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La misión del laico en la Iglesia

XXVª Asamblea Federal de la Acción Católica Argentina

Rosario, 29 de abril al 1 de Mayo de 2006

www.accioncatolica.org.ar

Encuentro de Asesores

Colegio María Auxiliadora, 30 de abril

 

La misión del laico en la Iglesia

 

Oscar Campana

 

Consideraciones previas
¿Qué dirían ustedes si yo les cuento que a dos cuadras de aquí un grupo de 300 laicos están debatiendo y reflexionando sobre “la misión del presbítero en la Iglesia”? Seguramente, cuanto menos causaría sorpresa. A algunos perplejidad. Quizás a unos pocos espanto. ¿Qué tienen que decir los laicos sobre el sacerdocio? Respondo: tanto como los sacerdotes sobre el laicado.

            Es imposible en la Iglesia, a la luz de la eclesiología recuperada por el Concilio Vaticano II, pensar en la misión de algunos de sus miembros sin implicar a los otros. Cuando en 1953 Yves J.-M. Congar publicó Jalons pour une théologie du laïcat, estaba proponiendo una eclesiología “total”. En una Iglesia pensada desde la primacía de la gracia (Lumen gentium I), toda ella pueblo de Dios (Lumen gentium II), en una Iglesia que ha recuperado la dignidad esencial del sacerdocio bautismal y su doble carácter místico y visible a la vez, resulta imposible hablar del laicado sin hablar del ministerio ordenado, no se puede reflexionar sobre los carismas sin referirse a la institución, resulta temerario plantear cuestiones en el ad intra sin percibir sus repercusiones en el ad extra.

            Es desde esta perspectiva eclesiológica que hoy propongo algunas reflexiones sobre la misión de los laicos en la Iglesia.

 

Una mirada a la historia

            La reforma gregoriana del siglo XI, motivada por la necesidad de conquistar la anhelada “libertad para la Iglesia” para arrancarla de las garras del poder feudal, nos dejó como legado la distinción clero/laicado, más inspirada en el modelo imperial que en la tradición de la Iglesia. La reacción frente a la reforma protestante del siglo XVI no hizo otra cosa que profundizar esta distinción, ante una presentación de la fe que negaba el sacerdocio ordenado a favor de un exclusivo sacerdocio bautismal. El eco de la “eclesiología del segundo milenio” aún vibra entre nosotros.

            Por caminos paradójicos, la actitud de la Iglesia ante la ilustración y el liberalismo moderno hizo reaparecer la nueva importancia otorgada al laicado. Precisamente, en una sociedad que se ha hecho laica, son los laicos los que pueden llegar allí donde la jerarquía, hasta hace no mucho tiempo, estaba por derecho propio. Desde principios del siglo XX tratará de organizarse al laicado para que dé la batalla en el nuevo territorio propuesto por la Modernidad. Así van surgiendo desde sindicatos y partidos políticos cristianos hasta la propia “acción católica”, la gran expresión del “laicado organizado”.

            Los fines de la acción católica, confirmados por el Concilio Vaticano II[1], proceden del pensamiento del pontífice que institucionalizó una experiencia que ya estaba en marcha desde fines del siglo XIX. Desde él en adelante, se avanzó desde una institución pensada como la forma de la “participación de los laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia” hacia aquella de la “cooperación de los laicos” en el mismo apostolado. Sin la experiencia de la acción católica, hoy no estaríamos hablando del laicado, tal como lo hacemos. Y sin ella, hasta el Concilio Vaticano II hubiera sido difícil de pensarse.

            Pero el surgimiento y el primer desarrollo de la acción católica coincidieron con lo que podríamos denominar una etapa de transición entre dos modelos eclesiológicos. Siempre resulta interesante reparar en la fraseología que acompañó a esta etapa de transición. Algunos elementos de ella aún conviven con nosotros, aunque la mayor parte de las veces nadie sepa qué quiere decirse. Algunos ejemplos. “El laico es el brazo largo de la jerarquía”, o sea, apenas una “extremidad” que llega allí por “delegación” de los sacerdotes, a los que la cultura de la modernidad relegó de la vida pública. “El laico es el hombre del mundo en la Iglesia y el hombre de la Iglesia en el mundo”, reza otro dicho, de lo que se deduce que el clero no está en el mundo. ¿Dónde estará, entonces? ¿Existirá otro lugar para el clero, que no es ni el mundo ni la eternidad? El año pasado, en una reunión de obispos y teólogos, le oí decir convencido a un obispo del Gran Buenos Aires: “tenemos buenos laicos, pero lo que necesitamos es un laicado fuerte”. Me pregunto: ¿qué se pide cuando se reclama un “laicado fuerte”? Porque las versiones que de él ha conocido nuestra historia aún no han sido rescatadas, evaluadas y purificadas, y en muchos casos no constituyen un modelo a seguir…[2]

Esta etapa de transición encontró su fin –“de derecho, no de hecho”, al decir de Congar– en el cambio de paradigma propuesto por el Concilio Vaticano II.

Ya no se trata de una Iglesia aquí, donde reina la gracia y la salvación se realiza, cual oasis en medio del desierto, y un mundo allí, abandonado en el pecado y la condenación, ante el que hay que darse estrategias y mediaciones para ir trayendo a los individuos de allí hacia aquí. Se trata de creer en el designo salvífico universal de Dios –del cual la Iglesia es sacramento– que nos desborda por todas partes, y pone al mundo, dentro del cual la Iglesia habita, como destinatario de la gracia de Dios. Ya no se trata de discutirle poder a la sociedad y al Estado, sino de saberse Iglesia servidora de los hombres y los pueblos, reconociendo la autonomía de lo temporal (ver Gaudium et Spes, 36). Ya no se trata de tener un “laicado organizado ¡y fuerte!” o un partido político cristiano para representar los “intereses de la Iglesia”, porque la Iglesia no tiene otro interés que el amor y el servicio a los hombres, ni otro compromiso que con la dignidad humana. Ya no se trata de acordarse del laicado cuando el clero es relegado socialmente, sino de recordar que toda la Iglesia es pueblo sacerdotal por el bautismo y que en ella encontramos diversos ministerios, carismas y funciones que no tienen otro fin que el servicio a una comunidad que no se explica a sí misma sino en función de su misión: anunciar a los hombres el misterio del Reino inaugurado en Jesús de Nazaret, el crucificado, anunciado como Cristo tras su Resurrección.[3]

 

Repercusiones en el ad intra eclesial

            La superación de la distinción clero/laicado, tal como la habíamos heredado, y la recuperación del sacerdocio común de los fieles, nos permite pensar la misión de toda la iglesia desde otra perspectiva. Nos dice Bruno Forte:

El ministerio aparece como un carisma en estado de servicio, recibido por la comunidad. Se puede decir que toda la Iglesia es ministerial y que las formas personales y comunitarias de ministerialidad no agotan la posibilidad de los dones recibidos en el bautismo. El binomio inadecuado jerarquía-laicado es entonces superado mediante otro binomio, que indica sobre todo la unidad total y, hacia el interior de ella, la diversidad articulada de los servicios: el binomio comunidad-ministerios. Si jerarquía-laicado distingue mucho, porque deja en la sombra la ontología de la gracia común a todos, y distingue muy poco, por reducir la ministerialidad de la Iglesia a la sola forma del sacerdocio, pensando a los otros negativamente (laicos = no clérigo), en el binomio comunidad-ministerio la comunidad bautismal aparece como la realidad englobante al interior de la cual los ministerios se sitúan como servicio en vista de lo que la Iglesia toda debe ser y hacer. En este sentido resulta más claro cómo la relación entre los ministerios, ordenados o no, no sea una relación de superioridad de los unos sobre los otros, sino de complementariedad en la diversidad, de recíproco servicio en la irreductible diferencia. La Iglesia, imagen de la Trinidad, es una en el misterio del Agua, del Pan, de la Palabra y del Espíritu, y variada en la riqueza de los dones y de los servicios de los cuales está llena.[4]

            Ya en una obra de 1956, cuando ni se sospechaba del Concilio, Hans Urs von Balthasar afirmaba que “el futuro de la Iglesia está en los nuevos movimientos laicales”[5]. Y podríamos pensar –como ya lo hace el propio Concilio– que las cuatro notas características de la acción católica pensadas por la Apostolicam actuositatem, hoy se cumplen en infinidad de movimientos e iniciativas –más o menos estructuradas– a lo ancho y lo largo de la Iglesia.[6]

            La primera gran repercusión de todo ello fue la aparición de nuevos ministerios llamados laicales, desde el restablecimiento, por iniciativa del Concilio, de diaconado permanente.[7] Desde aquí, buena parte de la discusión sobre la misión del laicado en la Iglesia estuvo circunscripta a su vida interior: la catequesis, la liturgia, los sacramentos, la coordinación pastoral y hasta la reflexión teológica[8]. En los hechos, esta dimensión de la vida laical se pareció más a una derivación supletoria de funciones hasta entonces monopolizadas por el ministerio ordenado que a un verdadero desarrollo de la realidad ministerial encerrada en las funciones sacerdotal, profética y real comunes a todos los miembros de la Iglesia. La escasez de clero no ha tenido poco que ver en ello.

            Personalmente, no creo que la cuestión se dirima solamente en qué actividades hace cada quién. Una imagen del sacerdocio aún ligada al “poder” derivada del sacramento del Orden sagrado, dio lugar a la aparición de un neo-clericalismo, en este caso laical: la detentación de ese poder es directamente proporcional a la cercanía al altar y al ambón. Desde una eclesiología total, la Iglesia necesita ser repensada desde la perspectiva de una comunidad toda ella celebrativa y misionera, servidora de los hombres de su tiempo, abandonando la otra perspectiva de la “administración de poderes sagrados”, que lleva, inevitablemente, a distinguir y a delegar más que a reunir y a enviar. Cito, por ello, otra vez a Bruno Forte:

El binomio comunidad-carismas y ministerios intenta responder a este requisito: en la realidad englobante del nuevo pueblo de Dios muestra la variedad de los dones, donados por el Espíritu Santo en vista de la utilidad común y configurados en formas ministeriales de vida personal y comunitaria. Es necesario llevar a sus consecuencias últimas el primado que el Concilio ha reconocido a la ontología de la gracia respecto a toda otra ulterior especificación al interior de ella: el uso del binomio comunidad-carismas y ministerios no se reduce a un simple traslado de acentos o a un juego verbal. Se trata de pasar de una eclesiología piramidal, jerarcológica, a una eclesiología de comunión, donde la dimensión pneumatológica es puesta en primer plano, y el Espíritu es visto como actuante sobre toda la comunidad, suscitando en ella la multiplicidad de carismas, que luego se configuran en la variedad de los ministerios al servicio del crecimiento de la misma comunidad. La Iglesia entera viene así a ser pensada dinámicamente.[9]

 

Repercusiones en el ad extra eclesial

Pero la misión del laico se juega también, y primordialmente, de cara al acontecer humano. Hace unos años Lucio Gera, antiguo asesor de la acción católica, decía en un reportaje:

Es el momento en que el país necesitaría la voz del laico, la propuesta del laico cristiano, que aunque no tenga “escudito” tenga inteligencia laica. Está todo el tema de un laicado que entra a participar en ministerios, en operaciones dentro de la Iglesia (liturgia, catequesis,…). Todo eso me parece bien, hay que ampliarlo y asumirlo con generosidad. Pero en este momento de la historia pienso que sería interesante que el laico apareciera en su otro lado, en el lado típicamente secular: su palabra y su conducción en este mundo, en esta sociedad argentina, en esta crisis.[10]

            La demanda de una “inteligencia laica” está referida a la vida social y política del país. Y aquí surgen algunas preguntas, alentadas, entre otros motivos, por la historia argentina de la segunda mitad del siglo XX.

            Cuando se reclama el compromiso del laico en la sociedad, ¿se está pidiendo una acción organizada y uniforme o se piensa más bien en que ese compromiso laical asume el pluralismo propio de la sociedad democrática contemporánea? Porque cuando se lamenta la falta de participación del laicado en Argentina, sospecho que se lo hace desde el modelo de un movimiento orgánico, que responde más bien a los esquemas mentales comunes en la Iglesia en la primera mitad del siglo XX.

            En realidad, hay mucho más “apostolado laico” actuando en nuestra sociedad que aquel que habitualmente reconocemos. Y dicho apostolado se da tanto en el nivel individual como en el de las instituciones de la sociedad civil. Alguien objetará: “pero no es orgánico”. Y yo respondo: ¿debe serlo? La demanda de la “organicidad”, ¿no responde más bien a un sueño de cristiandad del que nunca nos hemos despertado del todo? ¿Cuándo acabará el duelo de ese modo de existir de la Iglesia en Occidente para despertar a la realidad eclesial propuesta por el Concilio Vaticano II, más cercana, en este punto, a la levadura y a la sal evangélicas?

            Si así son las cosas, lo que falta en nuestra Iglesia más que compromiso laical en la sociedad es capacidad para reconocerlo, para alentarlo y para acompañarlo. Y esta debiera ser la tarea del ministerio ordenado en las comunidades de nuestra patria.

 

Algunas conclusiones provisorias

En algún momento pensé en concluir estas palabras con el ambicioso subtítulo “Una agenda para el laicado en Argentina”. Quizás también a veces me traicionen viejos pensamientos. No hay “agenda para el laicado” si no hay “agenda para la Iglesia”. La cuestión radicará, entonces, en cómo construimos esa agenda. Y sin lugar a dudas el proceso de discernimiento comunitario exigirá, como lo quería Paulo VI, la ayuda del Espíritu Santo, la comunión eclesial y el diálogo y la cooperación con los otros cristianos, con los creyentes no cristianos y con todos los hombres de buena voluntad[11].

Habíamos planteado tres actitudes esenciales ante el compromiso laical en el ad extra: reconocer, alentar, acompañar.

  • Reconocer… Aún está pendiente un trabajo en que los aquí presentes debieran implicarse: si se hiciera un elenco –desde el posconcilio hasta hoy– de las múltiples iniciativas, instituciones, movimientos y organizaciones que tuvieron como “fundadores” a quienes habían sido miembros activos de la acción católica doy fe que se asombrarían. Junto a ellos, habrá que reconocer a la multitud de cristianas y cristianos que cotidianamente sostienen a la Iglesia y a la sociedad con su “fe que obra por la caridad” (Ga 5,6).
  • Alentar… Por cada laico que asuma un activo compromiso en las instituciones que integran nuestra sociedad, probablemente habrá un laico menos merodeando nuestras sacristías. ¡Cuántas veces nos hemos encontrado que frente a esto la reacción ha sido la del lamento, cuando no la de la queja!
  • Acompañar… Ser capaces de estar pastoralmente presentes en aquel compromiso de los laicos, desde la propia función ministerial, supondrá abrirse a otras lógicas que no son, muchas veces, las de la vida intra eclesial, lo que demanda eso que tanto le reclaman a los laicos: formación. Es decir pensamiento. Si Lucio Gera lamentaba la ausencia de una “inteligencia laica”, yo lamento la escasez de una “inteligencia eclesial” capaz de asumir todos los desafíos que la laicidad del mundo impone.

Los que están aquí presentes asesoran –o lo harán en el futuro– al que en el siglo XX fue el movimiento laical más importante de la vida de la Iglesia. Cuando indago en los antecedentes tanto de obispos como de sacerdotes, muchos de ellos teólogos, que se destacaron tanto en el desarrollo del Concilio Vaticano II como en su implementación, en forma casi unánime asoma un dato significativo: fueron asesores de la acción católica, fundamentalmente de la especializada. En nuestro país, basta leer los índices de la sencilla y célebre revista Notas de pastoral jocista para encontrarnos con quienes una década después serían algunos de los protagonistas más dinámicos de la reforma conciliar: Angelelli, Capellaro, Gera, Iriarte, Karlic, Llorens, O’Farrell, Pironio, Quarracino, Ramondetti, Rau, Tello, Trusso… La comunidad que no es capaz de leerse a sí misma en una historia corre el riesgo de no saber de dónde viene, ni quién es, ni adónde va.


[1] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem, 20.

[2] Cf. O. Campana, “Iglesia y política: una cuestión irresuelta”, Vida Pastoral 255 (2005) 39-40.

[3] Campana, “Iglesia y política: una cuestión irresuelta”, 40-41.

[4] B. Forte, La chiesa icona della Trinità, Breve ecclesiologia, Brescia 41986, 32-33 (la traducción es nuestra).

[5] H. U, von Balthasar, El problema de Dios en el mundo actual, Madrid 1956, Conclusión.

[6] “[…] Entre estas y otras instituciones semejantes más antiguas hay que recordar, sobre todo, las que, aun con diversos sistemas de obrar, produjeron, sin embargo, ubérrimos frutos para el reino de Cristo, y que los Sumos Pontífices y muchos Obispos recomendaron y promovieron justamente y llamaron Acción Católica. La definían de ordinario como la cooperación de los laicos en el apostolado jerárquico. Estas formas de apostolado, ya se llamen Acción Católica, ya con otro nombre, […] Las organizaciones en que, a juicio de la jerarquía, se hallan todas estas notas a la vez han de entenderse como Acción Católica, aunque por exigencias de lugares y pueblos tomen varias formas y nombres. […].” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem, 20; el subrayado es nuestro).

[7] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 29.

[8] Cf., por ejemplo, Documento de Puebla, 804 y ss.

[9] Forte, La chiesa icona della Trinità, 34.

[10] O. Campana, “La Iglesia presenta el anhelo de los pueblos. Reportaje a Lucio Gera”, Vida pastoral 233 (2002) 23.

[11] Cf. Paulo VI, Carta apostólica Octogesima adveniens, 4; Encíclica Eclesiam suam, 85-111.

,___

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Categorías:Accion Catolica, Laicos
  1. VIDAL SOLORZANO
    febrero 18, 2010 en 1:27 pm

    EL MATERIAL ESTA MUY INTERESANTE, SIGAN PUBLICANDO TODO LO QUE AGRADA A DIOS, LES MANDO MUCHAS BENDICIONES.

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