Aparecida Parroquia y laicado en la misión

Aparecida Parroquia y laicado en la misión

Felipe Zegarra

Quisiera continuar en este artículo mis reflexiones  sobre la actividad misionera de la Iglesia –específicamente en América Latina y el Caribe–, a partir de las conclusiones de Aparecida[1]. Como se sabe, la propuesta de la Iglesia para “ponerse en estado de misión” es central en la V Conferencia (Documento de Aparecida, 213)[2]. Voy a dedicar estas páginas a la propuesta de acción misionera para las parroquias, el laicado y las comunidades en que éste se integra; adicionalmente, me referiré a la formación de laicas y laicos. Son muchas las razones para ello, que van desde la importancia del tema hasta la necesidad personal –como párroco– de revisar la actividad pastoral que comparto con algunas religiosas y muchos laicos y laicas.

“Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (365).

Antes de entrar en la materia anunciada, es preciso recordar que el papa Benedicto y nuestros obispos han manifestado un concepto amplio de la misión: “Su Santidad Benedicto XVI ha confirmado que la misión ad gentes se abre a nuevas dimensiones: ‘El campo de la misión ad gentes se ha ampliado notablemente y no se puede definir sólo basándose en consideraciones geográficas o jurídicas. En efecto, los verdaderos destinatarios de la actividad misionera del pueblo de Dios no son sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones’” (375)[3]. Desde esta perspectiva, es claro que la acción misionera, el testimonio y anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios debe penetrar casas, calles y barrios, y concretamente los corazones de todas y todos los vecinos.

  1. La parroquia

Una de las primeras afirmaciones sobre las que considero necesario reflexionar dice: “La V Conferencia General es una oportunidad para que todas nuestras parroquias se vuelvan misioneras” (173). “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que “el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial” (NMI 12) con nuevo ardor misionero” (370).

Tal aseveración nos lleva a un aspecto central del concilio y postconcilio, es decir, la eclesiología de comunión:

“La dimensión comunitaria es intrínseca al misterio y a la realidad de la Iglesia que debe reflejar la Santísima Trinidad. A lo largo de los siglos, de diversas maneras, se ha vivido esta dimensión esencial. La Iglesia es comunión. Las parroquias son células vivas de la Iglesia[4] y lugares privilegiados en los que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y de su Iglesia[5]. Encierran una inagotable riqueza comunitaria porque en ellas se encuentra una inmensa variedad de situaciones, de edades, de tareas. Sobre todo hoy, cuando la crisis de la vida familiar afecta a tantos niños y jóvenes, las parroquias brindan un espacio comunitario para formarse en la fe y crecer comunitariamente” (304; ver también 305).

Pero no todas las parroquias han actuado como responsables de la misión. Por eso Aparecida decía que se abre una oportunidad para que “se vuelvan misioneras”. Eso implica que hay que proceder a una transformación de la institución y de su vida.

La renovación parroquial

Es cierto que ese cambio ha comenzado. Los obispos, en efecto, constatan que “crecen los esfuerzos de renovación pastoral en las parroquias, favoreciendo un encuentro con Cristo vivo, mediante diversos métodos de nueva evangelización, transformándose en comunidad de comunidades evangelizadas y misioneras” (99e). Así y todo, plantean con fuerza la necesidad de proceder a esa conversión:

“Uno de los anhelos más grandes que se ha expresado en las iglesias de América Latina y del Caribe con motivo de la preparación de la V Conferencia General, es el de una valiente acción renovadora de las parroquias a fin de que sean de verdad ‘espacios de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y supraparroquiales y a las realidades circundantes’”[6] (170).

El desafío es inmenso y demandará esfuerzos muy grandes y sostenidos. Poco después del texto citado se dice:

“La renovación de las parroquias al inicio del tercer milenio exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión. Desde la parroquia hay que anunciar lo que Jesucristo ‘hizo y enseñó’ (Hch 1,1) mientras estuvo con nosotros. Su Persona y su obra son la buena noticia de salvación anunciada por los ministros y testigos de la Palabra que el Espíritu suscita e inspira” (172).

Anunciar lo hecho y enseñado por el Señor Jesús durante su vida en la tierra es, sin duda, algo muy demandante, pues se trata de una conversión al evangelio y a los evangelios, sin ambigüedades. El texto prosigue: “Toda parroquia está llamada a ser el espacio donde se recibe y acoge la Palabra, se celebra y se expresa en la adoración del Cuerpo de Cristo, y así es la fuente dinámica del discipulado misionero. Su propia renovación exige que se deje iluminar siempre de nuevo por la Palabra viva y eficaz” (172).

Los párrocos tendremos que participar decididamente en ese proceso: “La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (201).

Si bien se habla expresamente y se trata de “conversión”, en el sentido fuerte del término bíblico, la renovación exige asimismo cambios institucionales:

“Una parroquia renovada multiplica las personas que prestan servicios y acrecienta los ministerios. Igualmente, en este campo se requiere imaginación para encontrar respuesta a los muchos y siempre cambiantes desafíos que plantea la realidad, exigiendo nuevos servicios y ministerios. La integración de todos ellos en la unidad de un único proyecto evangelizador es esencial para asegurar una comunión misionera” (202).

Pensando en las características de las parroquias latinoamericanas y caribeñas se precisa que “es aconsejable la sectorización en unidades territoriales más pequeñas, con equipos propios de animación y coordinación que permitan una mayor proximidad a las personas y grupos que viven en el territorio. Es recomendable que los agentes misioneros promuevan la creación de comunidades de familias que fomenten la puesta en común de su fe cristiana y las respuestas a los problemas. Reconocemos como un fenómeno importante de nuestro tiempo la aparición y difusión de diversas formas de voluntariado misionero que se ocupan de una pluralidad de servicios” (372).

  1. El laicado

Laicas y laicos son considerados por el documento de Aparecida en la línea del Vaticano II y, específicamente, de Lumen gentium (ver, por ejemplo, el n. 9), es decir, como miembros plenos del pueblo (laós) de Dios:

“Los fieles laicos son ‘los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo’[7]. Son ‘hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia’[8]” (209).

Ahora bien, territorialmente, ellos viven, estudian o trabajan en espacios asignados a las parroquias. Es cierto que la territorialidad no es el único ámbito de referencia para ellos, pero el criterio territorial no puede ser tratado con desdén, especialmente en las primeras etapas de la vida; quizá por esto, nuestros obispos lo tratan como un ámbito mayoritario: “Entre las comunidades eclesiales en las que viven y se forman los discípulos misioneros de Jesucristo sobresalen las parroquias. Ellas son células vivas de la Iglesia[9] y el lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial[10]. Están llamadas a ser casas y escuelas de comunión” (170). El hecho es que, sin el laicado, las parroquias quedan vacías, nada son.

Después de recordar que “todos los miembros de la comunidad parroquial son responsables de la evangelización de los hombres y mujeres en cada ambiente” (171), la V Conferencia declara que “los mejores esfuerzos de las parroquias en este inicio del tercer milenio deben estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros. Solamente a través de la multiplicación de ellos podremos llegar a responder a las exigencias misioneras del momento actual” (174; ver 202). Por eso, en el número 203 se trata del Consejo Pastoral y del Consejo de Asuntos Económicos como mecanismos de corresponsabilidad laical en las parroquias.

Empero, la responsabilidad pastoral del laicado es mucho más amplia y cotidiana, y comprenderlo teórica y prácticamente es imprescindible:

“La evangelización del continente, nos decía el papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos[11]. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el ‘ser’ y el ‘hacer’ del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación[12] (213).

Pero cuando se busca especificar el ámbito de la actuación propia del laicado, nuevamente encontramos una ampliación de los enfoques habituales sobre la Iglesia, siempre en la línea del Concilio y, esta vez, de la exhortación Christifideles laici, como lo vemos en el siguiente apartado.

Revaloración de su medio específico: lo secular[13]

Ya en el capítulo 2, “mirada… sobre la realidad”, y concretamente al analizar la “situación de nuestra Iglesia en esta hora histórica de desafíos”, los obispos constatan “el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal (… y …) en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos” (100c). Esto se dice porque –hay que reparar en los términos– “el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos”[14] (174; ver también 210). El planteamiento es insistente: “Los discípulos y misioneros de Cristo deben iluminar con la luz del evangelio todos los ámbitos de la vida social. La opción preferencial por los pobres, de raíz evangélica, exige una atención pastoral atenta a los constructores de la sociedad[15]. Si muchas de las estructuras actuales generan pobreza, en parte se ha debido a la falta de fidelidad a sus compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales” (501). Se apunta al final a la incoherencia en la vida de fe, que no se concreta en la práctica.

Estos textos están en perfecta conformidad con el concepto de evangelización que, según nuestros obispos, “incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana y la auténtica liberación cristiana” (146). La Conferencia de Santo Domingo (1992) había tenido como temas capitales la nueva evangelización, la promoción humana y la inculturación, pero Aparecida ha sido mucho más nítida.

El contexto de la afirmación que sigue podría ser más amplio y general, pero no puede discutirse su validez y sentido paradigmático, pese a la complejidad de sus elementos: en continuidad con los misterios de la encarnación y la sacramentalidad, se plantea la urgencia de “parroquias samaritanas”, precisamente porque están marcadas por la presencia laical:

“La eucaristía, signo de la unidad con todos, que prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre (cf. Fil 2,6-8), nos plantea la exigencia de una evangelización integral. La inmensa mayoría de los católicos de nuestro continente viven bajo el flagelo de la pobreza. Ésta tiene diversas expresiones: económica, física, espiritual, moral, etc. Si Jesús vino para que todos tengamos vida en plenitud, la parroquia tiene la hermosa ocasión de responder a las grandes necesidades de nuestros pueblos. Para ello tiene que seguir el camino de Jesús y llegar a ser buena samaritana como Él. Cada parroquia debe llegar a concretar en signos solidarios su compromiso social en los diversos medios en que ella se mueve, con toda ‘la imaginación de la caridad’[16]. No puede ser ajena a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que con mucha frecuencia son pobrezas escondidas. Toda auténtica misión unifica la preocupación por la dimensión trascendente del ser humano y por todas sus necesidades concretas, para que todos alcancen la plenitud que Jesucristo ofrece” (176).

Antes, los obispos han celebrado el impacto de la Doctrina Social de la Iglesia, la cual  “constituye una invaluable riqueza, que ha animado el testimonio y la acción solidaria de los laicos y laicas, quienes se interesan cada vez más por su formación teológica, como verdaderos misioneros de la caridad, y se esfuerzan por transformar de manera efectiva el mundo según Cristo. Innumerables iniciativas laicales en el ámbito social, cultural, económico y político, hoy se dejan inspirar en los principios permanentes, en los criterios de juicio y en las directrices de acción provenientes de la Doctrina Social de la Iglesia. Se valora el desarrollo que ha tenido la pastoral social, como también la acción de Caritas en sus varios niveles, y la riqueza del voluntariado en los más diversos apostolados con incidencia social. Se ha desarrollado la pastoral de la comunicación social, y la Iglesia cuenta con más medios que nunca para la evangelización de la cultura” (99f). Por cierto, no se trata de una mención aislada y casual (ver 505, y –abajo– el último punto de la IV parte).

Volviendo al tema de los espacios con participación del laicado, Aparecida reconoce “el valor y la eficacia de los consejos parroquiales, consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo”, y agrega una afirmación en la que hay que profundizar mucho: “La construcción de ciudadanía en el sentido más amplio y la construcción de eclesialidad en los laicos es un solo y único movimiento” (215).

Evangelización de la cultura y opción por los pobres

Los obispos no contraponen el campo de la cultura –en su sentido restringido– con la transformación de la sociedad:

“Queremos felicitar e incentivar a tantos discípulos y misioneros de Jesucristo que, con su presencia ética coherente, siguen sembrando los valores evangélicos en los ambientes donde tradicionalmente se hace cultura y en los nuevos areópagos: el mundo de las comunicaciones, la construcción de la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, sobre todo de las minorías, la promoción de la mujer y de los niños, la ecología y la protección de la naturaleza. Y ‘el vastísimo areópago de la cultura, de la experimentación científica, de las relaciones internacionales’[17]. Evangelizar la cultura, lejos de abandonar la opción preferencial por los pobres y el compromiso con la realidad, nace del amor apasionado a Cristo, que acompaña al pueblo de Dios en la misión de inculturar el evangelio en la historia, ardiente e infatigable en su caridad samaritana” (491).

Los laicos en la acción  pastoral

Pero reconocer el “mundo” como terreno propio y específico de la actividad evangelizadora de los laicos y laicas no implica desconocer su papel fundamental en la actividad interna de la Iglesia. Eso se afirma ya en el momento del “ver”: “En algunas iglesias se ha(n) desarrollado (…) también los ministerios confiado a los laicos y otros servicios pastorales, como delegados de la Palabra, animadores de asamblea y de pequeñas comunidades, entre ellas las comunidades eclesiales de base, los movimientos eclesiales y un gran número de pastorales específicas” (99c). Y algo después: “A los catequistas, delegados de la Palabra y animadores de comunidades, que cumplen una magnífica labor dentro de la Iglesia[18], les reconocemos y animamos a continuar el compromiso que adquirieron en el bautismo y en la confirmación” (211).

En este último párrafo se manifiesta asimismo la voluntad expresa de la Conferencia en apelar a la presencia activa del laicado en la vida de la Iglesia: “Los laicos también están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano” (211). En este acápite se reitera la primacía del testimonio coherente de vida cristiana, que proviene de los evangelios (por ejemplo: Mateo 7,21) y se ha proclamado insistentemente desde el Vaticano II[19].

Las familias, primeras responsables de la evangelización

Lo expresado en el título es, además de una afirmación tradicional de la Iglesia, una constatación y preocupación básica de la catequesis familiar, que actúa en casi todas las diócesis del Perú y en varios otros países de América Latina y el Caribe:

“Dentro del territorio parroquial, la familia cristiana es la primera y más básica comunidad eclesial. En ella se viven y se transmiten los valores fundamentales de la vida cristiana. Se le llama ‘Iglesia doméstica’[20]. Allí los padres son los primeros transmisores de la fe a sus hijos, enseñándoles a través del ejemplo y la palabra a ser verdaderos discípulos misioneros. Al mismo tiempo, cuando esta experiencia de discipulado misionero es auténtica, ‘una familia se hace evangelizadora de muchas otras familias y del ambiente en que ella vive’[21]. Esto opera en la vida diaria ‘dentro y a través de los hechos, las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día’[22]. El Espíritu, que todo lo hace nuevo, actúa aun dentro de situaciones irregulares en las que se realiza un proceso de transmisión de la fe, pero hemos de reconocer que, en las actuales circunstancias, a veces este proceso se encuentra con bastantes dificultades” (204).

Esta comprobación se complementa con un llamado a posibilitar a las familias la observancia de su responsabilidad:

“Para que la familia sea ‘escuela de la fe’ y pueda ayudar a los padres a ser los primeros catequistas de sus hijos, la pastoral familiar debe ofrecer espacios formativos, materiales catequéticos, momentos celebrativos que le permitan cumplir su misión educativa. La familia está llamada a introducir a los hijos en el camino de la iniciación cristiana. La familia, pequeña Iglesia, debe ser junto con la parroquia el primer lugar para la iniciación cristiana de los niños[23]. Ella ofrece a los hijos un sentido cristiano de existencia y los acompaña en la elaboración de su proyecto de vida, como discípulos misioneros” (302; ver también 303, que menciona las modalidades diversas de la catequesis familiar, y toda la sección 432-437).

III. Las comunidades eclesiales

Al inicio de estas páginas he recordado la visión de la Iglesia como comunión (ver 304 y 305). Un aspecto fundamental es el de las pequeñas comunidades, establecidas por los miembros de muchas iglesias de América Latina y el Caribe desde antes de Medellín. En el “ver”, se comprueba la actual existencia de “pequeñas comunidades, entre ellas, las comunidades eclesiales de base, los movimientos eclesiales y un gran número de pastorales específicas” (99c) y “un florecimiento de comunidades eclesiales de base, según el criterio de las precedentes conferencias generales, en comunión con los obispos y fieles al Magisterio de la Iglesia[24]. Se valora la presencia y el crecimiento de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades que difunden su riqueza carismática, educativa y evangelizadora” (99e). Todo ello –se dice después– es “un signo esperanzador”, porque “ayudan a que muchos bautizados y muchos grupos misioneros asuman con mayor responsabilidad su identidad cristiana y colaboren más activamente en la misión evangelizadora” (214).

Aun en la versión corregida del documento de Aparecida, encontramos un positivo reconocimiento de las pequeñas comunidades, y particularmente de las ceb: “En la experiencia eclesial de algunas iglesias de América Latina y del Caribe, las comunidades eclesiales de base han sido escuelas que han ayudado a formar cristianos comprometidos con su fe, discípulos y misioneros del Señor, como testimonia la entrega generosa, hasta derramar su sangre, de tantos miembros suyos. Ellas recogen la experiencia de las primeras comunidades, como están descritas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2,42-47). Medellín reconoció en ellas una célula inicial de estructuración eclesial y foco de fe y evangelización[25]. Puebla constató que las pequeñas comunidades, sobretodo las comunidades eclesiales de base, permitieron al pueblo acceder a un conocimiento mayor de la palabra de Dios, al compromiso social en nombre del evangelio, al surgimiento de nuevos servicios laicales y a la educación de la fe de los adultos[26]” (178).

Conviene situar adecuadamente éste y otros textos de Aparecida en el contexto de la historia reciente de las iglesias de America Latina y el Caribe. En el surgimiento, ya lejano de las ceb, influyeron –entre otros aspectos– 1) la experiencia de los movimientos especializados de Acción Católica, que seguían el método del “ver –juzgar– actuar”[27], que posibilita una mayor y mejor relación entre la Palabra y la vida cotidiana de sus integrantes; 2) las condiciones de actuación de iglesias como la muy grande de Brasil, desde al menos 1964; y 3) la eclesiología derivada del Vaticano II:

“Toda revisión de las estructuras eclesiales en lo que tienen de reformable, debe hacerse, por cierto, para satisfacer las exigencias de situaciones históricas concretas, pero también con los ojos puestos en la naturaleza de la Iglesia. La revisión que debe llevarse a cabo hoy en nuestra situación continental ha de estar inspirada y orientada por dos ideas directrices muy subrayadas en el Concilio: la de comunión y la de catolicidad. En efecto, la Iglesia es ante todo un misterio de comunión católica, pues en el seno de su comunidad visible, por el llamamiento de la palabra de Dios y por la gracia de sus sacramentos, particularmente de la eucaristía, todos los hombres pueden participar fraternalmente de la común dignidad de hijos de Dios, y todos también, compartir la responsabilidad y el trabajo para realizar la común misión de dar testimonio del Dios que los salvó y los hizo hermanos en Cristo” (Medellín, doc. 15 –Pastoral de Conjunto–, nn. 5 y 6).

Eso condujo a la Conferencia de Medellín (1968) a proponer el modelo eclesial de las ceb, cuyas pequeñas dimensiones facilitan el encuentro entre los integrantes y entre ellos y el Señor Jesús:

“La vivencia de la comunión a que ha sido llamado, debe encontrarla el cristiano en su ‘comunidad de base’: es decir, una comunidad local o ambiental, que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo, y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros. Por consiguiente, el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe estar orientado a la transformación de esas comunidades en “familia de Dios”, comenzando por hacerse presente en ellas como fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño, que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad. La comunidad eclesial de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto que es su expresión. Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo” (ibid., n. 8).

Y consiguientemente se empieza a pensar en las parroquias como conjunto de comunidades: “La visión que se ha expuesto nos lleva a hacer de la parroquia un conjunto pastoral vivificador y unificador de las comunidades de base. Así la parroquia ha de descentralizar su pastoral en cuanto a sitios, funciones y personas” (ibid., n. 13).

Once años después (1979), la Conferencia de Puebla celebra la existencia de estas nuevas experiencias eclesiales:

“Las comunidades eclesiales de base, que en 1968 eran apenas una experiencia incipiente, han madurado y se han multiplicado, sobre todo en algunos países, de modo que ahora constituyen motivo de alegría y de esperanza para la Iglesia. En comunión con el obispo y como lo pedía Medellín, se han convertido en focos de evangelización y en motores de liberación y desarrollo. La vitalidad de las ceb empieza a dar sus frutos: es una de las fuentes de los ministerios confiados a los laicos: animadores de comunidades, catequistas, misioneros” (P 96-97).

Al mismo tiempo, los obispos reunidos en Puebla se refieren a otras experiencias comunitarias, de características básicamente similares: “Florecen también otros grupos cristianos eclesiales de seglares hombres y mujeres, que reflexionan a la luz del evangelio sobre la realidad que les rodea y buscan formas originales de expresar su fe en la palabra de Dios y de ponerla en práctica” (P 99). En torno a ellas, los obispos de América Latina dedicaron un capítulo especial a estas experiencias (III parte, I.2), en el que se las analiza con mayor detalle:

“Se comprueba que las pequeñas comunidades, sobre todo las ceb, crean mayor interrelación personal, aceptación de la palabra de Dios, revisión de vida y reflexión sobre la realidad, a la luz del evangelio; se acentúa el compromiso con la familia, con el trabajo, el barrio y la comunidad local. Señalamos con alegría, como hecho eclesial particularmente nuestro y como “esperanza de la Iglesia”[28], la multiplicación de pequeñas comunidades. Esta expresión eclesial se advierte más en la periferia de las grandes ciudades y en el campo. Son ambiente propicio para el surgimiento de los nuevos servicios laicales. En ellas se ha difundido mucho la catequesis familiar y la educación de la fe de los adultos, en formas más adecuadas al pueblo sencillo” (P 629).

Analizando los términos de su denominación, se dice:

“La ceb, como comunidad, integra familias, adultos y jóvenes, en íntima relación interpersonal en la fe. Como eclesial, es comunidad de fe, esperanza y caridad; celebra la palabra de Dios en la vida, a través de la solidaridad y compromiso con el mandato nuevo del Señor y hace presente y actuante la misión eclesial y la comunión visible con los legítimos pastores… Es de base, por estar constituida por pocos miembros, en forma permanente y a manera de célula de la gran comunidad” (P 642; énfasis mío).

La reflexión sobre las ceb reaparece en la IV parte, I, al reflexionar acerca de la renovada opción preferencial por los pobres:

“El compromiso con los pobres y el surgimiento de las comunidades de base han ayudado a la Iglesia a descubrir el potencial evangelizador de los pobres, en cuanto la interpelan constantemente, llamándola a la conversión, y por cuanto muchos de ellos realizan en su vida los valores evangélicos de solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios” (P 1147).

En 1992, la Conferencia de Santo Domingo reconceptúa la parroquia: ella, “comunidad de comunidades y movimientos, acoge las angustias y esperanzas de los hombres, anima y orienta la comunión, participación y misión”. Por eso, continúa, la parroquia “vive y obra profundamente insertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dificultades” (SD 58). Y poco después vuelve a tratar de las comunidades eclesiales de base, y explicita su dimensión misionera, citando el discurso inaugural del papa Juan Pablo II: “La ceb es célula viva de la parroquia, entendida ésta como comunión orgánica y misionera… ‘Las ceb deben caracterizarse siempre por una decidida proyección universalista y misionera, que les infunda un renovado dinamismo apostólico’” (SD 61).

De todo lo anterior se hace eco la exhortación pontificia Ecclesia in America (1999), que recoge los acuerdos del Sínodo para América:

“Una clave de renovación parroquial, especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede encontrarse quizás considerando la parroquia como comunidad de comunidades y movimientos. Parece por eso oportuna la formación de comunidades y grupos eclesiales de tales dimensiones que favorezcan verdaderas relaciones humanas. Esto permitirá vivir más intensamente la comunión, procurando cultivarla no sólo ‘ad intra’, sino también con la comunidad parroquial a la que pertenecen estos grupos y con toda la Iglesia diocesana y universal. En este contexto humano será también más fácil escuchar la palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en el amor de Cristo” (n. 41).

Resumamos la reflexión hecha sobre las comunidades eclesiales de 1968 a 1999:

–   Las comunidades eclesiales estén abiertas a la dimensión de comunión católica

–   La comunidad de base y, como fermento en ella, la comunidad eclesial de base es foco de evangelización y factor de promoción humana y desarrollo

–   Han madurado y se han multiplicado… sobre todo en la periferia de las grandes ciudades y en el campo (ver P 648)

–   Constituyen motivo de alegría y de esperanza para la Iglesia

–   Son comunidades de fe, esperanza y caridad; celebran la palabra de Dios en la vida

–   Crean mayor interrelación personal, aceptación de la palabra de Dios

–   También revisión de vida y reflexión sobre la realidad a la luz del evangelio

–   Acentúan el compromiso con la familia, el trabajo, el barrio y la comunidad local

–   Se han convertido en focos de Evangelización y en motores de liberación y desarrollo

–   Han ayudado a la Iglesia a descubrir el potencial evangelizador de los pobres

–   Su vitalidad empieza a dar sus frutos:

  • Son una de las fuentes de los ministerios confiados a los laicos
  • Se ha difundido mucho la catequesis familiar y la educación de la fe de los adultos

Eso lleva a cambiar la hasta entonces visión de la parroquia:

–   Se entiende primero como conjunto de comunidades de base (Medellín)

–   Más tarde como comunidad de comunidades y movimientos (Santo Domingo y Ecclesia in America)

Volvamos ahora a los textos de la conferencia de Aparecida:

“Las comunidades eclesiales de base, en el seguimiento misionero de Jesús, tienen la palabra de Dios como fuente de su espiritualidad y la orientación de sus pastores como guía que asegura la comunión eclesial. Despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados, y son expresión visible de la opción preferencial por los pobres. Son fuente y semilla de variados servicios y ministerios a favor de la vida en la sociedad y en la Iglesia. Manteniéndose en comunión con su obispo e insertándose al proyecto de pastoral diocesana, las ceb se convierten en un signo de vitalidad en la Iglesia particular. Actuando así, juntamente con los grupos parroquiales, asociaciones y movimientos eclesiales, pueden contribuir a revitalizar las parroquias haciendo de las mismas una comunidad de comunidades. En su esfuerzo de corresponder a los desafíos de los tiempos actuales, las comunidades eclesiales de base cuidarán de no alterar el tesoro precioso de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia” (179).

Como en Puebla y Santo Domingo, Aparecida destaca la existencia de otras comunidades:

“Como respuesta a las exigencias de la evangelización, junto con las comunidades eclesiales de base hay otras válidas formas de pequeñas comunidades, e incluso redes de comunidades, de movimientos, grupos de vida, de oración y de reflexión de la palabra de Dios. Todas las comunidades y grupos eclesiales darán fruto en la medida en que la eucaristía sea el centro de su vida y la palabra de Dios sea faro de su camino y su actuación en la única Iglesia de Cristo” (180).

Lo fundamental en toda esta historia eclesial de cuarenta años[29] es el énfasis dado a la realización en marcha de una eclesiología de comunión, gracias a comunidades de dimensión humana y con una fuerte relación entre fe y vida.

  1. Parroquias y formación del laicado

“Si queremos que las parroquias sean centros de irradiación misionera en sus propios territorios, deben ser también lugares de formación permanente. Esto requiere que se organicen en ellas variadas instancias formativas que aseguren el acompañamiento y la maduración de todos los agentes pastorales y de los laicos insertos en el mundo. Las Parroquias vecinas también pueden aunar esfuerzos en este sentido, sin desaprovechar las ofertas formativas de la diócesis y de la conferencia episcopal” (306).

Como se ha dicho en la tercera parte, es preciso recordar la dimensión comunitaria de la vida cristiana.

En diferentes contextos se habla de este desafío para nuestras Iglesias[30]. Al hablar de los “alejados”, a los que la misión debe dirigirse, se habla de “reforzar en nuestra Iglesia cuatro ejes”. Ellos son (226):

  1. a) “La experiencia religiosa. En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral.
  2. b) La vivencia comunitaria. Nuestros fieles buscan comunidades cristianas en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visibles y eclesialmente incluidos. Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsables en su desarrollo. Eso permitirá un mayor compromiso y entrega en y por la Iglesia.
  3. c) La formación bíblico-doctrinal. Junto con una fuerte experiencia religiosa y una destacada convivencia comunitaria, nuestros fieles necesitan profundizar el conocimiento de la palabra de Dios y los contenidos de la fe, ya que es la única manera de madurar su experiencia religiosa. En este camino acentuadamente vivencial y comunitario, la formación doctrinal no se experimenta como un conocimiento teórico y frío, sino como una herramienta fundamental y necesaria en el crecimiento espiritual, personal y comunitario.
  4. d) El compromiso misionero de toda la comunidad. Ella sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella”.

En lo que sigue, me limito a presentar algunas preocupaciones básicas de Aparecida:

La iniciación cristiana debe repensarse seriamente: “O educamos en la fe, poniendo realmente en contacto con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o no cumpliremos nuestra misión evangelizadora. Se impone la tarea irrenunciable de ofrecer una modalidad operativa de iniciación cristiana que, además de marcar el qué, dé también elementos para el quién, el cómo y el dónde se realiza” (287).

“Sentimos la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades un proceso de iniciación en la vida cristiana que comience por el kerygma y, guiado por la palabra de Dios, que conduzca un encuentro personal cada vez mayor con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre[31] experimentado como plenitud de la humanidad, y que lleve a la conversión, al seguimiento en una comunidad eclesial y a una maduración de fe en la práctica de los sacramentos, el servicio y la misión” (289).

“El itinerario formativo del cristiano… ‘tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos’”[32] (290).

“La iniciación cristiana da la posibilidad de un aprendizaje gradual en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesucristo. Así forja la identidad cristiana con las convicciones fundamentales y acompaña la búsqueda del sentido de la vida”. Cada discípulo pide “una comunidad que asume la iniciación cristiana, renueva su vida comunitaria y despierta su carácter misionero. Esto requiere nuevas actitudes pastorales de parte de obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y agentes de pastoral” (291). Se precisa que “la parroquia ha de ser el lugar donde se asegure la iniciación cristiana” (293).

Finalmente, dicen los obispos: “Proponemos que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana sea asumido en todo el continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir en la vida cristiana, y como la catequesis básica y fundamental. Después vendrá la catequesis permanente que continúa el proceso de maduración en la fe, en la que se debe incorporar un discernimiento vocacional y la iluminación para proyectos personales de vida” (294).

Este texto señala el tránsito hacia otra gran preocupación, la catequesis permanente: “La catequesis no debe ser sólo ocasional, reducida a los momentos previos a los sacramentos o a la iniciación cristiana, sino más bien ‘un itinerario catequético permanente’[33]. Por esto, compete a cada Iglesia particular, con la ayuda de las conferencias episcopales, establecer un proceso catequético orgánico y progresivo que se extienda por todo el arco de la vida, desde la infancia hasta la ancianidad, teniendo en cuenta que el Directorio general de catequesis considera la catequesis de adultos como la forma fundamental de la educación en la fe. Para que, en verdad, el pueblo conozca a fondo a Cristo y lo siga fielmente debe ser conducido especialmente en la lectura y meditación de la palabra de Dios, que es el primer fundamento de una catequesis permanente[34]” (298).

Finalmente, “la catequesis no puede limitarse a una formación meramente doctrinal sino que ha de ser una verdadera escuela de formación integral. Por tanto, se ha de cultivar la amistad con Cristo en la oración, el aprecio por la celebración litúrgica, la vivencia comunitaria, el compromiso apostólico mediante un permanente servicio a los demás” (299).

La formación social de laicas y laicos[35] es mostrada repetidamente como indispensable: “Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (212).

El enfoque básico es preciso: “Destacamos que la formación de los laicos y laicas debe contribuir ante todo a una actuación como discípulos misioneros en el mundo, en la perspectiva del diálogo y de la transformación de la sociedad. Es urgente una formación específica para que puedan tener una incidencia significativa en los diferentes campos, sobre todo ‘en el mundo vasto de la política, de la realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios y de otras realidades abiertas a la evangelización’[36]” (283).

Se trata de una postura preocupada de la efectividad: “En esta tarea y con creatividad pastoral, se deben diseñar acciones concretas que tengan incidencia en los Estados para la aprobación de políticas sociales y económicas que atiendan las variadas necesidades de la población y que conduzcan hacia un desarrollo sostenible. Con la ayuda de distintas instancias y organizaciones, la Iglesia puede hacer una permanente lectura cristiana y una aproximación pastoral a la realidad de nuestro continente, aprovechando el rico patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia. De esta manera, tendrá elementos concretos para exigir que aquellos que tienen la responsabilidad de diseñar y aprobar las políticas que afectan a nuestros pueblos, lo hagan desde una perspectiva ética, solidaria y auténticamente humanista. En ello juegan un papel fundamental los laicos y las laicas, asumiendo tareas pertinentes en la sociedad” (403).

Nuestros obispos llegan a especificar algunas iniciativas, en un párrafo bastante amplio: “La Iglesia en América Latina y el Caribe siente que tiene una responsabilidad en formar a los cristianos y sensibilizarlos respecto a grandes cuestiones de la justicia internacional. Por ello, tanto los pastores como los constructores de la sociedad tienen que estar atentos a los debates y normas internacionales sobre la materia… Proponemos lo siguiente:

  1. a) Apoyar la participación de la sociedad civil para la reorientación y consiguiente rehabilitación ética de la política. Por ello, son muy importantes los espacios de participación de la sociedad civil para la vigencia de la democracia, una verdadera economía solidaria y un desarrollo integral, solidario y sustentable.
  2. b) Formar en la ética cristiana que pone como desafío el logro del bien común, la creación de oportunidades para todos, la lucha contra la corrupción, la vigencia de los derechos laborales y sindicales; hay que colocar como prioridad la creación de oportunidades económicas para sectores de la población tradicionalmente marginados, como las mujeres y los jóvenes, desde el reconocimiento de su dignidad. Por ello hay que trabajar por una cultura de la responsabilidad a todo nivel, que involucre a personas, empresas, gobiernos y al mismo sistema internacional…
  3. c) Llamar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a poner en práctica principios fundamentales como el bien común (la casa es de todos), la subsidiaridad, la solidaridad intergeneracional e intrageneracional” (406).

En el capítulo décimo y último, los obispos afirman lo que sigue:

“Son los laicos de nuestro continente, conscientes de su llamada a la santidad en virtud de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios. La coherencia entre fe y vida en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia… La V Conferencia se compromete a llevar a cabo una catequesis social incisiva, porque ‘la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas’[37]” (505).

[1] Ver artículo “La misión en la Conferencia de Aparecida” en Páginas, No. 206 (agosto 2007), pp. 26-36. He procurado no repetir en demasía los mismos textos del documento episcopal.

[2] En adelante, todas las citas del documento de Aparecida irán simplemente con el número entre paréntesis.

[3] Benedicto XVI, Discurso a los miembros del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias, 5 de mayo de 2007. Las citas de otros documentos del magisterio aparecerán aquí siempre en notas.

[4] AA 10; SD 55.

[5] EAm 41.

[6] Ibid.

[7] Cf. LG 31.

[8] DP 786.

[9] AA 10; SD 55.

[10] EAm, 41.

[11] Cf. EAm 44.

[12] Cf. PG 11.

[13] Ver Christifideles laici, n. 15 etc.

[14] LG 31.33; GS 43; AA 2.

[15] Cf. EV 5.

[16] NMI 50.

[17] RM 37.

[18] Cf. LG 31.33; GS 43; AA 2.

[19] Personalmente, no veo en la mención de los pastores una restricción sino, más bien, un llamado a coordinar entre todos los miembros de la Iglesia –en primer término– y una exhortación a la jerarquía para que se reconozca efectivamente el lugar eclesial de laicas y laicos.

[20] LG 11.

[21] FC 52; CCE 1655-1658, 2204 – 2206, 2685.

[22] FC 51.

[23] SC 19.

[24] Cf. Puebla, 261, 617, 638, 731 y 940; Santo Domingo, 62.

[25] Cf. Medellín 15.

[26] Cf. Puebla 629.

[27] O mejor: Actuar – ver – juzgar – celebrar – actuar.

[28] Paulo VI, Exhortación sobre la evangelización (Evangelii nuntiandi), n. 58.

[29] Ver también los nn. 307 a 309.

[30] En la p. 36 del artículo citado, en la primera nota, menciono el n. 278 del documento de Aparecida, sobre aspectos fundamentales de la formación misionera, y el n. 280, acerca de cuatro dimensiones de ella.

[31] Cf. Símbolo Quicumque: DS 76.

[32] SC 64.

[33] DI 3.

[34] Ibid.

[35] Ver n. 99f, citado al hablar de lo secular, y todo lo dicho arriba sobre este tema.

[36] EN 70.

[37] DI 3.

Categorías:Laicos

EL COMPROMISO PROFÉTICO DE LOS LAICOS HOY

EL COMPROMISO PROFÉTICO DE LOS LAICOS HOY

http://feyvida.wordpress.com/2011/08/30/el-compromiso-profetico-de-los-laicos-hoy/

1.      POR EL BAUTISMO, TODOS FUIMOS CONSAGRADOS PROFETAS

Todos los miembros del Pueblo de Dios, en nuestro Bautismo fuimos consagrados profetas y enviados a servir al crecimiento del Reino en los demás pueblos. Se nos envía “como pueblo profético que anuncia el Evangelio o discierne las voces del Señor en la historia.

Anuncia dónde se manifiesta la presencia de su Espíritu.

Denuncia dónde opera el misterio de iniquidad, mediante hechos y estructuras que impiden una participación más fraternal en la construcción de la sociedad y en el goce de los bienes que Dios creó para todos” (Puebla, 267).

El anuncio y la denuncia tienen que estar respaldados por un testimonio de vida cristiano transparente. Este testimonio de vida hará que la acción del profeta sea auténtica y creíble.

2.      EL COMPROMISO PROFÉTICO DE LOS LAICOS HOY

 Si el profetismo es tarea de todo el Pueblo de Dios, ungido por el Espíritu de Jesús Resucitado, como ya hemos visto, por lo tanto ser profetas y ejercer la acción profética no es un privilegio reservado a los obispos, sacerdotes y religiosas. Y esto lo demuestra la misma historia de los últimos 500 años. Los laicos cristianos, por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, quedan constituidos miembros vivos de la Iglesia, por lo cual participan con pleno derecho de la misión profética de todo el Pueblo de Dios.

            Sobre esto, es muy claro el documento sobre los fieles laicos cuando dice: “La participación en el oficio profético de Cristo, que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de vida y con el poder de la palabra, habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía” (Documento Los fieles cristianos laicos, 14).

3.      SIGNOS DEL NUEVO PROFETISMO HOY

 Como en el Antiguo Testamento y en tiempos de Jesús, también hoy renace el profetismo, muchas veces marginado. Abundan los signos de esta nueva presencia profética tanto en la Iglesia como fuera de ella. Veamos algunos signos:

A) Las Comunidades Eclesiales de Base.

B) Religiosas, religiosos y laicos que se insertan en medios pobres y se convierten en alumnos de

     ellos. Obispos y sacerdotes asumen su misión evangelizadora de manera profética.

C) La sociedad civil organizada y los movimientos populares aportan mucha conciencia

      crítica a la Iglesia.

D) El pentecostalismo protestante, a pesar de sus rasgos espiritualistas, que crece entre los

     pobres. ¿De qué manera representa este movimiento una voz profética que incomoda al

    mundo, a las iglesias y a las congregaciones instaladas?

E) La conciencia ecuménica creciente entre cristianos (es decir, diálogo, oración y acción solidaria

   conjunta por la justicia y la paz, de católicos con cristianos de diversas iglesias cristianas no

   católicas).

G) El movimiento por la justicia, la paz, la ecología y los derechos humanos.

4.      CAMPOS DONDE LOS LAICOS PODEMOS EJERCER NUESTRA MISIÓN DE PROFETAS

Ser profetas implica una fuerte experiencia del Dios vivo, manifestado en Jesucristo Resucitado, mediante la acción del Espíritu Santo. Enraizados firmemente en Dios, con una sólida espiritualidad, por un camino de humildad, fe, esperanza, amor, valentía y entrega generosa, estaremos preparados para ejercer nuestra misión profética con EL TESTIMONIO DE VIDA, EL ANUNCIO DEL REINO Y LA DENUNCIA DEL MAL, dispuestos a asumir todas las consecuencias. Nuestra presencia profética puede darse en el interior de nuestra familia o grupo, o con una repercusión en nuestra colonia, ciudad o pueblo donde vivimos. Pero nuestra presencia y acción de profetas también puede tener repercusión dentro de una región determinada o a nivel de todo el estado o país del cual formamos parte, e incluso a nivel internacional.

Son variados los campos donde los laicos podemos vivir nuestra misión de profetas:

A) EN EL MUNDO están los campos de acción propios de los laicos:

            1. La familia y la vida.

            2. La dignidad y los derechos humanos.

            3. La ecología.

            4. La tierra, el campo y las luchas campesinas.

            5. La solidaridad con los más pobres y los excluidos.

            6. El mundo del trabajo, de los trabajadores y sus derechos.

            7. La acción entre los inmigrantes.

            8. La acción por la democracia.

            9. La acción por un nuevo orden económico.

            10. La acción por la unidad e integración de los pueblos. Globalizar la solidaridad.

            11. La acción por los derechos y cultura indígena.

            12. La organización de la sociedad civil, el cambio social y la lucha por la justicia.

            13. Por una educación liberadora y para todos/as.

            14. Las mujeres y sus derechos.

            15. Los niños y sus derechos.

            16. La acción por la vida y contra la discriminación, las desigualdades y la violencia.

            18. La acción la honestidad y contra la corrupción.

            19. La acción por la paz, contra la guerra y contra el armamentismo.

            20. La acción por la humanidad y contra el neoliberalismo.

            21. La acción por un nuevo orden mundial y contra la deuda externa y el colonialismo.

 

B) EN LA IGLESIA:

            1. El anuncio del Evangelio.

            2. La catequesis.

            3. La formación de laicos.

            4. Las comunidades eclesiales de base.

            5. La teología que impulse el trabajo por la justicia.

6. La renovación de la vida de la Iglesia.

7. La inculturación del Evangelio.

8. La difusión de la enseñanza social de la Iglesia.

9. El ecumenismo y el macroecumenismo.

PREGUNTAS:

1. ¿Qué cosas nuevas conociste hoy sobre el compromiso profético de los laicos?

2. Los miembros de este grupo, ¿en qué campos vamos a vivir con más fuerza nuestra acción profética? ¿Y de qué manera lo vamos a hacer?

Categorías:Accion Catolica, Laicos

circular: 2014-24 Sobre el reglamento interno de la ACM

Circular: 2014-24<br />
Asunto: Sobre el Reglamento Interno de la ACM<br />
29 de septiembre de 2014</p>
<p>A todos los Militantes y Asistentes Eclesiásticos:</p>
<p>Anteponemos un cordial saludo, deseando para ustedes y sus familias: paz y bien.</p>
<p>Nos dirigimos a ustedes para recordarles que la Reunión Nacional de noviembre tendrá carácter de Asamblea Extraordinaria y en la circular 2014-12 se dieron a conocer los asuntos a tratar.</p>
<p>Entre dichos asuntos se encuentra el Reglamento Interno de la ACM, el cual es una respuesta al Estatuto General que pide exista dicho reglamento, especifica algunos puntos que debe contener y contempla la posibilidad de que se agreguen otros aspectos que ayuden al bien de la organización.</p>
<p>Como muchos de ustedes saben, hay reglamentos que ya utilizamos en la práctica y que carecen de autorización escrita de la DELAI (Dimensión Episcopal para los Laicos), por ejemplo: elecciones, reglas de asambleas o incluso reglamentos internos de algunas organizaciones y movimientos.</p>
<p>Todo este camino ha llevado un proceso, primeramente en la Junta Nacional nos pusimos a trabajar en recabar y reunir información, luego analizar y empezar a documentar; todo con la finalidad de lograr dejar orden en este aspecto. También es importante señalar que la autoridad eclesiástica, representada en el Excmo. Sr. Don Faustino Armendáriz Jiménez, Obispo de Querétaro y Presidente de la DELAI, ha visto con alegría y apoya totalmente esta iniciativa que busca el bien de la Acción Católica.</p>
<p>El día 20 de agosto enviamos una primera parte del documento preliminar de trabajo sobre el Reglamento Interno de la ACM; tenemos pendiente la segunda parte, por lo cual les ofrecemos una disculpa por la tardanza, ya que es bastante información y no hemos terminado su revisión. En cuanto quede listo se los enviaremos con gusto. Si no alcanzan a bajarlo a las parroquias habrá más tiempo para ello.</p>
<p>En la reunión del próximo mes de noviembre se tiene la intención de que los dirigentes nacionales y diocesanos puedan expresar su sentir en relación a los capítulos y contenido del reglamento preliminar, además de que sean portavoz de los militantes de las parroquias. Será un ejercicio muy enriquecedor, pues ahí podremos aprender unos de otros, se combinará la experiencia de muchos con las ideas innovadoras de otros; además de la diversidad de edades y la formación que tienen todos los dirigentes. Unidos como familia y como hijos de Dios que han sido llamados a su servicio por medio de esta querida organización.</p>
<p>Tengan la seguridad de que la Junta Nacional dedicará el tiempo necesario para coordinar y llevar a feliz término este trabajo; la Asamblea Extraordinaria decidirá el contenido del Reglamento, se discutirá de acuerdo a la experiencia y realidades de cada lugar y se buscará hacer un documento valioso y útil.</p>
<p>Una vez que se decida el contenido, se trabajará posteriormente en la realización de un segundo documento ya como propuesta formal, se darán algunos meses para que lo puedan consultar y enriquecer con sus parroquias y se convocará a una reunión el año siguiente para la votación definitiva, esta fecha la decidirá la Asamblea.</p>
<p>Como ven será un proceso largo, pero vale la pena que pongamos todo nuestro amor por la Acción Católica para escribir juntos este momento de la historia, siempre con la finalidad de que nuestra querida organización esté mejor en su estructura y responda a las necesidades actuales.</p>
<p>Les recordamos que además se tratarán otros asuntos de suma importancia. La participación de todos los presidentes diocesanos será el elemento principal para seguir trabajando por extender el reino de Cristo.</p>
<p>Agradecemos a todos sus atenciones, rogamos al Señor que los bendiga abundantemente y a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe que los cubra con su manto.</p>
<p>Atentamente.-<br />
Junta Nacional 2013-2016<br />
“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”</p>
<p>Omar Peña / Presidente Nacional<br />
Pbro. Sergio de la Cruz / Asistente Eclesiástico Nacional” width=”395″ height=”395″ /></p></div>
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Circular: 2014-24
Asunto: Sobre el Reglamento Interno de la ACM
29 de septiembre de 2014

A todos los Militantes y Asistentes Eclesiásticos:

Anteponemos un cordial saludo, deseando para ustedes y sus familias: paz y bien.

Nos dirigimos a ustedes para recordarles que la Reunión Nacional de noviembre tendrá carácter de Asamblea Extraordinaria y en la circular 2014-12 se dieron a conocer los asuntos a tratar.

Entre dichos asuntos se encuentra el Reglamento Interno de la ACM, el cual es una respuesta al Estatuto General que pide exista dicho reglamento, especifica algunos puntos que debe contener y contempla la posibilidad de que se agreguen otros aspectos que ayuden al bien de la organización.

Como muchos de ustedes saben, hay reglamentos que ya utilizamos en la práctica y que carecen de autorización escrita de la DELAI (Dimensión Episcopal para los Laicos), por ejemplo: elecciones, reglas de asambleas o incluso reglamentos internos de algunas organizaciones y movimientos.

Todo este camino ha llevado un proceso, primeramente en la Junta Nacional nos pusimos a trabajar en recabar y reunir información, luego analizar y empezar a documentar; todo con la finalidad de lograr dejar orden en este aspecto. También es importante señalar que la autoridad eclesiástica, representada en el Excmo. Sr. Don Faustino Armendáriz Jiménez, Obispo de Querétaro y Presidente de la DELAI, ha visto con alegría y apoya totalmente esta iniciativa que busca el bien de la Acción Católica.

El día 20 de agosto enviamos una primera parte del documento preliminar de trabajo sobre el Reglamento Interno de la ACM; tenemos pendiente la segunda parte, por lo cual les ofrecemos una disculpa por la tardanza, ya que es bastante información y no hemos terminado su revisión. En cuanto quede listo se los enviaremos con gusto. Si no alcanzan a bajarlo a las parroquias habrá más tiempo para ello.

En la reunión del próximo mes de noviembre se tiene la intención de que los dirigentes nacionales y diocesanos puedan expresar su sentir en relación a los capítulos y contenido del reglamento preliminar, además de que sean portavoz de los militantes de las parroquias. Será un ejercicio muy enriquecedor, pues ahí podremos aprender unos de otros, se combinará la experiencia de muchos con las ideas innovadoras de otros; además de la diversidad de edades y la formación que tienen todos los dirigentes. Unidos como familia y como hijos de Dios que han sido llamados a su servicio por medio de esta querida organización.

Tengan la seguridad de que la Junta Nacional dedicará el tiempo necesario para coordinar y llevar a feliz término este trabajo; la Asamblea Extraordinaria decidirá el contenido del Reglamento, se discutirá de acuerdo a la experiencia y realidades de cada lugar y se buscará hacer un documento valioso y útil.

Una vez que se decida el contenido, se trabajará posteriormente en la realización de un segundo documento ya como propuesta formal, se darán algunos meses para que lo puedan consultar y enriquecer con sus parroquias y se convocará a una reunión el año siguiente para la votación definitiva, esta fecha la decidirá la Asamblea.

Como ven será un proceso largo, pero vale la pena que pongamos todo nuestro amor por la Acción Católica para escribir juntos este momento de la historia, siempre con la finalidad de que nuestra querida organización esté mejor en su estructura y responda a las necesidades actuales.

Les recordamos que además se tratarán otros asuntos de suma importancia. La participación de todos los presidentes diocesanos será el elemento principal para seguir trabajando por extender el reino de Cristo.

Agradecemos a todos sus atenciones, rogamos al Señor que los bendiga abundantemente y a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe que los cubra con su manto.

Atentamente.-
Junta Nacional 2013-2016
“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”

Omar Peña / Presidente Nacional
Pbro. Sergio de la Cruz / Asistente Eclesiástico Nacional

Categorías:comunicados

Actualidad del decreto ‘Apostolicam actuositatem’

Actualidad del decreto ‘Apostolicam actuositatem’

09 septiembre 2013. Arturo Cattaneo

temesdavui.org

http://www.almudi.org/Articulos/ID/8233/Actualidad-del-decreto-Apostolicam-actuositatem

La participación de los laicos en la misión de la Iglesia pide que animen cristianamente, desde dentro, el mundo

      La participación activa de los fieles laicos en la misión de la Iglesia y el reconocimiento de la importancia de su contribución constituyen sin duda uno de los principales progresos eclesiológicos conciliares. Por primera vez, un concilio se ocupó expresamente del papel de los fieles laicos, reconociendo la dignidad y la importancia de su vocación y misión, en particular en el ámbito secular.

Esto originó, en los años inmediatamente posteriores al Concilio, un gran entusiasmo difuso para un cambio que, todo el mundo lo reconocía, hacía época. Un entusiasmo que quizás pecaba de cierto optimismo ingenuo. Esto no invalida la legitimidad de una satisfacción porque, como se ha remarcado, se superaba la perspectiva que tenía tendencia a considerar los fieles laicos como una «masa de destinatarios y clientes de la acción pastoral [de la Jerarquía], tan sólo una fuerza auxiliar»[1].

El cambio que hacía época se produjo también gracias al interés renovado de la Iglesia por los problemas de nuestro tiempo. Ya en 1952, H. U. von Balthasar había expuesto el programa de «Derribar los baluartes»[2]. Con esta expresión se refería a la actitud adoptada por el catolicismo antimoderno, el cual, frente a la provocación suscitada por las transformaciones modernas (secularización, liberalismo y laicismo), reaccionó construyendo baluartes que la apartaban del nuevo mundo.

Todo ello hizo surgir un fuerte deseo de superar ciertas formas de clericalismo y de jerarcologismo, reconociendo plenamente el papel activo de los laicos en la misión de la Iglesia. El tema fue afrontado en el capítulo IV de la Lumen gentium[3] y después fue ampliado por la Gaudium et spes, sobre todo en el capítulo IV[4], y, en particular, por el decreto Apostolicam actuositatem (= AA), el cual ilustra la naturaleza, el carácter y la variedad del apostolado de los laicos.

Este último documento ─juntamente con la constitución Dei Verbum─ fue aprobado durante la última fase conciliar, el 18 de noviembre de 1965, casi con unanimidad (sólo 2 votos contrarios de 2.342). Por eso nos atrevemos a decir que fue uno de los documentos más pacíficos, menos polémicos[5]. Ahora bien, si dejamos de lado el notable crecimiento postconciliar de los nuevos movimientos eclesiales, considero que hay que reconocer que se trata de uno de los documentos que ha encontrado más poca recepción en la vida de la Iglesia, en la vida de los fieles laicos; o, si se prefiere decirlo de otra manera, su recepción aún se debe realizar en gran parte. De hecho, los laicos todavía conocen poco su vocación al apostolado y, por tanto, la realizan poco o nada.

Permitidme un pequeño testimonio personal. Durante los más de treinta años de ejercicio del ministerio pastoral, en los coloquios personales con muchos fieles laicos, he podido observar a menudo su estupefacción cuando les preguntaba si se comprometían apostólicamente. No sólo los sorprende una pregunta tan extraña, sino que a menudo ni siquiera consiguen entender qué significa. Y quiero remarcar que generalmente hago la pregunta a fieles practicantes y con una discreta formación cristiana.

La dificultad en la recepción de la llamada universal al apostolado recuerda también la dificultad en responder a la llamada universal a la santidad. Sin embargo, respecto a esta última enseñanza, me parece que el mensaje es bastante conocido, al menos muchos han oído hablar, aunque, naturalmente, una cosa es decir y otra es hacer. Pero, respecto a la llamada universal al apostolado ─afirmada varias veces en el decreto─[6], la gran mayoría de los fieles está muy a oscuras.

¿Cuáles son las causas de esta no-recepción?

Evidentemente, no se puede echar la culpa al propio documento, ya que en realidad contiene una enseñanza muy rica y clara. Por otra parte, en 1988 fue ulteriormente enriquecido por la exhortación apostólica Christifideles laici (= CfL), que no parece que haya conseguido mejorar la situación.

En mi opinión, las causas de la escasa recepción del documento en la vida de los fieles laicos son diversas y tienen como origen principal la crisis de la fe[7], la desertificación espiritual[8] que, como ha observado a menudo Benedicto XVI, se ha difundido durante los últimos decenios sobre todo por Occidente. Como ahora no tengo lugar para analizar las causas de esta crisis de la fe, por otro lado complejas y diferentes según los países, me limito a remarcar que, si los laicos no ejercen el apostolado o lo hacen tan poco, o ni siquiera saben lo que es, los primeros responsables somos nosotros, los sacerdotes, que no hemos sabido enseñarles el apostolado, aunque el decreto decía explícitamente: «Los obispos, los párrocos y los demás sacerdotes de un clero y del otro, deben recordar que el derecho y el deber de ejercitar el apostolado es común a todos los fieles, tanto clérigos como laicos, y que también los laicos tienen tareas propias en la edificación de la Iglesia» (n. 25).

Antes de examinar algunos puntos concretos recuerdo brevemente los factores teológicos, pastorales y apostólicos que prepararon el terreno al progreso conciliar respecto a los laicos y su misión dentro de la Iglesia.

Algunos precursores de la enseñanza conciliar sobre los laicos

En el ámbito teológico

Entre los líderes del pensamiento teológico que llevó a la notable valoración conciliar del papel de los fieles laicos es necesario recordar en primer lugar al cardenal J. H. Newman (1801 a 1890)[9]. En las primeras décadas del siglo XX, de los movimientos sociales del ámbito francés y belga surgieron otros impulsos que fomentaban la acción de los laicos en la sociedad. También hay que mencionar el movimiento litúrgico (difundido sobre todo en el ámbito alemán), en la medida en que prestó atención a la participación litúrgica de los laicos y de su sacerdocio.

Otro componente teológico, que influyó notablemente en el progreso conciliar respecto a la misión de los laicos, es el redescubrimiento de la dimensión misionera de la Iglesia. A principios del siglo XX, el tema de la misión tenía una escasa incidencia en la eclesiología. Naturalmente, no se había olvidado nunca que la Iglesia ha recibido una misión de Cristo: difundir el Evangelio y actualizar su obra salvífica. Pero, en los tratados de eclesiología, el tema aparecía sólo marginalmente a propósito de los ministerios y de la administración de los sacramentos, en la práctica quedaba reservado a la acción de la Iglesia en las zonas lejanas a donde se enviaban a los misioneros[10]. Gradualmente, en la primera mitad del siglo XX, la Iglesia ha ido adquiriendo conciencia de su dimensión misionera, redescubriendo la misión como su calidad fundamental y liberándose «del espíritu nacionalista y colonialista que amenazaba ofuscar su catolicidad»[11].

Durante las décadas preconciliares, la misionología ya no se limita al estudio de la acción pastoral en los llamados territorios de misión, sino que abarca a toda la Iglesia[12]. En los años cincuenta se habla a menudo, entre los teólogos franceses, de la necesidad de «poner la Iglesia en estado de misión»[13]. En esta línea de pensamiento se publica el pequeño volumen France, pays de mission?[14] de H. Godin e Y. Daniel ─dos sacerdotes de la Mission de Paris (instituida por el cardenal Suhard)─, obra que suscitó una impresión muy viva y consensos abundantes, pero también algunas críticas. Estas últimas, ha observado S. Dianich, procedían sobre todo de los «ambientes de los misioneros, donde la ampliación del concepto de misión a toda la actividad pastoral de la Iglesia hacía temer una caída de la valoración de la actividad misionera, entendida en el sentido de las misiones exteriores, y una disminución de las vocaciones en los institutos destinados a la evangelización de los pueblos»[15].

La enseñanza conciliar de la vocación-misión de los laicos tuvo, durante las décadas anteriores al Concilio Vaticano II, varios precursores más inmediatos. Entre los teólogos hay que mencionar, por encima de todo, Yves Congar, OP (1904-1995). Entre sus escritos sobre este tema, el más importante es Jalons pour une théologie du laïcat, publicado en 1953[16]. Congar comenzó a ocuparse del papel de los fieles laicos en la Iglesia a partir del 1946, con diversos artículos, y sus reflexiones confluyeron después en el amplio estudio de Jalons… A partir de 1951, Congar se ocupa también del sacerdocio común (que él llama «sacerdocio universal» o «sacerdocio real»), tema estrechamente relacionado con el papel de los laicos y que constituirá una contribución importante del Concilio Vaticano II[17].

Entre los otros teólogos, hay que recordar los belgas Gustave Thilo (1909-2000), que escribió un estudio importante sobre la teología de las realidades temporales[18]18, y Gérard Philips (1899-1972), que tuvo un papel importante en la redacción de la Lumen gentium[19].

En el ámbito pastoral y apostólico

En las décadas anteriores al Concilio Vaticano II hubo varias iniciativas pastorales y apostólicas que trataban de ofrecer una respuesta a la necesidad de encontrar formas de misión nuevas y más eficaces en la cada vez más descristianizada sociedad occidental.

Al respecto, además de la ya mencionada Mission de France, cabe recordar, sobre todo en Italia, el impulso procedente de la Azione Cattolica (Acción Católica), promovida con especial interés tanto por Pío XI como por Pío XII, que en los años cincuenta alcanzó el periodo de máxima vitalidad. El objetivo originario era la «colaboración de los laicos en el apostolado jerárquico» (AA 20). Con el paso del tiempo se observa una cierta evolución, dándose la colaboración recíproca de los laicos y de la Jerarquía en la misión de toda la Iglesia, cada uno según el lugar que le corresponde[20].

Entre los precursores de la renovada conciencia del papel eclesial de los laicos, hay que recordar también los que se han esforzado para impregnar las realidades seculares con el espíritu del Evangelio. En Italia, por ejemplo, es conocida la figura del beato Giuseppe Toniolo (1845-1918), padre de siete hijos, que supo vivir y valorar, con naturalidad, la presencia del ciudadano católico en la sociedad[21]. Con la luz de la fe orientó su compromiso cristiano hacia la sociedad, con especial atención hacia la familia, la cultura y la solidaridad social.

Entre quienes a la claridad teológica supieron añadir una gran capacidad de realización podemos recordar a san Josemaría Escrivá, que con el Opus Dei dio vida, a partir de 1928, a un amplio fenómeno apostólico y pastoral, que, en palabras de Juan Pablo II, «desde los inicios se adelantó a la teología del laicado, que luego caracterizó la Iglesia del Concilio y posterior al Concilio»[22].

Génesis histórica y doctrinal del decreto[23]

Fase preconciliar

La idea de afrontar en el Concilio el tema del apostolado de los laicos nació de la elección, hecha por la Comisión Central Preparatoria, de las propuestas llegadas de la fase antepreparatoria[24] (votos de los dicasterios romanos, de los obispos, de las facultades eclesiásticas y de las universidades católicas del mundo), a las que se añadieron sugerencias enviadas a Roma por organizaciones y asociaciones católicas de manera no oficial. La Comisión Preparatoria utilizó, además, el material reunido por la Sagrada Congregación del Concilio y por el Comité Permanente de los Congresos Internacionales del Apostolado de los Laicos (COPECIAL).

Si se examinan las diez comisiones encargadas de la elaboración de la preparación de los diversos temas, se observa que la del apostolado de los laicos es la única que no tenía el apoyo de un dicasterio correspondiente de la Curia Romana. Esta Comisión preparatoria se constituyó el 5 de junio de 1960, por deseo expreso del Papa, y, por lo que hemos podido saber, por sugerencia particular de mons. Angelo Dell’Acqua, sustituto de la Secretaría de Estado. Como presidente fue nombrado el cardenal italiano Fernando Cento (1983-1973)[25], y secretario el francés mons. Achille Glorieux (1910 a 1999)[26]. La Comisión se componía de 39 miembros (entre ellos 11 obispos y muchos sacerdotes colaboradores de asociaciones católicas) y 29 consultores (entre los cuales había 14 obispos, procedentes de diversos países)[27].

Las tareas de preparación del decreto comenzaron el 15 de noviembre de 1960 con la sesión plenaria de la Comisión Preparatoria para el Apostolado de los Laicos, a la cual la Comisión Central había indicado que se ocupara de los temas siguientes: el apostolado laical, la Acción Católica y las asociaciones católicas. Ya el 17 de noviembre de 1960 se crearon tres subcomisiones: una para las asociaciones y la Acción Católica, una para la acción social y la tercera para la acción caritativa.

En poco más de un año se redactó el primer borrador de la «Constitución sobre el apostolado de los laicos», aprobado por la Comisión Preparatoria el 8 de abril de 1962 y enviada de inmediato a la Comisión Central. El texto comprendía un prefacio general y cuatro partes (nociones generales, el apostolado de los laicos en la acción directa para promocionar el Reino de Dios[28], el apostolado de los laicos en la acción caritativa, el apostolado de los laicos en la acción social), con un total de 42 capítulos y 139 páginas.

La Comisión Central, además de pequeños retoques, propuso a la Comisión para el Apostolado de los Laicos acortar algunas partes y, por otro lado, ampliar algunos temas. Además, se criticó la poca claridad en la exposición de los principios, la concepción demasiado negativa del laico, la insuficiente dependencia respecto de la Jerarquía, a la que debe someterse todo apostolado. También hubo críticas del uso de palabras comunes por parte de sacerdotes y laicos, así como de la afirmación de los carismas de los laicos.

La Comisión para el Apostolado de los Laicos aceptó la mayoría de estas críticas y sugerencias. En cambio, rehusó algunas observaciones críticas con la correspondiente explicación de motivos.

Fase conciliar

En la fase conciliar, el documento sobre el apostolado de los laicos se vio sometido a una reestructuración considerable. La causa principal fue el cambio de la concepción general, sobre todo en virtud de las sugerencias del entonces arzobispo de Milán Giovanni Battista Montini y del cardenal L. J. Suenens, de dar unidad a las reflexiones conciliares, poniendo en el centro el tema de la Iglesia. Por tanto, los esfuerzos se dedicaron a tratar a fondo este tema, reduciendo los otros temas a los puntos esenciales y siempre en función del tema eclesiológico. Así, también el documento sobre el apostolado de los laicos quedó reducido radicalmente y rebajado de constitución a simple decreto. Algunos capítulos o párrafos del borrador enriquecieron otros documentos conciliares. Así, diversas reflexiones fundamentales que se hacían sobre la teología de los laicos pasaron al borrador de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, contribuyendo el capítulo IV (De laicis). También muchas reflexiones contenidas en el capítulo IV del borrador sobre el apostolado de los laicos (titulado «El apostolado de los laicos en la acción social») se ven insertados en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo. Otro material se envió a la Comisión para la Revisión del Código de Derecho Canónico.

En las sucesivas discusiones en el aula conciliar surgieron muchos juicios favorables. Sin embargo, entre octubre de 1964 y junio de 1965, se introdujeron numerosas enmiendas al texto, después de amplias discusiones en aula conciliar (140 intervenciones, que demuestran un marcado pluralismo entre los padres conciliares). Entre los aspectos más gratos: la proclamación de la llamada universal al apostolado, el relieve dado a la animación cristiana del orden temporal, la acentuación de la libertad de los laicos, el respeto hacia la Jerarquía y también la brevedad del documento. Pero este último punto también recibió críticas, que sostenían que el papel de los laicos se merecía más espacio. En efecto, el texto se fue ampliando gradualmente otra vez. También se propuso un tratamiento más amplio de los fundamentos del apostolado, propuesta que recoge la redacción del actual n. 3 del decreto. Otra propuesta se refería a una exposición más profunda de la espiritualidad del apostolado laical, petición que recoge el actual n. 4. Se pidió también un capítulo dedicado a la formación de los laicos en orden al apostolado, demanda satisfecha por el actual capítulo VI del decreto. Algunos expresaron el temor de que se diera demasiada importancia al apostolado organizado, especialmente al de Acción Católica. Se buscó, pues, un mejor equilibrio entre el apostolado individual[29] y el asociativo. Diversas subcomisiones se encargaron de la refundición del proyecto.

Al final, el texto se aprobó con una extraordinaria amplitud de consensos (fue el documento con un número más alto de placet: 2.240, frente a sólo dos non placet), lo que se explica, más que por la calidad del documento mismo, por la importancia pastoral y la simpatía con que los padres conciliares trataron el redescubrimiento del papel de los laicos en la Iglesia. Esto, sin embargo, no nos debe hacer olvidar su difícil evolución.

La participación de auditores y auditoras se merece un comentario aparte. Desde la fase preparatoria, el cardenal Cento había pedido la opinión de algunos laicos sobre las cuestiones más relevantes, interrogando a dirigentes de importantes organizaciones católicas, tanto masculinas como femeninas. Él había pedido que al menos algunos fueran nombrados consultores de la Comisión Preparatoria. El Pontífice se mostró bien dispuesto, aunque el nombramiento llegó más tarde. En realidad, el papa Juan XXIII, ya en 1962 había admitido en el aula al escritor católico y académico francés Jean Guitton. En marzo de 1963 se dio la autorización para dejar examinar el borrador sobre los laicos a dirigentes del COPECIAL y de las Organizaciones Internacionales Católicas (OIC). Poco antes del inicio del segundo periodo del Concilio, Pablo VI nombraba a unos cuantos auditores laicos y, durante el tercer periodo de 1964, se admitieron también a las auditoras. No se limitaron a hacer el papel de simples espectadores, sino que participaron activamente en los trabajos, interviniendo tanto en las reuniones de la Comisión como en las de las subcomisiones, de la misma forma que los expertos. Su contribución más importante se encuentra en el documento sobre el apostolado de los laicos y en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo. En cuanto al borrador sobre el apostolado laical, fue providencial, en este sentido, que se discutiera en 1965, recogiendo así la eficaz contribución de auditores y auditoras. Por primera vez en la historia de la Iglesia, los simples fieles intervenían activamente en la elaboración de un documento conciliar[30].

El progreso eclesiológico de la enseñanza de ‘Apostolicam actuositatem’

El Concilio Vaticano II ofreció una visión claramente positiva de los fieles laicos, poniendo en evidencia no sólo que, como bautizados, poseen ─por su regeneración en Cristo─ una dignidad que es común a todos los fieles y que, por tanto, también ellos son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a participar en la misión de Cristo, sino especificando la misión eclesial. Los laicos, insertos en todas las realidades temporales y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con que se teje su existencia, en estas realidades y condiciones «son llamados por Dios a contribuir, como desde el interior a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de su función propia y bajo la guía del espíritu evangélico, y de esta manera, a hacer visible a Cristo a los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el resplandor de la fe, de la esperanza y de la caridad)» (LG 31).

A menudo se ha remarcado, y con razón, que el Concilio Vaticano II ha significado el paso de una actitud defensiva de la Iglesia frente a la verdad ─actitud adoptada sobre todo en el período de la Contrarreforma─ a una actitud más proponente, en el sentido del compromiso de difundir en el mundo el mensaje cristiano. Por tanto, han adquirido gran relevancia expresiones como ponerse al día («aggiornamento»), diálogo, misión. Desde este punto de vista, se entiende fácilmente la importancia que el Concilio quiso dar al apostolado de los laicos, es decir, a su participación en la misión salvífica de la Iglesia. La tarea de animación, de fermentación, de renovación del mundo con el espíritu de Cristo debe hacerse desde el interior del mundo, es decir, la cumplirán los que se encuentran insertos en todas las realidades temporales.

El progreso eclesiológico conciliar respecto al papel de los laicos en la Iglesia no se limita, evidentemente, a la enseñanza sobre su vocación al apostolado. Basta recordar lo que enseña la Sacrosanctum Concilium sobre su participación en la vida litúrgica. Cabe mencionar también que el Concilio Vaticano II se ocupó del apostolado de los laicos prácticamente en todos los documentos donde se examinan aspectos específicos, como el ecuménico, la misión ad gentes, los medios de comunicación o la educación.

En la redacción del decreto AA, los padres conciliares se guiaron por dos exigencias: por un lado, recoger las orientaciones y utilizar las enseñanzas procedentes de algunas décadas de experiencia, durante las cuales, respondiendo a la llamada de los papas y de los obispos, el apostolado de los laicos se había extendido por todo el mundo; por otra parte, la necesidad de poner en evidencia, para que queden convencidos todos los bautizados, que el apostolado es un deber derivado de la esencia misma de la vocación cristiana. Dos perspectivas que abrieron un vasto campo de estudio y de trabajo primero a la Comisión Preparatoria y después a la Comisión Conciliar.

Particularmente importante es la afirmación contenida en el capítulo I de AA sobre los fundamentos del apostolado laical, el cual, siguiendo la enseñanza de LG 33, no se interpreta como un mandato de la Jerarquía, sino que se desprende de la misma vocación cristiana, de «la unión con Cristo» a través del bautismo, la confirmación y los diversos carismas concedidos por el Espíritu en diferentes formas (cf. AA 3).

La manera específica en que los laicos participan en la misión de la Iglesia es descrita incluyendo dos dimensiones en una afirmación cuidadosamente dosificada: «Ellos ejercitan el apostolado con su acción para la evangelización y la santificación de los hombres, y animando y perfeccionando con el espíritu evangélico el orden de las realidades temporales, de modo que su actividad en este orden constituye un claro testimonio de Cristo y sirve para la salvación de los hombres» (n. 2). Se hace hincapié en su compromiso en el ámbito secular, como da a entender la frase siguiente: «Como es propio del estado de los laicos que estos vivan en el mundo y en medio de los asuntos seculares, son llamados por Dios a fin de que, llenos de espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a modo de fermento».

LG 31 define así la especificidad eclesial de los laicos: «El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. [...] Por su vocación es propio de los laicos buscar el reino de Dios tratando las cosas temporales y ordenándolas según Dios».

Teniendo en cuenta esta especificidad, la Lumen gentium ilustra luego las características de la participación de los laicos en la misión de la Iglesia, recurriendo al esquema de las tres funciones de Cristo ─sacerdote, profeta y rey─, esquema que también aparece más de una vez en el decreto AA[31]. Ahora bien, aunque los laicos participen, como todos los fieles, de la triple función de Cristo, precisamente teniendo en cuenta su secularidad se entiende que el aspecto específico de su misión se encuentra en el sacerdocio real, es decir, en la animación cristiana del orden temporal. Esto explica por qué se habla a menudo, tomando la parte por el todo, de «sacerdocio real» (expresión que se encuentra en la 1Pt 2,9) como sinónimo de «sacerdocio común».

AA, en sintonía con LG, amplía sobre todo la participación de los laicos en el sacerdocio real desde el punto de vista de la animación de las realidades temporales. «Como es propio del estado de los laicos que estos vivan en el mundo y en medio de los asuntos seculares, son llamados por Dios a fin de que, llenos de espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a modo de fermento» (n. 2). El decreto afirma, entre otras cosas, que «la obra de la redención de Cristo, mientras por su naturaleza tiene como fin la salvación de los hombres, abarca igualmente la instauración de todo el orden temporal. Por ello, la misión de la Iglesia no es sólo de llevar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también de impregnar y perfeccionar el orden de las realidades temporales con el espíritu evangélico» (n. 5)[32].

El decreto, además, evita la distinción entre apostolado en sentido estricto y en sentido amplio, apostolado directo e indirecto, evangelización y «consagración del mundo». Al contrario, ha querido llamar apostolado también a la actividad de los fieles que tiene como objetivo la animación cristiana del orden temporal. El tema se retoma a propósito de la espiritualidad de los laicos en el apostolado. Tras recordar la importancia de una «vida de íntima unión con Cristo» alimentada en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, el decreto añade: “Los laicos deben utilizar las ayudas mencionadas mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en las condiciones ordinarias de la vida» (n. 4). Todo ello, como es lógico, se refleja en la formación de los laicos. De hecho, en el capítulo VI de AA leemos lo siguiente: «Como los laicos participan de una manera propia en la misión de la Iglesia, su formación apostólica adquiere una característica especial debido a la misma naturaleza secular y propia del laicado y de su particular espiritualidad» (n. 29).

Para concluir estas reflexiones, se puede afirmar que, basándose en la Lumen gentium, AA ha ampliado el concepto de apostolado, presentándolo en su significado grandioso y comprometido de participación en la misión salvífica de la Iglesia, que continúa la de Cristo, y ha concretado las características del apostolado de los laicos que derivan de su propia y específica naturaleza secular. Se ha remarcado con razón el largo camino que ha recorrido a partir del texto redactado por el canonista Graziano en 1140, que decía: «Duo sunt genera christianorum…» y, a propósito de los laicos, decía: «les es consentido poseer bienes temporales [...] les es concedido casarse, cultivar la tierra, [...] depositar ofrendas en los altares, pagar los diezmos: así se podrán salvar si evitan realmente los vicios haciendo el bien»[33].

El fundamento del apostolado ─y de la espiritualidad de los laicos en relación con el apostolado─ se encuentra, pues, en la unión vital con Cristo. De esta manera, el Concilio, reconociendo la validez y la utilidad de la Acción Católica, ha ido más allá de su forma de entender el apostolado de los laicos, consistente en colaborar con la Jerarquía. En efecto, el compromiso apostólico de los laicos no se puede reducir a la llamada que les dirige la Jerarquía. Por eso el decreto afirma lo siguiente: «Los laicos derivan el deber y el derecho al apostolado de su unión con Cristo Cabeza. En efecto, insertados en el cuerpo místico de Cristo por medio del bautismo, fortificados por la virtud del Espíritu Santo por medio de la confirmación, son destinados al apostolado por el mismo Señor» (n. 3).

Luces y sombras en la recepción del decreto

La Acción Católica, después de haber vivido, durante los años cincuenta, su máximo esplendor y de haber merecido la atención privilegiada del decreto ─que le dedicó el n. 20, en el que la alaba y recomienda de forma especial─, experimenta ─sobre todo en Italia, el país donde había crecido más─ una fuerte crisis, incluso numérica[34]. Ahora no es el momento de dedicarme a analizar las complejas causas de la crisis. La he recordado porque este incidente no ha contribuido a hacer apreciar el decreto, sino que, al contrario, lo ha desacreditado a los ojos de quienes lo han considerado demasiado rápidamente un documento ya superado.

En las décadas posteriores al Concilio se asiste, en cambio, a un gran, y en muchos casos sorprendente[35], crecimiento de nuevos movimientos eclesiales, los cuales son sin duda el fruto de la acción incesante del Espíritu, pero también de la renovación eclesiológica, espiritual y pastoral fomentada por el Concilio Vaticano II[36].

Este florecimiento de nuevos movimientos eclesiales se ha valorado generalmente de una manera bastante positiva, pero no han faltado las críticas. Se ha dicho, por ejemplo, que «estos movimientos se asemejan a una rosa, que florece inesperadamente en un contexto difícil; pero una rosa, como recuerda el dicho popular, con sus espinas, mejor dicho, con una espina que amenaza con clavarse en la concreta vida pastoral de la comunidad eclesial»[37]. No en vano Benedicto XVI exhortó a los obispos a «salir al encuentro de los movimientos con mucho amor»[38]. Estos nuevos movimientos sin duda han contribuido a dar un nuevo impulso, sobre todo entre los jóvenes, al apostolado laical, como se observa por ejemplo en la JMJ. Entre los peligros de unilateralidad que deben superar[39] ─y que ya han superado en gran parte─, hay que recordar que el hecho de subrayar el aspecto comunitario de la acción apostólica puede ir en detrimento del siempre necesario apostolado individual que todo el mundo está llamado a cumplir, como remarca AA en el n. 16.

Otra cuestión es la forma, no siempre adecuada, del papel eclesial de los laicos, como, en las décadas posteriores se ha intentado potenciar bajo el impulso del Concilio. En efecto, a menudo se ha procurado abrir nuevos espacios de colaboración a los laicos en los organismos eclesiales, ignorando lo que era más importante, es decir, hacerlos entender y ayudarles a cumplir su vocación específica que, como explicó el Concilio Vaticano II, deriva de su «carácter secular» (LG 31). Sería un grave malentendido de la misión propia de los laicos si esta última quedara reducida a las actividades que pueden realizarse en el ámbito eclesiástico, como la participación en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis, o en la suplencia de algunas funciones íntimamente relacionadas con el ministerio ordenado, actividades que no exigen el carácter del Orden. De esta manera quedaría oscurecido el que la misión eclesial específica de los laicos, no se encuentra en el ámbito eclesiástico mencionado, sino en el ámbito secular.

Esto debió inducir a Juan Pablo II a elegir, para el Sínodo de los Obispos de 1987, el tema de los laicos (el primero de la serie de sínodos sobre diversas categorías de fieles). Con la exhortación apostólica CfL, el Papa quería relanzar con fuerza la llamada de Cristo: «Id también vosotros a mi viña», llamada dirigida a todos los fieles laicos para que asuman de una manera responsable y activa su misión eclesial. El Papa describía así el objetivo de la exhortación: «Suscitar y alimentar una toma de conciencia más decidida del don y de la responsabilidad que todos los fieles laicos, y cada uno de ellos en particular, tienen en la comunión y en la misión de la Iglesia» (n. 2).

La CfL remarca que «el camino posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros», y entre los peligros menciona en particular «la tentación de reservar un interés tan fuerte a los servicios y a las tareas eclesiales, que lleve a dejar de lado con frecuencia el compromiso con sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, económico, cultural y político» (n. 2).

Aunque el Concilio Vaticano II había indicado claramente que el carácter secular de los fieles laicos constituía su especificidad, en las décadas posteriores al Concilio no faltaron críticas o incomprensiones de esta manera de especificar la identidad de los laicos[40]. Algunos quisieron relativizar el significado del “carácter secular”, considerándolo un mero dato exterior, sociológico y no propiamente teológico o eclesial. La identidad del fiel laico, decían algunos, se deducirá del bautismo y no de un dato exterior a la misma, como según ellos sería precisamente la inserción en las realidades seculares. Otros alegaban que toda la Iglesia tiene una relación íntima con el mundo y que, por tanto, esta relación no puede servir para distinguir los laicos de los demás fieles.

La exhortación habla de la cuestión en el n. 15, que ratifica la doctrina conciliar, afirmando que «la dignidad bautismal común asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa». Para entender bien esta afirmación es necesario «profundizar el alcance teológico del carácter secular a la luz del proyecto salvífico de Dios y del misterio de la Iglesia».

Con este fin se insiste en que toda la Iglesia está llamada a continuar la obra redentora de Cristo en el mundo y tiene una dimensión secular intrínseca, la raíz de la cual se hunde en el misterio de la Palabra Encarnada. Todos los fieles son, por tanto, «partícipes de su dimensión secular; pero lo son de forma diferente. La participación de los fieles laicos, en particular, tiene una modalidad de actuación y de función que, según el Concilio, les es “propia y peculiar”».

La inserción de los laicos en las realidades seculares, explica la exhortación, no es simplemente un dato exterior y ambiental, sino «una realidad destinada a encontrar en Jesucristo la plenitud de su significado». El carácter secular, pues, no es un dato que se añade desde el exterior a la realidad cristiana. De hecho, como había evidenciado el Concilio Vaticano II, «la misma Palabra encarnada quiso ser partícipe de la convivencia humana [...]. Santificó las relaciones humanas, en primer lugar las familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso hacer la vida de un trabajador de su tiempo y de su región» (GS 32).

Así queda claro el sentido propio y peculiar de la vocación divina dirigida a los laicos. Estos no son llamados a abandonar la posición que tienen en el mundo, dado que el bautismo no les aparta en nada del mundo, como señala el apóstol Pablo: «Que cada uno, hermanos, continúe ante Dios en la condición en que se encontraba cuando fue llamado» (1C 07:24). Dios les confía una vocación que concierne precisamente a la situación intramundana.

Para concluir con perspectiva de futuro

Entonces como hoy sigue planteado un gran reto: ¿cómo despertar o sacudir la conciencia de tantos fieles y hacer que cumplan sus responsabilidades eclesiales? Entre muchos de ellos predomina la mentalidad de meros receptores pasivos de los servicios eclesiásticos[41], una vida cristiana rutinaria y superficial, que oscurece o impide percibir la llamada al apostolado.

Si, en las décadas posteriores al Concilio, el decreto sobre el apostolado de los laicos obtuvo un eco y una recepción escasos en la vida de los fieles, hoy puede constituir «una gran fuerza para la siempre necesaria renovación de la Iglesia»[42], una «brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que se abre»[43], un tesoro que hay que redescubrir, «un grano de mostaza» que, esparcido en el terreno eclesial, insta a los laicos a adquirir plena conciencia de su responsabilidad y a comprometerse «generosamente en la obra del Señor» (n. 33)[44].

En la introducción de este artículo decíamos que las dificultades en la recepción del decreto y en la respuesta a la llamada universal al apostolado se deben, esencialmente, a la crisis de fe que se ha difundido en las últimas décadas. Por eso Benedicto XVI quiso convocar un Año de la Fe que ofreciera una oportunidad de lo más favorable para profundizar y reavivar nuestra fe y convocó el Sínodo Episcopal sobre la Nueva Evangelización.

Y en este sentido, una reflexión sobre AA, lejos de constituir una tarea arqueológica, ofrece ideas plenamente actuales, ya que la llamada universal al apostolado no sólo no ha perdido actualidad, sino que hoy parece haber adquirido una urgencia y una importancia aún mayores que en la época del Concilio. Como ha escrito Benedicto XVI en la carta apostólica Porta fidei, «con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo Él convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandamiento que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y reencontrar el entusiasmo de comunicar la fe» (n. 7).

Arturo Cattaneo
Facultad de Teología
Lugano

 


[1] G. M. Carriquiry, «Il laicato dal Concilio Vaticano II ad oggi: esiti positivi, difficoltà e fallimenti», en: AUTORES VARIOS, Il fedele laico. Realtà e prospettive, al cuidado de L. Navarro y F. Puig, Milán, 2012, 73.

[2] Es el título de una de sus obras principales: Die Schleifung der Bastionen.

[3] Cabe recordar, además, las enseñanzas fundamentales de la Lumen gentium en el capítulo II («El pueblo de Dios»), enseñanzas que conciernen a todos los fieles y, por tanto, también a los laicos. Entre las que cabe mencionar el ejercicio del sacerdocio común y de los carismas, como también el n. 17 sobre la dimensión misionera de la Iglesia.

[4] Título del capítulo: «La misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo».

[5] Esto no significa que su redacción no topara con dificultades. El Relator, que el 23 de septiembre de 1965 presentó el texto definitivo, declaró que llegaron después de un «iter largo, difícil y tortuoso».

[6] En los siguientes nº: 1, 2, 3, 6, 16 y 33.

[7] En la carta apostólica Porta fidei Benedicto XVI observó: «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, largamente aceptado en su llamamiento a los contenidos de la fe y los valores inspirados por ella, hoy en día no parece más que sea así en grandes sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que ha afectado a muchas personas».

[8] De la homilía de la misa de apertura del Año de la Fe.

[9] J. McCloskey, «Newman: laicado, sacerdocio y santidad», en: Scripta Theologica núm. 28/1 (1996), p. 147-159.

[10] En este sentido se había expresado, por ejemplo, M.-J. Le Guillou, en 1966, en un estudio sobre la misión como tema eclesiológico: «La misión como tema eclesiológico», en: Concilium n. 2 (1966), p. 406-450.

[11] G. Colzani, «La missionarietà della Chiesa. Saggio storico sull’epoca moderna fino al Vaticano II», Bolonia, 1975, 6.

[12] Cf. G. COLOMBO, «Teología della chiesa locale», en: AUTORES VARIOS, La Chiesa locale, al cuidado de A. Tessarolo, Bolonia, 1970, 17.

[13] Expresión empleada por M.-J. Chenu en 1947 en Lisieux, después utilizada y difundida por el cardenal E. Suhard; cf. L.-J. Suenens, La Iglesia en état de mission, Brujas, 1958.

[14] París, 1943.

[15] S. DIANICH, La Chiesa in missione. Per una ecclesiologia dinamica, Cinisello Balsamo, 1985, 26.

[16] Sobre el tema, cf. R. Pellitero, La teología del laicado en la obra de Yves Congar, Pamplona, 1996.

[17] Sobre el tema, cf. A. Elberti, SJ, Il sacerdozio regalo dei fedeli nei prodromi del Concilio ecumenico Vaticano II, Roma, 1989.

[18] Théologie des réalités terrestres: Y, Préludes, Brujas-París 1947; Théologie des réalités terrestres: II, Théologie de l’histoire, Brujas-París 1949.

[19] Para el tema de los laicos, su obra principal es Le rôle du laïcat dans l’Église, Tournai, 1954.

[20] M. DE SALIS, ver «Laicato», en: Dizionario di ecclesiologia, al cuidado de G. Calabrese, P. Goyret, O.F. Piazza, Roma, 2010, 788.

[21] Fue un economista y sociólogo de Treviso. En la Universidad de Pisa tuvo la cátedra de economía política de 1879 hasta su muerte. Fue uno de los fundadores de la FUCI y uno de los principales artífices de la inserción de los católicos en la vida política, social y cultural italiana. Iniciador (1907) de la «Semana social de los católicos italianos». Beatificado el 29 de abril de 2012.

[22] GIOVANNI PAOLO II, «Gesù vivo e presente nel nostro quotidiano Cammino», homilía de la misa celebrada el 19 de agosto de 1979, en: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II / 2 (1979), 142.

[23] Aquí me limito a recordar los aspectos más significativos para apreciar el valor del decreto, también porque ya existen estudios detallados sobre el complejo iter conciliar; cf. sobre todo: F. Klostermann, «Dekret über das Apostolat der Laien. Zur Textgeschichte», en: Lexikon für Theologie und Kirche. Das zweite Vatikanische Konzil, II, Friburgo-Basilea-Viena, 1967, 585-601.

[24] El presidente de la Comisión Antepreparatoria de los Laicos fue mons. Álvaro del Portillo (1914-1994), que en 1975 fue elegido sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei.

[25] Después de haber sido nuncio en varios países, fue nombrado penitenciario mayor el 12 de febrero de 1962.

[26] Asistente eclesiástico del Comité Permanente de los Congresos Internacionales del Apostolado de los Laicos. En 1966 fue nombrado secretario del Consejo Pontificio para los Laicos, recién creado. En 1969 fue nombrado pronuncio en Siria y recibió la ordenación episcopal.

[27] Entre ellos no se encuentra ninguno de los teólogos principales que habían reflexionado sobre el tema, como Y. Congar, G. Philips, M. D. Chenu y K. Rahner, porque ya participaban en otras comisiones o bien porque eran objeto de algunas sospechas por parte del Santo Oficio.

[28] Esta parte se dividía en dos apartados. El primero comprendía las formas con que se organiza el apostolado (entre ellas la Acción Católica), el segundo apartado se refiere a las diversas formas y ámbitos en que se realiza el apostolado.

[29] En realidad, el texto latino evita emplear la expresión «apostolatus individualis», pero usa expresiones como «apostolatus a singulis peragendus», «apostolatus singulorum». Es por el hecho de que en la Iglesia ningún apostolado es estrictamente individual.

[30] Sobre el tema, cf. G. Formigoni, «Laici e laiche soggetti della Chiesa», en: AUTORES VARIOS, La dignità dei laici. Introduzione ad Apostolicam Actuositatem, al cuidado de E. Preziosi y M. Ronconi, Milán, 2010, sobre todo 40-42.

[31] El reconocimiento de que la función sacerdotal de Cristo constituye el núcleo más profundo de los tria munera Christi ─que Juan Pablo II preferirá llamar triplex munus, subrayando la unidad─ después del Concilio ha llevado a varios autores a ilustrarlo como sacerdocio cultual, profético y real.

[32] Cf. también la afirmación: «Como es propio del estado de los laicos que estos vivan en el mundo y en medio de los asuntos seculares, son llamados por Dios a fin de que, llenos de espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a modo de fermento» (n. 2).

[33] Cf. G. Grampa, Parole del Concilio per una fede adulta, Milán, 2012, 15-16.

[34] A pesar de los esfuerzos de renovación ─en 1969 modificó los estatutos, consiguiendo mayor autonomía respecto a la Jerarquía─, entre 1970 y 1976 los inscritos quedaron reducidos a la mitad. Fue significativa la decisión de Pablo VI de retirar los asistentes eclesiásticos de la ACLI (Asociaciones Cristianas de los Trabajadores, en italiano), no reconociendo así el carácter eclesiástico del movimiento.

[35] J. RATZINGER, respondiendo a V. Messori, indicó, entre los «signos positivos» de las décadas posteriores al Concilio, «la aparición de nuevos movimientos, que no ha proyectado nadie, sino que han brotado espontáneamente de la vitalidad interior de la misma fe. En ellos se manifiesta ─aunque muy débilmente─ algo parecido a una época de pentecostés de la Iglesia»: Rapport sulla fede, Cinisello Balsamo 1985, 41.

[36] Cf. mi artículo «I movimenti ecclesiali: aspetti ecclesiologici», en: Annales Theologici, núm. 11 (1997), p. 401-427, en el que he resumido en cinco puntos los impulsos dados por el Concilio Vaticano II a los nuevos movimientos eclesiales: la revalorización del bautismo y del sacerdocio común; la relevancia eclesial de los carismas; la llamada universal a la plenitud de la vida cristiana y a la participación activa en la misión de la Iglesia; la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia; la dimensión comunional propia de la Iglesia.

[37] G. AMBROSIO, «La comunità ecclesiale italiana tra istituzione e movimenti», en: La Rivista del Clero Italiano, núm. 68 (1987), p. 87.

[38] «Discorso ad un gruppo di vescovi tedeschi in visita ad limina» (21 de agosto de 2005), en: L’Osservatore Romano», 24 de agosto de 2005, pág. 5.

[39] Ha hablado J. RATZINGER, en la conferencia «I movimenti ecclesiali e la loro collocazione teologica», en: AUTORES VARIOS, I movimenti nella Chiesa, al cuidado del Pontificium Consilium pro Laicis, Ciudad del Vaticano 1999, 49-50; cf. también mi «I movimenti ecclesiali», cit., p. 421-426.

[40] Sobre la cuestión, cf. por ejemplo J. L. ILLANES, «La Discusión teológica sobre la noción de laico», en: Scripta Theologica, n 22 (1990), p. 771-789.

[41] Cf. G.M. Carriquiry, Il laicato dal Concilio Vaticano II ad oggi, cit., 77.

[42] Carta apostólica Porta fidei (11 de octubre de 2011), n. 5.

[43] JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte (6 de enero de 2001), n. 57.

[44] Cf. M. VERGOTTINI, Perle del Concilio, Bolonia 2012, 359.

Categorías:Laicos

Deconstruyendo eufemismos sobre la Acción Católica

Deconstruyendo eufemismos sobre la Acción Católica

17.06.12

http://blogs.periodistadigital.com/diario-cura-de-pueblo.php/2012/06/17/deconstruyendo-eufemismos-sobre-la-accio

 

Me gustaría comentar un artículo de Lourdes Azorín aparecido (creo) en Ecclesia en el número del 26 de mayo pasado. Digo “creo” porque no he logrado encontrar este texto en la red (y por ello tampoco se cómo interactuar con la autora) y tampoco accedo de momento al original en papel. Se titula “Renovar la Acción Católica” y contiene, a mi modo de ver, varios excesos, algunos errores y desde luego una linda colección de eufemismos.

Empieza bien, diciendo que “la Acción Católica es la forma básica de ser cristiano laico asociado”; la Acción Católica, citando al Concilio en Apostolicam Actuositatem 20, “es un elemento estructural de la Iglesia, un elemento básico de articulación del apostolado seglar ascociado”. Hasta aquí perfecto.

Un poco más abajo dice que “hay que actuar mucho más claramente respecto a la situación actual” que la AC tiene en España. Situación que califica de “un apaño”: tras la crisis, “la reconstrucción de la Acción Católica se ha hecho desde el modelo de la especializada y con una atomización que subraya el carácter especializado de cada movimiento”. Algo equivocado según la autora, porque puesto que “la Acción Católica tiene que ser una, es una cosa muy rara esto de ser ocho movimientos especializados distintos y otro más de la general”; de hecho, “no tiene sentido que haya movimientos especializados en su seno”.

Toma castaña. Exceso 1.

¿Por qué no tiene sentido? Porque ahora resulta que los adjetivos (obrero, cultural, estudiante, rural…) “son circunstancias más o menos coyunturales y apendiculares”, “las modalidades o ramas son secundarias, son funcionales, no estructurales”. Así por las buenas (exceso 2).

Pero nada de eso dice Apostolicam Actuositatem 20 (que más bien habla de “los diversos ambientes” en la primera nota). Ni el sentido común: ¿cómo es posible pensar que para un movimiento como la HOAC el ámbito del mundo obrero es algo accesorio? ¿Se trata de una broma? El mundo del trabajo, el mundo rural, el mundo estudiantil, no son solo el campo de acción de los movimientos especializados, sino que tiñen su espiritualidad, su estilo de organización, sus procesos formativos… todo está configurado por estos escenarios de la vida y la evangelización, que dan a cada movimiento su especificidad dentro del común espíritu de la AC. Los ambientes requieren esa especialización para poder llegar a ellos como levadura y sal en medio de la masa…. Los movimientos son instrumentos evangelizadores y misioneros de la Iglesia para entrar en todos los ámbitos desde el diálogo y la encarnación… Me pregunto por qué de repente eso no vale.

Seguimos. Un poco más adelante dice: “Si la Acción Católica es la forma básica de asociarse los laicos, es la forma básica y no es especializada”, y por eso antes había dicho que para los militantes, aunque participen de mediaciones obreras o culturales, “su equipo de vida es el de su parroquia”. Pero… ¿va contra algo el hecho de que la AC especializada es una forma de ser iglesia que no es necesariamente parroquial? La JEC, la HOAC, el MRC, son movimientos diocesanos, supra-parroquiales, que no dependen directamente de las parroquias y que viven y que a la vez están perfectamente en las parroquias. De hecho hacen que la parroquia llegue donde por ella misma no puede llegar: instituto, mundo obrero, intelectual, universitario, etc… En una parroquia rural (como la mía) hay un movimiento especializado de jóvenes y otro de adultos (dirigidos por laicos, segunda nota), en total sintonía y coordinación con el resto de dimensiones y grupos de la comunidad. ¿Quién dice que solo la AC general tiene la exclusiva del carácter parroquial?

“La formación cristiana de las conciencias” (…) “se hace más y mejor desde la Acción Católica General que subraya la identidad cristiana básica y común a todos los fieles cristianos laicos”. Tampoco estoy de acuerdo: ¿por qué descalificar a los que no son “los tuyos” insinuando que es que los demás hacen las cosas peor? Este exceso 3 me parece realmente intragable.

Y la última: “la Acción Católica no puede ser el polo crítico en la Iglesia, no debe serlo”. Supongo que se refiere a los movimientos especializados, que por alguna extraña razón cargan con el sambenito de “disidentes”, “críticos” y “progres”. Lo curioso es que en ellos (cuarta nota) tienen entrada los obispos y pueden ejercer su función propia, puesto que son movimientos esencialmente diocesanos, mientras que no me imagino yo a un obispo nombrando a un coordinador (o su equivalente) de otros movimientos que hoy “pitan más” que la AC…

Resumiendo: es legítimo preferir la AC General y apostar por ella, pero ¿tiene que ser a costa de negar y excluir los demás movimientos? La realidad nos está llevando por otros caminos: necesitaremos gente capaz de iniciar cualquier movimiento de AC, según la necesidad u oportunidad, en una ciudad o zona. Personas (militantes y consiliarios) flexibles, que están por encima de las siglas, y apuestan por lo más conveniente en cada situación puesto que todo es igualmente iglesia.

Así que este artículo, en vez de “Renovar la Acción Católica”, debería haberse titulado “Liquidar la Acción Católica especializada”. Total, estamos atomizados (al menos es más fino que “despachurrados”).

César L. Caro

 

Categorías:Documentos AC

El Concilio Vaticano II y su novedoso mensaje sobre el papel de los laicos

El Concilio Vaticano II y su novedoso mensaje sobre el papel de los laicos

http://raulespinozamx.blogspot.mx/2009/10/el-concilio-vaticano-ii-y-su-novedoso.html

A principios de los años sesenta, hubo una noticia que sacudió al mundo católico: el Papa Juan XXIII convocaba a un nuevo Concilio. El anterior se había llevado a cabo en el siglo XIX. Yo contaba escasamente con diez años, pero fue un hecho que me impresionó hondamente por la amplia difusión que se le dio en los medios de comunicación y porque se comentó mucho en las parroquias.

Recuerdo que Monseñor José Soledad Torres Castañeda, obispo de Ciudad Obregón, población en la que yo radicaba con mi familia, nos pidió que rezáramos mucho por este importante encuentro. Se realizó en Roma de 1962 a 1965, presidido por el Romano Pontífice, junto con miles de obispos, cardenales, monseñores, teólogos, canonistas y observadores cualificados provenientes de los cinco continentes.

Al regreso de nuestro obispo de su primer viaje de esas sesiones conciliares en la Ciudad Eterna, me acuerdo que un numeroso contingente de padres de familia y estudiantes fuimos a recibirlo al aeropuerto. Después, nos dirigimos a catedral, y ante un lleno total en el sagrado recinto, Monseñor Torres Castañeda nos explicó en líneas generales algunos de los temas tratados en ese Concilio Vaticano II, aunque más adelante se tendrían muchas otras sesiones.

Fue la primera vez que escuché que los Padres Conciliares esperaban mucho sobre el papel de los laicos para recristianizar el mundo y que, sin duda, sería un tema del cual se hablaría bastante en el futuro.

Y es que durante siglos enteros, antes de este importante Concilio, se pensaba que la búsqueda de la santidad era una tarea exclusiva para religiosos, misioneros y sacerdotes. Se usaban expresiones típicas para explicar su apartamiento del mundo y seguir su vocación sobrenatural, como: “se fue monja”, “se metió a un convento”, “se fue de misionero”, etc.

Los fieles católicos pedíamos -y seguimos pidiendo- porque el Señor nos enviara muchas y santas vocaciones a esa vida consagrada a Dios. Pero, nos quedaba la idea de que el camino de la perfección cristiana sólo se conseguiría, si se comenzaba por el noviciado o el postulantado.

Años después, llegó a mis manos un importante documento fruto de este Concilio: Lumen Gentium (“Luz de las gentes”). En él se explica que todo cristiano, por el solo hecho de estar bautizado, está llamado a la plenitud de vida cristiana, esto es, a la santidad.

El planteamiento, sin duda, era novedoso y atractivo. Y recogía en buena parte el mensaje que, por inspiración divina, venía difundiendo desde 1928 el Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá de Balaguer.

Cuando San Josemaría visitaba la Universidad de Navarra (España), solía tener reuniones con todo el personal de limpieza, mantenimiento y de intendencia. Les decía que su trabajo era tan importante como el del Rector, los directores de facultades o los catedráticos porque, a los ojos de Dios, cualquier actividad humana, la que sea, tiene una gran categoría y trascendencia, si se procura realizar bien y ofrecerla al Señor con amor, cuidando los pequeños detalles.

Después leí otro importante documento conciliar: Apostolicam Actuositatem, sobre la actuación apostólica de los laicos. En él se explica que cualquier católico, desde el lugar de trabajo, en su hogar, con sus familiares, con sus amigos y conocidos puede y debe hacer una intensa labor de apostolado. Es decir, puede acercarlos a Dios, con naturalidad y espontaneidad, y que esa actividad no es tarea a la que únicamente están llamados a realizar los religiosos, clérigos o misioneros.

Desde el término del Concilio, tanto los Papas Paulo VI, Juan Pablo I (sobre todo siendo Cardenal de Venecia porque su pontificado fue breve), Juan Pablo II como Benedicto XVI, han escrito y hablado en sus alocuciones abundantemente sobre estas dos ideas fundamentales.

Recuerdo concretamente dos documentos de Su Santidad Juan Pablo II: “El Ejercicio del Trabajo” y “Los Fieles Laicos en Cristo”. Lo que realizó por escrito el Papa, fue desglosar y aportar nuevas reflexiones sobre los planteamientos medulares del concilio. En el primer documento, que es una encíclica, el Romano Pontífice expone a los fieles que el trabajo profesional no es algo ajeno o distante de la voluntad de Dios, sino que la vocación profesional es parte fundamental para la perfección del cristiano. Ya desde el primer libro de la Biblia, el Génesis, se nos narra que el primer hombre (Adán) fue colocado en el Jardín del Edén “para que trabajara”. Y es a partir de la actividad cotidiana que desarrollan los laicos, como ayudan al sostenimiento de sus familias, pueden ser solidarios con su propio gremio laboral y, a la vez, prestar un valioso servicio a la sociedad.

Dice al final de su carta encíclica: “El hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador”. Y comenta cómo el mismo Jesucristo, junto con San José, desarrollaron el trabajo de artesanos en Nazareth y, por lo tanto, el Señor mira con amor al trabajo porque el mismo Hijo de Dios Encarnado perteneció al mundo laboral.

Resalta que el cristiano que está en actitud de escucha de la palabra de Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, contribuye no sólo al progreso terreno, personal y de su comunidad, sino también ayuda al desarrollo del Reino de Dios, en medio de las realidades del mundo, al que todos somos llamados…”.

De igual forma, en la acción apostólica de los laicos, el Papa hace hincapié en el apostolado que cada uno debe de realizar, en el entorno en que habitualmente se mueve y como fruto de su vida espiritual, y es tarea primordial y una labor insustituible. Subraya con fuerza que “es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una viva conciencia de ser un ‘miembro de la Iglesia’ “ y tenga deseos de trabajar por la salvación de todas las almas. Además, el Papa explica que esta labor apostólica debe de ser amplia, constante e incisiva para llegar cada vez a más colegas en el trabajo, a más familiares y amigos.

Me viene a la memoria una anécdota que puede ilustrar todo este nuevo tesoro de doctrina del Magisterio de la Iglesia sobre el papel de los laicos. Un día visité a un sacerdote religioso que dirigía una conocida publicación. Como soy periodista, había escrito un artículo y le propuse que me lo publicara en su órgano informativo. Cuando le dije que pertenecía al Opus Dei, me hizo un comentario, como de quien lo tiene muy pensado:

  • Los laicos, ¡qué labor tan importante tienen ustedes dentro de la Iglesia! Porque yo le dedico unas horas al día a esta revista y el resto de mi tiempo realizo mi labor pastoral en una parroquia. Cuando me siento, por las tardes, en el confesionario y veo que se acerca un feligrés a confesarse, pienso: ‘¿cuántos pasos tuvo que dar esta persona para decidirse un día determinado y a una hora concreta para tomar la determinación de venir a confesarse?’ Desde luego que me da mucho gusto que se confiesen. Sin embargo, mi acción apostólica –reflexionaba- no deja de ser limitada. Por ello, siempre he pensado que ustedes, los laicos, en medio de su trabajo, pueden acercar a Dios a personas que quizá han perdido su fe, que son ateos, agnósticos y que nunca han pensado en pararse en una iglesia. ¡Ustedes sí que pueden remover a esos corazones, a través de la amistad y el compañerismo, y llegar a hacer apostolado en ambientes humanamente difíciles y adversos pero que, con la gracia de Dios, pueden hacer mucho bien y cambiar las vidas de tantas almas!

Me parece que una conclusión a estas reflexiones, podría ser el que nosotros, los fieles laicos, vivamos, con renovada ilusión, esta maravillosa realidad aportada por el Concilio Vaticano II: la de santificar nuestro trabajo de todos los días y acercar a Dios a quienes nos rodean. De igual modo, plantearnos el estupendo desafío de recristianzar la sociedad en todos los ambientes: profesionales, laborales, culturales, artísticos, familiares… y a la vez, difundir más este importante mensaje, para lograr una mayor toma de conciencia por parte de todos los católicos.

 

Categorías:Laicos

Los laicos y el derecho a la asociacion

EL DERECHO A LA ASOCIACIÓN[1]

http://asamblea.consagrados.regnumchristi.org/index.php/es/informacion/documentacion/item/77-el-derecho-a-la-asociaci%C3%B3n

 

Continuando con el análisis del impulso y auge de la vida seglar y de su participación en la misión apostólica de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II, analicemos ahora el renovado impulso de la vida asociativa.

El derecho de asociación en el Magisterio

Las asociaciones de fieles constituyen uno de los tesoros de la vida de la Iglesia Católica de mayor raigambre. Con el nombre de fraternidades, confraternidades, hermandades, cofradías u otros, muchas han prolongado su vida durante varios siglos, encontrándose alguna de origen medieval. Y no se debe olvidar que las diversas formas de vida consagrada, entre ellas las órdenes religiosas, tienen base asociativa. Todas las colecciones legales canónicas han procurado regular y encauzar el movimiento asociativo de los fieles la Iglesia. Sin embargo, podemos decir que es mérito indiscutible del Vaticano II la afirmación explícita del derecho de asociación en la Iglesia, derecho que viene descrito en el Decreto Apostolicam Actuositatem:

 

“Como los cristianos son llamados a ejercitar el apostolado individual en diversas circunstancias de la vida, no olviden, sin embargo, que el hombre es social por naturaleza y agrada a Dios el que los creyentes en Cristo se reúnan en Pueblo de Dios (Cf. 1 Pe., 2,5-10) y en un cuerpo (Cf. 1 Cor., 12,12). Por consiguiente, el apostolado asociado de los fieles responde muy bien a las exigencias humanas y cristianas, siendo el mismo tiempo expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Pues donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt., 18,20).

Por tanto, los fieles han de ejercer su apostolado tendiendo a su mismo fin. Sean apóstoles lo mismo en sus comunidades familiares que en las parroquias y en las diócesis, que manifiestan el carácter comunitario del apostolado, y en los grupos espontáneos en que ellos se congreguen…

Pero en las circunstancias presentes es en absoluto necesario que en el ámbito de la cooperación de los seglares se robustezca la forma asociada y organizada del apostolado, puesto que solamente la estrecha unión de las fuerzas puede conseguir todos los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes” (AA 18a).

 

 

 

La novedad de este modo de expresarse es clara: el discurso gira en torno al fiel, como a su centro, de donde se deriva de modo congruente la dimensión comunitaria. Bajo este punto de vista, el apostolado viene considerado como deber de todo fiel de manera que cada uno, no obstante la diversidad de la vocación personal, pueda tener parte en la misión apostólica de la Iglesia, sea a nivel personal sea en colaboración con los demás.

De la conciencia de una nueva identidad y misión, que la Iglesia ha descubierto respecto de sí misma a partir del Vaticano II, nace un modo nuevo y más claro de entender el fenómeno asociativo. En efecto, la igualdad fundamental de todos los christifedeles por el bautismo y la confirmación es el punto de partida de la participación en la misión del pueblo de Dios que es la misión de la Iglesia: una única misión en la diversidad de ministerios.

 

La doctrina presentada por el Concilio está recogida por Juan Pablo II en la Exhortación

Apostólica Christifedeles Laici que en el n 29 afirma:

 

“La comunión eclesial, ya presente y operante en la acción personal de cada uno, encuentra una manifestación específica en el actuar asociado de los fieles laicos; es decir, en la acción solidaria que ellos llevan a cabo participando responsablemente en la vida y misión de la Iglesia.

En estos últimos años, el fenómeno asociativo laical se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad. La asociación de los fieles siempre ha representado una línea en cierto modo constante en la historia de la Iglesia, como lo testifican, hasta nuestros días, las variadas confraternidades, las terceras órdenes y los diversos sodalicios. Sin embargo, en los tiempos modernos este fenómeno ha experimentado un singular impulso, y se han visto nacer y difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos, comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época asociativa de los fieles laicos. En efecto, «junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces, han   germinado   movimientos   y   asociaciones nuevas,   con   fisonomías y   finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido eclesial; y tanta es la capacidad de iniciativa y la generosidad de nuestro laicado».

Estas asociaciones de laicos se presentan a menudo muy diferenciadas unas de otras en diversos aspectos, como en su configuración externa, en los caminos y métodos educativos y en los campos operativos. Sin embargo, se puede encontrar una amplia y profunda convergencia en la finalidad que las anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad…

Más allá de estos motivos, la razón profunda que justifica y exige la asociación de los fieles laicos es de orden teológico, es una razón eclesiológica, como abiertamente reconoce el Concilio Vaticano II, cuando ve en el apostolado asociado un «signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo»”.

 

 

 

El nuevo Código de Derecho Canónico contempla explícitamente el derecho de asociación de los fieles estableciendo este principio programático en el elenco de los deberes y derechos de los fieles, es decir, común a todos los bautizados (c. 204) y dedicando cuatro capítulos a la materia de las asociaciones.

 

 

 

Concepto de las asociaciones de fieles en el Código de Derecho Canónico de 1983.

 

  1. 298 – § 1. Existen en la Iglesia asociaciones distintas de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, a saber, iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal.
  • 2. Inscríbanse los fieles preferentemente en aquellas asociaciones que hayan sido erigidas, alabadas o recomendadas por la autoridad eclesiástica competente.

 

Si bien el CIC no da una definición, se puede decir que una asociación de fieles es:

 

1) Una agrupación permanente de personas: por su propia naturaleza, para poder existir, las asociaciones tienen necesidad de miembros que son personas físicas, fieles que por el bautismo participan de la función sacerdotal, profética y real de Cristo (c. 204). Las asociaciones pueden también ser formadas por otras asociaciones a modo de federaciones (c. 313). Las asociaciones son constituidas cuando no sólo se verifica una cierta continuidad en el tiempo sino también para que duren en el tiempo. Esto no quiere decir, perpetuidad sino estabilidad, una estabilidad que deriva de los fines, de la buena organización y, el elemento más importante, de un actuar adecuado de los miembros que lleve no sólo a la consecución de los fines sociales sino que pueda atraer a otros fieles a formar parte de la asociación. Este punto será un elemento fundamental a juzgar en el momento de dar la aprobación a la asociación.

2) Que se unen para obtener determinados fines: se trata de un objetivo societario que no puede alcanzarse de modo satisfactorio de la acción individual. Se debe tener en cuenta que la finalidad a alcanzar no es el único objetivo de una asociación. En general hay otro aspecto más importante que es el deseo de comunión del Evangelio. Además, sea la finalidad sea el aspecto de comunión quieren ser vividos de un modo especial, con una forma característica de identidad de la asociación[2].

3) Mediante una organización: no se trata de una mera unión de los fieles sino de sus fuerzas enfocadas a través de una estructura organizativa que les permita multiplicar sus esfuerzos en pro del objetivo común.

4) Reconocida por el derecho: la intervención de la autoridad eclesiástica competente, que variará de acuerdo con la naturaleza canónica de la asociación, es requerida para que ésta sea reconocida y tutelada por el ordenamiento de la comunidad eclesial. Esta intervención hace la distinción entre la existencia sociológica de las asociaciones en la Iglesia y la existencia jurídica. Para ésta última es necesario al menos el reconocimiento de los estatutos de la asociación por parte de la autoridad eclesiástica[3].

 

Fines de las asociaciones de fieles.

El c. 298 §1, retomando el c. 215, da los fines por los cuales se puede constituir una asociación en la Iglesia, sea pública o privada: el incremento de una vida más perfecta o la promoción del culto público y de la doctrina cristiana u otras obras de apostolado como la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad o la animación del orden temporal con espíritu cristiano[4].

La Cristifedeles laici en el nº 30 nos ofrece unos criterios fundamentales para el discernimiento y el reconocimiento de las agregaciones de fieles laicos en la Iglesia que valen para todo tipo de asociación.

1) El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad, y que se manifiesta

«en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles» (LG 39) como crecimiento hacia la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en la caridad (LG 40). En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una de ellas, están llamadas a ser —cada vez más— instrumento de santidad en la Iglesia, favoreciendo y alentando «una unidad más íntima entre la vida práctica y la fe de sus miembros» (AA 19).

2) La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente. Por esta razón, cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para practicarla en todo su contenido.

3) El testimonio de una comunión firme y convencida en filial relación con el Papa, centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia universal (LG 23), y con el Obispo «principio y fundamento visible de unidad» (LG 23) en la Iglesia particular, y en la «mutua estima entre todas las formas de apostolado en la Iglesia» (AA 23). La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales. La comunión eclesial exige, además, el reconocimiento de la legítima pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en la Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca colaboración.

4) La conformidad y la participación en el «fin apostólico de la Iglesia», que es «la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu evangélico las diversas comunidades y ambientes» (AA 20).Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles laicos, y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que les lleve a ser, cada vez más, sujetos de una nueva evangelización.

5) El comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre. En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad.

Si bien estos fines deben ser verificados en el momento de analizar los documentos constitutivos para la aprobación, deben ser reconocidos en la realidad concreta, es decir, en “frutos concretos que acompañan la vida y las obras de las diversas formas asociadas; como son el renovado gusto por la oración, la contemplación, la vida litúrgica y sacramental; el estímulo para que florezcan vocaciones al matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada; la disponibilidad a participar en los programas y actividades de la Iglesia sea a nivel local, sea a nivel nacional o internacional; el empeño catequético y la capacidad pedagógica para formar a los cristianos; el impulsar a una presencia cristiana en los diversos ambientes de la vida social, y el crear y animar obras caritativas,   culturales y espirituales; el espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que lleva a desarrollar una generosa caridad para con todos; la conversión a la vida cristiana y el retorno a la comunión de los bautizados «alejados»” (ChL 30).

 

En la aprobación de una asociación se tiene en cuenta la alabanza o recomendación que la autoridad eclesiástica hace de ella. En consecuencia, el c. 298 §2 recomienda a los fieles adherirse y respetar a estas asociaciones.

[1] 1 En esta parte, se sigue básicamente la dispensa sobre “Fieles laicos y asociaciones” del P. Damián Astigueta, S.J., profesor de la

Facultad de Derecho canónico de la Universidad Gregoriana de Roma

[2] Cfr. C. REDAELLI, «Aspetti problematici della normativa canonica e della sua applicazione alla realtà associativa della Chiesa» in GRUPPO ITALIANO DOCENTI DI DIRITTO CANONICO (ed.), Fedeli. Associazioni. Movimenti. XXVIII Incontro di Studio “villa Cagnola” – Gazzanda (VA) 2 luglio ‐6 luglio 2001, 165.

[3] Cfr. LL. MARTÍNEZ SISTACH, Las asociaciones de fieles, Cinisello Balsamo, 2006, 39‐40

[4] Cfr. G. GHIRLANDA, Il diritto nel mistero della Chiesa, Compendio di diritto ecclesiale, Cinisello Balsamo–Roma 2006, 256.

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