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El Perdón

El Perdón

Educar Hoy

Pedro J. Bello Guerra

Periódico AM Querétaro, México. 28/mzo/2010

La palabra perdón proviene del prefijo latino per y del verbo latino donare, que significan, respectivamente, “pasar, cruzar, adelante, pasar por encima de” y “donar, donación, regalo, obsequio, dar. El perdón libera de ataduras que amargan el alma y enferman el cuerpo. El perdón no es olvido, no es olvidarlo que nos ocurrió. No significa excusar o justificar un determinado evento o mal comportamiento. No es aceptar lo ocurrido con resignación. No es negar el dolor. No es minimizarlos eventos ocurridos. Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que te lastimó. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causaron dolor o enojo. Pensamos que perdonar es hacernos íntimos amigos de nuestro agresor y por tal motivo lo rechazamos.

El perdón se basa en la aceptación de lo que pasó. La falta de perdón te ata a las personas desde el resentimiento. Te tiene encadenado. El perdón es una declaración que podemos y debemos renovar a diario. Muchas veces la persona más importante ala que tienes que perdonar es a ti mismo por todas las cosas que no fueron de la manera que pensabas.

Perdonando desde nuestro corazón, logramos mirarlos hechos tal y como sucedieron y luego decidimos dejarlos ir, dejarlos en el ayer.

Perdona para que puedas ser perdonado. Recuerda que con la vara que mides, serás medido…

“Hubo una vez un villano tan malvado, llamado Milisforo, que ideó un plan para acabar con todas las cosas importantes del mundo. Ayudado por sus grandes máquinas e inventos, consiguió arruinar a todos, pues inventó una poción que quitaba las ganas de trabajar. También hizo que la gente no quisiera estar junta, pues a todos infectó con un gas tan maloliente que cualquiera prefería quedarse en casa antes que encontrarse con nadie.

Cuando el mundo entero estuvo completamente patas arriba, comprobó que sólo le quedaba una cosa por destruir para dominarlo completamente: las familias. Y es que a pesar de todos sus inventos malvados, de sus gases y sus pociones, las familias seguían estando juntas. Y lo que más le fastidiaba era que todas resistían, sin importar cuántas personas había en cada una, dónde vivían, o a qué se dedicaban.

Cuando el mundo entero estuvo completamente patas arriba, comprobó que sólo le quedaba una cosa por destruir para dominarlo completamente: las familias. Y es que a pesar de todos sus inventos malvados, de sus gases y sus pociones, las familias seguían estando juntas. Y lo que más le fastidiaba era que todas resistían, sin importar cuántas personas había en cada una, dónde vivían, o a qué se dedicaban.

Lo intentó haciendo las casas más pequeñas, pero las familias se apretaban en menos sitio. También destruyó la comida, pero igualmente las familias compartían lo poco que tenían. Y así, continuó con sus maldades contra lo último que se le resistía en la tierra, pero nada dio resultado.

Hasta que finalmente descubrió cuál era la fuerza de todas las familias: todos se querían, y no había forma de cambiar eso. Y aunque trató de inventar algo para destruir el amor, Milisforo no lo consiguió, y triste y contrariado por no haber podido dominar el mundo, se rindió y dejó que todo volviera a la normalidad.

Acabó tan deprimido el malvado, que sólo se le ocurrió ir a llorar a casa de sus padres y contarles lo ocurrido. Y a pesar de todas las maldades que había hecho, corrieron a abrazarle, le perdonaron, y le animaron a ser más bueno. Y es que, ¡hasta en la propia familia del malo más malo, todos se quieren y perdonan todo! Es una suerte tener una familia”.

Así nos habla la parábola del hijo pródigo, que le pide toda su herencia a su padre y se va lejos, la malgasta y viene una hambruna donde vive, de tal forma que solamente le queda trabajar con cerdos y teniendo tanta hambre no podía alimentarse con lo que comían esos animales; en ese momento recuerda a su padre, su casa, su cariño y se dice: regresaré a casa de mi padre y le diré: pequé contra el cielo y contra ti, no merezco ser hijo tuyo, trátame como el peor de tus jornaleros. Pero su padre al verlo venir, lo abraza, lo perdona y hace una fiesta porque su hijo que estaba perdido había regresado.

Perdonemos de corazón para ser perdonados y a resarcir el mal que hayamos hecho. Pidamos perdón cuando ofendamos a alguien; así aunque cometamos errores los rectificaremos y seremos humildes.

pedrobelloguerra@gmail.com

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Categorías:Cuentos para educar
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