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CAPITULO I LA HORA DE LOS SEGLARES

Queridos Hermanos   Poco a poco les enviare este material editado  a mediados del siglo pasado, el cual nos da una visión de la evolución del la misión del laico, a veces pensamos que la promoción del laico es  de ahora pero ya lleva mas de siglo y medio, al siglo la experiencia laical quedo plasmada en el concilio Vaticano II.   Este material fue editado antes del Concilio Vaticano II.

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

ÍNDICE

Presentación, por el Emmo. Cardenal Fernando Cento

Aviso del autor

PRIMERA PARTE

EL LAICADO Y SU FUNCIÓN EN LA IGLESIA. EL APOSTOLADO EN GENERAL.

I.-La hora de los seglares          

Crisis moderna.-Los laicos en la Iglesia primitiva.-Los laicos en la Edad Media.

II.-¿Qué es un “laico”?

Definición de laico. – Instituciones seculares.

III.-Puesto que ocupa el seglar en la Iglesia.

Posición del laico en la Iglesia.-Actividad de los laicos en la Iglesia.

IV.-Fundamentos de la actividad cristiana.

Carácter sacramental. – Participación del Sacerdocio de Cristo.-Dones carismáticos.

V.-Apostolado de la Iglesia.

Extensión del apostolado de la Iglesia.- Sujeto directo de la Redención.-Sujeto indirecto de la Redención.-Diversas formas del apostolado eclesiástico.

SEGUNDA PARTE

VI.-Diversas formas del apostolado seglar          

Actividad de los seglares por delegación eclesiástica. – En la administración de los Sacramentos. – En la ‘predicación. – En la cura de almas.-En la administración de los bienes temporales de la Iglesia.

VII.-Los seglares y las órdenes inferiores al sacerdocio 

Observaciones.

VIII.-La Acción Católica

Definición de la Acción Católica.-¿”Participación” o “colaboración”?-¿Qué es lo que confiere el “mandato”?-Intervención de la Jerarquía en la Acción Católica.-Amplitud y límites de la Acción Católica.-La Acción Católica no es la única forma de apostolado seglar.-Algunas modificaciones en el concepto de Acción Católica, introducidas por Pío XII.

IX.-Actividad de los católicos.

Actividad de los católicos en el orden espiritual.- Apostolado de los seglares en el orden temporal.

X.-“Consagración del mundo”

¿Hay realmente valores naturales?-Actitud del cristiano ante el mundo.

Bibliografía 

Es para mi un placer, atendiendo al deseo del P. General de los Carmelitas Descalzos, escribir estas líneas para la segunda edición del precioso libro del R. P. Papali, O. C. D., titulado APOSTOLADO SEGLAR, y con mayor gozo por ser Cardenal Protector de dicha Orden y por ser el autor miembro de la Comisión Pontificia de “Apostolado de los Seglares”, a la cual ha prestado siempre su importante y admirable colaboración; además, como Cardenal Presidente de la misma Comisión Pontificia, me es muy grato expresarle este testimonio de agradecimiento a su esfuerzo y diligente trabajo.

Este queridísimo hijo de Santa Teresa no necesita presentación, pues es sobradamente conocido por sus muchos escritos, publicados tanto dentro como fuera de su Orden. Hizo sus primeras publicaciones en la India, su patria; más tarde en Italia, donde es profesor, desde hace muchos años, en el Pontificio Ateneo Urbano de Propaganda FideJ en Roma, donde explica el método pastoral que se ha de usar en las misiones, historia de las religiones, Filosofía india y lengua sánscrita. Además, dados sus muchos conocimientos, es profesor del instituto Regina Mundi y en la Facultad Teológica de su Orden.

Este libro, APOSTOLADO SEGLAR, es fruto de sus lecciones en dichos centros. Ha recogido en esta obra concisa sus enseñanzas, avaladas por una óptima riqueza de documentos, publicadas primeramente en la revista Ephemerides Carmeliticae (septiembre 1958) en una redacción más breve. Más tarde fueron traducidas al inglés y publicadas en la revista norteamericana Theology Digest (otoño 1960).

El autor no pretende dar en su obra una exposición completa de la doctrina sobre el apostolado seglar, sino ofrecer solamente las líneas fundamentales. Así expone el significado de la palabra “.laico”, que muchas veces se aplica de un modo análogo a las religiones no clericales, a los institutos seculares y al pueblo cristiano; después puntualiza sobre el puesto que ocupa el seglar en la Iglesia y sus actividades, según los fundamentos teológicos.

No es extraño, por lo tanto, que, agotada la edición latina, muchos deseen su reimpresión. Es indiscutible que la cuestión del apostolado seglar tiene en estos momentos máxima actualidad y que por eso mismo esta obra será de gran utilidad para todos aquellos que, por diversas razones, teóricas o prácticas, se dedican a ella. La importancia que esta cuestión tiene en la misma Iglesia aparece claramente en el hecho de que se haya constituido una Comisión especial sobre la misma, para preparar el Concilio Ecuménico.

Felicito, pues, de lo intimo del corazón a su autor y auguro un rotundo éxito a esta segunda edición de su obra.

Roma, 19 de marzo de 1962.

FERNANDO CARDENAL CENTO

Este trabajo fue primeramente elaborado el año 1956 para las explicaciones de cátedra en la universidad “Propaganda Fide” y publicado en “.Ephemerides Carmeliticae” el año 1958. Ahora se edita de nuevo para satisfacer múltiples exigencias. He preferido conservar el texto integro, añadiendo solamente en notas algunas citas de documentos pontificios, para que nadie piense que he utilizado indebidamente conocimientos adquiridos como Miembro de la Comisión Pontificia para el Apostolado de los Seglares, preparatoria del Concilio Vaticano II. Por otra parte, no veo la necesidad de cambiar lo expuesto. Espero sin embargo que, en un futuro próximo, una vez que se publiquen las Actas del Concilio, pueda preparar una nueva edición de esta obra, ampliada, ciertamente, y modificada en cuanto sea necesario.

Me es sumamente grato expresar mi más sincero agradecimiento al Emmo. y Rvmo. Cardenal Cento, Protector de la Orden del Carmen Descalzo, Presidente de la Comisión Pontificia para el Apostolado de los Seglares, quien, por su benevolencia para conmigo, se ha dignado bendecir esta obra y presentarla al público; igualmente a los Superiores que con paternal solicitud promovieron y llevaron a feliz término la edición de este libro.

Finalmente, a los pies de la Reina del Mundo y Auxilio de los Cristianos deposito este humilde obsequio.

EL AUTOR

PRIMERA PARTE

EL LAICADO Y SU FUNCIÓN EN LA IGLESIA
EL APOSTOLADO EN GENERAL

               CAPITULO I  LA HORA DE LOS SEGLARES

                   Crisis moderna

“Ha llegado la hora, ¡amados hijos! -decía Pío XII en una exhortación al pueblo romano- ha llegado la hora de efectuar el avance decisivo; es hora de sacudir el funesto letargo; de que todos los buenos, los que se preocupan por la suerte del mundo, se reúnan y estrechen sus filas; hoy debemos repetir con el Apóstol: es hora ya de que despertemos de nuestro sueño (Rom. 13, 11); pues está cerca .nuestra salvación. Hay que renovar al mundo entero desde sus fundamentos, hay que transformarlo de salvaje en humano, de humano en divino, es decir, según, el  corazón de. Dios”. [1]

Exhortaciones de este tenor son frecuentes en los documentos de los últimos Sumos Pontífices. El mismo Pío XII dijo en cierta ocasión a un seglar insigne que toda la esperanza de la Iglesia estriba en los seglares santos[2]. Y es fácil descubrir una renovación universal del celo apostólico por parte de los seglares: señal evidente del influjo del Espíritu Santo en la Iglesia. No es una novedad, dentro de la Iglesia, el apostolado seglar. Es sin embargo algo insólito la intensidad con que hoy se practica. Nunca, si exceptuamos los primeros siglos, ha tenido una manifestación tan universal.

Y debe tenerse presente que tales manifestaciones extraordinarias del Espíritu corresponden a las necesidades particulares de nuestro tiempo. El apostolado seglar, necesario siempre, se hace indispensable cuando la sociedad humana de tal manera se aparta de la Iglesia,, que viene a resultar casi impenetrable el apostolado de la Jerarquía. Es lo que sucedió con el mundo pagano en los primeros siglos de la Iglesia; y es lo que está sucediendo también con la sociedad moderna después de la revolución religiosa, cultural, industrial y política de los tres últimos siglos. Es el seglar fiel quien debe servir de lazo entre el reino celestial y el terreno, como miembro que es de uno y otro con pleno derecho. Así podrá la Iglesia por medio de él como a través de los vasos capilares, vivificar espiritualmente todo el cuerpo de la sociedad humana. Decía Pío XII en una alocución a los Cardenales, el 20 de noviembre de 1946: “en este sentido, Venerables Hermanos, los fieles, y más en concreto, los seglares, están en primera línea de la vida de la Iglesia; para ellos es la Iglesia el principio vital de la sociedad humana. Deben, por tanto, ellos, sobre todo ellos, tener clara conciencia de su pertenencia a la Iglesia, más aún, de ser la misma Iglesia, es decir, la congregación de los fieles en la tierra bajo la guía del jefe común, el Papa, y de los Obispos unidos con él”[3].

Se hace aún más necesario hoy el apostolado de los seglares por ser el número de sacerdotes insuficiente para cumplir los oficios estrictamente sacerdotales y por la escasez de vocaciones al sacerdocio. Ya en su primera Encíclica Summi Pontificatus, Pío XII se lamentaba de esa penuria de vocaciones: “Ya que hoy los sacerdotes son, por desgracia, menos de los que sus incumbencias requerirían, pudiendo aplicarse también a nuestra época la sentencia del divino Salvador: es mucha la mies y pocos los obreros; resulta inestimable la ayuda que a los sagrados ministros presta la diligencia de algunos seglares, que, uniéndose a la jerarquía eclesiástica, alimentan un noble y ardiente deseo de entregarse, haciéndonos concebir las mejores esperanzas. Los ruegos que la Iglesia dirige al Señor de la mies, para que envíe obreros a su mies, cobran el sentido que les confieren las necesidades peculiares de nuestra época; que la obra del sacerdote, impotente con frecuencia y obstaculizada, sea felizmente sustituida y llevada a término”[4]

                   Los laicos en la Iglesia primitiva.

Se impone, pues, el retorno al fervor apostólico de los primeros cristianos, que con su generosa ayuda merecieron ser auténticos colaboradores de Cristo y de los Apóstoles. La colaboración de los seglares en la misión del Señor está bien clara en los Evangelios. No eran sacerdotes, ni probablemente llamados al sacerdocio, aquellos “setenta y dos” que el Señor mandó a predicar en los lugares que él debía recorrer después[5] (5). Pueden considerarse éstos los primeros apóstoles seglares. Y muchas fueron las mujeres’ colaboradoras de Cristo, que iban tras él y le servían[6] (6); en primer lugar, la Samaritana que, en seguida de haberse convertido, trajo hacia el Señor a toda su ciudad[7]. Y muchos de los que fueron curados por Jesús o librados del demonio se hicieron predicadores suyos, como advierten con frecuencia los evangelistas[8]. El caso del ciego de nacimiento demuestra cuan valientes defensores de Jesús resultaron algunos[9]. ¿No fueron, acaso, las devotas mujeres que velaban junto al sepulcro las escogidas por el mismo Señor para ser las primeras en anunciar su resurrección a los mismos Apóstoles, que aún dudaban?

Los Apóstoles siguieron el ejemplo de su Maestro asociándose fieles que cooperasen en el cumplimiento del oficio apostólico. En los Hechos leemos que Apolo comenzó a predicar ya antes de haber sido bautizado, y él mismo había recibido su instrucción de Aquila y Priscila [10]. San Pablo hace mención, en las Cartas, de numerosos colaboradores suyos (véanse, por ej., los encargos y saludos al final de la Carta a los Romanos). El Apóstol da bien a entender los grandes servicios que le ha prestado la cooperación de los seglares. Escribe al final de la Carta a los Corintios: “Un ruego voy a haceros, hermanos: Vosotros conocéis la casa de Estéfana, que es la primicia de Acaya y se ha consagrado al servicio de los santos. Mostraos deferentes con ellos y con cuantos como ellos trabajan y se afanan.

Me alegraré de la llegada de Estéfana, de la de Fortunato y de la de Acaico, porque han suplido vuestra ausencia. Han traído la tranquilidad a mi espíritu y al vuestro. Quedadles, pues, reconocidos” [11].

El mismo Señor infundió eficacia a este apostolado, otorgando en mayor abundancia los carismas al principio de la Iglesia, como aparece en los Hechos. Las persecuciones intensificaron, dándole al mismo tiempo un campo más amplio, el apostolado de los seglares: “Los que se habían dispersado iban por todas partes predicando la palabra de Dios”[12]. Este celo apostólico de los fieles fue una ayuda inmensa en la expansión de la Iglesia durante los siglos inmediatamente posteriores a los tiempos apostólicos. Escribía Pío XII, en Evangelii Praecones: “Es igualmente manifiesto a todos que la fe cristiana debe su propagación por las vías consulares, no sólo a Obispos y Sacerdotes, sino también a magistrados, soldados y nobles ciudadanos. Muchos cristianos cuyos nombres hoy nos son desconocidos, recién imbuidos de la fe católica y ardiendo en deseos de propagar la nueva religión que habían abrazado, se esforzaron por abrir camino a la verdad evangélica; a ellos se debe que en apenas cien años el nombre y la virtud cristianos llegaran a todas las ciudades más importantes del Imperio Romano” [13].

                   Los laicos en la Edad Media

Más, a medida que avanza la Edad Media, por diversas razones, el celo apostólico de los seglares disminuye. He aquí cómo se expresa Ms. Gérard Philips:   “Hacia ya mucho tiempo que el sentimiento religioso de la Edad Media se iba debilitando. Brillaba exteriormente en todo su vigor, mas en lo interior estaba ya penetrado por la ignorancia y el conformismo. Todos pedían inútilmente la reforma in capite et In membrls. Sólo la rebelión de Lutero logró que las autoridades emprendiesen en serio la tarea de la reforma;  y cuando, por fin, llegó la contra-Re-forma, ya fue demasiado tarde para gran parte de la Europa cristiana [14]. Son muchas las causas de esta indiferencia de los seglares. “El ideal monástico”, que con tanta insistencia se presentaba entonces como la verdadera norma de vida cristiana, infundió en muchos seglares un sentimiento de  inferioridad. El  estado seglar aparecía como una especie de condescendencia con la humana fragilidad, y por tanto, poco apto para las tareas apostólicas. El Decreto de Graciano hace suyas estas palabras de San Jerónimo: “Hay dos especies de cristianos. Una es la de los que se dedican al servicio divino, a la oración  y  contemplación,  a   quienes  conviene alejarse del tumulto de las cosas temporales. Estos son los clérigos, consagrados o convertidos a Dios, pues “kleros”, en griego, es lo que en latín llamamos “sors”. De ahí que esos hombres se llamen clérigos, es decir, elegidos por suerte. A todos les ha elegido el Señor para ser suyos. Estos son reyes, pues se gobiernan a sí mismos y a los otros en la virtud, y de este modo poseen en Dios un reino. Es precisamente lo que indica la corona sobre su cabeza (…) o Hay otra especie de cristianos, que son los seglares. “Laos” significa pueblo. Estos pueden poseer las cosas temporales, pero solamente para hacer uso de ellas. Nada hay, en efecto, más indigno que despreciar a Dios por las riquezas. A éstos se les permite casarse, cultivar la tierra, hacer justicia, mover los juicios, poner sobre el altar las oblaciones, entregar los diezmos. Y de este modo se podrán salvar si, además de estas buenas obras, evitan los vicios”[15]. En una Bula a los Premostratenses, fechada el 1 de febrero de 1090, escribía Urbano II: “Dos maneras de vida se han propuesto los fieles desde los comienzos de la Santa Iglesia: una, acomodada a la flaqueza de los débiles; otra, que confirma a los fuertes en su vida santa; la primera se queda en la humilde Segor, la segunda se eleva hasta la cumbre del monte; aquélla expía sus pecados con lágrimas y limosnas, ésta se enriquece en méritos eternos con el esfuerzo cotidiano; los que siguen la primera, más imperfecta, gozan de los bienes de la tierra; los que siguen, por el contrario, la otra, más elevada, desprecian y abandonan esos bienes. Esta última, libre por una gracia espiritual de las cosas terrenas, se subdivide en dos ramas, que tienen casi una misma finalidad: la de los canónigos y la de los monjes”[16]. Poco después, en 1093, repetía el mismo Sumo Pontífice estas palabras al aprobar la Congregación de Canónigos de San Pablo, en Narbona[17] (17). Tal doctrina es, sin duda, exacta. Pero con motivo de tales afirmaciones y de otras semejantes, surgió en la mente de algunos la idea de que los seglares tienen bastante con salvar a duras penas su propia alma, sin preocuparse de otros ideales más elevados.

Mientras mantuvo todo su vigor la Unión del Estado y la Iglesia, componiendo una única república cristiana, o reino de Cristo, fue causa de muchos bienes para la Iglesia. Se concebían Estado e Iglesia como dos cuerpos con una sola cabeza, Cristo, o como los dos costados del único cuerpo de Cristo. Pero esta misma idea de la unión trajo consigo la necesidad de marcar con mayor claridad la distinción entre las incumbencias de uno y otro. Necesidad tanto más urgente por la continua intromisión del Poder temporal en los negocios eclesiásticos. Escribía el Card. Humberto: “… del mismo modo que los clérigos deben estar ajenos a los negocios del siglo, así también se prohíbe a los seglares ingerirse en las cosas eclesiásticas (…); los seglares ordenen y cuiden solamente de lo suyo, es decir, de lo del siglo, y los clérigos atiendan exclusivamente a lo que les concede su estado, o sea, a los negocios eclesiásticos”[18]. En muchas pinturas de aquel tiempo, el Reino de Cristo se figura compuesto de dos grandes grupos: de un lado, el Papa, con los Obispos y los clérigos; de otro, el Emperador, con sus príncipes, hombres y mujeres seglares.

Esta marcada distinción entre clérigos y laicos, entre negocios seculares y negocios eclesiásticos, se entendió muy bien mientras la sociedad entera se mantuvo unida y bajo la potestad de la Iglesia. Pero, al comenzar la Edad Moderna, el Estado civil, en muchas naciones, se rebeló contra la Iglesia, apartándose de ella. Entonces la situación del laicado católico resultó extremadamente ardua y delicada; por un lado se halló envuelto en las actividades de la sociedad civil, privada ahora de la íntima unión que tuviera en otro tiempo con la Iglesia; de otra parte, no estaba suficientemente adiestrado en las actividades de la Iglesia.

La Eclesiolagía, como parte especial de la Teología, es de origen más reciente. Dieron ocasión a su nacimiento los errores de Lutero y de Cal-vino sobre todo. En consecuencia, cuida casi exclusivamente de probar qué la Iglesia fue instituida en forma jerárquica. Se comprende que en aquel ambiente y en aquellas circunstancias, la Iglesia fuese presentada de manera unilateral. Más en el ardor de la disputa algunos llenaron a usar expresiones exageradas. Esto dio pie a los enemigos de la Iglesia para acusarla de clericalismo. Y aun algunos católicos llegaron a creer que los seglares tienen poca o ninguna actividad dentro de la Iglesia. Por ejemplo, Bismarck, comparando la religión católica con la protestante, afirma que ambas se apoyan en bases enteramente distintas: la Iglesia católica, según él, puede existir perfectamente y obtener su fin con sólo sus clérigos; puede continuar existiendo sin la comunidad; puede igualmente sin comunidad celebrarse la Misa; la comunidad es ciertamente útil para que la Iglesia ejercite en ella su actividad jerárquica, pero no es en modo alguno necesaria para su existencia.

Según los protestantes, por el contrario, sólo en la comunidad se halla el fundamento de toda la Iglesia; no puede, sin ella, existir culto alguno; toda la organización de la Iglesia Protestante estriba en la comunidad[19].

Pío XII, en su alocución al Primer Congreso Internacional del Apostolado Seglar, se opone abiertamente a tan injusta generalización, demostrando cómo a pesar de las circunstancias desfavorables, el Espíritu Santo ha suscitado siempre en la Iglesia verdaderos apóstoles seglares[20]. Dirigiéndose igualmente a los Socios de la Acción de Obreros Cristianos Belgas, recibidos en audiencia el 11 de septiembre de 1949, refutación de las calumnias que los enemigos les exhortaba a que su conducta fuera luminosa han lanzado contra la Iglesia, acusándola de haber privado, por envidia, a los seglares de toda actividad personal, rehusando admitirles a colaborar en su campo [21].


[1]           Alocución del 10-2-1952; Díscorsi e Radiomessaggi, t. 13, Tip. Poliglotta Vaticana, 1952, pp. 470-471; cfr. Alloc. ad paroecianos S. Sabae, del 11-1-953, Ibíd., t. 14, 1953, p. 453.

[2]           J. M. Perrin, L’heure des laics, París, 1954, en el proemio.

[3]           AAS (Acta Apostolicae Sedis), 38 (1946), p. 149.

[4]              ASS, 31 (1939), p. 443. Cfr. Pius XI, Epist. “Laectus sane nuntius”, del 6-11-1929, al Cardenal Segura: Del conventu nationali Actioni Catholicae provehendae: “Es, por tanto, sumamente necesario en nuestros tiempos que todos sean apóstoles; es absolutamente necesario que los seglares no vivan desidiosamente, sino que estén prontos a la voz de la jerarquía eclesiástica, y que de tal modo ofrezcan a ésta sus servicios, que, orando, sacrificándose y colaborando activamente, contribuyan en gran manera al incremento de la fe católica y a la cristiana enmienda de las costumbres” (AAS, 21 (1929), p. 668).

[5]              Lc. 10, 1

[6]              Lc. 8, 1-3

[7]              Jn. 4, 28-30

[8]              Mc. 1, 45;  Mt. 9, 30-31

[9]                ¿

[10]             Act, 18, 24-26.

[11]             l Cor. 16, 15-18.

[12]             Act 8, 4

[13]             ASS, 43   (1953), p. 511

[14]             Le  role  du  Itíícat   dans   l’Eglise,  Pai-ís/Tournai, 1954, p. 7

[15]             C. 7, e. XII, q. I (Friedberg,  I,  678).

[16]             Epistolae   et  privilegia,   58   (PL   (Garnier),   151, 338 C.).

[17]             Loc cit, 79 (ibíd., 360 BS).

[18]             Adversus simoniacos, III, 9   (PL  (Garnier),  143, 1153).

[19]             Die politischen Reden des Fürsten Bismarck, ed. Horts Kohl, t. XII, Stuttgart, 1894, p. 376.

[20]             “Gustan frecuentemente de decir que durante los cuatro últimos siglos, la Iglesia ha sido exclusivamente “clerical”, por reacción contra la crisis que en el siglo XVI había pretendido llegar a la abolición pura y simple de la Jerarquía; y con este fundamento se insinúa que ya ha llegado el tiempo de que ella amplié sus cuadros.

            Semejante juicio está tan lejano de la realidad, que es precisamente a partir del santo Concilio de Trento cuando el laicado se ha encuadrado y ha progresado en la actividad apostólica. La cosa es fácil de comprobar; baste recordar dos hechos históricos patentes entre muchos otros: las Congregaciones Marianas de hombres que ejercitaban activamente el apostolado de los seglares en todos los dominios de la vida pública, y la introducción progresiva de la mujer en el apostolado moderno.’ Y conviene en este punto evocar dos grandes figuras de la historia católica: una, la de María Ward, aquella mujer incomparable que, en las horas más sombrías y sangrientas, dio la Inglaterra católica a la Iglesia; otra, la de San Vicente de Paúl, indiscutiblemente en el primer plano entre los fundadores y los promotores de las obras de la caridad católica.

            Tampoco habría que dejar pasar inadvertida, ni sin reconocer su bienhechora influencia, la estrecha unión que hasta la revolución francesa mantenía en mutua relación en el mundo católico a las dos autoridades establecidas por Dios: la Iglesia y el Estado. La intimidad de sus relaciones en el terreno común de la vida pública creaba-en general-una especie de atmósfera de espíritu cristiano que dispensaba en buena parte del trabajo delicado al que tienen que entregarse hoy los sacerdotes y los seglares para procurar la salvaguardia y el valor práo tico de la fe” (Discurso del 14-10-1951; ASS, 43 (1951), pp. 784-785).

[21]             “Vuestra conducta debe ser una respuesta clamorosa a las calumnias de los adversarios que acusan a la Iglesia de que tiene a los seglares celosamente maniatados sin permitirles ninguna actividad personal y sin asignarles una tarea propia en su dominio. Ni es ni ha sido jamás ésta su actitud” (ASS, 41 (1949), pp. 549-550).

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