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Identidad de la Accion Catolica en el contexto eclesial y pastoral actual

Identidad de la Accion Catolica en el contexto eclesial y pastoral actual
S. E. Mons. Baltazar Enrique PORRAS CARDOZO
Celebro con gozo la realización de esta IIIa Asamblea Ordinaria del Foro Internacional de Acción Católica. También el año jubilar del 2000 es una ocasión privilegiada para avanzar en el camino de la identidad de la AC. Esta vive y se desarrolla dentro de un contexto concreto tanto en lo eclesial y pastoral, como en los desafíos provenientes del mundo en el que vivimos.
Agradezco la invitación a compartir con Uds. esta Asamblea; es una hermosa ocasión para enriquecerme espiritualmente y aprender de la variedad de expresiones de la AC en el mundo. Esta ponencia, por muchas razones, es incompleta. Primero, no desarrollo la eclesiología de comunión y su consecuencia para la vocación y misión del fiel cristiano laico a partir de la realidad bautismal, como lo subraya la Christifidelis luici. Este es el trasfondo teolólgico sin el cual no se comprende lo que propongo en esta disertación. Segundo, no podemos ignorar la celebración del Congreso Mundial del Laicado, aquí en Roma, la semana pasada. Habrá que recoger sus líneas y acentos fundamentales.
Resalto tres puntos que, me parece, debemos asumir: primero la insistencia del Santo Padre de releer y estudiar lo establecido por el Concilio Vaticano II. Segundo, los testimonios de los participantes que recogen al mismo tiempo, la superación de una atmósfera de crisis y la conciencia de nuevos y grandes desafíos, unida a un clima de esperanza, de confianza, de comunión. Y, tercero, creo que se ha reiterado la percepción de una desproporción de la presencia laical, a favor de la acción intraeclesial. Hay un déficit de presencia en la vida pública, en el foro secular.
Creo que estos aspectos los debemos tener en cuenta en el trabajo de este Foro Internacional de Acción Católica.
Mis palabras quieren ser solamente una voz fraterna, condicionada por la realidad – profana y eclesial – del continente latinoamericano.
En él, ha habido una historia de la AC llena de luces y sombras, – muy desigual según los países. Al presente, en los lugares donde está estructurada, no es ajena a los avatares de un mundo que se transforma aceleradamente, ni a los retos eclesiales de la asunción y maduración de la eclesiología de comunión, clave para la vivencia de la fe a partir del Concilio Vaticano II.
Adentrarse en la identidad de la Acción Católica, en los umbrales del tercer milenio, exige un análisis y un discernimiento que rebasa los límites de cualquier organización eclesial. Uno de los esfuerzos más significativos del Foro Internacional de la Acción Católica desde sus inicios es la búsqueda sincera y desprejuiciada por encontrar su puesto y su razón de ser en el hoy plural del mundo y de la Iglesia.
Qué es la Iglesia, qué dice de sí misma, cómo vive o debe vivir el cristiano su realidad mundana, forman el marco desde el cual todo bautizado debe vivir su fe. Claro está que esto se puede realizar de múltiples formas, lo cual “lejos de ser un mal, la diversidad de las formas asociativas es más bien una manifestación de la libertad soberana del Espíritu Santo que respeta y alienta la diversidad de tendencias, temperamentos, vocaciones, capacidades, etc. existente entre los hombres. (Juan Pablo II, “Osservatore Romano”, 24-394, Ecclesia, 2681(1994) 618).
Es una responsabilidad personal y comunitaria. La diversidad y complementariedad de ministerios y servicios, hacen del trabajo laical, no un añadido, ni una suplencia. Los laicos realizan también, la misma misión confiada a la Iglesia por Cristo.
Todos los aquí presentes conocemos los criterios que permiten reconocer la eclesialidad de las asociaciones de fieles: la primacía otorgada a la santidad y a la perfección de la caridad; el compromiso de confesar responsablemente la fe católica; la participación en la finalidad apostólica de la Iglesia en medio de la sociedad humana; y el testimonio de comunión concreta con el Papa y con el propio obispo.
La Acción Católica, al asumir estas “notas”, se ha caracterizado siempre por la estrecha unión mantenida con la jerarquía, y por tener “como objetivo la evangelización y la santificación del prójimo, la formación cristiana de las conciencias, la influencia sobre las costumbres y la animación religiosa de la sociedad” (Juan Pablo II, ibidem).
Teniendo presente este sello propio y característico de la AC quiero compartir con ustedes algunos interrogantes que se presentan en América como desafíos a la Iglesia. La Exhortación apostólica Ecclesia in America afirma: “La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia”… “Gracias a los fieles laicos, la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial, en la diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La secularidad es la nota característica y propia del laico y de su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida familiar, social, laboral, cultural y política, a cuya evangelización es llamado. En un continente en el que aparecen la emulación y la propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y la corrupción, los laicos están llamados a encarnar valores profundamente evangélicos como la misericordia, el perdón, la honradez, la transparencia de corazón y la paciencia en condiciones difíciles. Se espera de los laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una vida coherente con el Evangelio”. (n. 44 passim).

Esta larga cita del Papa pone el acento en el conflicto de ser cristiano en medio de condiciones dramáticas que hieren el mandamiento supremo del amor. Es necesario crear o potenciar una espiritualidad dotada de virtudes propias de los tiempos nuevos y recios que nos toca vivir. Parafraseando al Cardenal Martini el cristiano necesita tres virtudes fundamentales: la primera es la honestidad intelectual, entendida ésta como aspiración a conocer a fondo los problemas que han de afrontarse. Una tal honestidad debe ser método de vida, de investigación, de expresión cultural.
La segunda virtud es el coraje más allá de todo límite. Un coraje no nacido del terror (producido por la violencia, la pobreza, el autoritarismo…), sino de un camino de reconciliación y de diálogo serio. El mal mayor que amenaza a la humanidad es el caos moral que pesa sobre el universo. Y la tercera virtud, es la libertad interior de las cadenas de la violencia, en todas sus formas. Esta libertad sólo puede ser conseguida a través de una verdadera educación interior y exterior. Y a través de la ascética, el hombre ha de aprender a convertirse en “señor de su ser”, superándose y renunciando a sí mismo (cf Carlo María Martini, “Sueño una Europa del Espíritu”. BAC 2000, Madrid. pp. 9-11).
Es decir, el cristiano del tercer milenio, se encuentra ante un mundo nuevo, inédito en muchas de sus expresiones, hostil o lejano a los parámetros fundamentales del cristianismo. La secularidad y lo religioso, la pluralidad, el relativismo, la cultura light, y los flagelos de la pobreza y la explotación son un reto: ¿Cómo ser cristiano en el futuro próximo? El Informe del Celam 2000 así lo visualiza: “aunque crece la convicción de que todos somos Iglesia y entre todos compartimos su misión en el mundo, sin embargo en la vida cotidiana por la palabra Iglesia se sigue designando a los obispos, presbíteros y los miembros de la vida consagrada…la mayor parte de los bautizados no toman aún plena conciencia de su responsabilidad en la misión de la Iglesia… es preciso volver a la categoría conciliar de la Iglesia como pueblo de Dios…es necesario recuperar la visión del Sínodo de los laicos en los que se puso énfasis en la condición común del cristiano como sujeto activo de comunión y agente dinámico de la misión”. (El Tercer Milenio como desafío pastoral. Celam, Bogotá. 1999, pp 88-89).
Todo lo anterior nos lleva, primero, a ver la realidad del mundo y de la Iglesia. La virtud de la honestidad intelectual nos exige saber dónde estamos parados para poder buscar caminos hacia donde ir. Sólo así se puede concretar la espiritualidad del coraje y de la libertad interior para dar pie a la esperanza cristiana, de esperar contra toda esperanza, de construir la ciudad ce-leste en medio de la ciudad terrena, de abrir cauces a la resurrección desde la memoria de la pasión.
Allí debe situarse la Acción Católica del futuro.

¿Cuál futuro nos espera?
Hoy no se planifica nada sin un estudio previo de los “escenarios” posibles, como expresión de racionalidad en sus posibilidades, límites y contradicciones. El futuro se construye desde la dirección que le damos en el presente a la política, la economía, la industria…Tampoco podemos pensar en construir la Iglesia del mañana, la vigencia de lo cristiano o de lo religioso en el futuro sin un ejercicio parecido. Nada más cercano a la espiritualidad más tradicional acerca del tiempo. “La eternidad ha entrado en el tiempo” como nos recuerda Juan Pablo II (TMA 9). La historia, para el creyente, es un peregrinar en el que se realiza la acción del Espíritu. En el tiempo presente de Dios está el futuro de la historia humana, es la hora de Dios, portadora de su gracia. Por ello tenemos que discernir los signos de los tiempos para descubrir los signos de Dios.
El primer signo dramático de nuestros tiempos es la pobreza creciente que alcanza porcentajes enormes de la población mundial. Con la pobreza ha crecido también la desigualdad. Si la pobreza nos sitúa en el umbral de la satisfacción de las necesidades básicas, la desigualdad nos pone ante la distancia, la brecha, entre los miembros de la sociedad. ¡El presupuesto anual de algunos de los clubes de futbol europeos es mayor que el presupuesto anual de varios países del mundo!
Resulta fácil echar la culpa de dicha pobreza a las víctimas: la pobreza sería el efecto de las élites corruptas e ineficientes de los países pobres. Algo hay de verdad en ello. Pero esta no es la respuesta global, pues no se ve entonces cómo explicar la pobreza en los países ricos. No es verdad que los países más ricos sean menos corruptos. Los más ricos corrompen en mayor cuantía. No puede haber corrupción sin la participación de dos. Desde el punto de vista que nos incumbe es necesario profundizar en la “etiología de la pobreza”. Al igual que un cuerpo enfermo o débil es más propenso a enfermedades y el sano resiste mejor, lo mismo pasa con la pobreza. Las sociedades ricas tienen mayores defensas (económicas, políticas y culturales) que las sociedades pobres.
¿Qué hacer? ¿Cómo influir? para que la situación mejore. Y hablo desde la perspectiva religiosa, desde la creación o ampliación del radio de la caridad cristiana. Vivimos en un mundo impredecible donde no existen equilibrios estables. Los conflictos del Medio Oriente o los inmigrantes ilegales en Europa son prueba de ello. Hay que caminar hacia un pacto global en el que se defienda a las personas y los países frente a lo imprevisto, y arbitrar políticas contra la pobreza y la desigualdad, promoviendo educación y salud, principalmente.
Un segundo desafío nos viene de la tecnociencia y su impacto en el futuro. Las repercusiones, positivas y negativas, que ha tenido el desarrollo científico y tecnológico a lo largo del siglo XX hablan por sí solas. Este desarrollo lo podemos reducir a tres aspectos: energía, información y reproducción. Hoy sabemos que materia y energía son dos aspectos de una misma realidad.
La energía es la fuente de toda vida pero al mismo tiempo es el motor de toda destrucción. La especie humana sobresale por su progreso en la utilización de su capacidad cerebral. Asistimos a la revolución de la información. El acceso a la información y su disponibilidad están cambiando profundamente las relaciones socioeconómicas. En el futuro inmediato será más importante tener acceso a la información que poseer bienes materiales. (Y por último, la continuidad de la especie tiene dos vertientes: una biológica y otra cultural. Heredamos lo que genéticamente se nos trasmite, pero también el bagaje cultural acumulado por nuestros mayores. La posibilidad de intervenir en los mecanismos de la información genética nos abre un campo insospechado que no podemos soslayar.
La situación y desarrollo de los campos anteriormente señalados va a tener un extraordinario impacto sobre la vida individual y colectiva en las próximas décadas. Tienen un gran valor positivo pero nos permiten imaginar aberrantes conductas para la explotación y control de los seres humanos. La utilización tecnológica de los conocimientos es positiva si nos permite avanzar en el sentido de un auténtico progreso humano. E1 verdadero juicio ético está en las finalidades, en los ritmos y al servicio de quien está. Aquí entra el viejo problema de la relación ciencia y fe. La fe no sirve para explicar lo que la ciencia todavía no puede explicar, pero sí nos hace descubrir el mensaje de amor y de solidaridad de Dios para con nosotros. La fe no ilumina “el qué” pero sí “el porqué”. Creer no cambia nuestros conocimientos. Ha de cambiar nuestras actitudes. “Pretender que la Fe pueda obligar a lo no aceptación de las evidencias científicas es un absoluto desconocimiento de su naturaleza. Y a la inversa, convertir las verdades científicas en fuente de valor, pretendiendo que todo lo que es científicamente posible es bueno, supone desconocer la naturaleza profunda del destino humano, de sus exigencias personales y de su convivencia colectiva”.
Aquí juega un papel importante el que la Iglesia cuente con una jerarquía y con unos laicos capaces de establecer unas nuevas relaciones de crecimiento en la fe vivida y compartida. Es el reto de la creatividad. Juntos, en la diversidad de ministerios y carismas, somos constructores y responsables de la edificación de la Iglesia. No hay allí un campo fecundo para la Acción Católica? Su cercanía e identidad con la jerarquía obliga a encontrar, en una sana creatividad, nuevos caminos, nuevo areópagos, nuevas formas de hacer presente el Evangelio.

La Iglesia que soñamos
La frase que hizo famosa Martín Luther King, y más recientemente el Cardenal Hume y el Cardenal Martini, no es sino la veta más auténtica de la esperanza cristiana. Es una de las virtudes más significativas del catolicismo popular latinoamericano. Creer contra toda esperanza, sonreir en medio de circunstancias adversas, compartir abundantemente desde la pobreza. Es uno de los compromisos asumidos recientemente por la Iglesia Latinoamericana: “La sociedad en la cual les dejamos para crecer tiene sus luces y sus sombras, sus avenidas y sus callejones, sus parques y sus periferias. Delante de los jóvenes nos comprometemos a encender más luces y apagar más sombras. Pero lo más importante, les dejamos el don de la fe para que con la ayuda de Dios hagan más y mejor, para que algún día América Latina sea un hogar digno para todos sus ciudadanos sin distinción de clase, raza o género” (El Tercer milenio como desafío pastoral, o.c. p. 112).
En primer lugar, debemos asumir con convicción que la figura visible de la Iglesia es el rostro del Dios invisible. Es el mayor sentido de la encarnación: Jesús es el rostro humano de Dios y la Iglesia como prolongación de Cristo es la realidad humana simbólica del rostro de Dios en el mundo. Lo humano y lo divino de la Iglesia es lo que la convierte en sacramento de salvación y de liberación integral. De allí emerge la eclesiología de comunión como figura perceptible y como manera significativa de hacer presente en la histora humana la gracia de Dios. Es la tarea que de forma incompleta, vamos haciendo los creyentes, en el orden individual, colectivo, institucional, estructural. E1 actuar en la cultura, en los valores, en la vida social y pública, obliga siempre a revisarse, a reformarse (Ecclesia semper reformanda).
En segundo lugar, el crecimiento del pluralismo en el mundo, obliga a trabajar por una Iglesia en la que existan grupos de creyentes conscientes, convencidos, decididos. Los apoyos externos, sociológicos, seguramente serán menores, y nos obliga a repensar la espiritualidad, la formación, el seguimiento, el ofrecimiento de posibilidades a las masas que de alguna forma se sienten o dicen cristianos, y a ser fermento a través de muchas formas comunitarias o asociativas nuevas. Es un reto en un mundo crecientemente individualista, perdido en la masa, con pertenencias a pequeños grupos muy tangenciales a sus intereses más íntimos y trascendentes.
La Iglesia está llamada a ser, cada vez más, comunidad donde la fraternidad se vive intensamente. La diversidad existente en razón de los carismas y minis-terios está supeditada a la verdadera igualdad en la llamada a la santidad, a la misma fe, a la común dignidad y actividad para la edificación del cuerpo de Cristo. Igualdad no significa nivelación o indiferenciación. Es la búsqueda de una vivencia de la solidaridad, de la amistad, de la cercanía, del servicio, de la misericordia, de la compasión por caminos a lo mejor desconocidos o poco tomados en cuenta. Es el verdadero “martirio” de hacernos, como Pablo, judío con los judíos, esclavo con los esclavos, servidor por encima de todo.
La pluralidad es una de las características del mundo de hoy. La globalización ha llevado también a la exaltación de lo local, de lo propio. Esto tiene también una larga tradición en la vida de la Iglesia, no exenta de luces y sombras. Cómo vivir la unidad en medio de tanta diversidad? Esto es un desafío para la vida intraeclesial y para nuestro relacionamiento con los “otros” creyentes o no que nos rodean.
Desde América Latina, el amor preferencial por los pobres y marginados, es exigencia de servicio y de presencia fraterna. “La actividad de la Iglesia en favor de los pobres en todas las partes del Continente – nos dice Juan Pablo II – es importante; no obstante hay que seguir trabajando para que esta línea de acción pastoral sea cada vez más un camino para el encuentro con Cristo, el cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza. Se debe intensificar y ampliar cuanto se hace ya en este campo, intentando llegar al mayor número posible de pobres” (n. 58).

Conclusión
Identidad de fidelidad y renovación de la Acción Católica en el contexto actual no es otra cosa sino identidad con el ser y la misión de la Iglesia. La cercanía de la AC a la jerarquía no la convierte en servidora callada, sin voz, en una especie de acólitos en su sentido peyorativo. A1 contrario, este suave yugo de identificarse más plenamente con lo esencial de la Iglesia y con las opciones de la jerarquía, la convierten en compañera de camino que ayude a buscar, descubrir, construir y diseminar, no una, sino mil formas de ser cris-tiano en un mundo plural y cambiante. Es una bella vocación específica y una noble misión y tarea.
Termino recordando esta bella oración del Cardenal Pironio: “somos jóvenes y adultos, hombres y mujeres, que quieren vivir la Iglesia en el corazón del mundo, como tu Hijo nos lo pide. Bien comprometidos con la hora y el tiempo que vivimos. Queremos vivir con fidelidad serena, fuerte y humilde, unidos a nuestros pastores – obispos y sacerdotes – a los religiosos y todos los fieles laicos en comunión de Iglesia misionera. Nos sentimos marcados por el fuego del Espíritu Santo y enviados nuevamente por Tu Hijo para anunciar a todas las gentes la Buena Nueva del Reino: el amor del Padre”.
Es lo que pido para la Acción Católica de todo el mundo.

III ASAMBLEA ORDINARIA – Roma, 2-6 de diciembre de 2000
Acción Católica: fieles laicos que viven la novedad del Evangelio y son signo de comunión
LA PERMANENTE ACTUALIDAD DE UN DON DEL ESPÍRITU

http://www.fiacifca.org/esp/activitates/asambleas/ordinariras/III_2000/Cardozo

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