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Acción Católica, don del Espíritu Santo

Acción Católica, don del Espíritu Santo.

FIAC – FORUM INTERNACIONAL DE ACCIÓN CATÓLICA

ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA en colaboración con el PONTIFICIO CONSEJO PARA LOS LAICOS

“Duc in altum Acción Católica, ten el coraje del futuro!”

Congreso Internacional sobre La Acción Católica

Roma-Loreto, 31 de agosto/5 de septiembre 2004

 

ACCIÓN CATÓLICA, DON DEL ESPÍRITU SANTO PARA LA IGLESIA DE NUESTRO TIEMPO

Conferencia de apertura del Congreso Internacional sobre la Acción Católica

Mons. STANISLAW RYLKO

Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos – Vaticano

Roma, 1 septiembre 2004

 

1. El tema de la presente relación nos introduce directamente en el corazón mismo de nuestro congreso. Es un congreso que quiere estimular el redescubrimiento de la Acción Católica como – precisamente – don del Espíritu Santo para la Iglesia de nuestro tiempo. Se trata de una cuestión de vital importancia para esta meritoria asociación laical. Su propuesta formativa y de evangelización – como veremos – es de extrema actualidad, por esto no debemos ceder a la tentación de una estéril “nostalgia del pasado” – como hacen algunos -, sino que debemos reencontrar el coraje y el espíritu profético para proyectarla confiadamente hacia el futuro.

El intento de este nuestro congreso, por consiguiente, quiere ser el de redescubrir la identidad de esta asociación y su necesidad en la Iglesia. En este punto, sin embargo, surge una pregunta: La Acción Católica necesita verdaderamente ser descubierta?.

Es una asociación laical muy notable, de larga historia y muy rica en sus frutos. Pensamos en tantas generaciones de fieles, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, para los cuales la Acción Católica ha sido y es aún hoy una escuela de sólida formación cristiana. Cuánto compromiso apostólico y amor por la Iglesia ha conseguido desencadenar en tantos fieles. Para cuántos laicos se ha convertido en una escuela de radicalidad evangélica y de auténtica santidad. Es muy extenso, en efecto, el elenco de santos y beatos que se cuentan entre las filas de los miembros de Acción Católica. Cuántas vocaciones sacerdotales, y religiosas han nacido de entre sus filas. Ha sido propiamente la Acción Católica quien preparó el terreno para la “hora del laicado” en la Iglesia de nuestro tiempo y para la renovación de la teología del laicado que ha llegado a su cumbre en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Qué rico es el magisterio que los Pontífices han querido dedicarle a esta asociación que ha gozado siempre de su particular solicitud pastoral. Basta tan solo dar una mirada a nuestra biblioteca, hay tantos volúmenes escritos sobre la Acción Católica a lo largo de su historia. Y no obstante todo esto estamos persuadidos que en la actualidad la Acción Católica necesita ser redescubierta en la Iglesia. Debemos buscar redescubrirla todos: laicos y pastores, también sus asociados de larga data. Debemos descubrirla propiamente como don del Espíritu Santo para la Iglesia de nuestro tiempo.

Nuestro Congreso quiere ser, por tanto no sólo un momento de estudio, de diálogo, de intercambio de experiencias, sino sobretodo un tiempo de atenta escucha de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cfr. Ap 2,7) en este momento de la historia, al inicio del nuevo milenio de la era cristiana.

2. Nuestra reflexión sobre la Acción Católica se inscribe en el contexto actual de la vida de la Iglesia, contexto caracterizado por una “nueva época asociativa de los fieles laicos” suscitada por el Concilio Vaticano II; una circunstancia muy importante que debemos tener en cuenta. Al respecto escribe Juan Pablo II: “ En estos últimos tiempos el fenómeno de la asociativo laical se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad. Si siempre en la historia de la Iglesia las asociaciones de los fieles han representado en cierto modo una línea constante, como testimonian aún hoy las varias confraternidades, terceras órdenes y diversos sodalicios. Sin embargo, en los tiempos modernos, este fenómeno ha experimentado un singular impulso, y se han visto nacer y difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos, comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época asociativa de los fieles laicos. En efecto Junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces, han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisonomía y finalidad específica. Tanta es la riqueza y la versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta el tejido eclesial y tanta es la capacidad de iniciativa y la generosidad de nuestro laicado.” (Christifideles laici, 29).

Qué cosa quiere decir en realidad esta “nueva época asociativa”? Quiere decir ante todo un dato de la realidad que consiste en una estupenda riqueza de los nuevos carismas, de nuevas comunidades y agregaciones de laicos que el Espíritu Santo suscita hoy en la Iglesia. Es un gran signo de esperanza, signo de aquella “primavera cristiana” de la cual Juan Pablo II no se cansa de hablar. (cfr. Redemptoris missio, 86). Pero la “nueva época asociativa de los laicos” no es sólo un dato de la realidad. Es también un desafío lanzado a todas las asociaciones laicales a vivir y a testimoniar esta “novedad” de este “kairos” particular, esto es a reencontrar el entusiasmo y el arrojo espiritual de los propios orígenes, que con el paso del tiempo corren siempre el riesgo de debilitarse. En este sentido también la Acción Católica, ella en particular, está llamada a formar parte de los protagonistas de esta “nueva época”. Es una tarea muy comprometida y un gran desafío que la Acción Católica debe asumir.

 

3. Como guía segura en el redescubrimiento del rostro auténtico de la Acción Católica hemos escogido a Juan Pablo II. Este Papa ha dedicado mucha atención a esta asociación laical: El volumen recientemente publicado que recoge los discursos que él ha dirigido a la Acción Católica Italiana en el transcurso de sus 25 años de pontificado, consta de más de 300 páginas (cfr. “So che voi ci siete”. Venticinque anni di magistero sull’Azione Cattolica 1978-2003, Ed. AVE, Roma, 2003). Es una enseñanza dirigida a la Acción Católica Italiana pero sin ninguna duda de valor universal. Es una enseñanza extremadamente rica e iluminadora, con un fuerte valor profético. Es una enseñanza enraizada profundamente en la doctrina del Concilio Vaticano II, especialmente en la referida a la vocación y la misión de los fieles.

En el magisterio de Juan Pablo II sobre la Acción Católica no falta una significativa novedad, entre las cuales, una en particular concita nuestra atención. El discurso sobre la Acción Católica venía ligado tradicionalmente a la dimensión institucional de la Iglesia, según el paradigma clásico: la Iglesia local al centro y los laicos como colaboradores del apostolado jerárquico. En vez, en los últimos años las enseñanzas del Papa presentan, precisamente una importante novedad. Con fuerte insistencia el Santo Padre vuelve a hablar de la dimensión “carismática”. Parece que esta lectura por así decir “pneumatologica” de la naturaleza de esta asociación constituye verdaderamente un elemento nuevo y muy importante desde el punto de vista eclesiológico. Escribe el Papa: “Vuestra larga historia ha tenido origen en un carisma, esto es en un particular don del Espíritu del resucitado, el cual no hace faltar a su Iglesia los talentos y los recursos de la gracia de los que los fieles necesitan para servir a la causa del Evangelio. Queridos hermanos, reflexionad, con santo orgullo e íntima alegría, sobre el carisma de la Acción Católica “(8 de septiembre de 2003).

Esta impronta abre delante de la Acción Católica un horizonte nuevo y sumamente rico de consecuencias teológicas y prácticas. Ante todo recuerda a la Acción Católica la fuente originaria de su vitalidad y de su dinamismo la que continuamente debe informar el Espíritu Santo. En el plano práctico es una impronta que conduce necesariamente a la creación de puntos de contacto entre la Acción Católica y las nuevas comunidades, los nuevos carismas que el Espíritu Santo no cesa de hacer florecer en la Iglesia de hoy.

4.“Reflexionad/…/ con santo orgullo y con íntima alegría el carisma de la Acción Católica…” Esta es nuestra tarea durante este Congreso.

Reflexionar, redescubrir, acoger con renovado entusiasmo y con renovada fidelidad el carisma de la asociación. El Papa insiste: “Abríos con docilidad al don del Espíritu! Acoged con gratitud y con obediencia el carisma que el Espíritu Santo no cesa de donar generosamente! No olvidéis que cada carisma es dado para el bien común, esto es en beneficio de toda la Iglesia. (30 de mayo de 1998).

Examinemos más de cerca este carisma: cuáles son sus rasgos distintivos? El Concilio Vaticano II lo ha caracterizado sintéticamente con cuatro notas esenciales que en este punto vale la pena recordar: a) el fin inmediato de la Acción Católica es el fin apostólico de la Iglesia, esto es la evangelización y la santificación de los hombres y la formación cristiana de sus conciencias; b) los laicos colaboran con la Jerarquía según el modo que les es propio, aportando su experiencia y asumiendo su responsabilidad; c) los laicos actúan unidos a la manera de un cuerpo orgánico a fin de que se exprese mejor la comunidad de la Iglesia y el apostolado resulte más eficaz; d) los laicos actúan “bajo la superior dirección de la Jerarquía” la que puede sancionar esta cooperación incluso por medio de un “mandato”explícito. (cfr. Apostolicam Actuositatem, n. 20). El Papa sintetiza todo esto en cuatro palabras: misionariedad, diocesanidad, unitariedad y laicidad, (cfr. 8 septiembre 2003). En la lectura de estas notas conciliares nos golpea un poco el lenguaje un poco descarnado y esquemático. No olvidemos, sin embargo, que detrás de esta terminología se esconde la vida cristiana muy intensa de tantos cuadros de laicos, hombres y mujeres, adultos y jóvenes; se esconde su santidad auténtica, una fidelidad incondicional al Evangelio, un amor generoso a Cristo y a su Iglesia.

No obstante el paso de los años el carisma de la Acción Católica conserva su actualidad en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo. Juan Pablo II no se cansa de repetir que la Iglesia tiene una gran necesidad: “la Iglesia no puede prescindir de la Acción Católica. La Iglesia necesita un grupo de laicos que, fieles a su vocación y congregados en torno a los legítimos pastores, estén dispuestos a compartir, junto con ellos, la labor diaria de la evangelización en todos los ambientes./…/ necesita laicos dispuestos a dedicar su existencia al apostolado y a entablar, sobre todo con la comunidad diocesana, un vínculo que deje una huella profunda en su vida y en su camino espiritual. Necesita laicos cuya experiencia manifieste, de manera concreta y diaria, la grandeza y la alegría de la vida cristiana; laicos que sepan ver en el bautismo la raíz de su dignidad, en la comunidad cristiana a su familia, con la cual han de compartir la fe, y en el pastor al padre que guía y sostiene el camino de los hermanos”. (26 de abril de 2002)

Esta afirmación “ La Iglesia no puede prescindir de la Acción Católica” pone la atención ya sea en la Iglesia en la cual esta asociación vive y actúa ininterrumpidamente desde hace largos años, ya sea en aquella – en particular en Europa central y oriental – donde la Acción Católica renace después de largos años de supresión por parte del sistema totalitario del comunismo ateo. El Papa alienta fuertemente este renacimiento diciendo a los Obispos polacos en visita “ad limina”: “Es necesario que renazca. Sin ella la infraestructura del asociacionismo católico en Polonia sería incompleto” (12 de enero de 1993)

La Iglesia de nuestro tiempo necesita de la Acción Católica y son grandes las expectativas sobre ella. El Papa en este punto se muestra como un maestro muy exigente y pone por delante unas metas de mucho compromiso. Ha dicho recientemente: “La Iglesia tiene necesidad de una Acción Católica viva, fuerte y bella (26 de abril de 2002). Estos tres adjetivos son muy importantes y vale la pena reflexionar sobre ellos durante nuestro Congreso

5. Volvamos ahora a dos de los rasgos de la Acción Católica. Entre sus notas específicas “la estrecha relación con el Papa y con los Obispos”, es decir, la “diocesanidad” ocupa sin duda un lugar central.

Es obvio que todas las asociaciones laicales católicas están llamadas a vivir la comunión eclesial y jerárquica. Basta recordar los criterios de eclesialidad formulados en la Christifideles laici, n. 30. Pero para la Acción Católica estos son de los elementos, por así decir, constitutivos, en los cuales debe sobresalir. Juan Pablo II pone frecuentemente en evidencia esta nota esencial. Ya al inicio de su pontificado decía: “Yo confío en ustedes, porque la Acción Católica, por su íntima naturaleza, tiene una particular relación con el Papa y por ende con los Obispos y con los sacerdotes: esta es su característica esencial. Cada grupo “eclesial” es un modo y un medio para vivir más intensamente el Bautismo y la Confirmación, pero la Acción Católica debe hacerlo de un modo muy especial, porque ella se ubica en ayuda directa a la Jerarquía, participando de sus preocupaciones apostólicas (30 de diciembre de 1978).

En otra ocasión el Santo Padre agrega: “es esta la característica que debe distinguiros, es a la vez la fuente y el secreto de la fecundidad de vuestro trabajo por la edificación de la comunidad eclesial” (27 de septiembre de 1980). Esta relación particular con la Jerarquía debe generar en los miembros de la Acción Católica una actitud de escucha y de filial obediencia con el Magisterio y con la disciplina eclesial.

Queda subrayado finalmente que la estrecha colaboración con los sacerdotes no tiene nada que ver con la “clericalización” de los laicos. Ella implica, por el contrario, un profundo respeto recíproco de la especificidad de la vocación de cada uno. Particularmente no elimina, ni siquiera limita en la vida de los laicos, su libertad de iniciativa y su justa “autonomía”. No es por tanto un límite, sino un modo más profundo y más radical de vivir la comunión eclesial, que es una comunión orgánica en la que todas las vocaciones y todos los estados de vida conviven armónicamente.

El “servicio a la Iglesia local”– al que nos hemos referido precedentemente – es la segunda nota distintiva importante del carisma de la Acción Católica. Es una expresión de su intenso y apasionado “sentire cum Ecclesia” en todo su realismo, en el que el misterio de la Iglesia se encarna en una comunidad diocesana y parroquial concreta y se convierte así en casi tangible. El Papa explica que este particular tipo de eclesialidad debe traducirse en “compromiso de asociación que deviene escuela de apóstoles y de discípulos, que viven para la Iglesia local en la que se encuentran, al servicio de su vida y de su proyecto pastoral” (9 de diciembre 1983).

Tal carisma genera en los laicos un verdadero amor a la Iglesia particular (diócesis, parroquia), un fuerte sentido de corresponsabilidad por la comunidad cristiana local, un generoso compromiso de servir a la comunidad y a su misión.

Para recapitular, recordamos nuevamente las palabras del Papa: “la Iglesia os necesita, porque habéis elegido el servicio a la Iglesia particular y a su misión como orientación de vuestro compromiso apostólico: porque habéis hecho de la parroquia el lugar en el que día a día expresáis una entrega fiel y apasionada” (8 de septiembre de 2003).

Es necesario decir, sin embargo, que esta perspectiva de “diocesanidad” tan fuerte en la vida de la Acción Católica, no se opone en absoluto a la apertura universal. Por el contrario, en este momento histórico de la vida de la Iglesia tal apertura resulta particularmente importante. Esto se traduce concretamente, entre otras cosas, en las relaciones y contactos entre las asociaciones nacionales de Acción Católica para favorecer el conocimiento recíproco, la reflexión común sobre la identidad de la asociación misma y el intercambio de experiencias acerca de los modos de afrontar los grandes desafíos de la evangelización en el mundo contemporáneo.

Este intercambio de experiencias entre las asociaciones nacionales de la Acción Católica ya ha dado como fruto un creciente sentido de solidaridad entre los cristianos de varios países, junto al descubrimiento de la dimensión mundial de los grandes problemas de la sociedad contemporánea a nivel social, económico, político y cultural, frente a los cuales los cristianos no pueden permanecer indiferentes, sino que deben dar la propia respuesta. (la globalización!).

Es desde esta exigencia que ha nacido una iniciativa nueva en el ámbito de la Acción Católica que asumió la forma del “Forum Internacional de la Acción Católica“ (FIAC), aprobado por nuestro Dicasterio primero en 1995 “ad experimentum” y después en el año 2000 en forma definitiva. El Pontificio Consejo para los Laicos acogió esta iniciativa con gran satisfacción, porque desde su inicio vio en este nuevo organismo un instrumento providencial para dar un nuevo impulso a la vida de la Acción Católica que en algunos países mostraba signos de cansancio y de debilitamiento en el camino.

Es importante notar que el presente Congreso nació y fue realizado propiamente por el FIAC junto con la Acción Católica Italiana. A ellos van por tanto nuestras vivas felicitaciones y nuestra profunda gratitud.

6. Entre los grandes desafíos que la Iglesia afronta en nuestra época, la formación cristiana de los fieles laicos es sin duda uno de los más importantes y urgentes. Sin un intenso esfuerzo educativo, hablar de “la hora del laicado” en la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una retórica vacía. Dice Juan Pablo II: “En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y reclama modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta duramente a prueba y no raramente sofocada. Se advierte, por tanto, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. Necesitamos hoy personalidades cristianas maduras, conscientes de la propia identidad bautismal, de la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Necesitamos comunidades cristianas vivas!” (30 de mayo de 1998).

La formación cristiana siempre ha tenido como epicentro el encuentro con la persona viva de Jesucristo. En el momento en el que él entra en la vida de una persona, la cambia radicalmente. Por eso el rol central en todo proceso educativo en la fe se centra en el redescubrimiento del Bautismo. Escribe el Papa: “No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, para que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación recibida de Dios” (Christifideles laici, n.10).

En este contexto la Acción Católica se presenta como un instrumento privilegiado de formación cristiana del laicado. La formación ha sido siempre su gran prioridad. El Papa la caracteriza del siguiente modo: “La Acción Católica es escuela de formación permanente, porque abraza todas las edades y las condiciones de vida, es gimnasio de educación integral, humana, cultural y pastoral, por su fin mismo que es el mismo fin global apostólico de toda la Iglesia. Poned al centro de cada uno de vuestros proyectos formativos el primado de la vida espiritual, así lo exige la respuesta que todos, como bautizados debemos dar a la llamada fundamental a la santidad“ (24 de abril de 1992). Al mismo tiempo el Papa pone en guardia contra el riesgo de un replegamiento sobre sí mismo, de un intimismo, de una fuga hacia un espiritualismo desencarnado y no comprometido en el mundo. Por eso recuerda que “la dimensión formativa sería evidentemente comprendida de un modo erróneo y restringido si estuviera aislada de aquella actividad, de la “acción” precisamente, como dice el nombre mismo de vuestra asociación, o peor aun si estuviera absurdamente contrapuesta. Por el contrario, como la formación es la raíz de la misionariedad, la formación debe ser intrínsecamente misionera, orientada a la acción apostólica. De esto deriva también su extensión. Una auténtica formación de laicos de Acción Católica debe abarcar junto a la temática espiritual y teológica, la Doctrina Social de la Iglesia y todo lo que sea idóneo para impregnar con la fuerza redentora del Evangelio el interior de las realidades temporales” (25 de abril de 1986).

El Papa supera el debate, típico de los años setenta, entre los que afirmaban la “elección religiosa” de la Acción Católica y quienes la consideraban ya superada. La “elección religiosa” para el Papa comprende intrínsecamente el compromiso social. Es ésta una característica muy importante en el contexto actual, cuando la cultura dominante trata de encerrar la religión en el ámbito exclusivamente privado, quitándole así todo valor social y público.

Señalamos, finalmente, que la formación en el interior de la Acción Católica tiene un carácter puramente eclesial en el sentido que está radicada profundamente en el mismo tejido de la comunidad parroquial. No al lado, no paralelamente, sino en el interior de la Iglesia local. Es una formación que crea en los laicos un fuerte sentido de pertenencia que se expresa en la actitud de corresponsabilidad y en la identificación psicológica con la parroquia (la formación de un vivo y profundo “nosotros” comunitario!)

Teniendo en cuenta su larga y fructífera experiencia educativa, el Papa confía a la Acción Católica el delicado encargo de ser “modelo” del camino formativo para los otros cristianos. (cfr. 8 de diciembre de 2001). No se trata de una pretensión “monopólica” o sea de una actitud de superioridad en la comparación con las otras asociaciones, sino fundamentalmente de una llamada a un humilde servicio en la comunidad eclesial para ayudar a los otros a alcanzar la madurez de la fe. Se trata de poner el carisma de la asociación y la pedagogía de la educación cristiana que nace, al servicio de la Iglesia particular.

7. La Iglesia vive en nuestro tiempo un kairos particular. Entre los grandes y dramáticos desafíos que el mundo contemporáneo lanza a los cristianos, no faltan las luces de esperanza encendidas por el Espíritu Santo. Él continúa ininterrumpidamente su obra en el mundo y “renueva la faz de la tierra”. Vienen a mi mente las palabras que Dios pronunció por boca del profeta: “ yo estoy por hacer algo nuevo, ya está germinando, ¿no lo reconocéis? “ (Is 43, 19).

Como he dicho al comienzo, nuestro Congreso quiere ser un tiempo de escucha de lo que “el Espíritu dice a la Iglesia” hoy (cfr. Ap 2, 7). Esto quiere ser para todos nosotros una escuela de esperanza, pero no de una esperanza fácil, ilusoria, de poco valor, sino de una esperanza que no defrauda. Por eso hemos elegido como guía de nuestra reflexión al Papa Juan Pablo II, gran profeta de esperanza de nuestro tiempo. Hablando de los signos de esperanza presentes en la Iglesia en los umbrales del tercer milenio, el Papa ha dicho: “ El Espíritu Santo impulsa hoy a la Iglesia a promover la vocación y la misión de los fieles laicos. Su participación y corresponsabilidad en la vida de la comunidad cristiana y su multiforme presencia de apostolado y de servicio en la sociedad nos inducen a aguardar con esperanza, en el alba del tercer milenio, una epifanía madura y fecunda del laicado (25 de noviembre de 1998).

Ésta es pues la gran tarea que se perfila delante de la Acción Católica: dar su propia contribución a esta “epifanía madura y fecunda del laicado” No es una tarea fácil! Requiere de toda la Acción Católica, en sus variadas manifestaciones y formas organizativas, una renovación profunda y continua. Requiere especialmente un nuevo espíritu profético para una presencia fuerte e incisiva en la Iglesia y en la sociedad: ser la sal evangélica que da sabor, ser la luz que ilumina, ser la levadura que transforma. Requiere el coraje renovado de ir contra la corriente respecto a la cultura laicista, sin tener miedo de poner al hombre contemporáneo frente a las exigencias radicales del Evangelio.

Una Acción Católica “viva, fuerte y bella”- como dice el Papa- pero sobre todo clara y exigente en la propuesta de vida cristiana, que tenga siempre como horizonte la llamada universal a la santidad. Una Acción Católica fiel a su carisma originario que- como hemos visto – Juan Pablo II, sobre el camino de tantos de sus predecesores, ha descrito con colores tan fascinantes. Es esto una utopía? No, es una llamada, una tarea y un programa a seguir. Y esta la gran aventura del Espíritu para la Acción Católica que ya ha comenzado. El Papa gran profeta de la esperanza no cesa de alentarla: “Acción Católica no tengas miedo! Tu perteneces a la Iglesia y estáis en el corazón del Señor, que no cesa de guiar tus pasos hacia la novedad jamás descontada y nunca superada del Evangelio” (26 de abril de 2002). Y en otra ocasión “Duc in altum, Acción Católica! ten el coraje del futuro; no te dejes tomar por la nostalgia del pasado. No tengas miedo de confiarte al viento del Espíritu y de transitar la ruta siempre nueva del Evangelio. No tengas temor de renovarte” (29 de abril de 2004).

Tengamos en cuenta que está en juego una importante causa de la Iglesia – nuestra causa! Res nostra agitur! A esta causa el Pontificio Consejo para los Laicos busca dar su propia contribución. Estoy aquí como su Presidente, para reconfirmar delante de vosotros que la Acción Católica, en sus variadas formas organizativas, constituye una de las importantes prioridades en la misión de nuestro dicasterio al servicio de los laicos. Buscamos ser intérpretes fieles de la solicitud pastoral de los Pontífices en relación con esta meritoria asociación eclesial.

En conclusión, solo me resta augurar que este Congreso llegue a ser una verdadera piedra angular, un encuentro que abra en la vida de la Acción Católica una nueva estación de primavera, y que la haga redescubrir por muchos como don del Espíritu para la Iglesia de nuestro tiempo

 

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