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EJERCICIO DE LAICIDAD

EJERCICIO DE LAICIDAD

ORLANDO FERNÁNDEZ GUERRA

Muchísimas veces, durante nuestra vida de fe, tenemos que enfrentar los grandes retos que suponen hacer presente a Cristo. No sólo en nuestro ser sino, fundamentalmente, en nuestro quehacer, en un medio que se muestra sordo a los reclamos del Evangelio.
Lo genuinamente cristiano se define, precisamente, a partir de esta adecuación del modo de ser y actuar del cristiano, con el modo de ser y actuar de Cristo. Lo esencial del cristianismo está en el amor y en lo que por amor se hace. Todo en la Iglesia tiene que ver con este principio fundamental, si se quiere ser fiel al que nos dijo: “por el amor que se tengan unos a los otros, reconocerán todos que son mis discípulos (Jn. 13, 34)”. Pero no es este un amor abstracto o pasivo. Ni un amor de conveniencias o de ocasión. Este es un amor activo, dinámico, hecho de comunicación y sacrificio. Un amor que tiene que concretarse en obras. En acciones semejantes a las de Jesús para que sea suficiente, sincero, coherente. Por eso, comunicar la fe es amar, perdonar ofensas es amar, compadecerse del pobre, el desvalido, el preso, es amar. Llenar de esperanza cada oscuro rincón es amar. Y amar con un amor único e irrepetible, amar con el amor de Dios.
Tarea nada fácil, si se cuenta con las propias fuerzas. Pero esta obra no nace del propio yo, del afán de gloria, riqueza o poder; ni la fundamenta ninguna ideología. Esta obra viene de Dios como un don para los que Él ama. De Dios recibimos los cristianos la inspiración, el modelo, el entusiasmo, incluso las fuerzas. Por eso esta tarea es para nosotros vocación. Los laicos tenemos, por imperativo evangélico, una doble vocación: una vocación a la santidad y una vocación al apostolado. Vocación bautismal a través de la que participamos en la misión profética, sacerdotal y real de Cristo, haciéndonos parte de su cuerpo místico. Esta triple participación en el ministerio de Cristo la realizamos en el mundo. Inmerso en el mundo, el cristiano laico está llamado a vivir su vocación a la santidad. Dios le invita a santificarse, a unirse con Él y a cumplir su voluntad, en actitud de servicio, buscando que pueda irse realizando el Reino de Dios en la tierra. Para ello no nos está vedado ningún campo: la política, la sociedad, la economía, la cultura, las ciencias y las artes, la familia, la educación, el trabajo profesional, el amor, el dolor…
Todas estas manifestaciones del quehacer del hombre en sociedad son susceptibles de ser mejoradas, humanizadas, por el Evangelio. Es en esto, precisamente, en lo que consiste el apostolado del laico cristiano. En una participación, implicación y compromiso en la evangelización y santificación de los hombres. El fiel cristiano laico debe llevar a cabo su trabajo de perfección y de misión en medio de la realidad cotidiana. De ahí que su vocación a la santidad se convierte en misión de santidad, en la medida en que sienta la urgencia de no conformar su mentalidad con la del mundo, sino de transformarla y renovarla como Dios quiere , teniendo por modelo a Cristo. La animación y perfeccionamiento de las tareas cotidianas con un espíritu auténticamente evangélico, es algo que se deriva de nuestro ser cristiano y miembros de la Iglesia, para encarnar en nuestra vida la actitud de srvicio a los hombres de nuestro Maestro y señor.
Por esta misma vocación a la santidad y al apostolado tiene el laico una misión específica en el mundo. El Papa Pablo VI afirmaba que la primera e inmediata tarea del laicado no es la instalación y desarrollo de la comunidad eclesial, esta es la función específica de los pastores, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas, en las cosas del mundo (EN 70).
Muchos son los campos de la misión del laico en la sociedad. La humanidad precisa ser orientada al descubrimiento de los valores que hacen a la persona, y su vida, digna de ser vivida. El hombre necesita para descubrir y realizar en sí y para sí lo que le es natural, en relación con su identidad. Es aquí, donde la opción cristiana adquiere todo su relieve, frente a las otras utopías. Donde se puede mostrar la magnitud y veracidad del Evangelio.
La familia es el primero de los campos de apostolado y misión del laico. Esta institución que hoy sufre por pérdida de valores, y por precariedad económica, su estabilidad y sanidad, ha de ser un espacio privilegiado donde el laico haga presente su compromiso. Si educamos a las jóvenes parejas en la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal estaremos dando los primeros pasos para una paternidad responsable y para una valoración positiva de la sexualidad.
La solidaridad es otro de los campos de acción. Hay que crear espacios que hagan posible una cultura de la solidaridad, en la que todos los miembros de la sociedad se preocupen por aquellos que no gozan del bienestar. Por aquellos que sufren la pobreza y la marginación . El laico cristiano no puede dejar de hacerse cargo de este servicio a la sociedad, a fin de liberar al hombre de sus condicionamientos, y promoverlo a su verdadera dignidad como hijo de Dios y hermano en Cristo.
Es tarea necesaria e importante del cristiano trabajar por la paz. Bien sumo que es preciso tutelar y buscar con todas las fuerzas. Trabajar por la paz es la obra primera y fundamental de la solidaridad. Aspiración que ha de hacerse realidad en un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo a las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad (PT 167). Para realizar este ideal es preciso practicar la tolerancia, la pluralidad de opiniones, el respeto hacia otras religiones e ideas políticas. No hay que colaborar, bajo ninguna condición, con aquellas situaciones que puedan conducir a la guerra, o al odio entre los pueblos. Hay que estar abiertos al diálogo fraterno y a la colaboración con toda obra que exalte y promueva al hombre en su dignidad fundamental.
Uno de los campos que no se puede obviar es el del compromiso político. El Vaticano II en su Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo nos dice:” los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y propia que tienen en la comunidad política, preocupándose de ejercerla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. (GS 75)”.
Ahora bien, la Iglesia no se identifica totalmente con ninguna opción política, social o económica. Reconoce que son muchos los sistemas y diversos los caminos que se pueden seguir en la búsqueda de soluciones a los diferentes problemas de nuestro tiempo. Es el laico el que tiene que discernir cuál es el más adecuado en cada momento de la historia, teniendo siempre presente la búsqueda del bien común de la nación. O sea, el bien que beneficie al mayor número posible de personas, cualquiera que sea su cosmovisión o su filiación política. De ahí que una misma fe pueda conducir a compromisos socio-políticos diferentes.
La Iglesia invita a todos los cristianos a la doble tarea de animar y renovar el mundo con espíritu evangélico. A perfeccionar las estructuras para acomodarlas mejor a las verdaderas necesidades actuales (OA 50). Ello debe ser pensado y realizado, con espíritu de servicio y mediante la promoción y tutela de los derechos fundamentales del hombre. Por eso el magisterio de la Iglesia exhorta al cristiano laico a comprometerse en la actividad política con el objeto de que se coloque en el centro mismo de las atenciones de la vida económica social, tal como Cristo lo hizo en su tiempo. Este empeño en la política debe ser considerado, como un modo particularmente exigente de vivir la caridad al servicio de los demás, en la perspectiva del bien común.
Es por eso, que la postura escéptica no tiene razón de ser entre los cristianos. En las sociedades modernas quizás sea éste, de todos, el más privilegiado de los ámbitos para un real y efectivo compromiso en la praxis de liberación cristiana. Únicamente tomando lo político como misión podrá comprenderse eficazmente, y hacer comprender, que las estructuras están al servicio del hombre y no el hombre al servicio de las estructuras. Dándole a lo político una ética fundada en prioridades, que partan de los valores propios de la conciencia natural, y no de las ideologías. Lo primero es el hombre, autor, centro y fin de toda la vida política, económica y social de una nación; cuya razón suprema ha de ser honrarle y promoverle en su dignidad humana.
Muchos piensan que la Iglesia es sólo para rezar. Que su preocupación social es transitoria, y que una constante o eficiente proyección cívica, le es totalmente ajena. No hay opinión más errada que esta. La Iglesia está en el mundo y es en el mundo donde ha de irse construyendo el Reino que Jesús inauguró en lo material y lo espiritual.
Si así no fuera ¿Cómo podríamos sentirnos llamados a trabajar por una sociedad nueva? ¿Cómo podríamos interpretar la existencia propia, y la historia colectiva, como un progresivo caminar hacia la liberación de toda injusticia, según el plan divino de salvación? ¿Cómo evitar que se sigan machacando, ¡todavía hoy!, los clavos sobre la cruz del Señor, sino es haciendo de éste el mejor de los mundos posibles?.
La más coherente de las respuestas sería: Trabajando porque el proyecto liberador cristiano llegue a ser una realidad consumada. La oración sola no basta para aniquilar el flagelo de la desesperanza, hace falta la acción. Y esta sensibilidad evangélica sólo se adquiere en contacto directo con el dolor y la pobreza. Y se sostiene, mirándonos en Cristo como un espejo. Reducir lo religioso al ámbito de lo privado no hace sino despojar al evangelio de la más original de sus dimensiones: la social. ¿Cómo vamos a mostrar nuestra fe con obras, rechazando todo efectivo compromiso con los desposeídos de este mundo?
Ser cristianos implica un grave compromiso social. Al templo venimos a rezar sí, y a buscar en la celebración eucarística las fuerzas necesarias para ser auténticamente cristianos en nuestra vida diaria. Pero la Iglesia, que es el pueblo de Dios, no vive en el templo sino en el mundo. Trabaja en la Viña cosechando rostros de Dios y ningún bautizado debería permanecer ocioso durante la vendimia; porque el ocio es pecado. Este es el momento más importante de la historia. De la única historia que nos ha sido dado vivir, nuestro “aquí y ahora”. Nuestra vocación y misión es hacer propias las opciones de Cristo, por más radical que estas sean. Y hacerlo con el mismo entusiasmo que él las vivió, sin temer al riesgo o al rechazo, porque únicamente así podemos estar seguros de cumplir con su voluntad.

Revista Vitral No. 48 * año VIII * marzo-abril 2002


Orlando Fernández Guerra
Profesor de Filosofía en el Instituto María Reina de la CONCUR, y de Teología en el Instituto de
Ciencias Religiosas P: Félix Varela (I.I.T..D.).

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