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Apostolado

APOSTOLADO

fuente: http://www.mercaba.org

SUMARIO:

Introducción:
1. Crisis y renovación del apostolado;
2. Definición del concepto

I. Dimensión misionera de toda la Iglesia:
1. Las tres fuentes de la misión;
2. Las tres funciones de la misión única

II. La recuperación de los valores bíblicos del apostolado:
1. Fe, no obras;
2. Evangelización, no sacramentalización;
3. Espontaneidad, no institución;
4.
 Irradiación, no gueto;
5. Martirio, no éxito

III. El contenido del mensaje: salvación integral:
1. El nuevo descubrimiento teológico;
2. Consecuencias operativas

IV. Los destinatarios del apostolado: los lejanos,
los descristianizados, los fieles, los no creyentes,
los no practicantes

V. Los operarios de la evangelización: la jerarquía, los religiosos,
los laicos, la juventud, la familia, las comunidades eclesiales
de base

VI. Le evangelización en el contexto de las culturas:
1. El postulado;
2. Su realización en las iglesias de larga tradición:
3. Su realización en las iglesias jóvenes

VII. Espiritualidad apostólica:
1. El sentido trinitario del envío;
2. El sí a Dios y al mundo;
3. El valor de la acción;
4. El testimonio de la vida.


Introducción

1. CRISIS Y RENOVACIÓN DEL APOSTOLADO – El cristiano actual toma fácilmente el término apostolado como sinónimo parcial de intromisión, importunidad, sectarismo, y, además, ha perdido en gran medida la seguridad en uno mismo que en tiempos pasados encerraba dicho término. En la Edad Media se recurra al fuego y a las torturas contra los que pensaban diversamente y se proclamaban con entusiasmo cruzadas contra los sarracenos. En el periodo colonial se miraba a los habitantes de los otros continentes como salvajes, paganos e idólatras, y se iba a arrancar sus almas del infierno. En los decenios anteriores al Vat. II, caracterizados por el auge de las organizaciones católicas, no raras veces se confundió la confesión cristiana con los desfiles y el triunfalismo. Todo esto ya ea otra cosa. Ha cambiado el contorno y, sobre todo, han aparecido nuevas ideas (la Iglesia como misterio, la libertad de conciencia, la nueva teología de las religiones no cristianas, etcétera), las cuales han surtido efectos que no siempre estaban en consonancia con la realidad efectiva, y que han provocado una crisis en el apostolado.

En cualquier caso, ya se ha iniciado una sana reacción. En un mundo en el que todas las religiones y todas las ideologías sostienen contra viento y marea su convicción, ¿precisamente los cristianos iban a carecer del valor de confesar su fe? Su apostolado obviamente se renueva, pero no se elimina. Dado el pluralismo cultural y filosófico en que vivimos, la Iglesia forzosamente ha de ir aceptando cada vez más la situación de competencia típica del mercado libre. E1 que más ofrezca se impondrá.

2. DEFINICIÓN DEL CONCEPTO – a) El término. Apóstol deriva del griego y significa enviado. Apostolado significa, pues, envío, ministerio, acción de un apóstol en el sentido más amplio del término. Misionero y misión indican etimológicamente la misma cosa, pero derivan del latín. A partir del Vat. II se ha introducido en el lenguaje católico el término evangelización, que luego ha difundido y consolidada el Sínodo de los Obispos de 1974, así como la exhortación apostólica de Pablo VI, “Evangelü nuntiandi” (=EN), de 8 de diciembre de 1975. Mientras que loa dos primeros términos expresan el envío en sí mismo, el de evangelización subraya el fin del envío: la predicación del evangelio en todo el mundo. b) La realidad. El apostolado cristiano consiste en participar del apostolado de Jesús y en la preocupación por la salvación de los hombrea y del mundo’, o también en toda actividad del cuerpo místico dirigida a realizar el fin de la Iglesia (AA 2). Se extiende en el tiempo desde la primera a la segunda venida de Cristo y contribuye a que todo alcance su propia plenitud. El elemento decisivo no lo constituyen, pues, las formas exteriores, las organizaciones o las estructuras, sino más bien la presencia de la Iglesia en nuestro mundo siempre en evolución. En no pocos países el apostolado está oficialmente prohibido; no obstante, la presencia de la Iglesia puede por eso mismo poner mayor irradiación.

I. Dimensión misionera de toda la Iglesia

1. LAS TRES FUENTES DE LA MISIÓN – La misión, en sentido teológico cristiano, no es sinónimo de intromisión, sino de dinamismo, de comunicación, de intercambio de bienes. El modelo originario de toda misión es el que nos ofrece la vida intratrinitaria, el “amor fontal” del Padre, el cual se da completamente al Hijo, dándose luego completamente ambas Personas al Espíritu Santo. Este Dios trino es la realidad originaria. E1 no puede dejar de ser y es la única realidad que existe de manera pura, simple y necesaria.

Este Dios, “en su inmensa misericordia y bondad”, ha enviado “libremente” al seno de la humanidad (caída) a su Hijo, el cual, con su vida, muerte y resurrección, ha llevado a cabo las acciones salvificas y se ha convertido en el sacramento del nuevo encuentro con Dios (AG 2). Cristo es el primero y el más grande “apóstol, en quien hemos de poner los ojos” (Heb 3,1), el autor y el modelo de la evangelización (EN 12).

De Cristo evangelizador, el camino conduce necesariamente a la Iglesia evangelizadora (EN 8-18). Mediante el envío del Espirito, ha querido El que su obra continuase en la Iglesia. Esta, “en cuanto sacramento universal de la salvación, es enviada por Dios a las gentes” y es, por consiguiente, “misionera por su naturaleza” (AG 1,2). Existe para proclamar continuamente a todos los hombres la salvación obrada por el Dios único. La Iglesia no existe para sí misma, sino en orden a su misión. En consecuencia, no procede hablar de la misión y de la Iglesia, sino de la misión de la Iglesia. Todos éstos son datos reales de la historia de la salvación anteriores a nosotros, que no podemos anular, sino que hemos de reconocer sencillamente con fe.

Y si la Iglesia es misionera en cuanto tal, también todo miembro de la misma ha de ser misionero. Pedro llama a los cristianos en su totalidad “pueblo peculiar, para anunciar las grandezas del que os ha llamado” (1 Pe 2,9; Ef 1,8). Ser llamado a la Iglesia no es, antes que cualquier otra cosa, un privilegio especial, sino que exige primordialmente dar testimonio ante los demás. El ~seguimiento de Jesús no nos sitúa simplemente en una relación maestro-discípulo frente a ellos. Tal vocación se funda en el poder indeducible y en la conciencia mesiánica de Jesús. El llama como llamó Dios a los yprofetas veterotestamentarios y hace su llamada siempre en orden ala soberanía de Dios, que está para venir. A quien llama le invita siempre a romper incondicionalmente todo vinculo e impedimento, a tomar parte en su vida y en su destino, y a ponerse, de consiguiente, al servicio de la causa del reino de Dios. Existe, pues, un íntimo nexo entre seguimiento y misión. Esto explica por qué surgió necesariamente el primitivo movimiento misionero cristiano como primer fenómeno de este tipo’. Mientras que antes del Vat. II la misión entre los paganos se subdelegaba en los institutos misioneros y en los “cooperadores” misioneros a ellos asociados, quedando el apostolado patrio reservado a los sacerdotes y a una élite organizada en la Acción Católica, el Concilio ha vuelto a poner claramente de manifiesto el lazo indisoluble que existe entre el hecho de ser cristiano y el de ser apóstol. Con esta teología de fondo cesa toda discusión sobre la cuestión de si debe existir o no la misión, y sólo queda la de saber cómo hay que realizarla.

2. LAS TRES FUNCIONES DE LA MISIÓN ÚNICA – La misión única salvífica de la Iglesia y de todos en la Iglesia no se ejerce siempre y en todas partes del mismo modo. Las condiciones en que se realiza pueden ser diversas. La misma Iglesia conoce varios estadios de desarrollo, desde el inicial e insuficiente al de la plena expansión. De manera semejante, los hombres, las comunidades y los pueblos entre los cuales ella actúa pueden presentar supuestos diversos. Así, podemos distinguir la actividad misionera, cuyo fin verdadero y propio es evangelizar e implantar la Iglesia entre los pueblos y comunidades en que aún no ha echado raíces; la actividad pastoral, que se desarrolla entre los que ya creen en Cristo con el fin de llevarlos a una fe más profunda que inspire toda su vida cristiana; la actividad ecuménica, que aspira a promover el restablecimiento de la unidad cristiana (AG 8; UR 4).

Esta definición y subdivisión teológico-pastoral habría que concretizarla ahora en sentido sociológico-religioso, a fin de reconocer qué actividad debe ejercitarse prácticamente. Veríamos entonces que existen cada vez más lugares que reclaman las tres actividades. No existen ya, como antaño, ni regiones ni países católicos, protestantes y paganos claramente distintos. Una ciudad como Roma, junto a sus muchas iglesias católicas, posee también un número notable de templos protestantes, así como muchos grupos y centros no cristianos, y pronto tendrá también una de las mayores mezquitas del mundo. En la ciudad “católica” de Munich la frecuencia dominical de la Iglesia oscila entre el 10-15 %, y en 1974 el número de los abandonos oficiales de la Iglesia (8079) superó por primera vez el número de bautismos °. En la práctica, pues, las tres actividades se ejercen en los cinco continentes. Cada uno tendrá que dedicarse apostólicamente más a uno u otro aspecto de acuerdo con su carisma.

II. La recuperación de los valores bíblicos del apostolado

El apostolado cristiano debe orientarse siempre y renovarse a la luz de sus orígenes. Contemplando las primitivas comunidades cristianas4 aprendemos a poner los acentos precisos, que podemos formular así (teniendo presente, por supuesto, que la prioridad otorgada al primer concepto no excluye el segundo):

1. FE. NO OBRAS – La fe en Cristo es el elemento decisivo (Rom 10,9; Flp 2,5ss). Esta fe libera, mientras que la ley, que insistía en las obras, oprime. En la Carta a los Romanos Pablo recurre a todo para demostrar que la justificación sólo se consigue sobre la base de la fe, como si quisiera impedir por anticipado el influjo perjudicial de la mentalidad jurídica del pueblo romano sobre la comunidad cristiana. En la Carta a los Gálatas polemiza duramente contra quienes vuelven a alterar el evangelio de Cristo, como si lo más importante fueran las obras, siendo así que los que languidecían bajo la ley han sido redimidos, han recibido la condición de hijos y pueden invocar en el Espíritu de Dios: Abba, Padre (Gál 4,8; 5,5s). Esta carta nos muestra de manera definitiva que la decisión cristiana, una vez tomada, puede verse en peligro no sólo por la caída moral en el pecado y por la ligereza moral, sino también por el rigorismo moral.

2. EVANGELIZACIÓN, NO SACRAMENTALIzACIóN – Es cierto que Cristo ordenó claramente bautizar y que el bautismo establece una relación real con la muerte y la resurrección del Señor (Rom 8,2-8). Pero el mismo Apóstol, que ha enseñado eso, dice también: “Doy gracias a Dios de no haber bautizado a ninguno de vosotros excepto a Crispo y Gayo… Pues no me mandó Cristo a bautizar, sino a evangelizar” (1 Cor 1,14.17). El sacramento es el sello de la fe, no su sucedáneo. En cambio, en una época misionera sucesiva, misioneros pequeños y grandes, animados de un celo por las almas poco iluminado, bautizaron irreflexivamente. Posteriormente, se ha tenido que trabajar duro para transformar -dentro de lo posible- a estos bautizados en cristianos. Está demostrado que no sólo en América Latina, sino también en los países occidentales, la mayoría de los cristianos desean bautizar a sus hijos, aunque más de la mitad de ellos sabe poco de Cristo y no creen ni en su resurrección ni en la propia. Es evidente que en estas condiciones hay que reflexionar nuevamente sobre la prioridad de la evangelización, como de hecho se está haciendo °.

3. ESPONTANEIDAD, NO INSTITUCIÓN -Las cuestiones relativas al ministerio y a la autoridad en la Iglesia se cuentan entre las más espinosas de la exégesis neotestamentaria. Cristo ordenó indudablemente difundir su mensaje. De ahí surgieron con el tiempo las estructuras oficiales concretas, que están enteramente al servicio del mensaje. El principio dominante fue el Espíritu de Jesús, que hizo crecer a la joven Iglesia (He 2,47; 8,7), que guió el itinerario misionero de Pablo (He 18,9; 19,21) y que coronó con el éxito su actividad (He 19,11; 2 Cor 2,3ss; Rom 15,17as). El mismo Espíritu edificó también el orden que debe reinar en la vida de la comunidad (1 Cor 3,9ss; 2 Cor 12,19; Ef 4,12-IB). En consecuencia, este orden fde aceptado por la comunidad sin que se viera en él contradicción alguna con la acción libre de las personas dotadas de carismas, porque es el mismo Espíritu el que quiere ambas cosas. El entusiasmo y el orden discurren paralelos, si bien Pablo hace determinadas amonestaciones a los que están llenos de Espíritu (1 Cor 14). Toda la historia de la Iglesia hasta nuestros días lleva dentro la tensión entre institución y libertad, tensión que puede atenuarse en la medida en que ambas se dejan guiar por el Espíritu de Dios °.

El Espíritu ha guiado no sólo la vida de la comunidad, sino también la difusión del evangelio. La misión cristiana primitiva no se puso en marcha ni se organizó desde un centro rector, sino que surgió espontáneamente a través de la acción de los cristianos y de las comunidades particulares, que transmitieron la palabra de boca en boca.

4. IRRADIACIÓN, NO GUETO – Las primeras comunidades cristianas se apoyaban en la certeza de que Dios había mantenido sus promesas y que obraba en medio de ellos a través de su Espíritu. No podían reservar para ellas tal certeza, sino que se sintieron impulsadas a manifestarla y proclamarla en público, como la mañana de Pentecostés. La asamblea de la comunidad, su encuentro con el Señor en la palabra y en el pan de la cena constituían la preparación de la misión. Lo que se acentuaba era la misión. Las comunidades no eran círculos cerrados en sí mismos en los que cada cual sólo buscase satisfacer sus propias necesidades espirituales; al contrario, constituían la mejor forma de predicación. “Mirad cómo se aman”, decían los demás de ellos. Estos grupos cristianos reunían a judíos y paganos, hombres y mujeres, amos y esclavos. Las diferencias que separan a los hombres en el mundo, no tenían ya valor allí donde el bautismo había hecho a todos miembros del único pueblo de Dios. Esta vida comunitaria, en la que todos hacían partícipes a los demás de sus propios bienes (He 4,34ss; 2,42-47), se irradiaba. Además de esto, se permitía también a los no bautizados y a los meros curiosos tomar parte en la liturgia de la palabra. Estos escuchaban, se quedaban maravillados, eran conquistados y confesaban: “Verdaderamente Dios está entre vosotros” (1 Cor 14,25). Por tanto, la misión no se proponía convencer, y menos aún ejercer una violencia moral, sino que revestía más bien el carácter de una invitación. Naturalmente no debemos idealizar aquellos tiempos. Ya entonces existían tensiones por los motivos más diversos. No obstante, reinaba la unidad en la escucha de la palabra del Señor, en la posesión del Espíritu Santo, en la fe única y en la comunión con las demás iglesias’.

5. MARTIRIO, NO ÉXITO – Mientras que los grandes caudillos de la historia han conquistado sus adeptos a fuerza de dinero y de promesas, Cristo presentó de forma inequívoca, tanto para sí como para cuantos querían seguirle, la perspectiva de la cruz (Le 9,23). Proclamó como bienaventuranza el hecho de que “os injurien, persigan y, mintiendo, digan todo mal contra vosotros por causa mía” (Mt 5,11), porque “al a m( me persiguieron, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). Los apóstoles y los incontables mártires que han sido, experimentaron la seriedad de estas palabras, así como también la verdad del misterio de que el grano de trigo debe morir para dar mucho fruto (Jn 12,24). Al perder la vida, la ganaron (Mi 10,39). Se perfeccionaron y realizaron en la medida en que supieron aceptar como dotado de sentido también el fracaso’ [ >Cruz].

III. El contenido del mensaje: salvación integral

1. EL NUEVO DESCUBRIMIENTO TEOLóGICO – Si el apostolado tiene por fin hacer presente siempre y en todas partes la obra salvifica de Cristo, hemos de ver también esta salvación, esta paz (shalom), esta esperanza en todo su significado. Sin embargo, con el correr de los tiempos, el mensaje se vio reducido a su dimensión meramente sobrenatural, hasta entender por salvación el hecho de aceptar la fe, recibir los sacramentos y esperar en la vida eterna (si bien la Iglesia en la praxis, sobre todo en las misiones, siempre ha tomado en cuenta a todo el hombre).

Bajo el impulso de la “teología política” elaborada en Europa’ -según la cual la teología no es asunto de eruditos de escritorio, sino que debe ejercer influencia en la vida pública-, hemos asistido al desarrollo de una teología de la liberación en América Latina, donde se siente la religión como alienación en grado mayor que en otras partes. Tal teología ha sido vigorosamente patrocinada y promovida también por el Consejo ecuménico de las iglesias en su asamblea plenaria de Uppsala en 1988 y de Nairobi en 1975 “. La Iglesia, colocándose entre los dos extremos de la reducción ala fe pura, al culto y a la salvación individual, por un lado, y del compromiso radical social hasta el uso de la violencia y la revolución, por otro, debe anunciar la salvación integral o la liberación total del hombre a través de Jesucristo. La liberación del pecado y de la muerte obliga al cristiano a comprometerse sin reservas frente a las consecuencias del pecado, tal como se manifiestan en la estructura del mundo. La Iglesia no puede callar ante los problemas del mundo, ante los peligros que amenazan la supervivencia de la humanidad, ante la creciente divergencia entre países pobres y países ricos, ante la discriminación y la desestima de los derechos humanos elementales.

Esta fuerte acentuación de la salvación terrena e histórica no se contempla simplemente como una reacción al sobrenaturalismo del pasado, sino que es también fruto de una nueva reflexión sobre la forma más importante de la presencia de Cristo. No tenemos que predicar simplemente al Cristo histórico y glorificado, no debemos honrar simplemente al Cristo eucarístico, sino que ante todo hemos de tomar con seriedad al Cristo místico, que nos sale al paso en el más pequeñuelo de los hermanos (Mi 10,42). A esta luz explica la madre Teresa la actividad desarrollada por sus monjas en la India: “A1 mismo Cristo que el sacerdote toca, podemos tocarlo nosotros las veinticuatro horas del día cuando ayudamos a los abandonados”.

Aquí no está en juego una alternativa; no se trata de verticalismo o de horizontalismo, sino de una síntesis, de entender la salvación, y por consiguiente la evangelización, en su sentido pleno, sin que ello ponga en peligro para nada la jerarquía de las esperanzas. La esperanza intramundana e histórica forma parte esencialmente de la esperanza integral, pero no presenta el mismo carácter incondicional de la esperanza escatológica absoluta. Aquí no existe ningún “o esto o aquello” ni tampoco simplemente “una cosa y la otra”, sino una integración de las dos esperanzas; no es posible hablar con credibilidad y plenamente de una sin hablar también de la otra.

Antes y durante el Sínodo de los Obispos de 1974, dedicado al tema de la evangelización, se pudo advertir claramente la tensión existente entre estas dos esperanzas. Luego, la declaración común de los obispos del sínodo empleó un lenguaje claro a este respecto”, y la exhortación apostólica EN contribuyó definitivamente a imponer esta visión integral (25-39): “Es bien sabido en qué términos hablaron (de un mensaje de liberación) durante el reciente sínodo numerosos obispos de todos los continentes y, sobre todo, los obispos del tercer mundo, con un acento pastoral en el que vibraban las voces de millones de hijos de la Iglesia que forman tales pueblos. Pueblos empeñados… con todas sus energías en el esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que los condena a quedar al margen de la vida: hambres, enfermedades crónicas, analfabetismo, depauperación, injusticia en las relaciones internacionales, y especialmente en los intercambios comerciales, situaciones de neocolonialismo económico y cultural… La Iglesia… tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos” (n. 30).

2. CONSECUENCIAS OPERATIVAS – LO prioritario, pues, en el apostolado no es volver a llevar al cristiano tibio a la práctica religiosa, sino conseguir que cuantos “practican” sean impulsados por la religión a cambiar el mundo y a darle una esperanza. La diferencia entre ambas posturas la esclarecen bien dos obras clásicas: El alma de todo apostolado y En el corazón de las masas.

Debemos mostrar a los marxistas, no con palabras, que la religión no es opio. Debemos rebatir con los hechos este juicio no del todo infundado. El culto tiene ciertamente el cometido permanente de orientarnos al sentido último de la vida y a honrar a Dios. Pero al mismo tiempo, mediante nuestro cotejo con la palabra de Cristo y con Cristo mismo, debemos prepararnos a darnos a los demás, lo mismo que él se dio por nosotros. Hoy las virtudes políticas (=las que ejercen influjo en la vida pública) deben estar en el primer plano de la predicación. Por ejemplo, no debemos espiritualizar en seguida el evangelio de la curación del leproso, individualizarlo y rezar por la “liberación de la lepra del pecado”, sino que hemos dé tomarlo tal como es: Cristo curó a los leprosos, es decir, a los que son despreciados y marginados desde el punto de vista social y psicológico, a fin de integrarlos de nuevo en la sociedad. Hoy debemos nosotros hacer la misma cosa. Tampoco los movimientos carismáticos de toda especie deben resolverse en la huida del mundo, sino que han de equipar a los que rezan para su compromiso en el mundo.

Debemos evitar, asimismo, una especie de dicotomía, como si sólo lo que es explícitamente religioso fuese plenamente válido y lo profano fuese secundario y marginal. También la realidad profana es implícitamente religiosa. La Iglesia no tiene sólo la misión de predicar la palabra de Dios en cuanto tal, sino también la de interpretar proféticamente a la luz de esta palabra salvífica toda la historia y todos los valores, aspiraciones y esperanzas humanas, y también, por tanto, la de subrayar la unidad entre amor de Dios y amor del prójimo, entre realidad religiosa y realidad profana. Siempre que el hombre tiende o aspira a algo más allá de sí mismo; siempre que experimenta y acepta nacer a través del dolor, el trabajo con su fatiga, la muerte con su tristeza; siempre que, tras satisfacer sus propias aspiraciones, siente nostalgia de alguna otra cosa, todo ello se realiza ya dentro de la dimensión de la salvación y, por tanto, de la esperanza. Consiguientemente, la Iglesia no aparece ya tanto como el lugar de la salvación contrapuesto al mundo en cuanto lugar de perdición, sino más bien como la comunidad de los que predican y celebran la acción de Dios en el mundo. Esta concepción integral nos permite evitar que los marxistas enseñen una historia sin esperanza y los cristianos una esperanza sin historia, y que lleguemos a un mundo sin iglesia y a una iglesia sin mundo.

IV. Los destinatarios del apostolado

El evangelio no es una ideologia que queramos imponer a los demás, sino un mensaje que les ofrecemos; no porque deseemos tener “éxito”, sino porque los demás lo necesitan en lo más profundo de su intimidad. Estos “demás” son simplemente todos los hombres, subdivididos por la EN en los grupos siguientes:

Los lejanos: son los que aún no conocen a Cristo y su evangelio, aquellos a quienes se dirige la actividad misionera de la Iglesia (AG 8; EN 51). Con toda la reserva que se requiere en el establecimiento de listas de prioridad en el apostolado (dado que la Iglesia no puede excluir a ningún grupo de su solicitud), no hay duda de que la primera predicación que ha de hacerse a los hombres de religiones no cristianas presenta una prioridad absoluta. Esta es la tarea auténtica y primera de la Iglesia (Mt 28,19). En 1985, los no cristianos eran 2.272 millones; para el año dos mil se calcula que serán 4.214 millones (debido a la fuerte explosión demográfica de los países no cristianos). Estas enormes cifras son para la Iglesia un desafio inaudito. Ella se siente siempre tentada a ocuparse demasiado de sí misma, en vez de concentrarse valerosamente en la evangelización hacia fuera, en vez de “alcanzar a aquellos a los que aún no ha alcanzado” ‘° y extenderse de esta manera más allá de si misma.

En este contexto debemos decir unas palabras sobre las religiones no cristianas. Mientras que en otro tiempo las velamos establecidas sólo en la “sombra de la muerte”, el Vat. II ha reconocido sus puntos luminosos y sus valores, y ha admitido que los hombres que viven en ellas pueden salvarse (NA; EN 53). La ulterior aclaración del valor salvifico verdadero y propio de las religiones no cristianas en cuanto tales es una tarea que se ha confiado a los teólogos. La cuestión suena concretamente así: ¿Pueden esos hombres salvarse graciasa su religión o a pesar de su religión? Gran número de teólogos reconoce hoy al menos un valor salv(fico parcial a las religiones, lo cual no elimina en absoluto el sentido y el deber de la evangelización ‘°. Hay que ofrecer “a los misioneros de hoy y de mañana nuevos horizontes en sus contactos con las religiones no cristianas”; mas esto no puede representar en modo alguno para la Iglesia una invitación a “silenciar frente a los no cristianos el anuncio de Jesucristo” (EN 53).

Los descristianizados: son los que han sido bautizados y que viven completamente fuera de la esfera y de la vida cristiana, ya se trate de personas sencillas que no saben nada de la fe, ya de intelectuales anquilosados en las nociones religiosas que les fueron impartidas durante sus años de infancia (EN 52).

Los fieles: son las 99 ovejas que viven en el redil, de las cuales la Iglesia se ha ocupado demasiado hasta ahora, sin pensar en la medida suficiente en las muchas que están fuera. Naturalmente, hoy, los fieles tienen más necesidad que antes de ser ayudados de manera particular, a fin de “profundizar, consolidar, nutrir y hacer cada vez más madura” su fe. Esta, en efecto, se encuentra hoy “expuesta a pruebas y amenazas; más aún, (es) una fe asediada y combatida” (EN 54). Se trata de ayudarse recíprocamente en la fe. l.a prueba de la fe no se les escatima ni siquiera a los sacerdotes y a los obispos. Hoy todo cristiano debe ser para los otros un Pedro que, gracias a la oración del Señor, no vacila en la fe y tiene la misión de confirmar a su vez a los hermanos (Lc 22,32).

Los no creyentes: éstos constituyen el gran peso de la Iglesia en los paises “cristianos”. La alarma sonó por primera vez en Francia, al ser declarado este país “tierra de misión” y necesitado de ser renovado con “método misionero” °I. Una situación por el estilo se ha ido creando luego en la mayor parte de los restantes paises a causa de la oleada de secularismo. La exhortación EN no habla tanto de “secularización”, consistente en el hecho de hacerse mundano el mundo, “esfuerzo en sí mismo justo y legitimo, no incompatible con la fe y la religión, por descubrir en la creación, en cada cosa o en cada acontecimiento del universo, las leyes que los rigen con una cierta autonomía… El reciente concilio afirmó, en este sentido, la legitima autonomía de la cultura y, particularmente, de las ciencias” (GS 59). “Nosotros (en cambio) tratamos aquí del verdadero secularismo: una concepción del mundo según la cual éste último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios; Dios resultaría, pues superfluo y hasta un obstáculo” (EN 55). Así piensan los ateos y los agnósticos militantes o prácticos.

Los no practicantes: se trata de “una muchedumbre… de bautizados que, en gran medida, no han renegado formalmente de su bautismo, pero están totalmente al margen del mismo y no lo viven… Tratan de explicar y justificar su posición en nombre de una religión interior, de una autonomía o de una autenticidad personales” (EN 58).

La evangelización frente a todos estos grupos de la “cultura no cristiana” no resulta fácil, aunque no carece de esperanza. Naturalmente hay que encontrar nuevas vías y un lenguaje nuevo. A pesar de todo su progreso, el hombre en el fondo no llega nunca a la perfección propia. Permanece siempre como alguien que pide, que busca, que mira más allá de sí. La contingencia y la experiencia de los límites del propio ser (tanto en la alegría como en el dolor) claman siempre por algo más. Ese más, que satisface plenamente, no puede ser “cualquier cosa”, sino “alguien”. Para salir del vacío interior, de la frustración y de la “nostalgia infernal”‘2, sentida por tantos hombres, sólo existe un camino: el camino que lleva a Dios. En este sentido podemos decir que el mundo moderno clama poderosamente, y al ntismo tiempo de manera trágica, por ser evangelizado (EN 55). Los evangelizadores deben estar cerca de esos hombres y pronunciar en su vida la palabra justa en el momento justo y del modo justo.

V. Los operarlos de la evangelización

Si la Iglesia en cuanto tal tiene la misión de evangelizar Isupra, I], todos cuantos viven en su seno han de tomar parte en ella, si bien en un orden y según una prioridad determinados.

La jerarquía: el Papa, los obispos y los sacerdotes [Ministerio pastoral] ocupan una posición preeminente en virtud de su consagración y de su ministerio; son los maestros de la fe. Así se ha subrayado siempre, y es cierto ahora como antes (EN 67s). Esta tarea se contempla como “servicio” que ha de prestarse al pueblo de Dios (LG 18). A fin de que la jerarquía hable en la lengua deseada, capaz de ser entendida por los hombres de hoy, debe, por así decirlo, amalgamarse no sólo con estas personas, “sino también con las aspiraciones, las riquezas, los limites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual conjunto humano” (EN 83); en una palabra, debe dialogar con el pueblo de Dios y participar concretamente de su vida.

Los religiosos [Vida consagrada]: deben desarrollar una doble función específica al servicio de la evangelización; ante todo, gracias a su “total disponibilidad para con Dios y la Iglesia” (EN 69), han tenido en el curso de la historia humana “la mayor parte en la evangelización del mundo” (AG 40,27). Por otra parte, y sobre todo “por una más intima consagración a Dios, hecha en la Iglesia”, expresan claramente “la intima naturaleza de la vocación cristiana” (AG 18; LG 31,44). “A través de su ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios, llamada a la santidad. De esta santidad ellos dan testimonio” (EN 89). Por eso su contribución más importante no está en los pequeños servicios que prestan acá y allá en las parroquias, sino en su vida según el evangelio, que con renovado y continuo esfuerzo deben vivir de manera creible (PC).

Los laicos.si en otro tiempo se subrayaba sobre todo la dependencia de los laicos de la jerarquía^ el Vat. II dice que su apostolado se funda en su misma vocación cristiana, que ellos participan de manera específica y necesaria en la misión de la Iglesia, que la nueva conciencia que tienen de su propia responsabilidad es fruto de la acción innegable del Espíritu Santo (AA 1,3).

Este apostolado suyo se desarrolla en dos campos: “El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como de otras realidades abiertas ala evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc. Cuantos más seglares haya impregnados del evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos en ellas… tanto más estas realidades, sin perder o sacrificar nada de su coeficiente humano, al contrario, manifestando una dimensión transcendente frecuentemente desconocida, estarán al servicio… de la salvación en Cristo Jesús” (EN 70). Aquí se nos indica el camino para superarla dicotomía entre sagrado y profano [ supra, 111, 2].

Además de esto, los laicos pueden sentirse o ser llamados a colaborar en el servicio de la comunidad eclesial. En este campo pueden asumir diversas funciones ministeriales; por ejemplo, trabajar como catequistas, como guías en la oración comunitaria, como responsables de la caritas eclesial, en los movimientos apostólicos o en los grupos de base. La EN da las gracias a todos los laicos que dedican parte de su tiempo a estas tareas y anima a los obispos a tomar en serio la preparación correspondiente a tales mansiones, a fin de aumentar en ellas la “seguridad indispensable, y también el entusiasmo para anunciar hoy día a Cristo” (n. 73).

La juventud [ Jóvenes]: a ella se le dedica una atención particular; todos saben a cuántos peligros está hoy expuesta; por otra parte, se subraya el hecho de que los jóvenes han de convertirse en apóstoles en medio de la juventud (EN 72). De este modo se alumbra un cambio que ya se había comprobado durante el Sínodo de los Obispos de 1974: inicialmente se habló de los grupos que había que evangelizar; en cambio, en la segunda mitad, de los grupos evangelizadores. Los destinatarios de la evangelización se convierten en sus protagonistas; en otras palabras, sólo los que han sido evangelizados pueden evangelizar a su vez; pero también es cierto lo contrario: evangelizando, uno es evangelizado.

La evangelización no se realiza tanto a través de los individuos cuanto en el seno de la comunidad. La EN pone de relieve de manera particular dos lugares privilegiados de evangelización:

La familia: aquí se busca ante todo el “espacio donde el evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia” (EN 71). La familia como “iglesia doméstica” (LG 11) se hace cada vez más importante, ya que en muchos países las estructuras de la Iglesia han sido destruidas o se les impide desarrollar su actividad.

Las comunidades eclesiales de base: este fenómeno, que ha aparecido en el cielo eclesial como un signo de esperanza, ha dado sus frutos más tangibles en América Latina. Allí son innumerables los grupos de personas, las más de las veces sencillas, que se reúnen para leer la Biblia, para meditar y plasmar mejor su vida concreta en una búsqueda común a la luz de la palabra de Dios. También en Europa han surgido grupos por el estilo obedeciendo alas más diversas motivaciones, sobre todo por la necesidad de superar el anonimato de la parroquia tradicional y de constituir una genuina comunidad de fe °s. Siempre que permanezcan en la linea del evangelio y de la Iglesia, se les reconoce un gran papel en la renovación de ésta (EN 58) [Comunidad de vida VIII, 2].

VI. La evangelización en el contexto de las culturas

1. EL POSTULADO – La evangelización no consiste sólo en convertir a éste o al otro, sino en un proceso mucho másamplio, a saber, en convertir, “por la sola fuerza divina del mensaje… la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos…, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” (EN 18,19). En otras palabras, consiste en evangelizar de manera vital y en profundidad las culturas de la humanidad: “la ruptura entre evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo… De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura o, más exactamente, de las culturas” (EN 20).

2. SU REALIZACIÓN EN LAS IGLESIAS DE LARGA TRADICIÓN – En los países occidentales, caracterizados por un cristianismo secular, la Iglesia se encuentra ante situaciones nuevas y muy diversas entre si, situaciones que debe tomar muy en serio, a fin de predicar el mensaje a los hombres de hoy en un lenguaje actual. Las lineas fundamentales de las culturas modernas pueden indicarse de la siguiente manera: se trata de una cultura técnico-científica, laica, atea o fuertemente secularizada, de cuño marxista o liberal; existe una cultura, hecha de f religiosidad popular, rica todavía en valores, pero mezclada no rara vez con magia, superstición y espiritismo, y que por lo mismo hay que purificar y desmitizar; nos encontramos ante una civilización de la imagen (cine-televisión) con sus correspondientes sugestiones, sus posibilidades educativas, por un lado, y sus peligros, por otro; se advierte una sensibilidad para la discusión teológica, que hoy interesa a muchos cristianos, pero que a menudo termina también por desorientarlos9°. Ante semejantes situaciones no es ya posible predicar una teología tradicional, monótona, metafísica. Debemos confrontar la teología con la realidad empírica de las diversas culturas y elaborarla en su seno. Se hace así necesario, dentro de la entera unidad de la fe, un pluralismo de teologías que responda a la grandeza y a la transcendencia de Cristo mismo y que nos haga presagiar de nuevo en mayor medida la amplitud sin limites y el misterio inconcebible del mundo de la fe 2′.

3. SU REALIZACIÓN EN LAS IGLESIAS JÓVENES – Muchas de las situaciones que acabamos de mencionar existen también en las iglesias jóvenes. Estas se encuentran aún, sin embargo, en una condición caracterizada por estos hechos: los cristianos las más de las veces no pasan de ser una minoría; en su día se les predicó un “cristianismo europeo” que les convirtió culturalmente en extraños dentro de su propia tierra; hoy comienzan a descubrirse en tales iglesias los genuinos valores de las religiones y de las culturas no cristianas, despreciados durante mucho tiempo, y se ve necesario implantar el cristianismo en tales valores y no junto a ellos. “Después de haber cristianizado a Africa, es preciso ahora africanizar el cristianismo” decían los obispos africanos en el Sínodo de 1974. En una declaración común, emitida al término de tal asamblea, afirmaban ellos que hasta ahora se ha hablado de adaptación del cristianismo, o sea, de adecuación en cosas exteriores insignificantes, pero que en adelante habrá que tratar de encarnarlo y, por tanto, de predicar el evangelio dentro de aquellas culturas, de permitirle tomar de ellas su propia forma y su propia carne y tener una historia propia °s. La propuesta es formulada y reconocida también en la EN. Esperemos que su realización concreta no choque con una oposición demasiado grande por parte de aquellos círculos que identifican la unidad de la Iglesia con la uniformidad.

W Bühlmann

VII. Espiritualidad apostólica

La nueva conciencia de la dimensión misionera de la Iglesia influye eficazmente en la elaboración de una espiritualidad apostólica, válida no sólo para los misioneros y los operarios de pastoral, sino también para todos los cristianos de nuestro tiempo. Las modernas adquisiciones de la teología y de las ciencias humanas han suscitado cambios en el modo de enfocar la misión y de vivir la espiritualidad. Se han establecido las distancias precisas frente a un proselitismo pocorespetuoso con la libertad de la religión, frente al descuido de los valores culturales de los pueblos y frente alaoccidentalización impuesta del anuncio cristiano’. Por su parte, la espiritualidad ha vivido un tránsito de una impostación ascética e individualista a una mística de la comunidad, de la huida del mundo a la presencia en el mismo, de la desconfianza en la acción a una valorización de la misma como expresión de amor, de una concepción de apostolado-trasvase a la de apostolado-espacio de encuentro con Dios, fuente de contemplación y estimulo de perfección. Algunas orientaciones entran ya a formar parte de la espiritualidad cristiana, especificando su carácter esencialmente apostólico en una forma actual.

1. EL SENTIDO TRINITARIO DEL ENVÍO – El apostolado se entendió a veces como vocación excepcional o acto de generosidad derivado de un impulso personal, o participación en la misión de la autoridad eclesiástica. En cambio, el Vat. II vincula el apostolado de los fieles inmediatamente al bautismo, por el que participan ellos de la misión sacerdotal, profética y real de Cristo (LG 31; AA 2-3) y, en última instancia, del mandato misionero que Jesús recibió del Padre y transmitió a los discípulos para que fuese cumplido en el Espíritu (Jn 20,21-22. Mt 28,19-20. Cf LG 17). De este modo la misión apostólica de los cristianos “se origina y se apoya, a través de la mediación histórica de Cristo, en la riqueza transcendente del misterio trinitario”°. El cristiano, pues, no puede considerarse como un ser lanzado a la existencia, sino como un hijo enviado por el Padre al mundo, para que lleve a efecto en él la salvación. Debe extraer el sentido de su existencia misionera de una referencia estrecha y vital a la Trinidad, y ello a partir de una íntima relación con cristo: “Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y el origen de todo el apostolado de la iglesia. Es, por ello, evidente que la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con Cristo. Lo afirma el Señor: “El que permanece en ml y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mi no podéis hacer nada” (Jn 15,5) (AA 4). De Cristo, apóstol y mensajero del Padre (Heb 3,2; Jn 8.29), el cristiano ha de recoger y hacer propio el auténtico espíritu misionero tal como se expresó en la vida y en las enseñanzas del Señor: la intimidad con el Padre, la búsqueda de los hombres, en particular de los pecadores y los oprimidos, la superación de las crisis, la veracidad en la proclamación del reino de Dios contra toda deformación religiosa, y sobre todo el amor hasta el don supremo de sí. Entre las palabras de Jesús asumen importancia paradigmática los discursos de misión (Le 9,1-5; 10,1-20), que, más allá de referencias a situaciones históricas particulares, muestran las características de los verdaderos discípulos de Jesús: inerme mansedumbre, pobreza, entrega total a la misión, neutralización de las fuerzas del mal, anuncio urgente e instauración del reino de Dios.

Si la Iglesia “es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre” (AG 2), el cristiano sólo vive apostólicamente si se inserta de manera consciente en la dinámica fontal del amor trinitario. ¿Cómo podría el cristiano encerrarse en su propio yo, cuando vibra en él el amor del Padre por el mundo que hay que salvar (Jn 3,18-17)? ¿Cómo podría limitar su horizonte si resuena en él el mandato de Cristo: “Id por todo el mundo” (Me 18,15)? ¿Cómo, en fin, podría permanecer indiferente ante los hermanos, si es templo del Espíritu Santo, fuerza que proyecta hasta los confines de la tierra (He 1,8)?

El diálogo de amor con las tres Personas divinas es fundamental para que el cristiano desarrolle su cometido apostólico según el plan divino de salvación, cuyas lineas esenciales están fijadas en el testimonio bíblico. Sólo de este venero podrá el cristiano sacar un sentido renovado del envío, el universalismo superador de toda barrera discriminatoria, la transparencia con que transmite la Palabra, la fidelidad de su compromiso, la iniciativa y la oportunidad, la certeza de la corona de justicia y sobre todo el sentido trinitario del envío, que unifica la existencia dándole el significado de una misión recibida de Dios para que se difunda su gloria en el mundo [,-“Eucaristía II, 2].

2. EL SÍ A DIOS Y AL MUNDO – El criStiano no puede desarrollar con tranquilidad de espíritu su misión apostólica si no resuelve el clásico problema de la unidad que se ha de alcanzar en la vida espiritual para solucionar la división del corazón, solicitado siempre por el yugo de los dos señores. La aspiración a unificar la vida espiritual constituye a veces para el apóstol un verdadero drama; en las capas más profundas de su ser “se engendra en verdad un flujo y reflujo contrarios debidos a la atracción de dos astros rivales…: Dios y el mundo” °. La ascética tradicional ha resuelto a veces la tensión eliminando casi el mundo o absorbiéndolo en el amor de Dios [ f Ascesis]. El tema de la “huida del mundo”, que recorre la literatura cristiana, se funda en una visión pesimista de las criaturas, consideradas ocasión de pecado u obstáculo a la unión con Dios. San Bernardo propone la vida monástica como ideal al que tender: “Huid de Babilonia y salvad vuestras almas, corred a las ciudades de refugio (los monasterios), donde podéis hacer penitencia por el pasado, obtener la gracia en el presente y prometeros de nuevo la gloria futura”‘. La Imitación de Cristo valora negativamente la convivencia humana cuando afirma: “Los mayores santos evitaban cuanto podían la compañía de los hombres y elegían vivir para Dios en su retiro. Uno dijo: ‘Cuantas veces estuve entre los hombres volví menos hombre’… Por eso, al que quiere llegar a las cosas interiores y espirituales, le conviene apartarse con Jesús de la gente… El que se aparta de sus amigos y conocidos, estará más cerca de Dios y de sus santos ángeles”‘. Un ejemplo típico de la misma mentalidad lo constituye J.-J. Surin (t 1885), el cual unifica la vida espiritual en el solo amor de Dios, es decir, transfiriendo todo afecto de las criaturas al Creador. Puesto que “Dios no soporta que dividamos nuestro amor entre él y las criaturas”, es necesario realizar un “desasimiento absoluto del mundo y de todas las criaturas” hasta romper el contacto “con todas las personas, incluso con nuestros amigos más íntimos”.

Nuestro siglo ha abandonado ya esta cultura de sabor maniqueo para recuperar el valor de la creación y, sobre todo, el centro del mensaje cristiano: el amor al prójimo (Gál 8,2; 1 Cor 12,31; 14,1; 1 Jn 3,11). La antropología teológica ha aclarado que Dios no es rival del hombre y que -según las intuiciones de Teilhard de Chardin- apasionarse por las realidades terrestres y por su máxima valoración no sólo no se opone al amor de Dios, sino que es un medio de unión con EV. De esto se sigue que “el amor a Dios y el amor a las criaturas no deben concebirse como si compitieran entre si, de forma que al aumentar uno disminuiría necesariamente el otro. El amor a Dios ha de convertirse en el alma de todos los demás afectos y, lejos de impedirlos, debe más bien potenciarlos. El amor al mundo compromete el amor a Dios sólo cuando uno no ama al mundo como un valor finito, participación del valor supremo, sino que lo pone en el mismo plano de Dios”‘.

Sin duda, el cristiano no ignora las consignas restrictivas de la Escritura, que invitan a no conformarse a la mentalidad del siglo (Rom 12,2) o incluso a odiar al mundo (1 Jn 2,15) y a no pensar en las cosas de la tierra (Col 3,2). No obstante, la interpretación de estos pasajes está lejos del desprecio del mundo y de las realidades terrenas; se limitan a poner en guardia contra las costumbres paganas y contra el mundo en su acepción peyorativa, a saber, 9a humanidad en rebeldía contra Dios, el conjunto de la realidad humana en cuanto caracterizada por esta rebeldía y abocada al juicio”°. Similarmente, “las cosas de la tierra”, de las que Pablo nos invita a no ocuparnos, no son los trabajos temporales o profesionales, sino los pecados y los vicios en general y la pleonexía en particular, que consiste en querer tener cada vez más y que es el origen de los desórdenes sociales`. Por eso el Apóstol enuncia por tres veces el principio: “Proceda cada cual conforme al estado que le asignó Dios, conforme ha sido llamado” (1 Cor 7,17.20.24).

Pero la Escritura contiene otros pasajes en los que la relación con el mundo se contempla en términos positivos. Contamos con la afirmación clara de que Dios ama al mundo (Jn 3,18); Cristo ora no para que sus discípulos sean sacados del ambiente humano, sino para que sean guardados del mal (Jn 17,15). A diferencia de Qumran, Jesús no enseña ninguna segregación sociológica: “El no vive en un monasterio ni en el desierto… Actúa en público, en los pueblos y las ciudades, en medio de los hombres. Mantiene contacto hasta con los de mala reputación social, con los ‘impuros’ según la Ley””. Por lo demás, la importancia central que tiene el amor fraterno en el NT (Col 3,14; Rom 13,10; Jn 13,35; Mt 23,34-48) prueba la necesidad del contacto con los hombres, so pena de incumplir esta obligación esencial y la misión evangelizadora recibida del Señor. Por eso el cristiano, con Pablo, elige la opción fundamental del prójimo, prefiriendo seguir en la tierra para ayudarle a progresar en una fe gozosa antes que alcanzar a Cristo en la vida dichosa (F7p 1,23-24).

Si en otro tiempo se concibió el reino de Dios como realidad ultraterrena o ultramundana, hoy se comprende que “Jesús exige del hombre que se ocupe tan totalmente de la causa del reino de Dios en el mundo, que frente a ella la preocupación por sí mismo y por los bienes propios ha de pasar a segunda linea” ‘Q. Toda espiritualidad que acepte el mensaje de Jesús sobre el reino de Dios y el amor del prójimo ha de ser una espiritualidad orientada al mundo. Precisamente el Vat. ll, al situarse en una perspectiva pastoral, desea que los fieles “vivan en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo” (GS 82); es más, considera que existe un lazo tan profundo entre consagración y misión, que exige una vida en medio de los hombres: “Los presbíteros del NT… son en realidad segregados, en cierto modo, en el seno del pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para que el Señor los llama” (PO 3).

En síntesis, el cristiano no puede separar el amor de Dios del si al mundo, porque precisamente este sí es querido por Dios y lo puso en práctica Cristo. “La Iglesia -concluye el Vat. 11-, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación… debe insertarse en todos estos grupos (humanos) con el mismo afecto con que Cristo se unió por su encarnación a las determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió” (AG 10). El encarnacionismo misionero debe llevar a considerar el mundo como lugar de encuentro con Dios y ambiente adecuado para una experiencia del amor creador y redentor de Dios.

3. EL VALOR DE LA ACCIÓN – Junto a la desconfianza frente al mundo, otra postura amenaza a la espiritualidad apostólica: la desvalorización del apostolado mismo. Ya antes de la reacción contra el activismo o la llamada “herejía de la acción”, se había impuesto entre los autores espirituales una concepción unilateral e intimista de la vida cristiana; se consideraba a ésta esencialmente como vida interior, contemplativa, dirigida al perfeccionamiento propio y nutrida por prácticas de piedad. Todo el resto, comprendidas las obras de celo o el trabajo profesional, se estimaba como acción exterior, que se admitía, toleraba o condenaba según su relación con la vida interior. “Debemos tener -afirma Lallemant-, ante todo dentro de nosotros y para nosotros mismos, una vida perfectísima a través de una continua aplicación de nuestra mente y de nuestra voluntad a Dios. Luego, podremos salir para el servicio del prójimo sin perjuicio de nuestra vida interior… Nuestra principal ocupación será siempre la vida interior”. Se supone en este contexto que el apostolado constituye una excepción o un riesgo, del que se debe huir apenas es posible para volver a la quietud interior de la unión con Dios: “Debemos ser como el águila, que se aleja por el aire apenas ha cogido la presa. Así nosotros debemos retirarnos a la oración después de haber cumplido nuestras funciones para con el prójimo, sin ingerirnos nunca en ellas a menos de ser destinados a ello por la obediencia””. Semejante orientación anula o reduce la entrega al prójimo, rozando el egoísmo espiritual: “Debéis dar más a vuestra alma que a todos los pobres del mundo -dice un director espiritual del siglo xvtt-… La caridad bien regulada quiere que prefiráis no sólo vuestra salvación, sino también vuestra perfección espiritual, al alivio, al consuelo y a la satisfacción de todos los hombres”‘S.

El Vat. II supera esta dicotomía entre vida espiritual y apostolado afirmando claramente que el segundo es parte esencial de la primera: “La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado” (AA 2). Aparece aquí una visión dinámica de la existencia cristiana, porque la misión “no aparece ya como mera actividad exterior que se añade a manera de accidente al ser cristiano que descansa en si ndsmo, sino que el ser cristiano mismo es, como tal, un movimiento hacia fuera. Está marcado en su esencia con el sello misionero y debe, por tanto, producir necesariamente una actividad exterior como realización de su más profunda esencia en todo tiempo y en cualquier cristiano que viva de verdad su cristianismo””. Si dedicarse a procurar la gloria de Dios y el advenimiento de su reino entra de pleno derecho en la vida cristiana, no hay razón para ejercer el apostolado con inquietud, como si se robase el tiempo reservado a Dios. La actividad apostólica es un modo de realizar la unión con Dios, como se hace a través de la oración, puesto que se lleva a cabo precisamente para cumplir la voluntad divina. El apostolado, además de consecuencia del amor cristiano y de la contemplación del Dios de la salvación, es también meditación privilegiada de santidad en cuanto que promueve directamente el reino de Dios y es continuación de la actividad redentora de Cristo; es comunión con Dios, acto de culto y forma de participación en el dinamismo divino de la historia (1 Cor 3,9; 1 Tim 3,2; 2 Tim 4,2; Rom 1,9).

Se comprende, pues, la insistencia de los documentos conciliares en el valor de la acción en orden ala vida espiritual. Lo primero que deben hacer los laicos no es alcanzar un alto grado de perfección para ser lanzados luego al apostolado, ya que se les exhorta “a verlo, a juzgarlo y a hacerlo todo a la luz de la fe, a formarse y perfeccionarse a sí mismos por la acción con los demás y a entrar así en el servicio activo de la Iglesia” (AA 29). A los religiosos consagrados al apostolado se les recuerda que “la acción apostólica y benéfica pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa, ya que el sagrado ministerio y la obra propia de la caridad les han sido encomendados por la Iglesia…” (PC 8). Los sacerdotes, al igual que los obispos, deben considerar su ministerio como un excelente medio de santificación: “Las preocupaciones apostólicas, los peligros y contratiempos, no sólo no les sean un obstáculo, antes bien asciendan por ellos a una más alta santidad” (LG 41). Ellos saben, por tanto, que, para armonizar la vida interior con la acción externa, para alcanzar su unidad de vida, no bastan “ni la mera ordenación exterior de las obras del ministerio, ni, por mucho que contribuya a fomentarla, la sola práctica de los ejercicios de piedad. Pueden, sin embargo, construirla los presbíteros si en el cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplo de Cristo, cuya comida era hacer la voluntad de Aquel que lo envió para llevar a cabo su obra” (PO 14).

Para comunicar en Cristo con la voluntad del Padre, el cristiano ha de ser dócil a los impulsos del Espíritu, aumentar su caridad en el encuentro sacramental con el Señor, discernir los,-Ysignos de los tiempos, o sea, leer la historia en una dimensión religiosa. Es necesario hoy añadir a la meditación tradicional de los misterios divinos, revelados en la Biblia, la que se define “meditación a ojos abiertos” y que “encuentra a Dios no abandonando el mundo…, sino dirigiéndose con amor y respeto a las cosas del mundo” “. Se trata de volver a vincularse a la gran tradición bíblica, que concebía la oración como una celebración de los acontecimientos de la historia de la salvación: asombro del alma ante las obras de Dios, mirada de fe penetradora de los acontecimientos y atenta alear los signos de la presencia y de la acción divina en el mundo, y voluntad de cooperación en la alianza a través de la propia inserción en el surco del designio salvírico.

4. EL TESTIMONIO DE LA VIDA – Examinando el mandato misionero de Cristo, advertimos que la expresión: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Me 18,15) coincide con la otra: “Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra” (He 1,8). Es decir, existe una equivalencia o un nexo entre evangelización y testimonio, en cuanto que aquélla no es transmisión de ideas, sino difusión de “un mensaje de salvación, es decir, de un conjunto de valores destinados a dar sentido a la vida. Y los valores se transmiten por el testimonio”.

Hoy de modo particular se tiene alergia a creer en palabras no apoyadas y garantizadas por la vida de quien las pronuncia; no se distingue entre la predicación y el predicador, se los acepta o rechaza a la vez. El testimonio de la vida es el signo más importante de credibilidad, ya que atestigua la sinceridad del apóstol y la presencia de la fuerza divina transformadora de la existencia. El cristiano asume una grave responsabilidad cuando con su vida es ocasión de escándalo e incluso de ateísmo, al no revelar y si ocultar el verdadero rostro de Dios y de la religión (GS 19). La historia demuestra que cuando ha faltado la santidad en los evangelizadores, se ha comprometido la conversión de los pueblos al cristianismo. Refiriéndose a la predicación a los indios en el siglo xvi, observaba e1 teólogo De Vitoria: “No he oído hablar de ningún signo o milagro ni de ejemplos de vida religiosa; más bien, al contrario, de numerosos escándalos, de horrendos delitos y de muchas impiedades. Por eso no parece que se haya predicado de manera adecuada y piadosa la religión cristiana para que aquéllos (los indios) se sientan obligados a aceptarla” `.

Indudablemente no ha de exagerarse la eficacia del testimonio: “Pues, por una parte, el testimonio en la vida presente no podrá jamás gozar de total transparencia, por el hecho de que la Iglesia cobija a la vez a justos y a pecadores, y sólo en la fase escatológica podrá resplandecer con perfecta pureza.

Por otra parte, hay que notar que ni siquiera un testimonio perfectísimo confiere eficacia absoluta a la evangelización, y Cristo Señor será siempre signo de contradicción” ». Sin embargo, a pesar de estos límites, los cristianos han de esforzarse por seguir el ejemplo de Cristo, “el testigo fiel” (Ap 1,5; 3,14), dando a su vez testimonio de coherencia evangélica: “Todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra el hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo, y la virtud del Espíritu Santo, por quien han sido fortalecidos con la confirmación, de tal forma que todos los demás, al contemplar sus buenas obras, glorifiquen al Padre…” (AG I1).

En particular, la espiritualidad apostólica incluye un conjunto de disposiciones y de virtudes, en las que insisten con frecuencia las cartas paulinas: la parresta o valor para anunciar el evangelio con libertad de palabra (1 Tes 2,2; 1 Cor 3,12; 2 Cor 3,12; Ef 8,19-20), la aceptación de las pruebas y persecuciones que acompañan a cuantos quieren vivir en Cristo y dar testimonio de él (2 Tim 3.12; 1 Cor 4,9-13; 2 Cor 4,7-11), el servicio de la palabra (Rom 15,18; Col 1,23; F’lp 2,22). Lo que sobre todo caracteriza al apóstol es una dinámica de amor en busca de comunicación (2 Cor 5,14-15), que asume tonos maternales: “Como una madre cuida cariñosamente a sus hijos, así fue llena nuestra ternura hacia vosotros” (1 Tes 2,7). Y como el apóstol busca la regeneración en Cristo, “la Iglesia se lija con razón en aquella que engendró a Cristo… La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan a la regeneración de los hombres” (LG 85). La referencia a,-Y’María, además de recordar el fin esencial y el carácter maternal del apostolado°’, ofrece el paradigma de la unidad de vida del cristiano, puesto que la Virgen, “mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador” (AA 4). El amor al prójimo se expresa hoy trabajando por la justicia y participando en la transformación del mundo; quizá es el testimonio que más se estima y se pide en nuestro tiempo, el signo de credibilidad de que el anuncio de¡ reino de Dios encuentra correspondencia en la transformación de la realidad.

S. De Fiores
DicES

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