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TERCER DOMINGO DE ADVIENTO – B

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO – B

 

En esta tercera liturgia dominical del tiempo de Adviento, la figura de Juan el Bautista ocupa el centro del relato evangélico de Juan. Este hombre “enviado por Dios”, viene para “dar testimonio de la luz”. La “luz” de la cual se habla es Jesús, el Hijo de Dios, que está por entrar en el mundo y viene a quedarse en nuestro medio: el Verbo eterno que ilumina a todos los hombres, que el Padre ha enviado para “que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios” DV, n. 4).

El Señor Jesús es “más grande” que el Bautista, es aquel al que ni siquiera me siento digno de “desatarle la correa de sus sandalias”.

Aunque el Bautista “no era la luz”, él advierte en lo íntimo de su corazón que “da testimonio” de la luz,  y así llega a ser el modelo por excelencia del testigo que invita a preparar el camino del Señor. “Yo soy, dice, la voz de aquel que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor” (cfr. Jn 1, 20-23).

“Voz del que grita en el desierto, voz de quien rompe el silencio”, como afirmaba el gran San Agustín: “Preparad el camino, significa: Yo grito para introducirlo a Él en los corazones, pero Él no se digna venir adonde quiero introducirlo, si no le preparáis el camino. ¿Qué significa ‘preparad el camino’, si no pedid como se debe? ¿Qué significa ‘preparad el camino’ si no sed humildes de corazón? Tomad ejemplo del Bautista que, creyendo la gente que era el Cristo, dice que él no es el que piensan que es. Se cuida bien de aprovecharse del error de los otros para afirmarse personalmente. Y eso que, si hubiera dicho que era el Cristo, le habrían creído fácilmente, puesto que así lo pensaban aun antes de que hablara. Pero no lo dice; reconoce simplemente lo que él era. Precisó las debidas diferencias, se mantuvo en la humildad. Vio justamente dónde debía encontrar la salvación. Comprendió que no era más que una lámpara y temió que fuera apagada por el viento de la soberbia” (S. Agustín, PL 1328-1329).

Por tanto, solamente Cristo, la luz de la gracia, traerá a todos el “alegre anuncio”, inaugurará el año de la misericordia del Señor”. El Señor vestirá a todos con “el vestido de la salvación”, haciendo así “brotar la justicia” en todo el mundo (cfr. Is 61, 10-11).

En consecuencia, la actitud que cada cristiano está llamado a asumir para esperar al Señor, debe estar motivada por el espíritu de oración. Como nos recuerda San Pablo, debemos “rezar incesantemente”, para ser santificados hasta la perfección, para que podamos custodiar íntegramente toda nuestra vida, “espíritu, alma y cuerpo (…) para la venida del Señor” (1 Tes 5, 23).

En este tiempo santo, dirijamos con confianza nuestra mirada a la gruta de Belén: “en unión espiritual con la Virgen María, Nuestra Señora del Adviento, pongamos nuestra mano en la suya y entremos con alegría en este nuevo tiempo de gracia que Dios regala a su Iglesia, para el bien de toda la humanidad. Como María, y con su ayuda materna, seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que el Dios de la paz nos santifique plenamente, y la Iglesia se convierta en signo e instrumento de esperanza para todos los hombres” (Benedicto XVI, Celebración de las Primeras Vísperas del primer Domingo de Adviento, 29 de noviembre de 2008).

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