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Cap XIX Apostolado Social del Clero


CAPITULO XIX APOSTOLADO SOCIAL DEL CLERO

Libro “Apostolado Seglar y Acción Católica”, Autor Pbro Luis Maria Acuña, Edit Difusión, 2ª edición, 1953

SUMARIO: 1. Influencia del sacerdote. – 2. El actual estado de la sociedad. – 3. Hay que volver la sociedad a Cristo. – 4. El clero debe dedicarse al apostolado social. Condiciones de este apostolado. – 5.Normas Pontificias.           ,           : ,

1. – INFLUENCIA DEL SACERDOTE. –

Todos los deberes del sacerdote pueden llamarse sociales, aun aquellos que parecen referirse a lo más íntimo de su personalidad. Porque el sacerdote es en cuerpo y alma para la sociedad. Si ora, si predica, si celebra, si administra sacramentos, si conduce a la última morada a sus hijos, en todo eso, el sacerdote es para la sociedad. Es hombre público, diputado de Dios, la sal de la tierra que ha de impedir en la sociedad la podredumbre del vicio.

El sacerdote prohíbe al que roba, sus hurtos; al embustero, sus engaños; al malhechor, sus crímenes; al impúdico, sus desórdenes; advierte al rico la obligación que tiene de abrir sus manos para socorrer al menesteroso, consuela al pobre, defiende sus derechos; y al magistrado, al gobernante les recuerda su deber de mirar por el bien de todos, especialmente por los pequeños, por los necesitados. En concepto cristiano, gobernar es la mejor manera de servir.

El sacerdote, pues, es todo para la sociedad.

He aquí los deberes sociales que le incumben. Nadie puede desconocer en esta hora el problema que agita a las sociedades, a obreros y capitalistas, a ¡a Iglesia y hombres de Estado; problema que surge de las conversaciones, en los parlamentos, en las Academias, en los mítines, en las fábricas, en el taller; la relación entre grandes y pequeños, ricos y pobres, entre el capital y el trabajo: el pavoroso problema social. A este importante problema en vano buscan solución el legislador con sus leyes, el sociólogo con su organización, el gobernante con la punta de las bayonetas. La experiencia nos ha hablado de los grandes fracasos que han sufrido los que esperan la solución con la ciencia solamente.

¿Dónde, pues, encontraría? La respuesta está condensada en este hermoso pensamiento  de Baunard: “Para curar todas las llagas de un pueblo, no hay más que un bálsamo; para esclarecer todas las tinieblas, no hay más que un faro luminoso, y para resolver todos los problemas, no hay más que una solución: el Evangelio de Jesús.”

El clero tiene gloriosa tradición que mantener. Desciende de aquéllos que, como ejércitos de sombras, restañaron las heridas de la humanidad y dieron sepultura al vasto cadáver del imperio, como dice Pidal; de aquellos que amasaron la ferocidad de los bárbaros; los hicieron caer de rodillas ante la Cruz, doblaron la cabeza del fiero sicambro, que adora lo que ha quemado y quema lo que ha adorado; de aquéllos que hicieron de sus claustros los asilos de la virtud y de la ciencia, y transformaron las selvas de Europa en amenísimo jardín.

Los grandes Pontífices, desde Gregorio XVI, han dedicado a la cuestión social una parte principalísima de sus inmortales Encíclicas: los obispos del mundo católico han publicado y publican interesantes pastorales y en cada una de sus páginas dan al clero acertadas orientaciones, sabios consejos y salvadores mandatos para trabajar por la conquista de las almas y por llevar las naciones al seno de la Iglesia mediante el apostolado social; los sacerdotes de muchos países toman una parte muy principal en este movimiento que llega a alarmar a los propios enemigos que ven cómo se acrecienta cada día en la sociedad el prestigio y la influencia de la Iglesia católica.

No se puede negar que la ciencia social ha adquirido en los últimos tiempos una importancia capital; apenas abrimos un libro, un periódico, una revista en la que no se estudie el problema social y se trate de solucionar las hondas cuestiones que agitan a la sociedad. No nos hagamos ilusiones, los problemas sociales son de suma trascendencia para el clero. ¿No estamos palpando las tristes consecuencias de estos pavorosos problemas? ¿No vemos cómo nuestra sociedad se está dejando arrastrar por esas corrientes demoledoras, atentatorias a toda autoridad, y a toda ley? ¿No observamos que lo que ayer era cuestión de unos cuantos, ha pasado a tomar cartas de ciudadanía y a ocupar un puesto principalísimo en los problemas políticos? Las masas proletarias se están alejando de la Iglesia, están volviendo las espaldas a Cristo; el pueblo ya no nos pertenece. ¿Y va el clero a permanecer inactivo, a ver con la mayor indiferencia cómo las almas que le han sido confiadas se van descristianizando?

El clero, hoy corno ayer, debe ocupar un puesto de honor en la lucha que se está librando. La Iglesia, la Patria, la sociedad lo esperan en el campo social.

Examinemos, pues, cuál debe ser este apostolado a la luz del Evangelio, de las Encíclicas papales, a la luz de las tinieblas, pero antes demos una mirada al actual estado de la sociedad.

2.-EL ACTUAL ESTADO DE LA SOCIEDAD. ~

¿Quién no ha oído el fragor de esa tormenta que amenaza sepultar todo el orden social existente? Las ideas más avanzadas van cristalizando en sistemas que se proponen arrancar del corazón del hombre todo principio espiritual. Pero son muchos los que no ven o no quieren ver el peligro que se avecina, creyendo todavía que el campesino y el obrero son creyentes y tienen aún arraigados los sentimientos religiosos de sus antepasados. Y consecuentes con este modo de pensar arcaico, no quieren adiestrarse en las nuevas armas para la lucha moderna y mucho menos orientarse hacia la Democracia cristiana. ¡Error lamentable! Y ceguedad incomprensible, porque no se quiere ver cómo en todos los organismos sociales están germinando elementos de desorden y revolución que amenazan la religión y la autoridad, que son los dos polos del mundo social.

Y luego la ignorancia religiosa profunda que reina en todas las clases sociales, tanto intelectuales como obreras. Las doctrinas más avanzadas forman como el Evangelio de los pueblos. Se les presenta la religión corno la amparadora y mantenedora de las grandes injusticias sociales, y por eso el pueblo huye de la Iglesia, mira con horror al sacerdote, abomina el Evangelio y nada quiere con nosotros.

Y esa propaganda anti-religiosa y anti-social está llegando a los mismos trabajadores de los campos. Ellos se nutren con las doctrinas de periódicos, revistas y folletos que inyectan el odio, avivan la lucha de clases y son en gran parte la causa de la apostasía social que es una de las más tristes realidades de nuestra historia contemporánea.

Y una sociedad sin Dios, sin moral, sin justicia, sin ley ¿podrá subsistir? Marcha a la descomposición, a la ruina, al aniquilamiento. Y luego esa lucha entablada entre el capital y el trabajo, entre el patrón y el obrero, entre el acaudalado y el proletario. ¿De parte de quién está la razón? ¿Qué hacer? ¿Qué debe hacer singularmente el sacerdote que se pertenece a la sociedad?

No puede negarse que las riquezas, por efecto de la nueva organización económica de las naciones, se han acumulado en pocas manos y continuarán acumulándose. Al mismo tiempo que los capitales fabulosos de esos hombres opulentos se han ido formando y engrosando, ha disminuido notablemente el número de los pequeños propietarios y ha ido creciendo el de los proletarios. Y esto sucede cuando el legítimo progreso de la humanidad tiende a mejorar la condición de los humildes, a dignificarlos, a elevarlos, realizando así la verdadera fraternidad que el cristiano trajo a la tierra.

Es claro que no debe condenarse al rico por ser rico, cuando sus capitales han sido legítimamente adquiridos. Por otra parte, una mayor concentración de las fortunas que la antigua ha sido en nuestros tiempos conveniente, porque ha facilitado el grande impulso que las ciencias y la industria han adquirido, proporcionando al hombre comodidades y ventajas desconocidas en los tiempos pasados. Sin grandes capitales hubiera sido bastante más difícil la construcción de ferrocarriles, la explotación de las minas, el establecimiento de las Compañías de navegación tan rápida y cómoda como la que hoy puede hacerse, la unión de continentes mediante cables submarinos, etc.

Lo que se condena son las injusticias que se cometen para redondear las fortunas, el uso egoísta que se hace de las mismas y el enorme desequilibrio que prevalece hoy en su distribución. Esta debe ser más equitativa, lo pide la justicia legal, el bien de la sociedad. La riqueza, sangre de la vida material de las naciones, debe circular por todas las clases, de tal manera que se difunda en todas y a todas, y a cada una procure la vida y un congruente desahogo.

La exagerada acumulación de riquezas en pocas manos, tal como hoy existe, al lado del pauperismo de los proletarios, significa un estado congestivo, innatural, absurdo y violento de la sociedad. Tal estado de cosas no puede permanecer. “Nihil violentum durabile”, decían los latinos. Ya las masas en reacción terrible se organizan cada día en las filas del Socialismo y Anarquismo, para precipitarse sobre los capitales; y la humanidad presenciará una espantosa catástrofe si no se atiende pronto al remedio.

Y el remedio consiste en remover las causas. Hay que reavivar en el obrero la fe amortiguada, resucitar en él las costumbres cristianas; encauzar su legítima aspiración a elevarse, a dignificarse en presencia del rico, a quien tiene derecho a considerar como substancialmente igual a él, aunque difieran en lo circunstancial; mejorar sus condiciones de subsistencia; convenir en que los modernos adelantos han de servir de provecho, no sólo al rico, sino también al pobre.

¿Han de servir las máquinas sólo para aumentar los productos, disminuir el costo de producción y enriquecer al patrono? ¿No deberán servir para economizar las fuerzas del obrero y acortar la jornada?

En esta empresa, objeto de la Democracia cristiana, tan recomendada por León XIII, una parte de mucha importancia corresponde al sacerdote. Deber social de éste, en las nuevas condiciones de la vida del hombre, es colocarse a la vanguardia del movimiento democrático cristiano, y procurar bajo la dirección de su Prelado, la moralización del obrero, del pobre, su instrucción, y el necesario y conveniente aumento de sus intereses temporales.

En concreto, no es posible decir lo que habrá de hacer el sacerdote, porque eso depende de las circunstancias y de varias condiciones del pueblo donde vive. Ya puede fundar Escuelas, Círculos, promover conferencias, establecer bibliotecas populares, Cajas rurales, Cajas de Ahorro, de socorros mutuos, Montes de Piedad, etc., cuidando, ante todo, renovar el espíritu cristiano entre los pueblos.

3. – HAY QUE VOLVER LA SOCIEDAD A CRISTO. –

La sociedad se ha alejado de Dios; las conciencias y las nociones de justicia y de virtud van desapareciendo de nuestros contemporáneos y vendrá, como consecuencia, la apostasía nacional. Urge curar y cicatrizar las llagas que aquejan a la sociedad moderna y que corroen los órganos más vitales del orden social.

Si estudiamos a fondo las causas de las grandes desavenencias sociales -y de la honda crisis porque atraviesa la clase proletaria, necesariamente la encontraremos en la falta de principios religiosos. Cuando éste reinaba en el corazón de los hombres, se desconocían las huelgas, las amenazas, las luchas, los paros; la cruz con sus amorosos brazos cobijaba paternalmente a pobres y ricos y a todos los unía un mismo centro común: la fe.

Pero hoy es la apostasía de las masas la que amenaza el sombrío horizonte social. Hay que trabajar para que la sociedad vuelva a Cristo; es necesario dar a conocer las salvadoras páginas del Evangelio, para que ilumine los espíritus y dulcifique los corazones; que las masas obreras conozcan la doctrina católica; hay que arrancar de raíz ese prejuicio de que la Iglesia es amparadora y mantenedora de las injusticias sociales, y hacer ver que ese pueblo, tan querido del divino Maestro, tiene su mejor apoyo en la religión; que es ella la que predica las regeneradoras doctrinas de justicia, de equidad, la que se preocupa con el amor de su alma maternal de la triste situación en que se encuentran las masas proletarias, y la única que puede resolver los pavorosos problemas que cada día ponen nubes siniestras en el horizonte del porvenir.

Las clases obreras se alejan de la Iglesia, de los brazos del divino obrero de Nazaret para caer en la esclavitud y en la tiranía; van en busca de la fraternidad, olvidándose, como dice Rousseau que fue cristiana antes que revolucionaria; y sólo encuentran odios, rencores, egoísmos, miseria y muerte. Es necesario enseñarles que la Iglesia es la que puede hacer que se solucionen las grandes luchas, explicándoles aquellas maravillosas palabras de tan hondo sentido social: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. “Urge hacerles ver que la Iglesia es la que dice a los ricos: “Tú que eres rico, tú que tienes criado, trata al criado con amor, piensa que tú también eres criado de otro Señor que te pedirá cuenta de tus actos”.

Hay que enseñarles que la Iglesia dice a los de arriba: “No debéis ser déspotas con los de abajo”. Hay que inculcarles que en el seno de la Iglesia todos somos hermanos, que entre nosotros no hay siervos ni señores sino que todos somos hijos de Dios.

Si las masas comprendieran estas hermosas doctrinas, esas masas sociales podrían dirigirse a los gobernantes para decirles: “¡Fuera las bayonetas, los cañones, la policía, que a nosotros sólo nos bastan las enseñanzas de la Cruz!”

Porque una de las causas de la apostasía social, dice Leroy Beaulieu, es “porque el pueblo no conoce el Evangelio, porque se ha olvidado de la Cruz a cuyos pies encontraba su esperanza”.

Hay, pues, que cristianizar la sociedad, darle a conocer las enseñanzas de Jesucristo. ;Y quién tiene la misión de hacer destellar los esplendores de la fe cristiana en los pueblos y de salvar a los que han perecido? El sacerdote, porque a él le fue dicho: “Id y predicad el Evangelio a todas las naciones”. Y en el Evangelio está el germen de la solución de todos los problemas sociales.

4. – EL CLERO DEBE DEDICARSE AL APOSTOLADO SOCIAL. –

La Iglesia ha desarrollado en todos los tiempos un fecundo apostolado conforme al espíritu del Evangelio y a las necesidades de la época. Hoy es necesario que el ciego salga a trabajar a plena luz, a dejar oír su voz en la vida pública: “Praedicate super tecta”. Los enemigos quisieran encerrarlo en la sacristía para seguir descristianizando todos los sectores de la vida social. Pero el sacerdote debe salir de los templos, debe ir al pueblo que se ha alejado de la Iglesia. El sacerdote no debe contentarse con hacer oír su palabra en las interioridades del templo donde acuden sólo unos cuantos. ¿Y esos miles que quedan fuera no son almas, no son hermanos rescatados con la misma sangre divina? Cristo no sólo evangelizaba en el templo sino que hablaba en las plazas públicas, enseñaba por las villas, por las aldeas, adoctrinaba en las montañas, recorría los pueblos, asentaba su cátedra de verdad en las playas, al borde de los pozos y a todos evangelizaba y enseñaba la nueva doctrina. No nos dice: “Esperad que vengan a vosotros”. Manda predicar, enseñar. “Id”. Y propone la conmovedora imagen del pastor que deja noventa y nueve ovejas para ir en busca de la descarriada.

El sacerdote, pues, no puede permanecer impasible, no puede mirar con indiferencia la pérdida de esas almas a quienes está obligado a salvar.

“El sacerdote, dice un escritor, debe absolutamente entrar en la vida social; debe luchar denodadamente por entrar en ella, debe, una vez que ha entrado, mantener, vivo o muerto el puesto conquistado. Es misión suya. Es necesidad extrema. Donde, pudiendo hacerlo, no lo haga, y esto no sólo como ciudadano sino como sacerdote, es reo de traición, no cumple con su deber, daña a la patria, a la Iglesia, a Jesucristo”.

En efecto; su misión es la misma de Cristo, es tan vasta como la de Cristo. No se puede limitar a los individuos, a las familias, a las paredes domésticas, a los altares, a los hogares, sino que debe extenderse a todas las formas y manifestaciones de la vida humana, como a todas ellas se extiende la verdad de la que es maestro, la fe de la que es intérprete, la moral de la que es defensor.

El sacerdote tiene una misión eminentemente social; debe, sin escatimar un esfuerzo, participar, animar, informar la vida social, llevando a ella a Jesucristo.

Los sacerdotes son la luz del mundo: alumbren, pues; son la sal de la tierra: pónganse en contacto con los que deben preservar de la corrupción; son apóstoles: salgan del cenáculo y realicen el prodigio esperado por el mundo de una nueva redención social.

Estas palabras trazan el deber del sacerdote, son una invitación para que abandone el templo, la sacristía y salga a la vida pública. Salir del templo no es desertar su misión de apóstol de Cristo: es obrar más en conformidad al espíritu de Cristo, es hacer suya la misión de Cristo.

Mons. Dabert, refiriéndose al apostolado social del clero, decía: “El clero, trabajando principalmente por la conversión y santificación de las almas, no debe permanecer extraño a la obra de reforma social. Se ha presentado a la Iglesia y al sacerdote como extraños a ese terreno. El sacerdote dejóse intimidar, y el pueblo, no hallando al sacerdote en el terreno social, se alejó de la Iglesia”.

Sin embargo, la Iglesia posee la única doctrina social, y el Santo Padre incita vivamente al clero a sobresalir en ese terreno.

Cuanto a las condiciones de ese apostolado, debe estar adornado de aquéllas de que habla Millot: “Competencia, prudencia, discernimiento: he ahí las condiciones esenciales de la acción social del sacerdote. Si esas condiciones faltan, su intervención en el terreno político o económico no será más que motivo de escándalo para los fieles y de irritación para los enemigos”.

Para tener competencia, el clero debe dedicarse al estudio de las ciencias sociales que tanta importancia revisten en nuestros días, Millot, dice que el sacerdote deseoso de ganar almas por medio de las obras sociales, necesita de la ciencia teológica que debe poseer como sacerdote y de la ciencia social indispensable a todo reformador que pretenda mejorar >la organización de la sociedad.

Urge, pues, la fundación de centros sociales, de Academias de sociología cristiana, donde el clero puede adiestrarse para la lucha y poder cristianizar, así, la sociedad que rueda al abismo.

Todas las grandes cuestiones de actualidad social se encuentran magistralmente expuestas en las inmortales Encíclicas de León XIII, Pío X, Benedicto XV y Pío XI. Estudien a fondo esos preciosos documentos de ciencia social, sean ellos sus guías en los actuales conflictos.

Además, el celo por la salvación de las almas que el sacerdote en todo tiempo y lugar debe tener. Sin este celo, sin este amor por el prójimo como el amor de Cristo, el apostolado social sería estéril sin provecho, sin utilidad práctica.

León XIII alaba y aplaude el celo y abnegación del clero francés porque son los inspiradores y apóstoles de todas las buenas obras, porque se acercan al pueblo y procuran por todos los medios, aun a trueque de sacrificios considerables de tiempo y de dinero, hacer su suerte menos dura, ayudándolo y moralizándolo. El mismo Pontífice dice en otra parte que “para que el celo sea fecundo, provechoso y digno de alabanza, debe ser discreto, recto y puro”.

Adornado con estas dotes de competencia, de celo y discernimiento, el clero podrá cumplir con sus deberes como corresponde a un ministro de Cristo, porque entonces no tendrá otro pensamiento que el que inspiraba al divino Maestro: llevar almas a Dios aunque tenga que padecer las afrentas,, las calumnias y la misma cruz.

5. – NORMAS PONTIFICIAS. –

Los Pontífices han trazado sabias normas al clero para orientar y dirigir la acción redentora del catolicismo en el campo de las reformas sociales modernas. Su corazón rebosa de amor por las clases humildes a imitación del divino Maestro, cuyas palabras en el Sermón de la Montaña fueron como el beso que dio al desvalido y al pobre. Condecora a los obreros; escribe su magistral Encíclica para defender sus derechos y pasa a la historia con el título de Papa de los obreros. La orden de León XIII al clero y a los Obispos era: “Id al Pueblo”. “Aconsejad a vuestros sacerdotes, decía al Obispo de Coutances, que se ocupen del obrero, del pobre, de las clases inferiores. Es necesario salvar el abismo que separa al sacerdote del pueblo. Es preciso hacer que todos sientan la influencia saludable de la religión”. “Es menester que vuestros sacerdotes vayan al pueblo, decía a Mons. Doutreloux, Obispo de Lieja, No pueden  permanecer encerrados en sus iglesias y en sus casas parroquiales”.

Dirige una Encíclica al clero francés; hace un elogio de su actividad en el campo social. “Conocemos y el mundo conoce como Nos – decía -, las cualidades que os distinguen. No hay una sola buena obra de la que vosotros no seáis o los inspiradores o los apóstoles. Dóciles a los consejos que os hemos dado en nuestra Encíclica “Rerum Novarum”, os acercáis al pueblo, a los obreros, a los pobres; procuráis por todos los medios acudir en su ayuda, moralizarlos, y hacer su suerte menos dura. Con este fin promovéis reuniones, congresos; fundáis patronatos, círculos, cajas rurales, agencias de asistencias, colocación para trabajadores, y os ingeniáis para introducir reformas en el orden económico y social; y a trueque de realizar empresas tan difíciles, no vaciláis en hacer considerables sacrificios, comprendiendo las apremiantes necesidades de la sociedad contemporánea y de las almas”.

Y en su Encíclica “Graves de communi”, dirigiéndose al clero dice: “Cosa es de por sí manifiesta cuánto deben trabajar los sagrados ministros en todo este género de obras que ligan directamente los intereses de la Iglesia y del pueblo cristiano. Nos mismos, más de una vez, hablando con eclesiásticos, hemos creído conveniente asegurarles que en nuestros días es oportuno llegar al pueblo y comunicarse con él. Con más frecuencia aún, de no mucho tiempo a esta parte, en letras dirigidas a los Obispos y personas eclesiásticas, alabamos esta amorosa solicitud en favor del pueblo, diciendo de ella que es propia de uno y otro clero. Pero procedan en todo esto con gran cautela y prudencia, puestos los ojos en los ejemplos de los santos. El pobrecito y humilde Francisco, el padre de los infelices Vicente de Paúl, y otros muchos en todas las edades de la Iglesia, acertaron a ordenar sus cuidados para con el pueblo, de suerte que sin engolfarse indiscretamente en esta ocupación, ni perderse a sí mismos de vista, atendieron con igual ardor a la perfección del espíritu. Y en este punto nos place poner ante vuestros ojos explícitamente una manera de acción, en que no solamente los eclesiásticos, sino todos los amigos de la causa del pueblo pueden sin grande dificultad hacerse muy beneméritos.

“La cual consiste en inculcar con amor fraterno en el ánimo de los que forman parte de él, estos consejos: que se guarden enteramente de las sediciones y de los sediciosos; que respeten inviolablemente los derechos del prójimo; que ejecuten de grado y con el obsequio debido la obra que justamente demandan sus patronos; que no sientan aversión a la vida doméstica, fecunda en muchos bienes; que practiquen sobre todo la religión y de ella tomen el más positivo consuelo en los trabajos y contradicciones de esta vida. Para conseguir mejor este fin servirá ciertamente presentar ante sus ojos el singular modelo de la Santa Familia de Nazaret, y proponer el ejemplo de aquéllos que de su misma suerte infeliz supieron aprovecharse para subir hasta la cumbre de la virtud, y por último, fomentar la esperanza del premio que nos está reservado en una vida mejor.

“Concluiremos ahora insistiendo de nuevo sobre un aviso que ya hemos dado. Así los individuos como las sociedades, al poner por obra cualquier pensamiento concebido con este propósito, deben tener presente la plena obediencia que deben a la autoridad de los obispos. No se dejen alucinar de cierto celo de caridad intemperante, el cual no es, a la verdad, sincero ni saludablemente fecundo, ni agradable a Dios si se tiende a menoscabar el deber de la obediencia.

“Dios se complace en aquéllos que sacrificando sus propias opiniones escuchan a los Prelados de la Iglesia como a El mismo, y asiste propicio en sus empresas por arduas que sean, dándoles benignamente feliz éxito. Añádanse a esto, ejemplos de virtudes, singularmente de aquéllas en que el cristiano se muestre enemigo de la pereza y los placeres y benévolo dispensador de lo superfluo en beneficio del prójimo y constantemente invicto. Porque estos ejemplos tienen gran fuerza para excitar saludablemente los ánimos del pueblo; fuerza tanto mayor cuanto son más conspicuos los varones en quien se admiran”.

Pío X, siguiendo las luminosas huellas de su predecesor, vuelve a insistir en que el clero debe ir al pueblo, que se ponga en contacto con el pueblo y le hable según el espíritu del Evangelio. “Empléese en mejorar, dentro de los límites de la caridad y de la prudencia – dice -, la condición económica del pueblo, favoreciendo y propagando las obras que tiendan a este fin, aquéllas sobre todo que tienen por objeto disciplinar a las muchedumbres contra la tiranía invasora del Socialismo y que la salven a la vez de la ruina económica en la organización moral y religiosa. De esta suerte, la colaboración del clero en las obras de acción católica tendrá un fin altamente religioso y nunca será obstáculo, antes bien, secundará su ministerio espiritual, cuyo campo irá ensanchando y cuyos frutos multiplicará”.

Benedicto XV y Pío XI tienen una vastísima literatura social; en toda ella palpita el amor de sus nobles corazones-hacia las clases humildes y en la cual exhortan muy paternalmente al episcopado y al clero que vayan a laborar en la acción social.

De todos es conocida la fecunda labor de los prelados franceses, italianos, alemanes, españoles, belgas, etc., que, juntamente con su ilustrado clero, desarrollan en el campo social. A ellos se debe la perfecta organización obrera de la que está surgiendo esa Democracia cristiana, esa gran fuerza que vislumbró en los horizontes del porvenir el ilustre tribuno español Donoso Cortés: “De todos los partidos políticos no van a quedar más que dos fuerzas, las que encontrándose frente a frente darán la batalla: la Democracia cristiana y la Democracia roja o revolucionaria”.

La guerra civil española es la plena confirmación de estas palabras. La Iglesia, los Pontífices, el episcopado, la necesidad misma de los tiempos, dan la orden de mando de que el clero debe orientarse hacia la Democracia cristiana. Debe, en frase inmortal de León XIII: “Ir- al pueblo”. Los sublime misión de la Iglesia en los actuales momentos históricos está condensada en aquella profética visión del P. Ventura Ráulica, en la oración fúnebre por el gran líder del catolicismo irlandés O’Connell: “Si los reyes, dejándose penetrar del elemento pagano, renuncian al elemento cristiano, y no quieren comprender la doctrina de la verdadera libertad religiosa de los pueblos y la independencia de la Iglesia que constituye la felicidad y la gloria de sus antepasados, la Iglesia sabrá prescindir de ellos; se volverá hacia la Democracia, bautizará a esta heroína salvaje, la hará cristiana, imprimirá en su frente el sello de la consagración divina y le dirá: “Tú eres reina y reinarás”.

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