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CAPITULO IX FALTA DE ACCIÓN EN LOS CATÓLICOS

CAPITULO IX FALTA DE ACCIÓN EN LOS CATÓLICOS

SUMARIO: 1. Una clasificación de los católicos por Roberto Meder. – 2. Un hospital de inválidos lleno de ciegos. – 3. Los sordos. – 4. Los mudos. – 5. Los paralíticos.

Libro “Apostolado Seglar y Acción Católica”, Autor Pbro Luis Maria Acuña, Edit Difusión, 2ª edición, 1953

 

 

 

 

l.-UNA CLASIFICACIÓN DE LOS CATÓLICOS POR ROBERTO MEDER.-

Muchas veces hemos oído una frase sacramental que repiten ciertos católicos, y con la cual pretenden cohonestar su absoluta falta de trabajo, de acción, de propaganda. Cuando se oye esta frase hay que sonreír tristemente… porque ella nos muestra la intensidad del mal de que adolece la acción de estos católicos. ¿Sabéis cuál es esa frase típica? Es la siguiente: “Los católicos somos los más”… Perfectamente… somos los más, y, sin embargo, nos dejamos azotar y pisotear por los menos… Somos los más… para correr… no detrás sino delante de los enemigos.  Somos los más… para encerrarnos en nuestras casas, en nuestro egoísmo glacial, en nuestra enfermiza indolencia, y en medio del fragor de la pelea arrojar las armas y abandonar el campo al enemigo. Somos los más… sí, los más apáticos, los más imprevisores, los más incapaces, los más ingobernables, los más ineptos, los más egoístas, los más criticones y… los más tacaños.,.

 

Somos los más… ¿pero somos los mejores? Somos la cantidad; pero  ¿somos la calidad? He aquí el pecado capital de algunos católicos.

Somos el número, pero no somos la organización; somos la masa, pero no somos la fuerza; somos la cantidad pero no somos el trabajo, la acción y la propaganda. ¿Y qué somos? por desgracia…: somos la desunión delante de la unión; somos la desorganización delante de la organización; somos la pulverización delante de la concentración; y somos la tacañería delante de la generosidad, del sacrificio. ¿Acaso exagero la nota con enfermizo pesimismo?.

En las actividades del apostolado religioso y social los católicos tienen como lema aquel cómodo principio de la escuela liberal: “Dejar hacer, dejar pasar”.

Y por eso nuestras obras agonizan y mueren; nuestras filas están rotas y desorganizadas; nuestra prensa, decaída y moribunda; nuestra acción, negativa, débil o infecunda; nuestros templos vacíos, y el pueblo lejos de nosotros, la política, la acción social casi toda en manos de los enemigos.

¿Sabéis por qué? Porque el mundo católico que debía ser la avanzada, la vanguardia del ejército de Cristo, se ha convertido hoy en un inmenso hospital de inválidos, lleno de ciegos, de sordos, de mudos, de paralíticos. Así los clasifica el célebre escritor alemán Roberto Meder en su célebre “Die Ganzen” que despertó enorme sensación en Europa. Veamos estos enfermos para conocer la categoría en que debemos clasificarnos los católicos de América.

2.-LOS CIEGOS.-

Comienzo por los ciegos. Nunca como hoy se cumple aquella frase bíblica: “Tienen ojos y no ven”. Pero se impone la ley de los contrastes. Siglo de luz y sociedad de ciegos… El mundo marcha entre tinieblas; los hombres chocan entre sí; la sociedad va de tumbo en tumbo sin ver siquiera el abismo a donde se despeña en carrera loca y desatada.  De esta ceguera participan los católicos. Llevan una venda… es un mundo de vendados…

Esa venda la ha amarrado el diablo sobre los ojos de los católicos y hace ya medio siglo que la llevan. ¿Sabéis por qué? Porque el diablo sabe hacer muy bien los nudos. . . Es la mano que aprieta y que abraza para mejor ahogarnos. Y lo primero que se propone la Acción Católica es dar luz a los ciegos. Sí; es necesario que los ciegos vean y caiga la venda fatal, que oculta a nuestros ojos la verdad, la realidad de las cosas.

Si leemos los libros; si desempolvamos bibliotecas; si abrimos un diario y leemos la columna editorial, vemos que el mundo, que los sabios, que los hombres, tienen abiertos sus ojos sobre un solo elemento secundario, contingente y accesorio de la vida. Son ciegos para lo que, por su importancia, sobrepuja a todo lo demás. Lo que hace dos mil años domina la historia, es Cristo y su Iglesia.

Ese drama gigantesco llena el universo y ante él pueblos y soberanos, Estados y gobiernos, artes y ciencias, política e industria comparecen a hacer su papel. Pero esta gran realidad histórica, no se encuentra ni en los libros ni en las bibliotecas, ni en los poderes constituidos, ni en la literatura, ni en la prensa, ni en las conversaciones, ni en las actividades. Hay una terrible ceguera en el mundo; no se quiere ver la luz del sol, la luz del Sol de Justicia, del Sol de las almas: Jesucristo.

Y los católicos son víctimas de esta ceguera. No ven: he ahí los ciegos. No quieren ver: he ahí los peores ciegos. Ni esta realidad histórica, ni su conducta, ni su vida, ni su acción ni su cristianismo. Se llaman católicos porque fueron bautizados… pero su catolicismo no les llega al espíritu.

Son católicos por atracción, por conveniencias, por sentimentalismo, no por convicción. Y ellos se creen muy buenos católicos, porque no ven ni su vida, ni su actuación, ni el Evangelio que ellos escarnecen.

Descendamos a lo práctico. Se trata, por ejemplo, de la prensa. Son ciegos perfectos. Sabemos que la prensa en nuestro siglo ha pasado a ser la gran palanca que pedía Arquímedes para mover el mundo de las inteligencias.

Sabemos que el diario católico es un maestro, un predicador, un apóstol. Apóstol que llega a la inteligencia, al corazón y sale de los templos, y penetra en los hogares, y sigue al hombre por los caminos, y penetra en el interior de los bosques, y sube a la cumbre de las montañas, y multiplica la palabra y se esparce por todas las regiones y por todos los pueblos.

¡Qué apóstol! Tenemos cuarenta mil pulpitos en Francia, decía un escritor sacerdote, pero ya no se nos viene a oír y tenemos que predicar por medio de la prensa. Ella es el complemento del pulpito, enseña Ketteler.

Todo esto, el mundo lo ve, pero los católicos tienen ojos y no lo ven… Son ciegos… Sabemos que la lucha está empeñada en el campo de las ideas; que hoy no se esgrimen espadas y lanzas como en la época caballeresca; la espada de hoy es la pluma y la lucha de ideas en el campo de la prensa.

La pluma es más poderosa que la espada, dice el proverbio inglés.

Sabemos que la prensa es la reina del mundo porque es la reina de la opinión. Que en Chile hay tres millones ochocientos mil católicos… ¡Qué hermoso número! Pero no se suman: se restan; no se multiplican: se dividen. Forman, por tanto, la inmensa mayoría del país. Sabemos también que todo este número de católicos apenas tiene en su poder 25 diarios de los ochenta y tantos que se publican en el país. Que estos 25 diarios no son los mejores ni en presentación, ni en circulación, ni en situación económica y que muchos dejan de publicarse por falta de ayuda y de cooperación. Que por este mismo motivo nuestra propaganda es restringida, que el enemigo invade nuestro campo, y penetra en nuestras trincheras y merma nuestras filas. Pero los católicos están ciegos… no se dan cuenta de esta situación. Poco les importa la prensa; y muchas veces, ese caballero, ese comerciante, esa señora, ese estudiante católico, compran, leen, avisan y alaban a la prensa enemiga, y a la prensa católica la critican y la ayudan con buenas palabras, con buenos deseos, con buenas intenciones… ¡Tienen ojos y no ven!

En cuanto a los problemas que se agitan en la actualidad, también son ciegos perfectos. Vemos el estado de la sociedad, cómo agoniza y muere, cómo los hombres luchan y se despedazan por un pedazo de tierra que no bastará a dar sepultura a sus huesos miserables. Pero he ahí lo admirable: los católicos nada ven, no se dan cuenta de esta situación, siguen tranquilos, en el mejor de los mundos, y los que no ven… son ciegos…

¡Ah! es necesario que esos ciegos vean, que esos católicos repitan la plegaria del ciego de Jericó: “Señor, haz que vea”. Y sólo cuando Cristo imponga su mano omnipotente y toque esos ojos enceguecidos, sólo entonces se abrirán de nuevo a la alegría del universo, a los esplendores de la luz..,

3.-LOS SORDOS.-

En este hospital de inválidos formado por los católicos apáticos, tibios, indolentes, que sólo se conmueven cuando les tocan la bolsa o les hablan de la hacienda, del casino… o del hipódromo, no sólo hay muchos ciegos: también hay muchos sordos. Hay un hecho establecido en el mundo moderno; se oyen con mayor dificultad que en otras edades las cosas espirituales. Es uno de los grandes castigos con que el Señor aflige a los pueblos. Esta sordera es efecto de ciertas doctrinas que reinan, hace más de un siglo. Como nunca, la Iglesia ha levantado su voz señalando esas doctrinas como máquinas destructoras de la sociedad. Y ahí están las ruinas que lo demuestran… El mundo es un montón  de escombros perdidos en un caos apocalíptico, escribió Guillermo Ferrero. Los hombres apagaron todas las luces en el cielo y todas las autoridades se desplomaron en la tierra… ¡Qué colección de tronos, de dinastías, de imperios cayeron y se derrumbaron con estrépito! ¡Han pasado a incrementar los museos de la historia… Pero los gobiernos y los pueblos permanecieron sordos… En esa época, el sismógrafo del Vaticano, registraba la proximidad de inmensas catástrofes. Los Pontífices, unos en pos de otros, levantaron su voz, pero los gobiernos permanecieron sordos y la palabra de Roma caía en el vacío. Pero entonces Dios tomó la palabra y habló el año 14 por la boca elocuente de los cañones… Dios no hace la guerra; la hacen los hombres, pero se vale de ella para castigar a los pueblos prevaricadores. Pero con todo, ni los gobiernos, ni los pueblos abrieron los oídos… Y el mundo no se ha vuelto ni más piadoso, ni más honesto, ni más recto, ni más casto. Después de la guerra estalló la revolución social, escoltada por el hambre y la miseria. Y hoy, una nueva guerra vuelve a ensangrentar los campos de Europa.

Y, no obstante los chispazos siniestros de la revolución y la inquietud del mundo enloquecido, el mundo sigue sordo. La sordera es universal: sordos los gobiernos, sordos los pueblos, sordos los católicos. Los Pontífices, los Prelados, los sacerdotes, la necesidad de los tiempos, la acción y el triunfo de los enemigos: todos nos llama a la propaganda, a la defensa. Se predica en todas partes: en la cátedra, en la tribuna, en el libro, en la prensa. Ayudad vuestras obras, sostened vuestra prensa; propagadla, ingresad a la Acción Católica.

Esta es la voz de orden. Pero ¿quién oye? ¿Quién reflexiona? ¿Quién trabaja? ¿Quién se conmueve? Son muy pocos. Cada uno vive para sí; se encierra dentro de sí mismo; cada uno se preocupa de su vino y de su pan, y muchos católicos se preocupan más de sus miserables intereses que de defender sus principios amenazados por las doctrinas anticristianas y antisociales.

Hay en él mundo una terrible sordera espiritual.

4.-LOS MUDOS.-

También es necesario enseñar a hablar a los mudos. Y es terrible la mudez en el mundo católico. Así como en el mundo, llamado un carnaval, hay muchos que llevan una careta: la careta de la virtud, del honor, de la justicia, de la honrado/, hay también muchos que llevan una mordaza en los labios: la mordaza de la cobardía, de la falta de valor moral, de la timidez, del respeto humano. Pero la mudez, el silencio, es la política al uso y a la moda. Silencio en el funcionario; el ansia de hacer carrera le tapa la boca… Silencio en el comerciante: mientras más calla, más clientes…

Y éstos cotizan su silencio o su conciencia, como cotizan los frutos del país. Verdad que la conciencia ha pasado a ser un equipaje asaz molesto en el camino de la vida. Por eso unos se la echan a la espalda; otros la venden, tal vez por ser un artículo de primera necesidad.

Silencio en el estudiante, cuando el profesor insulta la religión y se sitúa en la cátedra para decir disparates. Su silencio le asegura buenas notas en el examen.

Silencio en el periodista para callar ciertos escándalos.

Silencio en el político para quien la mudez es prácticamente lo mejor.

Y silencio en el católico cuando se insulta a la Iglesia y se burla a la Religión. Los católicos se han vuelto sordomudos …

Están poseídos del demonio mudo de que habla el Evangelio. Mudos para alabar a Dios; mudos para agradecer sus beneficios; mudos para defender su gloría; mudos para recomendar sus obras.

Poco es una palabra y con una palabra podemos ayudar nuestra causa, podemos defender nuestra prensa. Y hay que hablar como nunca; hay que desatar esas lenguas enmudecidas por la falta de sólidas convicciones; hay que crear un movimiento entre los católicos para enseñarles a hablar. Arranquemos la mordaza, desatemos nuestras lenguas y digamos con el Apóstol: “No me avergüenzo del Evangelio”.

5.-LOS PARALITICOS.-

Hay también en este hospital de inválidos muchos paralíticos que han declarado la huelga de los brazos cruzados, de los brazos caídos. Pertenecen a aquella sociedad que hoy forma legión: a la sociedad de los hermanos durmientes… Cuando los enemigos nos atacan por todas partes; cuando se adueñan de todo; cuando invaden nuestras propias trincheras, ¿qué hacen los discípulos de Cristo? Duermen como los apóstoles a la entrada del Huerto…

Están cruzados de brazos, permanecen indiferentes, tienen sus miembros paralizados. Representan a aquel paralítico del Evangelio: postrado en el lecho, sin vida, sin movimiento, sin actividad. El paralítico tenía sus miembros, pero esos miembros no tenían vida, no tenían actividad.

Hay entre los protestantes una secta que se llama de los sabatistas, porque descansan el Sábado. Para estos católicos paralíticos, su vida es un gran Sábado, es decir un descanso perpetuo…

Todos podrán llevar como epitafio de sus tumbas: “Don Fulano aquí reposa, y jamás hizo otra cosa”.. .

Y la vida es movimiento, es actividad. “Vita inmotu” dice el principio latino. Y a esos paralíticos es necesario llevarlos al Señor, como al paralítico del Evangelio. Cristo le. ordena tres cosas: le manda levantarse, tomar sobre sus hombros la camilla y le manda irse a su casa.

Así también con estos enfermos de parálisis del mundo católico. Deben levantarse del lecho de indiferencia y de inactividad en que yacen; deben cargar su camilla, es decir, sus hábitos, sus costumbres, etc., y deben volver de nuevo a la casa del Padre, al seno de la Iglesia, a practicar buenas obras, a trabajar por el reinado de Jesucristo y por su propia santificación en las actividades del apostolado.

Tales son los enfermos del mundo católico: ciegos, sordos, mudos y paralíticos, que tan genialmente clasifica Meder en su obra citada.

¿Y sabéis cuál es el remedio para curar estos enfermos? Sencillo y eficaz: el único remedio es que los católicos abran los ojos, abran la boca… abran los oídos y muevan sus miembros paralizados por la inacción. ¡Dios lo quiere! Nuestro Generalísimo es el Trabajo y nuestra orden del día: ¡Adelante!

Mañana sonará en el reloj del tiempo la hora decisiva para los destinos de la humanidad. O triunfará el Cristianismo o triunfará el Socialismo. Por lo tanto: vamos a trabajar en las actividades de la Acción Católica. Cada uno en el puesto, en la esfera de acción en que Dios le ha colocado. No esperemos que la bofetada de escarnio y el salivazo inmundo venga a manchar el rostro de nuestra Madre la Iglesia, ni que el látigo de la persecución venga a despertarnos de nuestro letargo. Vamos a ayudar nuestra causa, a sostener nuestra prensa, a defender los principios del Evangelio y del orden social cristiano.

El tiempo huye. ¡Son las doce menos cuarto! gritó un diputado socialista en el Congreso de Berna, aludiendo a la necesidad de trabajar por el triunfo de sus ideales. ¡Son las doce menos cinco!, digamos los católicos. ¡Y a trabajar, a luchar con valor y con honor por la causa santa de Dios, y nos sonreirá el triunfo, y nos sonreirá la gloria…!

 

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