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Cap I apostolado seglar y Acción Católica Introducción

Queridos Amigos:
Les envio la introduccion y el 1er capitulo del libro “Apostolado Seglar y Acción Católica” del Pbro Luis Maria Acuña, que data de 1953, esto es con el fin de ver y reflexionar la evolucion de la teologia laical.
En este capitulo ya se habla de la notas de la AC, tambien de situacion que ya se veian venir en la sociedad y hoy lo estamos viviendo.

Apostolado Seglar y Acción Católica

Libro “Apostolado Seglar”, Autor Pbro Luis Maria Acuña, Edit Difusión, 2ª edición, 1953

INTRODUCCIÓN

Ofrecemos a nuestros lectores la nueva obra “Apostolado Seglar”, que nos han pedido con insistencia tanto del país como del extranjero.

Es una contribución a las actividades que desarrolla la Acción Católica, codificada definitivamente por el ilustre Pontífice Pío XI.

Esta obra no es un Manual de Acción Católica; es un libro de formación, de principios, destinado a despertar el entusiasmo del mundo católico para que colabore con la Jerarquía en el inmenso campo del apostolado religioso y social. Nuestro tema es el Apostolado seglar, su origen, su importancia, sus normas, sus formas diversas y, naturalmente, damos las normas fundamentales de la Acción Católica, especialmente las qué señaló Pío XI en sus Encíclicas, en sus Cartas, en las Actas de la Secretaría de Estado y en los Concordatos.

Es la hora del trabajo, de los grandes trabajos. Trabajemos, pues. Esta acción de los seglares la reclama la Iglesia y es de la más alta importancia. “Antes -decía el ilustre Luis Veuillot -, la Iglesia necesitaba del brazo secular; hoy necesita de la acción de los seglares”.

En esta obra damos la noción clara de Apostolado Seglar; qué han pensado de él los ilustres Pontífices que han regido, en los últimos tiempos, los destinos de la Iglesia, Luego estudiamos la necesidad y la importancia del apostolado. Del de defensa, de conquista, de obediencia. Esbozamos la organización de la Acción Católica. Después estudiamos el origen y la evolución del Apostolado seglar, sus grandes figuras y sus gestas hermosas. Los campos y fuentes del apostolado; sus formas diversas; las glorias del apostolado de la Iglesia; el apostolado de la mujer, del joven, de la joven; el apostolado social del clero y temas de formación, finalizan esta obra.

Damos, pues, una obra de formación, de principios, de doctrina.

Esto es lo que más necesitamos: ideas, principios, doctrinas que nos lleven a la convicción, al trabajo, a la propaganda.

El mundo vive una hora de anarquía intelectual; luchan en todos los campos ideologías encontradas y opuestas y esas ideologías se concretan después en sistemas que luchan por el predominio de la humanidad.

El católico debe estar arraigado, como nunca, en la verdad, en la convicción. “La verdad permanece eternamente”. Esa verdad debe ser para él como un faro de luz que la ilumine en medio de las tempestades, en esta noche de dolor y de tragedia que ha caído sobre el mundo de las almas.

Se ha dignado escribir el Prefacio de honor de esta obra, el distinguido Prelado chileno y Obispo diocesano de Talca (Chile), Dr. D. Manuel Larraín Errázuriz. Conocedor como pocos de los problemas de la Acción Católica y de los problemas sociales, nos alienta con su palabra sabia y prestigiosa. Le hacemos llegar nuestra gratitud junto con la admiración que le profesamos.

El Prólogo de la obra lo escribe el conocido sacerdote porteño Pbro. D. Miguel Ulloa Ossandón, cuyos trabajos apostólicos, especialmente en la prensa, en la radio y en las organizaciones son conocidos de todos y se distinguen por el entusiasmo y el brillante éxito.

Colabora también con un capítulo especial sobre el apostolado de la radio, de cuya propaganda es Director Eclesiástico. Hacemos llegar al distinguido sacerdote nuestro agradecimiento por esta colaboración y por habernos alentado en nuestras obras.

Al publicar esta nueva obra cumplimos los anhelos de nuestros distinguidos hermanos los sacerdotes argentinos, quienes nos han pedido, en la “Revista oficial del clero” la publicación del “Apostolado Seglar”.

Esperamos que esta obra sea aceptada y acogida con el mismo entusiasmo que las anteriores. Es obra para todos: sacerdotes, seglares, dirigentes, juventudes. A ella hemos consagrado nuestros estudios, nuestras mejores horas; le hemos dado la mayor actualidad, relacionando los temas con los problemas y tendencias de la época.

En el presente año, Dios mediante, el autor iniciará la publicación de sus “Obras Oratorias”, comenzando por un tomo de “Discursos y Conferencias”. Después seguirá con otro de “Sermones y Panegíricos”, “Planes Oratorios”, un “Tratado Superior de Religión” y una obra de prensa.

Nos encomendamos a las oraciones de todos y los saludamos afectuosamente en el Señor.

PBRO, LUIS MARÍA ACUÑA G.


CAPITULO I

EL APOSTOLADO

SUMARIO: 1. Un cuadro de la sociedad. – 2. Apostolado. Definición. Explicación de los términos. Hablan los Pontífices Pío X, Pío XI y un eminente Prelado. – 3. Verdadero carácter de! apostolado seglar. – 4. Faltan hombres…

l.-UN CUADRO DE LA SOCIEDAD. – El mundo vive la hora de la inquietud, vive la hora de la lucha en todos los órdenes. Un recio choque de ideologías: descompaginación política, agitación social, ruina económica caracterizan la vida contemporánea.

Y en el orden religioso, vivimos tiempos de lucha y de encarnizado combate contra los sagrados intereses de Jesucristo y de su Iglesia.

Luchas raciales: sovietisrno, racismo, que no son otra cosa que el despotismo entronizado, hacen cruda guerra al Cristianismo y pretenden arrancar a Cristo del trono de amor en que lo ha colocado la fe de veinte siglos. Grave es la hora que vivimos; grave es el momento, el más grave de cuantos ha vivido la humanidad en los últimos siglos. En todas partes, los enemigos de Cristo se unen, se agrupan, y forman una inmensa falange, un frente único para descristianizar al individuo, a la familia y a la sociedad.

Esbocemos un cuadro de la situación. Si miramos la vida industrial, doméstica y social veremos que la paz ha huido de la tierra. No hay paz ni para el individuo, ni para la familia, ni para la sociedad, ni para las naciones. Estamos en guerra perpetua: guerra de clases, guerra política, disensiones domésticas, y sentimos en nosotros y cerca de nosotros enormes inquietudes.

Ø      En el orden internacional vemos cómo de nuevo, el monstruo de la guerra, cual jinete apocalíptico, va dejando un reguero de sangre y de lágrimas… Y aunque no exista el estado de guerra hay un espíritu de guerra que causa hondo malestar a las sociedades y a los pueblos.

Ø      En el orden religioso, se ha excluido a Dios del principio del derecho, de la vida pública y consagrado la apostasía social.

Ø      En el orden doméstico, se ha laicizado el matrimonio, se ha desorganizado la familia, se ha quitado a Dios de la escuela y, con El, toda base de moralidad.

Ø      En el orden social, arrecia la lucha de clases; estamos tocando con la mano sus miserias, sus llagas; oímos su grito de desesperanza…

Parece que el infierno se ha desencadenado sobre la tierra. El vacío de Dios, la apostasía de las naciones agita a las sociedades. Falsos redentores habían prometido curar los males de la humanidad y no han hecho sino agravarlos horriblemente. La ciencia no ha enjugado de nuestros ojos una lágrima ni infiltrado una gota de consuelo en los corazones desgarrados.

Es el laicismo imperante que ha convertido a Cristo en el gran Desconocido, en el gran Desterrado; “que después de borrar su augusto nombre de los Códigos de las leyes, como dice bellamente un escritor, después de desterrarlo de los tribunales de justicia, hasta ha llegado a prohibirle que extendiera sus amorosos brazos sobre los cementerios.. que se pasee solitario y triste por las calles de las ciudades, de las aldeas, de los campos en busca del moribundo.. . Le ha arrancado ese dulce refugio que el Maestro divino tenía en el alma popular; y despedido ignominiosamente, no tuvo más remedio que marcharse, sacudiendo de los pies cansados y desnudos y llagados.. . el polvo acumulado por las fatigas del día y de la noche; Cristo, solitario y maltrecho, fue entregado al vocerío procaz de sus enemigos…”

Ahí tenemos la obra del laicismo, la obra de los bárbaros civilizados. Hemos asistido al desarrollo de un drama gigantesco, de un terrible drama social cuyo prólogo ha escrito con sangre la Rusia contemporánea y cuyo epílogo escribirá con sus propias lágrimas la sociedad presente si no retorna a los principios salvadores del Evangelio.

¿Y qué debemos hacer nosotros los católicos en esta hora urgente, grave, que vivimos? ¿Podremos encerrarnos en nuestro egoísmo, en nuestras casas cuando se oye el fragor del combate? ¿Podremos huir cobardemente como los apóstoles, cuando los enemigos quieren crucificar de nuevo a Jesucristo en el corazón de los hombres? ¡Ah, no! Debemos agruparnos en torno de Cristo; debemos formar una falange, un verdadero Apostolado seglar para hacer reinar de nuevo a Jesucristo en los hombres y en los pueblos.

En la época moderna son otros los campos de batalla, observa un escritor. Hoy Cristo está en los polvorientos suburbios de las grandes ciudades, obscurecido por el humo de las fábricas; está en las plazas públicas, envuelto en la ola de los niños callejeros; está en los parlamentos y en la cátedra para ser el ludibrio y la befa de los que se llaman intelectuales; está allí, defendiéndose como puede, sólo, en nuestro siglo en que la mayoría impera y el número es un argumento; está allí, no pudiendo responder a las acusaciones y a las calumnias más que con miradas de amor… y mostrando sus llagas que las gentes ya no comprenden. Está allí y allí es donde ha de estar el apóstol seglar para defender a Cristo, a su Iglesia, a sus ministros con su palabra, con su trabajo y si fuere necesario, con su sangre.

Este es el vasto campo de acción apostólica reservado al apostolado seglar. Y para hacer obra digna y fecunda en las actividades del apostolado, debemos instruirnos, tener una amplia cultura religiosa, y dedicarnos al trabajo interior del espíritu.

“La gravísima enfermedad de la edad moderna, dice Pío XI, y la fuente principal de los males que lamentamos, es la ligereza e irreflexión que lleva extraviados a los hombres; de aquí procede la insaciable codicia de riquezas y placeres que va extinguiendo en las almas el deseo de bienes más elevados y no las deja levantarse a la consideración de las verdades eternas. La inquietud de la vida social; la turbulenta inquietud de los negocios impiden al hombre una seria reflexión sobre los grandes problemas, los únicos importantes de la vida, cuales son: saber su origen y su fin, de dónde viene y a dónde va. El hombre debe dedicarse al trabajo interior del espíritu, a la reflexión, a la meditación, al examen de sí mismo, todo lo cual es una admirable escuela de educación, en la cual la mente aprende a reflexionar, la voluntad se vigoriza, las pasiones se dominan, la actividad recibe una dirección, una norma, un impulso eficaz y toda el alma se levanta a su nativa nobleza, conforme a lo que el Pontífice San Gregorio enseña en su libro pastoral con símil elegante: “La mente humana, como el agua, si se comprime, sube a lo alto, porque vuelve al lugar de donde descendió; si se suelta, se dispersa, porque se difunde inútilmente hacia abajo”.

En todas estas disciplinas interiores, en esta vida interior debe ejercitarse el apóstol seglar, para cooperar dignamente al apostolado jerárquico. La vida interior es la fuente fecunda del apostolado, como lo demostraremos más adelante al hablar de las fuentes de apostolado.

Esbozado este cuadro de fa Sociedad, vamos a la definición del apostolado.

2. – APOSTOLADO. DEFINICIÓN. EXPLICACIÓN DE LOS TÉRMINOS. – 3. – HABLAN LOS PONTÍFICES.. . Su Santidad Pío X, en su Encíclica “// fermo proposito”, nos da este concepto del Apostolado seglar: “Todas las obras alentadas y promovidas por el laicado católico para restaurar en Cristo el individuo y la familia, la sociedad y la escuela, es lo que constituye el apostolado seglar”.

Civardi dice “que es una actividad organizada y multiforme, desarrollada por el estado seglar católico en el campo de la vida social bajo la dependencia directa de la autoridad eclesiástica, con el fin de cristianizar la sociedad”. También se llama: “apostolado organizado de los seglares católicos para la afirmación, difusión, actuación y defensa de los principios católicos en la vida individual, familiar y social” (Marotta).

Pero demos la definición clásica de lo que con tanta propiedad el ilustre Pontífice Pío XI llama “Acción Católica”. La Acción Católica en el sentido subjetivo es una clase de actividad, y en el sentido objetivo denota las organizaciones en que se concreta esa actividad.

Y así Pío XI, creador de la Acción Católica, en su Encíclica “Ubi Arcano Dei” nos da la siguiente y clásica definición: “Es la participación de los católicos seglares en el apostolado jerárquico”.

En esta definición entran los cuatro elementos que constituyen la Acción Católica: la subordinación a la Jerarquía; la intervención seglar; los fines del apostolado y la organización oficial.

Una definición más amplia podría ser la siguiente: “El trabajo individual o colectivo que todo buen católico debe efectuar para la propagación, defensa, aumento y esplendor de la fe y de la moral cristianas conforme a su situación social, bajo la dirección o autoridad de la Iglesia”.

Pero expliquemos los términos de la definición de Pío XI.

a)  Es la participación… Se debe observar, dice Mons. Pizzardo, que la palabra participación envuelve la idea de parte, y, por consiguiente, también la de un todo. Este todo es el Apostolado jerárquico o sea, la actividad de la Jerarquía en la obra de la salvación de las almas. Y aunque es verdad que participar no es lo mismo que ser parte esencial, es también cierto que tal palabra, al sugerir la idea de parte, indica que la Acción Católica debe tener el mismo carácter que el apostolado jerárquico. Esta idea de participación nos revela también con absoluta claridad que el fin de la Acción Católica no es otro que el del apostolado jerárquico. De donde se deduce que una obra pertenecerá por mejor título a la Acción Católica cuanto más de cerca y más íntimamente participe de la naturaleza y de la finalidad del Apostolado jerárquico. Advirtamos también que la parte depende del todo. Por lo que no podría pertenecer a la Acción Católica una obra que no estuviera sometida a la Jerarquía. Y cuanto más estrechos sean los lazos que con la Jerarquía vinculen las actividades de los católicos, más conformes serán éstas a la naturaleza de la Acción Católica.

b) ”De los católicos seglares… Vengamos al segundo elemento que figura en la definición de la Acción Católica: los seglares católicos. ¿Quiénes han de ser estos seglares? La jerarquía, a la que se dio el mandato divino de salvar las almas, hace un llamamiento a los seglares para que vengan a colaborar en esta admirable obra. Y estos seglares, obedeciendo al mandato dado a la Jerarquía, ofrecen su cooperación y asumen una responsabilidad, no sólo ante la Iglesia, sino ante la sociedad misma. Es, por consiguiente, de suma importancia que los seglares se apresten a trabajar en esta trascendental y delicada empresa y estén adornados de eminentes cualidades espirituales. Ya el Papa Pío X indicó tres de esas cualidades que se requieren esencialmente, a saber: una fe viva, una irreprochable conducta y un ardiente celo. O en otras palabras: una vida inmaculada, una piedad profunda, una adecuada cultura sobre materias religiosas, fervor apostólico, devoción filial hacia el Papa y los Obispos y perfecta sumisión y disciplina. Se necesita, pues, para consagrarse a la Acción Católica, una vida interior intensa que de continuo habrá de nutrirse en el ejercicio del apostolado. Los seglares que deseen trabajar en la Acción Católica deben poseer o adquirir de antemano un rico tesoro de vida espiritual. Así lo exigen la dignidad misma de la Acción Católica y la excelencia del fin que ella se propone.

c)  En el apostolado jerárquico… El tercer elemento de la definición que analizamos es el apostolado… La Acción Católica es la participación, en cuanto es posible para los simples seglares, en la actividad apostólica propia de la Jerarquía. Esta recibió oficialmente del mismo Dios la investidura del apostolado en virtud de aquel mandato divino: “Como mi Padre me envió a Mí, así Yo os envío a vosotros. Id y enseñad”. Con estas palabras nos quiso decir: ensanchad el reino de Dios atrayendo a él nuevas almas; organizadlas jerárquicamente en cristandades nuevas; reconquistad el terreno perdido y las almas que en tan gran número, en nuestros días, aun siendo cristianas de nombre, permanecen en la infidelidad por haber olvidado en absoluto los principios y normas de’ la vida cristiana, y abandonado, en consecuencia, toda práctica religiosa.

Siendo, por tanto, la actividad apostólica, el elemento central de la Acción Católica, conviene ahondar en el sentido de la palabra apostolado. Apóstol, en su acepción etimológica, significa enviado. Pío XI, decía el 19 de Abril de 1931: “Jesús, enviado por su Padre para salvar lo que se había perdido (S. Juan, XX, 21), perpetúa su misión de Salvador de las almas por medio de sus doce Apóstoles, que son escogidos entre los discípulos y a quienes confiere la triple potestad de enseñar, de santificar y de gobernar. Participar en el apostolado jerárquico, quiere decir, participar en este primer apostolado que nació directamente del corazón, de la vida y de las manos de Nuestro Señor, y que perdura en todas las generaciones por la expansión y el desarrollo mundial y secular del Colegio Apostólico, del Episcopado”.

Los Apóstoles transmitieron a los Obispos esta triple potestad que recibieron de Jesucristo. Y así, el Papa y los Obispos formaron la jerarquía de jurisdicción. La potestad de jurisdicción se comunica parcialmente a los sacerdotes y en particular a aquéllos a quienes en cada diócesis se les ha confiado una parte del rebaño del Señor.

Si la Acción Católica es participación en el apostolado jerárquico, deberá proponerse, como ese mismo apostolado, la conquista o reconquista de las almas. Deberá ver en todo y siempre el interés de las almas, y prodigarse e ingeniarse por todos los procedimientos para buscar almas que salvar. Hay que insistir en este punto. Vemos, por consiguiente, que la razón formal de la Acción Católica, es la conquista o la reconquista de las almas; que son las almas lo que en último término debe buscar, de continuo la Acción Católica. Y a la verdad, en nuestro lenguaje corriente damos el nombre de apóstoles a estos buscadores y conquistadores de almas. Tales fueron los Doce y con ellos luego San Pablo, Apóstol de los Gentiles; no otra cosa fue San Francisco Javier, llamado el Apóstol de las Indias. El Apóstol clásico es, pues, el que sale a la conquista de las almas. Y no creáis que sea necesario marchar hasta el corazón de las Indias para realizar esta conquista. En el recinto mismo de las Basílicas romanas podréis hallar almas que conquistar (Mons. Pizzardo. “Conferencias de Acción Católica”).

Hemos explicado los términos de la clásica definición de Pío XI. En ella están incluidos los cuatro elementos de que hemos hablado: subordinación a la Jerarquía; intervención seglar; los fines de apostolado y la organización oficial.

Los dos primeros quedan suficientemente explicados. Una palabra más sobre los fines y la oficialidad de la Acción Católica. Esta, como organización no tiene otro fin que el propio fin de la Iglesia. Lo afirma así explícitamente la Carta al  Episcopado argentino y constituye esta consideración un punto  luminoso que no debe perderse en toda la extensión te tratado. Cuanto a la oficialidad es una nota especial de la Acción Católica que la hace más íntimamente unida Iglesia jerárquica. Son varios los documentos que llaman acción Católica oficial, principalmente la carta al Episcopado Argentino y la Carta del Cardenal Pacelli al Presidente de acción Católica italiana.

La oficialidad de la Acción Católica, dice Beytia, su-que toda su personalidad, que las modalidades de su organización son obra de la Iglesia; que la Iglesia se halla íntimamente unida con la marcha misma de la obra, ejerciendo-lo continua vigilancia y dirección sobre ella, que favorecerla es favorecer a la misma Iglesia, y combatirla, es combatir la Iglesia. La oficialidad en la organización ha hecho ésta se acomode a los grandes planes de la organización i misma Iglesia, haciendo a la Acción Católica parroquial y diocesana. Las Juntas diferentes de coordinación van disponiéndose en este orden junto a los grados diferentes de la jerarquía. La Junta parroquial, órgano de coordinación para la acción Católica en sus actuaciones dentro de la parroquia, funciona bajo la alta dirección del Párroco; la Junta diocesana bajo la dirección episcopal, y las Juntas superiores o centrales que pertenecen a la misma dirección pontificia, ejercitada en algunos países directamente por el Papa, como acontece en Italia, y delegada en otros en Juntas de metropolita-y cardenales ¡Qué importancia tiene esta organización y apostolado!

En la lucha por la civilización cristiana los seglares tienen puesto importantísimo en la conquista de las almas y de pueblos.

Cuando en las modernas sociedades se atacan los sagrados  derechos de la Iglesia católica ¿quién los puede defender con positiva eficacia en el orden humano, más que los seglares agrupados en torno a su Madre?

En este Apostolado seglar, en esta cruzada Santa tienen cabida todos: los ricos, los pobres, los niños, los ancianos, el obrero y el burgués, los gobernantes y gobernados, los grandes y los pequeños. Cada hombre debe ser un soldado, cada soldado un apóstol. El padre de familia tiene su campo de acción en el seno del hogar, formando el corazón, la inteligencia y la voluntad de sus hijos en los principios de una sólida y verdadera educación cristiana, haciendo cumplir a sus hijos, sirvientes y subordinados sus deberes religiosos; el maestro o catedrático, con sus alumnos, el profesional, con sus clientes; las esposas, con sus esposos y sus hijos; las hijas, con sus padres y hermanos; el obrero, con sus compañeros de taller y de fábrica; el estudiante, con sus condiscípulos. “¡Oh, qué hermosos los pasos de los que evangelizan la paz, de los que evangelizan el bien!”

No se nos exige igual intensidad de trabajo, ni la misma preparación, sino alguna actividad en proporción a los talentos que nos ha dado el Señor y nuestra situación social. “Cada uno está obligado -dice el inmortal León XIII- a propagar la fe delante de los demás, ya para instruir y confirmar a los fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles.”

3.-VERDADERO CARÁCTER DEL APOSTOLADO SEGLAR.-Todos los que deseen alistarse en las huestes del apostolado seglar, dice un ilustre orador, para entrar de lleno en el apostolado de Cristo, ha de ser siempre mirando a la Iglesia, bajo la dirección única del Romano Pontífice, de los Prelados y del clero, y, por tanto, ha de trabajar bajo la autoridad de la Iglesia, obedeciendo en todo a los Obispos.

Claramente lo dice el Pontífice Pío XI: “La acción del Apostolado seglar debe ser colaboradora verdadera de la Iglesia, la obra del apostolado no puede tener mejor suerte ni mejores condiciones que la Iglesia misma. Lo cual quiere decir, que la acción apostólica debe mirar siempre a la Iglesia, a sus doctrinas y a sus advertencias”.

“La Acción Católica, dice un ilustre Prelado, no es otra cosa que la aplicación del Evangelio a las necesidades espirituales y corporales del pueblo; a los Obispos y sacerdotes que han recibido de Jesucristo la misión de enseñar y dirigir las almas, incumbe la tarea de predicar la justicia y la caridad”.

Y en la carta al Cardenal Bertram, dice Pío XI: “El apostolado seglar no consiste solamente en atender a la propia perfección, que es lo primero y principal, sino también en un verdadero apostolado en que tienen participación los católicos de todas las clases sociales, unidos con el pensamiento y con la acción en torno de los centros de sana doctrina y de múltiple actividad, legítimamente constituidos como se debe, y, por tanto, ayudados y sostenidos por la autoridad del Obispo.

Y queriendo expresar la compenetración que debe haber entre el clero y los seglares, añade: “A los fieles, unidos de este modo, en cerrado escuadrón, para acudir al llamamiento de la Jerarquía eclesiástica, esta misma sagrada Jerarquía, así como les comunica el mandato, así también los alienta y espolea”. Sobre el distintivo del apostolado seglar, dice: “Al igual que el mandato confiado por Dios a la Iglesia y a su apostolado jerárquico, el Apostolado seglar no ha de llamarse puramente material, sino espiritual; no terreno, sino celestial; no político sino religioso”.

Pero como la acción del sacerdote es insuficiente, la Iglesia tiene necesidad de cooperadores seglares que, fieles a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, y celosos del bien de las almas, se ofrezcan a los representantes de Dios para esparcir la celestial doctrina sobre el mundo. Estos auxiliares deben ser desinteresados y dispuestos al sacrificio; sin esto la labor será estéril e infecunda. Además necesitan pureza de intención, generosidad de espíritu y, sobre todo, unión perfecta de voluntad con los Obispos y sacerdotes, hasta el punto de aceptar sin condiciones, las enseñanzas y ordenaciones de los Romanos Pontífices y las instrucciones de los Obispos.

Su Santidad Pío XI habla de “la feliz necesidad de la entera confianza, de la ilimitada generosidad y firme disciplina; la disciplina es siempre un deber, deber de sentimiento, deber de inteligencia, deber de corazón y de obra”. Toda la milicia necesita jefes, oficiales y soldados. Los jefes del ejército del Apostolado seglar son el Sumo Pontífice y los Obispos; la oficialidad la constituyen el clero secular y regular; y los fieles son los soldados. El jefe supremo es el Romano Pontífice que guiará a todos al puerto de la verdad y de la virtud. Después vienen los Obispos, sucesores legítimos de los Apóstoles, puestos por él Espíritu Santo para regir la Iglesia y conducir a los hombres hacia la consecución de sus destinos eternos; los sacerdotes, y de una manera especialísima los párrocos, “operarios evangélicos y labradores” de la Viña del Señor. Estos son los brazos poderosos de la Iglesia, y bajo su dirección y acción han de militar todos los que quieren ser útiles en el reino de Cristo. Por último, vienen los seglares, que forman las aguerridas huestes de combate, el valeroso ejército de Cristo, sin otra aspiración y sin otros móviles que los de laborar por el restablecimiento del reino universal de Jesucristo en la tierra.

El Apostolado seglar tiene un enemigo formidable y es la vanidad ambiciosa, el deseo de figurar y de escalar altos puestos. Esta desmesurada ambición ha engendrado muchas veces graves discordias, sembrando la división entre los miembros del Apostolado seglar, y acarreando la ruina de tantas empresas evangélicas. El Apóstol seglar necesita una sólida instrucción sobre los dogmas católicos y problemas espirituales. “Requiérese, dijo Pío XI a los dos mil jóvenes italianos presentes en Roma en la clausura de la primera semana de formación, un espíritu práctico que profundice el estudio de la Apologética, un espíritu de piedad que se nutra en la eucaristía, manantial primero de la vida cristiana y un espíritu de fidelidad y disciplina para con la Santa Sede. Debe tener un corazón recto, lleno de amor de Dios y al prójimo, para que pueda desbordar sobre los demás.

“Dadme una docena de Franciscos de Asís, decía Lazzatti en la cámara italiana, y la cuestión social está resuelta”.

El Apóstol seglar debe llevar como lema: “Plegaria, acción, sacrificio”, según la palabra de Pío XI. Debe tener una voluntad resuelta, decidida, forjadora del carácter necesario para afrontar los inmensos sacrificios que impone el cumplimiento * del deber y exhibir a la vista de todo el mundo una vida inmaculada, que se imponga al respeto general, sabiendo sacrificar su comodidad y bienestar en aras del amor de Cristo y a su reinado. Tal es, pues, el verdadero carácter del Apostolado seglar.

4.-FALTAN HOMBRES…- ¿Quiénes defenderán los sagrados intereses de Cristo y de su Iglesia? ¿Quiénes salvarán la vida espiritual de los individuos y de los pueblos? ¡Hombres, hombres, exclamaba el Padre Coubé, vengan hombres que no tenemos!

¿Qué se han hecho los fuertes de Israel? ¿Dónde están aquellos valientes paladines de mejores edades? Héroes de las jornadas gloriosas ¿dónde os habéis escondido? Faltan hombres. .. -ésta es la verdad. En nuestro siglo de progreso material sobran los ferrocarriles, aeroplanos y automóviles, pero faltan hombres… Como Diógenes, podríamos seguir buscándolos con una linterna sin lograr encontrarlos. Faltan hombres de convicciones, de carácter, de propaganda, de apostolado. Esto, de puro sabido debía callarse, pero hay cosas que de puro sabidas, se olvidan. Estamos empeñados en la Acción Católica, en la propaganda, en la defensa de nuestros ideales amenazados como nunca por el enemigo. Para esto necesitamos al hombre-apóstol,” al cruzado de la idea, al propagandista incansable. Al hombre de espíritu cristiano que coloca, por encima de todo lo suyo, el sacrificio, la abnegación, el trabajo, la conciencia de su apostolado. Y todo esto porque la Acción Católica es una acción personal, acción de hombres, de agentes racionales y libres. Y cual sea el agente tal será la acción. Primero hombres, después asociaciones, y antes que hombres, ideas o y principios, convicciones arraigadas y profundas Los hombres pasan, las asociaciones mueren; pero la idea se hace carne y se hace sangre, se hace inteligencia y voluntad, no pasa ni muere. Y esto es precisamente lo que nos falta: hombres de ideas, de convicciones, de principios, de vida cristiana. Sobran los hombres-creyentes pero hay falta absoluta de hombres-apóstoles. Tenemos hombres de fe, pero nos falta el hombres de acción. Hay muchos hombres católicos pero no hay hombres de propaganda. Cada uno vive para sí; cada uno se preocupa de sus negocios; todos se encierran dentro de su egoísmo feroz. Están viendo con sus propios ojos la gravísima situación del mundo. Están convencidos de que es necesario trabajar, que se necesita la acción de todos para defender la religión y detener la ola de anarquía y de desorden que invade todas las instituciones, las sociedades y los pueblos. Ya nada se respeta: ni tradiciones, ni justicia, ni derecho, ni leyes, ni hombres, ni doctrinas. Pero si se llega a la práctica, si Ud. se acerca a ellos, a pedirles su concurso, su trabajo, su dinero, sus actividades, su influencia, se retiran, se acobardan y nada hacen para la defensa, para la propaganda. Están muy ocupados; deben atender sus negocios, su hacienda; pero no sus doctrinas, sus principios, su religión, su prensa, sus obras. Y’ ellos se creen muy buenos católicos, porque van a Misa en ciertas festividades… porque se confiesan una vez al año… Este es el católico que encontramos en todas partes. Y con esta especie de católicos, con esta clase de propagandistas, desde luego tenemos asegurada la derrota y el triunfo de los enemigos. Y el triunfo de los enemigos se explica, precisamente, por la actitud pasiva de esos católicos, porque no ha habido hombres de acción y de propaganda; porque nuestra indiferencia ha entregado el campo al enemigo; porque nada hemos hecho y nuestra falta de acción, de generosidad, de sacrificio ha llevado a la cumbre a los enemigos de Dios y de la Iglesia. ¡Esta es nuestra obra!

No, debemos reaccionar. Esto lo pide la Iglesia por la voz de sus Pontífices; esto lo reclama la necesidad de los tiempos que vivimos y la acción organizada y perseverante de los enemigos. Esa acción debe estimularnos para trabajar en las actividades de la Acción Católica. Alistaos, pues, en las filas del Apostolado seglar. Cristo os llama. ¡Dios lo quiere! Escuchad su voz y seguidle…

El siguiente Capituto es “Necesidad del apostolado”

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