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¡Feliz día del padre, papito Dios!

¡Feliz día del padre, papito Dios!

Leticia Coronado

Revista “Acción Femenina” junio 2010/ año 77/ 945

¡Hola papito bueno!

Quiero aprovechar este día del Padre para saludarte y festejarte…

En realidad nunca lo había hecho. Y te voy a decir por qué.

He de confesarte que antes no te conocía y por lo mismo, te tenía miedo, un miedo enorme.

Recuerdo mi clase de catecismo en la Parroquia, cuando era niña: mi catequista era una buena mujer, muy bien intencionada, pero que me’ enseñó “a la antigüita”. Ella decía que si te teníamos miedo nos portaríamos bien. Siempre afirmaba que tú estabas en todas partes, que lo veías todo, que lo sabías todo y que si nos portábamos mal, tú te darías cuenta. Yo te percibía como un enorme policía enojón; pasaba horas enteras imaginando a qué lugar podría ir para esconderme de ti.

¿Y si tomo una nave espacial y viajo lejos, a otros planetas?

Ahí también está Dios.

¿Y si me sumerjo en las profundidades del océano en un submarino?

Ahí te encontrará Dios.

¡Qué noches de terror! Lo peor es que mi miedo lo remataba una imagen de la Divina Providencia que tenían en mi parroquia en la que te representaban como un anciano de rostro severo, con barba blanca y ceño fruncido.

La representación que el artista hizo de ti contrastaba fuertemente con la imagen de tu Divino Hijo, Jesucristo: a Él lo presentaba como un hombre joven, de rostro amable y con una hermosa sonrisa en los labios.

Gracias a Dios (bueno, gracias a ti) que esa imagen de Jesús me dio confianza. Fue cuando decidí llevar la fiesta en paz contigo. Bueno, más bien decidí no hablarte más que lo necesario. En ese entonces todas mis oraciones y buenos deseos se dirigían a Jesús, pues Él no me inspiraba miedo. Lo curioso es que, en varios momentos de mi vida, volví a escuchar la misma idea, de diferentes personas: que tú eres un Dios terrible y justiciero.

¡ME BUSCASTE, ME ENCONTRASTE!

Lo bueno es que tú eres muy insistente. No te conformaste con mi decisión de ignorarte y buscaste mil maneras para que yo me diera cuenta de mi error.

Fue al leer la Biblia cuando descubrí tu verdadero rostro. i Hay que abrir el corazón para descubrir que tú, papito Dios, 1 eres bueno y cariñoso, lento para enojarte y generoso para  perdonar.

Aprendí que Jesús te ama profundamente y que cuando se dirige a ti en realidad no lo hace con palabras tan serias y formales: “Padre Nuestro”.

Jesús al hablarte te llamaba “Papito”. Pensándolo   bien, fue Jesús mismo quien me enseñó  tu  verdadero  rostro, esa  fue su misión. Sí, estás en todas partes, pero no para condenarnos, sino porque tu amor es como un gran manto que todo lo abarca.

Tu amor es como las alas del águila, que protegen a sus polluelos:

“…a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí.” Ex 19,4

“Si subo hasta los cielos, allí estás tú. Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo sobre las alas de la aurora y me instalo en el extremo del mar, también allí me alcanzará tu mano y me agarrará tu derecha… tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre…” Del salmo 139 (138)

¡YA NO TE TENGO MIEDO!

Fue una gran alegría cuando descubrí tu verdadero rostro, que tú, papito Dios, eres amoroso e infinitamente misericordioso. Descubrirte me dio la paz. Saber que tú, Jesús y el Espíritu Santo son uno mismo.

Has sido tan buen papá, tan paciente y cariñoso… Quiero aprovechar este día del Padre para felicitarte y para proclamar a los cuatro vientos que tú, Papito mío, eres el único que da sentido a la vida. Contigo podemos organizar todo este mundo que está “Patas pa’rriba”.

Te quiere.

Tu hija,.

Casi pareciera escuchar la voz de Jesús que nos revela el rostro del Padre, suyo y nuestro, y es que en efecto “El ha venido al mundo” para hablarnos del Padre; para hacérnoslo conocer, hijos perdidos, y resucitar en nuestros corazones el gozo de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y restituidos a nuestra plena dignidad, el deseo de habitar por siempre en su casa, que es también nuestra casa.

Benedicto XVI.

El Dios de la alianza, rico en misericordia, nos ha amado primero; inmerecidamente, nos ha amado a cada uno de nosotros; por eso, lo bendecimos, animados por el Espíritu Santo, Espíritu vivificador, alma y vida de la Iglesia.

Documento de Aparecida, no. 23.

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  1. Leticia Coronado Estrada
    junio 24, 2010 en 9:58 pm

    Saludos cariñosos. Les envío un cordial saludo. Acabo de descubrir que han tenido la amabilidad de publicar mis artículos (soy colaboradora de la revista Acción Femenina). Les agradezco mucho y me pongo a sus órdenes. Estamos en lo mismo… trabajando para que el Reino de Dios se extienda por todo el Mundo. Que Dios los bendiga.

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