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Apostolado Seglar cap III lugar del seglar en la iglesia

CAPITULO   III PUESTO QUE OCUPA EL SEGLAR EN LA IGLESIA

Libro Apostolado Seglar

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

Para fijar con exactitud el lugar que ocupa el seglar dentro de la Iglesia es preciso delinear antes con brevedad la naturaleza y estructura de ésta.

1) La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, ampliación y complemento de la Encarnación, permítasenos la expresión. El Verbo no se contentó con unir a su Persona hipostáticamente una sola naturaleza humana. Quiso además incorporar a El todos los elegidos de manera incomprensible, pero real. Por eso, en la terminología de S. Agustín, la Iglesia es el mismo Cristo, el Cristo total: “Congratulémonos y demos gracias por haber sido hechos no sólo cristianos, sino Cristo. ¿Comprendéis, hermanos, la gracia de tener a Dios por cabeza nuestra? Llenaos de espanto, alegraos, pues hemos sido convertidos en Cristo. Pues si El es la cabeza, nosotros somos los miembros; el hombre completo, él y nosotros”[1]. Y en otro lugar: “No consiste Cristo sólo en la cabeza, y no en el cuerpo, el Cristo entero es la cabeza y el cuerpo”[2].

Pío XII explica la naturaleza de este Cuerpo Místico en su Encíclica Mystici Corporis, del 29 de junio de 1943: es una realidad sobrenatural, no una pura ficción mental. Se distingue, sin embargo, del cuerpo físico y del moral. En el cuerpo físico se da una verdadera e intrínseca unión entre las diversas partes, pero las partes pierden su propia individualidad y actividad autónoma, a pesar de la estrecha unión con que se juntan para formar ese cuerpo único. Por otra parte, en el cuerpo moral las partes continúan con su carácter individual, y su unión es sólo externa y accidental: en el Cuerpo Místico, a pesar de la plena individualidad y personalidad de cada miembro, el Espíritu Santo, como alma que es del Cuerpo Místico, informa todos sus miembros y los reduce a una verdadera unidad sobrenatural. En fin, la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, es anterior a sus miembros, y en esto se distingue de cualquier sociedad humana. No nace ella de sus miembros: la Iglesia engendra a la Iglesia, dice maravillosamente S. Agustín[3].

2) “Dos vidas-escribe S. Agustín-posee la Iglesia: una en fe, otra ya manifiesta; la primera, de trabajo durante ei tiempo de su peregrinación ; la segunda, de reposo en la mansión eterna; una, en el camino; la otra, en la patria; una consiste en el esfuerzo de la acción; la otra, en la recompensa de la contemplación…; una de ellas es buena, aunque desventurada; la otra es más perfecta y además dichosa”[4].

Ahora tratamos de la Iglesia que peregrina, y en ese estadio transitorio continúa siendo un misterio y un sacramento. La Iglesia militante consta de dos elementos esenciales, que son su vida interna e invisible y, por otra parte, su organización externa y visible. Del mismo modo que en Cristo se dan juntas la Divinidad oculta y la Humanidad visible; y en los sacramentos igualmente hay una gracia invisible y un signo externo. Vida interna de la Iglesia es la gracia; estructura externa es su organización jerárquica visible.

Si la miramos desde el primer punto de vista, la Iglesia es la Comunión de los Santos; bajo el otro aspecto, es una obra de Salvación[5]. El Espíritu Santo es el principio de su unidad interna; de la exterior lo es la autoridad jerárquica. No se deben separar al hablar de la Iglesia estos dos aspectos, el de incorporación y el institucional. Cristo, por medio del Espíritu Santo, comunica vida interna a la Iglesia. Es igualmente Jesucristo quien, por medio de la jerarquía, la amaestra, gobierna exteriormente y santifica, proporcionando a los fieles los medios de salvación y los instrumentos de la gracia, como son la regla de la fe, las normas de vida y los sacramentos. La actividad invisible de Cristo y la visible están estrechamente unidas entre si. La invisible tiene un ámbito mucho más amplio que la visible y puede sustituir la ausencia de ésta cuando halla impedimentos. Si se dan las dos juntas, la invisible se acomoda a la otra; de este modo nunca existe oposición entre las inspiraciones del Espíritu Santo y las directivas de la Jerarquía.

                   Posición del laico en la iglesia

Con estas nociones podemos ya determinar el lugar que corresponde a los seglares en la Iglesia:

a) Hay en la Iglesia desigualdad por lo que se refiere al ministerio e identidad de vida. La desigualdad se ve por los pocos que son elegidos para representar la persona de Cristo en la enseñanza, el gobierno y la administración de los sacramentos. Están por encima del resto de los fieles. Tal preeminencia y poder no les pertenecen en propiedad. Son de Cristo, que es el agente principal, cuya acción conserva toda su eficacia, sean dignos o indignos los ministros. Pero los ministros, como personas individuales, son también cristianos y, por consiguiente, necesitan de los mismos medios de salvación que los demás fieles. En este punto es idéntica la vida de todos los fieles. Escribe S. Agustín: “Por nuestro oficio de dispensadores tenemos cuidado de vosotros, mas queremos asimismo ser cuidados junto con vosotros. Para con vosotros somos pastores, mas somos ovejas, como vosotros, sometidos al verdadero Pastor. Tenemos ante vosotros el oficio de doctores y somos al mismo tiempo vuestros condiscípulos en la escuela del gran maestro”[6] (39). En otro lugar: “Cuando me aterra el pensar qué soy para vosotros, me consuelo pensando que soy uno de vosotros. Para Vosotros soy Obispo, con vosotros soy cristianó. Aquél es nombre del oficio recibido, éste lo es de la gracia; aquél trae peligro, éste salvación… Por tanto, si me causa mayor alegría el haber sido rescatado junto con vosotros, que el hecho de ser superior vuestro; procuraré entonces serviros con mayor abnegación, como manda el Señor, para no ser ingrato al precio con que merecí ser consiervo vuestro”[7].

b) La Jerarquía, como órgano autorizado de la acción visible de Cristo en la Iglesia, es sin duda su parte más importante. Sin embargo, la Jerarquía no es ella sola toda la Iglesia, del mismo modo que los cimientos y las columnas no son toda la casa; han de venir piedras y ladrillos a “completar lo que aún falta”. Por eso escribía San Pedro a los primeros cristianos: “Vosotros, como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual”[8]. San Pablo amplía esta misma figura: “Por tanto, ya no sois extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y de los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien bien trabada se alza toda la edificación para templo santo del Señor, en quien vosotros también sois edificados para morada de Dios en el Espíritu”[9] (42). De aquí la gran paradoja: lo más digno se ordena a lo de más bajo nivel, la Jerarquía a los fieles, y no al contrario, los fieles a la Jerarquía: “Todo es vuestro; ya Pablo, ya Apolo, ya Cefas, ya el mundo, ya la vida, ya la muerte, ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro, y vosotros de Cristo y Cristo de Dios”[10] .

Dice S. Agustín: “No hemos sido hechos Obispos para nosotros mismos sino para vosotros, a quienes comunicamos el sacramento y la palabra del Señor”[11] (44); en otro lugar: “¿Qué sería de nosotros si vosotros desaparecierais? Una cosa somos como personas privadas y otra distinta lo que poseemos en orden a vosotros. En cuanto personas individuales, somos cristianos; clérigos y Obispos somos sólo para vuestro bien. No se dirigía San Pablo a clérigos, Obispos ni sacerdotes cuando decía: vosotros sois miembros de Cristo. Hablaba a la turba. Hablaba a los fieles, a los cristianos: vosotros sois miembros de Cristo”[12]  (*).

c) Además de la Jerarquía-visible, que es la Autoridad, existe dentro de la Iglesia una gradación invisible que, por analogía con la anterior, podría denominarse jerarquía de méritos. Esta no tiene por fuerza que coincidir con la anterior. Mientras que los instrumentos de la gracia son administrados sólo por la autoridad jerárquica, esa manera de comunicarse la gracia llamada Comunión de los Santos depende también mucho de la jerarquía de méritos. Por eso los Pastores en algunas ocasiones son apacentados por sus ovejas.

Por otra parte, la forma jerárquica de la Iglesia visible es una institución provisional, pasajera, sólo para el tiempo de peregrinación. En la Patria la Iglesia ya no tendrá necesidad de doctrina, leyes ni sacramentos: allí Cristo hará felices a los suyos por sí mismo y no por medio de ministros. No obstante el carácter sacerdotal continuará en los bienaventurados para mayor gloria suya. Mas el orden fundamental se establecerá en el cielo a base de los méritos, jerarquía de gracia y de gloria.

Concluyamos con las palabras de Pío XII, ya citadas anteriormente: “Los seglares no solamente pertenecen a la Iglesia, sino que son la misma Iglesia”[13].

                   Actividad de los laicos en la Iglesia

Existe en la Iglesia una doble actividad: la acción infinita de Cristo, que lo es todo, y la “infinitesimal” de los fieles que, debido a la gracia, ayuda algo. La actividad espiritual de los fieles brota necesariamente de su orgánica e íntima unión con Cristo, que es la Cabeza. No hay miembro en un organismo viviente que pueda permanecer pasivo, sino que deben todos, para conservar la vida, obrar e influir de alguna manera con su actividad en todo el cuerpo. Esta mutua influencia de todos los miembros y la consiguiente circulación de la vida espiritual a través de todo el Cuerpo Místico es lo que se llama Comunión de los Santos. En esa actividad Interna del Cuerpo Místico, todos los miembros reciben la gracia y además se convierten en centros para la distribución y el aumento de la gracia, más o menos potentes, según su mayor o menor colaboración con ella De este modo pueden prestar ayuda a las necesidades de los demás, especialmente por medio de la oración. Hasta los miembros en apariencia más humildes pueden muy bien ser verdaderos apoyos de las columnas de la Iglesia. Escribía Pío XII en la Encíclica Mystici Corporis: “del mismo modo que en nuestra constitución mortal participa todo el cuerpo del dolor que aflige a un miembro, y los miembros sanos prestan sus cuidados a los enfermos, así también en la Iglesia cada miembro no vive sólo para sí, sino que ayuda a los demás, prestándose mutuamente apoyo, para común alivio de todos y para una más amplia edificación de todo el Cuerpo (…)- No debe, sin embargo, creerse que la estructura del Cuerpo de la Iglesia, ordenada o, como algunos prefieren llamarla, orgánica conste de solos los diversos grados de la Jerarquía. Ni tampoco, como pretenden los defensores de la sentencia contraría, se compone únicamente de cristianos carismáticos, aunque estos privilegiados con dones extraordinarios nunca ciertamente han de faltar en la Iglesia… Es más, no debe olvidarse nunca, y mucho menos en las actuales circunstancias, que los padres y madres de familia, los padrinos y madrinas en el bautismo, y sobre todo los seglares que unen sus esfuerzos a los de la jerarquía eclesiástica en la difusión del reino de Cristo, ocupan un puesto honroso, aunque con frecuencia humilde, dentro de la sociedad cristiana. También ellos pueden, con la inspiración y ayuda de Dios, alcanzar la santidad heroica que, por especial promesa de Jesucristo, nunca ha de faltar en la Iglesia”[14] (47).


[1]              Tractatus in Jo. Evang., 21, 8  (PL  (Garnier), 35, 1568).

[2]              Loc. cit., 28, I,   (ibíd., 1622).

[3]              Cfr. Serm.. E92, 2 (PL, 38,  1012);   De sancta virginitate, 2 (PL (Garnier), 40, 397);  etc.

[4]              Tract. in Jo. Evaii’j., 124, 5 (PL (Garnier), 35, 1914).

[5]              Esto no ha de entenderse como si la Iglesia constase sólo de justos. Mientras peregrina en este mundo cuenta entre sus miembros justos y pecadores:  “No hay que pensar-escribe Pío XII-que el Cuerpo de la Iglesia, por el hecho de honrarse con el nombre de Cristo, aun en el  tiempo de esta peregrinación terrena, consta única mente de miembros eminentes de santidad, o se forma

            solamente de la agrupación de los que han sido predestinados a la felicidad eterna, porque la infinita misericordia de nuestro Redentor no niega ahora un lugar en su Cuerpo místico a quienes en otro tiempo no negó la participación en el convite. Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía. Ni la vida se aleja completamente de aquellos que, aun cuando hayan perdido la caridad y la gracia divina pecando, y, por lo tanto, se hayan hecho incapaces de mérito sobrenatural, retienen con todo la fe y esperanzas cristianas, e iluminados por una luz celestial, son movidos por las internas inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo a su saludable temor, y excitados por Dios a orar y a arrepentirse de su caída” (Mystici Corporis, AAS, 35 (1943), p. 203).

[6]              Enarrationes in psalmos, 126, 3 (PL, 37, 1669).

[7]              Sermones. 340, I (PL, 38, 1483)

[8]              Sermones. 340, I (PL, 38, 1483)

[9]              . Ef 2. 19-22.

[10]             1 Cor. 3, 22-23.

[11]             Contra  Cresconium  Donatistam,   II,   13   (PL.   43. 474)

[12]             Sermones inediti, 17, 8 (PL, 46, 880)

                (*) El mismo san Agustín, hablando a los fieles, se expresaba asi: “Hermanos, no penséis que le Señor dijo estas palabras, Donde yo estoy allí estará también mi servidor, solamente de los obispos y clérigos buenos. Vosotros podéis servir también a Cristo viviendo bien, haciendo limosnas, enseñando su nombre y su doctrina a los que pudiereis, haciendo que todos los padres de familia sepan que por este nombre deben amar a la familia con afecto paternal. Por el amor de Cristo y de la vida eterna avise, enseñe, exhorte, corrija, sea benévolo y mantenga la disciplina entre todos los suyos ejerciendo en su casa este oficio eclesiástico y en cierto modo episcopal, sirviendo a Cristo para estar con El eternamente.” In Evan. Joan., tract. 51, n. 13. Texto español de la B. A. C., Obras de San Agustín, t. 14 (Madrid, 1957), p. 295.

[13]             Cfr. más arriba la nota 3. – 47 –

[14]             AAS, 35 (1943), pp. 200-201

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