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Seguir amando a nuestra Iglesia

Seguir amando a nuestra Iglesia

Mónica Santamarína de Robles

Revista Acción Femenina. Agosto 2010/año 77/947

Pasan los meses y el tema de los escándalos en la Iglesia no termina. Siguen saliendo a la luz casos de abusos de niños y jóvenes inocentes por parte de sacerdotes y religiosos en distintos lugares del mundo. Se sabe también de algunos ministros que, en lugar de denunciar a tiempo los delitos cometidos, decidieron callar y encubrirlos, en un afán equivocado de causar menos daño. Hasta México han llegado estas graves situaciones con el descubrimiento de la doble vida del fundador de una de las órdenes y movimientos laicales más extendidos en el país.

Todo esto nos duele, nos lastima y nos escandaliza. Nos duele, en primer lugar, por el sufrimiento de las víctimas de abusos y de sus familias. Nos lastima por la decepción de tantas personas, especialmente jóvenes, entregados sinceramente a Dios y a los hombres a través de la vida consagrada.

Nos duele por la gran cantidad de personas que, al no comprender lo que está sucediendo, se han alejado de la Iglesia. Nos lastima, finalmente, porque amamos a nuestra Iglesia y reconocemos el grave daño causado por los actos inmorales de algunos de sus miembros; actos que pueden dejar prácticamente en el olvido todo el bien que la misma Iglesia, a través de la mayoría de sus integrantes, ha hecho a lo largo de los siglos y sigue haciendo hasta hoy.

Ante la gravedad de los casos buscamos explicaciones y nos cuestionamos: ¿Cómo es posible que muchos de los que debían identificarse con Jesús como “Camino, Verdad y Vida” se hayan desviado así? ¿Por qué quienes más debían dar ejemplo de vida cristiana y cuidar de los demás, especialmente de los más vulnerables, fueron capaces de cometer tales atropellos? ¿Qué debemos pensar y qué podemos hacer nosotros ante a todo esto?

En fin, es momento de hacer un alto en el camino y, en una actitud madura y serena, reflexionar sobre ello a la luz de nuestra fe.

UNA IGLESIA SANTA FORMADA POR PECADORES

Ante la realidad de la miseria humana, estos hechos tan lamentables no deberían extrañarnos tanto. La Iglesia es santa, pero todos los que formamos parte de ella somos pecadores. Si confiamos demasiado en nosotros y nos soltamos de la mano de Dios, somos capaces de los peores actos. Tal como lo mencionaba hace poco S.S. Benedicto XVI: “Los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen desde fuera, sino que el sufrimiento de la Iglesia viene de dentro de ella, de los pecados que existen en su interior”.

Jesús nos ha elegido a todos para salvarnos y trabajar por la salvación de los demás. Ha puesto en nuestras manos todos los medios indispensables para fortalecernos en la fe y ayudarnos a realizar nuestra misión: la oración, los sacramentos, la penitencia, el sacrificio, el perdón, la formación cristiana, etc. Sin embargo nosotros, ya seamos sacerdotes, religiosos o laicos, en uso de nuestra libertad y viviendo en esta sociedad tan secularizada, nos hemos ido alejando de estos medios y, ya debilitados, nos separamos del Señor y lo traicionamos. Mientras más cerca hemos estado de Él, más grave es la traición. Ya desde los tiempos de Cristo, con la figura de Judas aprendimos que a veces los elegidos de Dios, incluso los más cercanos, lo traicionan.

ANTE TODO ESTO, ¿POR QUÉ AFIRMAMOS QUE LA IGLESIA ES SANTA Y POR QUÉ SEGUIMOS CREYENDO EN ELLA?

Podemos estar seguros de que lo que recitamos en el Credo cada domingo en la Misa es verdad. La Iglesia es santa a pesar de mis pecados, de los tuyos y de los de todos los que la formamos. La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor, porque Cristo se entregó a ella para santificarla y hacerla santificante y porque el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. Es santa porque su fin es conducirnos a todos a la santidad y porque, a pesar de estar formada por pecadores, ha producido a través de la historia incontables frutos de santidad.

En la Iglesia descubrimos que la misericordia de Dios es más grande que todos nuestros pecados juntos. La resurrección de Cristo nos garantiza que ninguna potencia adversa podrá destruirla. La barca de Pedro podrá tambalearse, pero nunca se volcará, porque Cristo prometió nunca abandonarla.

¿POR QUÉ AMAR A NUESTRA IGLESIA?

Para amar a nuestra Iglesia debemos recordar primero que fue Cristo mismo quien la fundó por amor hacia todos nosotros. Desde sus orígenes la Iglesia fue concebida como fuente de santificación para todos sus miembros, hechos hijos suyos a través del bautismo. La Iglesia es necesaria para nuestra salvación. Tú y yo la amamos porque sólo a través de ella hemos podido encontrar el sentido de nuestras vidas; también porque Cristo la ama como el mejor de los esposos y es su cabeza.

En otras palabras, la Iglesia es la gran familia de todos los hijos de Dios, incluyéndonos a nosotras y por ello hemos.de amarla, cuidarla y respetarla en todo momento. Como en toda familia, cuando en la Iglesia alguno de sus miembros cae en el pecado, hay que procurar ayudarlo y corregirlo, pero también llevarlo a asumir la responsabilidad de sus actos, actuando con justicia y con el mayor celo posible para cuidar de los demás miembros y evitar que el mal se propague.

FRENTE A ESTA CRISIS, ¿CUÁL DEBE SER NUESTRA ACTITUD?

En primer lugar aprendamos a juzgar a nuestra Iglesia no por quienes no viven su auténtico espíritu, sino por los que caminan lado a lado de la mano del Señor. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor y que abusaron en vez de amar a quienes estaban llamados a servir, o podemos enfocarnos en los demás, en la gran mayoría que ha permanecido fiel: todos esos sacerdotes, religiosos y laicos que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y a los demás.

Ahora bien, esta actitud no significa que no condenemos abiertamente todos esos casos de abuso. Debemos también preguntarnos cuál es la responsabilidad de quienes conociendo estos abusos no hicieron nada para impedirlos, para ayudar a los que poco a poco se desviaban del camino y para separar de sus cargos y denunciar ante las autoridades eclesiales y civiles a quienes cometieron dichos delitos. Tal parece que el demonio pudo más, impidiendo que hablaran oportunamente quienes tenían obligación de hacerlo y tapando los oídos a las autoridades correspondientes, que en su momento tenían que haber actuado con toda severidad.

Nosotros no podemos asumir esa actitud. A ejemplo de Cristo debemos ser valientes para denunciar los atropellos a la dignidad de cualquier persona. No podemos reaccionar con ingenuidad ni con apocamiento. Los católicos tenemos que aprender a hablar a tiempo, a decir las cosas claras, a no transigir con la mentira, venga de donde venga; a ser firmes para denunciar el error y las faltas. Debemos actuar siempre para proteger a los más inocentes y para prevenir daños.

Tú y yo no sabemos con exactitud lo que ha sucedido. No nos corresponde juzgar ni hacer especulaciones al respecto. Tenemos que ser capaces de encauzar el dolor, el coraje o la desilusión a la expiación, el perdón y el arrepentimiento. Tal como lo dijo hace poco el Papa: “La Iglesia tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, aceptar la purificación, entender, por un lado, el perdón, pero también la necesidad de justicia”.

El perdón no sustituye a la justicia y por ello Su Santidad invita a los sacerdotes y religiosos que han traicionado la confianza depositada en ellos a: “responder de ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos” (…) a “admitir abiertamente su culpa y a someterse a las exigencias de la justicia, pero no desesperar de la misericordia de Dios”.

Apoyemos a las víctimas y a sus familias. Animemos y, en lo posible, orientemos a todos aquellos que han visto con gran dolor cómo la imagen de quienes consideraban sus ejemplos a seguir se ha destrozado para siempre. Como miembros de la UFCM volvamos a trabajar como antes en los seminarios, para contribuir con la formación integral adecuada y suficiente de todos nuestros seminaristas. Orientemos a niños, jóvenes y padres de familia para que sepan prevenir este tipo de abusos y, en su caso, denunciarlos. Evitemos que muchos tomen estos escándalos como “pretexto” para alejarse más de su religión.

Pero sobre todo, redoblemos los esfuerzos por fortalecer nuestra vida de fe: tenemos que orar más, prepararnos más, acercarnos con mayor frecuencia a los sacramentos y volver a la “penitencia” tan fuera de moda en nuestros días. En fin, hemos de ser más fuertes para actuar en esos momentos difíciles en que Jesús nos llama a reforzar el trabajo en su viña.

¡RENOVEMOS NUESTRA IGLESIA!

Por supuesto que sí. Pensemos en las duras pruebas que ha tenido que enfrentar la Iglesia a lo largo de los años; basta con revisar la historia. Tú y yo podemos estar seguras de que si no fuera por Dios, los seres humanos habríamos acabado con ella hace mucho tiempo. Nuestro Señor ha permitido que a través de grandes crisis como ésta surjan grandes ejemplos de valentía y santidad que han transformado a la propia Iglesia y al mundo.

Cómo no recordar a San Francisco de Asís a quien frente a los escándalos que en aquella época se vivían, Cristo le pedía: ¡Reconstruye mi Iglesia!

Y vaya que sí lo hizo. Tampoco podemos olvidar a Santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia, a quien el Señor confió la reforma del Carmelo.

Ella, al ingresar al convento, descubrió que había muchos abusos y faltas graves a los votos y a la regla carmelita. Fue la gran reformadora de esta orden religiosa que persiste dando frutos de santidad hasta nuestros días.

Y para nosotros los laicos la figura de Santo Tomás Moro debe darnos la pauta a seguir

en estos momentos. Él fue firme y fiel a su conciencia hasta el final. Sin dejar de denunciar el error y las faltas de autoridades civiles y de altos representantes del clero de su época, supo combinar en circunstancias muy delicadas el amor a la verdad y su fidelidad a la Iglesia, cuidando ante todo la caridad. Es mucho lo que los católicos de estos tiempos tenemos que aprender del comportamiento de este santo.

La Iglesia entera debe ahora estar unida en oración, penitencia y trabajo por todos los sacerdotes para que valoren la grandeza de su ministerio. Con la certeza de que Cristo es el único modelo a seguir y ce que Él nunca nos fallará, todos los que formamos parte de ella hemos de acompañar y apoyar en su fe a religiosos, seminaristas y tacos que han sido afectados. El propio Jesús, que conoce nuestras debilidades y las perdona, es quien, con la fuerza del Espíritu Santo, nos da los  medios para salir adelante. Estemos seguros, la barca de Pedro nunca se volcará porque Jesús está y permanecerá con ella hasta el final de los tiempos.AF

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Categorías:Iglesia
  1. Salvador Medina Chavarin
    agosto 27, 2010 en 11:18 am

    Nuestra Iglesia está sumergida en la mas profunda crisis de toda su historia. Los católicos debemos estar concientes de la problemática que enfrenta nuestra Iglesia. Dios espera mucho de nosotros, así como un padre espera mucho de su hijo. Nosotros como laicos, somos la fuerza de nuestra Iglesia, debemos involucrarnos mas con nuestra iglesia, siendo católicos dinámicos, llevando los evangelios a la práctica, a la vida real. Vamos a fortalecer nuestra Iglesia, trabajndo incansablemente por ella, asi como lo hizo San pablo “Cansado pero no rendido”. Comprometete con Cristo Jesús.

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