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La Eucaristia en la espritualidad del laico

 

LA EUCARISTÍA EN LA ESPIRITUALIDAD DEL LAICO (AC, 25-10-09)

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Agradezco la invitación y esta oportunidad que se me brinda en poder dirigir mis palabras ante unos laicos tan cualificados, máxime cuando en estos últimos años no hago sino “chupar banquillo” -permitidme la expresión- con muchas horas de vuelo en el confesonario de la Catedral y en mi pertenencia a la Iglesia del silencio, como muchos de vosotros, mediante el estudio, la formación y el testimonio entre seminaristas, sacerdotes y laicos, en Toledo, Talavera y Madrid.

1.      DATOS DE REFERENCIA EN ESTE TIEMPO DE CRISIS.

a)  En primer lugar la desconexión entre Eucaristía y vida, y viceversa. La Misa diaria o dominical tiene escasa incidencia en el hombre actual. Como me decía don Jesús Lobato, lobo de mar en aguas apostólicas, la Misa comienza pero no termina nunca porque dura toda la jornada, desde que nos levantamos con la oración de la mañana, hasta el descanso de la noche.

b)  El segundo hecho, relacionado con el primero, es la banalidad con que tratamos a la Eucaristía. Los cristianos, los militantes estamos tan acostumbrados a tocar las cosas santas que corremos el riesgo de no valorar lo que con tanta facilidad se nos da por pura gracia; esto ocurre singularmente con la Eucaristía, misterio cotidiano al que tenemos fácil acceso.

Mis reflexiones quieren dar respuesta a ambos datos. Lo quiero hacer no de forma sistemática, ni académica; también desde mi testimonio, en este año santo sacerdotal, y por tanto, Eucarístico. Al fin y al cabo sacerdocio -común u ordenado- y Eucaristía van siempre juntos. Os felicito por haber escogido este tema de ponencia en el comienzo de curso para toda la Acción Católica, pues año sacerdotal significa para vosotros subrayar la identidad de lo que sois por el bautismo y mediante el cual participáis del sacerdocio bautismal de Cristo, de tal forma que la subrayar la Eucaristía en vuestra espiritualidad laical, que os especifica como carisma de inserción en el Pueblo de Dios, estáis subrayando al mismo tiempo que también vosotros sois sacerdotes eucarísticos de la Nueva Alianza.

Llevo unos días, les confieso, que cuando me pongo a rezar, a estudiar, a celebrar la Misa diaria, me paro un momentito antes para centrarme, a fin de que lo que confiesan mis labios coincida con lo que siente mi corazón, y que toree de cara, no al tendido, sino a Jesucristo quien me ve y está conmigo. Con ello quiero evitar el peligro de los fariseos, intérpretes estrictos de la Ley, exigentes consigo mismo y directores espirituales del pueblo, a los cuales Jesucristo acusa de ser sepulcros blanqueados. Con ello yo pretendo evitar sencillamente quedarme en la hojarasca y superficialidad de la vida, y en centrarme en aquello que estoy de verdad haciendo y para quién lo estoy haciendo. Yo tengo la certeza que Cristo me ve, y lo demás y los demás me importan bien poco.

c)  Quisiera apoyarme en algunos datos significativos que ofrecía aquella Encuesta parroquial 2002 en la cual algunos de vosotros trabajasteis y que corrobora los dos peligros señalados respecto a la Eucaristía: divorcio entre Eucaristía y vida; banalización de lo más sagrado.

1º Llama la atención que el Credo real y particular del Pueblo de Dios en esta diócesis de Toledo es significativo el alto porcentaje que creen en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía (el 91,2% del total), si sumamos los que creen firmemente (el 72,10%) a quienes simplemente creen con dudas (el 19,10%). Es decir, que de 573.229 habitantes que conformaban estimativamente la Diócesis en el año 2001 y en todos sus territorios de Toledo, Cáceres y Badajoz, 522.785 diocesanos creían en la presencia de Jesús en la Eucaristía. No obstante un 8,8% sostenían no creer en nada (= 50.444 diocesanos). Ante siete verdades del Credo particular de esta Iglesia, creer en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía constituye la segunda

verdad más afirmada, tras la de Dios Creador. Es decir, el Credo real de los diocesanos de Toledo es: “Creo que Dios ha creado el mundo, que Jesucristo está presente en la Eucaristía, que existe el cielo y otra vida después de la muerte, que existe el infierno, que nuestro cuerpo resucitará y que el Papa es infalible”. He aquí el Credo fáctico de nuestro Pueblo, por orden del porcentaje de la Encuesta. Resulta curioso que el estudio comparativo por edades arroja que en el Credo para los diocesanos comprendidos entre 25 a 44 años la verdad más creída es la presencia de Cristo en la Eucaristía, mientras que para los comprendidos entre 15 a 19 años, ocupa el tercer lugar. Seguro que la situación sencillamente habrá cambiado en estos últimos 7 años, pero para nosotros puede ser un dato significativo.

2º El segundo dato se refiere a la frecuencia de asistencia a Misa, partiendo de que existe una tendencia a aumentar el grado de participación en este tipo de respuestas ante el respeto humano que el encuestado siente ante su encuestador. Quienes van todos los domingos y más días a Misa son el 21,9% (= 125.537 habitantes); los que acuden normalmente todos los domingos son el 20,5% (117.512 personas); algunos sólo la mayoría de los domingos (7,9% = 45.285 habitantes). Los de escaso o nulo cumplimiento asciende al 49,8% (= 285.468 habitantes). Como se puede comprobar el 50% afirma escaso cumplimiento dominical; solo un 21,9% en el mejor de los casos cumpliría adecuadamente; siempre relativizando este dato, por la tendencia a exagerar.

3º Si, además, pasamos a la frecuencia de comunión Eucarística podemos resumirlo como sigue: Todos los domingos (13,6% = 77.959 habitantes); normalmente todos los domingos (6,9% = 39.553 habitantes); que junto a la mayoría de los domingos (4,9% = 28.088 habitantes), suman el 25,4% (= 145. 600 personas); algunos domingos y algunas fiestas, el 35,8% (= 205. 216 habitantes) y nunca, el 38,8% (= 222. 413 habitantes). Por consiguiente contrastan el 25,4% de la población que comulga con cierta frecuencia al resto de los cristianos que se alimentan escasamente del Sacramento de los Sacramentos.

4º Pero si comparamos la frecuencia de confesión con el de comunión eucarística podemos llegar a la conclusión que la gente comulga más que confiesa. Veamos en primer lugar la frecuencia de confesión. Quienes lo realizan con frecuencia aceptable -varias veces al mes o al año- asciende al 34,9 % (= 200.057 habitantes); cumplen el precepto mínimo de confesar al menos una vez al año el 23,7% (= 135.855 diocesanos); mientras que el 41,3% (= 236.744 habitantes) no cumplen ni siquiera con este precepto mínimo. En resumen una tercera parte muestra cierta frecuencia, mientras que dos tercios no. Si nos referimos comparativa para varones o mujeres, llama la atención que sólo una cuarta parte de los varones tienen una frecuencia aceptable, mientras tres cuartas partes es deficiente; en las mujeres se eleva a algo más de la mitad (53,36 % ); el 23,91% sólo lo hace una vez al año -casi una cuarta parte-; y queda el 29,44% que no cumple con los mínimos requeridos. En conclusión, cuando se trata de confesión frecuente, las mujeres acuden el doble que los varones; se equiparan en el cumplimiento anual de mínimos.

5º Finalmente, si comparamos comunión eucarística y frecuencia de confesión, obtendremos los siguientes datos sobre la coherencia entre ambos datos cruzados. De los que comulgan con cierta frecuencia (el 25,4% de los diocesanos = 145.600 habitantes), confiesan con frecuencia aceptable el 86,30 % (= 125.652). Por tanto es preocupante que el número de comuniones frecuentes supere en un 13,60% (= 19.801 personas) al de confesiones habituales. Con todo, dado el respeto humano en este tipo de respuestas que comprometen ante el encuestador -repetimos-, nos tememos que las cifras negativas serán mayores, desgraciadamente.

Si, en este mismo cruce de datos, comparamos varones y mujeres, observamos que la frecuencia de confesión en los varones que comulgan asiduamente va decreciendo conforme al crecimiento de edad, exactamente al contrario que las mujeres (crecen las confesiones de quienes comulgan con la edad[1] . Además, la diferencia entre varones (24,8%) y mujeres (61,4%) es apabullantemente favorable a las mujeres, pues aquellas que comulgan con frecuencia, confiesan 36,6 puntos por encima de los varones. De todos estos datos estadísticos, meramente aproximativos, se ha de sacar una conclusión: si queremos potenciar la Eucaristía en la vida cristiana de los fieles, hemos de potenciar así mismo la debida preparación espiritual para la Comunión Eucarística, también mediante el recurso frecuente al Sacramento de la Reconciliación, del cual se distingue netamente, pero hacia el cual se orientan todos los demás Sacramentos.

2.      LA EUCARISTÍA, CENA QUE RECREA Y QUE ENAMORA.

“Escribe el ángel de la iglesia de Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fidedigno y veraz, el que está en el origen de las cosas creadas por Dios: Conozco tus obras, y no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente. Pero eres sólo tibio; ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca. Además, andas diciendo que eres rico, que tienes muchas riquezas y nada te falta. ¡Infeliz de tí! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo? Si quieres hacerte rico, te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego, vestidos blancos con que cubrir la vergüenza de tu desnudez y colirio para que unjas tus ojos y puedas ver. Yo reprendo y castigo a los que amo. Anímate, pues, y cambia de conducta. Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí, lo mismo que yo también he vencido y estoy sentado junto a mi Padre, en su mismo trono. El que tenga oídos, que escuche lo el Espíritu dice a las iglesias”(Ap. 3, 14-22).

“He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguien me escucha y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos, yo con él y él conmigo” (Ap. 3, 20). Resulta curioso que esta Carta que el Apocalipsis dirige a la Iglesia de Laodicea, -una de las menos prósperas espiritualmente, digna de lástima, en medio de una sociedad rica y floreciente-, contenga quizás una de las frases más bonitas de la Escritura. Esta carta también se dirige hoy a cada uno de los militantes de AC, y a cada uno de sus equipos y Movimientos Apostólicos. La Comunidad cristiana de Laodicea había gozado de cierto florecimiento, pero en el momento en que recibe su Carta, no era ni fría, ni caliente, sino indiferente, y llena de orgullo; por eso el apóstol afirma que la escupirá de su boca. Cristo está de pie, iba de paso pero se queda junto al alma. Llama insistentemente, con acción continua, tal y como el tiempo del verbo en griego subraya (presente continuo para hacer una llamada siempre contemporánea) -“¿Qué tengo yo que me amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que, a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras?”-.

Sorprende el giro gramatical realizado por el autor, que en lugar de dirigirse de tú a tú a la Iglesia de Laodicea, al introducir “si alguien”, quiere dejar abierta esta invitación a cualquier lector. Cristo dice: He aquí que estoy a la puerta y llamo (con insistencia y constancia); -dos condiciones- si alguien me escucha y si alguien me abre -y la puerta siempre se abre libremente desde adentro-, entraré y me transformaré de peregrino que llama a tu puerta, en anfitrión que te invita a Cenar. Y ¿cuáles serán los platos a degustar? Cristo mismo se transformará en Comida y Bebida Eucarísticas. A propósito de esto recuerdo una anécdota en mi vida, una vez que me pidieron los jóvenes de Villacañas, parroquia en la que estuve destinado, que les explicara la Eucaristía. Subrayé entonces el aspecto de banquete, sin perder de vista el de sacrificio y de presencia, al presentarles la Eucaristía como una unidad de dos platos importantes en esta Cena: la liturgia de la Palabra, partida y repartida para las gentes; y la liturgia Eucarística, con el pan partido para alimento del alma: “con pan y vino eucarísticos se anda el camino”. Pero volvamos al texto bíblico. Bellas palabras del Apocalipsis -libro para la esperanza del pueblo de Dios en las vicisitudes históricas del apostolado en Toledo- a las cuales, Juan de la Cruz, hace un comentario lapidario: La Eucaristía es la Cena que recrea -porque renueva el amor herido o perdido- y enamora -porque hace crecer el amor-. “Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión -pasado-, el alma se llena de gracia -presente- y se nos da la prenda de la gloria futura” (Antífona).

3.      LA EUCARISTÍA, EL SACRAMENTO DEL AMOR.

No podemos pasar por alto que la Eucaristía -no el matrimonio- es el “Sacramento del Amor”, el sacramento que cura nuestro corazón esponsal, sea cual fuere la vocación concreta: matrimonial, laical, sacerdotal o virginidad consagrada. El sacramento del amor: celebración de la Misa, y una racioncita diaria de visita al Santísimo cura, perfecciona y eleva nuestro amor primero. Cuántos sacerdotes, cuántos consagrados, cuántos casados, cuántos laicos y militantes de Acción Católica general y especializada conozco que un rato de oración ante el Sagrario le ha renovado el corazón, Cristo Eucaristía se lo ha ensanchado, se lo ha ampliado, dándoles nuevos horizontes, y le ha servido de motor en el compromiso apostólico encomendado.

“Amar a alguien significa decirle: tú no morirás para siempre” (G. Marcel). El amor más fuerte que la muerte, el amor que supera la muerte y finitud del hombre-criatura. Cristo ha podido dar cumplimiento pleno a este misterio Eucarístico. Cuando dos amigos, dos esposos, se regalan algo como expresión de su amor, parece que el regalo corre mejor suerte que el donante, porque puede permanecer siempre con el amado. “¿Cómo querría ser lo que te doy / y no sólo el que te lo da” (Pedro Salinas, en la poesía “La voz a ti debida”). La Eucaristía es precisamente este sacramento en el que el Donante se convierte en Don o Regalo gratuito: Cristo se convierte en el Pan y el Vino que él mismo distribuye como regalo de renovación para nuestro amor esponsal. Así pues, la Eucaristía es la Cena que recrea y que enamora.

4.      CUADRATURA DEL CÍRCULO O CIRCULARIDAD DEL CUADRADO: SANTIDAD Y EUCARISTÍA.

Todos tenemos vocación a la plena realización de la persona o santidad; aspiración que corresponde al deseo natural de felicidad inscrito en corazón del hombre. Es, parafraseando un libro de Dhärendorf, la “cuadratura del círculo o la circularidad del cuadrado”. Imaginen un cuadrado que tenía un sueño, convertirse en círculo. Pensó que quizás si se transformara en triángulo lo conseguiría; pero no fue así, porque tenía aristas más duras. Lo más parecido al círculo es el octógono de las ocho bienaventuranzas, compendio de la santidad cristiana. Como afirmara el gran Miguel Ángel, cuando tenía delante una mole de mármol, quería rescatar la imagen que contenía, liberando con su cincel la ganga que le sobraba. Cristo quiere rescatar y realizar la imagen de Dios que lleva impresa en tí. Con todo lo más importante en la realización de este sueño adámico, no es tanto convertir un cuadrado en un círculo, sino sobre todo donde situar su centro geométrico de gravedad. Cristo es la única norma universal y singular a un mismo tiempo, a quien deben imitar los cristianos para ser santos. La circularidad del cuadrado se realiza y celebra cada día en la Eucaristía, momento verdaderamente redondo, la “perfecta cuadratura del círculo”. La Eucaristía constituye el centro de gravedad sobre el cual gira toda la jornada de un laico; en caso contrario se transforma en un esqueleto sin vida.

La Religión cristiana se fundamenta en hechos rigurosamente históricos, a diferencia de otras religiones de la tierra: Encarnación, Revelación, Muerte y Resurrección, Iglesia. En la Eucaristía, el momento de la Cruz en el Calvario es tan importante (el Acontecimiento histórico de Cristo), que el Maestro quiso inventarse un modo -la celebración de la Misa- para que todos estemos presentes y participemos de este mismo amor con que Cristo se entrega de una vez para siempre. Las celebraciones de Misas se multiplican, pero el Sacrificio de la Cruz que se celebra es único en la historia. En cada Eucaristía se celebra dicho sacrificio de la Cruz, pero de forma incruenta, es decir sin derramamiento de sangre, y bajo el velo de las especies eucarísticas. Sabe a pan, pero es el Cuerpo de Cristo; sabe vino, pero no queda sustancia alguna de vino, sino que es la Sangre de Cristo. Me emociona saber que todo cristiano, también yo, tengo la oportunidad de estar presente en el Calvario.

En una homilía en Piedraescrita (Montes de Toledo), mi segundo pueblo, elegí a dos niños, uno no había hecho la comunión y no tenía por qué distinguir el pan Eucarístico del pan normal; y otro que había hecho la primera comunión, y distinguía uno y otro pan: estar en gracia de Dios, tener uso de razón y saber a quién recibimos. Les recordé a los niños aquel anuncio televisivo: “¡azúcar, no! (anuncio de “Juver”, zumo de frutas); ¡pan, no!. Ya no es pan, ya no es vino; es el cuerpo y sangre de Jesucristo”. Estas tres condiciones que se requieren para la primera comunión, deberíamos repetirlas de vez en cuando también para todos. Sobre todo: quién es el que recibe, y a Quién recibimos sustancialmente. De ahí la excelencia de este Sacramento, porque no sólo contiene la Gracia, sino también al Autor de la Gracia en persona, presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad; tan presente está, que la Iglesia tuvo que inventar un adverbio para explicitar la máximas de las presencias; está presentísimo: “sustancialmente” presente. Recordemos las palabras de Tomás de Aquino, quien competía con Buenaventura, para presentar un himno eucarístico. Cuando San Buenaventura leyó el “Adorote devote” rompió la composición que él había hecho por su parte. Le impresionó que Tomás afirmara: “la fe confiesa que Jesucristo está presente, escondiéndose -como jugando al escondite- bajo las especies de pan y de vino”; y mientras duran estas, Cristo esta presentísimo, sustancialmente presente, sacramentalmente eficaz a quienes le visitan en el Sagrario.

De la “Pasión según Mel Gibson” hay dos cosas que sabéis que me impresionan: la inmensa gota de agua que cae de los cielos y comienza una tormenta en el momento de la muerte de Cristo en la Cruz, en el Calvario; es una lágrima gigante del Padre que tiene misericordia de su Hijo y que se conmueve por cada uno de nosotros en Él. La muerte y resurrección de Cristo ha abierto los cielos de la misericordia para con el hombre. Y -segunda cosa- el detalle con el cual el director de la Película cuida cada gota de sangre, porque, como dice Santo Tomás también en el “Adorote devote”, “una sola gota de sangre de Cristo es capaz de redimir al mundo entero”. Cristo quiso derramar todas las gotas de sangre por tí, hasta el punto que quedándose sin ella, de su costado manó la última gota de sangre y otra de agua, porque ya no le quedaba más en su corazón. Es una película muy dura, tan cruda como la realidad que encoge el corazón; pero es que fue como sucedió, e incluso hasta se queda corta en crueldad. Crueldad viene de algo que está crudo, como un fruto joven, Jesucristo, que no le ha dado casi tiempo a madurar, y que pende del árbol de la Cruz, otro árbol diferente al que colgaba un fruto en el Paraíso con Adán y Eva. Pensemos, pues, que el Hijo de Dios, el más bello de los hombres, cuando estaba colgado en la Cruz, no tenía figura de hombre (cumplimiento de la profecía del Siervo de Isaías), estaba desfigurado por los golpes, madurado cruda y prematuramente, por nuestros pecados, por tí. “Me amó y se entregó por mí”. Pablo emplea un verbo que significa un amor en exceso, como cuando el vaso -el cáliz- se vierte ante la gota que lo colma y hace que se derrame hasta la última gota de sangre del Señor. Y se sigue entregando por tí y por mí, por nosotros, cuando en las palabras de la consagración el sacerdote presenta el cuerpo partido, roto y la sangre derramada de Cristo, palabras que subrayan el aspecto sacrificial en las palabras de la consagración.

5.      EL TESTIMONIO EUCARÍSTICO DE LOS SANTOS.

a)  Testimonios de los santos no faltan para valorar la Eucaristía. Tal y como nuestra Liturgia visigótico mozárabe proclama en la elevación eucarística: “Lo Santo, para los santos” (Sancta, sanctis). El

Santo de los Santos que santifica, es decir, Cristo Eucaristía; para los santos o cristianos. Hay otra expresión que me llama la atención y que se repite varias veces en nuestra liturgia: “Señor, tu sabes que no nos lo callamos”. Muchos de estos antepasados nuestros que comulgaban a la puerta de los templos les esperaba el martirio, la persecución o la pérdida de su trabajo y otros derechos fundamentales de la persona humana.

b)  Entre los santos de los altares, hemos oído a San Juan de la Cruz, pero también podríamos añadir a San Juan de Ávila, patrón del Clero español: viendo la ligereza con que un sacerdote celebraba la Eucaristía, gritó: ¡trátale bien, que es Hijo de buena madre! O a otro, que tras la comunión eucarística, salía rápido para su casa sin acción de gracias, mandó a sendos monaguillos con los cirios encendidos como si se tratara de la distribución del viático o de una procesión del Corpus Christi. “Se non e vero, e ben trovato”. “Preferiría antes estar sin pellejo que sin devoción a la Virgen”, otras de sus máximas marianas, bien aplicable a la Eucaristía y que el laico, el militante debe repetirse sin cesar: “preferiría estar sin pellejo, antes que sin Eucaristía”. Sin Eucaristía es imposible espiritualidad seglar, ni espiritualidad cristiana. Sin Ella no podremos afirmar con verdad como San Pablo: “no soy yo; es Cristo quien vive en mí”. O aquella otra: “para mí la vida es Cristo” (emoi to sen estí Xristós). La Iglesia hace la Eucaristía, y la Eucaristía hace la Iglesia; la Eucaristía hace al apóstol seglar, lo conforma a Cristo por sí misma y lo configura de forma eficaz. De ahí que el culmen de su identidad es eucarística -“haced esto en memoria mía”- y que el culmen de su apostolado no sea otro que la Eucaristía, cima de la Evangelización.

c)  Recordemos, queridos militantes, también a Santo Tomás de Aquino, mencionado con anterioridad. El símbolo Eucarístico escogido por Tomás de Aquino para su himno, titulado “Adoro te, devote”, es el del pelícano, ave capaz de alimentar a sus polluelos con su propia carne y sangre, para que ellos se salven, si escasea el alimento y la bebida. Jesucristo es el Pelícano del laico, de todo cristiano:

“Piadoso Pelícano, Jesús Señor, límpiame a mí, inmundo, con tu sangre; una de cuyas gotas es capaz de limpiar al mundo entero de todo pecado”.

d)  Me viene también a la memoria nuestro sacristán de Villacañas -Victoriano-, cuando trabajaba en la viña, de vez en cuando paraba, y mirando en la lejanía, divisaba la torre de la iglesia de su pueblo, y se ponía tan contento: “¡no estamos solos, Dios está con nosotros presente en el Sagrario! O incluso, podemos recordar el testimonio del cardenal Van Thuan, vietnamita, en su famoso libro describe cómo celebraban la Eucaristía y hacían la adoración al Santísimo en un campo de concentración marxista:

“Nunca podré expresar mi gran alegría; diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la Misa. ¡Este era mi altar y ésta mi catedral! (…) En el campo de reducción estábamos divididos en grupos de 50 personas; dormíamos en un lecho común; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos arreglamos para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21,30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me encogía en la cama para celebrar la Misa, de memoria, y repartía la comunión pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricábamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar al Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa. Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en la que tenía que participar todo el campo. En el momento de la pausa, mis compañeros católicos y yo aprovechábamos para pasar un saquito a cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros: todos sabían que Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvían al fervor de su fe. Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible”

e)  Y si queréis más testimonios: aquellos cristianos laicos de China que permanecieron fieles todos los domingos a reunirse para rezar, desplegaban el corporal, y lloraban, y rezaban, pidiendo que un día Dios les concediera un sacerdote para poder celebrar la Misa. ¿Quien participa mejor de la Eucaristía? -se pregunta Juan Esquerda Biffet- nuestros cristianos que casi participan por rutina todos los domingos o estos pobres hombres que, como nuevos mártires escilitanos, se negaban a prescindir del Domingo y dejar de celebrar la Misa, aunque sólo fuera -con analogía impropia al Bautismo- una “Misa de deseo”. No lo sé. Sin el domingo no podemos existir los cristianos (mártires escilitanos), y un Domingo sin Misa no es un Domingo.¡Diocesanos, sin Domingo no hay cristiano! -recordad-. Los primeros cristianos vivían iuxtam Dominicam (según el Domingo; en conformidad al Domingo), iuxtam Eucaristiam (en conformidad con la Eucaristía o según la Eucaristía). Los primeros cristianos, cuando participaban en las Domus ecclesiae -casas algo más amplias; después se construyeron basílicas- al salir de la Misa celebrada en la madrugada del Sábado al Domingo, primer día de la semana -día de la Resurrección y de las diversas apariciones de Jesús a sus discípulos-, explicaban a sus hijos y esclavos-trabajadores lo que allí habían compartido, haciendo así las veces de obispos de sus familias cristianas, Iglesias domésticas, las Iglesias particulares más pequeñas a ellos encomendadas, más básicas, pero también más decisivas en la construcción de la Gran Iglesia en sus familias y en el mundo, traspasando los muros de su hogar.

A este respecto quisiera formularos un desafío apostólico para las jóvenes generaciones ante el fin de semana. Si queremos recuperar el domingo cristiano -campaña conocida y reiterada-, no basta con hacer celebraciones Eucarísticas bellas y profundas, que es condición necesaria ciertamente, pero no suficiente. El domingo, y la Eucaristía dominical en concreto, constituye el último eslabón de vinculación de los cristianos con la Comunidad eclesial; de ahí que tenga más importancia de lo que a primera vista parece. El Domingo interpreta cuál es el sentido del tiempo: del tiempo de descanso, para alabar a Dios y descanso merecido, y del trabajo entre semana. Si no abordamos conjuntamente ambas cosas, el joven no podrá descubrir la novedad del sentido cristiano del tiempo y, por consiguiente, la grandeza del Domingo, cuyo centro es la Eucaristía. San Agustín dice: cristiano, vence tu pereza, sal de tu casa y ven a la asamblea cristiana, ven a la Iglesia, pues tenemos aquí un lugar en donde vivir, que nos enseña cómo vivir, y nos da alimento para vivir, la gracia mediante los sacramentos. Dios tiene derecho a que le demos culto, no sólo de forma privada sino también pública, y además de forma regular -todos los domingos-, formando un Pueblo que le honra con los labios y el corazón de forma comunitaria en un día determinado, el Día del Señor.

f)   Finalmente, en este capítulo de testimonios, os quiero revelar mi secreto pastoral en este año santo sacerdotal. A mis quince años, dos jóvenes de la Congregaciones Marianas de los Jesuitas me pescaron, y facilitaron mi segunda conversión. Hasta entonces, yo no era mal cristiano, vivía la religión al menos de domingo a domingo, pero no entre semana. Yo me sentía católico, apostólico y romano, pero desconocía a Jesús y su Evangelio. Para mí fue todo un cambio de vida: un seglar descubre la oración, alimentada por la Palabra, lectura pausada, poca, pero meditada, del evangelio; un laico descubre la Misa.

De dos en dos -comunidad mínima para que los discípulos de Jesús no desfallezcamos en la tarea apostólica además de la reunión en el grupo apostólico, nos reuníamos todas las semanas para revisar nuestra vida –las denominábamos “binas”.  Mi vida como laico, Iglesia en el mundo, era muy feliz. Confieso que yo tenía miedo tan sólo a una cosa: quedarme en beato, en el sentido peyorativo del término, en no llegar a ser santo;

sobre todo me daba miedo convertirme en un cristiano que fuera diariamente a Misa, pero que no llegara a la fruta, sino que me quedara en la cáscara del misterio, perdiendo la dimensión esencial de un laico, la profundidad. Gracias, pues, a la oración personal que hacía, a veces en el templo de mi parroquia, casi a oscuras, Santiago el Mayor; a veces en el campo; a veces en mi dormitorio; donde fuera que no me molestara nadie, gracias a la oración no caí en el peligro de banalizar la Eucaristía diaria. La Misa y la visita de oración al Santísimo se convirtieron en el centro de gravedad de mi jornada. Cuando el Señor me llamó al seminario, tras dejar novia incluida -yo soy sacerdote gracias al amor de una mujer, y no sólo me refiero a la Virgen María (os remito a mi homilía de la Virgen del Sagrario: “La mujer de mi vida”), lo que más me costaba, os lo confieso, era el griego, idioma que jamás había visto en mi vida, pues yo era de ciencias. Tras media hora del rezo de Vísperas ante la exposición del Santísimo Sacramento, los domingos por la tarde en el Seminario, yo añadía una hora más en el silencio ante el sagrario, para tomar fuerzas, renunciar a ver el partido de futbol que mis compañeros veían, y en su lugar dedicarme al griego. De la Eucaristía sacaba fuerzas de flaqueza para estudiar griego…

Esta costumbre santa la aprendí bien, porque os puedo decir que, más tarde, cuando fui ordenado sacerdote, la mantuve. Recuerdo que en mi primera esposa, Robledo del Mazo y Piedraescrita, con sus tres anejos, tras cuatro misas los Domingos, de pueblo en pueblo, de regreso, paraba el coche unos kilómetros antes de Robledo, para jugar un santo partido de fútbol con los jóvenes, en una liga organizada entre pueblos del entorno. Después, el domingo en la tarde, una hora de oración ante el Santísimo Sacramento del altar: si el Papa tenía responsabilidad sobre cinco continentes yo no me podía quejar de tener cinco pueblos pequeños. Y después, algunos domingos, guitarra en mano, me iba a uno de mis cinco pueblos, en el bar del pueblo, a cantar y compartir con los hombres, muchos de los cuales no habían estado por supuesto en Misa por la mañana. Ellos decían: como nosotros no vamos al templo, el sacerdote viene a nosotros; era una forma remota de acercar la Misa a quienes no iban. Al domingo siguiente casi siempre había alguna correspondencia y un hombre más se incorporaba a la celebración comunitaria de la Eucaristía. Yo atribuía este éxito a la fuerza atractiva de la Eucaristía, un potente electroimán más fuerte que la pereza o el pecado mismo, que prolongaba su eficacia en los fieles -también los alejados- a través del sacerdote, como también a través de los laicos, sacerdotes bautismales y eucarísticos. Lo mismo hice en el resto de destinos pastorales: Villacañas, Roma, Toledo. Os confieso que, en verdad, mi secreto pastoral es la Eucaristía, no existe otro método mejor, porque aquí fin y método coinciden en la misma Persona, Jesucristo Eucaristía. Queridos apóstoles seglares del apostolado asociado en la Acción Católica, os recomiendo este método evangelizador infalible, para vosotros, y para dar envergadura a las tareas apostólicas que realizáis, como Iglesia en el mundo, tanto a nivel intraeclesial como en la transformación evangélica -árida ciertamente pero decisivas- de las instituciones que vertebran el tejido social.

6.      MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA.

María siempre aparece vinculada a la Eucaristía, pues la misión de Santa María no es otra sino llevar a sus hijos hasta Jesucristo, el Pan de vida. No existe forma mejor de prepararnos a la Eucaristía, de participar en la Misa, y de dar gracias, que hacerlo con y como ella. La Virgen Santa María, Mujer eucarística, porque toda su vida es una acción de gracias a Dios y de servicio de amor a los necesitados. Los apóstoles de la AC hemos de ser varones y mujeres eucarísticos como fueron los santos de todos los tiempos.

Mujer eucarística porque el servicio, el lavatorio de los pies fue otra forma equivalente de narrar la institución de la Última Cena. Santa María lo entendió perfectamente. La afinidad de este gesto con la carta a los Filipenses es patente. Tened los mismos sentimientos que Cristo, quien, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango para asumir la condición de siervo, de esclavo. Juan también nos presenta a Jesús en su relato, quien, aún sabiendo que salía del Padre y al Padre volvía, se despoja de sus vestiduras, se ciñe un delantal, que es el atuendo del siervo, y se pone a lavar los pies a sus apóstoles. Podría decirse que San Juan traduce en imágenes y gestos de acción lo que Pablo afirma de un modo general. Mientras sus discípulos continuaban discutiendo por el camino quién de ellos sería el más importante en el Reino de los Cielos, Jesús, una vez que puso a un niño en medio de ellos, sin mediar palabra, se despojó del manto, se ciñó una toalla, tomó una jofaina y se puso a lavar los pies a sus apóstoles. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. He aquí la institución del sacramento del servicio -el “sacramento de la autoridad cristiana” (Spicq)-, y un reto para todos nosotros: cuando servimos a los demás, singularmente a los más pobres, cómo lo hacemos. Dos características ha de tener el servicio cristiano que brota de la Eucaristía: humildad y gratuidad.

Hay tres clases de servidores: quienes se sirven de la Iglesia; quienes sirven a Dios y a la Iglesia de forma absolutamente gratuita; y quienes, sirviendo a la Iglesia, se sirven de ella. Estos últimos son los peores. María representa a los pobres de Yavéh, el resto de los servidores humildes de Dios, por eso es mujer Eucarística. Sin en la Eucaristía se nos dice: haced esto en memoria mía, hemos de proseguir la Eucaristía, el Sacramento del amor, en el servicio callado y humilde de nuestros hermanos. Cuando oigamos decir: el Cuerpo de Cristo, referido al hermano necesitado, digamos también Amén. Lo que a alguno de estos mis humildes hermanos hicisteis, a mi me lo hicisteis. Este será el criterio discernidor del juicio final: las obras de misericordia corporales -visitar y cuidar a los enfermos; dar de comer al hambriento; de beber al sediento; dar posada al peregrino; vestir al desnudo; redimir al cautivo; enterrar a los muertos- y espirituales-enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por vivos y difuntos-, que decíamos antes. “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, a quién hemos palpado, ha quien hemos comido y adorado, a Jesucristo, presentísimo en la Eucaristía, de Él os queremos dar testimonio, y os lo anunciamos para que vosotros creáis y estéis unidos con nosotros” (cf. I Jn 1, 3). Permitidme unos consejos finales, como anuncios publicitarios:

La Eucaristía, “Cena que recrea y enamora” al corazón esponsal (Mc. 14, 12-25). Harían falta tres eternidades para participar bien en la Misa: una eternidad para prepararla, otra para celebrarla, y otra para dar gracias, con y como Santa María.

7.      PARA LA REFLEXIÓN, EL DIÁLOGO Y EL COMPROMISO APOSTÓLICO.

Particularmente es este año santo sacerdotal e intensamente Eucarístico -en nuestra Diócesis culminado por el Congreso Nacional- en orden al compromiso de la Acción Católica, para sus militantes y para la campaña específica de este año, se me ocurren tres elementos u objetivos fundamentales implicados: dar relieve a la liturgia de la Palabra, proclamada y contemplada (1º) -aplicación del Sínodo de Obispos sobre la Palabra-; subrayar la liturgia Eucarística (2º); y potenciar la adoración al Santísimo Sacramento (3º). Fomentar la vida eucarística en nosotros, en nuestros grupos y en nuestro Movimiento apostólico equivale a cuidar estos tres elementos conexionados profundamente. Me atrevo a sugerir algunos medios, con la advertencia que todo esto constituye una propuesta mía -atrevida- y abierta, a modo de simple sugerencia, y que -si lo estiman Vdes. oportuno- ha de ser sometida al discernimiento y programación de los militantes de AC, de vuestros respectivos equipos de Presidencia y Presidentes:

a)      Liturgia de la Palabra:

1)  Facilitar a los grupos que, al menos, en alguna de las reuniones hagan la Lectio divina sobre los principales pasajes Eucarísticos: Institución Eucaristía (Mt. 26, 26-29; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 14-20; I Cor. 11, 23-29); Discurso del Pan de Vida (Jn. 6, 1-15; 22-71); Lavatorio de los pies (Jn. 13, 1-16); Carta a la Iglesia de Laodicea (Ap. 3, 14-22).

2)  También puede incluirse la lectura pausada y comentada de algunos de los Prefacios de la Eucaristía;

3)  así como resaltar, contemplar y estudiar a fondo las obras artísticas relacionadas la Eucaristía en vuestras respectivas Parroquias, si es el caso, o de carácter universal;

4)  o presentación de los grandes santos sacerdotales, y me refiero no sólo a sacerdotes ordenados de vuestros pueblos, sino también a un retablo de laicos -sacerdotes bautismales y eucarísticos- que conocimos y que tuvieron a la Eucaristía como centro de su espiritualidad seglar (cf. J. MARTÍN, Los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo, ISET San Ildefonso, Toledo, p. 468-486).

b)      Liturgia Eucarística:

1)  Preparar la misa diaria/semanal, a nivel personal, familiar y comunitario, centro de gravedad de mi espiritualidad laica: ¿Qué podríamos hacer a nivel individual, cada militante, y a nivel de grupo y Movimiento para que todo militante de AC prepare la Misa desde por la mañana y dure durante toda la jornada? “Vivo por ella” -canta Andrea Boccelli-, “vivo de ella”, la Eucaristía de cada día, el Pan tierno que es también el Panadero.

2)  Cuando participo en la Santa Misa ¿qué vengo a ofrecer de mi vida, de mi casa y del mundo? Y ¿qué me llevo de la Eucaristía a casa y al mundo?

3)  ¿Cómo revisar la forma de servicio a los demás a la luz del lavatorio de los pies, otra forma equivalente de narrar la Eucaristía?

4)  ¿Cómo hacer una campaña la AC para recuperar el sentido cristiano del tiempo y, por tanto, la centralidad de la Eucaristía dominical en nosotros, militantes y apóstoles laicos, y sobre todo cómo transmitirlo a las generaciones más jóvenes, empezando por vuestros hijos y familias?

c)      Adoración del Santísimo Sacramento y oración personal:

1)  Mientras Cristo está presente en las especies Eucarísticas en el sagrario, Él sigue actuando sacramentalmente, es decir, de forma eficaz. ¿Cómo transmitir a mis hermanos y a las personas encomendadas en mi campo apostólico uno de los grandes amores del cristiano, una de las “tres devociones blancas” -sin entrar en otras privadas y deportivas-: al Papa, a la Virgen, y, sobre todo, a la Eucaristía?

2)  Para transmitir hay que vivir. Por eso os propongo el fomento de meditación y contemplación en el grupo y en el Movimiento de al menos un momento de adoración al Santísimo Sacramento al trimestre. Fomento en el militante en la adoración al santísimo al menos una vez a la semana y al menos durante media hora. Recomendar la confesión frecuente en todos nosotros.

3)  Fomentar la inscripción personal en los turnos de adoración perpetua al Santísimo Sacramento y a la Adoración nocturna. La contemplación es sabiduría anticipada de la visión beatífica en el cielo; allí no serviremos, como Marta; sino fundamentalmente veremos, contemplaremos como María; por eso escogió la parte mejor.

Queridos laicos y militantes de Acción Católica, con todo el respeto del mundo una última encomienda de síntesis: !no cambiéis el televisor por el Sagrario¡ Recordad, no obstante, el anuncio televisivo: “Toledano, sin Eucaristía no hay cristiano”. “Señor, haz que participe de cada Eucaristía como si fuera siempre mi primera Misa, como si fuese la única en toda mi vida, y como si fuese la última”. Comulga con la Virgen, era el título de un libro que me hizo mucho bien en mi juventud, y desde entonces comulgo como y con ella. Vivo por ellas, la Eucaristía y Santa María, la mujer eucarística de mi vida.

Alfonso Fernández Benito Sacerdote nacido de la Eucaristía


[1] 1 Para los hombres, por edades, hay cuatro escalones: el escalón mayor corresponde a los de 20-24 años (39,4%); el segundo para los de 15 a 19 años y para los de 25-34 (= 30,1%); un tercer escalón corresponde a los de 35-44 años (28,2%); el cuarto para los de 45-64 años (24,6%) y el más bajo para los de 65 y más años (21,3%). Para las mujeres, en cambio resulta al revés -frecuencia de confesión crece con la edad en quienes comulgan asiduamente-: El primer escalón corresponde a las de 65 y más años (66,60%); le sigue las mujeres de 45-64 años (62,9%); el tercero a las de 35-44 años (54,5%); el cuarto para las de 25-34 años (51,5%); y el último para las de 15-24 años (= 46%).

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Categorías:Accion Catolica, Laicos
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