Teología del laicado en el Vaticano II

Teología del laicado en el Vaticano II

04.01.12 | 08:00. Archivado en Concilio Vaticano II

 

Iglesia y laicado

 

Ningún concilio, antes del Vaticano II, había hablado específicamente del laicado. El capítulo IV de Lumen Gentium está dedicado exclusivamente a los laicos, aunque en un primer momento quedaban unidos al capítulo “Pueblo de Dios”, la redacción final les dedicó un apartado exclusivo.

Debemos destacar dos novedades en la estructura de dicho capítulo: del número 30 al 33 se describe el laicado de manera positiva señalando qué significa ser laico. Del número 34 al 38 se presenta la estructura teológica del laicado a partir de los tria munera de Jesucristo: sacerdote, profeta y rey.El elemento teológico más importante y positivo lo encontramos en el número 31, del cual podemos destacar dos cosas:

- La participación del ministerio triple del Pueblo de Dios:
«Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde» (LG 31).

- La índole secular de los laicos:
«El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor» (LG 31).

DEFINICIÓN DEL LAICO CRISTIANO (Cf. CHILLEBEECKX, E., «Definición del laico cristiano», en “La Iglesia del Vaticano II”, pp. 977-997).

El descubrimiento del carácter “laico” del mundo presente y del “seglar” en la Iglesia influyó fuertemente en los primeros intentos de establecer una “teología sobre el laicado”. Algunos dudaban si esta conexión con el mundo debía entrar en la definición teológica, era entonces necesario definir eclesiológicamente el término “laico”. La Iglesia tiene una misión religiosa y no parecía que hubiese lugar para la inclusión de una relación secular en dicha definición. Así pues, el laico fue definido, en sentido más pronto negativo, en contraposición con quien ejerce un ministerio oficial en la Iglesia. El laico es aquel que no tiene ningún oficio.

Y en un sentido un poco más positivo, el cristiano recibe el nombre de laico en comparación con el cristiano que desempeña una función jerárquica. No queda claro que la situación secular, según la cual el cristiano sin oficio ha de vivir de acuerdo con sus principios cristianos, sea una situación tan cristiana como la de aquél que tiene oficio y que también debe vivir según sus principios. Es, por esta razón, por la que la descripción puramente negativa del laico en la definición no satisface.

El texto preconciliar «entiende por el nombre de laicos a los fieles que por el bautismo están incorporados al Pueblo de Dios, pero viviendo en el mundo, se guían únicamente por las normas generales de la vida cristiana… Se dirige la atención a aquellos fieles del Pueblo de Dios que no han sido llamados ni al orden jerárquico ni al estado religioso reconocido por la Iglesia, pero que de un modo peculiar, incluso por medio de actividades seculares deben esforzarse por conseguir la santidad cristiana».

La Comisión preconciliar declaró que no era su intención dar una definición teológica del laicado cristiano. Desde el principio, son tres las características que incluye el concepto de laico: El laico es presentado positivamente por su calidad de miembro de la Iglesia como Pueblo de Dios, y, restrictivamente, por no estar ordenado y, por tanto, por no pertenecer al orden jerárquico ni a una orden religiosa o congregación. El laico se ocupa de los asuntos de este mundo cristianamente.

El segundo esquema fue similar pero presentó una diferencia según la cual queda claro que los laicos no están fuera de la misión primordial, es decir, religiosa, de toda la Iglesia. Aunque sin tener oficio, deben contribuir activamente, y no solamente por medio de su actividad secular cristiana, sino también de una manera no clerical a la obra evangélica de la Iglesia.

El primer esquema hacía hincapié en la significación de la actividad secular, el segundo parecía contener una reacción implícita contra aquellos que tendían a basar la definición del laico cristiano en su relación con este mundo secular.

Muchos obispos pensaron que la definición de los laicos era demasiado negativa y breve, la realidad de la vida del laico en este mundo debería aparecer con más fuerza. Por eso, en el tercer esquema se intentó reconciliar a aquellos que querían recalcar más el lugar de los laicos en la Iglesia con las peticiones de los que deseaban poner de relieve la tarea cristiana de los laicos en el mundo.

Podría sintetizarse todo esto diciendo que el concepto de laicado constituye un “estado” en la Iglesia y el mundo, es la “situación o puesto propio” del laico con el fin de reconocer este mundo según su propio modo de ser, de dirigirlo hacia la gloria de Dios y de santificarse a sí mismo y a los que lo habitan. El cuarto esquema situará en su debida perspectiva el carácter religioso del laicado cristiano.

La Constitución evita expresamente toda forma de clericalismo. La definición del laico para el Concilio comprende tres elementos: el laico se define genéricamente por su pertenencia activa a la Iglesia como Pueblo de Dios; participa en la misión universal de toda la Iglesia y no desempeña una función oficial, tampoco es un religioso.

HISTORIA

Después de la II Guerra Mundial aparecen diversos estudios sobre la “teología del laicado”. Varios autores encuentran dificultad en el “carácter secular” del laico.

Y. Congar considera el laicado en conexión con una distinción, dentro de la Iglesia, entre la Iglesia como “institución” y como “comunidad” de salvación. Recalca su participación activa en la vida de la Iglesia dentro de su función sacerdotal, profética y real. Apunta que la función secular del laico debe ordenarse hacia la salvación. Más adelante, Congar afirmará que el laico cristiano contribuye al Reino de Dios ocupándose de la realidad secular y temporal.

E. Schillebeeckx señala la exigencia de empezar con un análisis de las riquezas religiosas de las cuales participan mutuamente laicos, sacerdotes y religiosos. Así se destacaría en el laico su calidad de miembro y también su participación en la misión primordial de la Iglesia.

H. Urs von Balthasar afirma que el laico se distingue de los clérigos pero no de los religiosos. A la Acción Católica la llama “laicos clericalizados”.

G. Philips pone de relieve la participación de los laicos en la misión primordial religiosa pero además afirma que los laicos han de realizar su salvación mediante su cometido respecto de los asuntos de este mundo.

Para K. Rahner el alcance del apostolado laico queda determinado específicamente por la situación concreta que ocupa en la sociedad temporal. Un laico que se dedica de lleno al apostolado eclesial y abandona sus actividades seculares ordinarias ya no sigue siendo un laico.

Así pues, hay autores que vinculan la palabra “laos” al sentido bíblico, refiriéndose al Pueblo de Dios y otros, apuntan al matiz moderno idiomático dado a la palabra laico, vinculándolo al mundo secular. I. de la Potterie explicaba que en el mundo grecoromano la palabra “laos” se refería al pueblo, en contraposición con sus jefes o príncipes.

ELEMENTOS ESENCIALES

Los tres elementos que encontramos en las discusiones de los últimos años sobre la definición teológica del laico se encuentran presentes en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia: un elemento positivo, como ya hemos dicho, es la pertenencia activa de todos los miembros del Pueblo de Dios: la Iglesia; un aspecto negativo: el laico como uno que no tiene oficio; y un elemento distintivo: la relación con el mundo secular en cuanto que así es como el laico busca el Reino de Dios.

El Concilio, de hecho, recalca que el laico debe cumplir su propia misión, no solamente en el mundo, sino también en la Iglesia, y no especifica la relación entre los tres elementos de la definición. Indica también que, como miembro del Pueblo de Dios, al laico le es propio contribuir a la obra de evangelización, aunque no tiene oficio.

CONSECRATIO MUNDI (Cf.CHENU, M. -D., «Los laicos y la “consecratio mundi”», en “La Iglesia del Vaticano II”, pp. 999-1015).

«Los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios» (LG IV, 34). De esta manera, la expresión “consecratio mundi” entra en el vocabulario oficial y solemne de la Iglesia. Lo que en otro momento hubiera parecido banal adquiere ahora un sentido sólido.

Se refiere directamente al papel de los laicos en la construcción de la Iglesia y a la presencia de la Iglesia en el mundo. En 1962 el entonces cardenal G. B. Montini, explicitaba “consecratio mundi” en una Carta Pastoral a su Iglesia de Milán: «Consecratio mundi… es decir impregnar de principios cristianos y de fuertes virtudes naturales y sobrenaturales la inmensa esfera del mundo profano».

Como dice M. D. Chenu, el Concilio Vaticano II determina «un estatuto de los seglares en una Iglesia que ha tomado consciencia de que no es una sociedad levítica, “clerical”, sino una comunión de creyentes estructurada por la jerarquía apostólica» .

Nos damos cuenta de la evolución del Concilio para captar el papel del laico como artífice real en la vida de la Iglesia, de ahí que se pueda usar el término consagración como operación por la que el hombre, en nombre propio o mandado por una institución, retira una cosa de su uso corriente o aparta a una persona de su primera disponibilidad para reservarla a la Divinidad, para rendir pleno homenaje a la soberanía de Dios sobre su creación. Se aparta, pues, la cosa o la persona de su propia finalidad, se aliena para transferirla al Soberano supremo, origen de todo ser y fuente de toda perfección.

En síntesis, el papel del laico en la construcción del Reino de Dios nunca es subsidiario, al servicio y complemento de los clérigos, sino que es una misión constitutiva con verdadera responsabilidad evangélica. La obediencia doctrinal y disciplinar no reduce la cualidad ni la verdad del compromiso dentro del mundo secular, lugar del laico que determina su función como esencial a la evangelización.

Chenu continúa afirmando que la expresión “consecratio mundi” es «valiosa y bienhechora. Pero esto no puede ni debe hacerse más que dentro del conjunto y a la luz del misterio de la Encarnación» .

COOPERACIÓN DE LOS LAICOS CON LA JERARQUÍA EN EL APOSTOLADO (Cf. KOSER, C., «Cooperación de los laicos con la jerarquía en el apostolado», en “La Iglesia del Vaticano II”, pp. 1017-1035.)

Los laicos son corresponsables, junto con los ministros ordenados (obispos, presbíteros y diáconos) y con los religiosos y religiosas, de la misión de la Iglesia, una misión con una doble faceta: intraeclesial y extraeclesial. Ambos aspectos están íntimamente unidos y no se pueden separar.

La misión característica de los laicos es, estar en el mundo y servir a las personas con las que conviven y procurar que la familia de los hombres sea más humana, fraterna y llegue a transformarse en familia de Dios. Por tanto, el mundo, la sociedad, la comunidad humana, es el ámbito, el lugar y el medio donde los laicos deben desarrollar su vocación de cristianos. Los laicos, pues, han de estar presentes en el mundo, desde su trabajo concreto, como levadura en la masa, pues esta es su misión específica y peculiar.

«Los laicos también puede ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía» (LG IV, 33), porque, entre otras razones, pueden tener una preparación más específica que algunos clérigos. Es esencial reconocer que el límite de su participación viene marcado por el poder que sólo confiere el sacramento del Orden.

CONCLUSIÓN

Por primera vez en la historia de la Iglesia, un Concilio se ocupa de los laicos en cuanto a tales, empieza así una “teología del laicado”. El meollo de todo el capítulo IV, “Sobre los laicos”, constituye una descripción tipológica del laico.

Así pues, como ya se ha dicho, el Concilio Vaticano II proporciona dos notas constitutivas: 1) Los laicos son todos los cristianos salvo los que tienen un orden sagrado o son miembros de un estado religioso reconocido por la Iglesia. 2) Los laicos viven en el mundo. La índole secular les es propia y peculiar y en este lugar, en el mundo, les es dirigida la llamada de Dios. El mundo es su campo de acción propio.

A partir de estas afirmaciones el Concilio Vaticano II describe la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, insistiendo en que todos los miembros del Pueblo de Dios, por razón de ser bautizados, participan en el triple ministerio o misión de Cristo: el ministerio sacerdotal, profético y real. Los laicos participan en el ministerio sacerdotal de Cristo cuando están unidos a Él y como Él se ofrecen a sí mismos al servicio de los demás y ofrecen todas sus actividades a Dios; participan del ministerio profético de Cristo cuando acogen con fe el evangelio y lo anuncian con palabras y con obras; y participan en el ministerio real de Cristo cuando sirven al Reino de Dios y cuando sirven, en la caridad y en la justicia, a Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente los más pequeños .

Como destaca Chenu, «se da al seglar cristiano su lugar constitucional dentro de la Iglesia, no por la clericalización larvada, ni por su encuadramiento en instituciones cristianas sino por su mismo ser, por la participación del misterio mediante las virtudes de la fe, esperanza y caridad» (CHENU, M. -D., «Los laicos y la “consecratio mundi”», en “La Iglesia del Vaticano II”, p. 1012.).

BIBLIOGRAFÍA

- BARAÚNA, GUILLERMO, (DIR.), La Iglesia del Vaticano II, Juan Flors, Barcelona 1966.

- PIÉ-NINOT, SALVADOR, Eclesiología. La sacramentalidad de la comunidad cristiana, Sígueme, Salamanca 2007.

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Convocatoria 23 reunion nacional del consejo de UCM

ACCION CATOLICA MEXICANA

UNIÓN DE CATOLICOS MEXICANOS CONSEJO NACIONAL

 

 

A LOS ASISTENTES ECLESIASTICOS NACIONALES A LOS ASISTENTES ECLESIASTICOS DIOCESANOS A LOS ASISTENTES ECLESIASTICOS PARROQUIALES A LOS COMISIONADOS NACIONALES A LOS DELEGADOS PROVINCIALES A LOS PRESIDENTES DIOCESANOS

Por medio de la presente y de la manera más atenta, el Presidente Nacional de la Unión de Católicos Mexicanos, conforme a nuestros estatutos:

 

CONVOCA

A la 23 Reunión de Consejo Nacional de UCM,

 

a celebrarse Dios mediante los días 26 y 27 de abril del 2014, en el salón Juan Pablo el grande ubicado en la parroquia de Nuestra Señora del Refugio a cargo del Pbro. Antonio Anderson padreantoniosolt@hotmail.com, con domicilio en calle Gral. Cedillo 9011 entre av. río Níger y río garges, Voluntad y trabajo III de nuevo Laredo Tamaulipas.

 

UNO DE LOS PUNTOS IMPORTANTES A TRATAR, SON LOS NOMBRAMIENTOS DE COMISIONES Y DELEGACIONES NACIONALES, PARA ASI CONFORMAR EL NUEVO COMITÉ DE UCM, QUE FUNGIRA DURANTE EL TRIENIO 2013-2016 Y ASUNTOS IMPORTANTES A TRATAR DE NUESTRA ORGANIZACIÓN TAMBIÉN SE TRATARAN LOS TEMAS DE PUEBLO DE DIOS EN ACCIÓN, EL SACERDOCIO LAICAL, QUE ES LA ACCIÓN CATOLICA. POR ESTE MOTIVO SOLICITO SU ASISTENCIA DE TODOS LOS DIOCESANOS.

 

Sr. José Miguel Coto Caporal Presidente de UCM de nuevo Laredo tmps. 018671257922

Sr. Felipe Rodríguez Gutiérrez Presidente Nacional de UCM 01744 468 6873 Celulares: 045744 516 0316 y 045744 504 0355

Sr. Jorge Luis Portillo Vice-Presidente Nacional de UCM 01756-104-0234

Sr Tomas Gutiérrez Antonio secretario nacional UCM 018671159992

La cuota de recuperación, para esta ocasión será de $ 200.00

Nuevo Laredo tmpas, a 26 de Febrero del 2014

FUERTES EN LA FE

Pbro. Lic. Miguel Jaime Caballero Becerril

ASISTENTE ECLESIASTICO NACIONAL

Sr. Felipe Rodríguez Gutiérrez

PRESIDENTE NACIONAL DE UCM

 

Sr. Tomás Gutiérrez Antonio.

SECRETARIO NACIONAL DE UCM

 

 

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El asesor eclesiástico de Asociaciones de Fieles Cristianos Laicos

El asesor eclesiástico de Asociaciones de Fieles Cristianos Laicos

G. Ramiro Valdés Sánchez

http://www.arquidiocesisgdl.org/2010-1-7.php

Echando mano del magisterio reciente de la Iglesia, se habla de las cualidades esenciales de un ministerio que hace sensible la solicitud de Cristo por la salvación de las almas.

La Iglesia, comunidad universal de los creyentes, pueblo que Dios reúne en el mundo entero por la fe y el bautismo, tiene ministerios ordenados que derivan del sacramento del Orden, porque Jesús instituyó apóstoles, germen del Pueblo de la Nueva Alianza y origen de la sagrada jerarquía,[1] y tiene fieles laicos que por el bautismo están integrados en el Pueblo de Dios y ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión del pueblo cristiano.[2]

Para asegurar y acrecentar la comunión en la Iglesia, en el ámbito concreto de los ministerios distintos y complementarios, los pastores deben reconocer que su ministerio está radicalmente ordenado al servicio de todo el Pueblo de Dios; y los fieles laicos han de reconocer, a su vez, que el sacerdocio ministerial es enteramente necesario para su vida cristiana y para su participación en la misión de la Iglesia;[3] misión que se lleva a cabo por los ministros en virtud del sacramento del Orden y también por todos los fieles laicos, que por estar bautizados participan del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo.[4]

La comunión de la Iglesia se manifiesta y opera en el actuar asociado de los fieles laicos; sus asociaciones antes eran llamadas confraternidades, terceras órdenes, pías uniones, conferencias, hoy son asociaciones, grupos, comunidades, movimientos, que el Espíritu Santo alienta en el tejido de la Iglesia.[5]

Los fieles laicos tienen su propio derecho de fundar, dirigir libremente sus asociaciones, también de inscribirse en las fundadas, guardando la debida relación con la autoridad eclesiástica.[6]

El Código de Derecho Canónico en el canon 215 establece: “Los fieles tienen derecho de fundar, dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana, y también a reunirse para procurar en común estos fines”.

En 33 cánones, del 298 al 329 del Código de Derecho, se dan las normas para las Asociaciones de Laicos y establece lo siguiente: que todas las asociaciones tengan sus propios estatutos, en los cuales se determine el objeto o fin social de la asociación, su sede, el gobierno, las condiciones que se requieren para formar parte de ella, se señale su modo de actuar teniendo en cuenta la necesidad o conveniencia del tiempo y del lugar.[7]

También se pide que todas las asociaciones de fieles laicos están bajo la vigilancia de la autoridad eclesiástica, ya sea de la Santa Sede o del Ordinario del lugar, para cuidar que ellas conserven la integridad de la fe y de las costumbres cristianas y evitar que se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, para lo cual les impone el deber de visitarlas conforme a las normas del Derecho y de los estatutos.[8]

La jerarquía eclesiástica, según el caso, debe erigir o alabar o recomendar, o aprobar, o al menos vigilar las asociaciones de los fieles laicos. Según el Derecho Canónico, las asociaciones pueden ser: privadas, públicas, laicales, clericales, católicas, terceras órdenes, según sean reconocidas oficialmente.[9]

Ninguna asociación puede llamarse católica sin el consentimiento de la autoridad competente: La Santa Sede, la Conferencia Episcopal o el obispo diocesano.[10] A ésta misma autoridad competente corresponde exclusivamente erigir las asociaciones de fieles que en nombre de la Iglesia transmiten la doctrina cristiana o promueven el culto público.[11] Las asociaciones de fieles erigidas por la autoridad eclesiástica se llaman Asociaciones Públicas.[12]

Las asociaciones privadas de fieles dirigidas y administradas por ellos, adquieren personalidad jurídica si la autoridad competente aprobó sus estatutos y les dio decreto formal reconociéndoles su personalidad.[13] Estas asociaciones privadas designan libremente a sus presidentes y oficiales conforme a sus estatutos,[14] y pueden elegir un consejero espiritual entre los sacerdotes que ejercen el ministerio en la diócesis, pero necesita ser confirmado por el Ordinario del lugar.[15]

El canon 307 establece que en las asociaciones públicas compete a la autoridad eclesiástica nombrar al capellán o asistente eclesiástico, y confirmar al presidente elegido por la misma. Además en las asociaciones laicales el asistente eclesiástico no debe desempeñar la función del presidente. Que tampoco deben ser presidentes de las asociaciones públicas dedicadas directamente al apostolado de los dirigentes de partidos políticos.

El decreto conciliar del Apostolado de los Laicos “Apostolicam Actuositatem” señala las relaciones de la jerarquía y los grupos de laicos, y ordena

Para promover el espíritu de unidad, de caridad fraterna, la consecución de los fines y que se eviten las emulaciones perniciosas, se requiere el mutuo aprecio de todas las formas de apostolado y la coordinación conveniente para la armonía y cooperación apostólica de los sacerdotes diocesanos, de los religiosos y de los laicos.

Es deber de la jerarquía apoyar el apostolado de los seglares, darles orientaciones y apoyos espirituales, ordenar el desarrollo del apostolado al bien común de la Iglesia y vigilar que se cumplan la doctrina y el orden.[16]

Los obispos, párrocos y demás sacerdotes diocesanos y religiosos, trabajen fraternalmente con los laicos en la Iglesia y por la Iglesia. Tengan especial atención de los seglares en sus obras apostólicas:[17]

Elíjanse cuidadosamente sacerdotes idóneos y bien formados para ayudar a las formas especiales del apostolado de los seglares. Los sacerdotes nombrados para este ministerio, por la misión recibida de la jerarquía, la representan en su acción pastoral y fomenten las debidas relaciones de los seglares con la jerarquía, adhiriéndose fielmente al espíritu y a la doctrina de la Iglesia. Esfuércense en alimentar la vida espiritual y el sentido apostólico de las asociaciones católicas que se les han encomendado, asistan con su prudente consejo la labor apostólica de los seglares y estimulen sus empresas. En diálogo constante con los seglares para hacer más fructífera su acción apostólica y promuevan el espíritu de unidad de la asociación en sí misma y en su relación con otras”.[18]

En el estatuto general de la Acción Católica dado por la Comisión Episcopal para el Apostolado de los Laicos de la Conferencia Episcopal Mexicana en el año 1982 se establece:

“Los sacerdotes asistentes eclesiásticos deberán: a) Promover y estimular en los grupos la reflexión teológica actualizada. b) Orientar y acompañar a los militantes y dirigentes en la búsqueda de su propia espiritualidad seglar. c) Respetar las funciones de dirección y gobierno que competen a los laicos y ser solidarios con ellos. b) Iluminar las opciones personales que asumen en su compromiso temporal. e) Propiciar con su testimonio, el mutuo conocimiento, la caridad fraterna y la convivencia entre todos sus miembros. f) Representar a la jerarquía conforme a su propio carisma y favorecer el diálogo entre los seglares y sus pastores. g) Cultivar la convivencia y la colaboración fraterna con las diversas organizaciones y personas que promueven los valores humanos.

Este mismo estatuto señala que

“Los Asistentes Eclesiásticos por su sacerdocio ministerial tienen responsabilidad en cuanto a la vida eucarística y sacramental de los socios. Que tienen voz y voto en las deliberaciones. El asumir las decisiones junto con los laicos es un signo de solidaridad y corresponsabilidad”

El señor Arzobispo Cardenal don Juan Jesús Posadas Ocampo, que de Dios goce, en su Mensaje a los Organismos de la Comisión de los Laicos del 14 de noviembre de 1992 señaló en las directrices:

“Compete al obispo nombrarles un asesor, cuya función será hacer presente al obispo en la vida y marcha del movimiento o asociación y orientar la marcha de la institución según su propia identidad y en colaboración con la pastoral diocesana. La función del asesor no se reduce a la función de un consejero, ni a la de un capellán. Los cargos se dan para un período de tres años renovables”.

 

[1] Christifideles laici (Ch l nº 22)

[2] Ch l 9.

[3] Ch l 22.

[4] Ch l 23.

[5] Ch l 29.

[6] Apostolicam actuositatem (AA)18, Lumen gentium 37.

[7] C. 304 § 1.

[8] C. 305.

[9] C. 298.

[10] C. 300.

[11] C. 301.

[12] Ídem.

[13] C. 324.

[14] Ídem.

[15] Íd.

[16] AA 23 y 24.

[17] AA 25.

[18] AA 25.

 

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Manifiesto de los consiliarios de Acción Católica de Mérida-Badajoz

Manifiesto de los consiliarios de Acción Católica de Mérida-Badajoz

“Es el momento de despertar como cristianos y como ciudadanía para hacernos cargo de nuestra sociedad”

“Es el momento de desarrollar la dimensión sociopolítica de nuestra fe”

Redacción, 15 de abril de 2014 a las 10:04

http://www.periodistadigital.com/religion/solidaridad/2014/04/15/es-el-momento-de-despertar-como-cristianos-y-como-ciudadania-para-hacernos-cargo-de-nuestra-sociedad-iglesia-religion-dios-jesus.shtml

 

 

Hoy nos toca ceñirnos la toalla del servicio, la que nos ha entregado nuestro hermano y maestro en la última cena, y creer que el crucificado resucita

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Procesión en Extremadura

(Consiliarios AC de Mérida-Badajoz).- Estamos en semana santa, en la que la Pasión de Jesús de Nazaret va a ocupar nuestras calles y la vida de los creyentes católicos. Lo hacemos en un momento en que nuestro pueblo está sufriendo y llevando una cruz pesada, que se ha hecho más intensa, extensa y crónica como la propia pobreza. En esta realidad vemos los pasos y figuras vivientes de la pasión que van más allá de las esculturas y de la teatralización de la pasión en muchos de nuestros pueblos. En Cristo se nos dijo que lo que hiciéramos con los últimos, con los que sufren, lo estaríamos haciendo con él, identificándose con la pasión humana. El Papa actual nos está llamando continuamente a ser una iglesia pobre y de los pobres, de los que sufren y nos sentimos interpelados para entender la realidad de nuestro pueblo con las claves de la pasión y muerte de Cristo.

Para leer el artículo completo

 

“Cruz y esperanza del pueblo”

http://blogs.periodistadigital.com/cree-en-la-universidad.php/2014/04/15/cruz-y-esperanza-del-pueblo

15.04.14 | 09:49. Archivado en Iglesia, Lectura creyente

Introducción.-

Estamos en semana santa, en la que la Pasión de Jesús de Nazaret va a ocupar nuestras calles y la vida de los creyentes católicos. Lo hacemos en un momento en que nuestro pueblo está sufriendo y llevando una cruz pesada, que se ha hecho más intensa, extensa y crónica como la propia pobreza. En esta realidad vemos los pasos y figuras vivientes de la pasión que van más allá de las esculturas y de la teatralización de la pasión en muchos de nuestros pueblos. En Cristo se nos dijo que lo que hiciéramos con los últimos, con los que sufren, lo estaríamos haciendo con él, identificándose con la pasión humana. El Papa actual nos está llamando continuamente a ser una iglesia pobre y de los pobres, de los que sufren y nos sentimos interpelados para entender la realidad de nuestro pueblo con las claves de la pasión y muerte de Cristo.

Dolor y servicio
En la vida de nuestras comunidades parroquiales, pueblos y barrios vemos el sufrimiento a borbotones: el paro, los desahucios, la corrupción, la pobreza extrema y el hambre, la lentitud del proceso de la renta básica en nuestra tierra, la nueva reforma de administraciones locales que empobrece la autonomía de los pueblos, el fracaso escolar y analfabetismo, la insatisfacción de una vida sin esperanza, sin luz, con sufrimiento y miedo en muchos de los seres humanos. Ponerle nombre a los que sufren ha de ser lo propio para poder humanizarnos y creer; como sacerdotes consiliarios de la acción católica de la provincia eclesiástica de Mérida-Badajoz, siguiendo la preocupación de nuestros pastores diocesanos, queremos manifestar nuestra solidaridad con el dolor de la cruz que está llevando nuestro pueblo sobre sus hombros. Al mismo tiempo queremos proclamar cómo al contemplar nuestra historia y los que sufren, descubrimos cantidad ingente de personas que día a día se ciñen la toalla del servicio –como hizo Jesús en la última cena- y están echando la limosna de sus propias vidas para aliviar, consolar, levantar, animar, sanar a los caídos y cansados del camino de la vida. Desde ellos nos sale la alabanza al Espíritu del Resucitado que de un modo imparable habita corazones anónimos para que saber decir una palabra de aliento a la humanidad abatida y para recuperar lo que estaba perdido.

Trabajo y dignidad
En términos absolutos, los últimos datos nos presentan seis millones de personas en el paro, de las que más de 170.000 viven en Extremadura. Estamos ante un fenómeno devastador que adquiere una mayor relevancia si se observa la situación de los jóvenes: la tasa de paro juvenil -menores de 25 años- es de las más altas de la Unión Europea, un 55%, que llega hasta el 61% en Extremadura. Mientras los instrumentos públicos de protección van perdiendo eficacia ante esta problemática. Somos conscientes de cómo en medio de esta realidad sangrante hay personas y empresas que son fieles a sus trabajadores y que prefieren ganar menos con tal de cuidarlos y guardarlos, amén de todos aquellos que están dispuestos a trabajar menos y cobrar menos con tal de seguir todos y que todos puedan disfrutar de la dignidad del trabajo y del salario, compartiendo las ganancias y las pérdidas en comunidad.

Hogar y renta básica
Otra de las “heridas sociales” que padecemos es provocada por el tema de la vivienda y los desahucios. El deterioro del empleo y de los salarios ha provocado que aumente la morosidad así como el número de desahucios o ejecuciones hipotecarias. La gente sufre lo indecible para soportar las cargas del pago de sus viviendas, y muchas de ellas empiezan a vivir con una precariedad que pone dificultad al agua corriente y caliente, a la luz eléctrica, etc. La situación de miles de familias en nuestro pueblo es degradante e indigna, los vemos en filas de lo público y de lo privado, sin esperanza y con vergüenza, para recibir migajas y limosna, cuando lo que desean es dignidad y trabajo.

Sabemos de familias que acogen a miembros de las mismas en sus propios hogares apretándose para caber todos, de mayores que comparten sus pensiones con los que lo necesitan de los suyos, incluso de los políticos que votan por unanimidad una ley de renta básica para responder a las situaciones de pobreza y de riesgo más grande. Aunque consideramos que no es de recibo el modo y la forma en que se está actuando con respecto a la ley de la renta básica, como si los pobres fueran los mentirosos de la sociedad de los que tenemos que defendernos porque son los que engañan, cuando en realidad son miles de familias los que han sido engañados por instancias de tipo político, económico y sociales. Es intolerable que en una acción que ha sido votada por unanimidad en el parlamento tenga la lentitud y el retraso del que parece que todos están descontentos pero no lo solucionan. Nos alegramos de los pasos que se están dando para aligerar los trámites y pedimos de corazón que nos de ya la buena noticia de que se hace realidad la ayuda a los que lo necesitan con este medio público y comunitario.

Corrupción y política
Nos duele la apatía y desafección a lo político. La crisis, incluidos los casos de corrupción, que podría haber sido una llamada para una conversión fuerte y directa se está convirtiendo en un modo de soslayar responsabilidades.Así no es extraño que haya desafección hacia la política y lo público, siendo como son elementos esenciales y vitales para la comunidad. Pero al mismo tiempo valoramos que se estén dando pasos para una ley reguladora de estos problemas que nos sitúen a todos en igualdad ante la ley, sabemos que el verdadero camino para la democracia viene por la trasparencia de la justicia para todos en igualdad de condiciones. También queremos valorar el trabajo de todos los políticos y sindicalistas que son coherentes en su servicio a lo público, a lo común, y están viviendo con una desafección y desprecio de la ciudadanía no merecido. Estos son los que hacen verdadero el aserto que la caridad más importante es la caridad política que transforma las estructuras en beneficio de todos, especialmente de los más débiles, y todos lo debemos reconocer y valorar.

La banca y la ética
Sigue siendo alarmante la postura de la banca, ella que se ha recuperado con los impuestos de lo común sanando sus propios pecados, siguen sin confesar sus culpas y sin propósito de la enmienda, ni penitencia, para dar vida y liberar a los mismos que han soportado el peso de sus escándalos y frustraciones. Teniendo beneficios siguen sin posibilitar con sus haberes una dinámica del capital y de la empresa que pueda desarrollar la creatividad y generar puestos de trabajos y rehabilitación de negocios y trabajos precarizados y anulados. Aun así, vemos la mano del humanismo en todas las iniciativas de bancas éticas que están surgiendo y fortaleciéndose en estos momentos de crisis; nacen con el deseo de una humanización del dinero, con participación activa de todos los ciudadanos, valorando más el interés de lo humano y lo solidario sobre el económico. Apostamos por el apoyo a la economía que no mata sino que da vida, incluido el mundo financiero. Valoramos a todas las personas que con sus ahorros están disponibles para aquellos que lo necesitan y lo prestan sin ningún interés a cambio, fiándose de los que lo necesitan.

 

Justicia y dignidad
Nos duele contemplar que los comportamientos incorrectos están mucho más extendidos, observamos como la ocasión de la dificultad y la precariedad está siendo utilizada por muchos para bajada de salarios, regulaciones exageradas e injustas de empleo, explotación de los obreros en sus horarios y exigencias, en la precariedad de los contratos, y todo justificado con la situación de la crisis, como si los responsables y culpables fueran los más débiles de la sociedad, los trabajadores sencillos y honrados que tienen la responsabilidad de llevar adelante a sus familias. Oímos el grito de muchos inmigrantes y obreros sencillos están siendo obligados a aceptar situaciones que son inhumanas, cuando no de verdadera esclavitud disfrazada. Enaltecemos a todos aquellos que en este momento tratan de dignificar a los necesitados desde horas de trabajo pagadas con dignidad y justicia, a todos los que favorecen ideas de cooperativas y de comunidad para generar creativamente modos de vida y de trabajo nuevos. Queremos subrayar la riqueza que está suponiendo Cáritas en nuestras comunidades eclesiales animando a la generosidad y al compromiso frente a la pobreza.

Cooperación y desarrollo
Nos avergonzamos de lo que se ha hecho con las ayudas de cooperación y desarrollo a nivel estatal y también en nuestra propia comunidad autónoma, reduciéndola al máximo y dejándola en cifras ridículas y meramente simbólicas. No es de recibo que en momento de dificultad la postura sea reducir y olvidar a los más pobres de la tierra. Y proclamamos la grandeza de todas las asociaciones que levantan su voz y sus brazos para seguir siendo portadoras de la esperanza para los últimos de la tierra, que no desfallecen y que tratan de hacer mucho más con menos, para que la voz de los últimos no se apague y los proyectos iniciados no mueran, que avivan la ciudadanía para que la respuesta sea más desde la base y la implicación personal de la ciudadanía que desde lo institucionalizado.

Enseñanza y calidad
La educación tampoco es un derecho asegurado, como reflejan las últimas cifras existen cerca de tres millones de niños que viven en la pobreza y que en los últimos dos años se ha acrecentado esta cifra. Estamos lejos de una educación de calidad y de “máximos” para todos, pues un fracaso escolar tan elevado (alrededor de un 33% de alumnos no supera la Educación Secundaria, además refrendado por los datos del informe PISA) enciende todas las alarmas y augura un camino que conduce a muchas personas exclusión social. Nos duele que en la propia universidad no se arbitren medidas que impidan que los sencillos y los pobres se queden sin becas y sin poder pagar matrículas, que se implanten recortes que excluyen, cuando sin embargo después son abiertos y permisivos con complementos económicos con políticos y ejecutivos dentro del claustro. Pero no demonizamos a nuestros profesionales de la enseñanza, ni a las familias, creemos que se está haciendo un trabajo de dignidad en los ámbitos escolares y que es necesaria una transformación pedagógica en la que todos tenemos y podemos aportar, desde unos valores que pongan a la persona en el centro de la cultura, y que se desarrolle el bien-ser por encima del bien-estar, en una complementariedad donde el saber sea humanizador y no competitivo. Consideramos que ya es tiempo de avanzar a una ley de enseñanza consensuada que facilite la seriedad y la continuidad de planes de estudios y modos pedagógicos que den referencias de madurez y proceso, frente al baile permanente de lo inseguro para todos dentro del mundo de la enseñanza.

Comprometidos y esperanzados
Ante esta realidad, hemos de ser conscientes que la ignorancia, la indiferencia o la actitud indolora, nos identificarían en la pasión histórica de Jesús, con aquellos que gritaron que “que su sangre caiga sobre nosotros y nuestro pueblo” ante el sufrimiento del inocente y débil. Sentimos la llamada del crucificado a unirnos con todos los crucificados de la historia, a los que hoy lo están viviendo y sufriendo. La fe en el resucitado, nos avisa de que la injusticia que provoca muerte ya está vencida, que el pueblo que vive en comunidad y se deja afectar para compartir en tiempo de crisis, luchando juntos por sus ideales, no quedarán defraudados porque Dios está con ellos. Es el momento de despertar como cristianos y como ciudadanía para hacernos cargo de nuestra sociedad de un modo activo y participativo, los cristianos tiene la responsabilidad de formar y llamar a sus miembros para que se encarnen en este momento histórico y sepamos llegar con nuestros dedos y nuestras manos a la señales del sufrimiento en la humanidad. Es el momento de desarrollar la dimensión sociopolítica de nuestra fe –como han venido haciendo los distintos movimientos de la acción católica- y hacernos cargo, con todos los demás ciudadanos, de nuestra realidad para hacerla más humana y más justa, para que siga avanzando el Reino de Dios. Hoy nos toca ceñirnos la toalla del servicio, la que nos ha entregado nuestro hermano y maestro en la última cena, y creer que el crucificado resucita, que merece la pena gastar nuestra vida y comprometernos en la construcción de un mundo nuevo, el mundo de la libertad y la alegría del resucitado.
Consiliarios de Acción Católica – HOAC, JOC, JEC, PX, ACG, MRC,MJR- de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz.

 

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La Iniciación Cristiana En El Nuevo Testamento Y Excursus Histórico Sobre Su Desarrollo

LA INICIACIÓN CRISTIANA EN EL NUEVO TESTAMENTO Y EXCURSUS HISTÓRICO SOBRE SU DESARROLLO

Esta conferencia, dentro del Congreso de Liturgia organizado por la Universidad Pontificia Bolivariana, tiene dos partes bien disímiles. En primer lugar se trata de un acercamiento a la Sagrada Escritura para comprender el proceso de iniciación cristiana a partir de los testimonios del Nuevo Testamento y en segundo lugar presentar un pequeño excursus sobre su desarrollo histórico.

De la primera parte trataré de dar algunos puntos de reflexión. De la segunda he pedido al señor presbítero Jaime Cristóbal Abril González, Director del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal Colombia, nos presente elementos esenciales para su comprensión.

1. LA INICIACIÓN CRISTIANA EN EL NUEVO TESTAMENTO

Rubén Salazar Gómez Arzobispo de Bogotá Presiente de la Conferencia Episcopal de Colombia

La “iniciación” en general y la iniciación religiosa

Antes de adentrarnos en los textos bíblicos, juzgamos conveniente hacer algunas precisiones previas en torno al tema de la iniciación cristiana.

El término “iniciación” etimológicamente procede del latín in-ire, que significa: ir hacia dentro, entrar dentro de, introducirse. Se relaciona semánticamente con los términos initium: entrar en algo nuevo, comienzo o principio de algo, e introductio: llevar a dentro, introducir o comenzar a entrar. Así, designa sobre todo las mediaciones o ritos por los que “se entra” en un grupo determinado, asociación, religión, etc., subrayando la idea de “introducir a alguno en alguna cosa”.

Entendida así, la iniciación es una categoría antropológica fundamental, ya que expresa un fenómeno humano general. Todos tenemos que “ser iniciados” en nuestra vida, tanto que podemos hablar de una “iniciación natural o cultural”, que de alguna forma en lenguaje moderno equivaldría a adaptación, aprendizaje y “socialización”. Este proceso se realiza en los diversos aspectos de la vida personal y social: familiar, sexual, intelectual, laboral, cultural, religioso, político, etc. y permite que el “singular” se conforme a las reglas, impostaciones y opiniones propias del ambiente en el que vive. Aunque es universal, por su misma naturaleza asume diversas modalidades y tipologías según los pueblos, épocas y culturas.

Aquí se inserta la “iniciación religiosa o sobrenatural”, que expresa la convicción de la dependencia del ser humano en relación con la divinidad, que se expresa en una serie de ritos (celebraciones cultuales, música o danza, banquetes, sacrificios, etc.), que incluye también la instrucción sobre el cuerpo mítico-doctrinal (muchas veces secreto para los no iniciados) y una previa purificación.

En el contexto de la “iniciación religiosa” revisten especial importancia las llamadas “religiones mistéricas”, venidas de oriente y que tuvieron gran influencia en el mundo grecorromano, con gran variedad de ritos por medio de los cuales los iniciados eran introducidos a la participación de la vida del dios al que se consagraban con la ayuda de un mistagogo.

Podemos afirmar, por lo tanto, que el concepto y la realidad de aquello que hoy llamamos “iniciación cristiana” hunden necesariamente sus raíces en la misma antropología y en la estructura social del hombre. No es una expresión procedente del lenguaje bíblico, sino del lenguaje religioso, especialmente aclimatado en las antiguas religiones llamadas “mistéricas”. Además, la expresión misma: “iniciación cristiana” es nueva respecto a la tradición lingüística más afirmada en la historia del cristianismo, sobretodo en Occidente, aunque expresa un contenido que ha hecho parte esencial de toda la Tradición de la Iglesia.

En consecuencia, cuando el cristianismo adopta el lenguaje de la iniciación, no habla la lengua propia, sino aquella de la sociedad en la cual se encuentra. De todos modos, la expresión como tal es conocida por la tradición patrística y ha sido sustancialmente recuperada en el actual lenguaje cristiano, en particular en el sacramental, para indicar el proceso complejo, no solo ritual, por medio del cual una persona se vuelve cristiana.

Si es éste el panorama, hablar de la iniciación cristiana en el Nuevo Testamento puede parecer un intento de extrapolar dos realidades. ¿No estamos introduciendo un concepto nuestro, avalado por muchos años de historia de las religiones y de la Iglesia, en los escritos del Nuevo Testamento? ¿No estamos exigiendo a los escritos del Nuevo Testamento darnos datos precisos sobre algo que hoy tenemos muy en el centro de nuestras preocupaciones pastorales?

Sin embargo, creo que es legítimo hablar de iniciación cristiana en el Nuevo Testamento en el sentido de que desde el primer momento del ministerio del Señor Jesús, como nos lo transmiten los escritos del Nuevo Testamento, aparece la realidad de los que siguen al Señor porque escuchan su palabra, se hacen sus discípulos dejándolo todo para compartir la vida del Maestro, y pronto, después de la muerte de Jesús, se entregan ellos también a la muerte en testimonio de su fe en el Señor y de su amor a Él y a su Iglesia.

La iniciación en el Nuevo Testamento

El material que nos ofrece el Nuevo Testamento es rico y variado. En él no se encuentra una descripción completa y detallada del proceso de iniciación cristiana ni una teología elaborada del mismo. Los testimonios bíblicos son ocasionales: en los Hechos de los Apóstoles se encuentran textos que hablan de la agregación de nuevos miembros o que describen el rápido crecimiento de la Iglesia y otros lugares en un contexto parenético, sobre todo en las cartas paulinas, recuerdan las exigencias morales derivadas de la iniciación. Aquí no podremos entrar a una consideración completa de todos los textos relacionados con la iniciación cristiana y, de manera particular, con el bautismo. Me contento con presentar lo que, a mi parecer, constituye el núcleo de la doctrina neotestamentaria.

La exégesis ha sido muy cauta en lo referente a la existencia de tratados bautismales en el NT (1 Pe, Ef, Hb ), pero sí nota la presencia de elementos dispersos, breves fórmulas, fragmentos de himnos que podrían tener alguna relación con el bautismo, y que permiten reconstruir con cierta aproximación la secuencia de los ritos, pero admitiendo la posibilidad de tradiciones bautismales distintas, según las iglesias.

Me parece, sin embargo, que los textos se pueden organizar alrededor de tres grandes temas, íntimamente unidos entre sí:

¿Cómo se hace un cristiano?

¿Qué implica ser cristiano?

¿Cuál es el camino que debe recorrer el cristiano?

1.1.        ¿CÓMO SE HACE UN CRISTIANO?

Una pregunta similar hicieron los oyentes de Pedro en la mañana de Pentecostés, al finalizar el discurso kerigmático. Escribe Lucas:

“Estas palabras les traspasaron el corazón, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: «Hermanos, ¿qué tenemos que hacer?» Pedro les respondió: «Arrepiéntanse y que cada uno se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para que Dios le perdone los pecados. Así recibirán el don del Espíritu Santo.» (Hch 2, 37-38).

En la respuesta de Pedro podemos reconocer un ‘itinerario’ que incluye estos momentos:

a)               El anuncio del kerigma cristiano

b)       La acogida favorable por la fe que nace de la escucha de la Palabra y la conversión del oyente

c)                Unas acciones simbólicas (en este caso: el bautismo)

Este “itinerario” aparece también con claridad en el texto de la Carta a los Efesios en el que, sin mencionar los sacramentos, el Apóstol muestra el proceso que Dios, en su infinito amor, ha llevado a cabo para nuestra salvación: “En Cristo también ustedes, los que recibieron la palabra de la verdad, la buena noticia que los salva, al creer en Cristo han sido sellados con el Espíritu Santo prometido, garantía de nuestra herencia para la redención del pueblo de Dios, y ser así un himno de alabanza a su gloria” (Ef 1, 13s).

Tratemos de caracterizar brevemente cada uno de esos pasos.

El anuncio de Jesucristo

Todo el Nuevo Testamento puede ser caracterizado como el anuncio de Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador de todos los seres humanos. Se puede hablar, sin embargo, de un anuncio inicial o kerigma, centrado en la historia de la salvación interpretada a la luz de los acontecimientos centrales de Cristo.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos varios discursos en los cuales se encuentran elementos fundamentales de ese anuncio: Hch 2,14-36; 4, 8-12; 5, 29-32; 8, 35; 10, 34-43; 16, 32. El Reino de Dios se hace realidad, es promesa cumplida en la persona de Jesús, muerto y resucitado. Es el reino de la gracia, del perdón, del don del Espíritu. A acogerlo en el corazón están llamados todos, primero los judíos y también -entendido esto con claridad creciente en los primeros años de la vida de la Iglesia- todos los paganos.

El anuncio del misterio de Jesucristo adquiere en Pablo una especial fuerza. Pablo es por excelencia el hombre del Evangelio, la buena nueva de Jesús, el Hijo de Dios (Rm 1, 3ss), constituido Señor por su resurrección de entre los muertos (Flp 2, 6-11), que vendrá glorioso al final de los tiempos a llevar a plenitud su obra de salvación (1Cor 15, 22-28). El Evangelio es la “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: el judío primeramente y después del griego. En él se revela la justicia de Dios.” (Rm 1, 16).

En los Evangelios sinópticos, Marcos, Mateo y Lucas desarrollan el contenido fundamental del Evangelio presentándonos -basándose en las grandes tradiciones de las comunidades cristianas primitivas- los núcleos fundamentales de las obras y palabras poderosas de Jesús de Nazaret, cuya vida y ministerio estuvieron dirigidas hacia el cumplimiento de la voluntad del Padre en la muerte y la resurrección (Mc 8, 31; 9, 30-32; 10, 32-34).

En los escritos joáneos se despliega toda la riqueza del misterio de Aquel que es “la Palabra… por quien fueron creadas todas las cosas… que se hizo carne. y por quien nos han llegado la gracia y la verdad.” (Jn 1, 1-18).

El mensaje del Evangelio que en un primer lugar fue expresado para los judíos en las categorías de “promesa y cumplimiento”, a la luz del Antiguo Testamento, adquirió luego expresiones novedosas en el contacto con los paganos. Las cartas a los Colosenses y a los Efesios son una clara expresión de cómo el único Evangelio de Jesucristo se viste de ropaje nuevo para poder llegar a cada uno de los destinatarios.

De este anuncio del Evangelio como parte de la iniciación cristiana, hay indicios en 1Cor 15, 1ss donde Pablo recuerda a los Corintios la catequesis que ellos han recibido antes del bautismo. En el texto de la Carta a los Hebreos, Hb 6, 1-2, se nos indica una instrucción sobre los elementos básicos de la doctrina cristiana. Muchos padres de la Iglesia interpretan la orden del Señor Resucitado como un eco de esa catequesis de la Iglesia primitiva. Recogiendo la tradición primera, la Didajé nos explicita el contenido de esa instrucción en la doctrina de las dos vías. Este texto nos permite comprender cómo desde los primeros tiempos de la Iglesia, se consideraba fundamental una aceptación previa del mensaje del Evangelio.

La fe y la conversión

Las palabras de Pablo que hemos presentado arriba: “El Evangelio es la fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: el judío primeramente y después del griego. En él se revela la justicia de Dios de fe en fe” (Rm 1, 16) nos plantean la profunda realidad de la fe como aceptación de la salvación ofrecida en Cristo. El Evangelio no se hace Evangelio -es decir: Buena Nueva, salvación- sino en la medida en que es acogido por la fe. Exige una opción: “Quiso Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación” “La predicación de la cruz es una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios” (cf. 1Cor 1). La fe es una obediencia (Rm 1, 5) por la cual la persona acepta el mensaje de la salvación y se adhiere profundamente a Cristo para seguirlo a lo largo de su vida. Por la fe, el hombre responde a la gracia de Dios que lo llama y que se le ha manifestado por la predicación apostólica (Rm 10, 14s). Pero es claro que la profesión de fe culmina en el bautismo, como lo insinúa claramente el texto de Gálatas 3, 25ss.

Esta acogida de la Palabra como paso fundamental en el camino hacia el bautismo, como encuentro con el Señor proclamado, es atestiguada claramente en muchos textos de los Hechos de los Apóstoles. De ella se habla explícitamente en Hch 2, 41 (“Los que acogieron la Palabra fueron bautizados.”); 8, 14 (“Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.”). Esa aceptación de la palabra es en la fe; Hch 4, 4 (“Muchos de los que habían oído el discurso creyeron.”); Hch 8, 12 (“Cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres.”); Hch 11, 17 (“Si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?”) Y muchos textos más en los que aparece la fe como la aceptación de la predicación y paso inmediato para el bautismo.

Esta fe, por su parte, implica la conversión. La metánoia, es decir, el cambio profundo de mentalidad que permite una renovación total de la existencia. La conversión es adquirir la “nous” de Cristo (cf. 1Cor 2,16), “mente” que no se reduce a la aceptación de una doctrina sino a un cambio radical de paradigma, de referente, que le permite al creyente entrar en la dimensión de una vida nueva. Esta invitación había estado ligada desde el principio con la predicación del Señor Jesucristo: si el tiempo se ha cumplido, si en Cristo el Reino de Dios está llegando, entonces es necesaria la conversión que expresa la fe en el Evangelio que empieza a ser predicado (cf. Mc 1, 15).

Todo el Nuevo Testamento es testigo fiel de esta llamada permanente a la conversión que nace de la fe, es decir, en la aceptación de Jesucristo, como el Señor, como el único Salvador, como Aquel que nos lleva al Padre (cf. Evangelio de Juan). Esa aceptación se expresa en una auténtica conversión que implica el arrepentimiento de los pecados y una verdadera ruptura con el pasado. Este rasgo aparece especialmente claro en el texto de los Hechos que nos ha guiado especialmente en esta presentación: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?

Pedro les contestó: Conviértanse y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados.” (Hch 2, 17s).

Unas acciones simbólicas (en este caso la inmersión; el bautismo)

No es posible descubrir en los textos del Nuevo Testamento un ritual del bautismo propiamente dicho. Sin embargo, con certeza el acto bautismal tenía una cierta estructura ritual.

. La confesión de fe:

El texto de la Carta a los Romanos (Rm 10, 9s) “Si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás. En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios y cuando se proclama con la boca se obtiene la salvación”, nos hace pensar razonablemente en la presencia de una proclamación en voz alta de la fe que se profesa en lo íntimo del corazón como parte del rito del bautismo.

Esa profesión solemne de la fe parece estar subyacente en el texto de la Carta a los Hebreos (Hb 3, 1): “Por eso, hermanos, miembros del pueblo de Dios y partícipes de una vocación celestial, no pierdan de vista a Jesús, apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos.” De esa profesión de fe se habla también en Hb 4, 14. En el texto de Hb 10, 19-23 aparece la unión entre “lavado el cuerpo con agua pura” y “mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos”. Podemos, así, tener una cierta certeza de que la profesión de fe formaba parte del rito del bautismo ya que probablemente se le pedía al candidato expresar su voluntad mediante una alabanza o una profesión de fe en la doctrina recibida.

Tendríamos un ejemplo de esta profesión de fe en el contexto del bautismo, si el versículo 37 del capítulo 8 del libro de los Hechos de los Apóstoles fuera auténtico (de hecho falta en los mejores manuscritos): “Felipe le (al ministro de la reina de Etiopía) dijo: Si crees con todo tu corazón, se puede (bautizarte). Él respondió: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.”

La inmersión:

El término “bautizar” y el simbolismo del capítulo 6 de la Carta a los Romanos sugieren que el candidato era sumergido en el agua. El pasivo verbal que se utiliza “ser bautizado” indica que se necesitaba un ministro que derramara agua sobre la cabeza del que estaba entre el agua, mientras pronunciaba las palabras rituales.

Parece probable que las palabras pronunciadas solemnemente sobre el que va a ser bautizado eran inicialmente la invocación del nombre de Jesús. Por esto se habla del “bautismo en el nombre de Jesús” (Hch 8, 16). Pronto esta fórmula simple fue sustituida por la invocación de la Trinidad: “Bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” es la orden del Señor resucitado a los discípulos en el Evangelio de Mateo (Mt 28, 19).

Con esta fórmula se expresaba que el bautizado se convertía en propiedad de Jesús, el Hijo de Dios, el consumador de la salvación. El bautizado es entregado al Señor, se convierte en su propiedad. Con la invocación del nombre del Señor se realiza un cambio de señor en el bautizado. Para éste, a partir del momento del bautismo, ya no hay otro Señor que Jesús, puesto que la salvación está sólo en este nombre.

. La imposición de las manos;

La imposición de las manos aparece, además, como parte de lo que el autor de la Carta a los Hebreos llama “la doctrina elemental sobre Cristo”: Nos dice: “No vamos a insistir de nuevo en las verdades fundamentales, a saber: la conversión de los pecados y la fe en Dios, la instrucción bautismal, la imposición de las manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno.” (Hb 6, 1-3).

En los textos de Hch 8, 17-20 y 19, 6, la imposición de manos completaba el bautismo y tenía relación con los apóstoles, quienes antes de imponer las manos oraban. El primer texto, sin embargo, es considerado como indicio clave del sacramento de la confirmación porque separa “el bautismo en el nombre de Jesús, el Señor” (Hch 8, 16) de la imposición de las manos y la recepción del Espíritu Santo (v.17). En el segundo texto el bautismo y la imposición de las manos se contraponen al “bautismo de Juan”. Si originalmente el bautismo incluyó o no la imposición de las manos es todavía hoy objeto de discusión entre los especialistas.

Podemos concluir, después de este breve recorrido, que un hombre llega a ser cristiano por la escucha de la Palabra que lo mueve a la conversión y ésta lo lleva a recibir de la comunidad el bautismo y el don del Espíritu Santo para llevar una vida según el Evangelio de Jesús. La finalidad de la “iniciación cristiana” es conducir a una persona a vivir según el Espíritu de Cristo. En palabras de Pablo: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que todavía no es cristiano.” (Rm 8, 9).

1.2.    ¿QUÉ IMPLICA SER CRISTIANO?

Nuestras reflexiones anteriores se han fijado en el “itinerario” para llegar a ser cristiano. Pero éste, como todo itinerario, tiene un punto de llegada que, a su vez, puede convertirse en un nuevo punto de partida. En el caso del cristiano, el punto de llegada es la conformación con Cristo, la “cristificación” que el Espíritu Santo realiza en lo íntimo del bautizado.

Partamos del texto de la Carta a los Romanos en el capítulo sexto. “¿Ignoran acaso que todos nosotros, a quienes el bautismo ha vinculado a Cristo, hemos sido vinculados a su muerte? En efecto, por el bautismo hemos sido vinculados a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección. Sepan que nuestra antigua condición pecadora quedó clavada en la cruz con Cristo, para que, una vez destruido este cuerpo marcado por el pecado, no sirvamos ya más al pecado; porque cuando uno muere, queda libre del pecado. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, confiemos en que también viviremos con él.” (Rm 6, 2-9). En este pasaje, se ve claramente la vinculación del bautizado con Cristo muerto en la cruz y resucitado de entre los muertos. Se usa la preposición griega “syn” para indicar esta condición nueva del bautizado, hecho por el bautismo un cristiano, es decir, otro Cristo. Se trata de la vinculación del bautizado con todo el misterio de

Cristo. Pablo hace énfasis en la muerte de Cristo para fundamentar la ética cristiana que no es la simple obediencia a una ley sino la expresión de una vida recibida por la acción del Espíritu que pone al cristiano en movimiento hacia la perfección final por la fuerza de la resurrección del Señor.

Aquí nos acercamos al misterio mismo de la iniciación. Se trata del ingreso a una vida nueva, a una vida que no es fruto de la acción humana sino que el bautizado recibe de Dios por medio de su Espíritu en la unión vital con Cristo. Los verbos en pasivo indican esta realidad de gracia, de acción de Dios, en el bautizado. Además, por la palabra “semejanza” se expresa la realidad sacramental, es decir, el bautismo nos pone en contacto real con el acontecimiento salvífico de Cristo y nos hace participar realmente de su misterio pascual.

Esta misma realidad, fruto del bautismo, la encontramos enunciada claramente en la Carta a los Colosenses. Pablo exhorta a los fieles a permanecer fieles a Cristo por la regeneración que han experimentado en el bautismo. Éste es la verdadera circuncisión judía que purifica y nos hace participar de la resurrección de Cristo: “Así pues, ya que han aceptado a Cristo Jesús, el Señor, vivan como cristianos, enraizados y edificados sobre él, firmes en la fe, como se les ha enseñado. Porque es en Cristo hecho hombre en quien habita la plenitud de la divinidad, y en él, que es la cabeza de todo, ustedes han obtenido la plenitud. Por su unión con él están también circuncidados, no físicamente por mano de hombre, sino con la circuncisión de Cristo que los libera de su condición pecadora. Han sido sepultados con Cristo en el bautismo, y también con él han resucitado, pues han creído en el poder de Dios que lo ha resucitado de entre los muertos. Ustedes estaban muertos a causa de sus delitos y de su condición pecadora; pero Dios los ha hecho revivir junto con Cristo perdonándoles todos sus pecados” (Col 2,6.9-13).

Por esta razón, Pablo podrá exclamar en la Carta a los Gálatas: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida terrena, vivo por la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí.” (Gl 2, 19b-20). Se trata de la vida misma de Cristo, que es la vida misma de Dios (cf. Jn 6, 57: “Como el Padre que me envió posee la vida, y yo vivo por él, así también, el que me coma vivirá por mí.”), que implica una ruptura definitiva con el pecado, como lo expresa el mismo Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Ustedes han sido purificados, consagrados, y salvados en nombre de Jesucristo, el Señor, y en el Espíritu de nuestro Dios” ( 1Cor 6, 11).

Porque es una vida nueva, el autor de la Primera Carta de Pedro, habla en dos oportunidades del bautismo como un “nuevo nacimiento”: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera. Una herencia reservada en los cielos para ustedes, a quien el poder de Dios custodia mediante la fe para una salvación que se manifestará en el momento final.” (1Pd 1, 3-5). Y, en los versículos 23 del mismo capítulo, “Puesto que obedientes a la verdad han renunciado a cuanto impide un sincero amor fraterno, ámense de corazón e intensamente unos a otros, pues han vuelto a nacer, no de una semilla mortal, sino de una inmortal: a través de la palabra viva y eterna de Dios.” La necesidad de este nuevo nacimiento aparece en el hermosísimo diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 5), en una velada alusión al bautismo (tal vez explicitada posteriormente con la inserción de la palabra “agua”).

En el Evangelio de Juan, los “signos” del Señor Jesucristo se hacen figuras de la vida nueva que Él nos trae por medio del bautismo: al curar al paralítico en la piscina de Betesda (Jn 5, 1-19), el bautismo se intuye como liberación de la parálisis del pecado; al curar al ciego de nacimiento (Jn 9, 1-38), el bautismo se concibe como una iluminación con la luz de Cristo, Luz del mundo. El bautismo es el agua viva (Jn 4, 7-15) del diálogo con la Samaritana, da los ríos de agua viva que “brotan de lo más profundo de aquel que crea en mí” (Jn 7, 37s). Y es el agua que da la vida al brotar del corazón traspasado del Crucificado (Jn 19, 33-35).

Todos estos textos nos revelan la vida nueva a la que nos introduce el bautismo. Es la vida en Cristo. Es la vida en el Espíritu de Dios. Y, por esto, inserta en la comunidad de los creyentes que es “el cuerpo de Cristo”. Esta realidad comunitaria de la vida nueva en Cristo se insinúa ya claramente en el texto de la Primera Carta a los Corintios cuando, apelando a la tipología bíblica y a la exégesis midrásica, Pablo habla del bautismo y de la Eucaristía. “No quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros antepasados estuvieron bajo la nueve, todos atravesaron el mar, y al caminar bajo la nueve y al atravesar el mar, todos fueron bautizados como seguidores de Moisés. Todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual; bebían, en efecto, de la roca espiritual que los acompañaba, roca que representaba a Cristo. Sin embargo, la mayor parte de ellos no agradó a Dios y por eso fueron aniquilados en el desierto. Todas estas cosas sucedieron para que nos sirvieran de ejemplo y para que no ambicionemos lo malo, como lo ambicionaron ellos… Estas cosas les sucedieron a manera de ejemplo y se han escrito para que sirvieran de lección a los que hemos llegado al final de los tiempos.” (1Cor 10, 1­6.11). Al referirse al paso del Mar Rojo como tipo del bautismo, y al maná y al agua de la roca como tipo de la eucaristía, el Apóstol subraya el carácter colectivo de la iniciación cristiana a partir de la experiencia del Pueblo de Israel.

Este carácter colectivo adquiere su clara expresión en los textos en que Pablo recomienda a los cristianos trabajar en unidad y a luchar por la unidad de la comunidad. El capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios resalta la dimensión cristológica y eclesial, al mismo tiempo, del bautismo: “Todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo, a fin de formar un solo cuerpo; y también todos participamos del mismo Espíritu.” (1Cor 12, 12-13). Para Pablo ser incorporados al cuerpo de Cristo equivale a ser agregados a la Iglesia: “En efecto, todos ustedes son hijos de Dios en Cristo Jesús mediante la fe, pues todos los que han sido consagrados a Cristo por el bautismo, de Cristo han sido revestidos. Ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.” (Gl 3, 27-29).

Esta configuración con Cristo y la unión de todos en un mismo cuerpo, el Cuerpo Resucitado de Cristo, es obra del Espíritu. Esto aparece explícitamente en la Segunda Carta a los Corintios, cuando Pablo al evocar los comienzos de la comunidad, habla de los sacramentos de iniciación con una serie de imágenes referentes al Espíritu, que la tradición eclesial ha aplicado especialmente al sacramento de la confirmación: “Es Dios quien a nosotros y a ustedes nos fortalece en Cristo, el que nos ha ungido, nos ha marcado con su sello y nos ha dado su Espíritu como garantía de salvación.” (2Cor 1, 22).

Un texto que nos muestra la profundidad de esta dimensión comunitaria -eclesiológica- de la vida en Cristo nos lo ofrece la Carta a los Efesios. El Apóstol invita a los cristianos a vivir según la vocación a la que han sido llamados y pone como base para las virtudes comunitarias la realidad de que “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que han sido llamados; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos.” Este pasaje parece, además, tener la forma de una confesión de fe bautismal ya que conecta explícitamente fe y bautismo.

1.3.        ¿CUÁL ES EL CAMINO QUE DEBE RECORRER EL CRISTIANO?

El bautismo, como sacramento por excelencia de la iniciación cristiana, es un punto de llegada cuyo itinerario hemos presentado a grandes rasgos. Nos introduce en una vida nueva, fruto de un nuevo nacimiento por el “agua y el Espíritu” (Jn 3, 5). Pero como toda vida es una vida que debe ser mantenida, cultivada. En la terminología del Nuevo Testamento la vida se convierte en un camino, el camino que Jesús ha abierto con su muerte y resurrección y que todos los bautizados tenemos que recorrer hasta llegar al Padre donde el Señor, por su ascensión, llegó. Ésta teología se presenta en los Hechos, en Juan, pero de una manera especial en la Carta a los Hebreos.

Permítanme introducir aquí el sentido que el Santo Padre, Benedicto XVI, ha dado a este camino que se empieza con la iniciación cristiana y que nos explica al convocarnos a un “Año de la Fe”. En su carta apostólica “La Puerta de la Fe” nos hace tomar conciencia que “por esa puerta somos introducidos en la vida de comunión con Dios y se nos permite la entrada en su Iglesia” (PF No. 1) y subraya cómo “se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4) con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en Él (cf. Jn 17, 22).” (ib.)

La realidad profunda es que con el bautismo nos hacemos seguidores de Jesús, aquellos que recorren a lo largo de toda su vida el camino que Él, con su muerte y resurrección ha abierto para todos. Así lo expresa la Carta a los Hebreos: “Tenemos, pues, hermanos, plena confianza para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por Él para nosotros, a través de la cortina, es decir, de su cuerpo.” (Hb 10, 19-20).

Aceptar la fe -entrar por la puerta de la fe- es hacer de la vida de Jesús, del camino de Jesús, nuestra propia vida, nuestro propio camino. La existencia se hace una experiencia permanente de conversión para lograr que los pensamientos, los sentimientos, las opciones, sean los pensamientos, los sentimientos, las opciones de Jesús en un proceso continuo y progresivo de identificación con el Señor Jesucristo. De esta manera, los contenidos de la fe son la luz que dimana de la persona del Señor como nos la presentan el Evangelio y la experiencia de la Iglesia; las normas son la expresión de esa vida nueva animada por el Espíritu; la liturgia es el momento culminante de unión con el Señor presente y actuante por medio de su Iglesia, de la cual recibe la luz y la fuerza para vivir con valentía los momentos de la existencia.

Llevar a cada uno a entrar por esa puerta de la fe para vivir el camino del discípulo misionero en el seno de la comunidad cristiana es la tarea de la Iglesia, es la tarea de la evangelización. Tarea que siempre a lo largo de los siglos es la misma pero que en cada época histórica adquiere características propias, requiere métodos nuevos, asume exigencias diferentes. De eso se trata en la nueva evangelización: de encontrar siempre de nuevo -porque la realidad cambia vertiginosamente- las formas concretas que la evangelización debe asumir en cada momento histórico y frente a la cualidad de “único e irrepetible” de cada ser humano.

Conclusión

He querido -consciente de las inmensas limitaciones de mi presentación- esbozar a grandes rasgos el camino de la iniciación cristiana, la vida que ella nos ofrece y el camino que empezamos con el bautismo y que a lo largo de nuestra vida tenemos que recorrer. El Nuevo Testamento nos invita a descubrir así nuestra vida cristiana como un continuo caminar que nos permite, iluminados por la Palabra de vida y fortalecidos por los sacramentos, especialmente la Eucaristía, avanzar poco a poco en medio de las oscuridades y dificultades de la existencia humana hasta la meta que nos ha abierto el Señor Jesús con su muerte y su resurrección, rodeados por el testimonio y el estímulo de tantos hermanos en la fe.

Escuchemos y hagamos nuestras las palabras del autor de la Carta a los Hebreos: “También nosotros, rodeados de tal nube de testigos, liberémonos de todo impedimento y del pecado que continuamente nos asalta, y corramos con perseverancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por la alegría que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecho del trono de Dios. Fíjense, pues, en aquel que soportó en su persona tal contradicción de parte de los pecadores para que no se dejen vencer por el desaliento” (Hb 12, 1-3)

 

2. EXCURSUS HISTÓRICO DE LA INICIACIÓN CRISTIANA

 

Presbítero JAIME CRISTÓBAL ABRIL GONZÁLEZ
Director del Departamento de Liturgia
Conferencia Episcopal de Colombia.

 

Con el dato bíblico podemos comprobar que la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, ha pedido a aquellos que quieren recibir el bautismo y ser admitidos a la comunidad (expresión de ello la participación en la fracción del pan) la fe y la conversión de vida. Con el paso del tiempo y el cambio de las circunstancias, el acceso al bautismo conocerá nuevos desarrollos hasta institucionalizarse en forma de catecumenado.

En sentido clásico, por “catecumenado” (de katechein: instruir a viva voz) se entiende la instrucción de carácter catequético-litúrgico- moral creada por la Iglesia de los primeros siglos para preparar, a través de un camino más o menos largo, a los adultos convertidos a la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana, que se celebran de corriente en el transcurso de la vigilia pascual.

En el Nuevo Testamento y en el primer siglo no encontramos un catecumenado verdadero y propio como institución codificada, si bien en aquel período existía un cierto proceso que se podría llamar de algún modo catecumenal, por lo menos a nivel de realidad vivida.[1]

2.1.    Siglos II-III

La gradual expansión de la Iglesia, la formación de pequeñas comunidades, el aumento de las persecuciones que pedirán de los creyentes opciones radicales y el crecimiento en el número de los simpatizantes y de quienes se quieren adherir al cristianismo, lleva a la Iglesia a pasar de una preparación al bautismo variada y no particularmente institucionalizada a un camino de iniciación articulado y estructurado.[2]

Ya a finales del siglo II y comienzos del siglo III, tanto en Oriente como en Occidente, como atestiguan sobre todo Tertuliano y la Tradición Apostólica de Hipólito de Roma, encontramos una estructura de la iniciación cristiana, centrada en tres grandes momentos principales e inseparables: catecumenado, ritos del bautismo y ritos posbautismales. Un todo unitario que alcanzará su máximo desarrollo y esplendor en los siglos siguientes.[3]

Cabe precisar que el vocabulario como tal de la iniciación cristiana va a aparecer en el siglo II, cuando los apologistas (Justino, Ireneo, Tertuliano y otros) lo usan en polémica con los interlocutores paganos, para defender los ritos cristianos de las acusaciones de imitación de las religiones mistéricas. Así también el vocabulario de la iniciación se va afianzando poco a poco dentro de la comunidad cristiana.[4]

En la segunda parte de la Tradición Apostólica (nn. 15-21) se describe la siguiente estructura de la iniciación:

-      •    El ingreso en el catecumenado (nn. 15-16). Presentación de los candidatos y admisión luego de un severo examen.

-      •    El período del catecumenado (nn. 17-19). Normalmente los catecúmenos son instruidos por tres años. Comprende: catequesis, oración e imposición de manos hecha por el catequista.

-      •    La preparación próxima a la iniciación (n. 20). Los candidatos son examinados especialmente sobre su estilo de vida. En este momento se llaman “elegidos”, participan en la liturgia de la Palabra y reciben imposiciones cotidianas de las manos para exorcizarlos. Unos días antes de la iniciación sacramental tiene una preparación más directa: baño, ayuno, imposición de la manos del obispo para exorcismo, signaciones y vigilia.

-      •    La iniciación sacramental (n. 21). Dentro de la vigilia pascual se celebran los ritos sacramentales verdaderos y propios, que tienen una significativa unidad ritual: Mientras los elegidos se preparan para el rito, despojándose de sus vestidos, el obispo consagra los óleos (el de exorcismo y el de acción de gracias, que corresponden a nuestros óleos de los catecúmenos y crisma). Cada candidato pronuncia la renuncia a Satanás y luego el sacerdote lo unge con el óleo del exorcismo (óleo de los catecúmenos). Sigue el bautismo que se hace con tres inmersiones que corresponden a la profesión de fe dialogada en las tres personas de la Trinidad: “¿Crees en Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo?”. Y el bautizando responde otras tres veces con “creo”, al tiempo que sumerge tres veces la cabeza en el agua. Luego del bautismo, el neófito es ungido por el sacerdote con el óleo de acción de gracias (crisma). A continuación, los recién bautizados, con sus vestidos blancos, se presentan ante la comunidad reunida; el obispo impone la mano acompañado el gesto con una oración (epíclesis pidiendo para los bautizados la plenitud del Espíritu), unción con el óleo de acción de gracias (crisma), señal de la cruz en la frente (la consignatio) y el beso de paz al neófito. Finalmente los neófitos oran con todo el pueblo y participan en la eucaristía (además del pan y el vino, los neófitos reciben una mezcla de leche y miel).

- La catequesis mistagógica (n. 21). Mistagogía significa “iniciación a los misterios” o sacramentos acabados de celebrar. Se trata aquí de la disciplina del arcano (informaciones en secreto) y a la posibilidad de que quien ha sido bautizado pueda hacer una profundización catequética bajo la guía del obispo.[5]

«La organización del ritual de iniciación en la Tradición Apostólica evidencia que el hacerse cristiano, y por lo tanto el acceso al bautismo- confirmación-eucaristía, es entendido como una conversión del mundo para entrar en la Iglesia. El elegido es iniciado mediante un camino ritual unitario que se configurará en un camino no sólo simbólico sino también físico: de la piscina bautismal al aula donde está reunida la asamblea para celebrar la eucaristía».[6] Un camino serio de formación cristiana, que pedirá del candidato el crecimiento espiritual y compromiso radical de fe.

Esta organización del ritual de la iniciación que presenta la Tradición Apostólica es paradigmática en orden a la valoración de los sucesivos desarrollos de la misma.

2.2.          Siglos IV-V

El final de las persecuciones en tiempos del Emperador Constantino (Edicto de Milán, 313), permitirá a la Iglesia organizarse con libertad, a la vez que la enfrentará con un formidable reto pastoral: las conversiones masivas y frecuentes con motivación interesada.

Ante esta circunstancia, la Iglesia pondrá su mayor esfuerzo en la necesaria iniciación cristiana, que mantiene su estructura básica. Por eso en los siglos IV y V los ritos de iniciación no experimentan grandes cambios en relación con la descripción de Hipólito, si bien se ve enriquecida con nuevos elementos en la preparación al bautismo y con nuevos ritos tanto en el momento catecumenal como propiamente sacramental. Pudiéramos decir que esta es la época de oro de la iniciación cristiana.[7]

En esta época son de gran interés las catequesis patrísticas sobre la iniciación cristiana. Las más conocidas, hacia el final del s. IV, son las catequesis mistagógicas de Ambrosio de Milán, de Agustín, de Cirilo y su sucesor Juan de Jerusalén, la de Teodoro de Mopsuestia y Juan Crisóstomo de Antioquía. Su atención se centra en la unidad del rito de la iniciación cristiana, que forma un todo continuo en la unidad de momentos rituales. Un momento es el del baño bautismal, el otro, el de los ritos posbautismales, al que se le atribuye una especial comunicación del don del Espíritu. Es de precisar que los desarrollos de este segundo momento del ritual seguirán líneas independientes según las Iglesias, por lo mismo según las diversas tradiciones litúrgicas. Pero como dato universal y constante en este período de la historia tenemos que señalar que, a pesar de los desarrollos rituales diversos que se constatan, el bautismo y la confirmación siguen formando una unidad de celebración, que se desenvuelve de una sola acción. Claro que se van destacando cada vez con mayor nitidez el uno del otro, como dos etapas distintas que se dirigen hacia una meta última, que es la eucaristía. Esta situación vital, de la que luego comprenderemos como “confirmación”, es un dato importante, normativo para todos los tiempos, sea cual fuere la solución que aconsejen las conveniencias pastorales sobre el momento más oportuno de conferirlo. Desintegrar aquella unidad primitiva sería arrancar el sacramento de la confirmación de su contexto vital. Al aislarlo indebidamente se correría peligro de falsearlo.

En esta etapa, el protagonismo del obispo en todo el proceso de la iniciación es bastante notable. Todos los grandes Pastores y Padres de la Iglesia de la época asumirán personalmente la labor pastoral de la iniciación cristiana. Muchos de los mejores escritos de los Santos Padres tienen su origen, precisamente, en este delicado ministerio pastoral.

Con todo, y a pesar de tan notables esfuerzos, a finales de esta época la situación de la iniciación cristiana empieza a presentar algunos aspectos negativos: muchos catecúmenos van retrasando el bautismo, el catecumenado comienza a reducir su duración, la consignatio (raíz de la actual confirmación) se va separando ocasionalmente de los ritos posbautismales.[8]

A esto último se suma el hecho de que cada vez más en la Iglesia romana se va haciendo el énfasis en que esta consignatio la realiza sólo el obispo, cosa que no sucede en la Iglesia oriental y la africana. Así, por ejemplo, al inicio del s. V el Papa Inocencia I, en la carta que escribe al obispo Decencio de Gubbio, respondiendo a algunas cuestiones de orden litúrgico, afirma con claridad que la confirmación, en la que se comunica el Espíritu Santo, es competencia exclusiva del obispo. Esta insistencia del Papa Inocencio I indica dos cosas: que ya se comenzaba a dar la iniciación sin que estuviera presente el obispo, y que la intervención del obispo implicaba una especial significación eclesial. Esta significación eclesial, traducida en comunión eclesial, será decisiva para comprender por qué la Iglesia romana, y luego la occidental, reservará al obispo el rito de la confirmación.[9]

2.3.          Siglos VI-XVI[10]

El aumento progresivo del bautismo de niños y la correspondiente disminución del bautismo de adultos hará que la iniciación cristiana en la Iglesia, según el esquema que se había seguido hasta el momento, entre en una profunda crisis o progresiva decadencia; al punto incluso de que en el Medioevo latino la palabra y el concepto “iniciación” desaparecerá casi totalmente del uso eclesial. Se debe, sin embargo, precisar que las disposiciones rituales contenidas en los diversos libros de la época son cada vez más ricas, aumentándose la carga rubricar y por consiguiente la fastuosidad de los ritos.

Por una parte, la casi totalidad de la población, a donde había llegado el cristianismo, había aceptado la fe; por otra parte, la religión cristiana y la Iglesia tenían un fuerte influjo y relevancia social. En este contexto no fue considerado como pastoralmente urgente el bautismo de los adultos junto a su previa evangelización y formación cristiana, sino que se optó por el bautismo generalizado de los niños, seguido de su educación cristiana en los años del crecimiento.[11]

Limitándonos a la liturgia romana podemos subrayar, que:

En el s. VI, el tiempo del catecumenado, cuya duración por lo general era de tres años, se reduce a los 40 días del tiempo cuaresmal, para desaparecer de hecho ya en el s. VII. Sólo se conservarán desde entonces los breves ritos de introducción a la liturgia bautismal en el caso de los niños o, en los extraños casos de algún bautismo de adultos, una apresurada preparación antes de Pascua o Pentecostés. Tenemos en este período los testimonios valiosos del Sacramentario Gelasiano antiguo (que refleja la praxis que va del 550 al 700) y del Ordo Romano XI (finales del siglo VII), en los que se muestra que todavía se realiza la iniciación en una única celebración, en la que se suceden bautismo, confirmación y eucaristía.

Desde el s. VIII, al multiplicarse las parroquias y hacerse imposible la presencia del obispo en todas las celebraciones pascuales, la consignatio o confirmación se separa definitivamente de la liturgia bautismal, lo mismo que la recepción de la eucaristía. Se consolidará la autonomía del sacramento de la confirmación de los ritos posbautismales. Es bueno notar que la palabra “confirmación” (del latín: confirmatio) aparece ya en la mitad del s. V en la Galia; un testimonio fundamental al respecto es una homilía de Pentecostés atribuida a Fausto, obispo de Rietz en torno al 465; el término en cuestión, en el texto de Fausto, no tiene solamente el significado de “fortalecer”, sino que expresa también que el obispo interviene en la iniciación cristiana mediante un encuentro personal con el neófito; imponiéndole la mano el obispo lo “confirma” cristiano. La “edad de la discreción” (7-9 años) es la época en la que el bautizado recibirá la confirmación y la eucaristía, como expresamente, en relación con la primera participación en la eucaristía, legislará el Concilio Lateranense IV (1215).

A partir del s. IX se multiplicarán las fechas para celebrar el bautismo, el cual al inicio estaba reservado sólo para la vigilia pascual, luego para el tiempo pascual y Pentecostés. La teología del pecado original y la alta tasa de mortalidad infantil urgirán la práctica del bautismo a los pocos días del nacimiento del niño, hecho común en los siglos X-XI y posteriormente considerada grave obligación.

Cuando en el siglo XII se fijan de forma definitiva la lista de los siete sacramentos, la confirmación tendrá un puesto inmediatamente después del bautismo, al cual “sella”, “confirma”, “perfecciona”. En este siglo se hace mucho más evidente la realización del bautismo desligado de la Pascua, el catecumenado deja de tener sentido y desaparece, aunque permanecen algunos de sus ritos “amontonados” en el ritual del bautismo.

En el siglo XIV el bautismo por inmersión es raro y se generaliza el de infusión. Aunque el credo y el padrenuestro son proclamados en el rito, ya no hay ni la traditio ni la redditio del símbolo y del padrenuestro.

Después del concilio de Trento, el Ritual Romano promulgado por Pablo V en 1614 propone un Ordo baptismi parvulorum, aunque de hecho no es un verdadero rito para los niños sino una reducción del de los adultos, seguido de un Ordo baptismi adultorum, que aunque referido no será prácticamente usado. En estos rituales encontramos una mezcla poco clara de elementos heterogéneos. De esta manera, la praxis celebrativa de los sacramentos de la iniciación cristiana se fija y permanece sustancialmente inalterada en el ámbito de la Iglesia latina hasta la reforma promovida por el Vaticano II.

Aunque explicable, por circunstancias históricas y pastorales, la evolución que en esta época sufre la iniciación cristiana no puede menos que calificarse como negativa y perjudicial. El elemento catequístico queda anulado por la desaparición del catecumenado, se rompe la unidad del proceso de iniciación y se oscurece la relación entre sus tres ritos sacramentales propios, la misma celebración sacramental (hecha en el latín que ya la mayoría del pueblo ignoraba) se hace ritualista y casi mágica.

Se entra así en la mentalidad de “cristiandad”: todo el pueblo es cristiano, todos los niños deben bautizarse cuanto antes, lo más importante es administrar los sacramentos (“pastoral sacramentalista”) aún sin evangelización ni catequesis, que se consideran menos necesarias o se dan por supuestas, ya que todas las familias también son cristianas.

Esta situación se prolongará prácticamente hasta el siglo XX, con la excepción de algunos intentos de renovación y con el cambio de orden de los sacramentos de iniciación al adelantarse la “primera comunión” a los siete años, edad del “uso de razón”, aunque el niño no estuviera confirmado (Decreto de S.S. Pío X en 1910, sobre la comunión de los niños).

Ante este desarrollo de las estructuras de iniciación referidas primordialmente al Occidente cristiano, hay que notar que la tradición oriental ha sabido conservar mucho mejor el carácter unitario de la iniciación cristiana, como un único dinamismo sacramental conferido en tres etapas sacramentales íntimamente ligadas. Así, la importancia concedida a la liturgia de la Palabra y la participación de los fieles en las celebraciones orientales del bautismo, así como la normal administración de la unción posbautismal y la eucaristía por el mismo presbítero (en el rito bizantino), son signos externos y elocuentes de esta mentalidad.

2.4.          Siglos XVII-XIX

La época moderna de las grandes misiones en el “Nuevo mundo americano” (s. XVI-XVII), el Oriente asiático (s. XVI-XVII) y el Continente africano (S. XVIII-XIX), supuso necesariamente un nuevo impulso e intentos de renovación para las estructuras de iniciación cristiana.

No podemos olvidar, sin embargo, que estos siglos son deudores de las decisiones del concilio de Trento que, después de precisar algunos elementos doctrinales, movió a la revisión de los libros litúrgicos fijando la praxis celebrativa de los sacramentos de la iniciación cristiana hasta la reforma del Vaticano II.

Por lo que se refiere a la reflexión teológica, se puede distinguir un primer momento de fortalecimiento de la defensa de la doctrina católica puesta en discusión por los Reformadores, y un segundo momento más creativo, que bajo el impulso de un nuevo interés por los estudios históricos, marca un progresivo redescubrimiento de los tres primeros sacramentos como sacramentos de la “iniciación cristiana”. Muchos autores comienzan a retomar la terminología de la iniciación cristiana sacramental. Notemos, por ejemplo, que en la segunda parte del siglo XIX don Próspero Guéranger usa el término “iniciación” en sus celebres comentarios al Año litúrgico. También se deben destacar los esfuerzos de reflexión que en el tema hizo Monseñor Louis Duchesne, al final de este mismo siglo, quien en su libro Orígenes del culto cristiano, sustrayendo de la indeterminación la terminología de la iniciación, la refiere a los sacramentos del bautismo y de la confirmación, así como a la primera recepción de la comunión. De esta manera, el concepto de iniciación cristiana va haciendo cada vez más camino en el mundo cristiano, en particular entre los liturgistas y después también entre algunos teólogos.[12]

2.5.          Siglo XX a nuestro días

La inquietud por atender pastoralmente el cada vez más creciente número de adultos que pedían el bautismo (en 1961 se calculaba en casi tres millones el número de catecúmenos africanos) o que, bautizados desde niños, vuelven a acercarse a la Iglesia, determinará, sobre todo en Francia, una singular sensibilidad misionera. Convencidos de que Francia es un país de misión y cada parroquia debe ser una comunidad misionera, los pastoralistas franceses vuelven sus ojos hacia la experiencia del Cardenal Lavigerie en África y el modelo catecumenal de la Iglesia primitiva. Surgen así, a partir de 1945 y especialmente en la década 1953-63, una serie de importantísimos estudios y encuentros sobre la iniciación cristiana de adultos, que darán lugar en la práctica al florecimiento de numerosos centros catecumenales.[13]

La experiencia francesa se extendió rápidamente al resto de Europa. Desde 1969 se celebrarán periódicamente las jornadas europeas sobre el catecumenado, que analizan la situación, logros y dificultades de la experiencia en los diversos países.[14]

Todas estas experiencias nuevas y toda la gran reflexión que se empieza a hacer en torno a la iniciación cristiana, van a encontrar acogida y expresión en el Concilio Vaticano II, especialmente en la Constitución Sacrosanctum Conciliumy en el Decreto Ad Gentes, así como en tantos otros documentos del Magisterio de la Iglesia contemporánea.

Sacrosanctum Concilium pide la restauración del catecumenado de adultos e indica los criterios para la reforma de los ritos del bautismo y de la confirmación (SC 64-71).

Ad Gentes precisa y define qué se entiende por un auténtico proceso catecumenal (AG 13-14).

El Directorio General de Pastoral Catequética (Roma, 1971) habla explícitamente de la necesidad del catecumenado de adultos (nn. 96 y 130).

El Catecismo de la Iglesia Católica da una descripción precisa de la iniciación cristiana (n. 1229).

El documento de Aparecida urge el desarrollar en las comunidades proceso de iniciación cristiana (nn. 286-294).

Se debe recordar que, el 15 de mayo de 1969 se promulga el nuevo Ritual de bautismo de niños, el 15 de agosto de 1971 el Ritual de la confirmación y el 6 de enero de 1972 el Ritual de la iniciación cristiana de adultos, conocido con sus siglas en español (RICA) o en latín (OICA), el cual propone un itinerario catecumenal perfectamente válido para la iniciación cristiana (de no bautizados) y reiniciación (de ya bautizados) de adultos, lamentablemente aún poco conocido y menos aún utilizado por muchos agentes de pastoral.[15]

3. CONCLUSIÓN

Resumiendo lo expuesto, recordamos que el concepto y la realidad de la iniciación hunde sus raíces en la misma antropología. En efecto, la iniciación expresa un fenómeno humano general, que hace referencia al proceso de inserción existencial que cada hombre es obligado a realizar en relación con su propio ambiente físico, cultural y religioso. Realidad que vivió claramente el pueblo de Israel y expresó sobre todo a través de los ritos de la circuncisión, de los baños de purificación, de los sacrificios y de las diversas prácticas bautismales.

Si bien en el Nuevo Testamento no encontramos la terminología de la iniciación, sí encontramos algunos datos significativos, de los cuales se puede deducir una cierta conexión y praxis elemental de iniciación, que se expresa en la modalidad con la cual viene acogido aquel que pretende formar parte de la comunidad de los discípulos de Jesús.

Encontramos en los Padres de la Iglesia la terminología, el concepto y la praxis de la iniciación, aplicándose al proceso por el cual el hombre viene inserto en el misterio de Cristo y de la Iglesia a través de los ritos sacramentales (bautismo-confirmación- y eucaristía).

En el transcurrir del Medioevo, la terminología y el contexto de la iniciación desaparecen casi totalmente. Redescubiertos en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, han sido definitivamente revaluados por el Concilio Vaticano II y por el Magisterio eclesial posterior. Así se reencuentra la unidad, no solo ritual sino también teológica, que caracteriza los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía, llamados a tal punto “sacramentos de la iniciación cristiana”. No se puede sin embargo olvidar que, según los Padres, la iniciación sacramental de los adultos presupone o pide un previo proceso formativo; de lo cual es prueba la disciplina del catecumenado. También redescubierto y revitalizado en nuestros últimos tiempos.

Importante redescubrir la unidad sustancial de toda la iniciación cristiana, si bien en la práctica su realización ritual se da en momentos distintos y con la variación del orden (bautismo, eucaristía y confirmación). Grandes retos siguen quedando en la reflexión y práctica actuales: el redescubrimiento del sentido de un sacramento realizado en tres etapas sacramentales y, si no es posible esto, por lo menos la toma de conciencia de la unidad esencial entre los tres sacramentos, así como la revisión de todos los procesos kerigmáticos y catequéticos que tenemos. El gran reto es generar procesos de fe realmente serios, que lleven a toda persona al encuentro personal y vivo con Jesucristo, del cual surjan respuestas sinceras de conversión.

BIBLIOGRAFÍA

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OTROS TEXTOS DE CONSULTA

ANÀMNESIS 3/1. La Liturgia, i sacramenti: teologia e storia della celebrazione, ed. Professori del Pontificio Istituto Liturgico S. Anselmo di Roma, Marietti, Genova 41995.

BOROBIO, Dionisio, La iniciación cristiana. Bautismo-Educación familiar- Primeraeucaristía-Catecumenado-Confirmación-Comunidad

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SCIENTIA LITURGICA. Manuale di liturgia. 4. Sacramenti e Sacramentali, ed. A.J. Chupungco, Pontificio Istituto Liturgico Sant’ Anselmo, Piemme, Casale Monferrato 22000, pp. 25-114.

 

*1′

Cf. AUGé, Maùas, L’Iniziazione Cristiana. Battesimo e Confermazione, LAS-ROMA, Roma 2004, p. 57.

[2] Cf. Ibid., p. 58.

[3]                                                                   ‘

Cf. KELLER, Miguel Ángel, O.S.A., La Iniciación Cristiana -Bautismo-Confirmación-, Colección de textos básicos para seminarios latinoamericanos, CELAM, TELAL – Vol. IX-2, Bogotá, D.C., 2002, p. 23.

[4] Para profundizar más sobre el desarrollo ritual y del vocabulario de la iniciación, ver entre otros: La Carta de Bernabé (s. II), El Pastor de Ermas (s. II), la primera apología de san Justino mártir (s. II) y la Didascalia de los Apóstoles (s. III).

[5]

Cf. RUSSO, Roberto, «Los sacramentos de la iniciación cristiana. 12.2 El desarrollo histórico de la iniciación cristiana», en MANUAL DE LITURGIA Vol. 3. La Celebración del Misterio Pascual, Colección de textos básicos para seminarios latinoamericanos, CELAM, LELAL III, Bogotá, D.C., 2001, pp. 35-37; AUGÉ, M., L’Iniziazione Cristiana, pp. 60-64.

[6] RUSSO, R., «Los sacramentos de la iniciación cristiana», en MANUAL DE LITURGIA Vol. 3. La Celebración del Misterio Pascual, pp. 37-38.

[7] Cf. AUGÉ, M., L’Iniziazione Cristiana, pp. 64-80. Para este período, ver entre otros: las Constituciones de los Apóstoles (final del s. IV), el Testamento del Señor (final del s. V), catequesis mistagógicas de Cirilo y Juan de Jerusalén, catequesis de san Ambrosio de Milán, los escritos de san Agustín y las catequesis bautismales de san Juan Crisòstomo.

[8] Cf. RUSSO, R., «Los sacramentos de la iniciación cristiana», en MANUAL DE LITURGIA Vol. 3. La Celebración del Misterio Pascual, pp. 38-43; KELLER, M.A., La Iniciación Cristiana -Bautismo- Confirmación-, pp. 24-25.

[9] Cf. RUSSO, R., «Los sacramentos de la iniciación cristiana», en MANUAL DE LITURGIA Vol. 3. La Celebración del Misterio Pascual, pp. 42-43.

[10] Cf. AUGÉ, M., L’Iniziazione Cristiana, pp. 81-121; RUSSO, R., «Los sacramentos de la iniciación cristiana», en MANUAL DE LITURGIA Vol. 3. La Celebración del Misterio Pascual, pp. 43-49; KELLER, M.A., La Iniciación Cristiana -Bautismo-Confirmación-, pp. 25-27. Para nuestro tema, época de los Sacramentarios (Gelasiano, Gregoriano y Gelasiano del siglo VIII), de los Ordos Romanos (Ordo Romano XI), de los Pontificales Romanos (Pontifical Romano-Germánico del s. X, Pontifical Romano del s. XII, Pontifical de la Curia Romana del s. XIII y otros Pontificales sucesivos) y de los libros reformados por orden del concilio de Trento (Pontifical Romano de Clemente VIII, de 1595, para la confirmación, y Ritual Romano de Pablo V, de 1614, para el bautismo).

[11] Cf. AUGÉ, M., L’Iniziazione Cristiana, p. 19.

[12] Cf. Ibid., pp. 19-20 y 123-130; KELLER, M.A., La Iniciación Cristiana -Bautismo-Confirmación-, pp. 27-29.

Cf. KELLER, M.A., La Iniciación Cristiana -Bautismo-Confirmación-, pp. 29-30.

[14] Cf. Ibid., p. 30.

[15] Cf. RUSSO, R., «Los sacramentos de la iniciación cristiana», en MANUAL DE LITURGIA Vol. 3. La Celebración del Misterio Pascual, p. 50; AUGÉ, M., L’Iniziazione Cristiana, pp. 20 y 22, 130-134; KELLER, M.A., La Iniciación Cristiana -Bautismo-Confirmación-, pp. 29-34.

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Espiritualidad Laica. Concilio Vaticano II

Espiritualidad Laica. Concilio Vaticano II

26 NOVIEMBRE, 2013

REVISITANDO EL CONCILIO VATICANO II

Por Lucas Cerviño

http://www.vozdesanantonio.org/?p=20

El Concilio (Vaticano II) pone las bases para un giro ‘copernicano’. No hay que comprender a los laicos desde el clero, como ocurrió anteriormente, sino que hay que definir la identidad del ministro en referencia al laico. El prototipo del cristiano es el seglar, no el monje o el sacerdote, y hay que replantearse la eclesiología desde la condición cristiana laical que es la base de la que derivan y se desarrollan posteriormente los ministros y los religiosos.”(Juan Estrada)

En el documento Lumen Gentium sobre la Iglesia, luego de presentar a ésta como Pueblo de Dios se va ahondando en cada una de las diversas vocaciones. Sobre los laicos afirma que son “todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia” (LG 31). Estamos ante una definición negativa, en el sentido que se define al laico por lo que no es más que por lo que es, con todo lo limitante de una definición con estas características.

Pero el documento continúa afirmando que estos “fieles cristianos, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.” (LG 31) Dicho con otras palabras, laicos y laicas son lisa y llanamente los cristianos y cristianas que, por su bautismo, reciben y pueden ejercer la misión sin necesidad que alguna autoridad se los conceda.

LA ESPECIFICIDAD DEL LAICO

Y como “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (LG 31), la misión laical se juega principalmente en el“siglo”, o sea en el mundo y sus historias. Claro que esta misión laical no es excluyente, porque un laico también puede aportar en los ámbitos intra-eclesiales o un ministro ordenado o religioso en lo secular, pero si prioritaria, preferencial. Porque, como continúa el documento, es “allí (en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida) que están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo.”(LG 31)

La familia y la sociedad son los lugares del laicado, donde lo fundamental no es “ser” y “estar” en lugares religiosos, sino el “como”. En este caso, “como” se vive cada momento: dejándose guiar por el espíritu evangélico, discerniendo su presencia para manifestar la plenitud de Cristo, o sea, la santidad. Porque solamente experimentando la plenitud de vida, viviendo la vida en su cotidiano discurrir, el laicado puede “convertirse en constante fermento para animar y ordenar los asuntos temporales según el Evangelio de Cristo” (AG 15).

Pero es necesario señalar, retomando esta vez la Gaudium et spes, que en esta responsabilidad que cada laico y laica tiene de estar “guiándose por el espíritu evangélico” hay posibles desviaciones, como claramente las señala el documento:“Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época.” (GS 43)

Los padres conciliares nos recuerdan una vez más esa incapacidad, que por momentos parece casi innata en el cristiano y la cristiana, de no poder articular creativamente y equilibradamente nuestro ser cristiano con nuestro ser ciudadano. Una vez la tentación de la religión como evasión, refugio, cobijo y resguardo ante la hostilidad del mundo, con la consecuente despreocupación de nuestro deber ciudadano y compromiso en los asuntos temporales.


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Acción Católica en los pasos de Pablo VI

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