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Capitulo VII Los seglares y la ordenes inferiores al sacerdocio

               CAPITULO  VII  LOS SEGLARES Y LAS ORDENES INFERIORES AL SACERDOCIO

Se disputa hoy con interés sobre la conveniencia de restablecer las Ordenes anteriores al sacerdocio, devolviéndoles su antigua utilidad práctica. Sabemos, por los Hechos de los Apóstoles, que el Diaconado fue instituido para que los Apóstoles se viesen libres de ocupaciones no estrictamente sacerdotales, con el fin de poderse dedicar enteramente a la oración y predicación.

Pasando los siglos, por exigencias del sagrado ministerio, instituyó la Iglesia nuevas órdenes inferiores. Dice Santo Tomás: “En la Iglesia primitiva, por la escasez de ministros, los diáconos se encargaban de todos los ministerios inferiores, como se ve por lo que dice Dionisio en el cap. 3, De la Jerarquía Eclesiástica: “Algunos ministros están a las puertas cerradas del templo, otros cumplen con otros deberes de la Orden recibida, y les hay que presentan al sacerdote sobre el altar el pan sagrado y el cáliz bendito. La potestad del diácono resumía implícitamente todas estas funciones. Más tarde, al tomar mayores proporciones el culto divino, la Iglesia distribuyó entre diversas órdenes lo que antes había asignado a una sola”[1] (99).

Durante muchos siglos, esas Ordenes tuvieron el carácter de ministerios permanentes, es decir, que quien recibía alguno de ellos podía quedarse en él y ejercitarlo durante toda la vida. En otras palabras: las Ordenes menores, más que una potestad, eran un ministerio; si alguno, por ej.. se le ordenaba lector o acólito, era precisamente por la necesidad de alguien que cumpliera estos oficios.

A partir del siglo X se descubre un desplazamiento progresivo de la atención: ahora se fija más en la potestad que confieren las ordeñes que en su aspecto de servicio. Contribuyó a fomentar esta tendencia la opinión teológica, según la cual creían entonces que todas las órdenes, aun las menores,  imprimen  carácter  sacramental. Escribe Santo Tomás: “Sobre esto ha habido tres opiniones. Algunos han dicho que sólo el sacerdocio imprime carácter. Pero esto es falso. Porque ninguno, fuera del diácono, puede ejercer las funciones de diácono; prueba de que en la dispensación de los sacramentos tiene un poder que no poseen los demás. Por eso han creído algunos que también las Ordenes mayores imprimen carácter, pero no las menores. Cosa igualmente errada, ya que cualquiera de las Ordenes coloca al ministro por encima del pueblo, en lo tocante a la potestad de dispersar los sacramentos. Y como lo que coloca a alguien por encima de los demás es precisamente el carácter, es manifiesto que todos imprimen carácter. Prueba de ello es también que duran siempre y no pueden repetirse. Esta tercera sentencia es la más común”[2]. De este modo todas las Ordenes anteriores al sacerdocio se fueron considerando como un poder más que un oficio. Finalmente quedaron como meros escalones para llegar al sacerdocio. La actual legislación eclesiástica ordena: “La primera tonsura y las órdenes sólo deben conferirse a aquellos que tengan el propósito de ascender hasta el presbiterado y de los cuales se pueda razonablemente conjeturarse que han de ser algún día sacerdotes dignos”[3]; pueden, sin embargo, ejercer las órdenes ya recibidas aun cuando rehúsen recibir órdenes superiores, no puede el Obispo obligarlo a recibirlas, ni puede prohibirle el ejercicio de las ya recibidas, a no ser que tenga algún impedimento canónico o haya, a juicio del Obispo, alguna causa grave que lo impida”[4]. Tales Ordenes han desaparecido como ministerio, quedando únicamente como potestad simbólica. Los seglares son los que hoy cumplen las funciones de las Ordenes menores.

Los Padres del Concilio Tridentino, en la séptima sesión, día 15 de julio de 1563, decretaron: “Canon 17: que, en conformidad con los sagrados cánones, sean restablecidas al primitivo vigor de que gozaron en la Iglesia durante los tiempos apostólicos, las funciones propias de las órdenes menores, descuidadas durante algún tiempo en muchos lugares. Así no podrán los herejes tacharlas de inútiles. Con deseo ardiente de que cobre nuevo vigor aquella antigua costumbre, ordena este Santo Concilio que solamente los que han recibido órdenes menores puedan ejercer tales funciones; exhorta también y manda a todos y cada uno de los Prelados de las Iglesias que, en cuanto sea posible, procuren revalorizar esas funciones en las catedrales, colegiatas y parroquias, si son muy frecuentadas por el pueblo y los ingresos de la iglesia lo permiten… Si no hay clérigos célibes que cumplan las funciones de las cuatro órdenes menores, pueden hacerlo personas casadas, de buena vida, con tal de que no sean bígamos, tengan las necesarias aptitudes y usen tonsura y hábito clerical dentro de la iglesia”[5] (103). Mas estos deseos del Concilio nunca llegaron a realizarse. El motivo principal porque muchos anhelan la revalorización de las órdenes menores es la escasez, siempre creciente, de vocaciones sacerdotales. Sería mucho más fácil encontrar candidatos idóneos que quisiesen ejercer estas funciones no-sacerdotales, ya que no requieren tantas dotes de espíritu ni tan larga preparación teológica. Por eso está surgiendo en las Ordenes monásticas una “tendencia” a dar las órdenes menores a los hermanos donados y a los coadjutores seglares[6]. En el Congreso Internacional de Pastoral y Liturgia, celebrado en Asís, en septiembre de 1956, Mons. Wilhelm van Bekkun, S. V. D., Vicario Apostólico de Ruteng (Indonesia), pronunció un largo discurso sobre las necesidades particulares de las misiones en materia litúrgica. Entre ellas hizo referencia a la urgencia de restablecer el diaconado y las demás órdenes inferiores al sacerdocio, porque, según decía él, en muchos lugares de misión está decayendo la vida religiosa por falta de sacerdotes[7].

Algunos encuentran, además, otra ventaja en la repristinación de las órdenes, del diaconado en particular. De esta manera se aprovecharían las vocaciones tardías de muchos sujetos que, por su edad avanzada, no pueden ya soportar los pesados estudios que se requieren para el sacerdocio. Si se les ordena de diáconos, se entregarían con empeño al servicio de Dios y de las almas, pudiendo ser magníficos colaboradores del sacerdote en la cura de almas, administración de los sacramentos y, sobre todo, en la administración de los bienes temporales de la Iglesia, que fue el motivo principal de fundar el diaconado, según se ve en los Hechos de los Apóstoles.

Los que trabajan por la vuelta de las Iglesias protestantes ven el diaconado como la mejor solución al arduo problema que plantea la conversión de los “pastores”. Vinculados como están a sus familias, no pueden ejercer el sacerdocio. Por otra parte, les sería muy desagradable verse reducidos a simples seglares. Suelen, además, estar dotados de muy buenas cualidades, y podrían prestar a la Iglesia grandes servicios, conservando al mismo tiempo su condición anterior.

Algunos desearían que los altos oficiales de la Acción Católica poseyeran alguna de las Ordenes menores. Aducen como razón que, por el mandato recibido, su actividad es pública en la Iglesia, y obran en cierto modo en nombre de ésta. Sería, pues, conveniente que recibieran también alguna potestad espiritual.

                   Observaciones

La presente cuestión no es tan sencilla como pudiera creerse a primera vista; para evitar confusiones hacemos algunas advertencias:

1)      La primera duda se refiere a la terminología: ¿si los seglares reciben las Ordenes menores, continúan siendo seglares? No es posible dar una respuesta categórica; en cuanto al Orden y al oficio son clérigos; en cuanto al modo de vida, seglares. Como ya hemos advertido anteriormente, los clérigos se diferencian de los seglares no sólo por razón del Orden, sino también por la manera de vida, .que es de retiro del mundo, cosa que, en nuestra hipótesis, no estarían obligados a observar los seglares ordenados de menores. Su situación es análoga a la de los miembros de los Institutos Seculares: en sentido teológico son religiosos, mientras jurídicamente son sólo seglares. No hay inconveniente en que la Iglesia, por la misma razón que se movió a fundar tales religiosos seculares, se decida igualmente a permitir seglares clérigos. De ser admitidos, formarían una categoría intermedia entre clérigo y seglares: una especie de raíz de la jerarquía hundida en la masa de los fieles. Pero está idea, como advierte Pío XII, no parece haber llegado al tiempo de su madurez[8].

2)      Adviértese, en primer lugar, que no se trata de ensanchar el ámbito del apostolado seglar; es más bien una ampliación y una intensificación del apostolado de la jerarquía. “Por institución divina, la jerarquía sagrada, en razón del orden, se compone de Obispos, presbíteros y ministros”[9]; pues bien: se trata de activar esta tercera categoría, que durante mucho tiempo ha permanecido infructuosa. Y si algún día se restableciera, será siempre de la jerarquía, como ha dicho Pío XII en las palabras ya citadas, la Acción Católica es una actividad que cae dentro del apostolado propiamente seglar, aun cuando realice la misión qué se le ha encomendado bajo las órdenes de la jerarquía. No se ve, pues, por qué hayan de recibir las órdenes menores algunos de sus miembros, a no ser que sean destinados a ministros eclesiásticos. Pero entonces ya no es razón de su pertenencia a la Acción Católica, sino por otros motivos. Fundamentos del apostolado seglar son la gracia y el carácter del Bautismo y la Confirmación.

3)      Una revalorización de las Ordenas inferiores al sacerdocio no lleva inherente la dispensa del celibato; en cuanto a las Ordenes mayores, no convendría en modo alguno dispensar de él. Por eso los religiosos laicos y los miembros de los Institutos Seculares parecen ser los más indicados para recibir las Ordenes mayores: poseen los miembros de los Institutos, además del celibato, un régimen de vida enteramente seglar, cualidad que ejo. algunas circunstancias les hace candidatos aún más aptos para ese ministerio. En las Ordenes menores no es tan grande la necesidad del celibato. Por eso, el Concilio Tridentino, al tratar de la restauración ae estas Ordenes menores admite a los casados (que no sean bigamos), siempre que sean idóneos para tales oficios, debiendo llevar en la iglesia tonsura y hábito clerical[10]. Aunque no será tarea fácil encontrar hombres que, no teniendo vocación sacerdotal ni religiosa, estén dispuestos a abrazar el celibato y a renunciar enteramente al mundo por el solo motivo de ejercer los ministerios de las Ordenes menores


[1] Supplem., q. 37, a. 2.

[2] Supplem., q.  35, a.  2.

[3] Codex Juris Canonici, can. 973, 2

[4] Loc. cit., can. 873, 2

[5] Concilium Tridentinum…,  ed. soc. Goerresiana, t. IX, Friburgi Brisgoviae, 1924, pp. 627-628.

[6] scribe H. R. Philippeau: “Un movimiento se dibuja, sin embago, en el seno de algunas agrupaciones monásticas o canonicales, como la Trapa, Fremostratenses. a favor de la colación de las órdenes menores a conversos o coadjutores laicos, destinados al servicio práctico de la liturgia. ¿Se extenderá este movimiento hasta los grupos de clérigos mayores y de empleados de la Iglesia? El porvenir lo dirá. Nos basta haber señalado sus raíces tradicionales y jurídicas.

Hacemos notar a este propósito que, para acrecentar el prestigio de los indispensables colaboradores laicos del clero misionero en tierras ínfleles, una reciente decisión ds la Propaganda autoriza a algunos de ellos a recibir las órdenes menores y a prestar, servicio en las reuniones culturales, sin exigirles por eso que renuncien al matrimonio y a la vida conyugal, ni que aspiren a recibir más tarde las órdenes mayores. Es un paso considerable en !a. dirección indicada en Trento y tan olvidada después” i’Les orares mineurs, in La vie spiritvelle. Supplement, 10 oaout 1849\ pp. 176-177).

Por lo que se refiere a la segunda afirmación, es decir, que la S. Congregación de Propaganda Pide haya concedido que algunos cooperadores laicos se ordenen de las órdenes menores, advertimos que, después de una diligente búsqueda en la sede de dicha organización, no hemos podido encontrar nada que pueda servir de fundamento a semejante aserción.

[7] Cfr. The Liturgical Revival in the Service of the Mission, in The Assisi Papers…, Collegeville (Minn), 1957, pp. 110-111: se da en lengua inglesa la conferencia, tenida en alemán.

[8] “Hasta aquí no hemos considerado las ordenaciones que preceden al presbiterado y que, en la práctica actual de la Iglesia, no se confieren más que como preparación para la ordenación sacerdotal. La función encomendada a las órdenes menores la vienen ejerciendo desde antiguo los sellares. Nos sabemos que en la actualidad se piensa en introducir un orden de diaconado concebido como función eclesiástica independiente del sacerdocio. La idea, hoy al menos, no está madura todavía. Si lo llegara a estar un día, nada cambiaría en cuanto Nos acabamos de decir, excepto que este diaconado ocuparía su lugar con el sacerdocio en las distinciones indicadas por Nos mismo” <_AAS, 49 (1957), p. 925

[9] Código de Derecho Canónico, can. 108

[10] Cfr. más arriba nota 103

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