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Exigencias De Renovación Para La Acción Católica Al Comenzar El Siglo XXI

Exigencias De Renovación Para La Acción Católica Al Comenzar El Siglo XXI

Pbro. Nicolás Valdivia

Asistente Nacional de la Acción Católica Mexicana

La Acción Católica como expresión providencial de la Iglesia, en un momento determinado de su historia reciente, ha de mirarse hoy como parte de la tradición viva de la comunidad cristiana, que ha encontrado en ella una forma eficaz de vivir y proclamar el Evangelio, en un mundo que frecuentemente se niega a abrirse a la oferta del Dios de Jesucristo. Por lo mismo, hay que acercarse a ella en el reconocimiento de la riqueza que ha significado su presencia en el conjunto de las iniciativas que han surgido por todas partes para llevar a cabo la única misión universal.

En esta actitud propongo la presente reflexión que se compondrá de dos partes: I) El escenario que pide de la AC una forma nueva de ubicarse, de pensar y de actuar. II) Los rumbos actuales hacia los cuales tiene que orientarse la AC para que sea lo que está llamada a ser en el hoy del mundo y de la Iglesia.

I. EL ESCENARIO  ACTUAL: NUESTRA SOCIEDAD EN TIEMPOS DE CAMBIO.

No pretendo repetir lo que ya se ha dicho. Tampoco señalar los cambios específicos que hoy se están dando. Simplemente deseo comentar lo que el cambio significa hoy a fin de encontrar en él nuestra correcta ubicación.

1. La transición como algo ineludible, es una realidad tan antigua y a la vez tan nueva, que obliga a todo el mundo a asumirla sin dramatismo, a comprenderla con serenidad y a enfrentarla con sabiduría, a fin de caminar al ritmo de la historia, viviendo con dignidad y realizando los proyectos de vida que nos hemos propuesto.

1.1   Cómo entender la transición. Suele entenderse como un fenómeno social, histórico y cultural, que se presenta en forma permanente, con fuerza devastadora y de manera englobante. Este hecho que todos vivimos diariamente, rompe con la estabilidad y el equilibrio de la vida, exigiendo de los individuos y de las sociedades replantearse muchas cosas, revisar las actitudes, ajustar los comportamientos, confrontar los valores, en una palabra, tomar una posición activa para no sucumbir y sentirnos desbordados.

1.2   Las causas pueden ser de origen muy diverso: unas negativas como el desgaste, la decadencia, la pérdida de significaciones, la insatisfacción, el afán de novedad, la ineficiencia; otras positivas como la sana inquietud por renovarse, la necesidad de ser creativos, los anhelos de superación, la urgencia de hacer rupturas, la elaboración de nuevos proyectos. A veces el cambio viene sin que lo busquemos. A veces viene porque nosotros mismos lo provocamos. Y así tenemos cambios obligados y cambios que nosotros decidimos.

1.3   Las consecuencias inmediatas del cambio son múltiples y variadas: van desde la crisis y el aturdimiento, hasta la inseguridad y la incertidumbre, pasando por el miedo, el conflicto, el desencanto y la necesidad de refugiarse en las propias seguridades. En realidad el cambio nos obliga a todos a revisar honestamente las más profundas fuentes de donde brota el sentido de la vida: los valores, las convicciones y las motivaciones que están en la base de nuestros proyectos de vida.

1.4 Al observar la sociedad contemporánea constatamos que ella vive un cambio como nunca antes se había dado en su historia. Es verdad que siempre han existido los cambios, pero la diferencia entre los cambios del pasado y el cambio actual es que éste es simultáneo (en todas partes), global (lo abarca todo), acelerado (es rapidísimo) e incontrolable (no lo para nadie). El cambio se da en todos los niveles y ámbitos de la vida, con intensidades diversas y ritmos diferentes, en mayor o menor grado, produce una convulsión que estremece, lastima y aturde a mucha gente.

 

2. Tanto en la sociedad como en la Iglesia encontramos unos cambios que ponen el acento en cosas que antiguamente no eran tomadas muy en cuenta. Estos nuevos acentos exigen mantener lo bueno del pasado y promover lo bueno de la actualidad a fin de encontrar un equilibrio.

2.1 En la sociedad se está transitando:

  • de una sociedad monolítica y uniforme a una sociedad plural y fragmentada
  • de una sociedad reprimida y cerrada a una sociedad abierta y democrática.
  • de una sociedad artesanal a una sociedad tecnificada
  • de una sociedad respetuosa y piadosa a una sociedad irreverente y descarada
  • de una sociedad con criterios morales claros a una sociedad permisiva y sin moral.
  • de una sociedad comunitaria a una sociedad individualista
  • de una sociedad aislada a una sociedad globalizada
  • de una sociedad autoritaria a una sociedad donde todo se somete al debate…

2.2 En la Iglesia se está pasando:

  • de una Iglesia centro a una Iglesia signo
  • de una Iglesia señora de la sociedad a una Iglesia servidora de la misma
  • de una Iglesia centralista a una Iglesia participativa
  • de una Iglesia fuertemente clerical a una Iglesia decididamente laical
  • de una Iglesia excesivamente preocupada por lo espiritual a una Iglesia solidaria con las luchas, gozos, tristezas y anhelos de los hombres.
  • de una Iglesia preocupada por la cantidad de su miembros a una atenta la calidad de los mismos.
  • de una Iglesia aliada a los poderes de este mundo a un Iglesia fundada en la Palabra de Dios y en el Espíritu de Jesús.
  • de una Iglesia excesivamente institucional a una Iglesia Pueblo de Dios.
  • de una Iglesia demasiado ocupada en conservar tradiciones que a veces ya no significan nada a una Iglesia sensible a los signos de los tiempos donde el Señor no cesa de provocarnos.
  • de una Iglesia muy centrada en los santos y en las devociones a una Iglesia centrada en la persona de Jesús…

Estos acentos nos dicen que a nuestra generación le ha tocado vivir como a caballo entre dos épocas: una que no acaba de morir junto a otra que no acaba de nacer. Y frecuentemente uno no sabe hacia dónde dirigir su mirada. Algunos se aferran al pasado que no quiere soltar a ningún precio, aunque sepan que muchas cosas ya nos les funcionan. Otros, en cambio, se aferran al presente y promueven los cambios a veces sin razón y sin saber a dónde quieren llegar con ellos.

3. Lo que verdaderamente está en juego en los cambios es la actitud y el sentido que pueda tener la historia para la humanidad entera y en especial para nosotros los cristianos. De esto va a depender en gran medida nuestra sabiduría para enfrentarlos.

3.1 No podemos olvidar que para los cristianos la historia es como un sacramento donde Dios se hizo presente, se hace presente y se hará presente. Es el lugar privilegiado y el único donde podemos encontrarnos con el Señor. Así fue en Israel y así es en la vida de la Iglesia. Por eso la historia tiene tan gran importancia cuando en ella se producen cambios que nos desconciertan.

3.2 Podemos entender la historia como el espacio natural del acontecer humano, donde se vive la conciencia del tiempo en su triple dimensión de presente, pasado y porvenir. Es el lugar insustituible de las opciones y de los proyectos, del conflicto y de la armonía, del fracaso y del éxito, de la oportunidad y del desencanto, de la contingencia y de la búsqueda de trascendencia, de la estabilidad y de los cambios, del sentido de la vida y de las contradicciones cotidianas…

3.3 La historia juega un papel muy importante en la vida de los seres humanos. Por un lado es condición para valorar la tradición y la herencia recibidas; por el otro es un requisito tanto para el progreso y el desarrollo humano como para realizar nuestros planes en solidaridad con los que comparten la misma historia que nosotros. La historia podemos verla a nivel personal, social y de salvación.

3.3 Frente a la historia hay diversas actitudes, algunas que nos facilitan y otras que nos estorban para vivirla con plenitud. Actitudes que estorban: huir de ella, pelear contra ella, soportarla como algo ante lo cual nada podemos hacer, mirarla de manera conformista. Actitudes que favorecen: sentirnos en ella como actores y protagonistas, no como simples espectadores; mirarla sin miedos que nos paralicen;  enfrentarla con lucidez para participar en su construcción; hacer discernimiento para comprender cuál es su sentido más profundo.

3.4 Los cristianos hablamos de la historia de la salvación. Y con ello queremos indicar la intervención gratuita y libre de Dios para encontrarse con la libertad del hombre en su realidad histórica, a fin de hacer alianza con él y poder realizar juntos un proyecto donde cada uno aporte lo que puede aportar.

II. ALGUNOS RUMBOS QUE SE ESPERAN DE LA ACCIÓN CATÓLICA EN VISTAS DE SU RENOVACIÓN.

A la luz de lo que significan los cambios dentro de la historia que nos toca vivir, quisiera sugerir con gran respeto, algunas cosas que tal vez podrían servir a la AC para que vuelva a encontrar su vitalidad primera, su lugar en la Iglesia que tanto le debe y, sobre todo, su confianza en sí misma ante las nuevas situaciones que se dan en el mundo y en la Iglesia.

1. Retomar su carisma original para replantearlo, reorientarlo y reexpresarlo, de tal manera que siga siendo una expresión siempre actual del Espíritu del Señor, que nunca se echa para atrás cuando ha entregado sus dones a la Iglesia. Dejar que un carisma se apague es una forma de traicionar al Espíritu. Dios no cambia, pero ello nos pide ir descubriendo poco a poco de qué manera nosotros hemos de cambiar ante el Señor que siempre permanece fiel “porque El  no puede negarse a Sí mismo”.

a)  Para realizar lo anterior es indispensable enfatizar y clarificar los valores esenciales que siguen dando identidad a la AC y que ella no puede negociar. Permítanme que señale algunos de los más significativos:

b)  Indudablemente se trata de expresar de otra manera lo que han sido sus características fundantes y que nunca hay que perder de vista: su vocación evangelizadora, su condición laical, su carácter profundamente comunitario y sus lazos con la Iglesia local y universal, representada en el obispo.

c)  Sin embargo, a partir de lo anterior, que sigue siendo válido, conviene subrayar algunas otras tan importantes como éstas:

  • Promover un laicado más maduro en el contexto de un mundo y una Iglesia que han madurado.
  • Aceptación incondicional de la situación de pluralidad dentro y fuera de la Iglesia.
  • Cultivar el sagrado don de la secularidad que permita a los laicos realizar un magisterio que sólo a ellos les pertenece.
  • Buscar una presencia más significativa en su Iglesia, subrayando no sólo los deberes que tienen, sino también los sagrados derechos que poseen: ser reconocidos, opinar y ser tomados en cuenta, discrepar, pedir cuentas, ejercer sus carismas, participar en la toma de decisiones, ofrecer su experiencia y capacidad, cuestionar lo antievangélico, asociación, recibir atención adecuada, ejercer su liderazgo cristiano,  ser respetado en sus opciones, formación, información…
  • Realizar sus tareas en la Iglesia como un auténtico ejercicio de la ministerialidad que brota de la acción permanente del Espíritu y no como una graciosa concesión que se les hacen. Los laicos en la Iglesia no pueden ser sólo sacristanes, sino personas amadas de Dios con una dignidad que nace de su consagración bautismal.

2. Atreverse a superar, en nombre del Evangelio y de su vocación laical, algunos obstáculos (insatisfacciones, malestares, desencantos) que le impiden a la AC y a sus miembros,  caminar con la libertad de los hijos de Dios. ¿Cuáles podrían ser?

v       No dejarse llevar por la subestima al pertenecer a la AC, como si sus miembros fuesen cristianos de segunda, debido a los cambios ocurridos en la Iglesia.

v       Superar la experiencia a veces dolorosa de no ser suficientemente apreciados por algunos sectores de la jerarquía, sintiéndose un poco relegados (traicionados?), después de haber nacido a su sombra, por su iniciativa y dispuestos a colaborar lealmente dondequiera que se les pidiera. Los miembros de la AC no pueden vivir su fe como si la Iglesia fuera únicamente la jerarquía.

v       El desconcierto que se experimenta ante el aumento y el éxito de otros muchos grupos y movimientos de Iglesia. Recordar la luminosa Palabra de Jesús: “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”, por tanto nadie debe sentirse como el dueño de la casa de Dios. Ya es mucho que tengamos un lugar dentro de ella.

v       No fijar demasiado su atención en un pasado glorioso de la AC, olvidando las exigencias de la actualidad y los rumbos que se tienen que tomar en el futuro. El pasado tiene su importancia para volver a las fuentes. Pero cuando no queremos evolucionar entonces el pasado se convierte en un peso insoportable.

v       Jamás permitir que a la AC se le hayan cerrado los caminos, los espacios, y las formas de servicio en las circunstancias actuales; más bien reconocer que los cambios son un incentivo y una provocación para una creatividad acorde con el Espíritu del Señor hoy. Habría que preguntarse: ¿qué formas antiguas de apostolado hay que conservar y que formas nuevas hay que inaugurar?

3. Hacia una nueva postura de la AC en la realidad del mundo y de la Iglesia.

 

1)  Quiero mirar a la AC como un viejo tronco que fue precursor en la era moderna de lo que después el Vaticano II promovería con acierto y claridad: la presencia del laicado en la Iglesia es un elemento constitutivo y de ninguna manera algo simplemente secundario, periférico y accidental. La Iglesia no es la de Jesús si los laicos no tienen el lugar que nunca debieron haber perdido.

2)  La AC podría seguir prestando un servicio inapreciable a la Iglesia y a los nuevos grupos apostólicos, si se animara a compartir la sabiduría que fue acumulando a lo largo de los años desde su fundación. De una persona con experiencia se espera sabiduría. Esta sabiduría tiene que ver con su fidelidad a la Iglesia, con su testimonio silencioso de los valores del Evangelio, con su espiritualidad de levadura en la masa, con su empeño por edificar el Reino de Cristo en las difíciles realidades temporales, con su profundo sentido de la oración y de los sacramentos… En nuestro tiempo esto no ha pasado de moda. Si algún movimiento o grupo nuevo olvida esto, estará renunciando a valores esenciales del Evangelio, por muy moderno que sea.

3)  La AC igual que todo grupo formado por hombres y mujeres, tal vez necesite profundizar en unos criterios que le darán muchas posibilidades para no caer en el estancamiento y el desencanto:

  • la ruptura en la continuidad para saber qué se debe abandonar y que se debe conservar.
  • la creatividad en la tradición para no pretender conservar lo antiguo como algo que nunca debe cambiar.
  • la fidelidad al núcleo de valores que le dieron vida a la AC, pero reconociendo que tal núcleo ha de expresarse y vivirse en formas siempre nuevas, de acuerdo a las circunstancias.
  • Saber discernir entre lo permanente y lo cambiante en la vida de la AC.
  • Saber combinar con equilibrio el pasado con la actualidad.
  • Seguir promoviendo los campos tradicionales de apostolado que la AC bien conoce, pero buscando abrir nuevos espacios para que el Evangelio llegue hasta donde tiene que llegar.

Una conclusión muy breve.

Finalmente la AC y cada uno de sus miembros, han de convencerse de que están llamados de una manera particular a vivir en su mundo diario como hijos e hijas amados de la Iglesia, orgullosos de ser creyentes comprometidos y no simplemente hombres o mujeres religiosos; pero por otro lado ellos viven en su Iglesia como hijos e hijas expertos, conocedores y amantes de su mundo, reconociendo que ese es el sitio donde han de acudir a la cita con el Señor, que los necesita para participar en la obra de salvación.

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