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Y vivieron felices hasta… los conflictos

Y vivieron felices hasta… los conflictos
JAIME PONCE
1 Noviembre 2009
www.am.com.mx

 

Me veía tan bonita con mi vestido de novia. Nadie podrá igualar aquel diseño y la figura que tenía. ¡Verdaderamente era tan bonita!… pensaba Martha. El recuerdo de su boda se le hacía tan presente que parecía sentir el fresco de aquella mañana de mayo en el atrio de la iglesia, los árboles del jardín central meneados por el viento y los cantos de los pájaros que alegraban la plazuela. Interiormente vivía una gran ilusión de casarse, de entregarse totalmente a Antonio, pero a la vez sentía temor por lo que en el futuro le pudiese suceder a su relación. Nada estaba definido, al contrario, se comenzaba un nuevo estilo de vida y sólo el amor vertía esperanza sobre las incertezas de aquel proyecto. Antonio, por su parte, vive ahora sumergido en las necesidades cotidianas de la casa y el trabajo y del momento de su boda poco recuerda, eran tantos detalles y la atención que le demandaban los preparativos de la ceremonia, que pocos recuerdos significativos guarda, salvo el agotamiento al final del día.

El proyecto era uno. Vivir felices los dos formando la propia familia. Sus tres años de noviazgo avalaban que se conocían y que su propósito era sincero. Se consideraban solventes en la madurez afectiva. Sin embargo ninguno de los dos era totalmente consciente de los conflictos propios de los esposos. La vida en común, la diferencia de temperamentos, cultura y educación, las diferencias propias entre hombre y mujer, y la vida que se presenta como proyecto a construir, etc.

En los primeros meses todo iba bien hasta que llegó la primera desavenencia, el primer conflicto fuerte. Antonio entregaba a Martha quincenalmente el dinero para el gasto de la casa y en una salida al mercado, Martha lo había perdido. Con pena Martha se lo comunicó a Antonio, quien se exaltó tanto que la insultó diciéndole que era una tonta y que si no era capaz de cuidar el dinero ya no se lo daría. A partir de entonces Martha tenía que ir a pedirle diariamente a Antonio para el chivo.

¿Te parece justa la reacción de Antonio? ¿Tú que hubieras hecho en su lugar? ¿Qué podría haber hecho Martha?… ¿Qué le dirías a tu mujer si chocara tu coche?

Los conflictos están siempre presentes en la vida de todo ser humano y en el matrimonio se hacen más palpables por la cercana e íntima relación. A medida que surgen las dificultades, los esposos pierden de vista los aspectos positivos que su cónyuge les aporta y representa, es decir, alguien que los apoya y comparte la construcción de un mutuo proyecto familiar. Algunos incluso llegan a dudar de la propia relación y se desilusionan, perdiendo así interés en desenredar los nudos de los afectos negativos causados por un conflicto. Y todo parte porque en nuestra mente, a partir de sentimientos y afectos negativos causados por un conflicto, distorsionamos la imagen del cónyuge.

Los conflictos son oportunidades para el mutuo conocimiento y crecimiento en el amor. Pues se presenta la oportunidad concreta en la que puedo refrendar el amor jurado. Así, la fidelidad es repetir de forma nueva, lo que en el pasado prometí. Por eso es importante no evadir los conflictos, no agachar la cabeza, ni enterrarla como el avestruz para evitar más conflictos. Ni tampoco se vale hacerse el perdedor y el otro el ganador. En el matrimonio no hay un ganador y un vencido. Cuando uno gana, los dos ganan y cuando hay un perdedor, los dos pierden. Por eso hay que aprender a ganar-ganar.

Para esto es necesario cultivar la generosidad y la humildad; el compromiso y la responsabilidad, enmarcados en el respeto mutuo. nunca levantes la voz, mucho menos la mano. Respeta y ama. Que el “gracias” y el “por favor” nunca se alejen de tus labios, pues lo cortés no quita lo valiente.

Para que un conflicto no se convierta en problema hay que identificarlo pronto y con claridad. Mantente calmado, no te dejes arrastrar por la emoción y si de plano te gana, no hables, espera el momento para afrontar una conversación constructiva. Y por último, no olvides el perdón. Perdonarte a ti y perdonar a tu cónyuge. Esta agua fresca trae siempre la paz de Cristo.

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