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Amor con dimensión social en la Biblia

Amor con dimensión social en la Biblia

Camilo Maccise, revista Horizontes # 20, México

 

A la luz de la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se habla de la conexión que existe entre la experiencia de Dios y el amor a los demás. Los profetas expresan de muchas maneras esta experiencia de Dios en el amor al prójimo. Llaman a esto “conocimiento de Yahvé”. En él se manifiesta una relación existencial con Dios, que compromete profundamente con el prójimo. “Conocer a Yahvé” es “juzgar la causa del humillado y del pobre” (Jeremías 22,16). Miqueas resume las consecuencias de la auténtica experiencia de Dios, cuando escribe: “Te he explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti: simplemente que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios” (Miqueas 6,8). Esto es lo que ellos llaman “religión interior” o “religión auténtica”. En la práctica de la justicia, del derecho, de la misericordia el ser humano se encuentra con Dios y llega a tener una auténtica experiencia mística. Junto con la fe, éste es el fundamento de la verdadera religión y espiritualidad. En ella no hay lugar para falsas experiencias de Dios en el formalismo y en el ritualismo que pretenden tranquilizar la conciencia. La verdadera experiencia de Dios está hecha de la integración de la fe en Dios con el amor al prójimo (ver Jeremías 9,22-23).

 

La misma doctrina aparece en el Nuevo Testamento. De manera particular el evangelista S. Juan parte de una profunda experiencia de lo que es la comunión con Dios en la interioridad expresada en la comunión fraterna. Para ver si existe una real apertura al Dios trascendente y manifestado en Cristo basta examinar si se manifiesta en el amor a los demás. Si no, se trata sólo de una experiencia imaginada o vacía de contenido real (ver Juan 3,16; 1 carta de Juan 4,11-20).

 

El experimentar a Dios en la interioridad trae también consigo una invitación a cambiar la historia. Hay que luchar por una sociedad basada en el derecho y la justicia (Jeremías 21,11-22,4). El amor hacia el prójimo posee una dimensión histórica, que se debe concretizar en la acción exigida por las nuevas circunstancias siempre cambiantes.

 

Hoy se requieren nuevas mediaciones que den al amor cristiano la eficacia que le falta en ocasiones: exigencias como la no-violencia cristiana, la protección del ambiente, la planificación responsable de la familia, la prevención sanitaria; la responsabilidad política y otras, pueden tener, por lo menos, tanta importancia como los preceptos particulares, que anteriormente eran considerados y predicados como el contenido del amor al prójimo.

 

Las mismas obras de misericordia, enumeradas en el texto de Mateo, en el que se describe el juicio final (Mateo 25, 31-46), deben ser interpretadas, en la misión evangelizadora, también desde una visión social. Dar de comer y beber al necesitado significa colaborar para que en la sociedad se creen fuentes de trabajo y estructuras que permitan a todos, a través de una retribución digna, satisfacer estas necesidades ‘elementales de la persona humana. Visitar al enfermo implicaría trabajar para que nadie carezca de seguridad social y médica. Preocuparse de quien está en la cárcel, debe llevar a la denuncia de la violación de los derechos humanos de los prisioneros, de las torturas que se les infligen, de los arrestos arbitrarios.

Es interesante constatar hasta qué grado la gente sencilla ha comprendido, a partir de experiencias místicas, que tiene sin darse cuenta cabal, lo que el Dios-Amor le esta pidiendo como exigencia. Percibe a Cristo, cercano a nosotros presente en cada ser humano que “quiso identificarse con particular ternura con los mas débiles y pobres”.

 

A la luz de las palabras de Jesús en Mateo 25, 31-46 han reconocido en los pobres y marginados los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela y que recientemente la Conferencia de Aparecida ha enumerado: comunidades indígenas y afro-descendientes, jóvenes sin oportunidades, desempleados; migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, millones de personas y de familias que viven en la miseria, quienes dependen de las drogas, las personas con discapacidad, portadores del VIH, enfermos de Sida, víctimas del terrorismo, de conflictos armados y de inseguridad ciudadana.[1] La imagen de Dios en estas personas que sufren está ofuscada y ultrajada. Dios sufre en ellos y, a partir de la experiencia mística invita a una conversión y a anunciar su sufrimiento para evangelizar a todos, invitándolos a un compromiso de auténtica solidaridad con dimensiones sociales.


[1] Cf CONFERENCIA DE APARECIDA, Documento provisional # 65

 

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