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Vocacion y mision laical

VOCACIÓN Y MISIÓN LAICAL   

 

 

 

 

Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 6º domingo de Pascua

(29 de mayo de 2011)

Hace algunos domingos reflexionamos sobre las vocaciones especialmente a la vida consagrada y al sacerdocio ministerial. En esta oportunidad queremos ahondar en la vocación del laico que es indispensable para la realización de la tan necesaria dimensión misionera y especialmente la evangelización de la cultura. La vocación del laico se especifica fundamentalmente en la transformación de las realidades del mundo. Son los cristianos que viven en nuestras ciudades o en el campo, llamados a construir una familia, a comprometerse en sus trabajos, como docentes, políticos, como comunicadores sociales o bien en el trabajo silencioso y fecundo de la chacra…Sobre todo desde esta vocación deberemos acentuar la misión en la cotidianidad donde deberemos generar valores evangélicos, mayor sentido ético y compromiso por el bien común.

Hace décadas que venimos señalando en la Iglesia la importancia que nuestros laicos comprendan su propia vocación y misión, pero también debemos reconocer que probablemente en la práctica eclesial nos cuesta a los pastores acompañar al laicado a santificarse en su realidad cotidiana. A veces los entendemos solamente como ligados a actividades intraeclesiales, y muchos o muchísimos laicos no asumen una dimensión misionera en sus ambientes, trabajos y familias.

En el acontecimiento y documento de Aparecida se trató este tema que considero importante lo incorporemos a nuestra reflexión y examen de conciencia sobre el compromiso con esta vocación y misión. Aparecida señala sobre los fieles laicos: “Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio. El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de la realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los “mass media”, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento. Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta” (210).

El documento sigue señalando también la importancia del laicado en la acción pastoral de la Iglesia en sus distintas expresiones, así como en diversas formas de ministerialidad laical. En nuestra Diócesis contamos, como gracia de Dios, con distintas sedes de la escuela de ministerios laicales que son realmente significativas en el servicio que prestan a nuestras comunidades.

En esta reflexión quiero subrayar la importancia que adquiere en nuestro tiempo el fortalecimiento de varias asociaciones laicales, movimientos apostólicos eclesiales, y comunidades eclesiales y nuevas comunidades que señala Aparecida que deben ser apoyadas y acompañadas por los pastores: “En las últimas décadas, varias asociaciones y movimientos apostólicos laicales han desarrollado un fuerte protagonismo. Por ello, un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los Apóstoles, contribuirá a ordenar este don para la edificación de la única Iglesia” (214).

Cuando señalamos que hay una cierta ausencia de laicos católicos comprometidos en las estructuras y dirigencia social, consideramos como una de las causas la falta de formación. En este tiempo tendremos que potenciar, y así lo señalan nuestras “Orientaciones pastorales” del Sínodo, la necesidad de acentuar la formación del laicado en general, y especialmente en temas de ciudadanía, doctrina social de la Iglesia y ética social y pública. Desde ya que no se trata solo de una formación intelectual. Solo cuando ponemos en práctica lo que creemos podemos comprender más profundamente las enseñanzas de Jesucristo y ser constructores en nuestra Patria y Provincia de una cultura marcada por la esperanza.

Jesucristo, en el Evangelio que leemos este domingo (Jn.14, 15-21), termina diciéndonos con claridad esta exigencia de poner en práctica lo que creemos: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama, y el que me ama será amado de mi Padre” (21). En la comprensión y puesta en práctica de la vocación y misión de los laicos en nuestro tiempo, recae uno de los grandes desafíos de este inicio de siglo.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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