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Relaciones de la Juntas con sus propios miembros

Material de Recuerdo

Relaciones de la Juntas con sus propios miembros

Boletín de la Junta Central Mayo 1943

II De los miembros dela Junta, en general.

Analizada en el capítulo anterior la necesidad de que los miembros de las juntas, sientan y vivan la unidad indispensable que debe servir de base a la mayor eficacia de las funciones de aquéllas ; él presente tendrá por objeto poner de realce la importancia que dentro de la organización dela ACCIÓN CATÓLICAMEXICANA tienen los cargos de miembros de dichas juntas, en general y, como consecuencia, la responsabilidad de su buen desempeño y la necesidad de que todos los integrantes de las mismas posean determinadas cualidades, o cuando menos, procuren con su máximo empeño darse cuenta de esa responsabilidad que los obliga a proceder, en el ejercicio de sus atribuciones, como verdaderos dirigentes que son dela ACCIÓN CATÓLICAenla Diócesiso enla Parroquia.

Cuanto se va a decir en seguida, debe aplicarse a todos y cada uno de los componentes de la junta, incluso auxiliares y miembros de comisiones, pues a todos alcanza en sus .respectivos pues’-tos. Sin embargo, el presidente será quien más deba fijarse, por ser el principal responsable de la marcha dela ACCIÓN CATÓLICAen su jurisdicción.

Todos y cada uno de los integrantes de una junta, pueden llamarse con toda propiedad “dirigentes”. Cabe aclarar, para la mejor comprensión de lo que va a exponerse, lo que debemos entender por “dirigente”.

Un dirigente es, sencillamente, un jefe; es el superior o la cabeza de un grupo o de una organización cualquiera y que está llamado a ejercer dominio sobre las inteligencias o las voluntades de aquellos que, por don divino o por encargo, se encuentren bajo sus órdenes. Puede afirmarse que la ‘misión principal del dirigente es la de conducir.

De aquí se deduce, pues, la importancia que tiene para ese grupo o esa organización el que sus jefes sean capaces de conducirlo por el seguro sendero que ha de llevarlo al cumplimiento de sus propios fines. Y si esto es aplicable, tratándose de una organización cualquiera, cuánto más lo será si consideramos las múltiples funciones que corresponde desempeñar a las juntas dentro dela ACCIÓN CATÓLICA.Baste recordar brevemente, pues no es el fin del presente trabajo analizar dichas funciones, que las juntas, además de su principal carácter de órganos coordinadores, tienen otras atribuciones, como son la de fomento, promotora, ejecutiva.

Bien puede afirmarse que la junta es la autoridad seglar suprema dela A.C.en su respectiva jurisdicción, cuya actuación, acertada o deficiente, reflejará necesariamente sobre los demás organismos, en bien o en mal; siguiéndose de ello la existencia de una responsabilidad en igual grado para sus miembros, ya que el conjunto de éstos es lo que constituye la junta.

S.S. Pío XI, en su carta al Patriarca de Lisboa, de 10 de noviembre de 1933, le dice: “…es verdad confirmada por la experiencia cuotidiana que, por lo general, la suerte de las instituciones, pende de la pericia de sus jefes”. De poco servirá que la institución tenga unos excelentes estatutos y un reglamento impecable, sí el que ha sido llamado a aplicarlos, el jefe, es incapaz de prestarle su actuación personal vigorosa, docta y bien intencionada, que dé vida al organismo y sepa sortear los escollos que se vayan presentando.

Será pues, indispensable, que los miembros de una junta se den cuenta cabal de la importancia del cargo que desempeñan y de la trascendencia que tendrá, para todala Obra, la mayor o menor eficacia del trabajo que desarrollen en su puesto, al que han sido llamados por la voluntad de Dios. En una palabra, es necesario que tengan el sentido de responsabilidad que les infundirá un verdadero y firme propósito de no defraudar los intereses confiados a su cuidado, que son los intereses dela Iglesia, los intereses de Cristo.

De sobra sabemos que todos los socios de A.C., al participar en el apostolado jerárquico, son también apóstoles; pero los dirigentes, deben serlo en mayor grado, teniendo en cuenta cuanto se viene diciendo en los párrafos anteriores. En consecuencia, no será ocioso hacer algunas breves consideraciones sobre los sentimientos que deben guiar a todo apóstol si quiere ver coronados por el éxito sus esfuerzos.

El buen apóstol debe, en primer lugar, estar colocado dentro de la realidad de las situaciones en que tiene que obrar. El ser idealista lo aparta del camino del éxito, pues no será capaz de palpar las necesidades, espirituales, morales o materiales de su prójimo, a las que tiene que atender. Buscará para ellas un remedio ineficaz, alejado por completo del verdadero sentido práctico que debe inspirar todas las acciones del apóstol. Nuestro Señor, dirigiéndose a Zaqueo que se encontraba encaramado en una higuera, contemplando inmutable desde allí lo que abajo acontecía, le dijo: “Baja pronto, Zaqueo, que hoy mismo voy a hospedarme en tu casa”, para significarle la -necesidad de que volviera a la realidad de la tierra. Adviértase bien que N.S. le dice que El será el que va a la casa de Zaqueo y no viceversa, dándole a entender que desea-abajarse hasta la modesta morada de un hombre para compartir con éste su vida por unos momentos, y poder palpar la realidad.

Un apóstol no es sino -un instrumento que participa de dos funciones diversas, una pasiva y la otra activa. En su función pasiva, recibe de Dios la inspiración que lo hace amar a su prójimo y procurar para él todos los medios que puedan ayudarlo a alcanzar su santificación. Es una actitud menos difícil, pues supone únicamente la comprensión más o menos exacta del alcance de los mandatos del Decálogo.

La verdadera dificultad surge al considerar el aspecto activo de esa función que consiste, precisamente en saber emplear los medios que sean adecuados para alcanzar el fin que se proponga. Un cazador, por ejemplo, que posea una finísima escopeta, no podrá decirse que cumple satisfactoriamente su misión, que es la de cazar, si no tiene buena puntería.

Así el apóstol, podrá estar inspirado en las mejores intenciones del mundo; pero será un pésimo apóstol, si, al enfrentarse con la realidad de la vida, no sabe elegir el mejor camino para llegar a la nieta deseada de llevar hacia Dios a sus semejantes y se queda con Zaqueo, contemplando desde su higuera lo que pasa en la tierra, sin ser capaz de bajar a prestarles la ayuda que necesiten.

Particularizando las cualidades generales que debe tener todo dirigente, ya sean de orden religioso o de orden moral, podemos señalar como principales, la piedad, la caridad, la humildad, la abnegación. (Manual de Dirigentes de U. C. M.).

La piedad debe ser ante todo la base de la vida misma del dirigente. Si su principal función es la de conducir, ¿cómo podrá cumplirla con eficacia encaminando a sus semejantes hacia la vida eterna, si él mismo no se encuentra en estrecha unión con Dios ? ¿Podrá acaso, comunicar a los demás un amor intenso hacia su Creador, si antes no siente arderse en ese amor?

La caridad es creadora de unidad y de concordia. Todo dirigente que sienta celos de la envidia por el éxito de sus colaboradores, únicamente logrará dividir el esfuerzo común, haciendo que cada cual procure únicamente el triunfo de sus propias pretensiones. La caridad le enseñará, además, a mandar con afabilidad, sin herir a los que le deben obediencia; también le enseñará a aceptar a sus colaboradores o subordinados tales como sean y aún a sacar partido de sus mismos defectos, considerando que muchas veces, éstos son únicamente el producto de una mala dirección. Y sobre todo, le enseñará a perdonar sinceramente y sin reservas las faltas en que puedan caer todos los que tiene que tratar en el desempeño de sus funciones.

La humildad hará que el dirigente no considere el puesto al que Dios lo llama como un motivo de vanagloria, sino como servicio que le exige la causa de Cristo, quien nos dice: “el mayor entre vosotros, pórtese como el menor; y el que tiene precedencia, como sirviente”. (Luc. XXII, 26). La humildad le confortará en el fracaso y le enseñará que su misión no es la de recoger, sino la de sembrar. Sólo la humildad permite aceptar los reveses y reconocer y reparar las culpas. Ha de tener presente que la violencia no puede engendrar, como reacción, sino la violencia que frustra cualquier buen propósito. “Bienaventurados los mansos de corazón, porque ellos poseerán la tierra”. Con humildad, el dirigente podrá conquistar los espíritus más rebeldes.

La abnegación le hará cumplir con diligencia y exactitud los deberes de su cargo, aun contrariándose a sí mismo. No es verdadero jefe el que no sabe vencerse, imponiéndose a la fidelidad de la palabra empeñada. Insensiblemente sucumbirá si ama la paz egoísta que lo libra del sacrificio. Debe olvidarse de su personalidad, entregándose por completo al desempeño de su misión.

El buen jefe, además, no será rutinario. La rutina mata toda iniciativa y la vida misma del organismo. Debe tender a superarse continuamente examinando siempre sus actos y enmendando los que encuentre equivocados, aunque antes le hayan parecido perfectos. Debe ser maestro de sí mismo.

No debe ser tímido en el obrar. El tímido es muchas veces duro, indeciso, violento, conquistándose con ello no pocas malas voluntades. Debe alejar de sí a los aduladores, pues éstos ahuyentan los verdaderos amigos.

El dirigente, debe también, dar ejemplo de puntualidad. No hay nada que cause mayor desaliento a los demás que el tener que estar esperando durante largos minutos la presencia de aquel que va a presidir la reunión. A su llegada con retraso, sólo encuentra el fruto que debiera ser abundante, se ve mermado hasta hacerse casi estéril.

En el desempeño de su cargo, debe tener todo el interés que la obra merece, procurando interiorizarse de todos los detalles de la cuestión que se debate, a fin de evitar lo que muy frecuentemente sucede, de que se tomen acuerdos poco meditados y a veces, hasta disparatados, sólo porque los integrantes de la junta se han limitado a aprobar las proposiciones que se presentan sin estudiarlas, sin medir su alcance y su posibilidad de ejecución.

Todas estas cualidades suscintamente acabadas de exponer, pueden resumirse en estas dos palabras: ESPÍRITU SOBRENATURAL, compuesto de dos elementos, la convicción de que todo don perfecto viene del Padre de las luces y la recta intención, buscando en todo la gloria de Dios, trabajando y sufriendo por el advenimiento del Reino de Cristo, que no es otra la misión dela ACCIÓN CATÓLICA.

C. R. F,


III De los miembros de las juntas, en particular.

A.-Del Presidente.

Conviene advertir, antes de entrar a considerar las funciones del presidente, que se apuntarán las que corresponden a los presidentes de juntas parroquiales, en atención a que, a nuestro juicio necesitan mayores orientaciones. Fácil será referir cuanto se diga al campo diocesano. A mayor abundamiento, cuando se trate de a’lgún punto importante, se tendrá cuidado de hacer la mención que sea indispensable.

a)  El artículo 91 de los Estatutos Generales dela A.C.M., nos dice quela Junta Parroquialrepresenta a todala Acción Católicaen la jurisdicción dela Parroquia; teniendo sus funciones propias como órgano coordinador, promotor y ejecutivo, que señala el diverso artículo .93.

De aquí se deduce como más arriba se ha dicho, que está investida de la suprema autoridad de Acción Católica en todo el ámbito parroquial, aunque dependiente, claro está, dela Junta Diocesana, y por medio de ésta dela Junta Central(Art. 91, en relación con el 70).

Correspondiendo al presidente la jefatura dela Juntapara dirigir y encauzar sus actividades, podrá comprenderse que, aparte de ser la primera autoridad seglar, recae sobre él en considerable proporción, la responsabilidad de la buena marcha de todala Acción Católicaenla Parroquia. Ellodebe inducirlo a esforzarse, más que ningún otro a llenar fiel y cumplidamente su cometido, procurando hacer resaltar en sí mismo las cualidades que más arriba se han señalado, como indispensables a todo buen dirigente.

Los Estatutos Generales son parcos en materia de disposiciones concretas, por lo que toca a las funciones de los presidentes de las juntas, particularmente de las parroquiales. De aquí que tengamos necesidad de valemos de la aplicación, por semejanza de razones, de la que dichos Estatutos y los particulares de cada Organización, disponen para los presidentes de comités así como de las prácticas que la costumbre ha consagrado, a fin de presentar un cuadro más o menos completo, de sus atribuciones.

b)  Parece conveniente iniciar su estudio, recordando la manera cómo es designado el presidente parroquial. El artículo 94, fracción I de los Estatutos Generales, nos dice que es nombrado por el Párroco; (tratándose de presidente diocesano, por el Ordinario, Art. 80, frac. I)., sin que haya lugar a elección de ninguna especie. Este precepto confirma lo que se acaba de apuntar, acerca de la trascendencia del cargo de presidente, al reservarse su designación al representante dela Jerarquíaque necesita en ese puesto, en primer lugar, un elemento leal y adicto en absoluto y en segundo, que tenga la mejor preparación y capacidad que sea posible para llenar cumplidamente sus importantes funciones, y cuya actuación ha de reflejarse necesariamente en la marcha de todala Acción CatólicaParroquial.

Inútil parece citar el precepto del artículo 107 que dispone que la participación de los miembros en las juntas es personal, para deducir que no será posible designarle un sustituto en el seno de dichas juntas. Si llegare a faltar en definitiva, por ausencia permanente, por enfermedad o por cualquiera otra causa; será necesario quela Autoridad Eclesiásticahaga nueva designación para llenar la vacante. Tratándose de presidente parroquial, durará en su encargo un año y si es diocesano, dos (Art. 101).

c)  El presidente convocará a la junta para celebrar sesión ordinaria, a lo menos dos veces al mes; teniendo facultad de llamarla extraordinariamente cuando a su juicio así sea necesario o cuando se lo pida la tercera parte de sus miembros como mínimo. (Art. 105).

Sin embargo, en los casos urgentes, los presidentes de las juntas resolverán lo que juzguen pertinente, oído el parecer del Asistente Eclesiástico; debiendo dar cuenta de su actuación a la junta en la sesión siguiente (Art. 111). Aunque no es difícil comprender la razón de este precepto, a que puede presentarse alguna circunstancia en que no sea posible esperar la convocación de la junta, que necesariamente es lenta, por lo que el presidente queda capacitado para resolver; debe usar de esta facultad con suma prudencia y únicamente cuando en verdad el caso lo amerite. De lo contrario, hay el riesgo de caer en una posible dictadura.

La convocatoria a sesiones, se hará enviando a cada miembro de la junta la “Orden del Día” que será cuidadosamente preparada por el presidente en unión del secretario (Art. 106). La “Orden del Día”, es la lista en que se anotan los diversos asuntos que se van a tratar en la sesión y es muy útil para la eficacia de la discusión, supuesto que los miembros de la junta, asisten ya preparados para tratar los puntos que se van a estudiar. Es muy recomendable que se tenga especial cuidado de no omitir el envío de esta “Orden del Día”.

De todas las sesiones, ya sean ordinarias o extraordinarias, deberá levantarse acta en un libro especial, que deberá firmar el presidente y el secretario (Art.106, infine). Se hace un especial recomendación a los señores presidentes que cuiden el cumplimiento de este precepto que en la práctica, desgraciadamente, algunas veces es descuidado. Es muy importante la existencia del libro de actas, pues en él se irá escribiendo la historia dela Acción Católicaenla Parroquiay servirá, además, para poder dar los informes que soliciten los organismos superiores y hacer las aclaraciones necesarias.

Presidirá las sesiones, asambleas y demás actos a que concurrala Acción CatólicaParroquial. Conviene mucho hacer una observación a este respecto. Por supuesto que el señor Cura o el señor Asistente Eclesiástico, tratándose de Juntas Diocesanas, asisten a las sesiones con pleno derecho propio; pero no les corresponde presidir, sino que tienen sus funciones señaladas por los Estatutos, entre otras, como principal, la de intervenir cuando lo estimen necesario y suspender los acuerdos que juzguen inconvenientes. También procede mencionar la mala práctica que en algunos lugares se observa de que, si por sus múltiples ocupaciones no puede asistir el Párroco a la sesión, deja de celebrarse con detrimento de los asuntos, que quedan pendientes. Esto no debe ser, pues no existe ningún precepto estatutario que así lo indique. Claro está que si se trata de tomar determinación de trascendencia que haga indispensable oír la opinión del señor Párroco, se suspenda la decisión hasta no hablar con él; pero siempre habrá asuntos que puedan irse adelantando, como la lectura del acta anterior, del corte de caja, de los informes y de la correspondencia, etc., que notoriamente pueden pasarse sin la presencia del Asistente.

El presidente dará todo su apoyo a los presidentes de las comisiones, a fin de que puedan cumplir satisfactoriamente su cometido y estará pendiente de que estén debidamente integradas, promoviendo los nombramientos que sean necesarios cuando ocurra alguna vacante. Además, como jefe nato de ellas tiene facultad de asistir a sus reuniones e intervenir en las discusiones y acuerdos que se tomen.

El presidente estará en comunicación frecuente con el Párroco o con el Asistente Eclesiástico, a fin de poder interpretar debidamente las normas dela Autoridad Jerárquicay para enterar a aquellos sobre la marcha de la junta.

Empleará los medios que estén a su alcance, a fin de que los demás miembros de la junta asistan a las sesiones, dándoles desde ‘luego ejemplo de puntualidad, y para que cumplan debidamente las funciones que tengan encomendadas. En las discusiones, usará de toda prudencia y cavidad, cuando el caso lo requiera para que no se altere la buena armonía y compañerismo que debe reinar entre todos los miembros. Gozará del voto de calidad, en los casos en que se empate la votación; esto es, que cuando haya el mismo número de votos en pro y en contra, él decidirá qué opinión debe prevalecer. (Art. 110).

Está obligado a revisar el corte de caja que presente el tesorero y lo firmará en unión del señor Cura. Además, autorizará los gastos que deba hacerla Tesorería.

Firmará la correspondencia en unión del Secretario.

En las solemnidades, será el portador de la bandera de la junta, función que podrá compartir con los demás miembros; pero procurando empuñarla cuando haya que rendirla ante el Santísimo Sacramento.

Pondrá especial cuidado en atender las citas que reciba de ‘la Junta Diocesana, bien sea para reuniones especiales de presidentes o para los círculos de estudio; vigilará también que presten igual atención los presidentes de las comisiones, por lo que toca a las citas que les envíen las correspondientes diocesanas.

Procurará  conocer a   fondo  los  Estatutos, así como los Reglamentos, a fin de estar capacitado para cumplirlos él mismo y para hacer las observaciones pertinentes a ‘los demás miembros y auxiliares, encaminadas a que también las cumplan.

El presidente tiene facultad para nombrar el secretario, oído el parecer de los demás integrantes de la junta; pudiendo recaer el nombramiento en persona ajena a ésta, aunque entonces, sólo tendrá voz, pero no voto. Dicha facultad puede considerarse concedida, aplicando por semejanza el artículo 67 de los Estatutos, que la confiere al presidente dela Junta Central, precepto que, a su vez, concuerda con las disposiciones similares dictadas para los comités; estando además, sancionada esta práctica por la costumbre. Es natural que, siendo el secretario el colaborador más cercano al presidente, necesite éste depositar en él su confianza, lo que podrá hacer eligiéndolo libremente. Adviértase bien que el precepto invocado, dice que el nombramiento se hará oyendo el parecer de los demás miembros de la junta. Esto no quiere decir que serán los que decidan en definitiva por medio de la emisión de su voto. El presidente oirá su parecer y es de suponerse que si se dan razones de peso en contra de su candidato, se abstendrá de insistir en el nombramiento; pero si juzga que dichas razones no son atendibles, podrá hacer la designación libremente.

d)  El presidente cuidará, con todo celo que se cumplan, por parte de la junta, todas las funciones generales que los Estatutos imponen. No será posible hacer una enumeración completa de estos casos; pero a continuación se mencionarán los principales.

1.-La reunión dos veces al año, de los comités de las dos ramas, la masculina y la femenina para tratar los asuntos que señala el artículo 11 de los Estatutos Generales, que disponen que dichas reuniones se celebren bajo la presidencia  de  la  respectiva  junta  coordinadora.

2.-Recopilará los datos necesarios para contestar los cuestionarios que reciba de la junta diocesana y que la parroquial debe enviar. (Art. 114., frac. 2).

3.-Hará que la junta vigile que las comisiones rindan oportunamente sus informes a las diocesanas correspondientes.

4.-Cuidará que la junta haga la designación de delegados propietarios y suplentes, a las asambleas plenarias diocesanas.

5.-Promoverá en el seno de la junta la celebración, antes de la festividad de Cristo Rey, dela Asamblea PlenariaParroquial.

6.-Promoverá, igualmente, lo que sea necesario para organizar los actos con que se honre la festividad de Cristo Rey, que es la patronal de todala Acción CatólicaMexicana. Asimismo, someterá a la junta los acuerdos encaminados para rendir el homenaje quela Junta Centralha ordenado, a S.S. el Papa el día 29 de junio de cada año.

7.-Podrá, discrecionalmente, invitar para que asistan a las sesiones, los representantes de las asociaciones confederadas, cuando se traten asuntos relacionados con ellas. También podrá citar a cualquiera persona que pareciere convenir, cuando se espere pueda dar especial luz con su consejo. (Art. 104).

8.—Vigilará que la junta conserve relaciones de cordial y mutua colaboración con todas aquellas organizaciones de carácter religioso, social, educativo y cultural, que aun cuando no estén contenidas en el cuadro dela Acción CatólicaMexicana, tienen sin embargo, algunos fines de acuerdo con su programa y pueden darle importante ayuda. (Art. 112).

9.-Estará pendiente que las diversas Organizaciones de Acción Católica de la jurisdicción parroquial (o diocesana, en su caso), den oportuno aviso a la junta de la celebración de los actos solemnes extraordinarios, a fin de que ésta pueda evitar los inconvenientes que pudieran surgir en orden a los fines generales dela Acción Católica.(Art. 113). Este precepto debe entenderse que se refiere, muy principalmente, a los festivales que suelen organizarse, bien sea para arbitrarse fondos o para cualquiera otra finalidad, como kermesses, representaciones teatrales, etc. En algunas ocasiones, parece que no se toma muy en cuenta el espíritu que debe guiar estos actos, olvidando la estricta moral que debe presidirlos, teniendo en consideración que quienes los organizan, lo hacen como miembros de una entidad que forma parte, oficialmente como colaboradora dela Iglesia. Sinembargo, también se refiere el precepto citado, a cualquier otro acto, de índole diversa a la apuntada, como celebración de congresos y asambleas, organización de campañas, colectas, etc., que aunque bien intencionados y que no puede hacérseles, en sí mismos, ninguna objeción, resulten inconvenientes por motivos especiales por ejemplo, debido a coincidencia de fechas, inoportunidad y demás. Este es un precepto que suele olvidarse con mucha frecuencia y cuya inobservancia puede originar males a nuestra Organización.

C. R. F.

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