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Cap X Consagracion del mundo (fin)

               CAPITULO X “CONSAGRACIÓN DEL MUNDO”

Libro Apostolado Seglar

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

 

¿Hay realmente valores naturales?

He aquí cómo plantea el problema Mrs. Gerardo Philips: “La cuestión es tal vez prematura, pero se propone frecuentemente. Abordémosla con plena sinceridad. No es raro entre los seglares creerse considerados por el clero cristianos de un grado inferior, a los que se concede -porque no se puede por menos-ocuparse de las cosas transitorias del mundo. A los ojos del sacerdote, nada tiene valor, fuera del Reino de Dios; y los “valores” temporales para él prácticamente no existen. Según ellos el mundo no es más que un puro medio para conseguir “otrn cosa”. No les interesa que el mundo progrese. Sus obras e instituciones de caridad no son mas que ardides para atraer a las almas. Los seglares han tomado este asunto muy en serio y se creen obligados a defender denodadamente los bienes humanos contra las continuas incursiones del clericalismo. De aquí nacen conflictos a cada paso.

“Este problema, va de por sí muy arduo, te agrava con las contiendas de naturalistas y sobre naturalistas. Aquéllos proclaman la existencia de bienes naturales creados por Dios y entregados al hombre; y advierten que un larvado maniqueísmo quiere condenar el mundo, como si fuera obra del espíritu maligno; censuran ásperamente a los místicos por despreciar, llevados de sus ansias espirituales, toda realidad terrena. Los sobre naturalistas, por el contrario, temen que atribuyamos a la naturaleza una especie de justicia intrínseca e independencia absoluta, oscureciendo así nuestra orientación hacia Dios. Condenan los encantos de las cosas terrenas por el peligro de ser enredados en ellas. Con tono profético nos advierten que pasa la figura de este mundo: ¿para qué gastar nuestros esfuerzos en un edificio que se derrumba?

“Este es el crudo problema del humanismo cristiano. Ni católicos, ni protestantes, ni ortodoxos han podido eludirle. La cuestión, que no se resolverá a base de silogismos, alcanza a la entraña del Evangelio y pone en juego la existencia misma del cristiano seglar en cuanto tal”[1] .

Creemos que toda esta controversia desagradable parte de una equivocada posición inicial: tanto los naturalistas, que ven en el mundo material un bien absoluto, como los seudo-supernaturalistas, que no ven otra cosa que un mal irremediable, ambos contemplan el mundo desencajado de su natural perspectiva: su relación a Dios. Y, cuando a una creatura se la considera sin atender a su relación a Dios, se sigue forzosamente una de estas dos consecuencias: idolatría o iconoclasmo. El cristiano debe contemplar el mundo únicamente en cuanto dice relación con Dios, y entonces es una cosa esencialmente buena, ordenada a la gloria de Dios y provecho de las almas. Estas dos finalidades son en cierto modo equivalentes; podemos usar del mundo para gloria de Dios, beneficiándose de este modo nuestra alma o, por el contrario, usar del mundo para nuestro provecho espiritual, ordenándolo todo a gloria de Dios. Si profundizamos un poco, vemos en seguida que estos dos aspectos no son simplemente dos maneras de expresar una misma realidad; son dos conceptos bien distintos. Si el mundo se ordenara únicamente al provecho espiritual del hombre, no serían necesarios grandes conocimientos de trigonometría o astrofísica; pero si el mundo está hecho para gloria de Dios, debe el hombre perfeccionarlo como sólo él puede hacerlo. Por eso “tomó Yavé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que le cultivase y guardase”[2] (*).

                   Actitud del cristiano ante el mundo

La doble finalidad que hemos indicado posee el mundo trae consigo una doble actitud de la mente cristiana hacia él: renuncia ascética éñ el plano subjetivo y personal, explotación generosa en el plano objetivo social. La primera se refiere al disfrute de las cosas temporales, la segunda a su rendimiento.

San Pablo define muy bien cuál debe ser la actitud personal de cada uno frente al mundo: “Digoos, pues, hermanos, que el tiempo es corto. Sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no llorasen; los que se alegran, como si no se alegrasen; los que compran, como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo como si no disfrutasen; porque pasa la apariencia de este mundo”[3]. Todos los bienes temporales están hechos para servicio del hombre, pero no todos los bienes son útiles a todos. Es tan necesario renunciar a lo superfluo como poseer lo necesario; y existe mayor peligro, dada la corrupción de la naturaleza humana, en la abundancia excesiva de bienes temporales que en su carencia. Las mismas cosas imprescindibles deben poseerse con espíritu de renuncia: los peldaños de una escalera nos prestan servicio cuando les pisamos y continuamos adelante, no cuando nos detenemos a descansar en ellos. Para dar un ejemplo palpable de esta verdad, algunas almas reciben llamamiento a una vida dé completa renuncia aun a las cosas que comúnmente se consideran imprescindibles. No practican solamente el espíritu de desprendimiento, cosa que deben hacer todos los fieles, sino que abandonan realmente todo, en cuanto lo permite la presente condición de vida. Da vida de éstos realiza concretamente el triunfo del espíritu sobre la materia.

Mas la renuncia total no es una negación de los “valores” temporales: hay un abismo entre la actitud del marxista y la del monje ante los bienes temporales. El marxista condena la propiedad privada (aunque él suele conservar la suya), como algo malo, al menos para los demás. El monje renuncia a la propiedad (sin condenarla) porque la cree una cosa buena, y, por tanto, digna de ser ofrecida a Dios. De ahí la sublime paradoja: los mayores defensores de la propiedad, de la familia y de la libertad son los que han renunciado a ellas.

La actitud integral del cristianismo con relación al mundo es un equilibrio entre el desprendimiento y la explotación: ser parco en el disfrute, y generoso en lo que se refiere a su explotación y mejoramiento. El asceta de Asís, habiendo renunciado al mundo, no por eso se hizo enemigo implacable del mundo, sino, todo lo contrario, cantor entusiasta de la naturaleza. Otro tanto hicieron los tres jóvenes en el horno ardiendo. La Iglesia repite hoy, en las fiestas, sus palabras de alabanza: “Bendecid al Señor todas las obras del Señor; cantadle y ensalzadle por los siglos”[4] . Por cierto, esto no es declarar la guerra.

Ha habido épocas en la historia de la Iglesia en que algunos confundían el cristiano desprendimiento del mundo con la indiferencia despectiva ante los “valores” temporales. Es lo que sucedió, por ejemplo, en tiempo de los apóstoles, cuando muchos cristianos creían que era inminente el fin del mundo. San Pablo se vio obligado a intervenir, reprendiendo ásperamente esta opinión insensata y la pereza de aquellos que, por seguirla, abandonaban toda labor material[5]. Lo mismo sucedió en los primeros siglos, cuando la Iglesia era perseguida por todas partes; era natural que muchos se sintiesen ajenos al mundo y no se preocupasen del’ progreso de éste. Contribuyó también a esta confusión de ideas al tomar la perfección monástica, en espíritu y en la práctica, como norma de la perfección cristiana. El neoplatonismo fomentó mucho el desprecio de los “valores” temporales. Muchos santos Padres consideran al estado civil como un mal inevitable, consecuencia de la caída del hombre.

Mas estos sentimientos pasajeros no lograron debilitar el verdadero y profundo sentir de la Iglesia. Escribía Pío XII: “Ya desde los primeros siglos, desde la época patrística y sobre todo con motivo de la lucha espiritual contra el protestantismo y el jansenismo, la Iglesia ha tomado una posición bien definida a favor de la naturaleza,… Se ha mostrado siempre generosa en reconocer todo lo bueno y grande, aunque existiese antes que ella o fuera de sus dominios”[6].

Este es el inmenso campo de apostolado reservado a los seglares, donde ellos pueden ejercitarse libremente y cosechar abundantes frutos. Como ya hemos dicho, a la Iglesia toca formar a los cristianos, y a éstos pertenece reformar el mundo en sus valores naturales, inyectándole nueva vida cristiana. Escribía el Cardenal Suhard: “No se le pide al cristiano despreciar o denigrar al mundo, sino al contrario, elevarlo, santificarlo, para poder ofrecerlo como obsequio a Dios. En esto consiste la verdadera encarnación: la fuerza de Dios invade a la humanidad para elevarla e introducirla en la esfera divina.” “El mantenerse unido a Dios en medio de la acción no requiere una mayor actividad. Exige únicamente-y ésta es una labor para toda una vida-que el cristiano se entregue a su tarea con una fe apasionada en la trascendencia divina, y con la convicción de que ella producirá las adaptaciones necesarias. Para el apostolado, tal como Jesucristo lo ha instituido, no es menos necesaria la fe viva que la técnica, la oración que el ingenio. Mejor dicho, une depende del otro. Se llega a los hombres pasando por Dios. En este sentido se ha llegado a decir que el apostolado está más allá de la contemplación”[7]. Solamente por medio de los apóstoles seglares podrá la Iglesia convertirse realmente en principio vital de la sociedad, y levantar el orden temporal a Dios. El Congreso de Cardenales y Arzobispos de Francia, en su declaración de marzo de 1946, escribía acerca del apostolado de los seglares: “La vida profana es el campo reservado a los seglares. Estos tienen la misión de cristianizarla, procurando, en las relaciones sociales, difundir su vida de gracia y de caridad. Están seguros de que, si ellos no lo hacen, no habrá nadie que les sustituya”[8].

BIBLIOGRAFÍA

NOTA.-Como ya existen bibliografías sistemáticas y bastante completas sobre el Apostolado seglar, las reseñamos aquí en primer lugar como fuentes, y después indicamos las más recientes publicaciones.

 

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

L’APOSTOLATO DEI LAICI: bibliografía sistemática. Univer-sita Cattolica del S. Coure; Ediwice “Vita e pensiero”, Milano, 1957.

GUJCDE    BIELIGRAPHIQÜE    SUR    I/APOSTOLAT   DES    LAICS    [1957-

1951]:  Supplément au Bulletin “Apostolat des Laies”, 1961, n. 2;  Piazza S. Callisto, 16, Roma.

PUBLICACIONES RECIENTES

ADVERSI, A.: II Laicato Cattolico: lineamenti storico-cano-

nistici. Editrice “Studium”, Roma, 1961.

BONAVENTURA D’AR. :  La Testimonianza del Laicato Cattolico. Roma, 1962. Bosc, R.: La Société Internationale et l’Eglise: sociologie et moróle des relations internationes. Paris, Spes, 1961.

CAPPELLINI, E.: Azione Cattolica e Movimenti politici di ispirazione Cristiana nell’insegnamento di Pío XII. Pont.

Univers. Lateranensis, Roma, 1960.

GARRE, A. M.:   Prétres et La’ics, apotres de Jésus-Christ. Paris, Cerf, 1961.

DESMEDT, E.:   Le sacerdoce des Fideles. Bruges, 1961.

DOHEN,  D.:   Vertus  áu  chrétien  dans  le monde. Paris, 1961.

PEDERICI.  T.:   Speranza  dei  Laici.   Quaderni  Missionari n. 2;  Edizioni Missioni Consolata, Torino, 1961.

GUERRY: L’Eglise dans la mélée des peuples. Paris, Bonne Presse, 1961. HIEMERL, H.:  Kirche, Klerus und Laien. Wien, 1961.

HORNEF, J.: II Diaconato. Brescia, Morcelliana, 1961.

KLOSTERMANN, P.:   Das christliche Apostolat. Innsbruck Wienn-München, 1962.

THOMAS, J.:  L’apostolat du militant d’action catholique. París, Lethielleux, 1961.

PHILIPS, G.:  Pour un christianisme adulte. Tournai, Casterman, 1962.

SEUMOIS, A.:  Apostolat: Structure théologique. Ed. tTrbanianae, Boma, 1961.


[1] Le role du laicat dans l’Eglise, París, 1954, p. 64; cfr. R. Spiazzi. La míssione dei laici, Roma, 1952, pp. 297-298.

[2] (147)   Gen. 2, 15.

(*) “Por todas partes… en donde auténticos valores de arte y de pensamiento son susceptibles de enriquecer la familia humana, la Iglesia está dispuesta a favorecer y alentar tales esfuerzos del espíritu. Ella misma, como sabéis, no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, a la que su historia se halla estrechamente ligada. Porque su misión pertenece a otro orden, al orden de la religión, y de la salvación eterna de los hombres. Pero la Iglesia, que goza de una tan rica juventud, incesantemente renovada con el soplo del Espíritu Santo, permanece dispuesta siempre a reconocer, más aún, a acoger y fomentar todo lo que constituye honor de la inteligencia y del corazón humano en las otras parte del mundo distintas de esta vertiente mediterránea, que fue cuna providencial del cristianismo…

“En este campo es necesario recordar también lo que sugirió nuestro inmediato predecesor Pío XII: a saber, que es deber de los fieles “multiplicar y difundir la Prensa católica en todas sus formas” y preocuparse asimismo de las “técnicas modernas de difusión y de cultura, pues es conocida la importancia de una opinión pública formada e iluminada”. No todo podrá hacerse en todas partes, pero es preciso no dejar pasar ninguna buena ocasión para proveer a estas reales y urgentes necesidades, a pesar de que a \eces “el que siembra no es el mismo que el que recoge”.

“Por eso ella provee también en los territorios de misión, con toda la generosidad posible, ‘a iniciativas de carácter social y asistencial que son de gran utilidad para las comunidades cristianas y para los pueblos en medio de los cuales aquéllas viven. Cuídese con todo de no estorbar el apostolado misionero con un complejo de instituciones de orden puramente profano. Limítese a aquellos servicios indispensables de fácil manutención y uso, cuyo funcionamiento podrá ser puesto lo antes posible en manos de personal local, y dispónganse las cosas en modo que el personal propiamente misionero tenga posibilidades de dedicar las mejores energías al ministerio de enseñanza, de santificación y de salvación.” Juan XXIII, Princeps Pastorum, AAS, 51 (1959), 844, 845, 846. Texto español en Ecclesia, XIX2 (1959), p. 691-092).

[3] 1 Cor. 1. 29-31.

[4] Dan. 3, 57.

[5] Cfr. 1 Thes. 2, 3.

[6] Alocución al X Congreso internacional de Ciencias Históricas, in AAS, 47  (1955), p. 674.

[7] Le sens de Dieu, París,  1948, pp. 45 y 49-50.

[8] Documentation Catholique, 43 (1946), p. 742.

(*) “Por otra parte, incluso independientemente del reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares. La “consecratio mundi” es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, de hombres que se hallan mezclados íntimamente con la vida económica y social, que forman parte del gobierno y de las asambleas legislativas. Del mismo modo, las células católicas que deban crearse entre los trabajadores de cada fábrica y en cada ambiente de trabajo, para conducir de nuevo a la Iglesia a los que se hallan separados de ella, no pueden ser constituida más que por los mismos trabajadores.

“Que la autoridad eclesiástica aplique también aquí el principio general de la ayuda subsidiaria y complementaria; que se confíen al seglar las tareas que éste puede cumplir tan bien e incluso mejor que el sacerdote y que, dentro de los límites de su función o de los que traza el bien común de la Iglesia, pueda actuar libremente y actuar su responsabilidad…

“Sn ocasión precedente Nos hemos evocado la figura de estos seglares que saben asumir todas sus responsabilidades. Son, dijimos, “hombres constituidos en su integridad inviolable como imágenes de Dios; hombres orgullosos de su dignidad personal y de su sana libertad; hombres justamente celosos de ser los iguales de sus semejantes en todo lo que se refiere al fondo más íntimo de la dignidad humana; hombres apegados de manera a su tierra y a su tradición”. Tal conjunto de cualidades supone que se ha aprendido a dominarse, a sacrificarse, y que se sacan sin cesar luz y fuerza de las fuentes de salvación que ofrece la Iglesia.

“E1 materialismo y el ateísmo de un mundo en el que millones de creyentes tienen que vivir aislados, obliga a formar en todos ellos personalidades sólidas. ¿Cómo resistirán si no a los influjos de la masa que los rodea? Lo que es verdad para todos lo es en primer lugar para el apóstol seglar, obligado no solamente a defenderse, sino también a conquistar.” Pío XII. Discurso a los participantes en el II Congreso Internacional del Apostolado Seglar, 5 de octubre 1957. Texto español en Ecclesía, XVH2, AAS, 49 (1957), 927-928. (1957), p. (1187 s.).

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