Inicio > Laicos > La centralidad de Dios en la vida del laico

La centralidad de Dios en la vida del laico

 

La centralidad de Dios en la vida del laico

( un resumen de la conferencia en base a las notas que nos envió)

Fuente http://www.marianistas.org/

Juan Antonio Estrada

Jesuita. Licenciado en Filosofía UPC. Doctor en Filosofía por la U. de Granada. Maestro en Teología por la U. de Innsbruck. Doctor en Teología por la U. Gregoria­na.

Actualmente profesor titular en la Facultad de Filosofía de la U. de Granada Madrid 21 febrero 2008

1 – Recuperar la identidad de los laicos

     Hay actualmente un cambio en la teología de los laicos. El Concilio resalta que los laicos están consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo (LG 34). Recupera afirmaciones que antes se aplicaban sólo a los sacerdotes y a los religiosos. Antes la figura monacal irradiaba en todos los ámbitos de la Iglesia, de modo que el “Kempis” se convirtió en un libro de referencia para los laicos, y ahora son éstos los referentes de la espiritualidad que irradian sobre religiosos y sacerdotes.

     El Concilio proclama el sacerdocio existencial y el culto propio de los laicos (LG 34), que tienen que consagrar el mundo a Dios (LG 34; AA4). Tradicio-nalmente se consideraba al monje como el especialista en vida religiosa. Comentó que no le agradaba el concepto de “vida consagrada”, ya que este término debe hacer referencia a todo bautizado. Desde los primeros tiempos del cristianismo el laico era el cristiano.

     La teología del laicado del Vaticano II es consagrar el mundo a Dios. La consagración del mundo a Dios es también consagración a Dios en el mundo (GS 43). Se rechaza el espiritualismo, que huye de las responsabilidades mundanas (GS 43), y el individualismo aeclesial (GS 39), en favor de una es­piritualidad activa que cuestiona la superioridad tradicional de la vida con­templativa.

     La persona consagrada a Dios por el bautismo es el laico, que se constituye en el prototipo del cristiano, siguiendo las huellas de Jesús, un laico en la tra­dición judía. Recordar que Jesús de Nazaret era un laico en la sociedad ju­día. Y que no se distinguía precisamente por una vida ascética; le acusan los fariseos de bebedor y comilón. Jesús de Nazaret fue o es un sacerdote de la vida.

     El laico tiene abiertas las puertas a la relación con Dios desde la filiación y el seguimiento de Jesús. Ya no hacen falta mediadores para encontrarse con Dios. Todo laico tiene experiencias de Dios. Hablar de Dios desde la vida y narrar la propia biografía desde la relación con Dios. Para Rahner todo cris­tiano tiene que tener experiencia de Dios, tiene que tener vivencia de Dios. Es conocida su comentario: “El cristiano del siglo XXI o es un místico o no es


nada”, o perderá su esencia de cristiano. 2 – Inmanencia y trascendencia de Dios

     No debemos olvidar que los judíos son nuestros abuelos en la fe. Judaísmo e islamismo (el A. T. y en Corán) tienen algo en común. Para ambas religiones Dios es trascendente. Dios no es alguien con quien nosotros nos encontra­mos. La tradición bíblica remarca la trascendencia de Dios. El problema cen­tral para la tradición bíblica no era el ateismo, sino la idolatria : los falsos ído­los del dinero, del poder, de la sexualidad, … También san Agustín recalcó la trascendencia de Dios: “Si lo conoces no es Dios”. Pero Dios es siempre una pregunta, una búsqueda: “Estamos hechos para Dios y sólo descansaremos en Dios”.

     Pero lo más importante y novedoso del cristianismo no es esto sino ver a Dios enraizado en nuestra vida, en nuestra historia. Esto es lo que nos dis­tingue básicamente del judaísmo y del islamismo: es Jesús de Nazaret, en la inmanencia de la historia. Dios nos habla en Jesús de Nazaret. Un Dios que se hace presente en la vida humana. Jesús viene a enseñarnos una norma de vida, un nuevo estilo de vida que se centra en los valores del Reino. Dios viene a dar una respuesta al sufrimiento humano. Tener experiencia de Dios es vivir como Jesús. Ver a Dios a través de Jesús “como en un espejo”. Al encontrarnos con la vida de Jesús nos encontramos “como en un espejo” con el rostro de Dios. Recordar que los criterios del evangelio no son criterios re­ligiosos. Hay que hablar de Dios desde lo humano, desde nuestra propia vida. La vida del cristiano no es una vida individual, vivimos en comunidad. Recordar la respuesta de Simón Pedro a Jesús: “Señor, ¿a quien vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,67)

     Dios es trascendente desde la inmanencia de lo humano. Hablar de Dios desde lo humano. La experiencia laical vincula al Dios de la creación con el de la redención, a la naturaleza con la gracia, la autonomía de lo terreno con la potenciación de la libertad humana, llamada al discernimiento y la acción. Así surge una experiencia de Dios que genera mayoría de edad. La teología laical afirma la complementariedad de naturaleza y gracia, la identificación del Dios creador y el salvador, la progresividad del crecimiento humano y la santidad de vida. La posterior teología de las realidades terrenas, la teología política centroeuropea, y la teología de la liberación respondieron a esa nue­va dinámica conciliar. La nueva teología “naturaliza” la gracia y “sobre-naturaliza” lo humano, en el sentido del existencial sobrenatural de K. Rah-ner. En cuanto que “todo es gracia” (Bernanos) se resalta la universalidad del Espíritu, que no se limita a los ámbitos eclesiales. Por eso Rahner habla de “cristianos anónimos”, aludiendo a formas de vida convergentes con la con­cepción cristiana, personas que transparentan los valores evangélicos. Lai­cos que son un modelo para cristianos y no cristianos, y que no son personas religiosas.

     Toda búsqueda de Dios es iniciativa divina (que suscita el deseo fomenta la pregunta por Dios) y esfuerzo humano. Hay una dinámica en todo ser huma­no de búsqueda y deseos, que hacen vigente la búsqueda de Dios. A esto se añade el desplazamiento de la Iglesia por el Reino de Dios, meta última a la que se subordina la institución eclesial, y la necesidad del agente humano para construir ese reino en la historia. El laico es agente de la historia desde su relación con Dios en el seguimiento de Cristo.

3.-Un nuevo concepto de santidad laical

     La Iglesia no tiene la exclusividad de Dios. Recordó palabras de Gandhi, el hombre que luchó por la paz en la India: “Jesús tú no eres un europeo… Ven con nosotros a Asia”. Jesús de Nazaret viene a enseñarnos como hay que ser como Dios. Desde la humanidad de Jesús, Dios nos llama a una humani­zación de la vida. O encontramos a Dios en la relaciones intrapersonales, con nuestro conyugue, con nuestros hijos, con nuestros padres… o no lo en­contraremos.

     Un Dios que nos llama a una espiritualidad del compromiso. El pecado por antonomasia no es el pecado de la carne, sino el pecado de la injusticia. Es el pecado de no poner al servicio de los demás todas las potencialidades que Dios nos ha dado. Esta es la dinámica del Dios encarnado.

     Desde esta perspectiva la santidad de Jesús se inscribe en su humanidad (tan humano como Jesús sólo podía ser Dios mismo) y el crecimiento en per­fección evangélica conlleva la humanización de la persona, su mayor hondu­ra y sensibilidad, la apertura, desde la misericordia samaritana, ante las ne­cesidades. Jesús crece en sabiduría y gracia (Lc 2,52) y muestra un camino de humanización que tiene como meta llegar a ser persona, en cuanto ima­gen y semejanza de Dios. La imagen del Dios encarnado resalta la alteridad humana, que no se disuelve o elimina para dejar lugar a Dios. Dios se hace presente en la sociedad desde el testimonio de los laicos. La experiencia lai­cal de Dios lleva a una espiritualidad del compromiso. Hay que quitar obstá­culos al Dios cercano que se revela y abrirse a los más necesitados de la so­ciedad, recuperando lo misional. La teología tradicional pecaba de “sobrena-turalismo”, ya que para realzar la acción de la gracia minusvaloraba el papel humano en la construcción del reino de Dios.

     La nueva teología pone el acento en luchar contra las estructuras mundanas del mal, que se traducen en estructuras de pecado, contra el pecado colecti­vo y contra los ambientes que lo propician. “Los laicos procuren coordinar sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo, si en al­gún caso incitan al pecado, de modo que todo esto se conforme a las normas de la justicia” (LG 36). La espiritualidad laical es comprometida y el referente de solidaridad y de justicia es el concepto clave para comprender el pecado. En este contexto, el crecimiento humano es un criterio para discernir la vali­dez de una espiritualidad, ya que una afirmación de lo divino a costa del hombre es incompatible con el Dios que asume la alteridad humana y la po­tencia. Se trata de “ayudar a Dios” (Ettie Hillesum) a hacerse presente en el mundo, ya que Dios no desplaza a la persona sino que la pone en el centro, como agente de la historia. Desde ahí surgen las distintas posibilidades de una espiritualidad laical que se traduce en la política, en la cultura y en las instituciones sociales. La dinámica de una sociedad construida por los hom­bres, que a su vez, revierte sobre ellos y los construye socialmente, remite a una espiritualidad laica, militante y comprometida.

4.-La experiencia sacerdotal de los laicos

     Hay que transmitir la experiencia de una religión liberadora, porque parte de un Dios que lucha contra el mal y el sufrimiento. Esta forma de vida se con­vierte en el nuevo lugar “sagrado”, que genera conversión y apertura al Dios vivo. Ya no son las mediaciones tradicionales eclesiásticas, las que tienen la primacía, sino las de una espiritualidad comprometida y de apertura a todos los hombres. Es la línea también de las primeras generaciones cristianas, “to­do lo humano es nuestro”, que todavía vivían una espiritualidad laical, misio­nal y profana en el marco de la sociedad romana. Por eso es necesario transformar el modelo de sacerdocio desde la perspectiva de los laicos, del compromiso con el mundo y de la solidaridad con los más débiles.

     La interacción entre el cristiano y el ciudadano, en el contexto de una iglesia comunitaria y de una sociedad democrática, abre posibilidades en un nuevo momento histórico. Desde ahí se puede plantear la exigencia de la experien­cia de Dios. Hacer presente a Dios en el contexto de la sociedad secular y laica (emancipada de las iglesias e indiferente a lo religioso). Buscar a Dios al experimentar su lejanía y silencio en la sociedad. La muerte cultural de Dios y los microsentidos de la sociedad de consumo en confrontación con la búsqueda de Dios, desde la que se potencian las relaciones personales y se busca una humanización de la sociedad. El Dios de los laicos desde la op­ción por los marginados de la sociedad.

Bibliografía sobre el tema:

J. Martín Velasco, Metamorfosis de lo sagrado y futuro del cristianismo, Santander,

Sal Terrae 1999.

J.M. Castillo, Espiritualidad para insatisfechos, Madrid, Trotta, 2007.

Juan A. Estrada, El cristianismo en una sociedad laica, Bilbao, Desclée, 2006.

Juan A. Estrada, La espiritualidad de los laicos, Madrid, Ed. Paulinas, 1997.

•   Ha sido profesor invitado en varias Universidades Latinoamericanas.

Categorías:Laicos
  1. margarita García Hdez.
    junio 16, 2011 en 6:50 pm

    Me gustó mucho la frase “ayudar a Dios a hacerse presente en el mundo”; que compromiso, pero a la vez que gran privilegio para nosotros los laicos.

  1. No trackbacks yet.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: