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Esa luz ya no puede ser ignorada

Esa luz ya no puede ser ignorada

La Voz Del Papa

Emilio Palafox Marqués

Periódico AM Querétaro, 10/01/10

 

Se ha dado a conocer oficialmente que en 2009 más de dos millones de personas participaron en las audiencias generales o especiales, en la celebración del Ángelus dominical o en las acciones litúrgicas presididas por el Papa Benedicto XVI. Únicamente las que tienen lugar en el Vaticano o en Castelgandolfo, sin contar sus encuentros con un gran número de fieles durante sus visitas pastorales en Italia y los viajes apostólicos a otros países.

El reciente miércoles día 6, durante la celebración de la Solemnidad de la Epifanía del Señor en la Basílica Vaticana, Benedicto XVI afirmó que los Sabios llegados a Belén desde Oriente fueron los primeros de la larguísima fila de aquellos que han sabido encontrar a Cristo en su propia vida y que han conseguido llegar a Aquel que es la luz del mundo, porque tuvieron humildad y no confiaron sólo en su propia sabiduría. Epifanía es la fiesta cristiana que significa “manifestación”. A Belén, explicó Benedicto XVI con asombrosa claridad, llegaron “no los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Sabios, personajes desconocidos, quizás vistos con sospecha, en todo caso indignos de particular atención”.

Añade el Papa: “Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminarse por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre”, nos recordó. Tenemos ahora unos instantes para reflexionar.

“En El, de hecho, se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros; de que su grandeza y poder no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se nos confía”.

El Papa recordó que los Sabios llevaron en regalo a Jesús oro, incienso e mirra. “No son ciertamente dones que respondan a necesidades primarias”, admitió, subrayando que en aquel momento “la Sagrada Familia habría tenido ciertamente mucha más necesidad de algo distinto que el incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil”. Estos dones, sin embargo, “tienen un significado profundo: son un acto de justicia”, afirmó.

Según la mentalidad oriental, estos regalos “representan el reconocimiento de una persona [Jesús, recién nacido] como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión. La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Sabios de Oriente no pueden ya proseguir por su camino. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y les llevará a Aquel que nos espera entre los pobres; el camino del amor que por sí solo puede transformar el mundo”.

“No sólo, por tanto, los Sabios se han puesto en camino, sino que desde aquel acto ha comenzado algo nuevo, se ha trazado una nueva vía, ha bajado al mundo una nueva luz que no se ha apagado”. Esa luz, añade el Papa, “no puede ya ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que sólo Él sabe dar”.

Sin embargo, destacó el Papa, aunque los pocos de Belén que reconocieron al Mesías se han convertido en muchos a lo largo de la historia, “los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos. (…) Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje”.

“¿Cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven?”, se pregunta el Papa. El obstáculo que lo impide es “la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas, volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios”.

“Lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también falta el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme”. Falta, añadió, “la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para seguir la senda que indica la estrella, el camino de Dios”.

Categorías:Reflexiones
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