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CAP XI LA IGLESIA Y LAS GLORIAS DE SU APOSTOLADO

CAPITULO XI LA IGLESIA Y LAS GLORIAS DE SU APOSTOLADO

SUMARIO: 1. Una frase de Papini y una profecía de Bignon. – 2. Un cuadro trágico de la sociedad. – 3. El único remedio. La acción de la democracia cristiana. – 4. Las glorias del apostolado. Grandes figuras. Una página de Mella y una frase de Pío X.

 

Libro “Apostolado Seglar y Acción Católica”, Autor Pbro Luis Maria Acuña, Edit Difusión, 2ª edición, 1953

1.- UNA FRASE DE PAPINI Y UNA PROFECIA DE BIGNON.-

“Tenemos necesidad de Ti, Señor. Tú solamente’ puedes comprender la inmensa necesidad que hay de Ti en esta hora trágica del mundo. Todos te buscamos, aun aquéllos que no te conocen. El hambriento cree buscar su pan y tiene hambre de Ti; el sediento cree beber el agua y tiene sed de Ti; el enfermo anhela la salud-y su mal es tu ausencia. El que busca la verdad te busca a Ti que eres la única verdad; el que persigue la belleza te busca a Ti que eres la belleza ideal; el que busca la paz también te busca a Ti que eres la única paz que puede sosegar los corazones inquietos. Necesitamos de Ti, aunque sea una palabra tuya, un centellear en el firmamento, una luz en la mitad de la noche, un fulgor en el crepúsculo. Queremos ver esos ojos que traspasan la roca del pecho y llegan al corazón, que curan cuando miran con enojo, que hacen sangrar cuando miran con ternura. Tenemos necesidad de Ti; el mundo sufre, está hambriento, sediento de verdad, de belleza, de amor, y su mal es tu ausencia…”

Estas palabras, de uno de los más altos valores literarios y científicos de Europa, Giovanni Papini, son como el gemido que exhala el mundo moderno, que busca a Cristo, que lo lleva presente y vivido como un taro en el mismo vaivén de sus eternas inquietudes.

Todo lo ha probado este siglo: ha probado la crueldad y la sangre, ha derramado sangre; ha probado la voluptuosidad y le ha dejado en la boca un sabor de podredumbre y una quemadura más dolorosa; ha probado la Ley y no la ha obedecido; ha probado la ciencia, pero ni los nombres, ni los números, ni las clasificaciones, ni los tecnicismos han podido calmar su hambre rabiosa; ha probado la riqueza, y se encuentra más pobre; ha probado la fuerza y ha despertado más débil. Hoy le propone Cristo la prueba del amor, la que nadie ha intentado, pero la única que puede salvarlo.

“Como nunca, necesita de la palabra de Dios y de su aplicación en la hora presente, porque el mundo oscila y tiembla entre la balanza de la vida y de la muerte”, escribía el pensador Bignon al Papa Pío X desde el Congreso de Ginebra en 1912.

Fueron palabras proféticas; nosotros hemos asistido a su cumplimiento. Poco después temblaban de espanto las entrañas de la humanidad al ver el sepulcro de millones de hombres que el monstruo de la guerra cavó en el corazón de Europa convulsionada y desangrada. Termina la guerra y estalla la revolución social y Europa se convirtió en un montón de escombros humeantes, en frase de Guillermo Ferrero.

2. – UN CUADRO TRÁGICO DE LA SOCIEDAD –

¿Acaso estoy exagerando la nota con enfermizo pesimismo? La mitad de la tierra sufre del mal político; Asia enferma; China en guerra o revolución; la India, en fermentación. En Turquía, Persia, Afganistán, las ideas e ingerencias políticas de Europa han incubado fuerzas revolucionarias. En Europa cayeron imperios formidables, instituciones seculares, saltaron cetros, rodaron coronas. El mundo está enfermo, poseído de un delirio de catástrofe. No ha bastado el diluvio de sangre que ha cubierto en los últimos años la mitad de la tierra; ese diluvio no ha apagado aún la efervescencia de los espíritus. Y éste es sólo el prólogo del verdadero drama que se avecina. Violencias, dictaduras blancas o rojas; revoluciones sociales, guerras de revancha, de doctrinas, gases tóxicos, enjambres de aeroplanos capaces de extirpar poblaciones en pocos segundos: ¿no es esto lo que en esta hora trágica contemplan nuestros ojos conturbados? El mundo está intoxicado por el delirio ideológico de la destrucción y de la fuerza; está enfermo y su mal es la ausencia de Dios.

Marcha entre tinieblas porque se ha separado de Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida; de Aquél que para hablar a los hombres se hizo inteligencia, se hizo corazón, se hizo Evangelio, se hizo amor. El hombre ha materializado su vida; se ha vuelto de cara a la tierra; se precipita frenético sobre este momento que pasa, y quiere saciar, en este, polvo vil, su sed de infinito y su hambre de eternidad. Quiere saciar esa sed de infinito que le devora las entrañas en el hilo de la fuente y se olvida de los raudales del manantial. De ahí el reinado del egoísmo que se ha entronizado en el corazón de la sociedad y que es la causa del hondo malestar que aqueja al mundo contemporáneo. Todo el arte y la cultura no ha enjugado una lágrima… De ahí el vicio y el error que tienen sus apóstoles y un trono en los corazones; de ahí que esos conceptos de paz, de justicia, de fraternidad, de amor son hoy conceptos-dioses, como los llama Stirner: el hombre los ha hecho huir al cielo. De ahí las luchas sociales, consecuencias del materialismo de la vida que amenazan sepultar a esta sociedad decrépita que caerá al peso de sus infortunios o se ahogará en el océano de sus lágrimas si no retorna de nuevo a los principios salvadores del Evangelio,

 

3. – EL ÚNICO REMEDIO. – ACCIÓN DE LA DEMOCRACIA CRISTIANA. –

¿Cual es el remedio? Cristo. Es la única esperanza, el único Médico que puede curar nuestras llagas, la esperanza suprema del mundo. Su doctrina es llamarada de luz y calor de vida, fuente de belleza y perfección social. Y como estamos en el siglo de la democracia, el único remedio es la acción de esa Democracia que nació con Cristo en Belén y con él trabajó en el taller de Nazaret. Que escuchó atónita la proclamación de sus derechos en el Sermón de la Montaña, donde los pobres, los humildes, los que sufren fueron llamados bienaventurados; esa democracia que aprendió sus deberes en la escuela del Maestro; que enjugó su llanto de cuarenta siglos al oír la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro; que abrió su corazón a la esperanza al oír que los últimos serían los primeros en el reino de Dios, y que ese pobre esclavo, sobre cuyas espaldas había caído implacable el látigo de la tiranía, también podría llevar sobre su frente, aún herida por el clavo de la servidumbre, una corona de estrellas en el cielo…

El reinado dé Cristo en las inteligencias, en los corazones, en las almas: es el único remedio, la suprema esperanza, él único faro que brilla en medio de la tempestad.

Tal es la mentalidad de los grandes pensadores modernos, llámense Papini, Le Bon, Bourget, Barres, Maurrás, Lemaitre, Bazin, Psicari y Hervé, el furibundo socialista que, quemando lo que había adorado, ha escrito: “El espiritualismo es la salvación de Francia y la redención del mundo”. “El espiritualismo es una pieza necesaria en el mecanismo social”, dice Cambó.

El sentimiento religioso es algo interrogativo en el espíritu; resuelve los grandes problemas de la vida y es la base inconmovible del orden social. La sociedad descansa sobre la religión, la autoridad, la propiedad y la familia. Removed esas bases, y vacilan sus cimientos…

He aquí la misión que tenemos los católicos y los hombres de orden: infundir de nuevo en medio de las muchedumbres la levadura del Evangelio y defender el orden social cristiano. Todo un programa luminoso de acción-social católica.

Defender nuestros ideales por las obras de Acción Católica; propagarlos por medio del apostolado cristiano.

Mantener, defender, propagar. Este es el ideal del católico de hoy que debe trabajar dentro del templo y fuera del templo. Dentro del templo debe ser columna que sostenga el edificio de Dios; fuera del templo, espada, escudo, cimera para defender su causa sacrosanta.

Ya no podemos guardar nuestra fe en el secreto de nuestro hogar; debemos salir con esa antorcha a iluminar las inteligencias y a encender los corazones. Somos hijos de la luz, dice San Pablo y debemos caminar como hijos de la luz. Vamos a esgrimir el arma de la verdad y el arma de la caridad. El que coopera al apostolado de la Iglesia, coopera a la acción de Cristo en la sociedad; y el que coopera a la acción de Cristo, trabaja por el mejoramiento intelectual y moral de esta sociedad que, tendida a orillas del camino, bajo un cielo nebuloso y triste, está esperando que el buen Samaritano venga a curar las heridas de su espíritu.

4. – GLORIAS DEL APOSTOLADO. UNA PAGINA DE MELLA. –

¿Qué es el apostolado? Es la acción de Cristo en el mundo. ¿Qué es el apóstol? El eco de su voz, su imagen hecha viviente, la prolongación de sus latidos divinos. Los apóstoles han salvado a la humanidad. A las sociedades no las salvan los políticos sino los santos; y más influencia ejerce en el mundo un corazón santo que una inteligencia privilegiada y genial. ¿Qué ha sido de aquellos grandes hombres que conmovieron al mundo con la fama de sus hechos: Alejandro, César, Napoleón? Sobre sus fosas se extiende hoy el manió del olvido, el polvo de los siglos, y sobre la memoria de muchos de ellos la condenación de los hombres y los anatemas de la historia. Pero el pobrecillo de Asís sigue ejerciendo todavía poderosa influencia en los destinos de la humanidad. Fue llamado un loco y ha enloquecido divinamente a los hombres y sigue atrayendo, como un imán gigantesco, todos los corazones.

El apostolado es como la prolongación de esa sed divina de almas, esa sed mística de amor que sintió Cristo en el madero de la Cruz. Cristo es el primer misionero que trajo la misión de salvar al hombre, de enseñar la verdad, de romper las cadenas de la esclavitud de la culpa. El Evangelio lo presenta recorriendo los campos y las ciudades, y las orillas del mar, en sublime faena apostólica, perdonando a los pecadores, enseñando a los rudos, aliviando las miserias de los hombres, hablando de las cosas divinas y consolando todos los dolores de aquella humanidad que ponía sus angustias bajo su sandalia.

Esa misión redentora no termina con Cristo; El se ha prolongado en su Iglesia que es la efusión de su amor; ha establecido un sacerdocio con el encargo de enseñar la verdad, y le confía la misma misión que había traído del cielo. “Como mi Padre me envió, así Yo os envío a vosotros. Id y enseñad a todas las naciones”.

E irrumpió su Paráclito en doce pechos humanos que hicieron caer de rodillas al mundo ante la Cruz. Fueron los Doce Apóstoles, sobre cuyas cenizas reposa hoy la cúpula más grandiosa de la tierra. Establecieron en el mundo esa caridad de Apostolado que es la donación del hombre en cuanto inteligencia, en cuanto sentimiento, en cuanto vida exterior, dice Lacordaire.

Apostolado que no conoció China encerrada en su mutismo secular.

Ni la India replegada en la envoltura de sus castas.

Ni Grecia, patria del arte, pero que no tuvo ni apóstoles, ni misioneros, ni mártires.

Ni Roma que no tuvo de universal sino su ambición.

 

Y esa palabra anunciada por el apóstol, voló de un extremo a otro de la tierra, con más rapidez que las águilas romanas, que las águilas francesas, sin que el vapor haya estado ahí para prestarle alas, ni la industria para perforar, las montanas a  su paso.

Y estuvo en Jerusalén, en Antioquía, en Corinto, en Efeso, en Almas, en Alejandría, en Roma, en las Galias; fue más lejos que César, llegó hasta los escitas, cautivó el corazón del mundo.

Y cuando Vasco y Colón adivinaron mundos en medio de las olas desconocidas, también vino con ellos la palabra de Cristo. Y la India, la China y el Japón fueron evangelizados. Y desde los Lagos del Canadá hasta los confines de América, allá donde se abrazan los océanos, llegó la palabra de Cristo. Ella habitó las florestas, los ríos, las cavidades de las rocas, las orillas de los lagos, las cumbres de las cordilleras, sedujo al caribe, al iroqués, al inca, al araucano, amó y fue amada por mil razas perdidas en medio de los continentes. ¿Quién es ese hombre? Es el apóstol que va transfundiendo la vida del espíritu en las almas y guiando a los hombres a las alturas del cielo. Como Cristo, pasa aliviando todas las miserias: limpia al leproso, resucita a los muertos a la vida de la gracia, toca los ojos cerrados a la luz de la verdad; y por donde pasa, penetra la fe como un rayo de sol en las crueldades de una celda.

La familia de ese hombre, es la humanidad; su paternidad, las almas; su anhelo, la gloria de Dios; su enseñanza, el Evangelio; su pendón, su bandera, la Cruz.

A la luz de la fe, es Cristo en la tierra; a la ‘luz de las civilizaciones, su conservador; a la luz de la hoguera, un mártir; a la luz de la lámpara del santuario, una víctima; a la luz de la historia, un triunfador; a la luz de la ciencia, un maestro; a la luz de la Teología, un salvador; a la luz de la vela que sostiene el moribundo, el guía, el amigo, el ángel.

Ese hombre sacrifica las más hondas afecciones del corazón y atraviesa los mares y continentes sin más arma que su breviario, sin más anhelo que predicar la verdad, sin más gloria que la de morir muchas veces anónimo en medio de las selvas y de los desiertos, para decir con el apóstol ideal: “Y sobre la huesa mía, en el mundo feliz, sólo un lamento vendrá a gemir bajo la noche umbría: el gemido del viento”…

El mundo fue salvado por el ideal de los Apóstoles: Cristo; y hoy sólo será redimido por los apóstoles de Cristo.

Lo dice el ilustre orador español Vázquez Mella en una bellísima página. Un día prendió la llama del apostolado en el pecho de doce pescadores, rudos, sin ascendiente, sin más fortuna que sus redes, pero que hicieron caer al mundo de rodillas ante la locura de la Cruz.

Y cuando el cadáver de Roma que se creía eterna fue repartido entre los bárbaros, surge la era de los mártires y de los santos que convencen al paganismo con el admirable heroísmo de su virtud.

Y después de tres siglos de lucha, la Iglesia sale, triunfante, de las catacumbas para reinar en el corazón de los hombres y de los pueblos. Cuando el enemigo enarbola el estandarte de la negación y de la impiedad, acuden los Cirilos, los Ciprianos, los Gregorios que defienden la verdad y aniquilan el poder de las tinieblas.

En el siglo I ese apóstol lo forman millones de mártires, que escriben con su sangre en las arenas del Circo el sublime Credo de la fe cristiana.

En el siglo II es Justino, llamado por su elocuencia el Cicerón cristiano.

En el siglo III, el mártir de los mártires, Lorenzo, ilumina su siglo con las llamas candentes de su tormento.

En el siglo IV, cuando las sombras caen sobre el mundo, brillan la elocuencia y santidad de San Basilio y Crisóstomo.

En el siglo V, cuando Roma yace bajo la noche de la barbarie, aparecen a iluminarla San Agustín y San Jerónimo.

 

En el siglo VI, para levantar los nuevos reinos, Santa Clotilde y San Leandro.

En el siglo VII, cumbre de la edad visigoda, San Isidro y Alcuino.

En el siglo VIII, San Bonifacio ilumina la Alemania.

En el siglo IX, San Eulogio y San Odón invaden el mundo con su orden Cluniacense.

En el siglo X brilla como un faro Silvestre segundo.

En el siglo XI, cuando el cesarismo echa cadenas a la Iglesia, parece San Gregorio VII, uno de los más grandes caracteres de la historia, que muere en el destierro por haber amado la justicia y odiado la iniquidad.

En el siglo XII, al grito de ¡Dios lo quiere! aparece San Bernardo conmoviendo las naciones de occidente.

En el siglo XIII, el más grande de los siglos cristianos, que dio al mundo las cuatro maravillas: La Suma, las Partidas, el Arte gótico y la Divina Comedia, junto a un Domingo y un Francisco, está un Buenaventura y un Tomás de Aquino, el más santo de los sabios y el más sabio de los santos.

En los siglos XIV y XV, cuando la Iglesia parece que se iba a desgajar con el cisma de occidente, brillaron Santa Catalina de Sena y San Vicente Ferrer.

En el siglo XVI, cuando la Reforma ataca el principio de autoridad, aparecen los prodigios de obediencia San Ignacio de Loyola y Santa Teresa de Jesús.

En el siglo XVII, cuando el Jansenismo helaba las almas, aparece el apóstol de la caridad San Vicente de Paúl.

En el siglo XVIII, siglo de la crítica y del sensualismo, el gran moralista San Alfonso de Ligorio.

En el siglo XIX, siglo de la Democracia proletaria, el beato José de Labre.

Y en el siglo XX, cuando el mundo necesita de una luz que resplandezca en medio de las sombras, Dios pondrá en la cima del Vaticano al gran Papa de la Eucaristía, Pío X, para que con los rayos del Sol de las almas caliente el corazón del mundo.. .

El apostolado, decía este ilustre Pontífice, es la primera de las obras.

Cooperemos a ese apostolado de la Iglesia y habremos contribuido a salvar a esta sociedad que necesita soplos de Evangelio, hálitos de caridad, el contacto amoroso del pecho de Cristo.

 

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