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El conciliario de Accion Catolica, sacerdote Diocesano

EL CONSILIARIO DE ACCIÓN CATÓLICA,

SACERDOTE DIOCESANO

D. Victorio Oliver, Obispo Emérito de la diócesis de Orihuela – Alicante

Ponencia Encuentro de sacerdotes.

El Escorial, 18 de abril de 2006

http://www.redasociativa.org/hoac

 

 

            Estos encuentros de Pascua, en El Escorial, -hay que recordarlo.- tienen ya una larga historia de doce años, historia, que inició brillantemente el bien recordado Cardenal Pironio, amigo nuestro, amigo de la Acción Católica, amigo de la Iglesia, amigo de Jesucristo. Creo que en estos momentos podemos experimentar su presencia, intentando escuchar su voz, que contagiaba entusiasmo por el Apostolado Seglar y muy particularmente por la Acción Católica.

 

            Durante estos años se ha mantenido el encuentro. Se han desarrollado siempre aspectos de la Acción Católica y del sacerdote. Hace algún año, la reflexión se fijó en un campo ampliamente enriquecedor, como es la afirmación, que proviene del Concilio Vaticano II y es ésta: Que el sacerdocio ministerial y el laicado son dos formas de vida, dos vocaciones, que se ordenan la una para la otra, es decir, necesitan y se complementan (Cf LG, 10).

 

            El tema de este año aproxima más a esta reflexión y le pone nombres más concretos, más cercanos: «El consiliario de Acción Católica, sacerdote diocesano».  Es una concreción necesaria y expresiva. Está en el origen de la Acción Católica y forma parte de su historia. Es un caso concreto, existencial y también de carácter teológico de esa referencia y necesidad mutua de las dos vocaciones. Estudiarlo merece la pena.

 

            Estamos viendo que el tema se encadena, por eso, con el tema tratado anteriormente. A esto hay que añadir los objetivos y pretensiones, que se me indican y se me piden para este encuentro. Yo debo tenerlas en cuenta y vosotros debéis conocerlas desde el principio. Son pretensiones, que nacen de la realidad, de lo que se ve y se oye, pero nacen también de la vida de la Iglesia, de lo que la Iglesia Diocesana es.

 

            Lo que pretendo compartir con vosotros es esto:

           

– Confirmar que la Acción Católica ayuda a cualquier sacerdote a ser precisamente diocesano, y, si vive bien su compromiso con la Acción Católica, lo implica comprometidamente con la vida y el proyecto diocesano.

 

-Ser consiliario de Acción Católica reafirma en el sacerdote la nota calificadora, expresiva, subrayada de ser sacerdote de la Diócesis, y así le aumenta su conciencia de diocesaneidad, y, por eso mismo e incluso, de su parroquialidad.

 

-Muchas veces el párroco es consiliario de Acción Católica. Se afirma que mantener estas dos tareas y servicios no rompe la unidad ni la identidad del sacerdote, y ha de entenderse que se unifican y se complementan en él.

 

 

– Hay una última pretensión en esta conversación: clarificar ideas. Releyendo el Concilio, que en tres de sus documentos cita expresamente a la Acción Católica, así como la Christifideles laici, donde la misma Acción Católica es la única asociación de laicos mencionado por su nombre, escuchando también a los Papas Juan Pablo II y antes a Pablo VI, que llegó a decir de la Acción Católica que poseía «una singular forma de ministerialidad eclesial», en alguna ocasión se ha firmado que la Acción Católica es el medio ordinario que puede vertebrar y organizar un laicado maduro en la Diócesis.

 

Ésta no es una apropiación excluyente de otras formas legítimas y necesarias de apostolado seglar. No es una reclamación prepotente, que allane o arrase otros movimientos o asociaciones de seglares. Es el cumplimiento del ser y de la misión de la Acción Católica, si bien se entiende. Este servicio le genera una enorme responsabilidad, y le pide una sincera humildad. Le sacude el cansancio, la rutina o el replegarse sobre sí misma. En todo caso, estas afirmaciones requieren claridad de ideas en el consiliario, conocer el verdadero ser de la Acción Católica y el compromiso de facilitar este camino a la Diócesis y a los laicos. El consiliario lo recorrerá adecuadamente, si su vinculación con el obispo es cada vez más estrecha.

 

De estas pretensiones para el encuentro se desprenden algunos datos y reacciones, o tomas de postura ante la Acción Católica:

 

Primero, que es preciso seguir motivando, diría más, es preciso entusiasmar a los sacerdotes diocesanos. Por este encuentro han pasado ya cientos de sacerdotes en estos años. ¿Qué piensan nuestros sacerdotes de la Acción Católica? Venir al encuentro en esta semana de Pascua supone, además, un esfuerzo serio, que merece reconocimiento y agradecimiento. Pero, ¿qué ocurre después, a la vuelta a la Diócesis? ¿Quién los acoge? Deberíamos dialogar y reflexionar sobre este hecho. ¿O venimos los que ya estamos convencidos? Y no fue éste el motivo más importante para iniciar los encuentros de Pascua.

 

Porque el encuentro nació para dar a conocer la Acción Católica, para llamar a los sacerdotes a apoyarla y a dejarse ayudar de ella, para encontrarse con un excelente medio de ejercer el ministerio y de hacer frente a su responsabilidad pastoral, parroquial, misionera. Desde hace muchos años venimos hablando, por ejemplo, de la Acción Católica y la parroquia.

 

¿Por qué no siguen muchos sacerdotes que han venido? ¿No les convencemos?  ¿Por qué sigue existiendo recelo y desinterés?

 

Se desprende, en segundo lugar, que el acento lo ponemos, y con buena lógica, en el sacerdote. Del binomio, que forma y constituye la Acción Católica, centramos la atención, una vez más,  en el sacerdote diocesano. Queremos hacerle ver que la Acción Católica le ofrece una forma inmediata y unos apoyos serios, unos medios rigurosos, primero, para  ser sacerdote diocesano, pero, además,  para ejercer  con responsabilidad y eclesialidad el ministerio. No quiere decir que otras asociaciones laicales no le presten estas mismas o parecidas ayudas, pero deberá entender que prestar atención a la Acción Católica es un medio extraordinario y ordinario de cumplir su misión.

 

En tercer lugar, se desprende también y en positivo, que la Acción Católica es capaz de generar lo que decimos. No se ofrecen teorías, ideologías, o si se quiere, experiencias ricas de hace cincuenta años, recordadas además con carga de nostalgia en algunos casos y, en otros, con cierto tono despectivo. Por eso, yo agradezco personalmente las dos monografías presentadas. Son de hoy, son de ambiente rural, y, en un caso, de ambiente muy deprimido. La Acción Católica ha afianzado el ser sacerdote, ha reforzado su sentido misionero, eclesial, fuertemente diocesano, ha mantenido su alegría. Su esperanza, su oración, su vinculación cordial al obispo y al presbiterio.

 

Y, por último, debo subrayar que se desprende la necesidad de clarificar el ser de la Iglesia Diocesana, su misterio, y, al mismo tiempo, el ser verdadero y no deformado de la Acción Católica. Y es necesario acoger con gratitud el hecho teológico, que es la Iglesia Diocesana, y en la Iglesia Diocesana, su Obispo, -punto de referencia, medida de eclesialidad-, el presbiterio, la Vida Consagrada y, sobre todo, los laicos y la Acción Católica. Y en la Iglesia Diocesana, aceptar también el compromiso con la comunión y con la misión, con la evangelización, con la confianza y promoción de los seglares.

 

Por eso, en el orden de mi conversación, primero voy a dedicar unos párrafos a la Iglesia Diocesana. Porque el sacerdote, de que se habla en el título, es el sacerdote diocesano y la Acción Católica, General y Especializada, con todos y cada uno de sus Movimientos, es, por su parte,  diocesana.

 

Después os sugeriré las aportaciones de la Acción Católica al sacerdote diocesano para ser más diocesano, como se puede comprobar también en las monografías. El sacerdote diocesano ha de constatar que la Acción Católica lo hace ser más diocesano, reafirma los lazos de comunión con su obispo, con el presbiterio, con el Plan Diocesano de Pastoral, y le proporciona esperanza, sentido hondo a su ministerio y alegría en la misión.

 

En tercer lugar, qué contribución se le pide al sacerdote diocesano.

 

La conclusión es que la A.C. y el sacerdote constituyen una unión creadora de diocesaneidad, de esperanza, de misión.

 

Empiezo por hacer síntesis de los dos testimonios, que hemos escuchado. De ellos también se desprenden los puntos que os he propuesto, de ellos los deduzco. Haber leído previamente y haber escuchado esta mañana estas dos monografías hace que empiece mi reflexión con vosotros, en este encuentro pascual, con una enorme esperanza.

 

Porque no os hablo, en primer lugar, de escritos o de textos de la Acción Católica o sobre ella. La fuente de esta conversación tiene la garantía de la vida. Es cierto que otras asociaciones apostólicas pueden aportar al sacerdote diocesano el aliento y los valores que asegura la Acción Católica. Gracias a Dios no es camino único y excluyente, ya lo he dicho.

 

Estas dos historias sacerdotales afirman con claridad que la Acción Católica ayuda eficazmente al sacerdote, lo primero, a ser sacerdote, y subrayo el ser, a ser sacerdote secular, sacerdote de pueblo o de la ciudad, a amar el sacerdocio hasta la entrega y la disponibilidad liberadora, a dar sentido al esfuerzo, a la contradicción, a las dificultades reales, a la cruz. En las dos historias hay marcas de la cruz. En las dos comunicaciones se comprueba además el gozo y la alegría de ser sacerdote. Y ser sacerdote en el mundo rural desasistido, al que se ama profundamente y con el que se camina cordialmente.

 

En  estos casos, el ser del sacerdote diocesano está marcado por el amor no disimulado a la Diócesis propia, es nuestra «casa», y en ella al obispo que envía y en quien se confía, y, por eso, a todo lo diocesano, empezando por el Plan Diocesano de Pastoral; es más la Acción Católica ha reforzado el compromiso de participar en ello y de animar a hacerlo. Todo se deshilvana sin la comunión con la Diócesis y con la Iglesia, con los laicos, y en los dos testimonios ha reforzado la comunión en el presbiterio diocesano.

 

La Acción Católica les ha enraizado también en su ambiente, no los saca de él, les hace acompañantes cercanos y les ha proporcionado un método de trabajo pastoral y de formación responsable. Se habla de la revisión de vida en grupo, ha enseñado a mirar al mundo con la mirada de Dios y mirar desde esa perspectiva la propia vida, así como a ver nacer el Reino de Jesús, aunque sea en pequeñas matas de esperanza.

 

En las dos monografías, se declara un recurso repetido, buscado y necesario y es la oración, el recuerdo vivo de Dios Padre y del Espíritu Santo, es un canto a la gracia. Señalan también los dos testimonios que el camino tiene repechos e incomprensiones, los dos hacen una alusión clara y al mismo tiempo llena de afecto, a los compañeros sacerdotes, motivo también de nuestra preocupación e interés. Y, por último, hay una convicción compartida: Merece la pena ser consiliario. Da madurez en el ministerio. Es motivo de acción de gracias a Dios, a la Iglesia. Es un privilegio ser consiliario.

 

Todo esto acontece hoy. Así lo viven dos sacerdotes. No son los únicos. Entendéis que den esperanza al momento de hablaros y aumenten mis convencimientos. Estamos hablando de la vida sacerdotal que la Acción Católica ha ayudado a nacer en un caso y en los dos la ha fortalecido, la ha asegurado, le ha dado sentido pleno. La Acción Católica ayuda poderosamente a salvar de la inercia, del pesimismo, el ministerio sacerdotal.

 

Muchas gracias. Más que mis palabras valen estas comunicaciones sinceras.

 

            Dos notas previas para terminar esta introducción. La primera es que tanto en la preparación de esta conversación como en el desarrollo del tema he jugado deliberadamente con el sujeto y el predicado del enunciado. A veces el consiliario es sujeto de la oración y otras veces es el predicado, como cuando me surgía que el «sacerdote diocesano es consiliario de Acción Católica», como una consecuencia lógica. No os extrañe, por eso, que vaya cambiando el sujeto y el predicado.

 

            La segunda nota: Se me pidió hablar de la Acción Católica y el sacerdote diocesano. No oculto que he puesto énfasis en hablar de la Acción Católica. Un acento que considero fundado. Pero no se me entendería bien, si sonaran mis afirmaciones o expresiones a exclusivismo o monopolio de la Acción Católica. Primero, porque al Espíritu Santo nadie puede atarle sus manos creadoras. Y, segundo, si la Acción Católica es diocesana, es la Diócesis la que discierne, acoge y recibe con gozo las manifestaciones del Espíritu. De igual modo, la Acción Católica da gracias al Señor, de corazón, por las presencias legítimas del apostolado seglar, las quiere ayudar y, desde luego, no las mira como adversarios o competidores. Así se expresa la Acción Católica, si es fiel a su ser y a su misión en la Iglesia diocesana. Espero que haga entender.

 

            Que el mismo Espíritu Santo me ayude.

 

 

1-         La Diócesis

 

En el tema que tratamos y en la reflexión que me ha sugerido, entra con necesidad el detenernos en la Diócesis, conocerla por dentro, es decir, adentrarnos en su realidad y en su misterio.

 

Ya lo he insinuado. Sois sacerdotes diocesanos y, en este caso, el adjetivo adquiere relevancia, es definidor. En realidad, todos los presbíteros son diocesanos en el sentido de que pertenecen al único presbiterio que en cada diócesis existe, en torno a su Obispo. (Cf CD, 34)

 

Por otra parte, como ya he dicho, en el ser de la Acción Católica entra también la diocesaneidad. Los laicos de la Acción Católica General y Especializada, en cualquiera de sus Movimientos, son cristianos diocesanos. La Diócesis, por tanto, une de muchos modos al sacerdote y a la Acción Católica. Y es clave fundamental en este tema. Es matriz, es fuente, es explicación, es camino, es final.

 

 

Por eso, a todos nos interesa no sólo aclarar, sino, sobre todo, vivir este acontecimiento salvador, que es la Iglesia Diocesana.

 

No voy a entrar en el debate sobre el nombre. En los diálogos durante las sesiones del Concilio y en sus documentos, el Concilio fluctúa, como sabéis, con los nombres de «Iglesia local» y de «Iglesia particular», señalando las limitaciones que cada adjetivo implica. Vamos a quedarnos con el título del capítulo II de Christus Dominus. Se inscribe así: «Los Obispos en relación con las Iglesias particulares o Diócesis». Este decreto se aprueba el 28 de octubre de 1965, en la etapa final del Concilio y a poco más de un mes de su clausura.

 

Al hablar de la diócesis, dejadme empezar por consignar y clasificar algunas posturas equívocas y, por eso, clarificadoras de lo que no es la Diócesis:

 

Una, la diócesis entendida como organización, sobre todo jurídica, establecida por el Derecho Canónico, con el fin de facilitar la administración, el buen orden, la asistencia pastoral. La Diócesis se entiende como una instancia intermedia, de carácter, sobre todo, administrativo, en la que el obispo es un delegado del Papa.

 

Con otro matiz, en segundo lugar, se entiende la Iglesia Universal como una pirámide, como una multinacional, una sociedad perfecta de la que la Iglesia particular es sencillamente una sucursal.

 

Existen los que manifiestan una clara desafección a la Iglesia y también a la Iglesia Diocesana. La expresión más dura y contundente fue: «Cristo, sí; la Iglesia, no». En tono más bajo se da la estimación de que la  Iglesia en general y también la Diócesis es un estorbo, es un montaje, un medio de ejercer el poder. La Iglesia verdadera se vive en la pequeña comunidad, en la experiencia cálida del pequeño grupo. El texto que suele servir de apoyo es del Mateo 18,20: «Donde dos o tres estéis reunidos en mi nombre…»

 

Otros viven una situación generalizada y un hecho que se repite. Son los cristianos que dan a entender que la Iglesia es su parroquia, su asociación o, si queréis, su Congregación religiosa. A la Diócesis se acude para solicitar permisos o para cuestiones de administración, como decía.

 

En el otro extremo están los que mantienen una relación exclusiva con la Iglesia universal, institución mundial, que preside el Papa.

 

Así, en estos casos, la Iglesia Diocesana se pierde, se vive sin ella, y a ella se acude, estoy repitiendo, para solicitar un permiso o un servicio. De este modo se confunde la Diócesis con la curia o con el obispado.

 

En resumen, para unos hay una reducción hacia abajo, hacia el grupo pequeño, aunque sea la parroquia, para otros es una sublimación hacia arriba, al margen de la Diócesis y por encima de ella. Todos expresan, de algún modo, desafección hacia la Diócesis, prescinden de ella. El fenómeno no siempre es beligerante. Y en todos está oscuro el ser luminoso y espléndido, el acontecimiento salvador, que es la Iglesia particular, nuestra Diócesis, para cada uno de nosotros.

 

Escuchad algunos testimonios:

 

«Debes saber que el obispo está en la Iglesia y que la Iglesia está en el obispo, y que si alguno no está con el obispo, no está con la Iglesia, y en vano se lisonjean aquellos que no tiene paz con los obispos de Dios y se introducen y a ocultas creen comunicar con algunos, cuando la Iglesia católica es una, no está dividida ni partida, sino está bien trabada y coherente con el vínculo de los obispos entre sí». El testimonio es de San Cipriano. (Cf Bernardo Álvarez Afonso,  La Iglesia Diocesana)

 

«Las comunidades eclesiales de base serán un lugar de evangelización, en beneficio de las comunidades más grandes, especialmente de las Iglesias particulares, y serán esperanza para la Iglesia Universal, si…permanecen fielmente adheridas a la Iglesia particular en la cual se desarrollan, y a la Iglesia universal, evitando el peligro –desgraciadamente real- de aislarse en sí mismas, de creerse la única auténtica Iglesia de Cristo, anatematizando a las otras comunidades eclesiales».  (EN 58)

 

«Con frecuencia vemos que el reconocimiento y la práctica de la eclesialidad tienen entre nosotros deficiencias preocupantes. Hay quienes se presentan como muy devotos del Papa, pero prescinden de la presidencia efectiva de su obispo respectivo en comunión con el Papa y con la Iglesia universal». (Testigos del Dios vivo, 39)

 

«Es útil recordar que, a la hora de coordinar el servicio que se presta a la Iglesia universal y a la Iglesia particular, los Institutos no pueden invocar la justa autonomía o incluso la exención de que gozan muchos de ellos, con el fin de justificar decisiones que, de hecho, contrastan con las exigencias de la comunión orgánica, requerida por una sana vida eclesial. Es preciso, por el contrario, que las iniciativas pastorales de las personas consagradas sean decididas y actuadas en el contexto de un diálogo abierto y cordial entre Obispos y Superiores de los diversos Institutos»  (VC 49b)

 

Sería largo, aunque provechoso, recoger la enseñanza repetida del Papa Juan Pablo II, sobre la Acción Católica y sobre su insistencia clara en reclamar el sentido diocesano de todos los Movimientos Apostólicos.

 

            Para presentar de forma positiva a la Iglesia Diocesana en este encuentro, y en la medida en que sea necesario, me remito al número 11 del decreto Christus Dominus. La definición de Iglesia Diocesana, que se ofrece en él, está muy lejos de reducirla a un sistema organizativo, administrativo o ejecutivo y de poder.

 

            La Diócesis, leyendo las entrañas de este número y recordando el arranque de la Constitución conciliar Lumen gentium, es, ante todo un acontecimiento de salvación. Puede ser una traducción de misterio, como se presenta a la Iglesia. La Iglesia, plantada en una tierra definida y concreta, es un instrumento de Dios, instrumento de salvación. En ella de modo permanente se está realizando la salvación de Jesucristo. Es señal visible, es signo, es ciudad en el monte, es sacramento, es anuncio de liberación, es anuncio hoy, para unos hombres concretos.

 

            Os recuerdo seis elementos que constituyen la Iglesia Diocesana, como se expresan en el número indicado, que conocéis.

 

1.- Es una porción del entero pueblo de Dios.

2.- El Espíritu Santo la funda, la fundamenta, la edifica.

3.- En  ella el Evangelio es fuerza de salvación.

4.- Vive de la Eucaristía, que la hace Iglesia, así como ella hace la Eucaristía.

5.- El obispo es ministro de Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia, y con el obispo la ayuda inestimable de los presbíteros.

6.- Finalmente, en la Iglesia Diocesana se encuentra y opera la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica.

(Cf Bernardo Álvarez, La Iglesia Diocesana)

 

            Como recordáis y veis, la Diócesis es una imagen de la Iglesia universal, así se refiere en el número 23 de LG. Por eso es, sobre todo, misterio, acontecimiento salvador. ¡Que lejos queda y qué raro suena a los oídos finos de un creyente hablar de sistema de poder, de órgano de control, de oficina de servicios y permisos! Lo digo de la Iglesia Diocesana, porque, «¿dónde existe la Iglesia? Primordialmente en las Iglesias particulares, en la diócesis».  Así se pregunta y de este modo responde Mons. Ricardo Blázquez. (La Iglesia local, en Iglesia del Vaticano II, Salamanca, 1988, Pág. 12)

 

            No es de extrañar que en la Christifideles laici ( nº 25), cuando el Papa alienta a los laicos a participar en la vida de la Iglesia, coloca como primera expresión, y además necesaria, la participación en la vida y misión de las Iglesias particulares, las diócesis, y lo justifica apelando a Christus Dominus 11.

 

            Y fijaos bien que la participación en la vida de la Diócesis, en ese número citado, la antepone el Papa a la colaboración en la parroquia. Lo primero es la Diócesis. Esto exige de los laicos que posean una visión clara de la Iglesia particular y en concreto en su relación con la Iglesia universal.

 

Por eso también, es claro el aliento que ofrece el Papa a los laicos para que cultiven constantemente el sentido de la diócesis, de la cual la parroquia es como una célula, así la llama, así como les pide que estén siempre dispuestos, cuando sean requeridos por su Pastor, a unir sus propias fuerzas a las iniciativas diocesanas. Aquí, en estas palabras, podéis descubrir resonancias muy concretas para la Acción Católica.

 

Todo eso lo encontraréis en ChL, como decía, en el número 25, citando a LG 23 y AA 10.

 

Es cierto que el Papa, con la cita de AA, recuerda, además, la perspectiva universal y el necesario horizonte misionero, que por sí misma proporciona y ha de promocionar la Iglesia diocesana. Y, en este punto, brevemente y con interés he de insistir. La Iglesia diocesana no es una isla. Se hace cada día de la comunión con su  Señor y de la comunión con las Iglesias. El Espíritu Santo asegura esta relación necesaria y vivida. La Iglesia diocesana ha de dar su mano a otras Iglesias, así como ha de acoger la mano de las Diócesis hermanas. De esta cualidad participa de modo directo la Acción Católica.

 

En ella tiene esta expresión su organización también supradiocesana. Así, por una parte señala y recuerda a la Iglesia diocesana la necesaria comunión con otras Iglesias, y, por otra parte, desde su organización supradiocesana, aceptada en los Estatutos, sirve de corazón a la Iglesia particular.

 

            En esta Iglesia diocesana hemos nacido, de su matriz generosa hemos sido hechos hijos de Dios, de su familia. Es madre, es también maestra. Nos deletrea, si es preciso, la Palabra de Dios. Es casa de familia, es nudo de comunión, es fuego de misión. Es Jesucristo con nosotros salvando al hombre, esa epopeya gigantesca, que culminó en la Pascua y en Pentecostés para siempre.

 

            De esta Iglesia diocesana, ante todo, damos gracias a Dios. La vivimos como un don, como una suerte, es anterior a nosotros. Y, como todo lo de Dios, además de gracia, es igualmente tarea, a la que somos llamados, porque Dios cuenta  con nosotros.

 

            A esta Iglesia pertenece el anuncio del Evangelio, que sigue siendo hoy fuerza salvadora, regeneradora. Pertenece la Eucaristía y los sacramentos, verdaderos acontecimientos de salvación. Y pertenece, como elemento esencial, el ejercicio organizado de la caridad. Esta la manifestación vigorosa y lúcida del Papa Benedicto XVI  en su carta Deus caritas est.

 

            Es verdad también que la Iglesia diocesana hace referencia a una geografía concreta, está plantada en un campo y territorio definido, como nombre propio, querido. Es local. Este dato geográfico e histórico configura y enraíza a la Iglesia diocesana y, por eso mismo, a la Acción Católica.

 

            Y es verdad también que la Iglesia diocesana necesita una organización, que sea servicio a la misión, no para ahogarla y sí para expresar la comunión.

 

            Al servicio de esta Iglesia está con todo su corazón el sacerdote diocesano. Ella lo llamó, le dio el ser sacerdote y confió en él. De ella vive, de ella recibe el tono espiritual, ella le marca las raíces de su vida. Para ella vive, con ella vive.

 

            Y, al servicio de esta misma Iglesia está la Acción Católica, con cada Movimiento de ella, como compromiso único, con actitud de disponibilidad, en clima hondo de comunión.

 

            En la Iglesia diocesana están unidos y por muchos lazos el sacerdote diocesano y la Acción Católica, que la integran laicos que son sólo diocesanos.

 

            Me parecía necesaria esta referencia, un poco reposada, pero inacabada, a la Iglesia diocesana, y más que nada revivirla, porque origina y une las dos vocaciones, del sacerdote diocesano y del laico de Acción Católica, y da sentido al tema de esta conversación. Revivirla, además, es recrear el clima de Pascua, que estamos celebrando.

 

 

2.-        Qué aporta la Acción Católica al sacerdote diocesano

 

            En las cosas de Dios, lo primero es considerar y reconocer el don, no es correcto empezar por la exigencia. Primero es siempre la gracia, la iniciativa de Dios, la oferta de Dios, así el compromiso surge de forma como espontánea, la respuesta nace de dentro, cuando se ha acogido el don y se lo valora.

 

            Si un sacerdote comprendiera qué es la Acción Católica en la Diócesis, la respuesta normal sería: «A esta asociación yo la sirvo de corazón». Éste es mi argumento y entiendo que nace del engarce hondo del sacerdote diocesano, de su ser y de su ministerio con el ser y el servicio de la Acción Católica.

 

            ¿Qué aporta la Acción Católica? Su aportación no es, sobre todo, una vinculación a la persona del sacerdote, sino una colaboración en la misión común, percibida desde la misma perspectiva diocesana. La misión de la Iglesia diocesana es asumida responsable y necesariamente por las dos vocaciones singulares: el servicio ministerial del sacerdote diocesano y el laico de Acción Católica,  que es igualmente un laico simplemente diocesano.

 

            Enumero un breve elenco de aportaciones. Me han  servido las Bases Generales y los Estatutos de la Federación de Movimientos de Acción Católica (noviembre, 1993), su historia y también abundantemente, como os he dicho, la lectura de las monografías, que hemos escuchado y que me hacen ver y comprobar una gozosa expresión de vida.

 

1.-  A la Iglesia Diocesana y al sacerdote y párroco ofrece la Acción Católica un grupo de seglares. La Acción Católica es obra de laicos, colaboradores con la Iglesia diocesana en su fin general y en los objetivos concretos. Son, por tanto, también colaboradores convencidos de la parroquia, que está considerada como célula necesaria y primera concreción de la Iglesia diocesana.

 

2.-  Estos laicos están seriamente preparados, han seguido un proceso de formación fundamental y específica. Sienten como necesidad la preparación integral, que abarca su fe, su seguimiento de Jesús, su responsabilidad apostólica, cívica y social. Son seglares organizados, como propuesta recomendada y avalada por el mismo Concilio. Así lo vivieron desde su nacimiento. Dentro de su organización reclaman el ser responsables y protagonistas, como exigencias de su bautismo y de su confirmación, reconocidas y pedidas por la Iglesia, porque ellos son también la Iglesia.

 

3.- Estos seglares ponen al servicio de la Diócesis y de la comunidad parroquial su organización apostólica, y con ella una metodología de formación y de acción, ampliamente contrastada en la historia del movimiento, y reconocida también por la Iglesia. (Mater et Magistra, 236).

 

4.- La Acción Católica ha de llevar a la comunidad, al presbítero, al párroco, la vida concreta de la gente, sus dolores y sus esperanzas de hoy, la carencia de valores o de sentido religioso y, al mismo tiempo, tienen el compromiso admitido de llevar al barrio, al mundo obrero, a los jóvenes y a los niños el mensaje fresco y liberador de Jesucristo.

 

5.-  Ofrecen una larga historia de servicio a la Iglesia. Es casi centenaria la Acción Católica, mereció dejar su nombre escrito en los documentos del Concilio (Cf. CD, 17; AA, 20 entero; AG, 15) y en ChL, 31. Hago notar, como ya dije, que es la única asociación de fieles que se cita por su nombre en todo el documento del Papa. Es una historia de cercanía a la Iglesia y de fidelidad. Ha sufrido también el desconcierto, el desmantelamiento de sus movimientos, la tentación del secularismo, en momentos no acertó a mantener el equilibrio de su doble y nada fácil fidelidad. La prueba fue muy dura. Siguiendo la imagen bíblica, quedó el ‘resto’, aguantó la tormenta, entendió su purificación.

 

            Hoy necesita respirar hondo, ponerse a ser ella misma, necesita coraje. Para el vino nuevo se la ha dotado de odres nuevos. Se puede presentar confiada. Ha de dejar salir su buena esencia. Recoger esta historia, también en su época muy dolorosa, le lleva a sentir y aceptar su pobreza actual, que en modo alguno es comparable al complejo o a la victimación. Sólo pide el privilegio de servir a Jesucristo y al Evangelio. En su seno hay vida, debe seguir engendrando hijos e hijas y deberá ofrecerlos a la Iglesia. Quiero decir que su historia de triunfos y de fracasos contiene la experiencia, también de cruz, que el Señor ha ido haciendo en ella y con ella. Esta vida la pone al servicio del momento actual. Es una historia  muy cercana a la historia de la Iglesia.

 

6.-  Estos laicos de la Iglesia diocesana van a enmarcar el servicio pastoral del sacerdote diocesano, le van a definir los ámbitos más específicos de su ministerio y le acotarán los campos de su dedicación necesaria e insustituible. Lo hemos afirmado en otros momentos y, tal vez, es bueno repetirnos que la hora de los laicos es la hora de los sacerdotes. ¿No lo veis así?

 

            Junto a esto, romperán la soledad temida del sacerdote, comparten con él el testimonio de su seguimiento de Cristo en un mundo áspero y duro y proporcionan motivos para el esfuerzo y para la esperanza. Ellos contribuyen a crear con el sacerdote un clima de fe, reclaman los sacramentos y necesitan la oración.

 

7.-  En las monografías estas afirmaciones tienen el contraste de la vida y de lo verdadero. Y me alegra referirlo y subrayarlo. La Acción Católica ha servido al cultivo de la vocación sacerdotal, la ha mantenido como respuesta viva y consciente, la Acción Católica toca el ser del sacerdote. Y de esto es importante dejar constancia. No es un suplemento o adhesivo para su hacer, sino que lo confirma en su ser. Los dos sacerdotes manifiestan, como conclusión, que es un verdadero privilegio ser consiliario de Acción Católica. Es cierto que la Acción Católica aporta sentido al ser del sacerdote diocesano y lo centra, por eso,  en su mismo ser y en su misión en la Iglesia.

 

8.- Pero, ¿dónde está la Acción Católica?, me han preguntado en más de una ocasión. ¿La veis, la notáis? Está aquí. Sois los militantes y los consiliarios de todos los Movimientos, los generales y los especializados. Habéis de agradecer la confianza que los obispos pusieron en vosotros. Os esperamos.

 

            Dadnos el nuevo vino. Dejad correr la fuerza que dentro ha puesto el Espíritu Santo. Es un torrente, que viene de lejos. Sed la Acción Católica de la Iglesia Diocesana para este siglo XXI, porque es muy urgente salir a evangelizar por todos los caminos, escaleras, barrios, fábricas y calles. Agrupaos fuertemente todos los Movimientos de la Acción Católica. No hagáis aduanas en la casa de ella.

 

            Con los que se reconocen pobres, Jesús hace proezas: así cantó la Virgen María. No perdáis más tiempo en vanas cuestiones domésticas. Os necesitamos con fe, con ilusión, con esperanza, en comunión, con vuestra pobreza. Una honda de pastor es más fuerte que una coraza de bronce. Algo así necesitan las parroquias de la ciudad y vemos que las de los pueblos lo acogen y lo entienden.

 

 

3.-  Qué pide al sacerdote diocesano la Acción Católica

 

            Nacida en la misma matriz y seno, que el sacerdote diocesano, criada para apostar por el fin general de la Iglesia Diocesana, la Acción Católica le pide al sacerdote diocesano, que sea acompañante suyo en los caminos de la evangelización. Le pide su ayuda. Que sea su consiliario. Por hacer igualmente un listado de peticiones, consigno sólo algunas, que van anejas al trabajo y responsabilidad del consiliario.

 

1.-  Una primera petición que formula la Acción Católica a cualquier sacerdote diocesano es que se aproxime a conocerla hoy y que no viva con el recuerdo de modelos superados del pasado. Que se detenga y tome tiempo para conocerla de cerca.

 

            Como punto de referencia copio un número del CLIM (nov. 1991) Es el 95. «… la Christifideles laici sólo cita de forma explícita la “Acción Católica”. Esta particular referencia concreta no debe extrañar, ya que la Acción Católica, de acuerdo con la doctrina de las cuatro notas, no es una asociación más, sino que en sus diversas realizaciones –aunque pueda ser sin estas siglas concretas- tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de “los laicos de la diócesis”, como organismo  que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana. Con razón, Pablo VI inicialmente y últimamente y con frecuencia Juan Pablo II han calificado la Acción Católica como “una singular forma de ministerialidad eclesial”». Y se podrían recoger las abundantes referencias a ella en los escritos de estos Papas.

 

            Conocer la Acción Católica supone tener en las manos las Bases y Estatutos aprobados por la Conferencia Episcopal en Asamblea Plenaria y después de rigurosos debates y diálogos amplios. Fue el año 1993. Acercarse a conocerla de primera mano es un derecho y es deber del sacerdote diocesano.

 

2.-  La Acción Católica le pide al consiliario que le ayude a ser la Acción Católica, que ha nacido en la Iglesia, ha crecido en ella, vive para ella. A ser y también a vivir y realizar hoy su misión necesaria.

 

3.-  Le pide que le acompañe a ser, decía, porque sin la presencia del sacerdote no existe la Acción Católica. Un grupo de Acción Católica, por supuesto con el consiliario, es una imagen en pequeño de la Iglesia diocesana. La presencia del sacerdote, haciendo el camino junto a los laicos, no es por considerarlos como menores de edad, sino porque no es Acción Católica sin el sacerdote.

 

4.-  Porque el sacerdote le asegura la Eucaristía y los sacramentos, le parte el pan de la Palabra, ora la Palabra y con ella confronta su actividad en la revisión de vida, el sacerdote consiliario asegura el acompañamiento comunitario y personal de sus miembros, hace el camino con ellos, con ellos aguanta el sol, el frío o el calor ardiente de las arenas del desierto y las muchas esperanzas, el consiliario garantiza a la Acción Católica la cercanía del obispo, presencia necesaria para ser Acción Católica. Sin obispo no hay Acción Católica. El consiliario, por eso, es otro nudo fuerte que une a la Acción Católica con el ser y la misión de la Iglesia diocesana, de su proyecto pastoral, que es el proyecto primario de la Acción Católica.

 

5.-  Otra petición es que la anime a ejercer de adulta en la Iglesia diocesana, a aceptar su responsabilidad, que lleva consigo el esfuerzo por evangelizar y hacerlo con gozo, y lleva consigo el aguante necesario del misionero maduro, y la formación continuada y el mantener la comunión con la Iglesia y con los otros Movimiento de la misma Acción Católica o de la Iglesia.

 

6.-  Es cierto que al mismo sacerdote le pide amor, esfuerzo, paciente dedicación, cercanía, esperanza. Es más, en algunas ocasiones se le pedirá al sacerdote que él mismo sea el iniciador de la Acción Católica, y la haga nacer, porque ha comprobado su necesidad.

 

            Algo así está pidiendo la Acción Católica al sacerdote  diocesano. No pide privilegios, sino trabajo. ¿No le dará el sacerdote su apoyo, su acompañamiento, cuando es impresionante lo que es y lo que ofrece a la vida de la Iglesia diocesana?

 

4.-  Conclusión

 

            La conclusión de mi reflexión, avalada también por las monografías, es que ser consiliario en la Acción Católica es un modo extraordinario de servir a la Iglesia diocesana. Ser párroco o vicario no agota las posibilidades de ser sacerdote y de ejercer el ministerio sacerdotal en la Diócesis o en la parroquia. Así está recogido en documentos de la Iglesia. Es más, ser consiliario anuda al ser diocesano, aporta a la parroquia esperanza, refuerza el compromiso evangelizador, es respuesta adecuada y actual a la responsabilidad misionera.

 

            Terminaba el apartado anterior hablando también de la necesidad de acoger y tomar en serio a la Acción Católica. Muchas veces hemos recordado que hubo un momento en que la Iglesia en España pidió para las parroquias la ayuda de los Movimientos y, por supuesto, de la Acción Católica para realizar y cumplir su misión evangelizadora. Se hablaba de la  Parroquia evangelizadora. Esta voz se escuchó hace años. ¿Qué ha hecho, desde entonces, la parroquia?, ¿qué ha hecho la Acción Católica?

 

            En estos años, además, nuestra sociedad está sufriendo un vuelco impresionante, que afecta de lleno a la misión de la Iglesia. Crece el desierto. Fuentes fecundas en otros tiempos hoy están secas. Han sido demolidos muchos valores. ¿Quién se acerca con esperanza y con dolor también a las familias, a los jóvenes, al mundo obrero, a los mismos niños? La tentación de replegarse es permanente o la declaración de impotencia. La parroquia necesita esta inyección de valor y coraje, que han de llevar a hombros sobre todo los seglares.

 

            Quiero preguntarle a la Acción Católica si está oyendo este clamor. Y es que, a veces, ni el clamor existe.

 

            Me atrevo a afirmar que es la hora de la Acción Católica y a decirlo con voz clara, una vez más. Las monografías lo confirman. Esta situación, que ha colocado en muchas partes a la Iglesia en situación de pobreza, reclama fe, mucho ardor, horas de oración. Invocar el Nombre del Señor y en ese mismo Nombre salir a la ciudad, a los pueblos, por los caminos de los hombres, decía Jesús. Reclama lucidez de visión teológica del ser y la misión de la Iglesia. Lo primero, acaba de decir el Papa, es amar, amar con la mirada de Cristo. Es la respuesta de Dios a un mundo indiferente, desafiante, hostil, constructor de nuevas babeles y de imponentes becerros de oro.

 

            Es hora de amar intensamente a la Iglesia diocesana y quien bien la ama no se encierra en cómodas mesas camilla, sino que le urge la pasión por evangelizar. Está reclamando, ¿no lo veis?, sacerdotes y laicos unidos en la misma misión, con un testimonio contrastado, capaces con la gracia de cargar también con la cruz.

 

            Os estoy hablando de algo enormemente serio y en nada os es desconocido. Os estoy hablando de la Iglesia que ama. Os estoy describiendo de nuevo a la Acción Católica. No os hablo de teorías. Ahí están los Estatutos de la Acción Católica, que redactamos unidos los obispos y los movimientos de Acción Católica, que sancionó la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, y tienen todo el vigor de esta aprobación.

 

            Si esto es así, no dejo de preguntarme, por qué sigue existiendo el recelo en tantos sacerdotes o el desinterés. Las mismas monografías recogen este dato con el dolor de algo que escuece. ¿Qué razones se dan?  ¿Qué está haciendo por responder adecuadamente la Acción Católica?

 

            Le pido fuertemente al Señor que despertemos todos. El sacerdote diocesano, el párroco y los vicarios han de ver la mano amiga de la Acción Católica y tener la experiencia de que es una unión fecunda. Es una responsabilidad no asumir el proyecto y la experiencia que tiene en su vida evangelizadora la Acción Católica.

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Categorías:Accion Catolica
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