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Teologia del laicado

 1. IGLESIA PUEBLO DE DIOS              En el Antiguo Testamento se nos presenta la Historia de la Salvación protagonizada no por individuos aislados, sino por un pueblo, el Pueblo de Dios. Se trata de un pueblo muchas veces anónimo, pero que está siempre presente a través de la vida, las luchas, los acontecimientos que nos narra la Biblia. Pero este pueblo, además, no es un pueblo cualquiera, sino un pueblo creado, elegido y llamado por Dios mismo. Un pueblo que no se funda por motivos culturales, genéticos, ni siquiera religiosos, sino que nace a partir de un proyecto político, de una propuesta histórica. El Éxodo, proceso de liberación de un conjunto de tribus esclavas en Egipto, va a ser el acontecimiento fundacional del pueblo de Israel. Una vez inmerso en este proceso, el pueblo descubrirá que era precisamente Dios quien los invitaba a realizarlo, quien los llamaba a hacerlo realidad, que era voluntad de Dios que saliesen de la esclavitud para comenzar una historia nueva. “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo” (Ex 6,7) va a ser el paradigma de este pueblo. Dios se elige un pueblo esclavo, lo atiende en el sufrimiento, lo anima para que enfrente su realidad y emprenda la aventura de la libertad y lo acompaña en esta empresa.             Dios libera a este pueblo para establecer un pacto, una alianza en la que Él mismo se entrega, se da. A cambio Israel tendrá que ser un “pueblo de sacerdotes”, consagrado para una misión (Ex 19,5-6). Dios no se elige este pueblo para sí, sino para ser testigo de lo que han vivido. Israel ha experimentado cómo es Dios, lo ha descubierto dentro de su propia historia, animándola, empujándola hacia la libertad (porque Dios quiere hombres libres, porque el amor genera libertad). Ahora Israel es invitado a ser como Dios es para con los demás pueblos, para que toda la humanidad descubra a este Dios cercano, comprometido, que nos llama a la verdadera humanidad, a la “dignidad y libertad de los hijos de Dios”.             En el momento preciso de la historia, este pueblo sacerdotal, descubrió la presencia total y definitiva de Dios en un hombre, en Jesús de Nazaret. Dios se hace hombre para confirmarnos nuestra vocación más profunda: ser imagen y semejanza de Dios. Jesús nos enseñó el camino para llegar a la verdadera humanidad, única puerta para la auténtica divinidad. Jesús reúne entorno a sí a un nuevo pueblo, formado de nuevo no por lazos de sangre, sino por la respuesta al llamado de Dios a ser santos como Él es santo (1Pe 1,16). En Jesús descubrimos todas las posibilidades del ser humano, toda la entrega de este Dios cercano, juntos ahora en un único proyecto: el Reino de Dios.             Jesús vino a comunicarnos la gran noticia del Reino, única posibilidad de auténtica felicidad para nuestro mundo y nuestra historia. Jesús convocó a un pueblo para ser testigos de esta Buena Nueva, viviéndola, testimoniándola y construyéndola incluso a través de las mediaciones históricas de cada tiempo.             Este pueblo reunido tras los pasos de Jesús es la Iglesia de Dios. La historia fue transcurriendo, pero sus palabras no pasaron, porque había un grupo humano que quiso hacerlas realidad, al descubrir que en ellas encontraba el sentido de sus vidas, la razón de su existir.             La Iglesia es también, toda ella, sacerdotal, en cuanto llamada a encarnar y hacer presente el proyecto del Reino, la voluntad de Dios para toda la humanidad. Esta misión se realiza a través del testimonio, siendo semillas de nueva sociedad, de nueva humanidad. La Iglesia está llamada a recrear las relaciones humanas, descubriéndonos todos hermanos, hijos de un mismo Padre. Está llamada a contrastar los paradigmas de nuestra sociedad, para hacerlos humanos, generadores de libertad, de dignidad, de felicidad para todos. 

2. IGLESIA COMUNIDAD              Esta misión se concreta en la vida de la comunidad cristiana, porque ella es la Iglesia, no sólo parte de la Iglesia. Los seguidores de Jesús que comparten y celebran la vida y la fe, que ponen en común los bienes, que construyen el Reino entre ellos mismos y en su entorno, que se organizan fraternal y ministerialmente (descubriendo los dones con que Dios nos ha creado a cada uno y aceptándolos como servicio a la comunidad) forman Iglesia. Comunidades de hermanos que se sienten unidos a otras comunidades cristianas que, como ella, quieren vivir según el estilo y el proyecto de Jesús, conformando la Iglesia universal.             Para Pablo, la Iglesia es, ante todo, la comunidad local (“la Iglesia de Dios que está en…”) y no como partes de la Iglesia universal, sino la Iglesia entera de Dios aconteciendo en un determinado lugar. En estas comunidades lo realmente importante y obra de Dios es la experiencia de fe que acontece como en el origen de la Iglesia, gracias al don recibido por la tradición apostólica. Por lo tanto, la comunidad eclesial es la auténtica responsable de su fe, porque en ella está aconteciendo lo decisivo: la actuación de Dios. 

3. IGLESIA CUERPO DE CRISTO              La comunidad cristiana es el cuerpo de Cristo (1Cor 12,12.27), en cuanto significa la presencia real, histórica de Jesús. La Iglesia conserva y alarga la misión recibida de Jesús, realizando en su historia concreta y a través de su vida el Reino de Dios. En su vida, si misión, y en la eucaristía como culmen de ambas, se hace presente Jesús y su proyecto.             Hasta el siglo VII la imagen del cuerpo de Cristo fue utilizada para identificar a la Iglesia, mientras que se hablaba de la eucaristía como “cuerpo místico de Cristo”. Al comienzo de la edad media y con el proceso de clericalización, de sacralización de la eucaristía y de espiritualización de la Iglesia, el uso de ambas imágenes se invirtió. Ahora la Iglesia será el cuerpo místico, mientras la eucaristía se convierte en el cuerpo histórico. De esta forma la Iglesia pierde su significación histórica para resaltar su dimensión sagrada, en la que el clero tiene todo el protagonismo, ya que es el encargado de hacer que la Iglesia sea fiel a su destino espiritual, a la vez que posee el poder de hacer históricamente presente a Cristo en la eucaristía. A la vez el clero pierde su referencia eclesial, para convertirse en un estado u orden que se basta por sí mismo, en cuanto tiene la potestad para consagrar.             Recuperando la teología paulina, la Iglesia vuelve a ser “sacramento de salvación”, lo cual realiza a través de su propia existencia concreta, histórica. La comunidad es un cuerpo formado por muchos miembros, necesitados unos de otros, todos importantes e imprescindibles. Este cuerpo actualiza la misión y la vida de Jesús, y a través de su unidad y dinamicidad hacen presente al mismo Cristo, cuya presencia encuentra su cenit en la comunidad que se entrega como ofrenda para la redención y salvación del mundo en la eucaristía, haciéndose uno con Jesús muerto y resucitado. 
 

4. IGLESIA MINISTERIAL              La Iglesia es comunitaria y dentro de ella todos somos miembros plenos de un mismo cuerpo. La condición común cristiana es anterior, teológica y cronológicamente, a la diversidad de funciones, carismas y ministerios. Más aún, toda la Iglesia es ministerial, apostólica, carismática y profética (aunque no de la misma manera todos). Los ministerios (funciones específicas al servicio de la comunidad) surgen de la misma comunidad, como forma de organizar su vida interna y su misión. Dentro de la comunidad, hay algunos que tienen unas capacidades propias que, puestas al servicio de los demás, la enriquecen y ayudan para un seguimiento más fiel de Jesús. Dios llama a todos de la misma manera, pero no para los mismos proyectos, así, algunos son elegidos para realizar funciones concretas al servicio de la comunidad. Cuando la comunidad reconoce la capacidad (don), la posibilidad (preparación) y la disponibilidad (aceptación), aparece el ministerio. 

4.1. MINISTERIOS DIVERSOS Y MINISTERIOS ORDENADOS              La Iglesia necesita de la ministerialidad, es decir, necesita de diversos ministerios que realicen la misión de Jesús, contribuyendo a la edificación de la comunidad y a la evangelización del mundo. La entraña del ministerio es el servicio, el ponerse a disposición de la comunidad eclesial, el atender preferentemente a los más pobres, a los débiles y pecadores, el fomentar una conciencia filial y fraternal respecto a Dios y a los hombres. Esta misión, que es la de Jesús, se realiza en la comunidad a través de los diversos ministerios, concretados según las necesidades de la Iglesia y del mundo en el que se encuentra inmersa.             Dentro de esta diversidad de ministerios, destaca por su importancia el de los sucesores de los apóstoles, escogidos por la comunidad y consagrados por el sacramento del orden. El ministerio ordenado realiza de manera especial, con total disponibilidad de tiempo, con plena dedicación y entregando toda su vida, la misión apostólica que compete a toda la Iglesia. El ministro ordenado encarna la misión de Jesús y la forma en la que Él mismo la realizó, entregándose por entero a la comunidad y al proyecto de evangelización, mediante el servicio y el sacrificio por los demás. 

4.2. LAICOS Y MINISTROS ORDENADOS              Toda la Iglesia es sacerdotal, en cuanto consagrados por el bautismo como sacerdotes, profetas y reyes. Este sacerdocio consiste en revivir hoy el único y definitivo sacerdocio de Cristo, su ofrenda plena, su entrega radical a través de la cual nos reveló la realidad total de Dios, uniendo definitivamente la historia de Dios y la historia de la humanidad. El sacerdocio cristiano no es mediación, sino testimonio pedagógico de la cercanía definitiva de Dios.             El sacerdocio ministerial surge como un servicio a la existencia sacerdotal de los creyentes. El cristiano ordenado sacerdote es integrado por ese sacramento a la estructura ministerial, para que continúe la misión apostólica. Su función, como la de los apóstoles, consiste en vigilar el depósito de la fe, gobernar colegialmente las Iglesias en las que ejerce su ministerio, presidir los sacramentos y cuidar de la vida de fe de la comunidad, garantizar la misión evangelizadora y discernir los carismas para la edificación de la comunidad.             No se trata de una jerarquización por poder, santidad o méritos, sino en orden a la realización de funciones concretas. La comunidad, toda ella ministerial y sacerdotal, designa a algunos para desempeñar la función apostólica, recibiendo para ello el sacramento del orden. Se les habilita así para un ministerio (servicio a la comunidad) que sólo pueden desempeñar los que han sido elegidos para ello. El sacerdocio ministerial es el instrumento o medio para que la comunidad viva sacerdotalmente y se una con su vida al sacerdocio de Cristo.             El sacerdocio ministerial no tiene sentido sin la comunidad de creyentes de la cual surge y a la que debe servir. Tampoco la comunidad cristiana puede prescindir de los ministros ordenados, si es que quiere mantener eficazmente su apostolicidad. 

4.3. MINISTERIOS LAICALES              La estructura ministerial de la Iglesia no se reduce a los “servicios” principales que forman parte del sacramento del orden, sino que abarca multitud de tareas, funciones y necesidades que son desarrolladas por los cristianos de forma activa, a veces por propia iniciativa y otras por designación de la comunidad, sea de forma permanente o coyuntural, según lo requiera las necesidades eclesiales.             En la primitiva Iglesia encontramos, entre todas las funciones y carismas, el papel tan importante que ejercen los profetas y maestros. Ambos completan la apostolicidad de la Iglesia, aportando la dimensión profética y magisterial. Tanto la profecía (don para reconocer la presencia y voluntad de Dios en la historia) como el magisterio (don para comprender, interpretar y enseñar la Escritura) son funciones diferentes a la del ministro ordenado (sacerdote u obispo), aunque a lo largo de la historia, terminasen siendo controladas y asumidas (o relegadas) por esta última.             Estos ministerios laicales surgen de las necesidades concretas de la comunidad, por lo que no es necesario que exista un reconocimiento jerárquico ni una institucionalización, que terminen clericalizándolos. La Iglesia no es un grupo sociológico formado por laicos y clero, sino una comunidad de cristianos organizados ministerialmente, con una estructura jerárquica basada en la coordinación y el servicio, no en la delegación de poder. 

5. LA VOCACIÓN LAICAL              Hasta ahora hemos hablado del laicado desde el punto de vista eclesial y, específicamente, ministerial, pero el laicado, además de una condición es una vocación específica. El laico está llamado a vivir su fe y misión cristianas desde una vida totalmente inmersa en las condiciones, relaciones y actividades propias de la sociedad en la que vive, es decir, en su profesión civil, en la vida familiar, en las relaciones sociales, políticas y económicas. De esta forma, el laico está llamado a realizar en su vida la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc 13,21), aportando con su vida una Buena Noticia al mundo, para transformarlo y recrearlo desde los valores del Reino. La misión del laico es también sacerdotal: mostrar con su ejemplo el auténtico camino de salvación para la humanidad, camino realizado por Jesús y que nos lleva a reconocer a Dios como el único Señor de la historia y la única posibilidad para nuestra total felicidad.             El laico no sólo forma parte de la Iglesia, sino que crea Iglesia, al realizar su vocación cristiana que es, por esencia, comunitaria. Además está llamado a hacer patente la eclesialidad del mundo, de la sociedad que habita y crea, a descubrir la presencia del Espíritu en medio de las relaciones, laborales, políticas, económicas, familiares y sociales.             El laico es sacramento de la encarnación de nuestro Dios que, en Jesús, asumió la humanidad con todas sus condiciones, sus limitaciones, sus relaciones y su necesidad de organizarse social y políticamente. Toda la Iglesia vive inserta en el mundo, pero es el laico quien, con su estilo y estado de vida, significa de manera especial esta dimensión eclesial.             Las diferentes vocaciones que surgen en la Iglesia se complementan de tal manera que, todas ellas juntas, son parábola de toda la vida de Cristo, de su misión y de su manera concreta de realizarla. Si Jesús encarna totalmente el Reino, la Iglesia, mediante la reciprocidad de todas sus vocaciones, carismas y ministerios, es sacramento de ese Reino que busca, siembra y construye. Así pues, la secularidad se convierte en una nota distintiva del laicado, pero no exclusiva, como en el caso de la apostolicidad respecto a los sacerdotes. Toda la Iglesia es apostólica, ministerial, profética, maestra, secular, pobre, casta y obediente a la voluntad de Dios, aunque lo realice mediante la concreción vocacional carismática de todos cuantos forman esa Iglesia. Cada persona es llamada a realizar la experiencia cristiana y eclesial de una manera concreta y parcial.   

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA 

CODINA, V. Para comprender la eclesiología desde América Latina, Verbo DivinoVELASCO, R. La Iglesia de Jesús, Verbo DivinoESTRADA, J.A. La identidad de los laicos, Ed. PaulinasESTRADA, J.A. La espiritualidad de los laicos, Ed. Paulinas

 Agradecemos cualquier aporte, corrección o matización que se pueda hacer a este documento y que nos la hagan llegar. Grupos cristianos “Fe y vida”. Colegio Calasanz, Caracas / calasanzcfc@eldish.net

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