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El camino de la Acción Católica en el Tercer Milenio

El camino de la Acción Católica en el Tercer Milenio
Beatriz Buzzetti Thomson
Coordinadora del Segretariato del FIACQuisiera aprovechar este momento para reflexionar junto a ustedes, acerca de qué se espera de la Acción Católica en el tercer milenio.
Yo diría, en primer término que lo que la Iglesia y la sociedad esperan de la Acción Católica es que sea fiel a su misión, que seamos fieles a nuestra identidad.
Porque es cierto que muchas veces, en este peregrinar por este mundo, nos vamos distrayendo de lo esencial, nos vamos apegando a algunas cosas y desviamos el camino. Por eso creo es bueno tomar conciencia de nuestro ser, aquí y ahora, con nuestros dones y nuestra historia, llamados a una vocación personal, pero también asociativa e institucional, que nos exige una continua conversión.
Se trata de discernir qué es lo esencial, lo que permanece, lo que nos identifica para poder ver qué significa ser Acción Católica hoy. En este discernimiento a mi me ayudó muchísimo la experiencia de Acción Católica internacional. Ustedes saben que hace poco más de cinco años coordino el FIAC, y esto me ha dado la oportunidad de conocer desde adentro la Acción Católica de muchos países, de América, de Asia, de Europa, de África, con distintas características, formas y modalidades, sin embargo compartiendo esto que es lo esencial.
Y qué es lo esencial?
Partimos de la realidad fundante del Bautismo por el cual todos somos incorporados al Pueblo de Dios, hijos todos del Padre, miembros de la Iglesia, de la cual Cristo es la cabeza.
Por el Bautismo todos hemos sido llamados a la santidad, ésta es la vocación común de todos los christifideles, sean clérigos o laicos. Esta centralidad de la santidad en la vida del cristiano es uno de los aspectos presentes en todas las alocuciones del Santo Padre en este último tiempo.
Esta común vocación a la santidad adquiere en nosotros, laicos, características propias pues por vocación divina los laicos debemos vivir en el mundo y tender allí a la plenitud de la vida en la santidad. Es decir esta es la modalidad propia de nuestra existencia cristiana y es a la vez la función específica de nuestra tarea apostólica. El Concilio Ecuménico Vaticano II nos lo expresa con suma precisión: el ámbito propio de su tarea de Iglesia es “ todo lo que constituye el orden temporal” (A.A.: 7). “A los laicos les corresponde por su propia vocación tratar de obtener el reino de Dios, gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios (L.G. 31).
Estamos llamados a hacer presente la Iglesia en el corazón del mundo y al mundo en el corazón de la Iglesia
Yo creo que muchas veces nosotros no reparamos lo suficiente en esta responsabilidad. Miren yo recuerdo los años inmediatos al Concilio, yo estaba por entonces en el Consejo Nacional de las Jóvenes de la Acción Católica Argentina y estudiábamos fervorosamente los documentos conciliares y recuerdo perfectamente cuando por primera vez encontré en la Constitución Gaudium et Spes una grave advertencia que nos plantea con toda claridad esta misión eclesial del laico que es a su vez el camino de santificación. Dice la G et Sp en su número 43 “ el cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes para con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”.
A mí esto me cambió la vida porque me permitió ver con absoluta claridad cuáles son nuestros deberes ineludibles. Es pues, con la conciencia de esta doble pertenencia a la comunidad eclesial y a la comunidad civil, que debemos vivir y ayudarnos a vivir la Iglesia, misterio de comunión misionera. Esta es exigencia derivada del Bautismo, para todos los laicos.
Este llamado a la santidad recibido en el Bautismo nos exige un encuentro personal con Cristo, – que como expresaba bellamente el Sínodo de América- es camino para la conversión, la comunión y la solidaridad con todos nuestros hermanos, especialmente con los más necesitados.
Nosotros hemos respondido al llamado del Señor y queremos vivir esta identidad laical desde nuestra especial vocación de Acción Católica.Y qué es lo esencial de la Acción Católica?
En la eclesiología conciliar de comunión y misión, se define la identidad de la Acción Católica a través de las cuatro notas de Apostolicam Actuositaten: eclesialidad, laicidad, organicidad, colaboración con la Jerarquía (AA20). En estas cuatro notas confluye la riqueza de la tradición y de la experiencia de la AC preconciliar.
La eclesialidad: es constitutiva de la Acción Católica, porque su fin es el mismo fin apostólico de la Iglesia, porque está llamada a trabajar para que la Iglesia testimonie su unidad en la diversidad, ante el mundo y proclame audazmente el Evangelio a todos los hombres.
La laicidad: el carácter laical: De allí la responsabilidad ineludible de la Acción Católica en el trabajo apostólico en los ambientes.
La organicidad: No se trata de la tarea de francotiradores sino de una acción orgánica que manifiesta la unicidad de la Acción Católica. La organización al servicio de la misión. Una organización conducida por laicos que responde a la realidad de cada momento histórico. La organización es esencial (no la forma organizativa concreta)
La colaboración con la Jerarquía. Esta especial vinculación con la Jerarquía requiere de la Acción Católica un particular servicio para la comunión y la misión. Está profundamente ligada a la servicialidad y la disponibilidad pastoral propia de la Acción Católica. En función de este servicio y disponibilidad a los planes pastorales es que la Ad Gentes señala a la Acción Católica entre los ministerios necesarios para la plantación de la Iglesia
Luego del Concilio Ecuménico Vaticano II, el surgimiento de muchos movimientos laicales dio nueva vida a la Iglesia y aportó una gran riqueza en la variedad de carismas suscitados por el Espíritu. En este contexto se celebra el Sínodo para los Laicos, cuyas recomendaciones son recogidas en la Exhortación Apostólica “Sobre la vida de los laicos en la Iglesia y en el mundo” y allí Juan Pablo II nos explicita con claridad estas enseñanzas conciliares al ubicar, en medio del panorama de todos los movimientos eclesiales a la Acción Católica como aquella institución llamada a “servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda comunidad cristiana, a los proyectos pastorales, a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida.”
Para lograrlo la Christefidelis laici señala que la Acción Católica cuenta con un estilo formativo propio.
La formación es pues también esencial a la Acción Católica. Una formación que tiene sus notas características
Formación para la comunión: entendida como el desarrollo de una especial sensibilidad para crear comunión, comunión en la Iglesia, comunión en el mundo. Para ello es necesario amar, sentir la Iglesia, esta Iglesia concreta; amar, sentir como propia esta realidad social y cultural concreta, en la que vivimos y en la que Dios nos pensó desde toda la eternidad. Sólo así podremos ser constructores de reconciliación en medio de nuestras comunidades y países
Formación que conduzca a la unión de fe y vida: que posibilite ser testigos de la Resurrección en nuestros ambientes. Yo me pregunto muchas veces cuántos hermanos nuestros nunca llegarán a conocer a Jesús porque nosotros no hemos sido lo suficientemente transparentes para dejarlo ver a través de nuestras vidas.
Formación en la Doctrina Social de la Iglesia: que permita impregnar el ámbito de la cultura, de la política, de la economía, de la educación, de la salud, del arte, de la comunicación, de la familia.
Una formación en el crecimiento interior y progresivo de la santidad de vida , de una espiritualidad de encarnación.
Estos son los rasgos esenciales de la Acción Católica, la de ayer, la de hoy y la de siempre, la de aquí y la de tantos otros países en todo el mundo. Este es el don, permanente del Espíritu Santo a su Iglesia: Acción Católica, laicos que viven la novedad del Evangelio en el mundo y son signos de comunión.
Cómo encarnamos nosotros hoy, este don, a los inicios del tercer milenio?
Muchas veces advertimos en nuestras comunidades, laicos muy preocupados en la vida “intra eclesial”, pero con poca presencia en el mundo, con poca conciencia de su responsabilidad en la construcción de un mundo más humano, más fraterno, más solidario, con justicia y en paz.
Por eso es bueno que nos interroguemos acerca de cuál es nuestra presencia y nuestro compromiso en los distintos ámbitos de la realidad, en el trabajo, en la educación, en la economía, en la política, en la familia, en la salud y en el medio ambiente?
Cómo vivimos y expresamos nuestra fe en los distintos ambientes en que nos toca vivir?
Este nuestro compromiso nos exige un profundo encuentro con el Señor, un crecimiento de nuestra vida espiritual y una renovada conversión. Juan Pablo II en la NMI 49 nos dice: “ Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: “He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado de beber; fui forastero y me habéis hospedado, desnudo y me vestisteis, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme”(Mt. 25,35-36)” NMI 49.
Preguntémonos si estamos siempre inquietos y alertas para descubrir las necesidades y responder con la Buena Nueva a los hermanos que nos rodean.
Nuestros grupos de AC, funcionan como una cueva en la que nos refugiamos para protegernos del exterior o son una catapulta que nos lanza con fuerza en medio del mundo? Debemos tener clara conciencia de que no podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena y asumir la responsabilidad laical que nos cabe, aumentando nuestra conciencia como ciudadanos, incrementando nuestro compromiso socio,político económico.
Esto supone el empeño renovado en la búsqueda y construcción del bien común. Es urgente que nosotros nos comprometamos y sumemos a otros en esta búsqueda y construcción del bien común. Empeñando todo lo que tenemos, con sacrificio, con dolor. Si no estamos dispuestos a esto, si no somos capaces de reconocer que ya no hay más espacio para egoísmos individuales o sectoriales, si cada uno espera el gesto y el sacrificio del otro para comenzar a hacer el propio, estamos condenados al fracaso.
Esto exige una tarea formativa, una profunda revisión de nuestras actitudes pero también y simultáneamente una acción decidida. Todos tenemos algo que hacer, en nuestras comunidades, en nuestros países, los niños, los jóvenes, los adultos, nadie puede sentirse excluido.
Si nos comprometemos en serio en esta tarea podremos posibilitar el advenimiento de otra sociedad que dé una respuesta a esta justicia tan largamente esperada por tantos hermanos nuestros y que sea la base de un mundo, más humano, más fraterno, más solidario.
Queremos vivir esta difícil situación que atravesamos según el Espíritu. Nuestro mundo está lleno de profetas de calamidades, y muchas veces nosotros, miembros de Acción Católica, en nuestro accionar cotidiano actuamos como si el Señor no hubiera resucitado, como si todo estuviera por estallar en mil pedazos y ese fuera el fin. Sabemos por la fe que este momento que nos toca vivir pertenece al designio del Padre y es esencialmente tiempo de gracia, tiempo de salvación. Jesús nos abre el camino para convertirlo en tiempos providenciales, tiempos de esperanza.
En esta hora queremos ser hombres y mujeres que impulsados por nuestra pertenencia a la Acción Católica, vivamos insertos en el tejido social y eclesial asumiendo el compromiso de concretar, como nos lo pide el Papa “hechos de grandeza” que reconstituyan los vínculos sociales de nuestras comunidades, que redescubran los valores esenciales que nos posibiliten salir de esta encrucijada actual y que la crisis, de la que somos parte, se transforme en caminos de esperanza activa.
La Acción Católica, quiere asumir con humildad, pero con convicción tenaz para estos años y para la historia que le toca escribir, con hechos concretos, sencillos, austeros, pero profundos; esta invitación y este llamado.
Duc in Altum Azione Cattolica
Yo tuve la gracia de participar, junto a Sebastián, de la Asamblea Nacional de la Acción Católica Italiana. Y el 26 de abril, el Santo Padre nos recibía en audiencia especial y nos hablaba, con mucho cariño a toda la Acción Católica . En esos momentos yo sentía que cada uno de ustedes, cada uno de los miembros de la Acción Católica del mundo estaba allí junto al Papa. Por eso quisiera terminar con sus palabras. Él nos decía:
“La Iglesia necesita la Acción Católica, porque necesita laicos dispuestos a dedicar su existencia al apostolado y a entablar, sobre todo con la comunidad diocesana, un vínculo que deje una huella profunda en su vida y en su camino espiritual. Necesita laicos cuya experiencia manifieste, de manera concreta y diaria, la grandeza y la alegría de la vida cristiana; laicos que sepan ver en el bautismo la raíz de su dignidad, en la comunidad cristiana a su familia con la cual han de compartir la fe, y en el pastor al padre que guía y sostiene el camino de los hermanos; laicos que no reduzcan la fe a un hecho privado, y no duden en llevar la levadura del Evangelio al entramado de las relaciones humanas y a las instituciones, al territorio y a los nuevos lugares de la globalización, para construir la civilización del amor.
(…) Precisamente porque la Iglesia necesita una Acción Católica viva, fuerte y hermosa, quiero repetiros a cada uno: Duc in altum!(…)
?Duc in altum, Acción Católica! Ten la valentía del futuro (…)
Duc in altum ! Sé en el mundo presencia profética, promoviendo aquellas dimensiones de la vida a menudo olvidadas y por tanto cada vez más urgentes(…)
Duc in altum! Ten la humilde audacia de fijar tu mirada sobre Jesús para hacer partir de Él tu auténtica renovación.
Y al despedirnos nos decía: Acción Católica, no tengas miedo! Perteneces a la Iglesia y te ama el Señor, que guía siempre tus pasos hacia la novedad jamás descontada y jamás superada del Evangelio. Cuantos formáis parte de esta gloriosa asociación sabed que el Papa os sostiene y acompaña con la oración en este itinerario y, a la vez que os invita cordialmente a perseverar en los compromisos asumidos, os bendice de corazón a todos.”
Que en el silencio de la oración podamos descubrir qué quiere Dios de nosotros, y qué tenemos que hacer para cambiar la historia. Es esta una invitación a levantar la mirada, a abrir el corazón y a unir nuestras manos. No hay tiempo para el desaliento. En las manos de María Nuestra Madre, la Virgen fiel, pongamos nuestro trabajo, que ella nos guíe y nos enseñe el camino de la Acción Católica en este milenio que se inicia y nos ayude a ser fieles a llamado del Señor.II ENCUENTRO CONTINENTAL AFRICANO – Bujumbura, 21-25 de agosto de 2002
Realidad, retos y perspectivas para la formación y la misón de los fieles laicos.
La aportación de la Acción Católica/2 –
SEREIS MIS TESTIGOS EN AFRICA

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