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CAPITULO XV APOSTOLADO DE LA FAMILIA

CAPITULO XV APOSTOLADO DE LA FAMILIA

SUMARIO:  1. La crisis de la familia. – 2. La gran desolación. – 3. Sus peligros. – 4. Sus  remedios. – 5. El apóstol seglar y la educación.

 

Libro “Apostolado Seglar y Acción Católica”, Autor Pbro Luis Maria Acuña, Edit Difusión, 2ª edición, 1953

l.-LA CRISIS DE LA FAMILIA.-

Los tiempos presentes son de una perversidad moral que causa espanto. Podemos repetir la frase bíblica: “Toda carne ha corrompido su camino” (Gen. VI, 12). Esto tiene preocupados a moralistas, estadistas y gobernantes y a todo hombre que piensa seriamente. Los grandes centros de población se hallan tan corrompidos o acaso más que Babilonia, Corinto y Roma. Y en los mismos pueblos pequeños, aunque quedan restos de pudor cristiano, se van aminorando por la facilidad de las comunicaciones que los pone en contacto con el resto del mundo.

La inmoralidad es un verdadero cáncer social que el mismo progreso y refinamiento de la vida moderna ha venido a agravar. La inmoralidad reina en todos los espectáculos, en los cines, teatros, modas, playas, diversiones, bailes, paseos, cabarets, music-halls, café-concerts, y donde se pasea el escándalo y la desnudez y donde se exhiben todas las formas de pasión.

Este problema de la corrupción es un problema universal porque la inmoralidad es una tromba devastadora que lleva al abismo a las sociedades, corrompe a la juventud y extingue las fuentes mismas de la vida y amenaza los cimientos del orden social.

La fiebre de placer se ha hecho como la segunda naturaleza de esta moderna sociedad; ella ha entrado en el período de la descomposición. Estas consecuencias se dejan sentir en la familia. Ella ya no es “el principio de la ciudad y como el semillero de la República” en frase de Cicerón; la familia está en crisis; y es una crisis honda y aterradora.

Ha desaparecido de la familia aquella vida tradicional de nuestros antepasados; hoy se ha convertido el hogar en un hotel a donde se va a comer y a dormir. Es un montón de ruinas destruido o asaltado por el materialismo, por el Socialismo y la impiedad. La corrupción es uno de sus enemigos más formidables. Ella hace decrecer el número de los hogares, de los hijos; lleva al amor libre, trae las nefandas leyes del divorcio, del matrimonio civil, que llevan a la poligamia sucesiva; unión sin Dios, unión sin amor; madres sin hijos…; hogares desolados, ruinas sin cuento. La misma vida moderna arroja del santuario del hogar a los esposos, y a los hijos a la calle, al teatro, al cine, al salón de baile, de patinar, al salón de té. Las prácticas cristianas se han desterrado de la familia; ya no es Jesús el que preside estas bodas como en Cana; es la pasión. El hombre ha cerrado las puertas del cielo y sólo mira los goces materiales.

2. – LA GRAN DESOLACIÓN. –

Podemos, pues, contemplar la gran desolación y miseria de la familia actual. Las mujeres huyen del matrimonio, prefieren la unión libre, sin ninguna ley moral, sin ningún freno, sin más ley que su capricho, su pasión. El vicio, la inmoralidad ambiente va acrecentando el número de los “sin hogar”, dignas parejas de los “sin patria”. Pero el vicio no sólo lleva la desolación al hogar, también los deja anémicos. Porque malgastando el hombre su vida en los desórdenes, en los vicios, en la lujuria ¿qué fuerzas podrá transmitir a sus hijos? ¿Qué vigor, qué savia de vitalidad va a dar si él la ha dejado toda en el regazo del sensualismo? Y esas pobres criaturas son remedos de vida, y muchas veces tienen que maldecir a sus padres que les transmitieron la muerte en lugar de la vida, porque el vicio envenenó su sangre y mató las energías de su vida.

Y si a esto añadimos la educación superficial, el reinado del alcoholismo, la molicie, las excitaciones al placer, al lujo, las novelas eróticas, las cintas del cine y tantos otros factores de corrupción, tendremos el cuadro completo de la desolación de los hogares modernos.

3. – SUS PELIGROS. –

Otros peligros se divisan en la familia moderna y uno de ellos es la natalidad. Este es el hecho, un hecho evidente y claro, que confirman las estadísticas: el reinado de la inmoralidad, las leyes del divorcio han traído la disminución de la natalidad.

“Tenemos más ataúdes que cunas”, dice Pinard.

El descenso de los nacimientos sorprende a los estadistas. “Francia pierde cada seis meses una ciudad de 28 mil habitantes”, decía Bertillón. Y Leroy Beaulieu ha demostrado que si no se remedia este mal, el año 2012, en Francia no quedará un francés de origen.. .

Este descenso de la población se nota en todos aquellos países que han facilitado el divorcio, que se multiplica cada día. En Estados Unidos hay más de doscientos mil divorcios al año; en Francia más de treinta y dos mil. El aumento vegetativo de la población de Francia es de 2,4, el más bajo del mundo; y Francia es un país divorcista por excelencia; el de Estados Unidos es de 9,2, inferior a Italia que es de 12,4, a Colombia de 15,8 y a nuestro país que es de 12,6.

Todas las estadísticas demuestran que el divorcio lleva a la inmoralidad, a la disminución de la natalidad, aumento de la criminalidad, hijos ilegítimos, fomenta el amor libre y el paganismo en las costumbres.

Es ley de la historia que la vida y grandeza de un pueblo depende del número de sus habitantes y de la moralidad de las costumbres. Cuando un pueblo es insuficiente para ocupar y defender su territorio, no tarda otro en apoderarse de él. Esta es ley de la historia y no hace más que repetirse. Cuando en Roma las mujeres no querían tener hijos, llega un día en que la Señora del mundo no tiene soldados para defenderse de los bárbaros.

Hoy dominan en el mundo las teorías malthusianas que han invadido el santuario del hogar. Estas teorías dominan aun en aquellos países que han tenido exceso de población como Alemania.

Después de la guerra, en Alemania y Austria se nota un descenso de nacimientos y, según las estadísticas, son cerca de un millón de niños que no vienen a la vida por efecto de estas teorías que han adquirido un alarmante predominio.

Ante ese mal que: hoy deploramos, podemos repetir aquellas airadas palabras de liossuet en “De la Politique Sacrée”: “Sean malditas de Dios y de los hombres las uniones cuyos frutos no se desean y cuyos anhelos consisten en que sean estériles”. Hoy existe aquel error que anatematiza un escritor con estas palabras de fuego: “Cuando estas palabras puedan ser verídicas escritas sobre una nación, esa nación está perdida hasta la médula de los huesos. Cuando los hombres temen el trabajo o la guerra justa; cuando las mujeres temen a la maternidad, ellos tiemblan al borde de la condenación, y convendría que desaparecieran de la superficie de la tierra en la que son con justicia objeto de desprecio para todos los hombres y todas las mujeres dotadas de almas elevadas, fuertes y animosas”.

La causa de este mal hay que buscarla en la falta de religión, en el egoísmo, en la relajación de las costumbres familiares, en el progreso alarmante de la inmoralidad, en el divorcio, en los avances del feminismo moderno que agrava más y más el malestar social, en esa nefanda literatura anticoncepcionista que pone al alcance de todos los procedimientos y teorías malthusianas, literatura de burdel corruptora de las almas, asesina de la humanidad.

¡Más ataúdes que cunas! Esta es la situación de la familia moderna.  Y   hablando de  Francia, donde  la población decrece, dice un escritor: “Este es el principio del fin. Finis Galliae…  Así  deben desaparecer de la escena del mundo los pueblos que han hecho trizas las leyes fundamentales de la vida”.

4. – SUS REMEDIOS. –

Para remediar estos hondos males que lamentamos en la familia, debemos señalar algunos remedios morales.

a)         Vida de fe. La fe nos revela un mundo desconocido, nos llena de santo temor y amor de Dios. “Si creyereis, veréis la gloria de Dios”  (Juan, II, 40).

La fe que nos muestra a Dios en todas partes, envuelve al hombre en una atmósfera sobrenatural, le lleva a Dios a rogarle, a alabarle, a temer sus justos juicios y castigos. La fe nos hace conocer a Cristo, y en su conocimiento está la vida eterna. La fe llevará a Cristo a nuestra vida, a nuestros hogares, a nuestros amores como lo llevaron los esposos de Cana, Y cuando Cristo reina en el hogar, reina también la paz, la pureza y la armonía.

Pero cuando desaparece la fe viene el materialismo, la vida pagana. Y entonces: “Los hombres se han corrompido y se han hecho abominables por seguir sus pasiones, no hay quien obre el bien, no hay uno siquiera” (Psal., XIII, 1).

b)         Prácticas de piedad. No basta creer; es necesario practicar. La fe sin obras es muerte, dice Santiago. La vida cristiana es vida de oración, de plegarias,  de prácticas piadosas.

Es necesario llevar a los hogares esas -prácticas cristianas olvidadas y que pueden restituir la pureza a las familias. El cumplimiento de los deberes religiosos; el Rosario en familia; la devoción a María; las oraciones de la mañana y de la noche, etc. “La tierra está desolada porque no hay ninguno que piense en su corazón” (Jer., XII, 11).

Estas prácticas avivarán la piedad y formarán la vida cristiana tan necesaria a las familias.

c) Huir de los peligros. La vida cristiana es santifica-dora, todo tiende en ella a purificar los corazones y preservarlos del pecado. El Apóstol nos describe cómo debe estar vestida nuestra vida de buenas obras: “Todo lo que es conforme a la verdad, todo lo que respira pureza, todo lo que es justo, todo lo que es santo, todo lo que os haga amables, todo lo que sirva al buen nombre, toda virtud, toda disciplina loable: esto sea vuestro estudio” (Phil., IV, 8).

Y nada caracteriza mejor al discípulo de Cristo que la huida del mundo en el cual reina esa triple concupiscencia de que habla el Apóstol San Juan. “Vosotros no sois de este mundo”, dice San Juan. “La vida pagana consiste en seguir las máximas del mundo, las diversiones, las voluptuosidades y glotonerías, las embriagueces y lujurias. Mas la vida cristiana consiste en sacrificar las pasiones y concupiscencias para seguir a Cristo”.

El verdadero cristiano mortifica sus pasiones, emplea su vida en buenas obras, obras de caridad, de compasión, de limosna, de celo, de apostolado, de propaganda.

Si lamentamos la vida pagana sin Dios, sin religión, sin Cristo, santifiquemos nosotros el hogar y que reinen en él Jesús y María como en un trono en nuestros corazones y en nuestros hogares.

¡Qué campo de acción tiene en la familia el Apóstol seglar!

5.-EL APÓSTOL  SEGLAR Y LA EDUCACIÓN-

El Apostolado seglar tiene un extenso campo que desenvolver en el apostolado de la educación cristiana. El que conquista este campo, conquista el mundo; porque la educación es el troquel donde se forman los hombres del mañana que son los hombres del porvenir.

“Lo presente es hijo de lo pasado”, ha dicho con gran sentido social Leibnitz, “y padre de lo porvenir”. El mundo se reformaría si se reformase la educación. Cuando se quiere corromper a los pueblos se empieza por corromper la educación. Las generaciones salen vivas y formadas del molde de la educación; y cuando el molde es el de la impiedad, del laicismo, de la inmoralidad, ellas salen ateas, corrompidas y sensuales. Por eso la fuerza de una educación discreta y perseverante es una fuerza incontrastable, sobre todo si el objeto de la educación es un ser blando y tierno, porque entonces se puede moldear como la cera y darle la figura y forma que se crea más conveniente.

La educación es de mayor importancia que la instrucción. La primera se dirige principalmente al corazón; la segunda a la inteligencia. Eduquemos el corazón y después instruyamos la inteligencia.

El corazón es el gran enfermo del siglo. Por eso hay que dirigirlo hacia el bien por medio de una sólida educación. ¿Queremos que la sociedad sea cristiana, que piense en católico y que obre en conformidad con los principios del decálogo? Apoderémonos de la escuela, conquistemos la cátedra, trabajemos por apoderarnos de la enseñanza y entonces, la sociedad será de Jesucristo.

Trabaje el Apóstol seglar por llevar a Dios a las inteligencias; en eso consiste la instrucción; llevar a Dios, amor y regla suprema, a las conciencias; en eso estriba toda la obra educativa.

Tenga puestos sus ojos en los centros de enseñanza y a ellos debe dirigir todos sus esfuerzos: Institutos, Universidades, Academias, pero de una manera espacialísima a las escuelas de los niños; ellos son y representan las futuras generaciones,  y si las   conquistamos para Jesucristo, habremos salvado al mundo.

Lleve su influencia a la Asociación de Padres de familia, a la Juventud escolar; ejerza el Apóstol seglar una severa censura e inflexible crítica contra los quebrantos y males de la enseñanza, ya en el periódico, en la tribuna, en el parlamento, a fin de que llegue a los poderes públicos, buscando siempre que se respeten los derechos de la Iglesia y de los padres de familia a educar a sus hijos en las enseñanzas netamente católicas. La educación es la base de la grandeza de los pueblos. Y en el problema de la educación debemos ponernos en guardia contra los avances de cierta pedagogía que tiene por única finalidad formar hombres medianamente instruidos pero no hombres buenos; que disciplina la inteligencia pero que descuida la voluntad; que da cierto barniz de cultura general, pero que no enseña al hombre a usar de su libertad, que no forma su carácter ni modela su corazón.

Es el gran error de nuestros días. Se confunde la instrucción con la educación. “La instrucción consiste en la adquisición de conocimientos científicos; la educación en la adquisición de las virtudes – dice un ilustre pedagogo -. La primera cultiva y enriquece el entendimiento; la segunda liberta y ennoblece la voluntad; la primera hace hombres sabios; la segunda hace hombres buenos” (Foerster).

“La Cultura de la inteligencia, dice Smiles, ejerce poca acción sobre la conducta moral. Vemos hombres ilustrados, literatos, artistas que no tienen en manera alguna buena conducta y que son derrochadores y viciosos”.

“La educación sin moral, dice un estadista argentino, es un arma para que el criminal perfeccione sus métodos de delincuencia. Es una linterna en manos del ladrón”….”Educación, dice Julio Simón, es un espíritu que ilumina a un espíritu, es un corazón que forma un corazón”.

De todo esto se infiere que la educación debe basarse en los principios de la moral y de la Religión, que es la única que impera en el interior del hombre, que le enseña a usar de su libertad y a obrar en conformidad a su razón.

“La educación religiosa la creo hoy más necesaria que nunca”, decía Víctor Hugo en el Parlamento francés en 1848.

Estas palabras podemos suscribirlas todos los que vivimos la edad contemporánea.

 

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  1. agosto 6, 2010 en 5:05 pm

    Estoy promoviendo la imagen de la Sagrada Familia oficial de el VI Encuentro Mundial de la Familia.
    Pedir informaciòn a el correo que adjuntè a este mensaje ,gracias.
    Atentamente:
    Arq. Jaime Domìnguez M.

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