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Capitulo II Necesidad del apostolado

CAPITULO II NECESIDAD DEL APOSTOLADO

SUMARIO: 1. Llamamiento de Cristo. – 2. Obligación y razones: a) Un deber de defensa; b) Una ley de amor; c) Una ley de obediencia. – 3. Importancia del apostolado según las normas Pontificias. – 4. La Acción Católica es necesaria, insustituible y eficaz,

 

Libro “Apostolado Seglar y Acción Católica”, Autor Pbro Luis Maria Acuña, Edit Difusión, 2ª edición, 1953

 

I.-LLAMAMIENTO DE CRISTO.-

“Yo os haré pescadores de hombres” había dicho Jesús a sus Apóstoles al llamarlos a las tareas del apostolado. Como a ellos, invita a todos los hombres a trabajar en el apostolado por medio de la Acción Católica, hoy más necesaria que nunca al llamarlos al apostolado, los Apóstoles dejaron sus redes para seguir a Cristo (Lc, V, II). “Seréis pescadores de hombres”. No comprendieron desde el primer momento estas palabras, pero llegará un día en que las comprendan. Y cuando comprenden esas palabras predican la buena nueva del Evangelio y hacen caer al mundo de Grecia y de Roma de rodillas ante la Cruz de Jesucristo. El Dios del Evangelio sigue pasando por la orilla de los mares, por las vertientes de las montañas, por los mares y bosques, por las ciudades y aldeas para llamar las almas y llevarlas en pos de sí. Llama a la juventud, a los niños que sacrifican los afectos más hondos, el amor a la familia, para convertirse en apóstoles de Cristo, en pescadores de hombres.

 

Pasa cerca de la choza donde vive el hijo del pobre que escuchará más fácilmente el llamamiento divino. Y esos hombres que se consagran al estudio, se aíslan de las costumbres del mundo, dejan de ser dueños de sí para ser servidores de los demás- y atienden a todos: al grande, al pequeño, al niño, al criminal; ofrecen un blanco perpetuo a las pasiones, guardan los secretos de las conciencias, predican la virtud, condenan los vicios y muestran a todos el camino del cielo. Ese hombre ha escuchado la voz de Dios: “Ven y sígueme”.

Pero Jesús llama también a todo cristiano, y a cada uno dice aquellas palabras: “No me habéis elegido vosotros a Mí sino que Yo os he elegido a vosotros para que vayáis por el mundo, hagáis fruto y vuestro fruto sea duradero” (Juan XV, 16). Y cualquiera que sea tu edad, tu condición, Cristo te ha elegido para que trabajes, para que cumplas tus deberes, para dar fruto de obras, de virtudes. Y ese niño que vuelve del Catecismo y se arrodilla al pie de su lecho para rezar sus oraciones o para hacer un sacrificio, es un apóstol del Evangelio. Y esa humilde joven que vuelve de la iglesia donde ha recibido” la sagrada comunión y se muestra en el día con sus padres, hermanos, compañeras de taller, dulce, abnegada, animosa y les habla de las cosas de Dios o les enseña la buena doctrina, predica el Evangelio y da a conocer a Jesucristo. Y esa pobre mujer que va en las primeras horas a cumplir sus deberes religiosos y vuelve a su humilde hogar llena de fuerzas para las rudas labores, para soportar los sacrificios y privaciones, trabaja para el reino de Dios. La anciana que reza por las intenciones del Papa; el sabio que escribe obras en defensa de la Religión; el obrero que predica con su ejemplo, su honradez, su laboriosidad; el joven, el estudiante, el profesional que trabajan en alguna forma por el reinado de Cristo, son apóstoles del Evangelio que han oído la voz del Señor.

Así penetró el Evangelio en el mundo pagano. Niños, vírgenes, mujeres humildes y hasta esclavos bajaban a las catacumbas a cumplir sus deberes con Dios, para salir después a mostrar al mundo aquellas virtudes no conocidas, aquella fraternidad que hizo exclamar al Paganismo:  “¡Ved cómo se aman!” Y el Paganismo cayó vencido, más que por la virtud de los milagros, por los milagros de la virtud,..

Hoy hemos vuelto a los siglos paganos; se pierden las creencias religiosas, reina la indiferencia, una ola de corrupción amenaza invadir al mundo. Sed de oro, de orgullo, de placeres: he ahí los polos sobre los que gira el mundo sin el ideal cristiano. A los católicos les corresponde trabajar para que esa idea brille; el Papa ha llamado a todos para cooperar con el sacerdote en el apostolado, ha llamado a las filas de la Acción Católica. Y todos deben oír su voz porque es la misma voz de Cristo. Como los Apóstoles, debemos dejarlo todo para seguirle. Cristo, por su Vicario, nos llama al apostolado, al trabajo, a la acción, a la propaganda.

 

2.-OBLIGACION Y RAZONES.-

a)  Un deber de defensa.-Al hablar de la obligación del apostolado, debemos repetir las palabras del Evangelio: “La mies es mucha, pocos son los operarios” (Lc., X, 2). Y luego añade: “Rogad al Señor de la mies que envíe a ella operarios”.

La necesidad del apostolado le impone un deber, una ley de defensa.

¿Quién es el ciego que no ve que el mundo está ardiendo en lucha formidable contra la verdad revelada? La voz del enemigo ha resonado en todos los horizontes, ya no es lucha de negación: es lucha de acción organizada, permanente, universal, implacable contra la Religión. Del orden de las ideas se ha descendido al terreno de los hechos; de la región de los principios a la región de las realidades.

En presencia de esta lucha, de esta conjuración ¿qué hacen los católicos? Unos, duermen como los Apóstoles a la entrada del Huerto; otros lloran como Jeremías sobre las ruinas; muchos, se esconden y nada hacen por defender la religión.

Y mientras el enemigo se adueña de todo: de la educación, del gobierno, de la prensa, de la política, de los centros obreros, nosotros contestamos a ese ataque formidable, cruzándonos de brazos y abandonando el campo al enemigo.

Debemos, pues, ejercer el apostolado de la defensa y de la conquista y esgrimir esas dos armas de la verdad y de la caridad que han obtenido más victorias que las huestes napoleónicas.

b)  Una ley de amor. – No sólo una ley de defensa sino una ley de amor nos obliga a trabajar por la causa de Dios. Cuando sabemos que Dios es todo nuestro bien, no vamos a tener un corazón tan menguado y abatido para no sentir el deseo de que sea amado y conocido por todo el mundo. El lo ha mandado de manera terminante: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma” (Mat., XXII, 37).

Y esto significa que debemos trabajar por El, que debemos conquistar el mundo aunque nos cueste sacrificio, el sacrificio de nuestras pasiones, de nuestra persona. El que ama de veras a Jesucristo, no podrá dejar de ser apóstol, sea sacerdote o seglar, hombre o mujer, joven o niño, si es capaz de comprender lo que significa el amor. Si amamos a Dios no podemos permanecer indiferentes de que sea desconocido o combatido por los hombres. El amor, pues, nos hará trabajar por su reinado en el mundo. “El que no tiene celo, no tiene amor”, dice San Agustín.

Amar a Dios es poner a su servicio todo nuestro corazón, nuestra alma, toda la plenitud de nuestra vida. Luego el amor al prójimo es el complemento del amor a Dios. Los dos preceptos son la perfección de la ley. ¿Qué haces por tus hermanos, por poner orden en la sociedad, por ganar la juventud y evitar los escándalos? Esa juventud, esa sociedad son tus hermanos, tu familia. Y si nada haces por ellos, no amas verdaderamente al prójimo. Amar es querer el bien, el bien del alma, del espíritu, el fuego del corazón, la dicha de la gracia. El amor que debemos a Dios y al prójimo nos obligan a trabajar, a hacer algo por la causa de Dios, por el bien de nuestros hermanos, por salir de esta apatía en que vivimos. Dios nos ha mandado que nos preocupemos de nuestro prójimo, dice el Eclesiástico (XVIII, 12).

Así cumpliremos el precepto del amor y realizaremos aquel ideal que expresaba tan bellamente Lacordaire: “Es el don que Dios ha hecho a los hombres el día en que les tendió sus manos en lo alto de la Cruz, la gracia de recibir la vida de un alma a la cual posee antes que nosotros y la derrama en la nuestra porque nos ama”. Hagamos oír a todos el grito de nuestro amor. Seamos apóstoles.

c)  Una ley de obediencia.-Luego una ley de obediencia también nos obliga a ser apóstoles. El Papa nos ha llamado a las filas de la Acción Católica, que no es sino la participación de los fieles en el apostolado jerárquico, como lo hemos demostrado.

Este es un pensamiento central: que Dios sea conocido, amado, que impere su ley, su doctrina, su moral en la vida individual, doméstica y social. Que todos trabajen en esta acción salvadora, la única que podrá salvar a la sociedad de los peligros que la amenazan. Y si somos verdaderamente cristianos, debemos obedecer al Papa, el Cristo en la tierra, el Padre espiritual de nuestras almas. Debemos oír su voz. “El que a vosotros oye, a Mí me oye” (Lc., X, 16).

En muchos documentos, que comentaremos más adelante, Pío XI nos habla de la obligación que tenemos los católicos de ejercer el apostolado. En la Encíclica “Ubi arcano Dei”, declara a la Acción Católica deber del ministerio pastoral y de la vida cristiana.

La carta al Cardenal-Arzobispo de Lisboa resume la doctrina sobre la obligación de la Acción Católica diciendo que “será útil hacer comprender bien a los fieles -supuesto que lo ignoren- que es el apostolado uno de los deberes inherentes a la vida cristiana, y que la Acción Católica es, de todas las formas de apostolado benemérito de la Iglesia, la más conforme a las necesidades de nuestra época”.

3.-IMPORTANCIA DEL APOSTOLADO SEGÚN LAS NORMAS PONTIFICIAS.-

“En todo estado y género de vida se puede ser apóstol, dice un ilustre Prelado español, cooperar a la empresa apostólica y, en mayor o menor grado, participar en el sacerdocio de Cristo”.

Hablando de la colaboración de los seglares en la propaganda religiosa, el inmortal León XIII dice: “A todos los fieles, en especial a los que mandan y tienen el encargo de enseñar, suplicamos encarecidamente por las entrañas de Jesucristo, y aun les mandamos con la autoridad del mismo Dios y Salvador nuestro, que trabajen con empeño y cuidado en alejar y desterrar de la santa Iglesia estos errores, y manifestar la luz purísima de la fe”. “Por consiguiente -añade- entre los deberes que nos ligan con Dios y con la Iglesia, se ha de contar entre los principales ése de que cada cual se industrie y trabaje en la propagación de la doctrina de Jesucristo y la refutación de los errores contrarios a la misma”.

En esta obra tan divina el Pontífice ve la escasez que tiene de sacerdotes, y comprendiendo esa imperiosa necesidad, se dirige a los seglares y, con clamor de Padre, les dice: “Hijitos míos, necesito de vosotros; voy a haceros partícipes de mi misma misión, os voy a dar el mismo encargo que yo recibí de Jesucristo: que de un modo auxiliar, si queréis, pero eficaz y verdadero, todos vosotros seáis también salvadores de almas, y para ello quiero que forméis un ejército y este ejército tendrá el nombre de Acción Católica” o “Apostolado seglar”.

El Papa de la Eucaristía, Pío X, decía en su primera Encíclica: “Instaurare omnia in Christo”: “No sólo los sacerdotes sino todos los fieles, sin excepción, deben ocuparse en servir los intereses de Dios y de las almas. Y en una conferencia que tuvo con varios Cardenales sobre las necesidades de la Iglesia, preguntó: ¿Cuál es en el momento presente, el más necesario y eficaz de los medios para la salvación de la sociedad?” Uno contestó: -Erigir escuelas, -“No es eso”, replicó el Papa. Otro dijo: -multiplicar las iglesias. -“Tampoco es eso”. Un tercero añadió: -Activar el reclutamiento sacerdotal. -“Tampoco es eso, replicó el Santo Padre-. Lo que al presente es más necesario es tener en cada parroquia un grupo de seglares esclarecidos resueltos, intrépidos, verdaderamente apóstoles”.

Benedicto XV también habla de la necesidad e importancia del Apostolado seglar y dice que “frente a las doctrinas perversas y a las insidías de los enemigos de la Iglesia, dirigidas especialmente para ganar el corazón de la incauta juventud, es necesario multiplicar los defensores de la verdad católica, y formar una falange de propagandistas, y oponer escuela a escuela, diario a diario, revista a revista y conferencia a conferencia”.

Pío XI elogia a los que colaboran en las obras de apostolado, diciendo: “Bien merecen el título magnífico de raza elegida, real sacerdocio, nación santa, pueblo de Dios. Uniéndose estrechamente a Nos y a Jesucristo para atender y afianzar, mediante su celo industrioso y activo, el reino de Cristo, trabajarán con mayor eficacia para restablecer la paz general entre los hombres. Y en el bellísimo discurso que pronunció en 1925 ante las juventudes católicas que acudieron en peregrinación a Roma, dijo: “Sabemos muy bien lo que habéis hecho y lo que hacéis. La Iglesia exige a todos obediencia a su palabra y a sus leyes… pero a vosotros os pide algo más elevado y exquisito: os pide la asistencia, la colaboración en el apostolado propiamente dicho. Y no es demasiado. Al contrario, es lo que desde el principio los Apóstoles exigían también a los buenos seglares. Y San Pablo, en sus Epístolas, recomienda a las personas que habían trabajado con él en el apostolado. Y quiénes eran estas personas? No eran sacerdotes: eran mujeres”. Y añade: “He aquí desde la época apostólica la colaboración seglar en el apostolado, que es la substancia más real y más sólida de la acción católica a la cual os habéis consagrado”.

El Cardenal Faulhaber decía a los numerosos congresistas de Maguncia: “En la estructura del edificio de la Iglesia son los laicos piedras vivas que concurren a la formación del templo espiritual”.

El gran apóstol seglar Federico Ozanam, fundador de las Conferencias de San Vicente, comprendió muy bien la necesidad e importancia de este apostolado seglar; por eso se dirige a sus compañeros, y con frase enérgica de un convencido, les dice: “Todos los días muchos de nuestros hermanos caen, como soldados en tierra de África, y otros, como misioneros en los palacios de los mandarines: y nosotros ¿qué hacemos entre tanto? ¿Creéis que Dios haya impuesto a los unos el deber de morir al servicio de la civilización y de la Iglesia, y a otros el ocio de vivir con las manos en los bolsillos y recostados sobre rosas? Probemos con obras que también tenemos nuestro campo de batalla donde nos encontramos listos para morir con valor”.

Todos los católicos tienen el sagrado deber de trabajar y cooperar en las obras apostólicas.

“Sitio”, “Sed tengo” exclamó Jesucristo desde el madero de la Cruz. Tenía sed de almas, sed de amor. Démosle almas para saciar esa sed divina, al que dejaba en el mundo una fuente que no se secaría jamás y donde encuentra el justo la perfección, los pecadores el perdón, fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna.

Cuando los enemigos de la Iglesia -decía Pío X- la atacan en falanges cerradas, no es posible que los hijos de la luz les resistan separados y desunidos; es preciso también con ellos formar esta falange, este gran ejército”. Y encargaba al Director Pontificio de la Acción Católica de España que se dedicara a la tarea y a la labor de la organización.

Al sacerdote le rodea la indiferencia, la hostilidad, se le cierran todas las puertas, se le quiere recluir en la sacristía.

El seglar puede ir a donde no puede llegar el sacerdote. Puede entrar en el salón, en el teatro, en el cine, en las cancillerías, en las oficinas, en el club, en el taller, en la fábrica. “En otros tiempos, decía el ilustre Luis Veuillot, la Iglesia necesitaba del brazo seglar; hoy necesita de la voz, de la acción de los seglares.

4.-LA ACCIÓN CATÓLICA, NECESARIA, INSUSTITUIBLE Y EFICAZ.-

De todo lo expuesto, se deduce claramente que la Acción Católica es necesaria, insustituible y eficaz.

a)  Necesaria. Porque los llamamientos más apremiantes al apostolado seglar señalan a la Acción Católica como la organización donde se ha de hacer efectiva esta cooperación. Así, en la Carta al Episcopado Argentino, se dice que la ayuda al apostolado de la Iglesia “la prestarán los seglares por medio de las Asociaciones de la Acción Católica”; y en la Carta al Episcopado Colombiano se habla de la urgencia de la Acción Católica, concretando al inscribirse en ella la obligación  de apostolado que a todos incumbe.

b)  Insustituible.   Ya que no podrán llenar su  cometido las demás asociaciones de católicos que fuera de ella existen, como más acomodada a las necesidades de  los tiempos modernos.

Es insubrogable, en todo caso, por la acción de las organizaciones estatales aun en la mejor de las hipótesis de armonía entre la Iglesia y el Estado ya que a la Iglesia pertenecerá siempre dictaminar sobre los medios que han de conducir a su fin propio.

c)      Eficaz. Mas eficaz que las diversas formas de apostolado, como lo afirma la Encíclica “Acerba nimis”, dirigida a los fieles de México en las aciagas circunstancias de 19S2. Tras el resumen de los hechos luctuosos para la Iglesia, que la ponían allí en situación insostenible, añade el Papa: “Sobre le cual no podemos dejar de recomendaros lo que, como sabéis, llevamos en las niñas de los ojos, a saber: que en todas partes se funde y tenga cada día mayor incremento la Acción Católica. Sabemos que no siempre se consiguen los frutos deseados rápidamente, pero sabemos que esto es necesario y más eficaz que cualquiera otra manera de proceder, como lo ha dado a conocer la experiencia de las naciones que salieron de la crisis de semejantes calamidades”.

Con razón el ilustre Pontífice, después de estas manifestaciones, ha declarado que la cooperación a la Acción Católica es uno de los deberes más grandes de la vida cristiana y complemento del ministerio pastoral de la Iglesia misma (Encíclica “Ubi arcano”).

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