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De la gran tenochitlan al Mexico moderno

De la gran Tenochtitlan al México moderno

Ernesto Bañuelos C.

Revista Acción Femenina, México. Sept 2010/año77/948

La celebración de dos siglos de vida independiente de nuestra nación se vería mutilada si no se tuviera en cuenta la participación de la Iglesia en la gestación de su historia, en su desenvolvimiento, y su influencia no sólo en la vida religiosa, sino en los aspectos sociales, culturales, organizativos, técnicos e industriales.

LA ESPADA Y LA CRUZ

El 13 de agosto de 1521 cayó el águila de la gran Tenochtitlan bajo el dominio del águila de dos cabezas del imperio español. El 13 de agosto de 1523 llegaron a Veracruz, a instancias del propio emperador Carlos V, tres religiosos: fray Juan de Tecto, fray Juan de Ahora y fray Pedro de Gante.

Estos religiosos eran franciscanos y, además, sabios y santos. Muy pronto aprendieron el náhuatl e iniciaron la obra civilizadora y evangelizadora más extraordinaria que jamás se haya realizado. Poco después, el 13 de mayo de 1524 se sumaron otros doce franciscanos, encabezados por fray Martín de Valencia, quienes pusieron las bases de la Provincia Franciscana del Santo Evangelio.

El 2 de julio de 1526 arribaron los padres dominicos, quienes se consagraron a la defensa de los indios y a mantener pura la ortodoxia religiosa. Ellos se establecieron así: Provincia de Santiago en México, San Vicente de Chiapa y Guatemala; San Hipólito de Oaxaca y la provincia de Puebla.

Los agustinos llegaron el 22 de mayo de 1533. Su trabajo fue principalmente en el occidente, en donde establecieron las primeras casas de estudios, entre ellas la de Tiripetío, cuyo creador fue fray Alonso de la Veracruz, portento de saber y virtudes e introductor de la filosofía en México.

El 28 de septiembre de 1572 llegaron quince jesuitas, quienes crearon la Provincia de México,  de  la  que  llegaron  a  depender 25 colegios, 11 seminarios, 5 residencias y una casa profesa. Los jesuitas se consagraron a labores misionales y educativas; llevaron la fe a apartadas regiones del norte, donde constituyeron el asentamiento de la población novohispana.

Agreguemos a estos colosos de la fe la presencia de dieguinos, carmelitas, betlemitas, etc., que realizaron una gran obra en el campo misional, hospitalario y educacional.

DEFENSA DE LOS INDIOS Y PROMOCIÓN DE LA CULTURA

El primer obispo de la diócesis de México fue fray Juan de Zumárraga, defensor de los indios y gran promotor de la cultura. Zumárraga se preocupó de la educación femenina, introdujo la imprenta y creó el colegio de Santa Cruz de Tlatelolco en donde el humanismo europeo se difundió entre la población indígena. Impulsó la creación del colegio de San Juan de Letrán para mestizos, el Colegio de Nuestra Señora para niñas y la fundación de la Universidad de México.

La acción de la Iglesia tuvo fallas originadas por la tradición y las costumbres (concentración de la propiedad, la suntuosidad de muchos conventos e iglesias, concentración de clérigos en las grandes ciudades, fallas humanas), que llegaron incluso a provocar enfrentamiento con las autoridades civiles.

INDUSTRIA, AGRICULTURA Y CULTURA

La actividad misional, la creación de nuevas poblaciones con el surgimiento de hospitales y el consiguiente beneficio social y asistencial no puede dejarse en el olvido. Los misioneros introdujeron técnicas y métodos industriales y agrícolas modernos; construyeron puentes, acueductos y diques. Pero el aspecto que sigue asombrándonos es su labor educativa y cultural en todos los niveles y campos, es decir, difundieron tanto el Evangelio como la cultura: enseñaron el alfabeto, hicieron aprender el español y el latín.

Fray Pedro de Gante creó colegios de artes y oficios en donde se enseñó música, pintura y escultura. Ni qué decir de la proyección social de la obra de Vasco de Quiroga: dos hospitales a la orilla del lago de Pátzcuaro y la organización de las comunidades según los diversos oficios.

RETOS DEL FUTURO

Al contemplar a vuelo de pájaro, en el bicentenario de nuestra patria, esta brevísima síntesis histórica de los colosos que nos trajeron la fe y colocaron los cimientos de nuestra cultura y de nuestra Iglesia, no se puede sino agradecerles su visión, heroísmo y celo. Al mismo tiempo, quisiera pensar en un propósito de Iglesia que todos formamos y que sería el reto para cada uno de nosotros: imitar su celo apostólico, imitar verdaderamente la opción por los pobres e imitar su espíritu de servicio, alejados del poder.

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA

En su marcha de guerra desde el norte de la República hasta la capital (1914), las fuerzas de Carranza cometieron acciones sacrilegas y actos contra eclesiásticos. A partir de entonces las acciones antirreligiosas no dejaron de sucederse.

Durante la gestión de Plutarco Elias Calles se lograron las instituciones que darían forma al gobierno mexicano y así, don Plutarco se convirtió en el Jefe máximo de la Revolución (1928-1935). Durante esta época fue cuando se desató la persecución religiosa (1926-1929) en que los “cristeros” supieron ofrendar su vida para defender la libertad religiosa de los católicos mexicanos. Los acejotaemeros supieron poner un timbre de gloria a su lema “Por Dios y por la Patria”, siguiendo su programa de “piedad, estudio y acción” y acicateados por el verbo candente del hoy Beato Anacleto González Flores.

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  1. Gabino Ramírez
    septiembre 26, 2010 en 1:47 pm

    Sr. Ernesto:
    Mil disculpas por mi comentario, pero dicen que no hay que decir la verdad a medias, la Iglesia Católica efectivamente tuvo una muy importante participación en nuestra historia, pero desgraciadamente no todo fue color de rosa como usted lo pinta. Muchos de los frailes que vinieron impusieron a sangre y fuego su religión, hubo matanzas de indígenas provocadas por el clero en regiones en las que no se aceptaba la imposición religiosa, la santa Inquisición también realizo actos atroces y nada cristianos en contra de la población. Franciscanos, Jesuitas y todas las congregaciones permitieron esta barbarie justificándola como usted mismo la justifica, por la traída de la civilización y por la evangelización. Lo más triste de todo es que ni aún en nuestros días se ha divulgado esta situación, se han pedido disculpas de parte de la iglesia por muchas situaciones similares, pero por la matanza de indígenas NUNCA, al contrario, se canonizó a unos adolescentes traxcaltecas, que fueron inducidos por frailes para entrar a los templos indígenas a destrozar los ídolos y las representaciones de Dioses nativos, trayendo como consecuencia total y absolutamente lógica, que los mataran sus compatriotas por estos actos. Para que hablar de los cristeros en donde nuevamente la Iglesio utilizó a la gente indigena para tratar de recuperar el poder que perdieron…

  2. Ernesto Bañuelos C.
    septiembre 27, 2010 en 9:17 am

    D. Gabino: Como chiapaneco que soy, me siento orgulloso de mi pasado indígena: maya y zoque esencialmente. Y cuando hablo de mi pasado no suelo subrayar todo lo negativo que pudieron haber tenido mis ancestros, antes ensalzo la grandiosidad de sus construcciones, elogio sus conocimientos de astronomía, sus virtudes pedagógicas, etc., etc. ¿Es eso pintar de color de rosa la historia de mis antepasados? Mi manera de pensar es ser positivo, tratar de ver todo aquello que puede ser empleado para edificar nuestro futuro.
    Quitemos todo lo que escribí. Hagamos descripción detallada de la parte nefasta que haya habido de parte de quienes entonces formaban la Iglesia; destaquemos la religiosidad idólatra de nuestros antepasados, hablemos de sus sacrificios humanos en las guerras floridas, del sacrificio de las doncellas, de las guerras de conquista por extender los territorios, del sometimiento de los pueblos… ¿Qué podemos aprovechar de ello para nuestro siglo XXI? ¿Entusiasmaría a nuestra juventud? ¿Nos haría mejores a usted y a mí? ¿Nos sentiríamos orgullosos de nuestro pretérito?
    Valdría la pena revisar la extensa bibliografía que hay al respecto y que supongo usted ya conoce: Cartas de Relación de Cortés; Historia verdadera de la conquista de Bernal; Fr. Antonio de Remesal; los variadísimos libros de Alfonso Caso; Diego de Landa; Orozco y Berra Historia antigua y de las culturas aborígenes de México; Román Piña Chan; Scharlaman: México, tierra de volcanes. Y una síntesis bien pensada: Historia de México del Dr. Ernesto de la Torre Villar y Ramiro de Anda.

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