EL PAPA, LOS LAICOS
Y LOS POLÍTICOS


MARÍA CARIDAD CAMPISTROUS

No te ofrezco la paz, hermano hombre,
porque la paz no es una medalla:
la paz es una tierra esclavizada
y tenemos que ir a libertarla…
Que los templos se doblen desangrados
Con arrojarnos al amor nos basta.
Jorge Debravo

Oigo un rumor de pasos en el cielo. Sí, no hay dudas, es él que sigue atento, ya nos busca.
Por eso, desde que conocí la vuelta del Papa Juan Pablo II a la casa del Padre, me cantan en el corazón las palabras de Pedro en casa de Cornelio: “pasó haciendo el bien”.
Cuando un ser querido muere, y esto es algo por lo que todos alguna vez hemos pasado, se nos agolpan en la mente infinidad de recuerdos, desfilan con premura imágenes en las que se entremezclan retazos de nuestra vida y de la suya. Son instantes en los que se clarifica nuestro entendimiento, tan irreflexivo a veces ante tantos estímulos externos, y hasta empezamos a comprender el no haber sabido valorar por entero su presencia y sus palabras. Estos sentimientos los he experimentado con la muerte de Juan Pablo II.
Como recuerdo fugaz le vi descender del avión que le trajo a Cuba, y la emoción indescriptible de aquella tarde soñada me embargó toda. Se agolparon entonces imágenes de la Plaza santiaguera donde viví a plenitud, a escasos metros de su figura, la Eucaristía que él presidía. Aquel día sentí que algo se removía en mi interior y —como nunca antes— el paso de Cristo entre nosotros; sus palabras que eran la Palabra para mi pueblo, su amor a la Madre que era la mía, y el sentir patrio que marcó de manera indeleble su Visita en la cálida mañana de ese enero. Mis más grandes amores conjugados al mágico conjuro del Pontífice que se hizo en verdad puente.
Y la imaginación, en su loca carrera, me hizo ver a Atila frente a León el Magno. Nadie sabe con certeza qué le dijo este Papa a aquel guerrero cuyo caballo no dejaba jamás yerba tras sí, pero lo cierto es que el huno decidió retirarse. No sólo eso. Cuando apenas un cuarto de siglo después el imperio se desplomó, el cristianismo fue la única fuerza existente para proteger a los desvalidos y salvaguardar la cultura clásica. Corría el año 452, no eran aquellos buenos tiempos para la Iglesia.
Corría el año 1978 cuando fue elegido como sucesor de Pedro un hombre poco conocido procedente de un país tras la cortina de hierro. Tampoco eran buenos esos tiempos para la Iglesia. Y el Papa polaco, que había vivido la II Guerra Mundial y defendido a su país contra el nazismo, viajó presto a su patria. Cuentan que en su primera visita como Vicario de Cristo, en la improvisada tarima ante más de un millón de sus compatriotas rodeados por fuerzas de seguridad, se escuchaba el rugido conminatorio de los carros blindados a menos de una milla… Se respiraba una impotencia de siglos en expectativa de hielo. La multitud se estremecía emocionada. Entonces, Karol el Magno, alzando el cáliz, exclamó: ¡No tengan miedo!…
Por encima de las consignas ideológicas, por encima de la corrupta lógica de la publicidad y la política, por encima de la retórica de las academias y la jerigonza de las sectas de la modernidad, se escuchó un llamado indestructible en su simplicidad, auténticamente subversivo, indisoluble en su raíz. Era preciso tener el valor de Amar, de perdonar. El mundo había comenzado a cambiar.
“Pasó haciendo el bien”, le dijo Pedro a Cornelio, “porque Dios estaba con él”. Y sus palabras vuelven a resonar en mis adentros. Pienso en el pontificado de Juan Pablo II, controversial y referente de justicia para un mundo resquebrajado. Pienso en su vida, que ha sido en sí misma un mensaje vivo y significativo para todas las personas del mundo entero. Creyentes y no creyentes, convencidos y dubitantes, jóvenes y viejos, obreros e intelectuales, todos, en los más disímiles lugares del mundo, hemos vivido una presencia fuerte y dinámica, llena de luz y fortaleza, de convicción y comprensión, de amor y de misericordia, de acogida y de orientación, de cercanía y exigencia, de verdad, autenticidad y compromiso. Pero he de pensar en laicos y políticos, eso me han dicho. Y a poco que pienso se refuerza mi canto: “pasó haciendo el bien”.
¿Qué significó para el laicado su enseñanza? Me toca muy de cerca esta respuesta. Nadie como él nos ha recordado que estamos tan llamados a la santidad como a la libertad, célibes o no, porque el camino de la perfección pasa por construir el Reino en nuestra historia que sólo así será Historia de salvación. «Se trata de comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad del hombre» (Ch L 30).
¿Y la política?, me cuestiono, ¿será también cuestión mía? La duda se disipa en cuanto llega, porque ser solidario es buscar el bien común y esto es cuestión de la política, si bien mirada en su sentido amplio; pero en ámbito estrecho, a los laicos compete, y su pensamiento al respecto es muy claro. Hoy la santidad no es posible sin el compromiso por la justicia y sin la solidaridad con los pobres y los oprimidos. Él fue un maestro de la solidaridad y el coraje. El político cristiano es el laico que vive a plenitud su compromiso, que vierte su fe en la acción política e inspira su política en la fe, por eso no cabe taxonomía en el Magisterio pontificio de Juan Pablo, el camino que nos propone es claro: Laico, lleva al corazón del mundo la Iglesia y trae el mundo a su corazón.
En el discurso inaugural de la Conferencia de Puebla, al inicio de su pontificado, nos lanzó esta pregunta que ahora repito para reflexionar:
¿No son los laicos los llamados, en virtud de su vocación en la Iglesia, a dar su aporte en la dimensión política y a estar eficazmente presentes en la tutela y promoción de los derechos humanos?
Tan importante consideraba el papel que han de desempeñar los laicos en la política que en la Christifideles laici decía: «Para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad— los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la ‘política’; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Como repetidamente han afirmado los Padres sinodales, todos y cada uno tienen el derecho y el deber de participar en la política, si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades» (n. 42).
No en vano Juan Pablo II, en reiteradas oportunidades, convocó a los laicos a que con responsabilidad y sacrificio asumieran los papeles de dirigencia política, para librar esa lucha denodada contra quienes inescrupulosamente desde la política llevan a los pueblos a situaciones de injusticia y donde cabría hablar de un pecado social. Les llamó a ser políticos si querían construir patria y futuro. ¡Qué sintonía la de su pensamiento con el pensamiento de Varela!

 
El Santo Padre con Lech Walesa, Presidente de Polonia
y su esposa Danuta.

Mas, también destacaba el rol del compromiso político del cristiano inherente al compromiso bautismal, y en la Homilía de Santiago de Cuba nos decía:
La Iglesia llama a todos a encarnar la fe en la propia vida, como el mejor camino para el desarrollo integral del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, para alcanzar la verdadera libertad, que incluye el reconocimiento de los derechos humanos y la justicia social. A este respecto, los laicos católicos, salvaguardando su propia identidad para poder ser «sal y fermento» en medio de la sociedad de la que forman parte, tienen el deber y el derecho de participar en el debate público en igualdad de oportunidades y en actitud de diálogo y reconciliación.
Y es que, como diría el Apóstol, «¡Cuando la patria fiera se conmueve, nadie debe dormir, pena de honra!». Para Juan Pablo, cada laico debe ser consciente que como miembro de la Iglesia, se le ha confiado una tarea original insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo por el bien de todos.
Si su pontificado caló en lo profundo del alma de la humanidad, es porque ha sido instancia profética y custodia de la esperanza ante los retos que se enfrentan para la construcción de un mundo con rostro más humano, a ello consagró su vida dando ejemplo de fidelidad a su patria y a la Iglesia. En su enseñanza, sus viajes, intervenciones, en sus gestos sencillos y expresiones tiernas, está la ilustración vívida del anuncio con el que comienza la Constitución Pastoral Gaudium et Spes a la que tanto aportó en el Vaticano II: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son, a la vez, gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo».
Un cristianismo reducido a ética —a un conjunto de preceptos morales y de normas de comportamiento— no llega al encuentro humano en el que la realidad cristiana se manifiesta llena de interés para la vida de la persona y la construcción social. El laico no puede huir de la realidad social que vive para buscar a Dios, a Él sólo podemos encontrarle en el otro que nos necesita y a quien también nosotros necesitamos, le encontramos cuando construimos un porvenir en que quepamos todos. Por eso el Papa insistía: «Los laicos deben santificarse, o sea llegar a la perfección de la caridad, en la vida profesional y social ordinaria, considerando las actividades de la vida ordinaria como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los hermanos».
Consciente y sufriente de que la época que vivimos llama a una conversión a la realidad, este Papa que fue obrero, seminarista oculto, buscador de libertad y transformador de totalitarismos, conocía el fracaso sangriento de las utopías, la mentira evidente de las ideologías, las reducciones de la realidad a simples apariencias y las volatilizaciones espiritualistas, estaba convencido de que “el Evangelio es la confirmación más plena de los derechos del hombre”. Y por ellos luchaba.
¿Cómo generar y renovar, sostener y orientar, corrientes vivas de presencia social y política de los cristianos en medio de la actual transición epocal? El sucesor de Pedro recordaba al mundo que la persona es un ser trascendente, y escribía: «Hoy más que nunca la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras antes que por su coherencia y lógica internas» (Centesimus Annus 57), y a los laicos nos había dicho antes que: «La síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se configuren nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana» (Ch L 34). Ya lo dice el viejo refrán, obras son amores y no buenas razones.
A los gobernantes y políticos les propuso como modelo a santo Tomás Moro, ejemplo extraordinario de libertad y de fidelidad a la ley de la conciencia. He querido proclamarlo vuestro patrono, les dijo: “Su figura es verdaderamente ejemplar para quienquiera que esté llamado a servir al hombre y a la sociedad en el ámbito civil y político. Su elocuente testimonio es más que nunca actual en un momento histórico que presenta retos cruciales para la conciencia de quien tiene la responsabilidad directa en la gestión pública. Como estadista, él se puso siempre al servicio de la persona, especialmente del débil y del pobre; los honores y las riquezas no hicieron mella en él, guiado como estaba de un distinguido sentido de la equidad. Sobre todo, él no aceptó nunca ir contra la propia conciencia, llegando hasta el sacrificio supremo con tal de no desoír su voz”.
Pero, por encima de todo, nos propuso con hechos su ejemplo, el de un hombre bueno, fuerte, convencido de lo que decía y cuya certeza fue determinante para que prendiera con más ardor la llama de la fe en nuestro pueblo. Nos invitó a construir nuestra historia y a ser artífices de nuestra vida para, en cierto modo, hacer de ella una obra de arte, una obra maestra.
Sin dejar de ser uno de los líderes mundiales que mejor comprendiera la dinámica política, social, científica y espiritual de nuestros tiempos, vivió en audaz oposición a los males modernos. Observador agudísimo de la historia, alertó a lo largo de casi tres décadas sobre los peligros que acechan a la familia humana. En su rechazo al aborto y la eutanasia sus críticos percibieron una tentación reaccionaria. Lo cierto es que el Papa polaco contempló lo que aún muy pocos contemplan: la incesante degradación de la dignidad de la persona.
Defendió los derechos del trabajador ante la aniquiladora opresión totalitaria y ante la no menos esclavizante garra de un mercado regulado por los propios mercaderes. Nos ayudó a comprender la milagrosa excepcionalidad de cada cultura y de cada criatura.

 
El Papa recibe a Mijail Gorbachov y a su esposa Raisa
en su biblioteca privada del Vaticano.

Sus últimas palabras en nuestra Patria resonarán por siempre en mi sentir:
«Queridos cubanos, al dejar esta amada tierra, llevo conmigo un recuerdo imborrable de estos días y una gran confianza en el futuro de su patria. Constrúyanlo con ilusión, guiados por la luz de la fe, con el vigor de la esperanza y la generosidad del amor fraterno…».
Y ese futuro hemos de construirlo los laicos, desde la inspiración cristiana y en colaboración con todos: políticos partidistas y cubanos de buena voluntad, vivan donde vivan y piensen como piensen: ¿Cómo si no construir la República cordial con todos y para el bien de todos? Él mismo no se contentó con mantener la acción pastoral dentro del marco tradicional de la Iglesia. Su vocación fue claramente universalista. Recordaba así, con insistencia, que no todo lo condensa la cristiandad. Como buen filósofo, sabía que la enteridad va bastante más allá y que también hay que darse a ella, repartiendo igual amor y apoyo moral en las más recónditas lejanías.
Es inobjetable que se podrá escribir mucho de él; pero, si alguien olvida sus incontables horas de oración, su amor y entrega total a la Madre: Totus Tuus, y su abandono confiado en las manos del Padre, quizá podrá teorizar muy bien sobre aspectos múltiples de su gigantesca personalidad, mas, en el fondo, no habrá podido entender nada.
Un gran hombre vive más allá de su vida a través de sus ideas dando fuerza e inspiración a los que vienen después de él. El pensamiento social y político de Juan Pablo II, por el humanismo que encierra, por la defensa a la dignidad incomparable de la persona humana, es un canto a la humanidad que va en pos de su realización más plena, que busca sus raíces trascendentes, es simiente de esperanza y cimiento de futuro.
En sus minutos finales, nos enseñó la sublime trascendencia del espíritu sobre las miserias del cuerpo. Hemos visto a un hombre recio, bondadoso e infatigable. Un místico que comprendía la carne. Un soñador que buscaba la realidad. Es fácil creer cuando hay plena sintonía en lo que piensas, sientes y haces. En gran medida la fuerza moral de Juan Pablo II ha radicado y radicará en esto: se había convertido él mismo en “veritatis splendor”.
Su muerte es un mensaje cifrado de confianza. Viva y eterna.
Éste es un tiempo de oración, de gratitud y de esperanza.

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