos. (cfr. Octogesima Adveniens [OA] n° 4).

La Iglesia reconoce la legítima multiplicidad y diversidad de las opciones temporales de los católicos (cfr. GS, nn. 43 y 75) que los lleva a militar en diferentes partidos. La existencia de una pluralidad de partidos en cuyo seno los católicos optan por militar para ejercer -particularmente a través de la representación parlamentaria- su derecho y deber en la construcción de la vida social de su país se debe a muchos factores:

  • el carácter contingente de algunas opciones en materia social;
  • el hecho que a menudo sean moralmente posibles diferentes estrategias para realizar y garantizar un mismo valor;
  • la posibilidad de interpretar de diferente manera algunos principios básicos de la teoría política y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos.[3]

En último análisis, haciendo valer la distinción de los niveles de acción, teniendo en cuenta como se lee en OA que la Iglesia, ante situaciones tan diversas encuentra muy difícil pronunciar una palabra única o proponer soluciones con valor universal, los laicos, en la experimentación de la DSI, pueden buscar más caminos. No existe, pues, un solo modo de concretizarla históricamente.

Pero surge la pregunta ¿cualquier camino tiene el mismo valor?

 

3.- Multiplicidad de las experimentaciones: un pluralismo no indiferenciado

La DSI, teniendo en cuenta la variedad y complejidad de los problemas y de las culturas, no puede ser instrumentada unívocamente por un solo proyecto o programa o por una sola práctica constructora. En su trascendencia puede inspirar muchos proyectos, programas y prácticas, todos legítimos. Se da, pues, un pluralismo de interpretaciones y de experimentaciones.

Sin embargo, la experiencia de las múltiples experimentaciones de la DSI enseña que existen limitaciones que circunscriben el pluralismo de las interpretaciones y de las concreciones dentro de fronteras muy precisas. Si son posibles muchas y legítimas tradiciones históricas, esto no autoriza a decir que todas estas sean automáticamente irreprensibles y que sean aceptables desde el punto de vista moral.

Esta cuestión merece una atenta reflexión y requiere un particular empeño a nivel de formación. Con referencia a esto, en particular, será esencial:

a)      enseñar a distinguir los diferentes grados de existencia en la DSI: en los documentos magisteriales, en los estudios, en la enseñanza, en los proyectos societarios, en los programas partidistas y en las prácticas. La doctrina social oficial no puede ser confundida en sus concreciones históricas con éste o aquel sistema político o ideológico aunque se hayan inspirado en ella (cfr. Sollicitudo Rei Socialis [SRS] 41). Debe, pues, ser reconsiderada la presunción de aquellos (particulares, grupos, partidos) que gustan definirse propietarios o infalibles intérpretes de la DSI;

b)      entender que la DSI no es actuada eficazmente si se reduce a simple mensaje profético, a una animación para el compromiso, a un mecanismo de silogismos aplicativos que la entiendan como un conjunto de principios de los que se parte y como norma a la que hay que atenerse. No se esclarecerá nunca suficientemente que la DSI es una proyectualidad germinal que necesita ser desarrollada y encarnada en proyectos históricos concretos; que es un saber teórico práctico destinado a convertirse en alma de la práctica constructora de lo social. Por esto la mediación es indispensable; no integrada en un proyecto societario o en una cultura de inspiración cristiana le faltaría el instrumento conductor en la práctica operativa;

c)       ayudar a comprender que el pluralismo de las experimentaciones está condicionado por la necesaria homogeneidad o coherencia entre el núcleo de la DSI (constituido por el Evangelio social, por la visión cristiana de la persona, de la familia, de la economía y de la sociedad) y los distintos proyectos, programas, prácticas en los que viene probado y revive. El peligro que incumbe, sobre todo en los católicos que militan en política y están comprometidos en alianzas con partidos que no tienen una inspiración cristiana, es el de adoptar programas o de optar por prácticas que vacían la orientación ético–proyectual propia de la DSI. Empeño y fantasía creadora son indispensables para mediarlo dentro de proyectos y prácticas a fin de que no lo contradigan.

No es casual que Octogesima Adveniens –único documento pontificio que reconoce para los católicos comprometidos en política la necesidad de una ideología positiva de inspiración cristiana–, invite a una labor de discernimiento respecto de ideologías de otra inspiración y a elaborar una propia, enfocándola sobre el fundamento de una antropología global abierta a la trascendencia (cfr. OA, nn. 24 – 39).[4]

Dicho con otras palabras, si es legítimo un pluralismo de experimentación no es igualmente legítimo cualquier pluralismo: un pluralismo indiferenciado. La amplitud de las posibilidades no es infinita y no se las puede separar de la inspiración cristiana. En otras palabras, si bien no existen caminos predeterminados para realizar la DSI, cuando se recorre uno es de todos modos obligatorio salvaguardar los valores fundamentales de la persona y de la sociedad, por cuanto es posible, en un sistema democrático donde no se está aislado en la determinación de las leyes;

d)   educar para la autonomía de los católicos en la traducción de la DSI en política (cfr. GS. nn. 43 y 75), sin esconder que ellos, una vez hecha su opción particular, no pueden eximirse de reconocer que la comunidad eclesial y la misma jerarquía tienen el deber de verificar su grado de conformidad a la fe y a la moral, así como la oportunidad y la efectiva valencia histórica y social (cfr. Mater et Magistra n. 220).

4.- ¿Hasta dónde es legítima la libertad de experimentación en campo político?

Para el laico católico, cuando está en juego el bien humano integral de las personas –bien compuesto por un conjunto ordenado de bienes que son, entre otros: intangibilidad y dignidad de la vida en toda persona y en cualquier condición de su desarrollo; familia como sociedad natural fundada sobre el matrimonio monogámico y heterosexual; derechos fundamentales, paz, libertad religiosa- no se puede invocar el pluralismo para justificar su propia libertad de acción.

En efecto, si el campo ético de la política no coincide con todo el orden moral, esto no quiere decir que para la acción política no existan principios morales inderogables. De otro modo se afectaría la estructuración ética de la misma política, se pondría en juego el bien integral de las personas y se desconocería el núcleo esencial de la DSI.

En particular, según la Nota ya citada de la Congregación de la Doctrina de la Fe, en el actual momento histórico, los hombres de buena voluntad y los creyentes en especial tienen:

v  un particular compromiso en el caso de las leyes en materia de aborto y eutanasia, (que no hay que confundir con la renuncia a la asistencia terapéutica que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde su concepción hasta su término natural;

v  el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano;

v  la exigencia de tutelar y promover la familia fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad frente a las leyes modernas sobre el divorcio. «A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuanto tales, reconocimiento legal». (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal, n° 4); hoy, en muchos países, reciben mayor atención y ayuda financiera –cosa de por sí legítima y obligatoria- las familias divididas mientras que, lamentablemente, aquellas unidas y con hijos son dejadas a sí mismas, como si no fuesen un recurso social para la Nación y no merecieran una política de tutela y promoción;[5]

v  la necesidad de garantizar la libertad de los padres en la educación de sus hijos, reconocida además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos;

v  la necesaria tutela social de los menores  y la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y en la explotación de la prostitución);

v  la urgencia del desarrollo de una economía social, es decir, de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común nacional y universal en el respeto de la justicia social y la solidaridad;

v  la urgencia de un desarrollo cualitativo, o sea, respetuoso de la dignidad de la persona, de los derechos de las distintas generaciones y del ambiente;

v  y la tarea por la paz que es «siempre obra de la justicia y efecto de la caridad».[6]

El pluralismo no puede ser invocado por las exigencias irrenunciables de la moral, por eso que constituye la esencia del orden ético político; en cambio, puede ser invocado legítimamente debido a las modalidades de realización histórica de tales exigencias y de tal esencia. Como ya se ha subrayado, a nivel de modalidades contingentes es admitida la libertad de opinión y de opción que puede llevar a militar en partidos diferentes y a decidirse por soluciones operativas y administrativas diferentes.

Afirmado que en teoría no puede darse un pluralismo de opciones respecto de los valores y de los derechos fundamentales, queda siempre verdadero que éstos pasan a los programas de los partidos y de las legislaciones estatales mediante el consenso social y la acción de los representantes del pueblo. Es decir, son recibidos y codificados mediante el método de la libertad y de la mayoría.

Los valores en democracia no deben ser impuestos con la violencia o con los ejércitos. Vividos y cultivados primariamente en las comunidades civiles de las distintas instituciones sociales, culturales y religiosas, entran a las constituciones, a las instituciones públicas y a la legislación previa discusión parlamentaria y consiguiente decisión política.

Dicho de otro modo, en la homologación jurídica de los valores presentados por la DSI, en la aprobación de los distintos proyectos de ley que los encarnan y los traducen históricamente entra en juego, como factor decisivo y no secundario, el número de los representantes que los votan. Se necesita la mayoría (simple o calificada).

Esto induce a reflexionar sobre las pertenencias partidistas o de coalición, sobre las alianzas, sobre «el peso específico» de los católicos o de los creyentes dentro de los diferentes partidos y gobiernos. La experiencia demuestra que en algunos Países los católicos son una presencia exigua y, por tanto, no pueden determinar significativamente las orientaciones de las decisiones políticas.

Ante los problemas importantes para la tutela y promoción del bien integral de las personas, cada vez más complejos por el pluralismo acentuado y por el secularismo, los laicos creyentes comprometidos en su representación política, a pesar de sus pertenencias políticas, no deberían dar el sufragio de su voto o participar en campañas de opinión a favor, por ejemplo, de leyes que atenten contra la vida humana. En cambio, en el caso de que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista [o a favor de la eutanasia (inducida) o a favor de la manipulación genética] ya en vigor o en fase de votación, puede ser que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública». En efecto, se lee en Evangelium Vitae, «obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos».[7]  

Dicho de otra manera, cuando se es minoría se debe intentar y obtener el mal menor, es decir, el bien concretamente posible en una determinada circunstancia. En cambio, diferente es el caso en el que los representantes creyentes sean mayoría numéricamente, aunque pertenecientes a distintos partidos. En esta situación la legitimidad del pluralismo partidista no debería ser tomado como pretexto de una diáspora parlamentaria, particularmente cuando está en juego la promoción de valores irrenunciables y útiles para todos. Más allá de las lógicas de los partidos es necesario lograr las debidas alianzas transversales.

Una actitud de renuncia y pasividad sólo favorece a la parte contraria, así como a los no valores, mostrando incoherencia y escaso sentido del bien común. En situaciones pluralistas y complejas no siempre lo que se considera como bien moral puede ser traducido inmediatamente en ley. Se necesita, entonces, actuar con paciencia trabajando por crear condiciones propicias a nuevas legislaciones o a profundas reformas.

Las cosas, y es bueno remarcarlo, no deben ser cambiadas imponiendo a cualquier costo el propio punto de vista usando cualquier medio. A veces, la impermeabilidad a las razones de los otros impide alcanzar bienes posibles, parciales, aunque si no son lo óptimo. El consenso sobre perspectivas y valores necesarios debe ser obtenido mediante el convencimiento, la graduación de los mismos valores que, muchas veces, puede requerir la dilación del logro de algunos de ellos.

 

Para quien está comprometido a colaborar con otros, que tienen posturas ideológicas distintas, acostumbrado a encontrar cosas comunes y a abandonar lo que los divide, se le puede presentar, si no se está atento, la tendencia o la tentación de dejar a un lado aspectos esenciales de la propia identidad, a la que no se puede absolutamente renunciar. Se necesita reconocer que, si una exigencia de prudencia social obliga a colaborar con otras partes que tienen culturas diferentes, esto no autoriza a olvidar valores que especifican profundamente a los creyentes. Permanece la obligación de no quedar prisioneros y hacer valer por otros caminos o en otros momentos la propia visión de la vida, del trabajo, de la familia, de la escuela, de la sociedad y de la política, como también sobre la concertación, sobre los problemas de inmigración, sobre el pluralismo cultural, so pena de perder una oportunidad  a favor del hombre y de la sociedad.

No se trata de favorecer intransigencias irresponsables, sino de no vaciar lo que puede hacer al creyente sal y levadura.

Lo que a nivel de presencia en la sociedad envilece y hace inexpresivos a los creyentes es que se avergüencen de sentirse cristianos, además de la falta de confianza en sí mismos. Muchas veces, el complejo de inferioridad cultural y el de parecer integristas induce a subestimar y a subvalorar sus propias posibilidades. Sin embargo, la mediocridad y el qué dirán llevan, a la larga, a la esterilidad histórica, a dejar vacíos irresponsables, a no dar su propio aporte en ocasiones decisivas que ya no se presentarán más.

¿Cómo, entonces, no recordar que para un cristiano no pueden darse mediocridad y respeto humano dentro de los grandes dramas que están teniendo lugar en la historia actual? Jesucristo no tuvo reparo para dedicarse a la causa del hombre. Más aún, se puede decir que Él, me perdonen lo impropio del lenguaje, «se ha exagerado» al entregarse todo Él, como sólo Él podía hacer.

Por tanto, ante los grandes problemas que asedian a la humanidad y al propio país, además de analizarlos y estudiarlos, es necesario mirar a Cristo, como muchas veces nos ha invitado Juan Pablo II al inicio de este milenio. Lo que no significa evadirse de la situación. En efecto, no pocas experiencias recientes nos confirman que dispersarse en las realidades sociales sin nuestra identidad es el grave riesgo que hay que evitar. Si no tenemos suficiente presencia en el mundo no es porque somos cristianos, sino porque no lo somos suficientemente.[8]

Es necesario, pues, pensar con sincera y motivada convicción que nuestra identidad propiamente cristiana es nuestro recurso más grande. Precisamente nuestra identidad contiene el secreto para hacer incisiva y rica de aportes nuestra presencia en el mundo. Hay una evidente correlación entre intensidad del continuo descubrimiento de nuestro ser y la medida de nuestra fecundidad histórica. Ser cristianos no es una limitación, sino una gracia, una posibilidad cada vez mayor.

Se trata de vivir este tesoro que llevamos en vasijas de barro con libertad interior y con orgullo, traduciéndolo en conductas coherentes con las propias convicciones en la realización de obras buenas, porque es lo bueno y lo que aprovecha a los hombres (cfr. Tito 3,8), con un estilo de vida y de actuar juntos como pueblo fervoroso en buenas obras (cfr. Tito 2, 14).

Urge redescubrir esta profunda experiencia que se hace convicción y programa: ser cristianos, vivir como cristianos, como pueblo dedicado a toda obra buena también en el orden social y civil; no es una maldición que llevamos a cuestas, un peso que nos aplasta, una pretensión de la que debemos pedir perdón. Es, en cambio, un don maravilloso que se convierte en responsabilidad y que lleva consigo grandes posibilidades que son para provecho de todos.[9]            

5.- Educar para la experimentación de la doctrina social en la práctica constructora de la sociedad según el principio de la encarnación

Si como acto magisterial la DSI no llega a ser mediante la exégesis, la elaboración científica y la inculturación el alma de la práctica constructora, será letra muerta, realidad fuera de la historia.

La experimentación o segundo nacimiento al que es sometida la DSI es, pues, un hecho natural. La DSI como acto magisterial surge de la reflexión crítica sobre las prácticas existentes, sobre las distintas fases, para regresar a las prácticas con el objetivo de mejorarla.

El compromiso para experimentarla haciéndola activa dentro de proyectos, programas, estrategias y prácticas particulares y contextualizadas es llamado también mediación. Por mediación debemos entender no tanto una reducción o traición del contenido evangélico y de la carga ética y crítica de la DSI, cuanto más bien encontrar la forma más adecuada para que se vuelva operante dentro de las realidades laicas históricamente connotadas, como son precisamente los proyectos societarios, las programaciones, las estrategias, las prácticas políticas sin traiciones.    

Para esta labor de mediación permanece emblemático el acontecimiento total de la Encarnación de Cristo, el Nuevo Adán que ha hecho visible e introducido lo Divino en lo humano, en la historia, conjugando en unidad a Dios y al hombre, trayendo a este último la realización en su orden sin aniquilarlo o disminuirlo, más aún potenciándolo.

La mediación de la DSI en la historia no hay que entenderla como una irrupción para destruir cuanto existe de bueno, propiciando revoluciones radicales. No significa introducir en el mundo un tipo de existencia totalmente nueva, una visión del hombre que no encuentra ningún punto de referencia en la realidad histórica, como si la creación y la redención no hubieran nunca acontecido y la humanidad no estuviera ya sobrenaturalizada. La DSI viene a desempeñar un servicio de iluminación, de formación, de oferta de una germinal proyectualidad dentro de un orden histórico donde el acontecimiento Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, está ya presente y operante en todo hombre, especialmente en su Iglesia hasta el final de los tiempos.

Dicho de otro modo, cuanto propone la DSI y cuanto de ella se quiere experimentar no es de por sí una imposición que viene totalmente de fuera, como si fuese diametralmente opuesta al ser de las personas y a la intencionalidad de su obrar. La DSI trata de secundar y favorecer el cumplimiento de lo que está en potencia en todo hombre y está sembrado en los surcos de la historia por el Resucitado, pero desatenta a su crecimiento porque contrastado por el pecado y por la fragilidad humana. Mediante ella, la Iglesia se pone al servicio del plan divino, entendido como ordenar todas las cosas a la plenitud que habita en Cristo (cfr. Colosenses 1, 19).

Entonces, cuanto la DSI contiene es descripción y análisis de lo que existe, es denuncia, pero sobre todo enucleación y anuncio del deber ser (cfr. SRS n° 41), de la criteriología de razón y de fe necesaria para evaluar la realidad, de una germinal proyectualidad todas las cosas que son aprovechables mediante una reflexión teológica empírico  crítica,[10] el mismo proceso de la prácticas histórica, pues ésta tiene su sujeto original en las personas singulares y en los grupos en su orientación final. 

El proceso histórico, en cuanto prorrumpe de la libertad humana, herida por el pecado, es siempre ambivalente. La DSI, ofreciendo principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción, hace prevalecer lo que en ella hay de positivo no a través de su simple aplicación. Los contenidos de la DSI deben ser reconocidos y asumidos conscientemente desde el interior de la propia experiencia social como aquello que ayuda a dividir en temas lo que es vivido, como aquello que permite a las distintas libertades desplegarse hacia la realización  humana en una determinada situación histórica.

6. La enseñanza proveniente del movimiento social cristiano

Muchos católicos en distintos países se han cimentado constantemente en la empresa de experimentar la DSI según los distintos contextos históricos. Sea suficiente citar la obra que ha permanecido emblemática de la Unión Internacional de Ciencias Sociales, fundada en Malinas en 1920 la cual, partiendo de los documentos pontificios y episcopales y gracias al aporte iluminador de muchas competencias, elaboró el conocido Códice de Malinas que representa, respecto de la práctica política, una primera mediación de la DSI. En otro contexto se puede citar el Códice de Camaldoli fruto del aporte de un grupo de estudiosos laicos y eclesiásticos italianos (teólogos, sociólogos, juristas, economistas, políticos, hombres de acción), que se reunieron en un hospicio de monjes de aquella localidad. Un intento por llevar a la experimentación la DSI es representado ciertamente por cuanto el episcopado latinoamericano ha escrito sobre ella en los documentos de Medellín y de Puebla, y también en los sucesivos.

Para comprender lo que incluye llevar a la experimentación la DSI puede ser interesante e instructivo referirnos a cuanto se proponían los trabajos de Camaldoli:

a)    dar forma orgánica, científica y lo más sintética posible a los enunciados de las encíclicas sociales y otros documentos del Magisterio de la Iglesia, particularmente los que se referían a los principales problemas del orden de la vida social y económica de un determinado momento histórico;

b)    seleccionar del pensamiento oficial de la Iglesia, que en la generalidad de su Magisterio se dirige a todos los tiempos y a todos los pueblos, las afirmaciones particularmente adecuadas a las contingencias históricas inherentes sobre todo a los problemas de la reconstrucción de un orden social después del colapso de la segunda guerra mundial;

c)    intentar una prudente obra de exégesis y de interpretación y, si fuera necesario, de integración y desarrollo de tal pensamiento, colaborando al progresivo esclarecimiento y desarrollo de la DSI y a su cada vez mayor afirmación como adecuado y eficaz fundamento de un orden social no sólo abstractamente justo y humano, sino también concreta e históricamente posible.[11]

Según lo expresado por los que estaban a cargo de la publicación del texto de Camaldoli, esto debía servir:

1)      como base para una ulterior contribución de estudiosos y maestros de teología;

2)      como esquema de referencia y de estudio para quien se interesara por la formación de una viva y actual conciencia social;

3)      como oferta al lector y al hombre de acción de los elementos esenciales para un juicio moral y una orientación segura y al mismo tiempo adecuada para la contingente concreción de la fase histórica y política en la que se vivía.[12]

El texto de Camaldoli fue, para los católicos que trabajaron en la preparación de la Constitución de la República Italiana y en la fundación de la Democracia Cristiana, un vademécum precioso y fundamental.

Tal vez cuanto dicho sea suficiente para informar, aunque sea parcialmente, sobre algunas modalidades del proceso de conducción de la DSI en orden a la construcción de la sociedad. Un tal proceso de encarnación de la DSI–acto magisterial que representa una primera traducción de la dimensión utópica de la fe, es esencial para su eficacia histórica. Se trata de un proceso no simplemente deductivista, a través el cual se hacen derivar en forma predeterminada de la DSI proyectos societarios o programas o sistemas. La fe y la DSI no pueden ofrecer todo el conocimiento de la realidad social y de la situación histórica, indispensable para construir proyectos societarios y programas políticos adecuados a los distintos contextos. Es necesario el aporte de las ciencias sociales, empíricas o no (sociológicas, estadísticas, económicas, jurídicas, filosóficas, sicológicas), además del auxilio de competencias científico–técnicas y de experiencias profesionales que se adquieren sobre el campo de acción concreta, individual y asociada, mientras se humanizan y se animan cristianamente instituciones y ambientes.

Quien trabaja y está comprometido en una práctica constructora de la sociedad debe recibir, pues, la DSI–acto magisterial no como una teoría o un proyecto societario o un programa partidista ya definidos o realizados. Cuanto se encuentra en las encíclicas no debe ser usado de modo que de ellas se deriven inmediata y unilateralmente un proyecto o una prácticas: la práctica no es deducible de la teoría, esta última es irreducible a la primera. Debe ser revisada y, por tanto, leída, interpretada, integrada y desarrollada –como se ve de la consideración de la experiencia del grupo de Camaldoli-, dentro de un proceso histórico complejo y contextualizado de construcción de la sociedad. Esto se lleva a cabo según momentos diferentes, mutuamente implicados los unos en los otros, según un modo de circularidad:

a)    momento de análisis valorativo de la situación;

b)    momento de proyección de las prácticas deseada para reorientar o reformar la existente, juzgada insatisfactoria, individualizando objetivos o metas a largo plazo;

c)    momento de actuación progresiva de los grandes proyectos a través de la persecución de objetivos a corto o mediano plazo (momento estratégico);

d)    momento de verificación.

 

7. La necesaria contribución de las instituciones académicas y de los trabajadores de experimentación

Es toda la comunidad la que está llamada a vivir y dar testimonio de la DSI. La fecundidad pastoral y civil de la DSI depende del aporte simultáneo y coral de todos los componentes e instituciones eclesiales.

Nos detendremos ahora a considerar el aporte de las instituciones de estudios superiores y de los trabajadores de experimentación de área católica. En efecto, las dificultades de recepción de la DSI y de su incidencia en los ambientes eclesiales y en los civiles se deben en gran parte, más que a la incapacidad de organización o de falta de subsidios, a un déficit de reflexión cultural y de un adecuado soporte por parte de las instituciones universitarias y de cultura.

A las comunidades eclesiales, a las instituciones, a los grupos y a los movimientos católicos y apostólicos –el discurso se puede extender, teniendo en cuenta las diferencias, a los de inspiración cristiana y aconfesionales–, les faltan o son débiles tanto de una cultura social como del aporte de verdaderos y propios trabajadores de mediación y de experimentación de la DSI en los diversos campos.

En cuanto el déficit de cultura social se puede superar:

a)     reconociendo definitivamente la dignidad y especificidad científica al estudio sistemático del magisterio social;

b)     institucionalizando la enseñanza de la DSI, reestructurando el organigrama de los cursos teológicos no sólo añadiendo uno nuevo, sino redefiniendo y precisando mejor los ámbitos disciplinares de modo que la DSI no sea tenida como un simple capítulo de la teología moral social o de la teología pastoral. 

No se debe olvidar que hasta ayer, en no pocos Institutos superiores, la moda de una teología de liberación omnívora puso en la cuerda floja los cursos e iniciativas culturales orientadas a profundizar la DSI considerada muy ideologizada y abstracta.[13] Mons. Jaime Prieto Amaya, presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social en Colombia, durante el Seminario de expertos y maestros de DSI, celebrado en Madrid en septiembre de 1998, no dudó en reconocer, entre otras cosas, que en los últimos dos decenios los episcopados de América Latina –y de este modo se amplía el horizonte de observación– se han mostrado muy cautelosos respecto de la formación social de los sacerdotes, seminaristas y laicos. El deslizamiento teórico y práctico hacia la ideología marxista en las décadas de los ’70 o hacia la toma de posición abiertamente revolucionaria los obligaron a reducir al mínimo tanto la formación en la DSI y en las ciencias sociales como la especialización de los sacerdotes en estas áreas, creando un vacío cultural de la Pastoral social en los seminarios, en las universidades, en el mundo del trabajo y de las empresas.[14]

En cuanto la creación de laboratorios tanto de primera mediación cultural como de experimentación, instituidos en los distintos territorios, se ve cada vez más la urgencia, como lugares de encuentro de diferentes competencias y de confrontación indispensables:

a)    para la encarnación de la DSI en las prácticas constructora de la sociedad;

b)    para disminuir la distancia entre enseñanza, investigación universitaria especializada y experimentación, con ventajas recíprocas entre estos tres modos de existencia de la misma DSI. 

Con otras palabras, además de la recepción al interior del tejido eclesial, urge una recepción en el tejido social civil mediante la multiplicación, a nivel diocesano o interdiocesano, de nuevos «grupos de Camaldoli», de comunidades de personas que, avaladas por profesores universitarios, de profesionistas técnicos y de hombres iluminados de acción, traten de experimentar la DSI, de darle cuerpo en los diferentes contextos sociales a los ideales históricos concretos propuestos por ella. A este respecto, se ven emblemáticas varias experiencias en el mundo del trabajo, de la economía, del tercer sector y de la política animadas por asociaciones, movimientos, asociaciones eclesiales (Acción Católica, Comunión y Liberación, Focolarinos, Comunidad de san Egidio, etc.) por comisiones pastorales  diocesanas o zonales, por parroquias que no se encierran en sí mismas sino que irradian la novedad de vida traída por Cristo Jesús en lo social.[15]

8. La eficacia de la experimentación de la doctrina social de la Iglesia depende de la comunión –entre ellos y con Cristo– de sus sujetos

En la DSI, expresión del ser apostólico de la Iglesia, están involucrados todos sus componentes: pastores, religiosas, religiosos y laicos. Lo están, como ya se dijo, no sólo por razones contingentes o de oportunidad, sino en razón de su ser, cada uno con su propia especificidad y un ministerio. Todos los componentes eclesiales concurren a formularla, a experimentarla, a ponerla al día. No sólo la Iglesia, sino también la DSI es tanto más impulsora y eficaz desde el punto de vista pastoral, de la inculturación del Evangelio y de la humanización de las instituciones, cuanto más involucre en la comunión con Cristo y entre sí, en la diversidad de aportes, todos los sujetos, singular y colectivamente. [16]

A propósito de la experimentación de la DSI de los sujetos comunionales de ésta, tiene siempre valor, sin lugar a duda, cuanto Juan Pablo II en su Carta apostólica Novo Millennio Ineunte recordó hablando de la preciosa herencia del gran Jubileo del dos mil. Se necesita retomar  ampliamente el lema «Duc in altum» (Lc. 5,4), volviendo a partir de Cristo, considerado en sus lineamentos históricos  y en su misterio, acogido en sus múltiples presencias en la Iglesia y en el mundo, confesado como sentido de la historia y luz del camino.[17]

Releyendo la Carta del Pontífice y aplicándolo a nuestro tema debe ser reconocido que, también en vista de una experimentación sistemática y coral de la DSI, se necesita subrayar  la santidad, la oración, la eucaristía dominical, el sacramento de la reconciliación, el primado de la gracia, la escucha y el anuncio de la Palabra según las exigencias de una nueva evangelización y de la inculturación y, en particular, sobre una espiritualidad de comunión.

Pensando en las no raras dificultades de colaboración y de diálogo –tanto a nivel del anuncio como de las opciones pastorales acerca del testimonio en lo social y en la legítima pluralidad de mediaciones de la DSI–, entre movimientos, asociaciones de distintos enfoques, entre sacerdotes, obispos, clero y religiosos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y Pueblo de Dios, es cuanto más actual la advertencia de Juan Pablo II (también en vista de la convergencia sobre los grandes principios de la DSI –cosa muy ágil– y sobre la necesaria unidad –cosa más difícil-  en la realización de los valores del Evangelio):

«Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece» para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí» además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento».[18]

En definitiva, la eficacia de la experimentación de la DSI está estrechamente vinculada a la capacidad de las comunidades de ser lugares de comunión y de abrir espacios a todos los dones del Espíritu, según una integración orgánica de las legítimas diversidades en los carismas y en los caminos de conducción de la DSI. Si la DSI es fruto de un discernimiento y de una profecía comunitaria lo es también su experimentación. Si esto es verdadero se necesita educar a los sujetos de la DSI en una espiritualidad de comunión dentro de una espiritualidad de misión y de Encarnación.[19]

La comunión y el diálogo dentro de la Iglesia, entre Iglesia universal e Iglesias locales, deben ser completadas obviamente por la comunión y por el diálogo entre cristianos y entre diversas religiones. 

9. Breve conclusión

La síntesis entre valores evangélicos y compromiso social no es sólo un asunto individual. Está implicada también la comunidad eclesial. En otras palabras, la experimentación de la DSI tiene necesidad de comunidades cristianas vivas y abiertas a lo social, que sean «casas y escuelas de comunión». Solamente de este modo puede madurar en ellas la indispensable síntesis entre fe e historia, en un incesante dar y recibir entre Iglesia y sociedad entre todos los componentes eclesiales.

 

Traducción

José Armando Rejón Bojórquez

 


[1] Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica post – sinodal Christifideles laici (30. 12. 1988), n° 36.

[2]  «La misión propia que Cristo confió a la Iglesia no es de orden político, económico o social, el fin que le asignó es de orden religioso» GS. 42.

[3] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FENota Doctrinal  de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, n° 3. Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, México, 2003.

[4] Sobre la relación entre fe, utopía, DSI, proyecto societario, ideología, nos permitimos remitir a TOSO MARIO, Welfare Society. L’apporto dei pontefici da Leone XIII a Giovanni Paolo II, LAS, Roma 1995, pp. 318 – 336.

[5] Una de las formas de pobreza más relevantes el día de hoy es la pobreza de capital social: pobreza en la comunicación y en la información, pobreza de pertenencia, aislamiento que no permite participar en el circuito virtuoso de una comunidad, sea ella local o global.. Es evidente, y además está probado por diversos estudios, que la crisis de la familia «tradicional» y su enrarecimiento produce una notable cantidad de formas de problemas y de erosión del capital social en las otras sociedades. Según Francis Fukuyama el debilitamiento de la familia tradicional – que es evidente sobretodo por el descenso de nacimientos, por el aumento de familias monoparentales en las que el padre es la mujer y el aumento de los nacimientos fuera del matrimonio, produce muchas disfunciones en el capital social: mayor delincuencia, mayor fastidio juvenil, menor confianza recíproca y una sociedad civil más asfixiada y menos participativa (cfr. F. FUKUYAMA., La grande distruzione. La natura umana e la riscostruzione di un nuovo ordine sociale, Baldino & Castoldi, Milano 1999, cap. VI). Por otro lado, el inglés Whitfield ha señalado estas otras consecuencias de la crisis de la familia: riesgo de pobreza, deterioro de las capacidades laborales, disminución en el rendimiento escolar, aumento de la criminalidad y de la ´pinta’ de escuela, aumento de las intervenciones institucionales de asistencia (cfr. R. WIHTFIELD, I costi sociali ed economici della disgregrazione familiare, en «La Società», VII [1977], I, p. 107).

[6] Cfr. Ibidem.

[7] JUAN PABLO II, Evangelium Vitae [1995] n°. 73.

[8] Cfr. CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA, La Chiesa italiana e le prospettive del Paese, Paoline, Milano, 1981, p. 10.

[9] Para estas últimas reflexiones me he inspirado en NICORA A., Dottrina sociale della Chiesa e causa cattolica. Un comento alla Lettera a Tito, en «La Società» 6 (2002) 769 – 768.

[10] Tal reflexión es conducida mediante una razón teológica que incluye, bajo una propia formalidad, diversos grados del saber (filosófico, económico, jurídico, político, etc.) y, además, prevé que e momento inductivo implique el deductivo y viceversa.

[11] Cfr. ISTITUTO CATTOLICO DI ATTIVITÀ SOCIALE, Presentazione en Per la comunità cristiana. Principi dell’ordinamento sociale a cura di un grupo di studiosi amici di Camaldoli, Roma 1945, pp. XI- XII.

[12] Cfr. Ibidem, pp. XVI – XVII.

[13] Entre los teólogos de la liberación una actitud menos preconcebida en relación con la DSI se puede encontrar, por ejemplo, en J.C. SCANNONE, El estatuto epistemológico de la doctrina social de la Iglesia y el desarrollo teológico en América Latina, en CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO – DEPAS, Doctrina social de la Iglesia en América Latina, Consejo episcopal latinoamericano – CELAM, Santa Fe de Bogotá 1992, (Colombia), pp. 697 – 719.

[14] Cfr. J. PRIETO AMAYA, Formación de agentes de pastoral en Doctrina social de la Iglesia, en «Corintios XII» 87 (julio – septiembre de 1998) 221.

[15] Cfr. CENTRO ORINAMENTO PASTORALE – UFFICIO NAZIONALE PER I PROBLEMI SOCIALI E DEL LAVORO (CEI); La comunita cristiana e la sfida del mondo del lavoro, Dehoniane, Roma 1997, por ejemplo p. 190.

[16] Cfr. TOSO MARIO, La Doctrina Social hoy, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, México, 1998, pp. 127-132.

[17] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, n° 15.

[18]

 

Categorías:Laicos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: