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San francisco de Asís Patrono universal de la Acción Católica

San francisco de Asís Patrono universal de la Acción Católica

Fuente Libro San francisco de Asís

Patrono universal de la Acción Católica,

por Fray Agustin Baez, O:F:M. 1950

PROLOGO

Un gran vacío se dejaba sentir en medio de la abundante producción bibliográfica referente a la Acción Católica, que cada día va adquiriendo mayor importancia: era el relacionado con su celestial Patrono.

Creemos no equivocarnos, por desgracia, al afirmar que muchos católicos que militan bajo la enseña gloriosa de la Acción Católica no sienten hacia su Patrono aquel entusiasmo y veneración que de ordinario brotan espontáneamente en el corazón de todo creyente que, con conciencia de sus actos, se inscribe en las listas de cual’ quiera Asociación de índole religiosa. Pero si no se le tiene devoción es porque no se le conoce, es porque en el seno de la A. C. no se les ha propuesto suficientemente que tienen un protector especial a quien honrar como santo suyo, como santo que les pertenece, como santo a quien los Romanos Pontífices han confiado esa milicia es’ cogida que tiene que luchar las batallas de Dios bajo el amparo de su poderosa protección, es porque no han estudiado la dulce figura del Serafín de Asís, tan atrayente, tan digna de ser imitada por los que, como él, han de consagrarse al apostolado.

Más aún, quizás no falten entre los mismos quienes no consideren tan acertada la elección de San Francisco de Asís para Patrono Universal de la A. C; y no se vaya a creer que somos muy avanzados al lanzar tal suposición, pues semejante idea parece denunciar el Papa Pío XI cuando trata de rechazarla, diciendo: “La Acción Católica difícilmente habría podido encontrar un Patrono más adecuado que el Santo Patriarca de Asís, aun cuando no lo parezca a primera vista”[1] (1).

El deseo de ver ampliamente tratado y desarrollado este perisamiento es lo que movió al gran admirador del Poverello, el Excmo. y Rvmo. Sr. Fernando Cento, Nuncio Apostólico en el Perú, a promover a la Delegación General Franciscana en la América Meridional a acoger con entusiasmo y fomentar decididamente un certamen que, al mismo tiempo que impulsara la pluma de esclarecidos talentos de América en el campo de la Religión y de las letras a des’ tacar la excelsa figura de San Francisco de Asís, cristalizara en alguna obra concreta donde los afiliados a la A. C, tanto dirigentes como dirigidos, pudieran estudiar los rasgos más salientes de la obra y del espíritu del gran reformador de la edad media, por los cuales se ha hecho acreedor a que los Romanos Pontífices lo escogieran por Patrono Universal de la A. C, para embeberse de su espíritu, para inspirarse en su acción, para llevar a cabo, bajo sus auspicios, la obra que la Santa Sede espera de ellos.

El resultado del concurso no podía ser más halagüeño. Su anunció se extendió por todo el continente americano y en todas partes fue acogido con alborozo. Debemos, en verdad, felicitarnos de que la idea lanzada haya germinado y producido una abundante floración. Treinta y cuatro han sido los trabajos presentados, en gran parte muy apreciables, provenientes de Argentina, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, México, Para’ guay, Perú, Uruguay y Venezuela; lo cual quiere decir que el tema por doquiera suscita simpatías generales, que conviene tener en cuenta siempre que se trate de buscar estímulos que mantengan y promuevan los grandes movimientos regeneradores de la sociedad, cual debe ser el que ha de realizar la A. C.

Para que ese movimiento sea cada vez más pujante, se necesita que todos los afiliados se sientan llenos de entusiasmo por su obra; y nada más a propósito para ello que tener siempre ante la vista un guía hábil, genial, poderoso, un Ejemplar acabado; y esto es lo que han hecho los Romanos Pontífices al elegir a San Francisco de Asís por Patrono Universal de la A. C. Es como si dijeran a los miembros de ella: “Para llegar a cabo la obra que os confiamos, ahí tenéis a San Francisco de Asís que desde el cielo, como Patrono, os apoya y os contempla: a él invocadle; pero también estudiad su vida en la tierra y, como modelo, imitadle. Para eso os lo damos”.

Creemos que el erudito y docto Padre Báez, distinguido profesor, cuyo trabajo es uno de los premiados con el primer premio, ha desarrollado admirablemente el pensamiento básico del concurso y nos presenta en forma atrayente a San Francisco de Asís desde este nuevo punto de vista, perfilando, ante todo, en su vida, cuanto tiene relación íntima con la A. C. y desentrañando las razones por las que tan bien cuadra al Santo el nuevo título de PATRONO DE LA ACCIÓN CATÓLICA con que ha sido honrado, facilitando de esta suerte su estudio a todos aquellos afiliados que no quieran andar a ciegas, y que en este punto, como en todos los demás, desean tener el mismo sentir que la Iglesia.

Y ¿qué decir de la composición del Dr. Núñez Ponte, autor del otro trabajo, premiado también con el primer premio?…[2] (2)No necesita recomendación una figura de tan alto relieve, tan conocida en el mundo literario. Escritor fecundo, orador brillante, pedagogo notable, católico decidido, no es extraño que a porfía las más altas autoridades de la Iglesia y de las letras se hayan apresurado a hacer honor a sus destacados méritos con las más apreciables condecoraciones.

En su trabajo pone toda su alma y con galanura de expresión trata de despertar en el lector aquel entusiasmo y devoción hacia el Poverello qué a él le arrancan los saltantes episodios que tan delicadamente interpretados fluyen de su bien cortada pluma.

Los dos trabajos salen de este volumen. Es una obra que tiempo ha se dejaba desear y que hoy día, no lo dudamos, ha de atraer la atención de todos cuantos se dedican a la A. C. Y abrigamos la firme convicción de que para que ésta adquiera un gran impulso, así como hasta el presente se han dado muchos cursos y conferencias acerca de la naturaleza, fin y medios de la A. C, de aquí en adelante no han de faltar conferencias y aun cursos sobre el gran Patriarca San Francisco, encaminados a despertar en el ánimo de los afiliados la devoción a su santo Patrono y el entusiasmo para imitar sus ejem’ píos y seguir sus normas.

Al presentar, pues, esta obra al publico son nuestros votos que el S. P. San Francisco sea más conocido y reconocido como Patrono Universal de la A. C. y honrado como tal, y que, iniciándose bajo sus celestiales auspicios una nueva era de rehabilitación cristiana en la sociedad, desorientada actualmente por tantos y tan desorbitados ideales contradictorios, se logre cuanto antes establecer sobre el mundo la PAZ DE CRISTO EN EL REINO DE CRISTO, cimentada en las bases de la justicia y de la caridad.

Quito, día 2 de agosto, fiesta de la Porciúncula de 1945.

FR. ANTONIO IGLESIAS O. F. M. Delegado General

CAPITULO VI SAN FRANCISCO, PATRONO DE LA ACCIÓN CATÓLICA

“Hominem non tam turbulentae aetati suae quam christianae omnium temporum societati emmendandae divinitus datum, cum Actioni Catholicae, quam vocant, proximus decessor noster coelestem Patronum atribuerit…”

“Este varón, que por designio divino fue concedido al mundo, no sólo como remedio de la turbada edad en que vivió, sino más aún, como renovador de Ja sociedad cristiana de todos los tiempos, ha sido ahora constituido por nuestro inmediato predecesor como celestial Patrón de la Acción Católica…” (Pío XI, Encícl. “Rite expiatis”, del 30 de abril de 1926.),

43.       LOS ETERNOS PROBLEMAS

San Francisco “no pasa de moda”, de la misma manera que las eternas verdades del Evangelio que inspiraron su vida, sus enseñanzas y sus obras, tampoco pasan de moda.

Envejece lo accidental, lo postizo, lo que depende del capricho, de las costumbres o de las tradiciones forjadas por los hombres. Mas lo que reside en la naturaleza misma de éstos y responde a sus íntimas exigencias, lo que regula las inmutables relaciones de la especie humana para con Dios es eterno, como eterna es la voluntad y sabiduría del Creador que no destruye lo que hay de esencial en su obra.

A fin de capacitarla para el desempeño de sus fines le ha dado una investidura oficial; para aumentar su eficiencia le ha dado una organización uniforme, la ha puesto bajo la inmediata dirección de la Jerarquía y la ha dotado de un programa educativo y apostólico completo.

Pero, así como es esencial a una Orden Tercera vivir su vida peculiar según el espíritu y bajo la dependencia de una Orden Primera, también es de necesidad imprescindible que la Acción Católica beba su propia inspiración de las purísimas fuentes de la Iglesia misma.

Quizá ninguno ha expresado con más fuerza esa continuidad histórica e ideológica de la Orden Tercera y la Acción Católica ni esa relación de vital dependencia que existe entre la Orden Tercera y la Orden Primera Franciscana, por una parte, y la Acción Católica y la Iglesia misma, por la otra, que el veterano defensor de la Santa Sede, director por varias décadas del órgano periodístico oficial de la misma, el conde José Dalla Torre, en su conferencia pronunciada en el curso de Acción Católica, tenido en la Universidad del Sagrado Corazón, en Milán, el 29 de abril de 1930, cuando, con frase lapidaria, afirmó:

“La Acción Católica no es tan sólo un programa social, ni tampoco una realización social; es un sensus Christi y, para emplear una expresión sintética, es la Orden Tercera de la Iglesia misma”  [3] (3).

Caducan los métodos, las sociedades y las leyes positivas concebidas para una época o para alguna condición de éstas: el plan divino, la economía de la salud del hombre, la obra de la Redención, la finalidad del mundo, que debe realizar su perfección de acuerdo con ese plan divino, no caducan jamás. Por esta es que la obra de Cristo es eternamente perdurable, y por ello mismo los ideales de San Francisco, que son los del Evangelio de Cristo, proclamados con tan personal impulso y realizados con tan avasalladora fuerza de ejemplo, no caducarán jamás. Por igual razón, Francisco de Asís es de hoy y posee tal fuerza convincente y proselitista en nuestros días, como lo fue de ayer y como poseyó tal aptitud para arrastrar las multitudes, en siglos pasados, a la cristalización de los ideales del Cristianismo.

¿Qué de extraño y sorprendente tiene, pues, que un santo de la edad media sea proclamado Patrono de un movimiento renovador moderno, cuando ahora se persiguen los mismos fines los intrínsecos y esenciales del hombre, que otras edades han tratado de alcanzar?

Y si a esto se añade la visión del lado humano de las cosas, a través de ella, San Francisco aparece dotado, de poliédrica actualidad, o sea de multiforme aptitud para responder a los también multiformes problemas, exigencias, ansiedades e inquietudes de nuestro tiempo.

Desde el punto de vista humano, San Francisco es también de todos los tiempos. ¿No es acaso de nuestra edad el amor a la gloria? ¿No es por ventura muy humano, y por tanto de hoy día, la reacción contra el dolor, y el anhelo de la felicidad? ¿Y el problema del bien y del mal? ¿Y el de la purificación del alma? ¿Y el de la acción? ¿Y el de los afectos, y el del amor, y el de la plena posesión de sí mismo?…

44.       SAN FRANCISCO, DECHADO DE ACCIÓN MULTIFORME

Pero, muy particularmente, San Francisco es Patrono de la Acción Católica, porque es un maestro de acción y de acción católica.

Qué triste idea tienen de la santidad cristiana los que imaginan al santo en una especie de negación pasiva, disolvente, destructiva de la personalidad, indiferente e impasible, sin ansiedades ni emociones, sepultado en el piélago sin playas del yo egoísta y sólo pronto a la fuga, al retraimiento y a la negación. Un hombre sin problemas no merece el nombre de tal. Y mucho menos un santo sin problemas y sin contacto con los demás hombres, lejos de sus luchas, de sus caídas y de su arrepentimiento, ajeno a sus exigencias sociales y a las angustias del momento en que vive no es un santo de la Iglesia Católica. No se trata del contacto con el “mundo mundano”, sino con el cosmos, con la obra de Dios, para decirlo con más precisión, con el plan divino y con el Cuerpo Místico de Cristo.

San Francisco sintió las palpitaciones de su época, vivió la vida hirviente de pasiones de su patria, compartió las ambiciones de los cruzados, participó de las ansias de los reformadores de su siglo, penetró en el fondo de la lucha social de sus hermanos, con notables aportaciones a favor de los siervos; sintió el amor, sufrió el desprecio, reaccionó contra ambos, meditó esquemas de solución y fracasó en sus primeras tentativas rehizo su fe y volvió a la carga hasta que, al fin, aferrado a las enseñanzas del Evangelio, encontró, no sin combates decisivos contra los que antes había amado, la fórmula salvadora: “Mi Dios y mi todo”.

Se hallaba solo al principio.

Entonces comenzó su obra de vidente y de renovador. Había encontrado la clave; más la solución definitiva iba a ser obra del tiempo… y de la organización.

Dejaba de ser discípulo y comenzaba a asumir, ante los siglos por venir, la gigantesca talla de un maestro de acción.

45.       SAN FRANCISCO, MAESTRO DE ACCIÓN

No todo el que obra, aun cuando sus acciones revelen una poderosa fuente de energía, puedan tener visos de heroísmo y quizá posean el ofuscante fulgor del triunfo, puede reclamar el título de maestro de acción. Caracteres indomables, temperamentos impetuosos, realizadores de éxito, pueden ser el producto de circunstancias insospechables, a las cuales habrá que adjudicar la paternidad de los resultados. Verdadero, maestro de acción es el que traza una norma de acción de valor universal, independiente de las contingencias históricas. La norma ha de ser para los hombres, no para el tiempo.

San Francisco, guiado por el amor y por la verdad, virtudes tan destacadas en su alma seráfica y candorosa, dio a los siglos leyes de prudencia y de acción, valederas para todos los hombres que quieran ver la luz y amar el bien. Su enseñanza no consiste en intrincados teoremas de prudencia del mundo; Consiste, en cambio, en verdades de elemental comprensión, casi diríamos, de espontánea intuición y de evidencia inmediata. Y no es ésta la última razón de la universalidad de su enseñanza. Pero cabalmente por esto, por ser tan claros sus principios, tan elementales e intuitivos, pasan inadvertidos para quienes sienten sed de admiración por lo raro, por lo insólito, por lo novedoso y extravagante, por lo sutil y engañoso.

Acción sobre sí mismo

San Francisco comenzó por enderezar su acción sobre sí mismo. El principal factor de la acción es el elemento humano y de éste los jefes son la parte principal. Su mente candorosa, pero penetrante y genial, le representó en seguida que la misión recibida de iniciar un retorno ardiente a la vida evangélica estaba condicionada por una disciplina espiritual intensa y siempre progresiva. La misma vida evangélica es una palestra de formación de elevadas personalidades espirituales. Y no pasó mucho tiempo antes de que los discípulos, que comenzaron a acercarse a él, lo hiciesen pensar en la amplitud de la obra que el cielo le encomendaba. Estaba convencido, y ahora más que nunca, de que la formación moral no es un problema de lógica ni una argumentación matemática, y que así como el movimiento se demuestra andando, la formación moral se obtiene obrando. Estaba llamado a ser maestro, pero respecto de su propia formación se propuso no dejar nunca de ser discípulo. “Comencemos ahora -solía decir a sus hermanos-, porque hasta ahora no hemos hecho nada”. Así lo comprendió uno de sus primeros discípulos, el sencillo Fr. Gil, quien constantemente exhortaba a sus compañeros: Fate, fate, e non paríate, “Obrad, obrad, y no solamente habléis”.

Este primer principio no es exclusivo del santo de Asís. Es de todos los santos del Cristianismo g de la Iglesia misma, puesto que es de Cristo, quien coepit faceré et docere, “comenzó (primero) a obrar y después a enseñar”.

Pero en San Francisco asume un característico interés, porque nos da la explicación del éxito arrollador de la reforma introducida por el santo, en el mundo cristiano de su tiempo. Quizá podríamos señalar, aparte de otras diferencias de más interés especulativo, como nota esencial de la acción de San Francisco, con la cual se distingue de los equivocados empeños de tantos seudo reformadores, esta decisión de comenzar su acción reformatoria por sí mismo. Muchos comenzaron bien -los valdenses-, pero antes de concluir la fase preparatoria, la de la acción sobre sí mismo, se lanzaron a la reforma del mundo: el resultado fue la desviación y el fracaso. Otros ni siquiera comenzaron -los falsos reformadores del siglo XVI-, pues, confundiendo el amor a la verdad con lo que sólo era orgullo intelectual, y el celo por la gloria de Dios con las ansias irrefrenables de libertinaje, descuidaron la reforma de sí mismos. Por eso dieron principio con la rebeldía y, lejos de reformar, sólo causaron desunión, división, luto, ruinas y desolación.

Toda acción que tienda al exterior está condicionada, si quiere ser verdadera y eficaz, por una vida íntima de los principios que se quiere hacer vivir en los demás.

La enseñanza de este principio básico está en las primeras líneas del programa de la heredera espiritual de San Francisco, la Acción Católica, la cual es esencialmente acción dirigida a los demás. Y precisamente por esto, porque es acción de reflujo, de desbordamiento, de sobreabundancia y ejemplo, tiene que ser producto espontáneo de una vida interna rica en energías espirituales. Así es como nos la presentan los documentos pontificios. He aquí como se expresa el Papa Pío XI, en su discurso a las asociaciones católicas de Roma, el 19 de abril de 1931: “Obra de formación ante todo: formación de inteligencia, de voluntad, de pensamiento, de sentimientos, de iniciativas activas, de verdad y de santidad. Lo cual quiere decir, más que todo, que la actividad católica incesante debe tener como premisa la santificación personal de cada uno, esto es, es preciso que abunde y sobreabunde esta vida sobrenatural que el Buen Pastor trajo para la salud del mundo y que El desea… Nadie podrá dar luz a los espíritus, ni pronunciar palabras de aliento a la voluntad, ni extender el amor a la virtud, si personalmente no ha conformado su vida según la vida misma del Señor” [4](4).

Formación de futuros jefes

Un segundo postulado de la acción, cuando ésta quiere ser progresiva y abarcar vastos campos de irradiación, cual es la de la Acción Católica, es aquel que, derivándose espontáneamente del que hasta ahora hemos examinado, podemos descubrir en la pedagogía de San Francisco: Formar discípulos.

Formar discípulos, cuando el maestro es verdaderamente tal, es retratarse en el corazón de aquéllos. Y mientras más profunda sea la transmisión de la personalidad del maestro en el discípulo, tanto más asegurado estará el triunfo de las enseñanzas de aquél. Casi podríamos decir que el éxito externo de los grandes maestros se ha debido, aparte de la excelencia de la doctrina, a la grandeza moral que han sabido forjar en sus discípulos, sobre todo en los primeros. Otro tanto habrá que decir de la Acción Católica, si es que la consideramos, como en verdad debe ser, como formadora de espíritus de elevada estatura moral y alma de un poderoso movimiento restaurador. Si su obra ha de ser fecunda, debe crear, infundiéndoles su propia vida, discípulos de alma ardiente, fuertes caracteres morales, adeptos de pujante vocación proselitista, que amen sus principios como su propia vida, que se consagren a ellos, que por ellos sufran y, si es menester, por ellos mueran. Solamente hay un medio para el logro de ello: la formación sabiamente llevada a cabo.

De esto San Francisco también es un maestro.

No intentamos reproducir lo que en otras páginas ya hemos someramente  bosquejado.   Y  mucho  menos  podemos  desenvolver detalladamente el proceso de formación a que San Francisco sometió a sus discípulos. Pero sí podemos contemplar el verdaderamente conmovedor cuadro de los fieles cuanto santamente apasionados seguidores de Francisco y de su ideal, Fr. León, Fr. Gil, Fr. Maseo, Fr. Ángel, Fr. Rufino y otros mil, quienes de tal manera se sintieron atraídos por el Amor que el Serafín Llagado amaba, por la Dama a quien el caballeresco Francisco servía y por la humildad en la que el Pobrecillo se gozaba, en tal grado llegaron a sentir sus ansias, a imitar sus acciones, a copiar sus virtudes y a encarnar sus ideales, que, al esparcirse por el mundo, llevaron en su propia vida la imagen viviente del maestro y de su doctrina, para que el mundo viera en ellos lo que hasta entonces sólo la Umbría había tenido la dicha de contemplar; a lo largo de su vida, siempre añoraron por los días felices de los tiempos heroicos, cuando nada tenían que envidiar a las aves del cielo; a la muerte de San Francisco replegáronse, en su dolor, sobre sí mismos, alentándose a la perseverancia con el recuerdo del maestro amado; y al sobrevenir las épicas luchas por la pobreza, supieron formar un solo cuerpo con una sola alma, luchando hasta la muerte, porque no se empañara el fulgor de las virtudes franciscanas, formaron nuevos discípulos, de cuerpo entero, de una sola pieza, como sus maestros, a los cuales les había de sonreír la victoria, después de dos siglos de luchas de epopeya.

Francisco los había formado según su espíritu. Sin dudas y sin contemplaciones los había colocado, desde los primeros días, frente a la desnuda realidad del Evangelio; los había hecho saborear la dulzura de la mortificación y los había enseñado a dirigir sus miradas, como a su centro propio, hacia la cruz del Redentor. De aquí habían salido las ansias del apostolado y en la cruz estaba la prenda de la perseverancia en lo comenzado, puesto que ahí estaba la prenda de la esperanza.

Valuación realista de su época

San Francisco es también maestro de acción por su justipreciación realista de su tiempo y de su misión.

Dejemos para otro lugar la discusión de si el místico San Francisco puede ser apellidado realista o idealista. Aquí preferimos solamente poner en relieve la preciosa enseñanza que dio a los siglos. El verdadero hombre de acción ha de comprender el significado, las necesidades y las exigencias del tiempo en que vive. Lo cual quiere decir que ha de comprender los remedios con que hay que venir a su encuentro. San Francisco comprendió ambas cosas.

Comenzó por dar la acertada dirección que su vida, llena de grandes ambiciones, estaba pidiendo. Fortificóla con grandes principios, faros luminosos que ahuyentasen la duda y la confusión mental: la imitación de Cristo, las ideas cristocéntricas, las que hacen de la Iglesia su punto de confluencia, que se derivan de las anteriores, el principio de autoridad de aquélla, la fidelidad a la Cátedra de Roma, la dignidad de los eclesiásticos y la obediencia que se les debe y, como remate, la colaboración entusiasta y cordial. Comprendió algo más. Se dio cuenta del valor del espíritu asociacionista que dominaba en el mundo y cómo éste tenía como eje la vuelta al espíritu del Evangelio; supo apreciar la necesidad de una nueva forma de apostolado, diferente de la que hasta entonces habían ejercido los monjes, y la ingente necesidad de injertar esa misma actividad apostólica en el pueblo mismo, en las masas seglares; poseyó una exacta noción de las múltiples exigencias del apostolado y dio a sus hijos amplia libertad para abrazar todas las formas del mismo, desde el cuidado de los enfermos hasta la enseñanza en las cátedras, desde la predicación con el ejemplo hasta la vida misionera en lejanas tierras de infieles, desde la vida agitada del pacificador de pueblos y predicador de la paz hasta la de la tranquila fruición de las sonrisas del Amado en las serenas cimas de la contemplación.

Si algo tiene de innovadora la obra de San Francisco, ello es precisamente un resultado de su penetrante y genial aptitud para captar lo que el momento histórico en que vive está exigiendo. Ello supone comprensión mental de los problemas del momento, requiere adecuación de las normas de acción a esos mismos problemas, exige un divorcio de ciertas formas de organización o actividad, que se han demostrado insatisfactorias para las aspiraciones actuales y, finalmente, pide una consagración de la vida entera a pulsar las palpitaciones del pueblo, de la masa del pueblo, a fin de que la adaptación a sus necesidades sea constante y cada vez más particularizada.

La historia nos enseña que, desde el renacimiento espiritual creado por San Francisco, ningún otro movimiento religioso, ni aun el de la contrarreforma, ha tratado de ser “movimiento de masa”, esto es, de todo el pueblo católico, como el actual de la Acción Católica. De ahí que ningún otro ha tenido mayor necesidad que la Acción Católica de apreciar, con ojo penetrante y certero, la realidad sobre la cual va a actuar y, como consecuencia, la necesidad imprescindible de adaptarse a sí misma, con más escrupulosidad, para el desempeño de su difícil misión. La Acción Católica tiene que ser movimiento de masa, aunque dirigido, es verdad, por grupos escogidos: su misión es ir al pueblo. Y tendrá que buscar el contacto con él, compartir sus sufrimientos y sus alegrías, satisfacer sus aspiraciones, aprovechar sus fuerzas latentes, encarrilar sus esfuerzos espontáneos, purificar sus concepciones y amores imperfectos y hacerle comprender que su más ardiente deseo es que entre el pueblo y ella no haya sino un sólo corazón.

46.       SAN FRANCISCO, MAESTRO DE LA ACCIÓN CATÓLICA

Las tres normas de acción que hemos visto destacarse en la obra de San Francisco, aunque no pueden desprenderse de los fines religiosos que las motivaron, no representan, sin embargo las enseñanzas más características, que lo acreditan como maestro del movimiento moderno de Acción Católica. Son normas básicas, el desprecio de las cuales conducirá al fracaso a todo jefe de acción, sobre todo si ésta es de índole religiosa o moral.

Hay otro acervo de riquezas doctrinales del santo de Asís, que están en estrecho contacto con la Acción Católica de nuestros días, ya que fueron las que dirigieron el impulso renovador que hemos llamado Acción Católica de los siglos pasados. En el curso de estas páginas ya hemos bosquejado la génesis, la importancia y los resultados de estos principios de acción; por esto nos limitaremos ahora a darles una ojeada superficial y a relacionarlos con la Acción Católica actual.

Renovación vital

Una idea madre, que aparece dominando toda la concepción renovadora de San Francisco, es la de la vitalidad y fecundidad de la Iglesia Católica. Para el santo era una conclusión de indefectible lógica: si el alma de la Iglesia es Cristo y si su promesa divina está por medio, la Iglesia participa de la fecunda vitalidad de Aquél que es su propia Cabeza. Por eso el santo siempre creyó, a pesar de todas las afirmaciones de la herejía de su tiempo, que la renovación de la Iglesia tenía que surgir de las entrañas, de los principios, de los ejemplos y de la vida misma de la Iglesia. Principio obvio, pero formidablemente fundado en los dogmas católicos y, por ello mismo, abrazado cordialmente por San Francisco. Principió; también optimista que confía, contra la pretendida evidencia de algunos hechos, en la redención perenne de la Iglesia, producida por su propia fuerza vital y fecunda. He aquí un principio de Acción Católica.

La Iglesia no necesita, como pretendieron los equivocados modernistas derrotados por Pío X, ir a pedir en préstamo a efímeras filosofías del momento un fementido apoyo, para hacer frente al ataque de la impiedad moderna. Tampoco ha menester vestirse de un disfraz moderno, engolfándose en problemas de economía, de política o de sociología, a fin de suplir la deficiencia (como se imaginan algunos) de sus doctrinas, que ya no son capaces de influir sobre las generaciones de nuestros días ni suscitar su interés. Y mucho menos tiene necesidad de pactar con el mundo y hacer concesiones sobre puntos de dignidad personal, sacrificando la tradicional moral cristiana, si es que quiere conservar su ascendiente y prestigio sobre las masas.

Ni esto ni nada semejante ha menester la Iglesia. En cualquier tiempo y circunstancia, por un proceso de regeneración inminente, de renovación vital, ella, puede, apoyándose en los eternos principios del Evangelio, del cual es la depositaría oficial, transformar su vida y la de sus hijos. He aquí una fuente de optimismo y energía para la Acción Católica. Más aún, he aquí uno de los fundamentos de la existencia de la misma Acción Católica y de la sabiduría de su programa de acción. Su fin y su programa fundamentalmente no consisten en suscitar un movimiento de investigación científica sobre la religión, ni internarse en aventuras novedosas sobre temas exclusivamente sociales, sino en insistir, recalcar y remachar, como lo hizo San Francisco, en los viejos, pero siempre nuevos, sencillos, pero siempre fecundes, trillados, pero’ con frecuencia incomprendidos, y aun olvidados, principios cristianos, que son los únicos que podrán salvar a! mundo.

Su misión es predicar, a la manera de San Pablo, a Cristo, y a Cristo Crucificado.

Acción netamente religiosa.

Hay, sin embargo, una condición indispensable. Los principios de la Iglesia sólo son fecundos cuando se los hace vivir en el corazón y fructificar en las obras. Así lo hizo San Francisco. Esta es una condición ¡sine qua non del triunfo de la Acción Católica.

Iniciativas realistas

Menos profundo, pero no menos genial, por su penetrante comprensión de la realidad y por la intuición del futuro apostolado, fué la idea del Patriarca de Asís de instituir, por primera vez en la historia de la Iglesia y de una manera permanente, el apostolado auxiliar. Hemos hecho notar en su propio lugar, cómo el santo, rompiendo los viejos moldes del monarquismo, puso a sus frailes en un plano intermedio entre la vida tradicionalmente monástica y la de la plena cura de almas. Continuarían siendo monjes en cuanto a la vida común y en lo que mira al servicio coral, pero participarían de la cura de almas con el ejercicio de la predicación y de las misiones.

Esta sola innovación sería ya suficiente para poner a San Francisco como maestro de la Acción Católica. En efecto, el primer paso” para el apostolado seglar, que es la esencia de la Acción Católica, es el apostolado auxiliar. Antes que llamar a los seglares a colaborar organizadamente en el apostolado, la Iglesia llamó, con la genial idea de San Francisco, al clero regular. Podemos afirmar que el apostolado auxiliar incluye dos grandes ramas: la del apostolado regular, en la cual entran todas las órdenes y congregaciones religiosas de vida activa o mixta, y la del apostolado seglar, que comprende a la Acción Católica y a todas las llamadas obras auxiliares. La enseñanza de San Francisco consiste, en este caso, en haber ensanchado los cauces de la vida apostólica, para admitir en ellos a los que, sin tener una misión canónica, como pastores de almas, podían no obstante, como con los hechos lo han probado, conducirse como celosos operarios de la viña del Señor. Primero entraron las Ordenes Mendicantes; en siglos posteriores siguió la tupida red de las congregaciones de enseñanza y de caridad, muchas de ellas pertenecientes a la Orden Tercera Regular de San Francisco. En nuestros días son frecuentes los casos de apostolado aun en las antiguas órdenes monásticas.

Pero el “Poverello” tiene una palabra que decirnos, respecto del apostolado seglar, netamente seglar y estrechamente organizado. Como que él fue el fundador de éste, siete siglos hace. Y la palabra de San Francisco es aquí definitiva. Nos presenta un movimiento laico dotado de una interna cohesión espiritual, fundado en el espíritu evangélico y en las palabras de la Regla de la Orden Tercera, organizado con una severa disciplina y extendido por todo el mundo. Posee una finalidad esencial, la santificación de sus miembros, y desarrolla una intensa actividad en el apostolado, y aun en el orden social, es firme apoyo para la regeneración de la sociedad, y la Jerarquía de la Orden Primera no menos que la de la misma Iglesia, encuentran en ella una base firme para extender su labor ministerial. Es el vivo retrato, en los siglos pasados, de la Acción Católica de nuestros días.

Adaptación histórica.

El rasgo más saliente de la Acción Católica es su adaptación a las necesidades de nuestro tiempo. Por esto es precisamente seglar y por la misma razón es universal. Ha tenido una visión clara de la realidad actual y de la adaptación que le correspondía adoptar, como la tuvo San Francisco de su época, al fundar la Orden Tercera. Bien afirmaba el conde Dalla Torre, parangonandq a la Orden Tercera respecto de la Orden Primera Franciscana con la Acción Católica respecto de la Iglesia, en frase que ya hemos citado en otra parte: “La Acción Católica es la Orden Tercera de la Iglesia misma”.

Hay otra razón, que se impone a nuestras miradas, porque San Francisco de Asís es un maestro de la Acción Católica. A su tiempo hemos hecho observar que tanto la Orden Tercera como la Acción Católica concuerdan en un punto básico de su programa: la lucha contra el laicismo, o sea, contra la laicización de la vida cristiana. La lucha contra el laicismo no es otra cosa que un enfocamiento más directo, más bien comprendido y mejor calculado, hacia la parte negativa del problema de la restauración del reino de Dios, como dice la Acción Católica, y de la santificación personal de los terciarios por la práctica de la virtud y santificación de los demás por medio del ejemplo, como dice la Orden Tercera. Y la embestida contra la indiferencia, el culto vergonzante, la paganización de la familia, la irreligiosidad de la vida social ha hecho menester ahora la organización de elementos esparcidos en todos los medios sociales, en todos los ambientes^ en todas las situaciones: hogar, escuela, taller, vía pública. Otro tanto habría hecho el santo de Asís, y por cierto con éxito sorprendente, cuando quiso inyectar vida católica a la sociedad profundamente religiosa, pero no profundamente católica, de su siglo.

Desde un cierto punto de vista, el laicismo de la época de San Francisco era más peligroso que el actual: aquél miraba a las ideas, el nuestro a la moral; aquél iba contra la Jerarquía, contra el Sacerdocio, contra la Iglesia misma, el de nuestros días sólo contra las trabas que la moral católica opone a la disolución de costumbres; aquél estaba dentro de la Iglesia misma, éste viene de los enemigos de afuera. Pero uno y otro tienen el mismo resultado: alejan de la vida verdaderamente cristiana. En la oposición directa al laicismo y en la identidad de medios para hacerle frente está el punto de confluencia de San Francisco y de la Acción Católica.

Primero, imitación; después, acción

No puede esquivar nuestra atención la nota dominante del método empleado por San Francisco, la cual aparece a nuestra vista como sencilla pero fundamental norma de acción religiosa. Para él, primero está la imitación y después la acción; primero la vida interior y después la acción; primero quiere formar santos y después apóstoles; le preocupa más insistir sobre la observancia de la vida evangélica que sobre la apostólica. Sabe que si sus hijos logran retratar en su alma a Cristo en su vida de humillación y de caridad, espontáneamente se sentirán inclinados a imitarlo en su vida de Redentor de las almas.

Sencillo es el principio, casi parece obvio y redundante, pero cuan sólido y básico. Nada menos que a su olvido, descuido o deficiente aplicación, se deben casi todos los fracasos de los grandes y pequeños movimientos religiosos. Y nos atrevemos a afirmar que los desastres esporádicos de algunos grupos de Acción Católica, que de tanto en tanto lastiman nuestros oídos, no reconocen otro motivo, en la mayoría de los casos, que la incomprensión de este postulado, que, en tanto fue adoptado por San Francisco, en cuanto ha sido norma indefectible de la Iglesia, en los veinte siglos de su existencia. Su tergiversación también es muy sencilla y parece, a primera vista, inofensiva; pero daría el mismo resultado que si se quisiera hacer andar a un hombre sano, fuerte y animoso, pero de cabeza.

Base sobrenatural

Mas, sobre toda otra consideración, San Francisco es maestro de la Acción Católica por su espíritu sobrenatural. En esto está precisamente el secreto de su éxito. Todo lo hizo por Dios y para la gloria de Dios. Por eso fué omnipotente. Pudo decir con San Pablo: Omnia possum in eo que me eonfortat “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. La condición para poder decir esto con sinceridad y sin jactancia es estar plenamente identificado con la voluntad divina. En esto, creemos nosotros, está también el secreto del triunfo de la Acción Católica. Si se informa de su espíritu sobrenatural, si en todo y por todo obra con aspiraciones sobrenaturales, si sus miembros reflejan en todas sus acciones ese espíritu sobrenatural, no hay duda que la Acción Católica adquirirá un ritmo apostólico siempre creciente, hasta convertirse en incontenible movimiento conquistador.

Propio del espíritu sobrenatural de San Francisco, puesto que es universal, es su desbordamiento sobre toda la vida. En ello está la explicación de sus atrevidas empresas, de sus desafíos a la prudencia del mundo y también la explicación de .su apoteosis en el monte Alvernia, y de su influjo a través de los siglos. Es una invasión completa de lo sobrenatural sobre su vida, que satura totalmente sus acciones.

Si a los que tengan fe se les promete en el Evangelio un poder capaz de arrancar los montes de su base y plantarlos en medio del océano, a los que viven una vida sobrenatural completa, a la Acción Católica, cuya vida ha de estar toda sobrenaturalizada, no hay duda que le está reservada la promesa infalible: “Yo os daré elocuencia y sabiduría a las cuales no podrán resistir vuestros adversarios” [5](5).

[1] (1) Alocución del 19 de marzo de 1927 a la Juventud Obrera Italiana, en Documentos Pontificios sobre la Tercera Orden, por el P. L. J. PALACIO, O. F. M. Ediciones Pax et Bonum, Buenos Aires, 1943.

[2] (2) La obra del Dr. Núñez Ponte no se publica en esta edición. Nota del editor.

[3] (3) Citado por PAUL DABIN, S. J., L’Apostolat Laique. Bloud y Gay, pág. 13.

[4] (4) Citado por E. GUERRY, L’Action Catholique, París, 1036, págs. 33-35.

[5] (5) Luc, XXI, 15.

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