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Espantapájaros

Espantapájaros

EDUCAR HOY

POR PEDRO J. BELLO GUERRA.
pjbellog@colegioalamos.edu.mx
Periódico AM, 14/12/08

 

Decía la Madre Teresa de Calcuta al hablar del amor al prójimo, que “hay quedar hasta que duela”, no porque necesitemos hacernos daño en el cuerpo, sino porque la generosidad y el desprendimiento a veces cuestan.

No es fácil ayudar en la tarea a un hijo cuando alguien llega cansado del trabajo; menos fácil aún es explicarle la tarea a un vecino, al hijo de un amigo, o en un voluntariado en una escuela, cuando ese alumno es inquieto o le cuesta entender. Tampoco es fácil perdonar a quien nos ha ofendido, nos pone mala cara, o nos contradice en lo que decimos; perdonar es aún más difícil que dar nuestro tiempo. Y dar un donativo en dinero, despensa, ropa o ayudas a las personas necesitadas también cuesta porque es desprendernos de cosas que a veces sobrevaloramos como muy importantes para nosotros o muy nuestras; es un poco como sentir que al dar nos empobrecemos o nos desprendemos de una “parte de nosotros”, y nada más alejado de la realidad porque el que comparte, el que es generoso se enriquece a nivel humano y espiritual al convertirse en una mejor persona, se vuelve útil y responde al llamado de solidaridad y contribución al bien común impreso en su conciencia.

Me gustaría compartir con ustedes la siguiente historia que refleja esa generosidad y espíritu de sacrificio al que estamos llamados con nuestros familiares, amigos y cualquier otro ser humano:

“Una vez un cazador lastimó el ala de un jilguero. Por algún tiempo éste logró sobrevivir con lo que encontraba en la tierra. Después llegó el terrible y gélido invierno.

Una fría mañana, mientras buscaba algo que comer, el jilguero se encontró con un espantapájaros. Era un espantapájaros muy diferente, gran amigo de las urracas, cornejas y otras aves.

Su cuerpo era de paja, metida en un viejo traje de gala: la cabeza era una gran calabaza anaranjada; los dientes estaban hechos con granos de maíz; su nariz era una zanahoria y sus ojos dos nueces.

-¿Qué te sucede, jilguero? -preguntó el espantapájaros, cortés como siempre.

-Las cosas van mal -suspiró el jilguero-. El frío me está matando y no tengo dónde refugiarme, por no hablar de comida. Creo que no veré la primavera.

-No tengas miedo. Puedes meterte aquí en el saco. Mi paja está seca y caliente.

De este modo el jilguero encontró una casa en el corazón de paja del espantapájaros. Quedaba todavía el problema del alimento. Cada vez era más difícil para el jilguero encontrar bayas o semillas. Un día en que todo se estremecía bajo el velo gélido de la escarcha, el espantapájaros le dijo dulcemente al jilguero:

-Jilguero, cómete mis dientes, son excelentes granos de maíz.

-Pero te quedarás sin boca.

-Así pareceré más sabio.

El espantapájaros se quedó sin boca, pero le alegraba ver a su pequeño amigo vivo, y le sonreía con los ojos de nuez.

Después de algunos días, llegó él turno ala nariz de zanahoria.

-Cómela, tiene muchas vitaminas -le decía el espantapájaros al jilguero.

Luego el turno de las nueces que hacían de ojos.

-Me bastará con escucharte -decía.

Finalmente el espantapájaros le ofreció también la calabaza que le serví a de cabeza.

Cuando llegó la primavera el espantapájaros ya no existía. Pero el jilguero estaba vivo y levantó el vuelo en el cielo azul”.

Esta historia puede parecer exagerada, porque a nadie se nos pide que nos mutilemos o que alimentemos con nuestro cuerpo a los hijos, y mucho menos a desconocidos, pero metafóricamente hablando, el espantapájaros dio todo cuanto podía dar, y nosotros ¿qué tanto de nuestro tiempo, amor, trabajo y compañía estamos dispuestos a dar?

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Categorías:Cuentos para educar
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