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La fuerza del Espiritu

La fuerza del espíritu

Educar Hoy

Por Pedro J. Bello Guerra.

Periódico AM Querétaro, 10/10/10

En cierta ocasión le preguntaron a un profesor a cerca de sus logros y tropiezos. Al hablar de las 3 frases que se arrepentía de haber dicho, éstas fueron sus respuestas: Me arrepiento de haber dicho: ‘ya no te quiero’ a mi papá cuando me enojé con él y poco después murió; me arrepiento de haber dicho ‘eres un tonto’ a un alumno, porque le costó mucho quitarse esa etiqueta que por frustración mía le puse en esa ocasión. Finalmente, me arrepiento de haber dicho ‘no puedo’ cuando mis papas quisieron alentarme a que estudiara la carrera de ingeniería que tanto me ilusionaba y para la que tenía cualidades, pero que en ese momento rechacé porque consideraba difícil.

Ciertamente hay muchas cosas en la vida de las que podemos arrepentimos, pues la maldad, la debilidad, la ignorancia y hasta la falta de generosidad son parte de nuestra condición humana, o mejor dicho, son tentaciones en las que fácilmente caemos y, pasado el tiempo, nos damos cuenta que fueron errores que no debimos haber cometido.

El arrepentimiento – mientras no sea una manifestación enfermiza de sentimientos de culpa desbordados y de orgullo que nos impide perdonarnos a nosotros mismos- no es malo, puesto que nos lleva a rectificar nuestros errores, a remediar el mal que hemos hecho, a corregir el rumbo de nuestra vida. Sin embargo hay veces que el daño que hacemos o las consecuencias de nuestros errores difícilmente tienen remedio y es allí donde nos planteamos la necesidad de prevenir ese tipo de errores hasta donde sea posible y de tener una actitud positiva que vea las limitaciones personales no como una derrota sino como un reto a vencer, como un motivo constante de superación personal.

“Había una vez una anciana que tenía muchos años pero era muy vital. A pesar de que se movía apoyada en unas muletas, era como un dinamo. Ejercía de voluntaria en el Ayuntamiento y siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Un día un nuevo, amigo le preguntó qué enfermedad había padecido que le había dejado esas secuelas físicas. Ella le explicó que, de niña, había sufrido poliomielitis y que, durante unos años, estuvo casi paralizada.

El amigo le dijo:

Evidentemente aún tienes un importante problema de movilidad. ¿Cómo puedes hacer tantas cosas?

La anciana le respondió con una sonrisa:

¡Ah, querido amigo, es que la parálisis nunca me ha afectado ni el corazón ni la mente!”

Hay de parálisis a parálisis, unos la padecen en el cuerpo y otras en el espíritu. Las del cuerpo no limitan toda la riqueza interior que poseemos y que podemos poner a trabajar, como es el caso de nuestra historia. Sin embargo, la parálisis del espíritu es más difícil de superar porque es ante todo una actitud ante la vida que afecta todas nuestras facultades y es realmente la que nos deja inmóviles, sin ilusiones, sin metas, sin ganas…

Nuestros defectos y limitaciones son parte de lo que somos y de la tarea que tenemos por delante para mejorar, hasta donde esto sea posible; sin embargo, lo realmente importante es todo el bien que podemos hacer con las capacidades intelectuales, afectivas, espirituales y físicas que sí tenemos. Hay tanto bien que podemos hacer en el mundo, si en vez de auto compadecernos, empeñamos nuestras fuerzas, como la ancianita de la historia, en hacer todo aquello que sí estamos capacitados para hacer.

pedrobelloguerra@gmail.com

Categorías:Cuentos para educar
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