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Cap 1 La iglesia en la economía de la redención

I.      LA IGLESIA EN LA ECONOMÍA DE LA REDENCIÓN

Fuente libro “El Laicado En La Iglesia”, Por Raimondo Spíazzi, Pequeña Biblioteca Herder, Barcelona, Editorial Herder, 1961

No se puede tener una noción exacta y completa de tal laicado si no es con relación a la Iglesia. Lo mismo, por lo demás, se puede decir del laicismo y de todo otro movimiento o sistema que se sitúe con relación a la Iglesia en actitud antagónica.

La Iglesia está considerada como el “lugar” en el que históricamente se centra la economía de la salvación querida por el eterno designio de Dios e inaugurada en el mundo por la obra redentora de Cristo. Según esta consideración, la Iglesia aparece en su plenitud, comprendiendo lo visible y lo invisible, tiempo y ultratiempo, sacerdocio y laicado, como un inmenso cuerpo unido vitalmente a la única cabeza, Cristo. Y en los tiempos más recientes es cada vez mayor la tendencia decidida a esta concepción, que es también la más genuina y más clásica.

1.      Concepto fundamental de la Iglesia.

Según su origen etimológico, la voz griega  significa “convocación”, “asamblea”. En los LXX el término se encuentra usado para designar la asamblea del pueblo elegido, convocado para dar culto a Dios y, por tanto, con un sentido exquisitamente religioso. En los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas de san Pablo, el término se emplea todavía para designar la “asamblea”, pero también algo más estable, permanente, es decir, los creyentes unidos en el único cuerpo social, el “pueblo de Dios”. Los autores cristianos, tanto en la edad patrística como en la escolástica, hablan de la Iglesia como de “congregación de los fieles”, “sociedad de los fieles”, y con muchas otras expresiones semejantes[1] M.

“Congregación” o “sociedad de los fieles” es definición cargada de significado. ¿Qué significa “fiel”? Hombre que practica fidelidad a la sociedad de la que forma parte; pero no sólo en un plano exterior y jurídico, sino en lo íntimo, en el pensamiento y en la vida, como hombre creyente y, según la tradición cristiana, como hombre incorporado, por la fe y por los sacramentos de la fe[2], a la realidad eclesial. Esta realidad es el misterio profundo de las almas unidas a Cristo y entre sí en Cristo, en un cuerpo único, y al mismo tiempo la expresión visible de este cuerpo, la organización de aquellos que forman parte de él, en la institución eclesial. Evidentemente, en el plano social e institucional visible se establecen en seguida distinciones y jerarquías, pero queda siempre la unidad fundamental del único pueblo, de la “sociedad de los fieles”, constituida por todos los que se adhieren a Cristo en virtud de esta misma adhesión suya. Es de notar que la unidad, la cohesión eclesial, anterior a toda distinción, se da tanto en el fondo invisible de la Iglesia, donde las almas están unidas a Cristo, como en el plano visible, en el cual el misterio invisible se manifiesta en forma de plegaria y de vida común.

En este plano está la distinción puesta de relieve en los tiempos más recientes y que, si se declara bien, es fundamental para la justa comprensión del problema de la Iglesia: es decir, la distinción entre Iglesia como comunidad de los fieles, partícipes de la verdad y de la vida de Cristo, de la fe y de los “sacramentos de la fe”, y la Iglesia como institución de salvación, o sea como un conjunto de personas y de medios que desarrollan, por divina institución y en virtud de poderes divinos, una función instrumental en orden a la salvación, como “sacramento” único y global de la salvación[3]. Esta última es la Iglesia “santificante”, que engendra y forma de continuo la Iglesia “santa”, o sea la comunidad de los santificados en la fe de Cristo. Pero no se trata de dos Iglesias diversas, y sí de dos aspectos de la única Iglesia, aun cuando la institución se concrete en funciones y en poderes que no pertenecen a todos, sino sólo a la jerarquía. Entrambos aspectos han de ser tenidos siempre presentes, porque si se acentúa el primero a expensas del segundo se pierde el sentido de lo visible y de lo jerárquico y se resbala hacia aquellas formas de pseudomisticismo y de anarquismo espiritual que muchas veces se han verificado en la historia, como en los casos de los montañistas y de Tertuliano, de los “apostólicos” y de los “espirituales”, de los “reformadores” y, en cierto modo, también de los jansenistas; pero, si se ignora el primer aspecto, se engendra un concepto demasiado externo, jurídico y más bien “clerical” de la Iglesia.

La tradición ha mantenido siempre unidos estos dos aspectos y ha considerada a la Iglesia en su unidad e integridad como comunidad constituida por fieles, partícipes todos del mismo bien común de salvación, algunos de los cuales, sin dejar de ser fieles, están investidos de poderes y de funciones pastorales (se diría: “paternales” y “maternales”, a la luz de la “santa madre Iglesia”), en orden a la salvación de todos[4].

2.      La Iglesia como continuación- de la redención y como corredentora.

La Iglesia en su totalidad se inserta, por tanto, en la economía de la redención, inaugurada por la obra salvadora de Cristo y que se desarrolla a lo largo de todos los siglos en la aplicación de la salvación a las almas.

En comparación con la redención, la Iglesia puede considerarse o como “comunidad de los redimidos”, o sea de aquellos que son admitidos a la participación de los “bienes mesiánicos”: la fe y los “sacramentos de la fe”, que fructifican en las obras de la fe; o como “instrumentalismo de la redención”, o sea un conjunto de medios que, instituidos por Cristo redentor, son empleados para la salvación y que se pueden resumir exactamente en la predicación de la fe y en los “sacramentos de la fe”. Pero nótese una vez más que se trata de una sola comunidad, en la cual todos los miembros son al mismo tiempo redimidos y en cierta medida artífices de redención, o “corredentores” (en las formas que diremos), aun cuando exista necesariamente un principio jerárquico establecido desde arriba a través del cual la función redentiva (o sea la aplicación de la redención operada por Cristo) se realiza en virtud de poderes conferidos por el mismo Redentor. Ninguno empero es excluido de la participación no sólo pasiva, sino activa, en la vida y en el desarrollo de la comunidad; al contrario, el mismo principio “jerárquico” exige el carácter “corporativo” de la Iglesia en orden a la redención: hay jerarquía porque hay cuerpo de fieles, pueblo al que la redención, cosa divina, debe ser administrada en virtud de poderes que sólo son concedidos por Dios. Pero todo el cuerpo reentra activamente en la economía de la redención, toda la comunidad participa del carácter redentivo o “corredentivo”, que tiene en la jerarquía su expresión constitucional más alta por estar provista de poderes formidables que vienen de Cristo.

El error eclesiológico del protestantismo ha sido eliminar el carácter “corredentivo” de la comunidad eclesial, en su forma corporativa y en su forma jerárquica. Para él no hay una comunidad distribuídora de los frutos de la redención, santificante, sino que el fiel se encuentra en contacto directo con Dios, con el que le enlaza la fe, por Cristo mediador, aunque sea en una comunidad de “redimidos”, pero no institucional y jerárquica, no alimentada por la misma fe y por los “sacramentos de la fe”, por la aportación vital de todos, que, en fin, es siempre fruto de la gracia de Cristo que opera vitalmente en todos.

En cambio, según la doctrina católica hay un corpus Ecclesiae, una comunidad redentiva que pre-existe a los individuos, no sólo en la predestinación de Dios (Zwinglio, Calvino), sino en Cristo como cabeza y en el conjunto de los miembros unidos a Él, que constituyen su cuerpo; comunidad en la cual hay una organización visible y jerárquica que oficialmente, con poderes recibidos de Cristo, desarrolla la función salvadora, en la que participa también toda la comunidad; de suerte que toda la comunidad, y de modo especial, con poderes superiores, la jerarquía, es “corredentora” (en el sentido explicado) y santificadora por medio de la fe, de los “sacramentos de la fe”, de las obras de la fe. Es la “santa madre Iglesia” que engendra y nutre espiri-tualmente, en la vida de la gracia, las almas admitidas a formar parte de la “comunidad de salvación”. Por tanto, no es sólo “santa” la Iglesia, sino “santificante”; no sólo “redimida”, sino “corredentora”.

Por consiguiente, es el cuerpo de los redimidos, pero también de los cooperadores de la redención. Todos son “corredentores” a título de su incorporación en la comunidad; algunos lo son por título jerárquico, dado el carácter institucional de la comunidad. Se obtiene así la conciliación del principio divino, que es el origen de la comunidad, con el de la correspondencia humana. Se tiene el carácter eminentemente comunitario de la Iglesia, que está constituida no por una mera suma de individuos creyentes en Dios, sino por una verdadera “sociedad de fieles”, que están todos en comunión con Dios por medio de Cristo y, por tanto, vitalmente unidos los unos con los otros, y constituyen así un único cuerpo social; es más, una sola “persona mística”, como dice santo TOMÁS[5], de suerte que en ella todos reciben y causan (a su modo) salvación.

Así la redención se socializa en la Iglesia y es aplicada por obra de la cabeza (causa principal meritoria y santificante) y de los miembros (causas segundas instrumentales). No hay pura pasividad por parte de ninguno en la Iglesia, sino que cada uno, al ser redimido, desarrolla en ella una función suya “corredentiva”, una causalidad benéfica para todo el cuerpo.

Por esto todos los fieles son vital y activamente Iglesia y ninguno de ellos puede ser tenido como extraño a esta comunidad de la redención. En su ámbito, antes todavía de la distinción jerárquica (necesaria, establecida por el mismo Cristo), se han de considerar la unidad mística y la solidaridad sobrenatural. Antes de toda clasificación de los varios grados u órdenes de que se compone la Iglesia en su configuración visible (apóstoles, papa, obispos, sacerdotes, fieles; diversos órdenes de clérigos; diversos grupos de fieles), está el hecho de que todos, a condición de estar unidos a Cristo, son miembros de Él y partes vivas de la Iglesia, y en una medida que no se funda sobre el grado jerárquico, sino en la intensidad de la unión espiritual con Cristo en la fe, en la gracia, en el amor sobrenatural.

También los simples fieles, aquellos que con un término hoy demasiado peyorativamente usado y que ha resultado equívoco (cuyo verdadero sentido sería necesario reivindicar contra los abusos de los “laicistas”, para referirlo a los miembros del “pueblo de Dios”: Xao’c son llamados “laicos”[6] 29, pertenecen a la Iglesia, son Iglesia, realizan en sí el incomprensible misterio de la participación en la totalidad cristiana y de la pertenencia a la familia de Dios. Son miembros de Cristo cabeza. En ellos habita el Espíritu Santo como en un templo[7]. Por medio de ellos se edifica la Iglesia. Según el Pastor de HERMAS[8], son otras tantas piedras vivas con las cuales se construye el gran edificio que, sin embargo, se presenta como una sola piedra. Son todos sarmientos de la única vid, Cristo; almas de las que Cristo es esposo; hijos de Dios que Él ha reunido en la única familia del Padre[9].

Siempre ha existido en la Iglesia el reconocimiento de esta cualidad de los seglares: desde los días en que san Pablo escribía sus epístolas a los días en que Pío xn invitaba a los fieles a adquirir una conciencia siempre más viva de su realidad, cuando en el memorable consistorio del 20 de febrero de 1946 decía: “Los fieles, y más concretamente los laicos, se encuentran en 3ª línea más avanzada de la Iglesia; para ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por eso ellos, especialmente ellos, deben tener siempre más clara conciencia, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia, es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la dirección de la cabeza común, el papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia, y por eso ya desde los primeros tiempos de su historia los fieles, con el consentimiento de sus obispos, se han unido en asociaciones particulares, concernientes a las más diversas manifestaciones de la vida. Y la santa Sede no ha cesado nunca de aprobarlas”[10] .

En estas palabras del sumo pontífice se repite el mismo concepto paulino que hemos explicado anteriormente, y al mismo tiempo se puntualiza la realidad de la Iglesia y de los fieles en su plenitud, cual resulta de la revelación.


[1] Cf.  Y.  CONOAR, Jalons…, p.  47 ss.

[2] Cf. ibid., p. 56 ss. Es tradicional en la teología el aserto de la incorporación a Cristo y a la Iglesia por medio del doble elemento: la fe y los sacramentos. Cf., p. ej., Summa Theol. in, q. 64, a. 2, ad 3; i, q. 92, a. 3; Comm. in loan. c. 20, 1. 5, n. 4; Comm. in iv Sent., D.  17, q. 3, a.  1, sol. 5; D. 27, q. 3, a. 3, ad 2; etc.

[3] A propósito de esta distinción entre la “comunidad de salvación” (Heilsgemeinschaft) y la “institución de salvación”, a modo de “sacramento” de aquella “realidad” (Heilsanstalt), hay que subrayar que se trata, al menos en sentido católico, de dos aspectos distintos, no de dos cosas separadas. Cf. Y. CONGAR, Jalons…, p. 51. De lo contrario, se recae en la división protestante que no tiene sentido para el dogma católico ni para el nuevo Testamento, ni para el cristianismo primitivo ni para los padres.

[4] Cf. Asimismo Y. CONGAR, Jalof.s…, p.  52 ss.

[5] 28.  Summa Theol.  m,  q. 48, a.  2,  ad.   1.

[6] Cf. R. SPIAZZI, La missione dei laici, Ed. di Presenza, Roma !1953, p. 171 ss. Cf. también MAGRIN, L’Église enseignée, Bloud et Gay, París 1928, p. 42; G. DEL TON, Le denominazioni dei laici cris-liani nei tempi antichi, en “Tabor” 1 (1952) 35 ss. Sobre el problema del laicismo moderno, cf. de nuevo R. SPIAZZI, O.C. p.  115 ss.

[7] 30. Cf.   1 Cor 3,   16-17; ó.   19; 2 Cor 6,  16.

[8] 31. Sim. viii, 2, 6.

[9] 32 Cf.  Ioh  11,  52.

[10] Potenza e influsso della Chiem per la verace restaurazione del mondo, discurso pronunciado en el consistorio de 20 de febrero de 1946, en Discorsi e radiomessaggi di Sua Santitá Pío Xll, Vita e Pen-siero,  Milán  1946, vol.  vn, p.  395

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