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Capitulo VI Diversas formas de apostolado seglar

SEGUNDA PARTE

FORMAS CONCRETAS DE APOSTOLADO SEGLAR

Libro Apostolado Seglar

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

               CAPITULO VI DIVERSAS FORMAS DEL APOSTOLADO SEGLAR

Para mayor claridad reducimos las diversas formas de apostolado seglar a las cuatro siguientes :

1) Actividades por encargo o delegación de la autoridad eclesiástica.-En rigor, esta actividad no pertenece al apostolado de los seglares, ya que éstos no pueden emprenderlo por propia iniciativa. Son instrumentos de la jerarquía. Es éste un caso de participación de los seglares en actividades propias de clérigos. Tales actos pueden ser clericales por su misma naturaleza, como la predicación y el administrar la Eucaristía; y pueden también ser profanos, aunque vinculados íntimamente a cosas espirituales, como, por ejemplo, la administración de los bienes temporales de la Iglesia. Esos actos, como advertía Pío XII en su alocución al segundo Congreso Internacional de Apostolado Seglar, deben considerarse apostolado seglar, cuando los ejecutan seglares. Un seglar no se convierte en clérigo por el hecho de que se le encomiende alguna actividad clerical[1].

2)  Acción Católica.- Es un apostolado estrictamente seglar en torno al fin primario de la Encarnación, y adoptado expresamente por la jerarquía como complemento de su propio apostolado. Se trata de actividades apostólicas que propiamente pertenecen a seglares, y que éstos pueden, por tanto, ejercer sin intervención de la jerarquía. Mas el hecho de que ésta lo tome como suyo confiere a este apostolado un carácter público dentro de la Iglesia.

3)  Actividad de los católicos en el orden espiritual.- Comprendemos  bajo  esta  denominación toda actividad de la Acción Católica, en que no interviene la jerarquía. Es, por consiguiente, un apostolado seglar privado, ya que en. él obran los seglares por propia iniciativa y autoridad.

4)  Actividad de los católicos en el orden temporal.- Esta labor se refiere al fin secundario de la Encarnación, según la explicación que hemos dado más arriba. Abarca todo el ámbito de lo temporal. Aquí solamente los seglares tienen plena libertad de acción.

Hemos ordenado las diversas formas de apostolado de tal manera, que se vea el diverso grado en que cada una depende de la jerarquía: comenzando por la primera, en que la dependencia es máxima, hasta la cuarta, donde es ya muy reducida.

                   Actividad  de  los  seglares por delegación eclesiástica

Toda actividad de la jerarquía como tal nace de su doble potestad de orden y de jurisdicción. La potestad de orden no puede ser delegada. Únicamente puede uno ser ordenado, pero entonces ya deja de ser seglar. En cambio, la potestad de jurisdicción puede muy bien delegarse a seglares, al menos a los varones. Y no faltan casos de ello en la historia de la Iglesia. La legislación actual lo prohíbe; así que no puede hoy ya delegarse a seglares la jurisdicción[2]. Mas al presente no se trata de delegar a seglares la potestad de orden o de jurisdicción, sino de encomendarles algunas tareas que por su naturaleza son propios de clérigos. Es solamente encargarles de algunos oficios clericales, debido al número insuficiente de clérigos. La participación de los seglares puede referirse a la administración de los Sacramentos, predicación de la palabra de Dios, cura cíe almas y administración de los bienes temporales de la Iglesia (*).

                        1. En la administración de los Sacramentos.

No todos los sacramentos exigen para su validez que quien los administra posea el carácter sacerdotal. El Bautismo puede administrarlo válidamente cualquiera, aunque sea un infiel, y en caso de necesidad lo haría lícitamente. El matrimonio es administrado por los mismos contrayentes, siendo el único sacramento en que el seglar es ministro ordinario. Tampoco el distri-guir la Sagrada ^Comunión exige en el ministro orden alguna para que sea válida, pues el sacramento ya existe. Habiendo necesidad, como sucede en tiempo de persecución, la Iglesia concede también a los seglares el poder de administrarla. Así se hizo en Tonkín, el año 1841, y en Méjico, en 1927. Ningún otro sacramento pueden válidamente administrar los seglares. Sin embargo, se difundió durante la Edad Media la costumbre de confesarse con seglares, cuando faltaba el sacerdote. Muchos teólogos atribuyen a esta ceremonia cierta eficacia sacramental. Se lee en el Suplemento de la Suma teológica: “La Penitencia, lo mismo que el Bautismo, es un sacramento de necesidad. Ahora bien: el Bautismo, por ser sacramento necesario, tiene doble ministro: uno a quien pertenece por oficio bautizar; y otro a quien se le concede en caso de necesidad. Lo mismo sucede con la penitencia: ministro ordinario de la confesión es el sacerdote; mas en caso de necesidad puede un seglar sustituir al sacerdote y oír las confesiones”[3]. Esta opinión medieval es hoy rechazada por todos.

Mucho más importante es el papel de los seglares en las funciones litúrgicas, sobre todo en ministerios que incumben a los que han recibido órdenes menores, pero que de hecho desempeñan hoy los acólitos y sacristanes. Aun los oficios mismos de Diácono y subdiácono pueden encomendarse a los seglares, como se hizo en los primeros siglos de la Iglesia. Ejemplo típico de esta costumbre antigua tenemos en la institución de las diaconisas. Estas ejercían muchos oficios que hoy solamente pueden desempeñar los sacerdotes y los que han recibido las órdenes sagradas. La prohibición es de origen eclesiástico. Por eso en los lugares de misión, donde los sacerdotes son insuficientes, se concede aún hoy a las catequistas permiso para ejercer ministerios sagrados no estrictamente sacerdotales.

                        2. En la predicación.

No nos referimos aquí a la enseñanza privada de la doctrina cristiana, cosa que pueden y en ocasiones deben hacer todos, sino a la enseñanza pública y oficial de la doctrina de la Iglesia. Esta pertenece exclusivamente a la jerarquía, en primer lugar a los Obispos, y de ella participan los sacerdotes aprobados. ¿En qué medida participan los seglares? Ciertamente no reciben autorización para hablar en nombre de la Iglesia. Puede, no obstante, la autoridad competente encomendarles enseñar públicamente. Sabemos de hecho que en los primeros tiempos del cristianismo los seglares, y en especial los carismáticos, predicaban públicamente en la Iglesia. En su Carta a los Corintios prescribe San Pablo el orden y las normas que se han de guardar en tales predicaciones[4]. También los fieles no favorecidos con carismas predicaban, cuando se presentaba la ocasión: “Los que se habían dispersado iban por todas partes predicando la palabra de Dios”[5]. No estando en aquellos tiempos tan desarrollada la disciplina eclesiástica, la predicación se hacía sin especial encargo, con sola aprobación tácita de los Apóstoles.

A partir del siglo segundo se concede cada vez más raramente a los seglares la autorización para predicar públicamente. Aunque hasta el siglo cuarto no faltan casos en que se da tal concesión. Varios Obispos invitaron a Orígenes, siendo aún seglar, a predicar en sus Iglesias. Leemos en las Constituciones Apostólicas: “También los seglares pueden enseñar en público con tal que sepan hablar bien y sean de buenas costumbres”[6]. A partir de entonces la disciplina se hace cada vez más severa. Las Antiguas Normas Eclesiásticas ordenaban: “Por muy instruida que sea una mujer, nunca se le permita enseñar en asamblea donde hay varones” ; “El seglar no debe enseñar en presencia de clérigos, sin el consentimiento de éstos”[7]. San León finalmente reservó a los sacerdotes todo lo que sea predicación oficial: “Procuro que nadie, fuera de los sacerdotes del Señor, se arrogue el derecho de predicar: ni monjes, ni seglares, aun cuando posean mucha ciencia. Porque, aun siendo de desear que todos los hijos de la Iglesia estén bien instruidos, no se puede permitir que cualquiera, sin ser sacerdote, asuma el oficio de predicador. En la Iglesia, como cuerpo que es de Cristo, conviene que todo proceda ordenadamente: los miembros más nobles deben cumplir su oficio sin que se lo estorben los menos dignos”[8].

Durante los siglos XII y XIII algunos seglares promovieron “Movimientos” apostólicos de predicación. Pedro Valdo y sus discípulos dieron comienzo a sus “Homilías” en el norte de Italia. Habiéndoselo prohibido el Obispo de Lión, Valdo apeló a Alejandro III. “El Papa le acogió benévolamente, alabándole por el voto de pobreza voluntaria que había hecho, pero al mismo tiempo prohibiéndole a él y a sus compañeros al predicar, a no ser que se lo pidiesen los sacerdotes…”[9]. Aumentando los abusos, se volvió a prohibir en tiempo de Lucio III esta forma de predicación. Finalmente, Inocencio III, el 7 de junio de 1201, dio una solución de compromiso: “Todos los domingos pueden reunirse los fieles a oír la palabra de Dios en lugar a propósito para ello. Con licencia del Obispo de la diócesis, uno o varios hermanos de. bien probada fe y piedad muy reconocida, les exhortan con palabra eficaz a seguir buenas costumbres y practicar obras piadosas. Pero no traten de los artículos de la fe ni de los sacramentos de la Iglesia. Mandamos que ningún Obispo se oponga a dicha manera de predicación de los fieles, pues, San Pablo declara que no se debe apagar el espíritu”[10]. El mismo Inocencio III, en 1210, extendió la autorización “a clérigos y laicos” de la comunidad dé. Bernardo de Primavalle. El mismo Pontífice, al aprobar la regla de San Francisco, concedió licencia para predicar públicamente en las iglesias a Francisco y a sus religiosos, debiendo antes ser aprobados en un examen[11].

Últimamente los errores de la Reforma Protestante sobre la competencia de los laicos en los sagrados ministerios obligó a la Iglesia a dar normas más severas acerca de la predicación de los seglares. He aquí las ordenaciones más importantes del Código de Derecho Canónigo: “El cargo de predicar la fe en toda la Iglesia está encomendado principalmente al Romano Pontífice, y a los Obispos en sus diócesis respectivas” (can. 1327, párf. 1); “A nadie le está permitido ejercer el ministerio de la predicación, si no ha recibido misión del Superior legítimo, que le otorgue facultad especial o le confiera un oficio, el cual por disposición de los sagrados cánones, lleve anejo el cargo de predicar” (can. 1328); “La facultad de predicar sólo se concederá a los sacerdotes o a los diáconos, mas no a otros clérigos, como no sea con causa razonable a juicio del Ordinario, y en casos singulares” (can. 1342, párf. 1); “A todos los que no son clérigos, aunque sean religiosos, les- está prohibido predicar en la iglesia” (can. 1342, párf. 2). Por tanto, no pueden los seglares predicar en la iglesia. Mas fuera de la iglesia se les permite enseñar religión, aun públicamente, siempre con aprobación del legítimo Superior eclesiástico: “Para la instrucción religiosa de los niños el párroco puede y, si está legítimamente impedido, debe llamar en su ayuda a los clérigos, sobre todo a los que residen en el territorio de la parroquia, o también, si es necesario, a los seglares piadosos, en especial a aquellos que estén afiliados a la piadosa asociación de la “doctrina cristiana” u otra semejante erigida en la parroquia” (can. 1333; párf. 1). Participan igualmente con misión canónica en el ministerio de la enseñanza eclesiástica los catequistas legítimamente designados y los profesores de Universidades y Facultades aprobadas para la enseñanza de ciencias sagradas. Así lo ordena la Constitución apostólica Deus Scientiarum: “Para poder ser admitido en el Claustro de Profesores, es necesario tener antes la misión canónica de enseñar. Esta la concederá el gran Canciller, una vez obtenido el nihil óbstat de la Santa Sede”[12].

                        3.   En la cura de almas (*).

Al faltar el clero, a veces se hace necesario encomendar a seglares piadosos algunas tareas de la cura de almas[13] (95). Como hemos dicho antes hablando del oficio de enseñar, cuando afirmamos que los seglares participan en algunos oficios de la cura de almas, no hablamos de su jurisdicción sobre las almas. Se trata únicamente de algunos actos que ejercen por comisión. Ni nos referimos al cuidado espiritual que padres y tutores tienen de los niños; aqui hablamos de la cura de almas estrictamente pastoral, que de por si pertenece a la jerarquía. Por las Cartas de San Pablo advertimos que ya los Apóstoles encomendaron algunas tareas apostólicas a seglares de piedad profunda: “Un ruego voy a haceros, hermanos: Vosotros conocéis la casa de Estéfana, que es la primicia de Acaya y se ha consagrado al servicio de los santos. Mostraos deferentes con ellos y con todos cuantos como ellos trabajan y se afanan. Me alegraré de la llegada de Estéfana, de la de Fortunato y de la de Acalco, porque han suplido vuestra ausencia. Han traído la tranquilidad a mi espíritu y al vuestro. Quedadles, pues, reconocidos”[14] (96). También hoy se dan casos de éstos en misiones apartadas, que el sacerdote sólo puede visitar de tarde en tarde. En esos lugares el catequista, debidamente designado por el Superior eclesiástico, hace todos los oficios del pastor, exceptuando los estrictamente reservados al sacerdocio o a las órdenes sagradas: bautiza, asiste a los que contraen matrimonio, visita a enfermos y moribundos, preside en los funerales, los domingos y los días festivos lee el Evangelio a los fieles reunidos en la iglesia, les exhorta, dirige las oraciones de la comunidad y catequiza. En 1942, la autoridad eclesiástica irñ^ puso a los fieles de la misión de Urundi (África) la obligación “bajo grave” de asistir a estas reuniones  dominicales dirigidas  por  catequistas. También se debatió la  misma  cuestión  en el Concilio Plenario de la India (1950), mas no quisieron los Padres obligar “bajo grave”. Pío XII, en su alocución al Segundo Congreso Internacional de Apostolado Seglar, elogiaba como forma verdaderamente clásica de apostolado seglar, la obra que llevan a cabo los catequistas en las misiones. Y añadía que en algunas regiones hace más fruto un misionero ayudado de seis catequistas que siete misioneros[15].

                        4. En la administración de los bienes temporales de la Iglesia.

Por lo que se refiere a los bienes temporales de la Iglesia (diócesis, parroquia, etc.) hay que partir de este principio fundamental: esos bienes pertenecen directamente a la Iglesia, no a la colectividad de los fieles. La Iglesia es una Institución previa que incorpora así los fieles, y no una comunidad resultante de la unión de los individuos. Por consiguiente, el derecho de administrar sus bienes es de la autoridad eclesiástica: del Sumo Pontífice para toda la Iglesia, de los Obispos y sus delegados para las diócesis, etcétera. Está excluida la idea de propiedad colectiva o de un derecho común de administración. Se puede sin embargo, y aun conviene en la administración servirse de la ayuda de los seglares. Ellos tienen más experiencia de administración de bienes temporales, y con esto se libra el clero de tener que descuidar su ministerio espiritual por atender a cosas materiales: “No es razonable que nosotros abandonemos el ministerio de la palabra de Dios por servir a las mesas”[16].

Durante los siglos III y IV parece haber existido, al menos en África, una especie de Consejo de Seglares, encargados de la administración de los bienes eclesiásticos. Más no duró mucho tal institución. Muchos seglares en la edad media, sobre todo en los siglos X y XI, fundaron y dotaron iglesias, obteniendo en ellas el derecho de patronato. Cosa que originó graves disgustos a la Iglesia. Por lo general los patronos, más que como administradores se mostraron como verdaderos propietarios de esos bienes. Llegaron a entrometerse en el gobierno espiritual de las iglesias, poniendo y quitando capellanes, prescribiendo el orden de las funciones sagradas, etcétera. Hasta verse la Iglesia obligada a defender sus derechos y precisar mejor la naturaleza y los límites de la administración de bienes concedida, a los seglares

Puntos más salientes del Código de Derecho Canónico referentes a este asunto: “El Romano Pontífice es el supremo administrador y dispensario de todos los bienes eclesiásticos” (e. 1518); “Al Ordinario local pertenece vigilar diligentemente sobre la administración de todos los bienes eclesiásticos que se hallan en su territorio y no estuvieren sustraídos a su jurisdicción, salvas las prescripciones legítimas que le conceden más amplios derechos” (can. 1519, parí. 1); “Aun cuando por titulo legitimo de fundación o de erección o por voluntad del Ordinario local tengan los seglares alguna intervención en la administración de los bienes eclesiásticos, ésta, sin embargo, se hará toda a nombre de la Iglesia, y salvo el derecho del Ordinario de visitar, exigir cuentas y señalar el modo como se ha de llevar la administración” (can. 1521, párf. 2); “Reprobada la costumbre contraria, los administradores, tanto eclesiásticos como seglares, de cualquier iglesia, incluso de la catedral, o de lugares piadosos canónicamente erigidos, o de cofradías, están obligados a rendir todos los años cuentas de su administración al Ordinario del lugar” (1525, párf. 1); “Si además hay agregados otros, sean clérigos o seglares, para administrar los bienes de alguna iglesia, todos ellos forman el Consejo de Fábrica de la Iglesia juntamente con el administrador eclesiástico de que habla el Canon 1182, o su lugarteniente, que lo presidirán” (can. 1183, párf. 1); “El Consejo de fábrica debe procurar la recta administración de los bienes de la iglesia cumpliendo lo dispuesto por los cánones 1522 y 1523; pero de ningún modo se inmiscuirá en cosa alguna perteneciente al cargo espiritual” (can. 1184).

Todas las actividades hasta aquí enumeradas son verdaderas prácticas de apostolado seglar, cuando los seglares las realizan por encargo de la legitima autoridad eclesiástica. Mas en este caso no dependen de su iniciativa. Son más bien una participación de los seglares en la labor apostólica de la jerarquía, quien determina el sentido y el alcance de aquélla. En los apartados siguientes hablaremos del apostolado plenamente seglar. Pero antes queremos hacer algunas observaciones sobre una cuestión íntimamente unida con las anteriores.


[1]              (83) “Tomaremos como punto de partida de estas consideraciones una de las cuestiones destinadas a precisar la naturaleza del apostolado de los seglares: “El seglar encargado de enseñar la religión con “missio” canónica, con el mandato eclesiástico de enseñar, y cuya enseñanza constituye tal vez la única actividad profesional, ¿no pasa, por lo mismo, del apostolado seglar al “apostolado jerárquico”?

            Para contestar a esta pregunta hay que recordar que Cristo confió a sus mismos apóstoles un doble poder: en primer lugar, el poder sacerdotal de consagrar, que fue otorgado en plenitud a todos los apóstoles, y en segundo lugar, el de enseñar y gobernar, es decir, comunicar a los hombres, en nombre de Dios, la verdad infalible que íes obliga y fija las normas que regulan la vida cristiana.

            Estos poderes de los apóstoles pasaron al Papa y. a los Obispos. Estos, por la ordenación sacerdotal, transmiten a otros, en medida determinada, el poder de consagrar, mientras que el de enseñar y de gobernar es propio del Papa y de los Obispos.

            Cuando se habla de “apostolado jerárquico” y de apostolado de los seglares” hay que tener, por lo tanto, presente una doble distinción: en primer lugar, entre el Papa, los Obispos y los sacerdotes, por un lado, y el conjunto del elemento seglar, por otro; luego, entre el mismo clero, entre los que poseen en su plenitud el poder de consagrar y de gobernar, y los demás clérigos. Los primeros Papas, Obispos y sacerdotes) pertenecen necesariamente al clero; si un seglar fuese elegido Papa no podría aceptar la elección más que a condición de ser apto para recibir la ordenación y estar dispuesto a ser ordenado; el poder de enseñar y de gobernar, así como el carisma de la infalibilidad, le serían concedidos a partir del instante de su aceptación, incluso antes de-su ordenación.

            Ahora bien: para responder a la cuestión planteada es importante considerar las dos distinciones propuestas. Se trata, en el caso presente, no del poder de orden, sino de! de enseñar. De éste son depositarios únicamente los que están investidos de autoridad eclesiástica. Los demás, sacerdotes o seglares, colaboran con ellos en la medida en que ellos les otorgan confianza para enseñar fielmente y dirigir a los fieles (cfr. can. 1327 y 1328). Los sacerdotes (que actúan vi muneris sacerdotalis) y los seglares también pueden recibir el mandato que, según las casos, puede ser el mismo para los dos. Se distinguen, sin embargo, por el hecho de que el uno es sacerdote y el otro seglar, y que, por consiguiente, el apostolado del primero es sacerdotal y el del otro es seglar. En cuanto al valor y a la eficacia del apostolado ejercido por el que enseña religión, dependen de la capacidad de cada uno y de sus dones sobrenaturales” (AAS, 49 (1957), pp. 924-925).

[2]              Codex juris Canonici, can. 118. – 82 –

            (*) La Sagrada Congregación del Concilio, en respuesta dada el 22 de septiembre de 1959 al Obispo de Seckau (Austria), indicaba que muy bien podría hoy ponerse en práctica es norma dada en otro tiempo por Beenedic-to XIV: “…Tercero: que aunque no ha sido introducida aún tal costumbre, el Obispo puede admitir, con causa grave y urgente, a su Sínodo a los seglares, pero sin derecho de voto.”

[3]              Supplem., q. 8, a. 2.

[4]              1 Cor. ce. 12 y 14

[5]              Act. 8. 4.

[6]              L. VIII, c. 32  (PG, I, 1133).

[7]              Can. 37 y 38 (núm. ant. 99 y 98);   ed. G. Morin. S. Caesarü opera, t. III, Maredsoli. 1942, p. 93.

[8]              (Garnier), 54, 1045-1046).

[9] Apud Anonymum” Laudunensem, cit. ap. P. Mandonnet, Ordo de Poenitentia, París,  1807, p. 304.

[10] Tiraboschi,    Vaetera   humiliatorum   monumenta,, t. II, pp. 133-134.

[11] Cfr. Yves M. J. Congar, jalons pour une théoloyie du laicat, ed. 2, París,  1954, pp. 415-419.

[12] (94) Const, apost. “Deus scieniiarium”, del 14-5-1931, art. 21 (.AAS, 23 (1931), p. 251).

(*) “La labor que hay que llevar a cabo en el apostolado del presente y del futuro no será posible de ningún modo sin la ayuda de los seglares al apostolado jerárquico en un grado mayor de lo que ha sido hasta ahora. Precisamente las experiencias de apostolado en las turbulentas y casi desesperadas circunstancias de los últimos años han demostrado cuan profunda y necesaria es esta ayuda y qué poco muchas veces el sacerdote, con la mejor voluntad, puede hacer sin la yuda de los seglares.” “Pío XII, Radimensaje al LXII Congreso de los católicos alemanes, 5 de septiembre 1948, AAS, 40 (1948), 419-420. Texto español en Ecclesia, VIII2 (1948), p. (313).

[13] En las Ordenes y Congregaciones religiosas no clericales, los Superiores o Superioras, por comisión de la Iglesia, ejercitan verdaderamente la cura y el régimen de las almas en muchas cosas; pero de éstos no hablamos aquí no siendo seglares propiamente dichos en el sentido más arriba explicado.

[14] 1 Cor. 16, 15-18

[15] Una palabra sobre el empleo de los catequistas. Asia y África cuentan con 1.500 millones de habitantes; unos 25 millones de eatólieos,,eon 20.000 a 25.000 sacerdotes y 74.000 catequistas. Si se añade a este número los maestros, que son a menudo los mejores catequistas, se llega a 160.000. El catequista representa quizá el caso más clásico de apostolado seglar por la naturaleza misma de su profesión y porque suple a la escasez de sacerdotes. Se calcula por los misioneros de África, al menos, que un misionero acompañado de seis catequistas consigue más que siete misioneros” (AAS, 49 (1957), p. 937).

[16] Act. 6, 2.

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