Tomando mi mochila, salí en la búsqueda de Dios
P. DENNIS DOREN L.C.
www.am.com.mx. 22 Enero 2012
Los hombres constantemente nos vamos cuestionando sobre la existencia de Dios y, por lo general, estamos esperando manifestaciones extraordinarias, milagros sorprendentes, sí, queremos verlo y sentirlo en eventos extraordinarios.
¿Cuántas veces no nos hemos cuestionado si Dios no me concede esto ya no creeré en él? y bueno, comienza este tira y afloja de nuestra fe en Dios, poniendo en tela de juicio su acción en nuestra vida.
Nos hemos olvidado que Dios está presente en la vida de los hombres en acontecimientos sencillos, naturales y, aunque no lo creas, cotidianos. No esperes grandes manifestaciones, anda, toma tu mochila y sal en busca de Dios, que lo encontrarás en cada esquina.
Había una vez un niño que quería conocer a Dios, pensaba que sería un largo viaje para llegar a donde vivía Dios. Empacó su pequeña maleta con panecillos y un “six pack” de jugos y emprendió la partida.
Apenas había recorrido tres cuadras cuando vio a una viejecita sentada en el parque observando las palomas. El niño se sentó a su lado y abrió su maletita. Estaba a punto de tomar su jugo, cuando le pareció que la viejecita tenía hambre, así que le ofreció un panecillo. Ella, agradecida, lo aceptó y sonrió, su sonrisa era tan hermosa que el niño quiso verla nuevamente, entonces, le ofreció un jugo y la viejita volvió a sonreír.
¡El niño estaba encantado! Ambos se quedaron sentados toda la tarde, comiendo y sonriendo, pero no intercambiaron una sola palabra. Al oscurecer, el niño estaba cansado y se levantó para irse. Se dio la vuelta y le dio un abrazo a la viejecita. Ella le devolvió una hermosa sonrisa como nunca antes había sonreído.
El niño regresó a su casa y cuando abrió la puerta su madre, sorprendida por la cara de felicidad que tenía su hijo, le preguntó: “¿Qué hiciste en el día de hoy que te ha hecho tan feliz?”. “He comido con Dios, ¿y sabes qué?, ¡tiene la sonrisa más bella que he visto!”.
Mientras tanto, la viejecita, también con mucha felicidad, radiante, regresó a su casa. Su hijo quedó anonadado por la paz que se pintaba en el rostro de su madre y preguntó: “Mamá, ¿qué hiciste el día de hoy, que te hizo tan feliz?”.
Ella contestó: “Comí panecillos en el parque con Dios, ¿y sabes qué? es más joven de lo que yo esperaba”.
Pasé tanto tiempo buscándote, miraba para el infinito y no te veía, no sabía dónde estabas. Y pensaba conmigo mismo: ¿Será que tú existías de verdad?
No me contentaba en la búsqueda y proseguía. Me esforzaba por encontrarte en las religiones; me esforzaba por encontrarte en las iglesias, pero tú no estabas.
Me sentí solo, vacío, desesperado y no creí más.
En la incredulidad, te ofendí; en la ofensa, tropecé; en el tropiezo, caí; en la caída, me sentí flaco, débil; en la flaqueza, pedí auxilio; en el auxilio, encontré amigos; en los amigos, encontré cariño; en el cariño, vi nacer el amor; con el amor, vi un mundo nuevo; en el mundo nuevo, resolví vivir; como recibí vida, decidí donar; donándome, algunas cosas recibí; recibiendo, me sentí feliz; feliz, encontré la paz; con la paz, fue que comencé a mirar que dentro de mí es que estabas; y te percibí, y así te encontré.