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CAP XIII APOSTOLADO DE LA JOVEN CATÓLICA

CAPITULO XIII APOSTOLADO DE LA JOVEN CATÓLICA

SUMARIO: 1. La joven y el apostolado. Cualidades. – 2. El sentido social 7 la mujer. – 3. La Joven y la acción social. – 4. La formación social 7 su necesidad.

 

1. – LA JOVEN Y EL APOSTOLADO. CUALIDADES. –

La juventud generosa, sembradora de los grandes ideales, como la llama Bazin, posee admirables cualidades para el apostolado.

El entusiasmo que caracteriza a la juventud, que bien encauzado y dirigido puede llevar a las realizaciones más sorprendentes, es la primera de estas cualidades.

Ese entusiasmo es en las obras del apostolado, lo que la savia a las plantas, causa y principio de las más espléndidas floraciones y de los más deleitosos frutos.

¿Qué puede ser imposible a un corazón de veinte años? Donde otras más maduras demuestran el “savoir faire”, la joven, llevada de energía, de vigoroso empuje, es como un resorte poderoso que galvaniza todas las energías, multiplicándolas.

La mujer, en sus actividades, aun las más idealistas, persigue un fin positivo y práctico. Por eso en el apostolado, obra divina, el corazón femenino ha de encontrar necesariamente su satisfacción plena y su más dulce encanto.

El apostolado requiere corazones rebosantes de amor, ansiosos de sacrificios. Y el corazón de la joven, ante todo quiere amar. Tal inclinación, si permanece dentro del orden, a la altura debida, no tenemos por qué ocultarla. Dios mismo es amor. Y en virtud de esta deliciosa propiedad divina, el Creador se movió a dar la existencia, a dar la vida por todos los seres de la creación.

Al sacrificarse por los demás, la mujer se siente elevada, dignificada. El apostolado, con sus caminos de espinas, le ofrece ocasiones innumerables de elevarse, de engrandecerse.

En el fondo del alma femenina se revela el sentimiento de la maternidad. Niña aún se la ve arrullando a su muñeca. Es como la tendencia innata de su ser. La mayor parte de las jóvenes llegarán a esa maternidad dentro del matrimonio cristiano. Y a esa misión maternal les prepara el apostolado, calmando de antemano su legítima impaciencia. Porque, dar a las almas la vida sobrenatural de la gracia, contribuyendo a su conversión o colaborando por medio de la instrucción, de la propaganda y de tantas otras maneras, a que se conserven y permanezcan en esta vida sobrenatural ¿no es ser madre en espíritu y en verdad, de una manera misteriosa pero real y sublime e inefablemente fecunda?

Y entonces, se puede decir que es dos veces madre: porque es dar la vida del espíritu, velar y proteger a aquéllos que no son carne de su carne. La joven irradia simpatía, como la flor su perfume. Eso constituye su centro de atracción. Pero esa cualidad ó puede elevarla a los amores sublimes o arrastrarla hacia el abismo. Y en virtud de esa cualidad maravillosa la joven se encuentra en situación privilegiada para la obra sublime de la conquista de las almas por medio del apostolado.

Ya hemos hablado del sentido del apostolado, que no es sino la continuación en el mundo de la obra que vino a realizar en la tierra el mismo Dios: la salvación de los hombres. ¿Qué joven dotada de un corazón noble y generoso, de una alma cristiana, no ha sentido santa emulación al contemplar la misión divina de los sacerdotes, su poder, su grandeza, su divina aureola?

¿No sería posible hacer participar de tan divina misión a la mujer? Y no sólo es posible… sino que la Iglesia, por la autoridad suprema del Pontífice, invita a la mujer a colaborar en obra tan excelsa y tan divina al llamarla a la Acción Católica.

¿Qué joven no acudirá a este honroso llamado? Ya hemos hecho notar que la actividad apostólica es el elemento central de la Acción Católica. Todos debemos responder a este llamado del Vicario de Cristo.

Hay multitudes que todavía están asentadas en las tinieblas, esperando la luz que las despierte a la vida. Hay muchedumbres de seres que jamás han conocido el don de Dios o no han sabido conservarlo y apreciarlo. Jesucristo nos llama por la voz del Pontífice, confía en nuestra generosidad; está como inmovilizado en la Cruz, esperando que le llevemos almas. Tengo sed de almas… Apaguemos esa sed divina llevándole almas.

Haciéndole conocer, haciéndole amar. Haciendo que nuestra vida sea una vida plena de hermosos bienes. “Dies pleni”. ¡Qué diferencia entre una vida superficial de una joven entregada a bagatelas y frivolidades, y la vida llena y fecunda de una joven-apóstol!

La juventud es flor de la vida y ¡qué dicha si se la puede ofrecer al Señor con todos sus perfumes, con todos sus encantos!

Lejos los pesimismos. El campo es inmenso y variado. “La mies es mucha”.

Y podéis ejercer el trabajo de apostolado en todos los órdenes de vuestra vida. En el templo, en el hogar, en la espuela, en las relaciones sociales, con vuestra oración, con vuestra modestia, con vuestro ejemplo, con vuestra palabra.

“Si no puedes ser una estrella del cielo, sé lámpara de tu casa”.

La juventud debe huir de las exhibiciones de la vanidad. Sería una desgracia convertir las obras de apostolado, que deben ser para Dios, en pedestal de la propia vanidad.

No se debe confundir la actividad con el movimiento. Obras, trabajo, perseverancia. El éxito no está en nuestras manos sino en las manos de Dios. Pero busquemos ese éxito con la labor humilde, abnegada, sacrificada, con la oración fervorosa.

Y Dios nos dará en recompensa el Paraíso. Quien salva un alma salva su propia alma, dice el Apóstol.

Todo debe encender en mi alma el fuego del apostolado: el amor que debo a Dios no puede ser indiferente a su gloria. “El que no tiene celo, no tiene amor”. El amor al prójimo. ¿Qué hago por mis hermanos? De ellos debo preocuparme, como nos dice el libro divino.

Y luego el llamado de la Iglesia, nuestra propia santificación. Trabajando por Dios, cooperando a su obra salvadora, me santifico.

Mons. Gay expresa este pensamiento: “Trabajo, sufrimiento, sacrificio, no retrocedáis por nada, nada es demasiado; el crucifijo inspira la tentación de decir que nada es bastante”.

Y dad una mirada: veréis las almas alejadas de Dios; la sociedad que desconoce a Jesucristo; las multitudes que van hacia el abismo en brazos del vicio y del error. Todo esto reclama apóstoles. ¿Llevo dentro de mí la esperanza de un mundo nuevo? Tú debes ser uno de sus constructores.

Algunos datos sugestivos que nos indican la necesidad del apostolado. En toda la extensión de la tierra hay unos dos mil millones de vivientes. De ellos, dice un escritor, más de mil millones de paganos… La mitad del mundo… Del resto, una mitad, católica: la otra, cismática o protestante.

¡Mil millones! ¿Me doy cuenta de lo que son mil millones?

Mil millones de minutos desde el nacimiento del Salvador, llevan hasta el 18 de abril de 1902… ¡Mil millones de paganos!

Significa esto que si desfilasen en hileras de cuatro por segundo, debajo de mi ventana, yo emplearía ocho años… y cincuenta y seis días viéndolos pasar… ¿Y puedo vivir en la ociosidad? ¿Y la pesadilla de la salvación del mundo no hurga en mi alma? ¡Qué inmensa mies! ¿Y si yo me convirtiese en uno de los obreros del campo divino?

Todo reclama el apostolado, todo lo pide. Amor a Dios, al prójimo, llamado de Iglesia, defensa, conquista. Escuchad la invitación. Las almas esperan. El mundo tiene necesidad de apóstoles, el campo de obreros. ¿No iréis a segar la dorada mies? Da mihi animas… “Dadme almas”: debe ser tu ideal, tu programa, la acción de tu hermosa vida, iluminada por la luz de dieciocho primaveras…

2.- EL SENTIDO SOCIAL Y LA MUJER.-

Las costumbres y las leyes abren cada vez más a la mujer de nuestros días, las esferas dilatadas de la cultura intelectual, de la acción social y de la misma vida cívica.

Este ha de ser título especial que le obligue a utilizar estos nuevos medios de influencia, para promover en todas partes el respeto de la familia, el cuidado de la educación cristiana de los hijos y la protección de la pública moralidad. Ante todo ¿qué son obras sociales? Hay quienes llaman obra social aun a la limosna callejera, por el hecho de que con ella se hace un bien a la sociedad, y hay quienes llaman sociales a ciertas obras u organizaciones. Duval expresa que una obra es una rueda de la función y sólo alcanza a las profesionales. La obra caritativa se ejerce siempre al margen de la función y sólo alcanza a los individuos. La obra social es democrática y hace a todos sus miembros partícipes del gobierno. La obra caritativa es autoritaria y no reconoce en sus administradores ningún derecho a la dirección.

La obra social toma del ahorro y de la ayuda recíproca los medios y fuerzas necesarias para su fin, su prosperidad; la obra caritativa para dar a los menesterosos recurre a los que poseen. Socorre sin enseñar la previsión. La obra social es una célula orgánica y viviente de la sociedad que nace espontáneamente y sin tutela; la obra caritativa es un paliativo universal, destinado a atenuar el mal funcionamiento de las células sin previsión. La obra social es fruto de la justicia social, que le fija los límites de que no puede pasar; la obra caritativa no es efecto de la justicia ni tiene otros límites que los de la bondad.

Pongamos ejemplos. Si cuidáis de que jóvenes caritativas confeccionen prendas de vestir para darlas a los niños pobres; si enviáis a la sierra o al mar a los niños enclenques de nuestras grandes ciudades; si a vuestra costa y con vuestra dirección fundáis una escuela doméstica; si edificáis casas baratas, higiénicas y cómodas; si introducís en vuestro pueblo la industria del encaje y distribuís el trabajo entre algunas obreras; si procuráis al obrero más salud por medio de mayor higiene, más alegría por medio de más arte, mayor paz, mayor moralidad, hacéis obras benéficas.

Pero ¿fundáis un sindicato que esté dirigido por sus socios, que defienda sus intereses, que perciba sus cuotas a fin de repartirlas en caso de paro? ¿Establecéis una mutualidad profesional y familiar que socorra a los socios con fianza para llenar sus arcas y no necesite acudir a la generosidad de ricos filántropos? ¿Establecéis una lechería cooperativa, dejando enteramente a los agricultores los beneficios, la dirección y la administración? ¿Juntáis familias cristianas para que, sin intermediarios, compren directamente los comestibles y los repartan entre sí, en las mejores condiciones? ¿Formáis, en fin, una caja de paro que únicamente los obreros sostengan y administren? Si todo esto hacéis, realizáis obra de organización social.

Las obras sociales  se  caracterizan,  según  otros,  por la previsión; sostienen al que está en pie para que no caiga, le ayudan a levantarse si está caído; y le ayudan a hacerse capaz de bastarse a sí mismo y cooperar al bien general; provocan la cooperación de los socorridos; excitan su esfuerzo personal; no los llevan, sino que más bien les muestran el camino para que anden por su propios pies; ayudan a ayudarse. La obra social previene la necesidad para que no sobrevenga; la benéfica, la remedia cuando ha sobrevenido La primera podría compararse a la higiene; la segunda, a la medicina.

Ya conocemos lo que es la obra social. ¿Cómo ejercitarse en su apostolado, en su acción?

3. – LA JOVEN Y LA ACCIÓN SOCIAL –

No creáis haber cumplido con vuestro deber cuando hayáis dado limosna al pobre que se oculta o perece en el camino. Acudir en su ayuda, consolarlo, curarlo, es cosa laudable y meritoria. Más, ponerlo al abrigo de su necesidad, prevenir el mal alejando sus causas, es cosa mejor aún.

Siempre habrá pobres, enfermos, ancianos abandonados y siempre serán necesarios asilos abiertos de la caridad para recogerlos. Pero habrá menos, si se tiene más cuidado en proporcionarles, cuando trabajan, condiciones de retiro que los pongan, en su ancianidad, al abrigo de la necesidad; y así se prevén para sus hijos condiciones de vivienda que les permitan cuidar de la vejez de sus padres.

Siempre habrá pobres, víctimas de sus malas pasiones, de su falta de sentido práctico, de su prodigalidad; pero habrá menos si se gasta una parte de nuestro dinero en ayudarlos en seguida, en desarrollar al principio las instituciones y las obras susceptibles de curarlos, de defenderlos contra ellos mismos, de hacerlos cobrar el hábito y el gusto del orden, del trabajo y de la limpieza. El interesarse activamente en una organización de asistencia por el trabajo, en una sociedad de casas baratas, de escuelas de enseñanza familiar y doméstica, es en todo caso, más sabio y más útil que extenderse en recriminaciones amargas y sin fin contra la incapacidad del mundo obrero para llegar a ser sobrio, económico y trabajador.

Y si es meritorio aliviar en la montaña o en la costa a los niños enfermizos, es más meritorio todavía el interesarse activamente en mejorar la misma vivienda.

Dignos de aplauso son los que contribuyen a la fundación de un dispensario antituberculoso o a un sanatorio popular; pero sería mejor si comenzasen por no obligar a trabajar en condiciones higiénicas deplorables, focos propicios a la tuberculosis.

Estas observaciones ha de tener presentes la joven de hoy, si desea comprender y llenar sus deberes del día de mañana, si quiere que su caridad sea algo distinta de una vana apariencia. El apostolado social de la mujer no significa abandono del hogar. Tal apostolado no será sino un apostolado familiar ampliado a la vida del taller, de la fábrica, de la oficina, de la Escuela, de la Municipalidad, del Estado.

La mujer hace demasiado poco en su hogar cuando encerrándose en él, consiente que se propague el incendio en las casas vecinas con inminente peligro de la propia. La educación de los hijos es la obra primordial de las madres. Sin duda. Pero ésta no será completa mientras el ambiente social y profesional, en que esos hijos han de vivir, de tal manera se encuentre corrompido que constituya un inminente peligro para su salud física y moral.

Por tanto, incumbencia de las madres es el saneamiento de ese ambiente que amenaza las vidas que han engendrado.

La vocación maternal coincide también con el deber social. La humanidad es una inmensa familia. Hay que esclarecer ignorancias, sostener debilidades, etc. Una predestinación orienta a todas las mujeres a esa maternidad amplificadora que no es otra cosa que el deber social.

 

El título de católico es un motivo más que nos debe empujar al apostolado social. Somos miembros de un mismo cuerpo místico, dice San Pablo.

Y demostraremos si somos miembros vivos de ese cuerpo, si sentimos los dolores de los otros miembros vivificados por la misma sangre. Si nos desentendemos de esos miembros, ofendemos a Cristo, cabeza de ellos.

Quien no abarca el Cristianismo con todas sus consecuencias, no es cristiano en espíritu y en verdad. La actual situación reclama una intensa labor social. Para esta labor necesaria y urgente, necesita la mujer una caridad más universal e ilustrada, un celo más activo y consciente, una educación cristiana y social más integral y más en armonía con las exigencias de la vida moderna.

4.-LA FORMACIÓN SOCIAL Y SU NECESIDAD.-

Para realizar el apostolado social, debe educarse la joven en el sentido social. Hay un sentido artístico, un sentido moral, un sentido cristiano y también un sentido social. El sentido social es el de los intereses colectivos, el sentido de la solidaridad y de la interdependencia de los hombres.

Si consideramos los problemas de la vivienda, de la higiene, de la educación infantil, de la criminalidad juvenil etc., hacemos una obra de caridad familiar.

Pero si nuestra vista se levanta sobre las miserias humanas y abarcamos a la sociedad entera, para remediar sus necesidades y miserias y nos interesamos por los problemas del salario, de la profesión, de las condiciones del trabajo, de la legislación y sobre todo, si nos esforzamos por hallar en la asociación, en la mutualidad, en la cooperación, en el sindicato, es decir, en una organización más perfecta de la sociedad, el remedio principal de los sufrimientos que la torturan, entonces la caridad se llama social. Y quien tenga caridad social posee el sentido social.

El sentido social es cristiano por excelencia. El verdadero hombre social y regenerador de la humanidad es Jesucristo. Su doctrina social será siempre la fuente pura e inagotable a donde irán a beber todos los espíritus generosos que sientan los nobles anhelos de salvar la sociedad.

El sentido social es espiritualista y desinteresado, caritativo y pacífico, y ennoblecedor como era el espíritu de Cristo. Por eso, quien posee el sentido social, siente sobre el yo egoísta, el nosotros fraternal; porque tiene presente que Jesucristo nos ha enseñado a decir: “Padre nuestro, el pan nuestro dánoslo hoy”; y no “Padre mío, el pan mío dame hoy”.

El sentido social es el discernimiento prudente de lo que la justicia o la caridad cristiana imponen o aconsejan a la sociedad y a nosotros misinos, en las relaciones mutuas de los hombres. Quien quiera formar a la juventud en el sentido social debe procurar formar en su corazón el espíritu de sacrificio, basado en convicciones religiosas; debe hacerle conocer el verdadero concepto de la sociedad, que es el concepto cristiano; hágale reflexionar sobre el estado actual de la sociedad, con sus instituciones modernas y miserias materiales y morales; acostúmbrele, no sólo a remediar los males presentes, sino también a prevenir los que amenazan para mañana; haciéndole ver que más importante que dotar un asilo de ancianos es organizar Casas de vejez, más trascendental que levantar magníficos hospitales es procurar una legislación que mire por la higiene del trabajo y la vivienda; y, en fin, enséñele a preferir aquellas obras que, aunque más lentas y menos aparatosas, y por consiguiente menos halagüeñas a la vanidad, son, con todo, de un influjo mucho más eficaz y duradero para el mejoramiento de la sociedad.

“Quien no sienta lo social, dice Palau, ni perciba agudamente los males de la sociedad; quien no se sienta solidario y responsable de esos males como miembro que es del cuerpo social, es un individualista, un perfecto egoísta que vive para sí, y que tal vez subordine hasta la misma acción social a su particular interés. Ese tal no se dedique a la sociología ni a obras sociales; no hará más que daño y deshonrará la bandera mil veces bendita del catolicismo. Católico social e individualista, son dos conceptos que mutuamente se excluyen” (V. Feliz).

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