La Cristiada y los mártires de México

La Cristiada y los mártires de México

El siglo de los mártires
Las persecuciones religiosas de México en el siglo XIX.
Las persecuciones de Carranza y Obregón (1916-20, 1920-24).
La persecución de Calles (1924-29).
La cesación del culto (31-7-1926).
El alzamiento de los cristeros (agosto 1926).
Las aprobaciones eclesiales de la lucha armada.
Cómo Pío XI bendice el grito: ¡Viva Cristo Rey!
Las reservas sobre el movimiento armado.
Cómo los cristeros se echaron al campo, «para buscar a Dios».
Cómo fue el curso de la guerra.
La intervención del ejército federal.
El balance de la guerra.
Los rumores de un posible arreglo.
Los «mal llamados Arreglos» (21-6-1929).
Cuáles fueron los frutos de la Cristiada.
Cómo triunfó de la masonería.
El licenciamiento de los cristeros.
Qué pasó después de los Arreglos.
Crónica de los mártires y de los beatos en la persecución.
El espíritu de los cristeros.
La espiritualidad bíblica y tradicional y del México católico.

José María Iraburu ARBIL, anotaciones de pensamiento y critica

http://www.fluvium.org/textos/historia/his18.htm

        El siglo de los mártires

        Es indudable que el siglo XX ha sido el más acentuadamente martirial de toda la historia de la Iglesia. Y conviene recordar en esto que el testimonio impresionante de los mártires de México fue el modelo inmediato para todos los católicos que más tarde habrían de verter su sangre por Cristo. Y en primer lugar, poco después, los mártires españoles, tan numerosos. Antonio Montero, en La historia de la persecución religiosa en España (1936-1939), obra de 1961 recientemente reeditada (BAC 204,19982, p. XIII-XIV) dice que «en toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos».

        Pero unos años antes (1926-1929), también los mártires mexicanos fueron modelo para tantos otros cientos de miles, millones de cristianos aplastados en nuestro siglo por la Revolución en cualquiera de sus formas, liberal o nazi, socialista o comunista. Nos interesa, pues, mucho conocer la persecución religiosa en México, y entender bien la respuesta de aquellos católicos admirables, que con su sangre siguieron escribiendo los Hechos de los apóstoles en América.

        Hallamos información sobre la Cristiada en obras como la de Aquiles P. Moctezuma, El conflicto religioso de 1926; sus orígenes, su desarrollo, su solución; Antonio Ríus Facius, Méjico cristero; historia de la Asociación Católica de la Juventud Mejicana, 1925-1931; Miguel Palomar y Vizcarra, El caso ejemplar mexicano. Poseemos relatos impresionantes de los mismos cristeros, como el de Luis Rivero del Val, Entre las patas de los caballos, que viene a ser el diario del estudiante cristero Manuel Bonilla, o el del campesino Ezequiel Mendoza Barragán, Testimonio cristero; memorias del autor, a cual más admirable. Y disponemos también de excelentes estudios modernos, como el de Jean Meyer, La cristiada, I-III, y Lauro López Beltrán, La persecución religiosa en México.

        Convendrá, en todo caso, que comencemos nuestra crónica por el principio: la persecución liberal que ocasionó la Cristiada en el siglo XX no era sino la continuación de la que se inició ya largamente en el siglo XIX.

        Las persecuciones religiosas de México en el siglo XIX

        En 1810, con el grito del cura Miguel Hidalgo: «¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!», se inicia el proceso que culminaría con la independencia de México. Todavía en 1821 el Plan de Iguala decide la independencia completa de México como monarquía constitucional que, al ser ofrecida sin éxito a Fernando VII, queda a la designación de las Cortes mexicanas. Tras el breve gobierno del emperador Agustín de Itúrbide (1821-24), rechazado por la masonería y fusilado en Padilla, se proclama la República (1824), que camina vacilante hasta mediados de siglo, y que pierde, en provecho de los Estados Unidos, la mitad del territorio mexicano (1848).

        Muy poco después de la independencia, ya en 1855, se desata la revolución liberal con toda su virulencia anticristiana, cuando se hace con el poder Benito Juárez (1855-72), indio zapoteca, de Oaxaca, que a los 11 años, con ayuda del lego carmelita Salanueva, aprende castellano y a leer y escribir, lo que le permite ingresar en el Seminario. Abogado más tarde y político, impone, obligado por la logia norteamericana de Nueva Orleans, la Constitución de 1857, de orientación liberal, y las Leyes de Reforma de 1859, una y otras abiertamente hostiles a la Iglesia.

        Por ellas, contra todo derecho natural, se establecía la nacionalización de los bienes eclesiásticos, la supresión de las órdenes religiosas, la secularización de cementerios, hospitales y centros benéficos, etc. Su gobierno dio también apoyo a una Iglesia mexicana, precario intento de crear, en torno a un pobre cura, una Iglesia cismática.

        Todos estos atropellos provocaron un alzamiento popular católico, semejante, como señala Jean Dumont, al que habría de producirse en nuestro siglo. En efecto, «la Cristiada [1926-1931] tuvo un precedente muy parecido en los años 1858-1861. También entonces la catolicidad mejicana sostuvo una lucha de tres años contra los Sin-Dios de la época, aquellos laicistas de la Reforma, también jacobinos, que habían impuesto la libertad para todos los cultos, excepto el culto católico, sometido al control restrictivo del Estado, la puesta a la venta de los bienes de la Iglesia, la prohibición de los votos religiosos, la supresión de la Compañía de Jesús y, por tanto, de sus colegios, el juramento de todos los empleados del Estado a favor de estas medidas, la deportación y el encarcelamiento de los obispos o sacerdotes que protestaran. Pío IX condenó estas medidas, como Pío XI expresó su admiración por los cristeros».

        En aquella guerra civil, en la que hubo «deportación y condena a muerte de sacerdotes, deportación y encarcelamiento de obispos y de otros religiosos, represión sangrienta de las manifestaciones de protesta, particularmente numerosas en los estados de Jalisco, Michoacán, Puebla, Tlaxcala» (Hora de Dios en el Nuevo Mundo 246), el gobierno liberal prevaleció gracias a la ayuda de los Estados Unidos.

        La Reforma liberal de Juárez no se caracterizó sólamente por su sectarismo antirreligioso, sino también porque junto a la desamortización de los bienes de la Iglesia, eliminó los ejidos comunales de los indígenas. Estas medidas no evitaron al Estado un grave colapso financiero, pero enriquecieron a la clase privilegiada, aumentando el latifundismo. Con todo eso, según el historiador mexicano Vasconcelos, también filósofo y político, «Juárez y su Reforma, están condenados por nuestra historia», y él ha pasado, como otros, «a la categoría de agentes del Imperialismo anglosajón» (Breve hª 11).

        Sobre esto último bastaría recordar las ofertas increíbles, vergonzosas, del gobierno de Juárez a los Estados Unidos en los tratados Mac Lane-Ocampo y Corwin-Doblado, o en los convenios con los norteamericanos gestionados por el agente juarista José María Carvajal.

        El período de Juárez se vió interrumpido por un breve período en el que, por imposición de Napoleón III, ocupó el poder Maximiliano de Austria (1864-67), fusilado en Querétaro poco más tarde. También en estos años la Iglesia fue sujeta a leyes vejatorias, y los masones «le ofrecieron al Emperador la presidencia del Supremo Consejo de las logias, que él declinó, pero aceptó el título de protector de la Orden, y nombró representantes suyos a dos individuos que inmediatamente recibieron el grado 33» (Acevedo, Hª de México 292).

        A Juárez le sucedió en el poder Sebastián Lerdo de Tejada (1872-76). Éste, que había estudiado en el Seminario de Puebla, acentuó la persecución religiosa, llegando a expulsar hasta «las Hermanas de la Caridad –a quienes el mismo Juárez respetó–, no obstante que de las 410 que había, 355 eran mexicanas, que atendían a cerca de 15 mil personas en sus hospitales, asilos y escuelas. En cambio, se favoreció oficialmente la difusión del protestantismo, con apoyo norteamericano. En el mismo año de 1873 se prohibió que hubiera fuera de los templos cualquier manifestación o acto religioso» (Alvear Acevedo 310). Todo esto provocó la guerra llamada de los Religioneros (1873-1876), un alzamiento armado católico, precedente también de los cristeros (Meyer II,31-43).

        La perduración de Juárez en el poder ocasionó entre los mismos liberales una oposición cada vez más fuerte. El general Porfirio Díaz –que era, como Juárez, de Oaxaca y antiguo seminarista–, propugnando como ley suprema la no-reelección del Presidente de la República (Plan de la Noria 1871; Plan de Tuxtepec 1876), desencadenó una revolución que le llevó al gobierno de México durante casi 30 años: fue reelegido ocho veces, en una farsa de elecciones, entre 1877 y 1910.

        En ese largo tiempo ejerció una dictadura de orden y progreso, muy favorable para los inversores extranjeros –petróleo, redes ferroviarias–, sobre todo norteamericanos, y para los estratos nacionales más privilegiados. También en su tiempo aumentó el latifundismo, y se mantuvieron injusticias sociales muy graves (+Kenneth Turner, México bárbaro). Por lo demás, el liberalismo del Porfiriato fue más tolerante con la Iglesia. Aunque dejó vigentes las leyes persecutorias de la Reforma, normalmente no las aplicaba; pero mantuvo en su gobierno, especialmente en la educación preparatoria y universitaria, el espíritu laicista antirreligioso.

        Las persecuciones de Carranza y Obregón (1916-20, 1920-24)

        Los últimos años del Porfiriato y los siguientes, en medio de continuas ingerencias de los Estados Unidos, registran innumerables conspiraciones y sublevaciones, movimientos indígenas de reivindicación agraria, y guerras marcadas por crueldades atroces. La revolución liberal, que tan duramente perseguía a los católicos, iba devorando también uno tras otro a sus propios hijos: es el horror del «proceso histórico del liberalismo capitalista, que durante el siglo XIX y la mitad del XX, logró apoderarse de las conciencias de nuestros pueblos y no sólo de sus riquezas» (Vasconcelos, Hª de México 10). Surgen en ese período nombres como los del presidente Madero (+1913, asesinado), Emiliano Zapata (+1919, asesinado), presidente Carranza (+1920, asesinado), Pancho Villa (+1923, asesinado), ex presidente Alvaro de Obregón (+1928, asesinado).

        La revolución del general Venustiano Carranza, que le llevó a la presidencia (1916-20), se caracterizó por la dureza de su persecución contra la Iglesia. En el camino hacia el poder, sus tropas multiplicaban los incendios de templos, robos y violaciones, atropellos a sacerdotes y religiosas. Todavía hoy en México carrancear significa robar, y un atropellador es un carrancista.

        Y ya en el poder, cuando los jefes militares quedaban como gobernadores de los Estados liberados, dictaban contra la Iglesia leyes tiránicas y absurdas: que no hubiera Misa más que los domingos y con determinadas condiciones; que no se celebraran Misas de difuntos; que no se conservara el agua para los bautismos en las pilas bautismales, sino que se diera el bautismo con el agua que corre de las llaves; que no se administrara el sacramento de la penitencia sino a los moribundos, y «entonces en voz alta y delante de un empleado del Gobierno» (López Beltrán 35).

        La orientación anticristiana del Estado cristalizó finalmente en la Constitución de 1917, realizada en Querétaro por un Congreso constituyente formado únicamente por representantes carrancistas. En efecto, en aquella Constitución esperpéntica el Estado liberal moderno, agravando las persecuciones ya iniciadas con Juárez en las Leyes de Reforma, establecía la educación laica obligatoria (art.3), prohibía los votos y el establecimiento de órdenes religiosas (5), así como todo acto de culto fuera de los templos o de las casas particulares (24). Y no sólo perpetuaba la confiscación de los bienes de la Iglesia, sino que prohibía la existencia de colegios de inspiración religiosa, conventos, seminarios, obispados y casas curales (27). Todas estas y otras muchas barbaridades semejantes se imponían en México sin que pestañease ningún liberal ortodoxo de Occidente.

        El gobierno del general Obregón (1920-24), nuevo presidente, llevó adelante el impulso perseguidor de la Constitución mexicana: se puso una bomba frente al arzobispado de México; se izaron banderas de la revolución bolchevique -lo más progresista, en aquellos años- sobre las catedrales de México y Morelia; un empleado de la secretaría del Presidente hizo estallar una bomba al pie del altar de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen quedó ilesa; fue expulsado Mons. Philippi, Delegado Apostólico, por haber bendecido la primera piedra puesta en el Cerro del Cubilete para el monumento a Cristo Rey.

        La persecución de Calles (1924-29)

        Después de la presidencia de Juárez (1855-72), México fue gobernado casi siempre, como hemos visto, por generales: general Porfirio Díaz (1877-1910), general Huerta (13-14), general Carranza (16-20), general Obregón (20-24). Y ahora, en forma aún más brutal, va a ser gobernado por el general Plutarco Elías Calles (1924-29).

        Reformando el Código Penal, la Ley Calles de 1926, expulsa a los sacerdotes extranjeros, sanciona con multas y prisiones a quienes den enseñanza religiosa o establezcan escuelas primarias, o vistan como clérigo o religioso, o se reúnan de nuevo habiendo sido exclaustrados, o induzcan a la vida religiosa, o realicen actos de culto fuera de los templos… Repitiendo el truco de los tiempos de Juárez, también ahora desde una Secretaría del gobierno callista se hace el ridículo intento de crear una Iglesia cismática mexicana, esta vez en torno a un precario Patriarca Pérez, que finalmente murió en comunión con la Iglesia.

        Los gobernadores de los diversos Estados rivalizan en celo persecutorio, y así el de Tabasco, general Garrido Canabal, un déspota corporativista, al estilo mussoliniano, y mujeriego, exige a los sacerdotes casarse, si quieren ejercer su ministerio (Meyer I, 356). En Chiapas una Ley de Prevención Social «contra locos, degenerados, toxicómanos, ebrios y vagos» dispone: «Podrán ser considerados malvivientes y sometidos a medidas de seguridad, tales como reclusión en sanatorios, prisiones, trabajos forzados, etc., los mendigos profesionales, las prostitutas, los sacerdotes que ejerzan sin autorización legal, las personas que celebren actos religiosos en lugares públicos o enseñen dogmas religiosos a la niñez, los homosexuales, los fabricantes y expendedores de fetiches y estampas religiosos, así como los expendedores de libros, folletos o cualquier impreso por los que se pretenda inculcar prejuicios religiosos» (Rivero del Val 27).

        Cesación del culto (31-7-1926)

        Los Obispos mexicanos, en una enérgica Carta pastoral (25-7-1926), protestan unánimes, manifestando su decisión de trabajar para que «ese Decreto y los Artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados. Y no cejaremos hasta verlo conseguido». El presidente Calles responde fríamente: «Nos hemos limitado a hacer cumplir las [leyes] que existen, una desde el tiempo de la Reforma, hace más de medio siglo, y otra desde 1917… Naturalmente que mi Gobierno no piensa siquiera suavizar las reformas y adiciones al código penal». Era ésta la tolerancia de los liberales frente al fanatismo de los católicos. Ellos pedían a los católicos sólamente que obedecieran las leyes.

        A los pocos días, el 31 de julio, y previa consulta a la Santa Sede, el Episcopado ordena la suspensión del culto público en toda la República. Inmediatamente, una docena de Obispos, entre ellos el Arzobispo de México, son sacados bruscamente de sus sedes, y sin juicio previo, son expulsados del país.

        Es de suponer que los callistas habrían acogido la suspensión de los cultos religiosos con frialdad, e incluso con una cierta satisfacción. Ellos no se esperaban, como tampoco la mayoría de los Obispos, la reacción del pueblo cristiano al quedar privado de la Eucaristía y de los sacramentos, al ver los altares sin manteles y los sagrarios vacíos, con la puertecita abierta.

        El cristero Cecilio Valtierra cuenta aquella experiencia con la elocuencia ingenua del pueblo: «Se cerró el templo, el sagrario quedó desierto, quedó vacío, ya no está Dios ahí, se fue a ser huésped de quien gustaba darle posada ya temiendo ser perjudicado por el gobierno; ya no se oyó el tañir de las campanas que llaman al pecador a que vaya a hacer oración. Sólo nos quedaba un consuelo: que estaba la puerta del templo abierta y los fieles por la tarde iban a rezar el Rosario y a llorar sus culpas. El pueblo estaba de luto, se acabó la alegría, ya no había bienestar ni tranquilidad, el corazón se sentía oprimido y, para completar todo esto, prohibió el gobierno la reunión en la calle como suele suceder que se para una persona con otra, pues esto era un delito grave» (Meyer I, 96).

        Alzamiento de los cristeros (agosto 1926)

        Ya a mediados de agosto, con ocasión del asesinato del cura de Chalchihuites y de tres seglares católicos con él, se alza en Zacatecas el primer foco de movimiento armado. Y en seguida en Jalisco, en Huejuquilla, donde el 29 de agosto el pueblo alzado da el grito de la fidelidad: ¡Viva Cristo Rey! Entre agosto y diciembre de 1926 se produjeron 64 levantamientos armados, espontáneos, aislados, la mayor parte en Jalisco, Guanajuato, Guerrero, Michoacán y Zacatecas.

        Aquellos, a quienes el Gobierno por burla llamaba cristeros, no tenían armas a los comienzos, como no fuese un machete, o en el mejor caso una escopeta; pero pronto las fueron consiguiendo de los soldados federales, los juanes callistas, en las guerrillas y ataques por sorpresa. Siempre fue problema para los cristeros el aprovisionamiento de municiones; en realidad, «no tenían otra fuente de municiones que el ejército, al cual se las tomaban o se las compraban» (Meyer I, 210).

        En Arandas, un pueblo de Los Altos, según refiere J. J. Hernández, acudían de todos los ranchos nuevos contingentes, «algunos armándose hasta con rosaderas, hachas, y por los ranchos donde sabían que había armas iban a pedirlas… Esta gente de verla daba lástima, unos a más de traer malas armas, traían unas garras de huaraches [sandalias], sus sombreros desgarrados, mochos, su vestido todos remendados, otros iban en pelo de sus caballos, algunos no traían ni freno, otros nomás a pie» (Meyer I, 133).

        Al frente del movimiento, para darle unidad de plan y de acción, se puso la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, fundada en marzo de 1925 con el fin que su nombre expresa, y que se había extendido en poco tiempo por toda la república.

        El alzamiento viene expresado así en la carta de un cristero campesino, como lo eran casi todos, Francisco Campos, de Santiago Bayacora, en Durango:

        «El 31 de julio de 1926, unos hombres hicieron por que Dios nuestro Señor se ausentara de sus templos, de sus altares, de los hogares de los católicos, pero otros hombres hicieron por que volviera otra vez; esos hombres no vieron que el gobierno tenía muchísimos soldados, muchísimo armamento, muchísimo dinero pa’hacerles la guerra; eso no vieron ellos, lo que vieron fue defender a su Dios, a su Religión, a su Madre que es la Santa Iglesia; eso es lo que vieron ellos. A esos hombres no les importó dejar sus casas, sus padres, sus hijos, sus esposas y lo que tenían; se fueron a los campos de batalla a buscar a Dios nuestro Señor. Los arroyos, las montañas, los montes, las colinas, son testigos de que aquellos hombres le hablaron a Dios Nuestro Señor con el Santo Nombre de VIVA CRISTO REY, VIVA LA SANTISIMA VIRGEN DE GUADALUPE, VIVA MÉXICO. Los mismos lugares son testigos de que aquellos hombres regaron el suelo con su sangre y, no contentos con eso, dieron sus mismas vidas por que Dios Nuestro Señor volviera otra vez. Y viendo Dios nuestro Señor que aquellos hombres de veras lo buscaban, se dignó venir otra vez a sus templos, a sus altares, a los hogares de los católicos, como lo estamos viendo ahorita, y encargó a los jóvenes de ahora que si en lo futuro se llega a ofrecer otra vez que no olviden el ejemplo que nos dejaron nuestros antepasados» (Meyer I, 93).

        Aprobaciones eclesiales de la lucha armada

        Pero antes de hacer la crónica de esta guerra martirial, hemos de detenernos a analizar con cuidado, pues la cuestión es muy grave, la actitud de la jerarquía eclesial contemporánea hacia los cristeros. Prestemos atención a las fechas.

        18 de octubre de 1926. •En Roma Pío XI recibe una Comisión de Obispos mexicanos, que le informa de la situación de persecución y de resistencia armada. Pocos días después, habiéndose planteado al Cardenal Gasparri la cuestión de si los prelados podían disponer de los bienes de la Iglesia para la defensa armada, contesta que «él, el secretario de Estado de Su Santidad, si fuera Obispo mexicano, vendería sus alhajas para el caso» (Ríus 138).

        18 de noviembre de 1926. •Un mes más tarde publica el Papa su encíclica Iniquis afflictisque, en la que denuncia los atropellos sufridos por la Iglesia en México:

        «Ya casi no queda libertad ninguna a la Iglesia [en México], y el ejercicio del ministerio sagrado se ve de tal manera impedido que se castiga, como si fuera un delito capital, con penas severísimas». El Papa alaba con entusiasmo la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, extendida «por toda la República, donde sus socios trabajan concorde y asiduamente, con el fin de ordenar e instruir a todos los católicos, para oponer a los adversarios un frente único y solidísimo». Y se conmueve ante el heroísmo de los católicos mexicanos: «Algunos de estos adolescentes, de estos jóvenes –cómo contener las lágrimas al pensarlo– se han lanzado a la muerte, con el rosario en la mano, al grito de ¡Viva Cristo Rey! Inenarrable espectáculo que se ofrece al mundo, a los ángeles y a los hombres».

        30 de noviembre de 1926. •Los dirigentes de la Liga Nacional, antes de asumir a fondo la dirección del movimiento cristero, quisieron asegurarse del apoyo del Episcopado, y para ello dirigieron a los Obispos un Memorial en el que solicitaban:

        «1) Una acción negativa, que consista en no condenar el movimiento. 2) Una acción positiva que consista en: a.-Sostener la unidad de acción, por la conformidad de un mismo plan y un mismo caudillo. b.-Formar la conciencia colectiva, en el sentido de que se trata de una acción lícita, laudable, meritoria, de legítima defensa armada. c.-Habilitar canónicamente vicarios castrenses. d.-Urgir y patrocinar una cuestación desarrollada enérgicamente cerca de los ricos católicos, para que suministren fondos que se destinen a la lucha, y que, siquiera una vez en la vida, comprendan la obligación en que están de contribuir».

        El 30 de noviembre los jefes de la Liga son recibidos por Mons. Ruiz y Flores y por Mons. Díaz y Barreto. El primero les comunica jovialmente que, «como de costumbre, se salieron con la suya»; que estudiadas las propuestas por los Obispos reunidos en la Comisión, «los diversos puntos del Memorial habían sido aprobados por unanimidad», menos los dos últimos, el de los vicarios castrenses y el de los ricos, no convenientes o irrealizables.

        15 de enero de 1927. •El Comité Episcopal, respondiendo a unas declaraciones incriminatorias del Jefe del Estado Mayor callista, afirma que el Episcopado es ajeno al alzamiento armado; pero declara al mismo tiempo «que hay circunstancias en la vida de los pueblos en que es lícito a los ciudadanos defender por las armas los derechos legítimos que en vano han procurado poner a salvo por medios pacíficos»; y hace recuerdo de todos los medios pacíficos puestos por los Obispos y por el pueblo, y despreciados por el Gobierno. «Fue así como los prelados de la jerarquía católica dieron su plena aprobación a los católicos mejicanos para que ejercitaran su derecho a la defensa armada, que la Santa Sede pronosticó que llegaría, como único camino que les quedaba para no tener que sujetarse a la tiranía antirreligiosa» (Ríus 135).

        16 de enero de 1927. •A comienzos de 1927, sin embargo, llegan a Roma noticias de prensa, en las que se comunica que Monseñor Pascual Díaz y Barreto, jesuita, obispo de Tabasco, que había sido desterrado de México, en diversas declaraciones hechas en el exilio se muestra reservado sobre los cristeros: «Como Obispo y como ciudadano reprueba Díaz la Revolución, cualquiera sea su causa» (Lpz. Beltrán 108).

        Inmediatamente, el 16 de enero, la Comisión de Obispos mexicanos envía una dura carta a Mons. Díaz y Barreto, entonces residente en Nueva York, lamentando con profunda tristeza sus declaraciones públicas hechas «en contra de los generosos defensores de la libertad religiosa y algunas favorables al perseguidor, Calles».

        Los combatientes «dan la sangre y la vida por cumplir un santo deber, el de conquistar la libertad de la Iglesia». Ante el abuso gravemente injusto del poder, «existe el derecho de resistir y de defenderse, ya que habiendo resultado vanos todos los medios pacíficos que se han puesto en práctica, es justo y debido recurrir a la resistencia y a la defensa armada». Le recuerdan también los Obispos que éste «es el sentir de la mayoría de nuestros Hermanos [Obispos] de México», y también el de «los Padres de la Compañía, no sólo en México, sino en Europa y especialmente aquí en Roma». A propósito le citan las declaraciones hechas unos días antes (3-2-1927) por el famoso moralista de la Gregoriana padre Vermeersch, jesuita: «Hacen muy mal aquellos que, creyendo defender la doctrina cristiana, desaprueban los movimientos armados de los católicos mexicanos. Para la defensa de la moral cristiana no es necesario acudir a falsas doctrinas pacifistas. Los católicos mexicanos están usando un derecho y cumpliendo un deber». Poco después llega un cablegrama con la contestación de Mons. Díaz y Barreto: «Autorizo honorable Comisión negar aquello que se asegura dicho por mí, contrario lo determinado todos nosotros, aprobado, Bendito Santa Sede. Autorizo honorable Comisión publicar este cable, si conveniente» (Lpz. Beltrán 109-110).

        22 de febrero de 1927. •En Roma, el presidente de la Comisión de Obispos mexicanos declara a la prensa: «¿Hacen bien o mal los católicos recurriendo a las armas? Hasta ahora no habíamos querido hablar, por no precipitar los acontecimientos. Mas una vez que Calles mismo empuja a los ciudadanos a la defensa armada, debemos decir: que los católicos de México, como todo ser humano, gozan en toda su amplitud del derecho natural e inalienable de legítima defensa» (107).

        Pío XI bendice el grito: ¡Viva Cristo Rey!

        17 de mayo de 1927. •Unos años antes de los sucesos que nos ocupan, en 1914, San Pío X, a petición de los Obispos mexicanos, había autorizado, como «un proyecto para Nos indeciblemente grato», consagrar a Cristo Rey la república de México, y poner corona real en las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, colocando también cetro en su mano, para significar así su realeza.

        La consagración de México a Cristo Rey, cosa al parecer imposible –a semejanza de la realizada por García Moreno en el Ecuador en 1873–, pudo sin embargo realizarse, aprovechando la venia del general Victoriano Huerta, presidente (1913-14), indio puro de Jalisco, que, por rara circunstancia, era católico y no masón, sino odiado y calumniado por las logias. Fue entonces, el 6 de enero de 1914, durante el solemnísimo acto realizado en la Catedral, en presencia de todas las primeras autoridades religiosas y civiles de la nación, cuando por primera vez en México el pueblo cristiano alzó el grito de ¡Viva Cristo Rey!

        Pues bien, a los comienzos de la Cristiada, con fecha 17 de mayo de 1927 se da traslado a los Obispos mexicanos de algunas respuestas y licencias llegadas de Roma. Y en el documento se lee: «Otro rescripto que hemos recibido concede a los que están en México, indulgencia plenaria in articulo mortis, si confesados y comulgados, o por lo menos contritos, pronuncien con los labios, o cuando menos con el corazón, la jaculatoria ¡Viva Cristo Rey!, aceptando la muerte como enviada por el Señor en castigo de nuestras culpas». Jean Meyer niega la existencia de este insólito documento (II, 344-345), pero posteriormente López Beltrán ha reproducido su fotografía en la obra ya citada (73).

        2 de octubre de 1927. •El Cardenal Gasparri, secretario de Estado, en unas declaraciones al The New York Times (2-10-1927), cuenta los horrores de la persecución sufrida en México por la Iglesia, y denuncia el silencio de las naciones, al «tolerar tan salvaje persecución en pleno siglo XX».

        Reservas sobre el movimiento armado

        A medida que pasaban los meses, las reticencias de la Iglesia para apoyar a los cristeros iban creciendo, también en Roma. Recordemos que la doctrina tradicional de la Iglesia reconoce la licitud de la rebelión armada contra las autoridades civiles con ciertas condiciones: 1, causa muy grave; 2, agotamiento de los medios pacíficos; 3, que la violencia empleada no produzca mayores males que los que pretende remediar; 4, que haya probabilidad de éxito (Pío XI, Firmissimam constantiam 1937: Dz 3775-76).

        Pues bien, la persecución de Calles daba claramente las dos primeras condiciones. Pero algunos Obispos tenían dudas sobre si se daba la tercera, pues pasaba largo tiempo en que el pueblo se veía sin sacramentos ni sacerdotes, y la guerra producía más y más muertes y violencias. Y aún eran más numerosos los que creían muy improbable la victoria de los cristeros. No faltaron incluso algunos pocos Obispos que llegaron a amenazar con la excomunión a quienes se fueran con los cristeros o los ayudaran.

        Aprobaron la rebelión armada los Obispos Manríquez y Zárate, González y Valencia, Lara y Torres, Mora y del Río, y estuvieron muy cerca de los cristeros el Obispo de Colima, Velasco, y el arzobispo de Guadalajara, Orozco y Jiménez, quienes, con grave riesgo, permanecieron ocultos en sus diócesis, asistiendo a su pueblo.

        La reprobaron en mayor o menor medida otros tantos, entre los cuales Ruiz y Flores y Pascual Díaz, que siempre vió la Cristiada como «un sacrificio estéril», condenado al fracaso. Y los más permanecieron indecisos. Pues bien, siendo discutibles las condiciones tercera y cuarta, ha de evitarse todo juicio histórico cruel, que reparta entre aquellos Obispos los calificativos de fieles o infieles, valientes o cobardes. En todo caso, es evidente que la falta de un apoyo más claro de sus Obispos fue siempre para los cristeros el mayor sufrimiento…

        18 enero 1928. -Por fin, a mediados de diciembre de 1927 el arzobispo Pietro Fumasoni Biondi, Delegado Apostólico en los Estados Unidos, y encargado de negocios de la Delegación Apostólica en México, transmite a Mons. Díaz y Barreto, Secretario del Comité Episcopal, a quien el mismo Mons. Fumasoni había nombrado Intermediario Oficial entre él y los Obispos mexicanos, la disposición del Papa, según la cual «deben los Obispos no sólo abstenerse de apoyar la acción armada, sino también deben permanecer fuera y sobre todo partido político». Norma que Mons. Díaz comunicó a todos los prelados (18-1-1928) (Meyer I,18; Lpz. Beltrán 111, 150-52)…

        Se echaron al campo, «para buscar a Dios»

        Agosto de 1926. Muchos campesinos, de la zona central de México sobre todo, se echan al monte, como Francisco Campos, «a buscar a Dios Nuestro Señor».

        «En Cocula (Jalisco), desde el 1º de agosto la iglesia estaba custodiada permanentemente por 100 mujeres en el interior y 150 hombres en el atrio y en el campanario, de noche y de día. Los cinco barrios se relevaban por turno y a cada alarma se tocaba el bordón. Entonces, todo el mundo acudía al instante, como refiere Porfiria Morales. El 5 de agosto tocó la campana cuando ella estaba en su cocina; su criada María, exclamó: “¡Ave María Purísima!”. Se quitó el delantal, tomo su rebozo y un garrote, y cuando aquélla le preguntó a dónde iba, le contestó: “¡Qué pregunta de mi ama! ¿Qué no oye la campana que nos llama a los católicos de la Unión Popular? ¡Primero son las cosas de Dios!” Y salió dejando las cacerolas en el fuego» (Meyer I,103).

        No podrá encarecerse suficientemente el valor de las mujeres católicas mexicanas en la Cristiada, repartiendo propaganda, llevando avisos, acogiendo prófugos o cuidando heridos, ayudando clandestinamente al aprovisionamiento de alimentos y armas. Las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, las Brigadas Bonitas, escribieron historias de leyenda… Pero, en fin, la guerra es cosa de hombres, y a ella se fueron campesinos recios. Ezequiel Mendoza Barragán, un ranchero de Coalcomán, en Michoacán, cuya voz patriarcal hemos de escuchar en otras ocasiones, lo cuenta así:

        «Centenares de personas firmamos los papeles, se enviaron a Calles y a sus secuaces, pero todo fue inútil… Los Calles se creyeron muy grandotes y más nos apretaron, matando gente y confiscando bienes particulares de los católicos. Yo, ignorante, pero con brío, al saber los nuevos procedimientos de tal gobierno, me exalté y quise tapar el sol con un dedo, así eran mis sentimientos, me fui a conquistar gente armada y dispuesta a la guerra en defensa de la libertad de Dios y de los prójimos» (Testimonio 17).

        El curso de la guerra

        Jean Meyer, en el volumen I de su obra, describe al detalle las vicisitudes que corrió al paso de los años la guerra de la Cristiada, que él divide en estas fases:

        -incubación, de julio a diciembre de 1926;

        -explosión del alzamiento armado, desde enero de 1927;

        -consolidación de las posiciones, de julio 1927 a julio de 1928, es decir, desde que el general Gorostieta asume la guía de los cristeros hasta la muerte de Obregón.

        -prolongación del conflicto, de agosto 1928 a febrero de 1929, tiempo en que el Gobierno comienza a entender que no podrá vencer militarmente a los cristeros;

        -apogeo del movimiento cristero, de marzo a junio de 1929;

        -licenciamiento de los cristeros, en junio 1929, cuando se producen los mal llamados Arreglos entre la Iglesia y el Estado.

        El ejército federal

        El ejército «consustancial con el gobierno» en el México de entonces «consideraba a la Iglesia como su adversaria personal. Agente activo del anticlericalismo y de la lucha antirreligiosa, hizo su propia guerra, su guerra religiosa. El general Eulogio Ortiz mandó fusilar a un soldado, en el cuello del cual vió un escapulario. Algunos oficiales llevaban sus tropas al combate al grito de ¡Viva Satán!» (Meyer I,146).

        «Cada arma reclutaba por su cuenta. El enganche debía ser voluntario y firmado al menos por tres años», condición que muchas veces se incumplía, tanto que «se seguían utilizando las cuerdas para atar a los voluntarios. Se echaba mano de cualquiera: condenados de derecho común, obreros sin trabajo, campesinos», y sobre todo «del subproletariado rural y de los indios, vencidos o no» (149-150). La brutalidad y la indisciplina de esta tropa es apenas descriptible.

        Al no haber servicio de intendencia, «el avituallamiento estaba a cargo de las compañeras de los soldados, las famosas soldaderas, que marchaban al lado del ejército y que, como la langosta, caían sobre las granjas y los pueblos… La deserción, frecuente en tiempo de paz, llegaba a ser masiva en tiempo de guerra» (152). El general Amaro, jefe del ejército federal, no conseguía «poner en línea más de 70.000 hombres, aunque se pasaba el tiempo reclutando: ¡20.000 desertores al año, de 70.000 soldados!» (153). Este general famoso, el indio Amaro, hijo de un peón de Zacatecas, hombre inteligente, implacable y sanguinario, el que mandó a su aviación bombardear en el cerro del Cubilete el monumento a Cristo Rey, llegó a ser muy culto, y se reconcilió con la Iglesia varios años antes de su muerte.

        Los federales, malos jinetes, eran peores soldados, que disparaban de lejos, gastaban mucha munición, perdían las armas con facilidad, y no conocían bien el terreno por donde andaban. Eso explica que los cristeros, cuyas características de lucha eran las contrarias, les infligieran tantas bajas. Los callistas, eso sí, eran muy crueles, pero «la dureza de la represión, la ejecución de todos los prisioneros, la matanza de los civiles, el saqueo, la violación, el incendio de los pueblos y de las cosechas, dejaban en la estela de los federales otros tantos nuevos levantamientos en germen» (I, 194).

        La guerra se hacía también en la prensa del gobierno, ocultando la magnitud del conflicto o dando siempre la victoria por inminente. Unida a la lucha militar, el general Amaro propugnaba una campaña de «desfanatización», como aquélla por la que dio orden al gobernador de Jalisco de cambiar los nombres de todos los lugares que llevaban nombres de santos (I,178). Todos los medios valían, también el soborno. Así, en una ocasión, el gobierno trató de comprar a un jefe cristero llamado «el 14», el cual respondió: «Que a mí ni me den nada, que nomás arreglen eso de los padrecitos y de las iglesias, y yo me estoy en paz, pero mientras no lo arreglen que no piensen que con dinero me van a comprar» (177).

        La desesperación del gobierno se iba acrecentando a medida que pasaban los meses, y se veía incapaz de vencer -en palabras del gobernador de Colima- «las hordas episcopales de fanáticos que engañados por la patraña clerical se han lanzado a la loca aventura de restaurar el predominio de los curas» (189).

        Balance de la guerra

        A mediados de 1928 los cristeros, unos 25.000 hombres en armas, «no podían ya ser vencidos, dice Meyer, lo cual constituía una gran victoria; pero el gobierno, sostenido por la fuerza norteamericana, no parecía a punto de caer» (I, 248). En realidad, la posición de los cristeros era a mediados de 1929 mejor que la de los federales, pues, combatiendo por una Causa absoluta, tenían mejor moral y disciplina, y operando en pequeños grupos que golpeaban y huían -piquihuye-, sufrían muchas menos bajas que los soldados callistas. Después de tres años de guerra, se calcula que en ella murieron 25.000 o 30.000 cristeros, por 60.000 soldados federales.

        En enero de 1929, el embajador norteamericano Morrow -que insistía al gobierno y a la prensa para que no hablasen de cristeros sino de «bandidos» (I,301)- estimaba improbable pacificar el Estado «antes de que se solucione la cuestión religiosa». En febrero los mismos políticos veían el panorama muy oscuro, y un senador decía en un discurso a sus colegas: «¿Es que nuestros soldados no saben combatir rancheros, o no se quiere que se acabe la rebelión? Pues dígase de una vez y no estemos echando más leña. No se olviden ustedes de que con tres Estados más que se levanten de veras, ¡cuidado con el Poder Público, señores!» (I,285).

        A mediados de 1929 se veía ya claramente que, al menos a corto plazo, ni unos ni otros podían vencer. Sin embargo, en este empate había una gran diferencia: en tanto que los cristeros estaban dispuestos a seguir luchando el tiempo que fuera necesario hasta obtener la derogación de las leyes que perseguían a la Iglesia, el gobierno, viéndose en bancarrota tanto en economía como en prestigio ante las naciones, tenía extremada urgencia de terminar el conflicto cuanto antes. Eran, pues, éstas unas favorables condiciones para negociar el reconocimiento de los derechos de la Iglesia…

        Rumores de un posible arreglo

        Desde mediados de 1927 estuvo al mando supremo de los cristeros el general Gorostieta, militar de carrera, a quien iban llegando de cuando en cuando rumores de posibles arreglos entre la Iglesia y el Estado, a espaldas de la Guardia Nacional cristera. Como estos rumores iban en aumento, el 16 de mayo de 1929 escribió a los Obispos mexicanos una larga carta, de la que citamos algún fragmento:

        «Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse periódicamente la prensa nacional, y aun la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado gobierno y algún miembro señalado del Episcopado mexicano, para terminar el problema religioso. Siempre que tal noticia ha aparecido han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor mil veces que todos los peligros que se han decidido a arrostrar. Cada vez que la prensa nos dice de un obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podríamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha; aliento y consuelo que con una sola honorabilísima excepción [Mons. Martínez y Zárate, obispo de Huejutla, 17 años desterrado] de nadie hemos recibido…

        «Si los obispos al presentarse a tratar con el gobierno aprueban la actitud de la Guardia Nacional, si están de acuerdo en que era ya la única digna que nos dejaba el déspota, tendrán que consultar nuestro modo de pensar y atender nuestras exigencias; nada tenemos que decir en este caso…

        «Si los obispos al tratar con el gobierno desaprueban nuestra actitud, si no toman en cuenta a la Guardia Nacional y tratan de dar solución al conflicto independientemente de lo que nosotros anhelamos…; si se olvidan de nuestros muertos, si no se toman en consideración nuestros miles de viudas y huérfanos, entonces… rechazaremos tal actitud como indigna y como traidora…

        «Muchas y de muy diversa índole son las razones que creemos tener para que la Guardia Nacional, y no el Episcopado, sea quien resuelva esta situación. Desde luego el problema no es puramente religioso, es éste un caso integral de libertad, y la Guardia Nacional se ha constituido de hecho en defensora de todas las libertades y en la genuina representación del pueblo, pues el apoyo que el pueblo nos imparte es lo que nos ha hecho subsistir…

        «Como última razón creemos tener derecho a que se nos oiga, si no por otra causa, por ser parte constitutiva de la Iglesia católica de México, precisamente por ser parte importantísima de la Institución que gobiernan los obispos mexicanos» (+Meyer I,316-320)

        El 2 de junio de 1929 el general Gorostieta fue asesinado en una emboscada por los callistas, y le sucedió al frente de la Guardia Nacional el general Degollado.

        Los «mal llamados Arreglos» (21-6-1929)

        La historia de los Arreglos alcanzados en junio de 1929 es tan triste que haremos de ella una referencia muy breve, ateniéndonos sobre todo a la documentada información que López Beltrán ha dado recientemente del asunto. Mons. Ruiz y Flores, Delegado Apostólico ad referendum, escogió como secretario para negociar a Mons. Pascual Díaz y Barreto, el «único Obispo que había mostrado decidido empeño en lograr una transacción con los callistas» (Lpz. Beltrán 499).

        Ambos fueron traídos de los Estados Unidos a México, incomunicados en un vagón de tren, por el embajador norteamericano Dwight Whitney Morrow, banquero y diplomático, protestante y masón, cómplice de Calles y del presidente Portes Gil. Ya en la ciudad de México continuaron incomunicados en la lujosa residencia del banquero Agustín Legorreta. No recibieron ni a los Obispos mexicanos ni a un enviado de la Liga. Tampoco quisieron recibier al Obispo Miguel de la Mora, secretario del Subcomité Episcopal, que mandó aviso a Mons. Flores de que «tenía grandes y urgentes cosas que comunicarle, y que no fuera a pactar nada sin antes oírlo». Las puertas de aquella casa, en esos días, sólo estuvieron abiertas «para Morrow, para los sacerdotes extranjeros: Wilfrid y Parsons y Edmundo Walsh, S.J. [experto en política internacional de la universidad de Georgetown], para Cruchaga Tocornal, el embajador de Chile, y para otros extranjeros. Para los extraños. No para los mexicanos» (Lpz. Beltrán 516).

        Puede afirmarse, pues, que los dos Obispos de los Arreglos con Portes Gil no cumplieron las Normas escritas que Pío XI les había dado, pues no tuvieron en cuenta el juicio de los Obispos, ni el de los cristeros o la Liga Nacional; tampoco consiguieron, ni de lejos, la derogación de las leyes persecutorias de la Iglesia; y menos aún obtuvieron garantías escritas que protegieran la suerte de los cristeros una vez depuestas las armas.

        Sólamente consiguieron del Presidente unas palabras de conciliación y buena voluntad, y unas Declaraciones escritas en las que, sin derogar ley alguna, se afirmaba el propósito de aplicarlas «sin tendencia sectaria y sin perjuicio alguno». Así las cosas, los dos Obispos, convencidos por el embajador norteamericano Morrow de que no era posible conseguir del Presidente más que tales Declaraciones, y aconsejados por Cruchaga y el padre Walsh, que las «creían suficientes», aceptaron este documento redactado personalmente en inglés por el mismo Morrow:

        «El Obispo Díaz y yo hemos tenido varias conferencias con el C. Presidente de la República… Me satisface manifestar que todas las conversaciones se han significado por un espíritu de mutua buena voluntad y respeto. Como consecuencia de dichas Declaraciones hechas por el C. Presidente, el clero mexicano reanudará los servicios religiosos de acuerdo con las leyes vigentes. Yo abrigo la esperanza de que la reanudación de los servicios religiosos [expresión protestante, propia de Morrow, su redactor] pueda conducir al Pueblo Mexicano, animado por un espíritu de buena voluntad, a cooperar en todos los esfuerzos morales que se hagan para beneficio de todos los de la tierra de nuestros mayores. México, D.F. Junio 21 de 1929.-Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico» (Lpz. Beltrán 527).

        Las leyes vigentes, por supuesto, eran aquéllas que habían desencadenado la Cristiada. ¿Para derogar aquellas leyes vigentes habían muerto inútilmente veinte o treinta mil cristeros?…

        Frutos de la Cristiada

        ¿Inútilmente lucharon, con tan grandes pérdidas y sufrimientos, los cristeros y sus familias? En 1929 el jesuita Eduardo Iglesias, bajo el pseudónimo Aquiles P. Moctezuma, en El conflicto religioso de 1926, escribía relativamente satisfecho: «Terminadas felizmente las conferencias entre el Estado y la Iglesia»… (441). No es ésa la interpretación hoy más común. Pero también hay actualmente quienes estiman que los Arreglos «fueron los menos malos posibles dentro de las circunstancias». Así lo cree, por ejemplo, Juan Landerreche Obregón, quien además insiste en que los Arreglos

        «de ninguna manera significaron que el esfuerzo, el sacrificio y la sangre de los cristeros hayan sido inútiles para la libertad de la Iglesia Católica y el respeto a la religión y a los fieles. Por el contrario, los cristeros demostraron al gobierno con sus sacrificios, sus esfuerzos y sus vidas, que en México no se puede atacar impunemente a la religión católica ni a la Iglesia… Y todo esto se demostró en forma tan convincente a los tiranos, que los obligó no sólo a desistir de la persecución religiosa, sino los ha obligado también a respetar la religión y la práctica y el desarrollo de la misma, a pesar de todas las disposiciones de la Constitución [de 1917] que se oponen a ello, y que no se cumplen, porque no se pueden cumplir, porque el pueblo las rechaza… Los frutos [de la Cristiada] se han recogido y se siguen recogiendo sesenta años después de su lucha y seguramente culminarán a su tiempo en la realización plena por la que lucharon quienes dieron ese testimonio» (Prólogo a E. Mendoza, Testimonio 4,7-8).

        En 1993 el gobierno de México concedió a la Iglesia un precario reconocimiento legal como asociación religiosa, y reestableció sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

        Un triunfo de la masonería

        Unos días después de los Arreglos logrados sobre todo por los masones Morrow y Portes Gil, el 27 de junio de 1929, los masones dieron un gran banquete al presidente Portes Gil, el cual a los postres habló «a sus reverendos hermanos»:

        «Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo… Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes (aplausos). Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes… La lucha [sin embargo] es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación (aplausos).

        «En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería» (+Lpz. Beltrán 540-541).

        Alude a la misma revolución que asesinó a García Moreno, y que tantas victorias ha logrado en los siglos XIX y XX en la América hispana con el apoyo de la masonería local y norteamericana. Portes Gil más tarde, en su libro La lucha entre el Poder Civil y el Clero, dejó bien claro que «su aparente capitulación [de los Obispos] a la que dieron el nombre de un arreglo con el Gobierno, no fue otra cosa que someterse incondicionalmente a la ley» (547). En 1958, ajeno a la Iglesia, murió en Mixcoac, y en la esquela publicada por «la Muy Respetable Gran Logia Valle de México» se le citaba como «Miembro Activo y Gran Capitán de Guardias de este Supremo Consejo del Grado 33» (546).

        Licenciamiento de los cristeros

        El Jefe supremo de la Guardia Nacional, general Jesús Degollado Guízar, dirigió a todos los cristeros, «a pesar de que se nos desgarra el alma», un patético mensaje de licenciamiento, del que entresacamos el último párrafo:

        «La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegación. ¡AVE, CRISTO! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a la muerte gloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos y, una vez más, te aclamamos.

REY DE NUESTRA PATRIA.

¡VIVA CRISTO REY!

¡VIVA SANTA MARIA DE GUADALUPE!

Dios, Patria y Libertad».

        «Tal vez a la muerte gloriosa…» En efecto, poco después de los Arreglos, el Gobierno, mostrando «el espíritu de buena voluntad y respeto» asegurado a los Obispos negociadores, comenzó a través de siniestros agentes «el asesinato sistemático y premeditado» de los cristeros que habían depuesto sus armas, «con el fin de impedir cualquier reanudación del movimiento… La caza del hombre fue eficaz y seria, ya que se puede aventurar, apoyándose en pruebas, la cifra de 1.500 víctimas, de las cuales 500 jefes, desde el grado de teniente al de general».

        También «hay que decir, y esto honra a aquellos hombres, que más de un general federal advirtió a los cristeros del peligro que los amenazaba» (Meyer I, 344-346). De todos modos, aún con esto, más jefes cristeros fueron muertos después de los Arreglos que durante la guerra.

        Esto supuso una larga y durísima prueba para la fe de los cristeros, que sin embargo se mantuvieron fieles a la Iglesia con la ayuda sobre todo de los mismos sacerdotes que durante la guerra les habían asistido.

        Después de los Arreglos

        El capellán de los cristeros de Colima, padre Enrique de Jesús Ochoa, en Los cristeros del volcán de Colima, cuenta que «lloró de verdad el mismo Señor Ruiz y Flores cuando se vió burlado, cuando miró el fracaso de aquellos Arreglos, “si arreglos pueden llamarse”, según él mismo dijo, escribiendo de su puño y letra (el 1º de agosto de 1929)».

        Y añade: «Yo mismo he visto llorar al Papa [Pío XI] cuando trata el asunto de los arreglos de México: L’ho veduto piàngere, decía el Cardenal Boggiani al vicepresidente de la Liga Nacional, don Miguel Palomar y Vizcarra; y al que esto escribe, en Roma el año 1930» (+Lpz. Beltrán 517).

        La verdad es que los dos obispos de los Arreglos, y especialmente Mons. Pascual Díaz, sufrieron mucho en los años posteriores, y al menos por parte de algunos sectores, padecieron un verdadero linchamiento moral.

        Recientemente publicaba la revista «30 días» (1993, n.66) una entrevista con la pintora mexicana Dolores Ortega, de 85 años, que vivió de cerca la Cristiada con su marido, Carlos Díez de Sollano, uno de los responsables de la Liga Nacional. A la pregunta ¿por qué los obispos firmaron los acuerdos?, responde: «Estaban confundidos y los engañaron. Después de los arreglos, convidamos a cenar a monseñor Díaz, arzobispo de México. Estábamos comiendo y mi esposo le dice: “Oigame, Ilustrísima, ¿qué me dice usted de los arreglos?” Bajó los ojos, casi se le saltaron las lágrimas y le dice: “Mira Carlitos, ese asunto no me lo toques, me causa mucho dolor. Nos engañaron“». Y continúa el periodista: También ustedes cayeron en el engaño. A lo que contesta la señora Ortega: “No, de ningún modo. Nosotros sabíamos que era una trampa, que el Gobierno no respetaría nunca los arreglos. Lo sabíamos todos, los de la Liga y los cristeros”. Sabían ustedes que era un engaño, que entregando las armas y dejando la clandestinidad la muerte era segura. ¿Por qué lo hicieron, entonces? “Porque lo mandaba la Iglesia. Por fidelidad, por obediencia a la Iglesia”».

        Crónica de los mártires y beatos

        Así fue. Y aún hoy, pocos pueblos católicos, como el mexicano, quieren tanto a sus Obispos y sacerdotes. Pero hagamos crónica de los mártires, lo más importante de todo cuanto ocurrió en torno a la Cristiada.

        Los mártires cristeros -en el sentido estricto de la palabra- fueron muchísimos, aunque como es lógico sólo algunos serán reconocidos y canonizados por la Iglesia como tales. No es fácil, pues, entre tantos héroes destacar a algunos, pero vamos a hacerlo con Anacleto González Flores, el que organizó la Unión Popular en Jalisco, impulsó la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y se distinguió como profesor, orador y escritor católico. El Maestro Cleto, como solían decirle con respeto y afecto, era un cristiano muy piadoso, como lo muestra el siguiente dato:

        «Al final del Rosario, los cristeros de Jalisco añadían esta oración compuesta por Anacleto González Flores: “¡Jesús misericordioso! Mis pecados son más que las gotas de sangre que derramaste por mí. No merezco pertenecer al ejército que defiende los derechos de tu Iglesia y que lucha por ti. Quisiera nunca haber pecado para que mi vida fuera una ofrenda agradable a tus ojos. Lávame de mis iniquidades y límpiame de mis pecados. Por tu santa Cruz, por mi Madre Santísima de Guadalupe, perdóname, no he sabido hacer penitencia de mis pecados; por eso quiero recibir la muerte como un castigo merecido por ellos. No quiero pelear, ni vivir ni morir, sino por ti y por tu Iglesia. ¡Madre Santa de Guadalupe!, acompaña en su agonía a este pobre pecador. Concédeme que mi último grito en la tierra y mi primer cántico en el cielo sea ¡Viva Cristo Rey!“» (Meyer III,280).

        Pues bien, el 1 de abril de 1927 fue apresado con tres muchachos colaboradores suyos, los hermanos Vargas, Ramón, Jorge y Florentino. «Si me buscan, dijo, aquí estoy; pero dejen en paz a los demás». Fue inútil su petición, y los cuatro, con Luis Padilla Gómez, presidente local de la A.C.J.M., fueron internados en un cuartel de Guadalajara. Allá interrogaron sobre todo al Maestro Cleto, pidiéndole nombres y datos de la Liga y de los cristeros, así como el lugar donde se escondía el valiente arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez. Como nada obtenían de él, lo desnudaron, lo suspendieron de los dedos pulgares, lo flagelaron y le sangraron los pies y el cuerpo con hojas de afeitar. Él les dijo:

        «Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Ustedes me matarán, pero sepan que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria».

        Atormentaron entonces frente a él a los hermanos Vargas, y él protestó: «¡No se ensañen con niños; si quieren sangre de hombre aquí estoy yo!». Y a Luis Padilla, que pedía confesión: «No, hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, no un Juez, el que nos espera. Tu misma sangre te purificará». Le atravesaron entonces el costado de un bayonetazo, y como sangraba mucho, el general que mandaba dispuso la ejecución, pero los soldados elegidos se negaban a disparar, y hubo que formar otro pelotón. Antes de recibir catorce balas, aún alcanzó don Anacleto a decir: «¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!».

        Y en seguida fusilaron a Padilla y los hermanos Vargas (+Rivero 131-133).

        Una vez suspendido el culto en México el 31 de julio de 1937, la inmensa mayoría del clero, unos 3.500, obedeciendo a sus Obispos, se fue recogiendo en las grandes ciudades, controladas por el gobierno, con lo que los civiles y combatientes del campo quedaban sin pastores. Estos sacerdotes, aunque sujetos a estricta vigilancia y en ocasiones a vejaciones, no corrieron normalmente peligro de muerte.

        Por el contrario, los sacerdotes que permanecieron en el campo, lo hicieron con gravísimo riesgo, conscientes de que si eran apresados, serían ejecutados, muchas veces con sadismo, ya que el gobierno pensaba que «fusilando sin compasión a todo sacerdote cogido en el campo, obligaba a los demás, aterrorizados, a refugiarse en la ciudad», y esperaba así que «dejando a los campesinos sin sacerdotes, sofocaría rápidamente la rebelión» (Meyer I,40).

        Se calcula que cien o doscientos permanecieron en el campo, escondidos con la protección de los fieles, que en muchos casos fueron también ejecutados por darles cobijo. López Beltrán, considerando los años 1926-29, da los nombres de 39 sacerdotes asesinados, más los de 1 diácono, 1 minorista y 6 religiosos (343-4). Guillermo Mª Havers recoge los nombres de 46 sacerdotes diocesanos ejecutados en el mismo período de tiempo (Testigos de Cristo en México 205-8). Muchos de estos curas pertenecían a la archidiócesis de Guadalajara (Jalisco, Zacatecas, Guanajuato) o a la diócesis de Colima, pues sus prelados, Mons. Orozco y Jiménez y Mons. Velasco, permanecieron en sus puestos, con buena parte de su clero.

        El 22 de noviembre de 1992, Juan Pablo II beatificó a veintidós de estos sacerdotes diocesanos, destacando que «su entrega al Señor y a la Iglesia era tan firme que, aun teniendo la posibilidad de ausentarse de sus comunidades durante el conflicto armado, decidieron, a ejemplo del Buen Pastor, permanecer entre los suyos para no privarlos de la Eucaristía, de la palabra de Dios y del cuidado pastoral.

        Lejos de todos ellos encender o avivar sentimientos que enfrentaran a hermanos contra hermanos. Al contrario, en la medida de sus posibilidades procuraron ser agentes de perdón y reconciliación». La Conferencia del Episcopado Mexicano, en el libro ¡Viva Cristo Rey! (México 19912), nos da breves reseñas biográficas de los 25 mártires que han sido beatificados (otras reseñas de ellos y de otros muchos, también de laicos y religiosos: +Lpz. Beltrán 243-487; Havers, Testigos de Cristo en México). Aquí nos limitaremos a recordar sus santos nombres, con las fechas de su martirio.

        En 1915: David Galván Bermúdez, en la persecución de Carranza (30-1).

        En 1926: Luis Batis Sainz, y con él tres feligreses de la Acción Católica, Manuel Morales, casado, Salvador Lara Puente, y su primo David Roldán Lara (15-8), también beatificados.

        En 1927: Mateo Correa Magallanes (6-2); Jenaro Sánchez (18-2); Julio Alvarez Mendoza (30-3); David Uribe Velasco (12-4); Sabas Reyes Salazar (13-4); Cristóbal Magallanes, con su coadjutor Agustín Sánchez Caloca (25-5); José Isabel Flores (21-6); José María Robles (26-6); Miguel de la Mora (7-8); Margarito Flores García (12-11); Pedro Esqueda Ramírez (22-11).

        En 1928: Jesús Méndez Montoya (5-2); Toribio Romo González (25-2); Justino Orona Madrigal (1-7); Atilano Cruz Alvarado (1-7); Tranquilino Ubiarco (5-10);

        En 1937: Pedro de Jesús Maldonado (11-2), en una persecución desatada en Chihuahua, en tiempo del presidente Lázaro Cárdenas, otro general (1934-40).

        «La solemnidad de hoy [Cristo Rey], destacaba Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación, instituida por el papa Pío XI precisamente cuando más arreciaba la persecución religiosa de México, penetró muy hondo en aquellas comunidades eclesiales y dio una fuerza particular a estos mártires, de manera que al morir muchos gritaban: ¡Viva Cristo Rey!»

        A todos ellos ha de añadirse el nombre del padre jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, beatificado por el papa Juan Pablo II el 25 de setiembre de 1988. A diferencia de los sacerdotes antes recordados, él estaba en la ciudad de México, por orden de sus superiores, dedicándose ocultamente al apostolado. Con ocasión de un atentado contra el presidente Obregón, fueron apresados y ejecutados los autores del golpe, y con ellos fueron también eliminados el padre Pro y su hermano Humberto, que eran inocentes (23-11-1927) (+Rafael Ramírez Torres, Miguel Agustín Pro; y Luis Butera, Un mártir alegre. Vida del P. Miguel Pro).

        El espíritu de los cristeros

        Pero volvamos a los cristeros, a aquellos católicos que se alzaron en armas, echándose al monte «para defender a su Dios, a su Religión, a su Madre, que es la Santa Iglesia». Traeremos sobre ellos algunos datos y observaciones, siguiendo principalmente a Jean Meyer, que estudió largamente la Cristiada, y entrevistó durante cuatro años a muchos antiguos cristeros. Dos avisos previos:

        1.-Nótese que los datos reflejan un tiempo, hacia 1970, en que el pueblo mexicano llevaba siglo y medio independiente de España, y un siglo sometido a persecución religiosa continua por parte de los gobiernos liberales, a partir de Juárez.

        Recordemos que en 1917 la Constitución establece la educación laica. En 1934 se impone al pueblo la educación socialista, y Calles proclama indispensable que la Revolución se apodere «de las conciencias de la niñez y de la juventud», porque ambas «deben pertenecer» a la Revolución (352) -a la revolución liberal o a la socialista, viene a ser lo mismo-. Y en 1946 se vuelve a la educación arreligiosa. Pero siempre y en todo caso «ha sido constante la actitud que supone que es el Estado el que tiene el derecho de educar, derecho negado expresamente a la Iglesia y no reconocido a los padres de familia» (Acevedo 357).

        2.-Adviértase también que la inmensa mayoría de los cristeros eran rancheros modestos, gente de pueblo, aunque también se unieron a ella algunos estudiantes, licenciados o profesionales. Los ricos católicos, dicho sea de paso, apenas les ayudaron nunca, aunque lo necesitaban siempre, sobre todo para comprar armas y parque. Pues bien, los cuestionarios muestran que entre los cristeros «cerca del 60 % no habían ido jamás a la escuela», aunque no todos ellos eran analfabetos, pues bastantes habían aprendido a leer en su casa (III,272).

        Muestran sin embargo una sorprendente cultura, y más concretamente, una profunda cultura cristiana. Ya conocemos, por ejemplo, la voz de Ezequiel Mendoza Barragán, campesino michoacano de Coalcomán, que nunca fue a la escuela, y que llegó a ser coronel famoso de cristeros. Jean Meyer, que conoció a Mendoza cuando éste tenía ya 75 años, confiesa: «quedé deslumbrado, fascinado, por la misteriosa energía que irradiaba de él» (pról. Testimonio). Y en otro lugar dice que «todas las entrevistas confirman el carácter representativo de Ezequiel Mendoza», aunque es cierto que su lengua era «especialmente clara y bella» (III,289).

        Espiritualidad católica. -En entrevistas, crónicas y cartas de cristeros causa admiración comprobar la calidad doctrinal, bíblica y poética de sus expresiones. Todo lo cual contradice abiertamente el menosprecio de algunos pedantes acerca de la veracidad del cristianismo entre los indígenas de América. Los cristeros, concretamente, tenían en sí toda la fuerza de quien sabe estar haciendo la voluntad de Dios. «Conscientes de hacer la voluntad de Dios, dice Meyer, los cristeros podían resistir todos los descalabros militares, todas las desdichas espirituales y hasta la más terrible de todas: los arreglos y el poco apoyo clerical» (289). Esa fidelidad a la voluntad de Dios providente les hacía inquebrantables.

        Ezequiel Mendoza, por ejemplo, decía a su gente: «No, muchachos, acuérdense que aquí pedimos a Dios lo que más nos conviniera y por eso no digamos desatinados “ya ven que las cosas cambian de un momento a otro”; “la hoja del árbol no se mueve sin la gran voluntad de Dios”, paciencia y resignación» (289). En cierta ocasión, según él mismo refiere, arengaba así a los suyos: «No queremos compañeros que traigan fines torcidos, queremos hombres que de todo corazón quieran agradar a Dios en todo, sin otro interés que defender a su Iglesia nuestra Madre; ya que sus feroces enemigos la quieren exterminar, aunque no lo conseguirán, porque fue dicho por Nuestro Señor Jesucristo que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”; y lo que Cristo ofreció lo cumple; también dijo que “pasarán los cielos y la tierra, pero sus palabras no pasarán”. Además tenemos nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe, ella nos recomendará con su Padre, con su Hijo, y con su esposo, el Espíritu Santo. Todavía más contamos con todos los santos y santas del Cielo y de la tierra para que ellos rueguen a Dios por nosotros en todo tiempo y lugar, y si Dios está con nosotros no tengamos miedo de morir en defensa de la Iglesia y de la Patria, seremos mártires e iremos al cielo para siempre» (Testimonio 31).

        Por su parte, Aurelio Acevedo, un simple ranchero de Zacatecas, animaba así a su tropa: «Vosotros, valientes sin tacha, siempre pensad que vais en camino del Calvario; pensad que vais al martirio cumbre donde se entra al Cielo de la Paz y eterno regocijo. Todo redentor debe ser crucificado para fin de que triunfe y sea glorificado. No olvidéis que esta lección es más clara que el sol que nos alumbra: ¡recordad a Jesús!» (Meyer III,275).

        Y otro jefe, Pedro Quintanar, decía a sus tropas: «Todo lo bueno que en vosotros hay es sólo de Dios y… todo lo malo que en vuestro regimiento hay es vuestro. A Dios hay que atribuir todo lo bueno y toda la gloria y todo triunfo, pues vosotros sois instrumentos viles» (289).

        Prácticas religiosas. -La guerra fue para muchos cristeros como unos ejercicios espirituales continuados. La misa sobre todo era, cuando había sacerdote, lo más apreciado por los cristeros, el centro de todo, cada día. Más aún, «en los campamentos cristeros, cuando esto era posible, el Santísimo Sacramento estaba expuesto, y los soldados, por grupos de quince o veinte, practicaban la adoración perpetua. La comunión frecuente era la regla… Los sacerdotes que permanecían con los cristeros se pasaban el tiempo confesando, bautizando, casando, organizando ejercicios espirituales y haciendo misiones» (III,278).

        Pero «era frecuente que no hubiese ya sacerdote, y entonces un seglar tomaba la dirección de la vida religiosa, como Cecilio Valtierra, el cual todas las mañanas leía el Oficio de la Iglesia, en presencia de los fieles, y todas las tardes llevaba el Rosario. Estas misas blancas iban acompañadas de otras innovaciones» (III,277). «Los cánticos y el Rosario acompañaban todos los instantes de la vida, en la marcha o en el campamento. Los cristeros oraban y cantaban a altas horas de la noche, rezando colectivamente el Rosario, de rodillas, y cantando los laudes a la Virgen o a Cristo, entre las decenas» (III,279).

        Es indudable que de su fe cristiana sacaban los cristeros toda su abnegación y valor para la guerra. No eran unos valientes a pesar de ser unos hombres piadosos, sino que más bien porque eran piadosos eran valientes.

        Sólo un ejemplo: en cierta ocasión en que los cristeros habían sufrido varias bajas y estaban tristes, el general «Degollado les hizo rezar el rosario, tras de lo cual los arengó: “Porque Cristo Rey se llevó a los nuestros ya ustedes se acobardaron, ¿ya se les olvidó que al enlistarse en las filas de Su ejército le ofrecieron sus servicios y sus vidas?… Dios, sin necesidad de usar de combates, dispone de nuestras vidas cuando a Él le place… Dejen sus armas al pie del altar, que yo nunca seré jefe de cobardes”. Las tropas lloraban y gritaban: “¡No, mi general! Seguiremos siendo los valientes de Cristo Rey, y si no, pónganos a prueba”» (Meyer I,232).

        Idea del gobierno y de la guerra. -Los cristeros tenían de la guerra, y de la persecución que la causó, una idea mucho más teológica que política. En las entrevistas, algunas veces también, se refleja una cierta visión política del conflicto. Por ejemplo, «para los cristeros, el turco Calles, vendido a la masonería internacional, representaba al extranjero yanki y protestante, deseoso de terminar su obra destructora (la anexión de 1848 es conocida de todos, y la situación de subhombres de los chicanos de Texas y Nuevo México…), descatolizando el país» (III,285).

        Sin embargo, prevalecía con mucho la visión teológica de la guerra. Conocían bien, en primer lugar, el deber moral de obedecer a las autoridades civiles, pues «toda autoridad procede de Dios», pero también sabían que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», cuando éstos hacen la guerra a Dios. Veían claramente en la persecución del gobierno una acción poderosa del Maligno.

        Ezequiel Mendoza, por ejemplo, consideraba a los gobernantes de su patria «endiablados callistas, masones y protestantes malos, que sólo buscan las comodidades del cuerpo y la satisfacción de sus caprichos en este mundo engañador y no creen que los espera un infierno de tormentos eternos, pobres murciélagos que se creen aves y son ratones» (III,283). Y decía, «¡ay de los tiranos que persiguen a Cristo Rey, bestias rumanas de las que nos habla el Apocalipsis! Todos debemos tener muy presentes las bienaventuranzas de que nos habla Nuestro Señor Jesucristo: pobreza de espíritu, lágrimas de contrición, justa mansedumbre, hambre y sed de justicia, misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los buenos cuando son perseguidos por los malos, como nos aprietan los Calles ahora, dizque porque somos muy malos, que andamos tercos queriendo defender la honra y gloria de Aquel que murió desnudo en la cruz más alta y en medio de dos ladrones, por ser Él el más malo de todos los humanos, que no quiso someterse al supremo de la tierra. Es lo que dicen ellos, porque les falta un domingo y los redobles de tambor, pero nosotros se los daremos con ayuda de quien resucitó de los muertos el tercer día y que, porque nos ama, nos dejó por Madre su propia Madre» (III,287).

        Este tono profundamente bíblico era el de la Cristiada. Es la visión del Apocalipsis: Satán, el dragón infernal, la antigua serpiente, da su fuerza a la Bestia, poder maligno intramundano, que hace la guerra a los santos y a cuantos guardan el testimonio de Jesús. En este sentido, los cristeros estaban indeciblemente más cerca del Apocalipsis del apóstol San Juan que de la teología de la liberación moderna.

        Con toda razón el Cardenal Ratzinger afirmaba que «la teología de la liberación, en sus formas conexas con el marxismo, no es ciertamente un producto autóctono, indígena, de América Latina o de otras zonas subdesarrolladas, en las que habría nacido y crecido casi espontáneamente, por obra del pueblo. Se trata en realidad, al menos en su origen, de una creación de intelectuales; y de intelectuales nacidos o formados en el Occidente opulento» (Informe sobre la fe, 207). La espiritualidad popular real es la de Ezequiel Mendoza y sus compañeros, llena de resonancias de la Biblia y del catecismo.

        El martirio. -La teología del martirio en los cristeros no es menos rica que la de las Passiones de los primeros siglos, aunque muchas veces vaya en clave de humor. «¡Qué fácil está el cielo ahorita, mamá!», decía el joven Honorio Lamas, que fue ejecutado con su padre (III,299). «Hay que ganar el cielo ahora que está barato», decía otro (298). Norberto López, que rechazó el perdón que le ofrecían si se alistaba con los federales, antes de ser fusilado, dijo: «Desde que tomé las armas hice el propósito de dar la vida por Cristo. No voy a perder el ayuno al cuarto para las doce» (302).

        En Sahuayo asesinaron uno a uno a veintisiete cristeros, que uno a uno murieron dando vivas a Cristo Rey, pero perdonaron la vida a Claudio Becerra, por ser muy jovencito. Más tarde, con gran tristeza, iba a pedir junto al sepulcro de sus compañeros martirizados: «Compañeros, pídanle a Dios me vaya al cielo a acompañarlos». Bebía entonces demasiado, y cuando el cura le reprochó, él dijo: «Me emborracho, padre, porque me da sentimiento que Dios no me quiso para mártir» (Lpz. Beltrán 66-70)…

        Una vez más la voz del patriarca Mendoza: «Ustedes y yo lamentamos de corazón el fallecimiento de esos hombres que de buena fe ofrendaron sus vidas, familia y demás intereses terrenales, derramaron su sangre por Dios y por nuestra querida patria, como lo hacen los verdaderos mártires cristianos; pues su sangre, unida con la de Nuestro Señor Jesucristo y con la de todos los mártires del Espíritu Santo, nos alcanzará de Dios Padre los bienes que esperamos en la tierra y en el Cielo. Dichosos los que mueren por el amor al Dios que hizo los cielos y la tierra, y en todo está por esencia, presencia y potencia, no como los dioses falsos de Plutarco Elías Calles y de otros locos desviados por Satanás, que les ofrece los bueyes y la carreta de esta vida y después los hace birria caliente y gorda en el infierno de los tormentos» (III,299).

        La muerte tranquila de los cristeros, con frecuencia después de terribles tormentos, impresionaba siempre a los federales. Morían perdonando y gritando ¡Viva Cristo Rey! Y el pueblo guardaba sus palabras, recogía su sangre, enterraba sus cuerpos, acudía en masa a sus funerales, cuando eran posibles, en protesta silenciosa y confesión de fe.

        Alegría. -La alegría estaba también siempre presente, como es lógico, en estos hombres que se estaban jugando la vida por Cristo, pasando indecibles miserias y penalidades. En crónicas y escritos siempre hay huellas de alegría y de humor. Cuenta Ezequiel Mendoza que su papá, en una ocasión, jugándose la vida, se quedó sosteniendo una puerta de campo, para que escapara un grupo de cristeros. Los federales le disparaban una y otra vez, sin atinarle. Así que él, sin soltar la puerta, «como enojado volvió su cara y regañó al enemigo, dijo: “Pendejos, tirar para acá, parece que no ven gente”» (Testimonio 37). De éstas hay innumerables anécdotas cristeras.

        Espiritualidad bíblica y tradicional

        Siendo la Biblia y la Tradición eclesial las fuentes permanentes de la espiritualidad cristiana, el calificativo de tradicional, en su sentido más genuino, es tan precioso como el de bíblico. Pues bien, la espiritualidad de los cristeros es netamente bíblica y tradicional. Jean Meyer subraya con fuerza ambas notas: «Hemos quedado asombrados por el número y la exactitud de las citas bíblicas. La idea de un pueblo católico ignorante de la Biblia no es válida para el campesino mexicano de esta época. En los caseríos lejanos de la parroquia se la leía de pie, o más bien se formaba círculo en torno de aquel que sabía leer» (307).

        No hay, tampoco, mariolatría en la devoción a la Virgen: «El culto de la Virgen guadalupana no es distinto del que recibe en Rusia (¡800 lugares de peregrinación marianos!), en Polonia o en Francia» (309). Meyer afirma una y otra vez «la indiscutible catolicidad de la fe mexicana» (309).

        «La religión de los cristeros era, salvo excepción, la religión católica romana tradicional, fuertemente enraizada en la Edad Media hispánica. El catecismo del P. Ripalda, sabido de memoria, y la práctica del Rosario, notable pedagogía que enseña a meditar diariamente sobre todos los misterios de la religión, de la cual suministra así un conocimiento global, dotaron a ese pueblo de un conocimiento teológico fundamental asombrosamente vivo. A Cristo conocido en su vida humana y en sus dolores, con los cuales puede el fiel identificarse con frecuencia, amado en el grupo humano que lo rodea: la Virgen, el patriarca San José, patrono de la Buena Muerte, y todos los santos que ocupan un lugar muy grande, completamente ortodoxo, en la vida común, se le adora en el misterio de la Trinidad. Esta religión próxima al fiel la califican de superstición los misioneros norteamericanos (protestantes y católicos) y los católicos europeos no la juzgan de manera distinta» (307). Sin embargo, «el cristianismo mexicano, lejos de estar deformado o ser superficial, está sólida y exactamente fundamentado en Cristo, es mariológico a causa de Cristo, y sacramental por consiguiente, orientado hacia la salvación, la vida eterna y el Reino. Durante la guerra, los santos se retraen notablemente hasta su propio lugar, mientras se manifiesta el deseo ardiente del cielo» (310).

        La profundidad de la evangelización realizada en México durante siglos quedó absolutamente probada cuando, después de más de un siglo de continuas persecuciones liberales, socialistas y revolucionarias, los cristeros ofrecieron al mundo este testimonio formidable de espiritualidad y de martirio.

        Volvamos, pues, al principio, y oigamos la voz franciscana de uno de los primeros evangelizadores, Fray Toribio de Benavente, Motolinía. Lo que él dice de México, lo diremos aquí, para terminar nuestra historia; y lo diremos pensando en toda la América hispana:

        «¡Oh, México que tales montes te cercan y coronan! ¡Ahora con razón volará tu fama, porque en ti resplandece la fe y evangelio de Jesucristo! Tú que antes eras maestra de pecados, ahora eres enseñadora de verdad; y tú que antes estabas en tinieblas y oscuridad, ahora das resplandor de doctrina y cristiandad» (Hª de los indios III,6, 339). «Pues concluyendo, digo: ¿quién no se espantará viendo las nuevas maravillas y misericordias que Dios hace con esta gente?… Estos conquistadores y todos los cristianos amigos de Dios se deben mucho alegrar de ver una cristiandad tan cumplida en tan poco tiempo, e inclinada a toda virtud y bondad. Por tanto ruego a todos los que esto leyeren que alaben y glorifiquen a Dios con lo íntimo de sus entrañas; digan estas alabanzas que se siguen, según San Buenaventura: “Alabanza y bendiciones, engrandecimientos y confesiones, gracias y glorificaciones, sobrealzamientos, adoraciones y satisfacciones sean a vos, Altísimo Señor Dios Nuestro, por las misericordias hechas con estos indios nuevos convertidos a vuestra santa fe. Amén, Amén, Amén”» (II, 11, 283).

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Cristianismo y politica

Cristianismo y política

Joseph Ratzinger *

 

El Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no sólo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado [incluso “cristiano”]. El Estado no es la totalidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el totum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico. La supresión del totalitarismo estatal ha desmitificado al Estado, liberando la hombre político y a la política.

Pero cuando la fe cristiana, la fe en una esperanza superior del hombre, decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Aunque estas promesas se vayan obteniendo mediante el progreso y reivindiquen exclusivamente  para sí el concepto de progreso, son, sin embargo, históricamente consideradas, un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana, una vuelta hacia atrás en el camino de la historia. Y aunque vayan propalando como objetivo propio la liberación total del hombre, la eliminación de cualquier dominio sobre el hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su libertad, porque reducen el hombre a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte al Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política, es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud; es política mitológica.

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es realmente capaz de crear como orden de libertad y, de este modo, encontrar un criterio de discreción, consciente de que su expectativa superior está en manos de Dios. El rechazo de la esperanza que radica en la fe es, al mismo tiempo, un rechazo del sentido de la medida en la razón política. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad, que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mítica del paraíso inmanente y autárquico sólo puede conducir al hombre a la frustración; frustración ante el fracaso de sus promesas y ante el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa, hija de su propia fuerza y crueldad.

El primer servicio que presta la fe a la política es, pues liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre cosa difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda conciliación, sino en la misma conciliación donde está la moral de la actividad política.

A pesar de que los cristianos era perseguidos por el Estado romano, su posición ante el Estado no era radicalmente negativa. Reconocieron al Estado en cuanto Estado, tratando de construirlo como Estado según sus posibilidades, sin intentar destruirlo. Precisamente porque sabían que estaban en “Babilonia”, les servían las orientaciones que el profeta Jeremías había dado a los judíos deportados a Babilonia. La carta del profeta transcrita en el cap. 29 del libro de Jeremías no es ciertamente una instrucción para la resistencia política, para la destrucción del Estado esclavista, ni se presta a tal interpretación. Por el contrario, es una exhortación a conservar y a reforzar lo bueno. Se trata, pues, de una instrucción para la supervivencia y, al mismo tiempo, para la preparación de un porvenir nuevo y mejor. En este sentido, esta moral del exilio contiene también elementos de un ethos político positivo. Jeremías no incita a los judíos a la resistencia ni a la insurrección, sino que les dice: “Edificad casas y habitadlas. Plantad huertos y comed de sus frutos… Procurar la paz de la ciudad adonde os trasladé; y rogad por ella al Señor, porque en la paz de ella tendréis vosotros paz” (Jr. 29, 5-7).

Muy semejante es la exhortación que se lee en la carta de Pablo a Timoteo, fechada tradicionalmente en tiempos de Nerón: “(Rogad) por todos los hombres, por los emperadores y por todos los que están en el poder, a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y honestidad”. (1 Tm 2,2). En la misma línea se desarrolla la carta de Pedro con la siguiente exhortación: “Vuestro comportamiento entre los paganos sea irreprensible, a fin de que, por lo mismo  que os censuran como malhechores, reflexionando sobre las obras buenas que observan en vosotros, glorifiquen a Dios en el día del juicio”. (1 P 2,12). “Honrad a todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, honrad al rey” (1 P 2,17). “Ninguno de vosotros tenga que sufrir como homicida, o ladrón, o malhechor, o delator. Pero si uno sufre como cristiano, que no se avergüence; que glorifique más bien a Dios por este nombre”. (1 P 4,15 a)

¿Qué quiere decir todo esto? Los cristianos no eran ciertamente gente sometida angustiosamente a la autoridad, gente que no supiese de la existencia del derecho a resistir y del deber de hacerlo en conciencia. Precisamente esta última verdad indica que reconocieron los límites del Estado y que no se doblegaron en lo que no les era lícito doblegarse, porque iba contra la voluntad de Dios. Por eso precisamente resulta tanto más importante el que no intentaran destruir, sino que contribuyeran a regir este Estado. La antimoral era combatida con la moral, y el mal con la decidida adhesión al bien, y no de otra manera. La moral, el cumplimiento del bien, es verdadera oposición, y sólo el bien puede preparar el impulso hacia lo mejor. No existen dos tipos de moral política: una moral de la oposición y una moral del poder. Sólo existe una moral: la moral como tal, la moral de los mandamientos de Dios, que no se pueden dejar en la cuneta ni siquiera temporalmente, a fin de acelerar un cambio de situación. Sólo se puede construir construyendo, no destruyendo. Esta es la ética política de la Biblia, desde Jeremías hasta Pedro y Pablo.

El cristianismo es siempre un sustentador del Estado en el sentido de que él realiza lo positivo, el bien, que sostiene en comunión los Estados. No teme que de este modo vaya a contribuir al poder de los malvados, sino que está convencido de que siempre y únicamente el reforzamiento del bien puede abatir al mal y reducir el poder del mal y de los malvados. Quien incluya en sus programas la muerte de inocentes o la destrucción de la propiedad ajena no podrá nunca justificarse con la fe. Explícitamente es lo contrario a la sentencia de Pedro: “Pero jamás alguno de vosotros padezca por homicida o ladrón” (1 P 4,15); son palabras que valen también ahora contra este tipo de resistencia. La verdadera resistencia cristiana que pide Pedro sólo tiene lugar cuando el Estado exige la negación de Dios y de sus mandamientos, cuando exige el mal, en cuyo caso el bien es siempre un mandamiento.

De todo esto se sigue una última consecuencia. La fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizado, el mito del Estado paraíso y de la sociedad sin dominación ni poder. En su lugar ha implantado el realismo de la razón. Ello no significa, sin embargo, que la fe haya traído un realismo carente de valores: el de la estadística y la pura física social. El verdadero realismo del hombre se encuentra el humanismo, y en el humanismo se encuentra Dios. En la verdadera razón humana se halla la moral, que se alimenta de los mandamientos de Dios. Esta moral no es un asunto privado; tiene valor y resonancia pública. No puede existir una buena política sin el bien que se concreta en el ser y el actuar. Lo que la Iglesia perseguida prescribió a los cristianos como núcleo central de su ethos político debe constituir también la esencia de una actividad política cristiana: sólo donde el bien se realiza y se reconoce como bien puede prosperar igualmente una buena convivencia entre los hombres. El gozne sobre el que gira una acción política responsable debe ser el hacer valer en la vida pública el plano moral, el plano de los mandamientos de Dios.

Si hacemos así, entonces también podremos, tras el paso de los tiempos de angustia, comprender, como dirigidas a nosotros personalmente, estas palabras del Evangelio: “No se turbe vuestro corazón” (Jn. 14,1). “Porque por el poder de Dios estáis custodiados mediante la fe para vuestra salvación…”.

 

Fuente: Revista Católica Internacional Communio, 2ª. Época, Año 17, julio-agosto de 1995

http://www.mercaba.org

 
* Nació en Marktl am Inn (Baviera, Alemania) en 1927. Estudió en Freising y en la Universidad de Munich. Sacerdote en 1951. Profesor de teología fundamental en la Universidad de Bonn y de dogma e historia de los dogmas en la Universidad de Münster y posteriormente en la Facultad de teología de la Universidad de Ratisbona. Nombrado arzobispo de Munich y Freising en 1977 y creado cardenal ese mismo año. Actualmente es prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional.

 

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La integración de los sordomudos

La integración de los sordomudos

Aprender lenguaje de señas

Autor: María Cecilia Jaurrieta
jaula@ciudad.com.ar

http://san-pablo.com.ar/

Así como muchos estudian un idioma extranjero para comunicarse con otros de distinta lengua, a Cintia Guma se le ocurrió aprender lenguaje de señas.

Cintia está casada tiene una nena, Milagros y un bebé en camino. Es contadora. Nos recibió en su casa toda tapizada de juguetes.

Revista On line: ¿Cómo se te ocurrió estudiar lenguaje de señas?

Cintia: Desde chica me llamó la atención verlos en el colectivo comunicarse por este  lenguaje tan especial. Y así como a algunos se les da por estudiar Inglés, yo me enganché cuando una amiga que estudia guía de turismo para sordos me indicó un lugar donde hacerlo. Poco a poco me fui encariñando, al ver que uno los puede ayudar a integrarse.

ROL: ¿En qué medida te enriqueció este estudio?

Cintia: Uno descubre otras realidades… Aprende de la comunidad de los sordos que tienen una organización muy bien armada, ya que tienen las mismas posibilidades que los oyentes. Son muy perceptivos y muy cariñosos.

Cintia: Hace cuatro. Con dos años uno aprende lo básico para comunicarse. Pero seguí porque tengo la idea de ser intérprete. Esto te da la posibilidad de ser intérprete en un congreso, o en la televisión como es el caso de mi profesora actual.

ROL: ¿Hay turismo para sordos?

Cintia: Los sordos tienen numerosas asociaciones que los protegen, como la ASO, (Asociación de Sordos Oralistas), que son los que se comunican tanto en forma oral, leyendo los labios, como por lenguaje de señas. Ellos  organizan sus propios paseos y salidas.

ROL: ¿Sentís que ha mejorado la integración de los sordomudos?

Cintia: Yo creo que no. Si bien han conseguido un montón de cosas para su promoción, hay una barrera que es la imposición de la lengua oral sin darles la posibilidad de que usen el lenguaje de señas que es el más familiar. Creo que la mayoría que impone una forma de enseñanza oral le hace mal a la integración. En este momento hay una sola escuela que permite completar la enseñanza dada en forma oral con lenguaje de señas.

Una experiencia desde la “oralidad”

El Instituto Nuestra Señora de las Gracias, de la ciudad de Buenos Aires, tiene en su proyecto institucional la integración de personas con necesidades especiales. Hace unos años se matriculó una adolescente que había cursado la escuela primaria en el Instituto Oral Modelo, adonde se plantea la integración desde la “oralidad”. Con el gabinete psicopedagógico de esta institución se elaboraron las siguientes normas para los docentes. Estas sugerencias parten de la necesidad de que el alumno sordo tenga sus tiempos para poder interpretar por lectura de los labios las palabras del profesor.

Los si y los no en la relación docente alumno sordo en la escuela común

SI

  • Dejar que se ubique en los asientos delanteros
  • Asegurarse de que se retire del aula conociendo sus tareas para la próxima clase, fechas de pruebas, etc. Puede encargarse cada profesor o el preceptor o uno o varios compañeros.
  • Permitirle que copie simultáneamente los apuntes de su compañero de banco o que este utilice un carbónico para dejarle que le facilite al alumno sordo su apunte para fotocopiar. Organizar con los compañeros turnos rotativos para ello, para evitar el cansancio de estos.
  • Facilitarle apuntes o fotocopias de los contenidos, cuadros sinópticos, esquemas que el profesor explique. Si se pudiera hacer con anterioridad a la clase o al inicio de esta, le permitiría al alumno sordo seguir mejor las explicaciones del profesor.
  • Incluirlo en los grupos de estudio, podría ser en forma rotativa.
  • Ante la dificultad por parte del profesor, en comprender lo que expresa el alumno sordo, brindarle la posibilidad de que lo escriba (lecciones, respuesta a preguntas, etc)
  • Instrumentar recursos para que el alumno sordo, en caso de inasistencia a clase, reciba la información necesaria respecto de las tareas a cumplir

Ej. Suministrarle los teléfonos de sus compañeros para que algún familiar pueda comunicarse con ellos. Si los padres son sordos ver la posibilidad de enviárselos por fax o  de que alguien se lo alcance a su domicilio.

NO
  • Obligarlo a sentarse adelante (puede que con el tiempo y experiencia desee  hacerlo)
  • Exponerlo a dictados. Pensemos que el alumno sordo necesita  hacer lectura labial. No puede tomar nota basándose en su vía auditiva.
  • Temer hacerle repetir si no se le entiende
  • Temer pedirle que escriba sus mensaje
  • Evitar hacerlo participar por temor a no entenderlo
  • Temer verificar si realmente comprendió
  • Conformarse con sus señales de asentimiento. No siempre puede seguir por lectura labial lo que el profesor dice durante toda la hora de clase y menos aún durante toda la jornada escolar. ( Profesores no entrenados, gran cantidad de alumnos, esfuerzo del alumno sordo para decodificar el mensaje, cansancio…).
  • Instituto de Lenguas de señas Argentino – Viamonte 2367 – T.E. 4951-2092
  • Instituto Oral Modelo- Tte. Gral. Perón 2239 – 4951 3300

Disfrutar el desafío

 

 

  • Instituto de Lenguas de señas Argentino – Viamonte 2367 – T.E. 4951-2092

 

  • Instituto Oral Modelo- Tte. Gral. Perón 2239 – 4951 3300

 

Categorías:Discapacidad

EL ANIMADOR CATÓLICO EN LAS COMUNIDADES CRISTIANAS RURALES: IDENTIDAD Y MISION

CARTA PASTORAL

EL ANIMADOR CATÓLICO EN LAS COMUNIDADES CRISTIANAS RURALES: IDENTIDAD Y MISION

http://amerindiaenlared.org/upload/noticias/display_1375191033_attach19.jpg


A todos los sacerdotes, religiosos y religiosas y, muy especialmente, a los Animadores de las comunidades cristianas rurales de nuestra Prelatura de Moyobamba.

¡Gracia y paz!

Introducción

¿Quién es un Animador?

  1. El Animador es un fiel cristiano laico
  2. El Animador está llamado a santificarse en el mundo
  3. El sacerdocio ministerial es insustituible.
  4. Funciones del Animador

La misión del Animador

  1. Necesidad de una terminología apropiada
  2. La predicación de la Palabra y la catequesis
  3. Las celebraciones dominicales sin presbítero.
  4. La pastoral juvenil
  5. La pastoral vocacional
  6. La pastoral matrimonial y familiar
  7. El apostolado para los enfermos
  8. La animación de la celebración de las exequias.
  9. Necesaria selección y formación del Animador

Conclusión

INTRODUCCIÓN

«El Reino de los Cielos es semejante a un propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia las nueve de la mañana, vio otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”» (Mt. 20, 1-4).

Del Señor nace la urgente y amorosa llamada dirigida a todos sus discípulos para que participen activamente en su misión de anuncio del Evangelio y edificación del Pueblo de Dios, en una comunión de mente y corazón, según los diversos ministerios y carismas.

El eco de esta llamada del Señor continúa en la Iglesia y se transmite en sus enseñanzas a través del Magisterio, sobre todo del Concilio Ecuménico Vaticano II (Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 33; Decreto Apostolicam actuositatem, 24).

Obispos de todo el mundo reunidos en Asambleas generales han reafirmado la identidad de los fieles laicos, en la común dignidad y en la diversidad de funciones propias, y se ha estimulado a todos los fieles a edificar la Iglesia colaborando en comunión para la salvación del mundo.

Es necesario tener presente la urgencia y la importancia de la acción apostólica de los fieles laicos en el presente y en el futuro de la evangelización. La Iglesia no puede prescindir de esta obra, porque le es connatural, en cuanto Pueblo de Dios, y porque tiene necesidad de ella para realizar la propia misión evangelizadora.

La llamada a la participación activa de todos los fieles en la misión de la Iglesia ha sido atendida por muchos. «El Espíritu ha seguido rejuveneciendo la Iglesia suscitando nuevas energías de santidad y de participación en tantos fieles laicos. Ello queda testificado por la participación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis; por los múltiples servicios y tareas confiadas a los fieles laicos y por ellos asumidas; por la participación más amplia y significativa de las mujeres en la vida de la Iglesia y en el desarrollo de la sociedad» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifidelis laici, 2).

Se tiene así una colaboración de los fieles laicos en los dos ámbitos de la misión de la Iglesia: en el espiritual, de llevar el mensaje de Cristo y de su gracia a los hombres, y en el temporal, de perfeccionar el orden de las realidades seculares con el espíritu del Evangelio.

Especialmente en el ámbito de la evangelización y de la santificación, el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral se complementan mutuamente. En él, los fieles laicos, de ambos sexos, tienen innumerables ocasiones de hacerse activos, con el coherente testimonio de vida personal, familiar y social, con el anuncio del evangelio de Cristo en todo ambiente y con el compromiso de difundir, defender y aplicar los principios cristianos a los problemas actuales.

Invito a todos los sacerdotes y religiosas de nuestra Prelatura a reconocer, promover y agradecer las tareas y las funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación y, para muchos de ellos, también en el Matrimonio.

Dentro del trabajo específicamente espiritual existe un campo más especial, que se relaciona con el sagrado ministerio de los pastores, en el cual pueden ser llamados a colaborar los fieles laicos, hombres y mujeres. Así lo refiere el Concilio Vaticano II, cuando dice: «La jerarquía encomienda a los seglares ciertas funciones que están más estrechamente unidas a los deberes de los pastores, como, por ejemplo, en la exposición de la doctrina cristiana, en determinados actos litúrgicos y en la cura de almas» (Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 24)

Y, porque se trata de tareas íntimamente relacionadas con los deberes de los pastores, se exige de todos nosotros la debida atención para que se salvaguarden bien la naturaleza y la misión del sagrado ministerio, así como la vocación y la índole secular de los fieles laicos. Colaborar no significa sustituir.

Debemos constatar, con viva satisfacción y alegría, que en nuestra Prelatura la colaboración de los fieles laicos con el ministerio pastoral de los sacerdotes se desarrolla de manera bastante positiva.

Algunos miembros de nuestra iglesia, a los que llamamos Animadores, se ocupan con solicitud de remediar, en la medida que les es posible, situaciones de emergencia y necesidades crónicas en muchas comunidades rurales. Tales fieles son  llamados y delegados para asumir tareas precisas, tan importantes cuanto delicadas, sostenidos por la gracia del Señor, acompañados por los sagrados ministros y bien acogidos por las comunidades en favor de las cuales prestan el propio servicio.

Los sagrados pastores de la Prelatura de Moyobamba agradecemos profundamente la generosidad con la cual numerosos fieles laicos se han ofrecido y se ofrecen para este específico servicio, desarrollado con un fiel sentido de Iglesia y edificante dedicación. Nuestra más sentida y fervorosa oración por aquellos que ya partieron a la casa del Padre. Particular gratitud y estímulo van a cuantos asumen estas tareas como Animadores católicos en nuestra iglesia particular, en los ambientes rurales de misión, donde la Iglesia aún está escasamente radicada, y la presencia del sacerdote es sólo esporádica.

¿QUIÉN ES EL ANIMADOR?

  1. El Animador es un fiel cristiano laico

Los fieles cristianos somos todos aquellos que, incorporados a Cristo mediante el Bautismo, hemos sido constituidos miembros del Pueblo de Dios; hemos sido hecho partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y somos llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia. Entre todos nosotros hay una verdadera igualdad en nuestra dignidad de hijos de Dios.

En la Iglesia, por institución divina, hay ministros sagrados, que han recibido el sacramento del Orden (obispos, presbíteros y diáconos) y forman la jerarquía de la Iglesia. A los demás fieles cristianos se les llama laicos. De unos y otros provienen fieles que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad, pobreza y obediencia, a los que llamamos religiosos.

Los fieles cristianos laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales del mundo según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados.

Los fieles cristianos laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo.

El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, «aunque diferentes esencialmente y no sólo de grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, n.

  1. ) La diferencia esencial entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial está en el modo de participación del sacerdocio de Cristo y es esencial en el sentido que «mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal —vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu— el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1547).

Los fieles cristianos laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Concilio Vaticano II Constitución Lumen Gentium, 35).

Los fieles cristianos laicos participan en la misión real de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos que ejercen los diversos ministerios al servicio de la comunidad, van impregnando de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad, iluminándolas y ordenándolas según Dios para que Él sea el verdadero Rey del universo

  1. El Animador está llamado a santificarse en el mundo

La gran dignidad de los fieles cristianos laicos se manifiesta en plenitud cuando éstos se toman en serio su primera y fundamental vocación: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad.

Esta llamada no es una simple exhortación moral, sino una exigencia de nuestra pertenencia a la Iglesia. Ella es el Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza, que es Cristo. El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María, es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre.

Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos volvamos a emprender el camino de la renovación que nos trae el Evangelio, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1 P 1, 15). Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia.

Hoy son tiempos difíciles, hoy es tiempo de renovación en la Iglesia, y todos los cristianos, también los Animadores, están llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia: Todos los fieles de cualquier estado y condición estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana ya la perfección de la caridad; todos los fieles estamos invitados y debemos tender a la santidad y a la perfección en el propio estado.

La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo. Revestidos de Jesucristo y saciados por su Espíritu, los cristianos somos «santos», y por eso quedamos capacitados y comprometidos a manifestar la santidad de nuestro ser en la santidad de todo nuestro obrar. La vida de santidad suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren.

La vocación de los Animadores a la santidad implica que la vida cristiana tiene que notarse en sus asuntos temporales y en su participación en las actividades terrenas. Ellos deben santificarse en la atención a su familia, en la vida profesional y  social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los Animadores deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándolos a la comunión con Dios en Cristo.

Los Animadores, al mismo tiempo que participan de las realidades temporales, su vocación a la santidad está ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad que se les confía en la Iglesia y en el mundo. La misma santidad vivida representa ya la aportación primera y más importante a la edificación de la Iglesia.

La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el Espíritu.

  1. El sacerdocio ministerial es insustituible.

Las funciones del ministerio ordenado se resumen en tres: función de enseñar, santificar y gobernar a los fieles, que son siempre ejercicio de la función de Cristo, Cabeza de la Iglesia, Maestro, Sacerdote y Pastor, y constituyen la sustancia del ministerio pastoral.

El sacerdocio ministerial es necesario a la existencia misma de la Iglesia: «no se debe pensar en el sacerdocio ordenado como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si ésta pudiera concebirse como constituida ya sin este sacerdocio» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 16).

Si en la comunidad llega a faltar el sacerdote, ella se encuentra privada de la presencia y de la función sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, esencial para la vida misma de la comunidad eclesial. El sacerdocio ministerial es, por tanto, absolutamente insustituible.

  1. Funciones del Animador

Sólo en algunas de esas funciones: enseñar, santificar y gobernar a los fieles, y en cierta medida, pueden colaborar con los pastores los fieles laicos, y en concreto nuestros Animadores, si son llamados a dicha colaboración por el Obispo y en las debidas formas. «El ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor: en realidad no es la tarea la que constituye un ministro, sino la ordenación sacramental. Solo el Sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado de los Obispos y presbíteros una peculiar participación en el oficio de Cristo Cabeza y Pastor y en su sacerdocio eterno. La función que se ejerce en calidad de suplente, adquiere su legitimación, inmediatamente y formalmente, de la delegación oficial dada por los pastores, y en su concreta actuación es dirigido por la autoridad eclesiástica» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Chritifidelis laici, n. 23).

Es necesario reafirmar esta doctrina porque algunas prácticas tienden a sustituir con laicos la carencia de ministros ordenados en el seno de la comunidad, y en algunos casos, han podido influir sobre una idea que tergiversa la índole y el significado específico del sacerdocio común de los fieles.

En los documentos conciliares se considera la directa colaboración de fieles no ordenados en las tareas específicas de los pastores. «Cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exige, los pastores pueden confiar a los fieles no ordenados, según las normas establecidas por el derecho universal, algunas tareas que están relacionadas con su propio ministerio de pastores pero que no exigen el carácter del Orden» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 23).

LA MISIÓN DEL ANIMADOR

  1. Necesidad de una terminología apropiada

El Papa beato Juan Pablo II en el Discurso dirigido a los participantes en el Simposio sobre «Colaboración de los fieles laicos en el ministerio presbiteral», subrayó la necesidad de aclarar y distinguir las varias acepciones que el término «ministerio» ha asumido en el lenguaje teológico y canónico.

  1. «Desde hace un cierto tiempo se ha introducido el uso de llamar ministerio a los oficios y las funciones ejercidos por los fieles no ordenados, en virtud del sacerdocio bautismal. Es necesario reconocer que el lenguaje se hace incierto, confuso y, por lo tanto, no útil para expresar la doctrina de la fe, porque se ofusca la diferencia ‘de esencia y no sólo de grado’ que media entre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ordenado». (Juan Pablo II, Discurso al Simposio sobre «Colaboración de los fieles laicos al Ministerio presbiteral», n. 3) Es más correcto llamar ministerio a los oficios y a las funciones ejercidos por los Pastores en virtud del sacramento del Orden.
  2. Los oficios y funciones encomendados a los Animadores son fruto de una delegación de la Iglesia.
  3. El Animador puede asumir la denominación general de «ministro extraordinario», sólo y cuando es llamado por el Obispo a cumplir, únicamente en función de suplencia, los encargos encomendados. Naturalmente puede ser utilizado el término concreto con que canónicamente se determina la función confiada, por ejemplo, catequista, acólito, lector, animador, cantor, comentador, etc.

No es lícito por tanto, que los Animadores asuman, por ejemplo, la denominación de «pastor», «capellán», «coordinador», «moderador», «guía de la comunidad», «responsable de la comunidad», o de títulos semejantes que podrían confundir su función con aquella del Pastor, que es únicamente el obispo y el presbítero.

  1. La predicación de la Palabra y la catequesis
  2. Los Animadores participan, según su propia índole laical, en la función profética de Cristo, son constituidos sus testigos y proveídos del sentido de la fe y de la gracia de la palabra. Todos son llamados a convertirse, cada vez más, en heraldos eficaces «de lo que se espera» (Heb 11, 1). Hoy, la obra de la catequesis, en particular, mucho depende de su compromiso y de su generosidad al servicio de la Iglesia.

Por tanto, los Animadores pueden ser llamados a colaborar, en los modos legítimos, en el ejercicio del ministerio de la palabra «En virtud del bautismo y de la confirmación, los fieles laicos  son testigos del anuncio evangélico con su palabra y el ejemplo de su vida cristiana; también pueden ser llamados a cooperar con el Obispo y con los presbíteros en el ejercicio del ministerio de la palabra. Han de formarse los catequistas en escuelas destinadas a este fin o, donde no las haya, bajo la dirección de los misioneros» (C.I.C., cann. 759; 785, § 1).

  1. Los Animadores pueden predicar en una iglesia o capilla «si en determinadas circunstancias hay necesidad de ello, o si, en casos particulares, lo aconseja la utilidad, según las prescripciones de la Conferencia Episcopal» (C.I.C. can. 766)
  2. En nuestras circunstancias, por la escasez de ministros sagrados en determinadas zonas de nuestra Prelatura, se presentan casos en los que se manifiestan permanentemente situaciones objetivas de necesidad o de utilidad, en tales casos se les confía a los Animadores la predicación de la Palabra.
  3. Tenemos la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades rurales un proceso de iniciación cristiana serio y suficientemente prolongado, que comience por el kerigma y conduzca a un encuentro personal con Jesucristo, que lleve a la persona a la conversión, al seguimiento de Jesús en la Iglesia y a una maduración de la fe en la práctica de los sacramentos, el servicio y la misión para la transformación del mundo. Así se forja la identidad cristiana.

Este proceso supone en todos los animadores y catequistas unas actitudes pastorales nuevas, pues hemos de estar dispuestos a asumir con confianza una renovación en el modo de dar la catequesis. Aparecida dice a este respecto: “Proponemos que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana sea asumido en todo el continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir en la vida c r i s t i a n a , y c o m o l a c a t e q u e s i s b á s i c a y fundamental” (Aparecida, 294).

  1. Las celebraciones dominicales sin presbítero.
  2. En muchos lugares de nuestra Prelatura, las celebraciones dominicales son guiadas, por la falta de presbíteros o diáconos, por los Animadores (Cfr. C.I.C., can. 1248, §§ 2.). Este servicio, válido cuanto delicado, es desarrollado según el espíritu y las normas específicas emanadas por la competente Autoridad eclesiástica. Para animar las mencionadas celebraciones el Animador deberá tener un especial mandato del Obispo, el cual pondrá atención en dar las oportunas indicaciones acerca de la duración, lugar, las condiciones y el presbítero responsable.
  3. «Tales celebraciones, cuyos textos deben ser los aprobados por la competente Autoridad eclesiástica, se configuran siempre como soluciones temporales. Está prohibido meter en su estructura elementos propios de la liturgia sacrificial, sobre todo la «plegaria eucarística», aunque sea en forma narrativa, para no engendrar errores en la mente de los fieles» (Sagrada Congregación para el Culto Divino, Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero Christi Ecclesia n. 35).
  4. La homilía, forma eminente de predicación, es parte de la misma liturgia. La homilía fuera de la Santa Misa puede ser pronunciada por los Animadores según lo establecido por el derecho o las normas litúrgicas y observando las cláusulas allí contenidas.
  5. En las ceremonias litúrgicas, guiadas por los Animadores, éstos no deben usar ornamentos reservados a los sacerdotes o a los diáconos (estola, casulla, dalmática).
  6. La pastoral juvenil.

Los jóvenes y adolescentes constituyen la gran mayoría de la población en la Región San Martín. Ellos son el futuro de la Iglesia y de nuestro pueblo. Son un gran potencial como discípulos y misioneros. En nuestras comunidades rurales necesitamos impulsar la pastoral de los adolescentes y jóvenes, que garantice su perseverancia y el crecimiento en la fe. Una pastoral que asegure una formación integral que abarque las dimensiones humana, espiritual, doctrinal y la proyección apostólica y misionera.

Los Animadores propongan a los jóvenes el encuentro con Jesucristo vivo y su seguimiento en la Iglesia, introduciéndoles gradualmente en la oración personal, en la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, y el apostolado. Propónganles una opción vocacional específica: sacerdocio, vida consagrada, matrimonio. Así mismo, hemos de ayudarles a formarse para la acción social, cultural y política, conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, haciendo propia la opción preferencial por los pobres y necesitados.

Para sentirnos corresponsables, para ahorrar fuerzas y energías en el trabajo pastoral con los jóvenes, les propongo a los Animadores de la Prelatura un proyecto de pastoral juvenil que consiste en aceptar la propuesta que nos hacen la Obras Misionales Pontificias a través del método de la Infancia Misionera (para niños y adolescentes) y su prolongación en la Juventud Misionera (para jóvenes).

  1. La pastoral vocacional

Si el ministerio sacerdotal es insustituible en la Iglesia, si la escasez numérica de sacerdotes es especialmente grave en nuestra Prelatura, la solución propuesta para la escasez de ministros ordenados sólo puede ser una prioridad pastoral específica: la promoción de las vocaciones sacerdotales. Llegamos así, a la conclusión de la necesidad de una pastoral vocacional en nuestra Prelatura que sea diligente, fundamentada en la oración humilde y perseverante al Señor, bien organizada y permanente para dar a la Iglesia los necesarios ministros, como también a la necesidad de reservar una cuidadosa formación a los jóvenes que, en los seminarios, se preparan para recibir el presbiterado. Otra solución para enfrentar los problemas que se derivan de la carencia de sagrados ministros resultaría precaria.

El deber de fomentar las vocaciones sacerdotales y cuidar las que ya tenemos afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo ante todo con una vida plenamente cristiana. Los Animadores y todos los fieles somos corresponsables en el contribuir a fortalecer las respuestas positivas a la vocación sacerdotal, con nuestra oración y una mayor fidelidad en el seguimiento de Cristo.

  1. La pastoral matrimonial y familiar.

Una atención especial se ha de prestar también a esta pastoral, especialmente necesaria en un momento histórico como el presente. En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer, relación recíproca y total, única e indisoluble, responde al proyecto primitivo de Dios. En el matrimonio, elevado a la dignidad de Sacramento, se expresa además el « gran misterio » del amor esponsal de Cristo a su Iglesia (Ef 5,32). En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, costumbre o modo de vida, que se queda en la mera unión o convivencia entre el varón y la mujer. Conviene más bien procurar que, mediante una educación cristiana cada vez más completa, los jóvenes matrimonios ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos. La familia cristiana debe ser escuela de la fe para todos sus miembros, los padres cristianos ha de ser los primeros catequistas de sus hijos con el ejemplo de su vida.

Es importante cuidar esta pastoral como un medio de evangelización y renovación de la vida cristiana de los que se preparan para contraer matrimonio.

Pero la pastoral familiar no termina con la preparación pre­matrimonial, es el inicio. Ayudar a vivir los fines y condiciones esenciales del matrimonio a los que se comprometieron, recordar sus fundamentos, ser iglesia doméstica y luz en la sociedad, es tarea de los Animadores y de la misma Prelatura.

  1. El apostolado para los enfermos

En este campo los Animadores pueden aportar una preciosa colaboración. Son innumerables los testimonios de obras y gestos de caridad que los Animadores en muchas de nuestras parroquias, bien individualmente o en formas de apostolado comunitario, tienen hacia los enfermos. Ello constituye una presencia cristiana de primera línea en el mundo del dolor y de la enfermedad.

Allí donde los Animadores acompañan a los enfermos en los momentos más graves es para ellos deber principal suscitar el deseo de los Sacramentos de la Penitencia y de la sagrada Unción, favoreciendo las disposiciones y ayudándoles a preparar una buena confesión sacramental e individual, como también a recibir la Santa Unción. En el hacer uso de los sacramentales, los Animadores pondrán especial cuidado para que sus actos no induzcan a percibir en ellos aquellos sacramentos cuya administración es propia y exclusiva del Obispo y del Presbítero. En ningún caso, pueden hacer la unción aquellos que no son sacerdotes, ni con óleo bendecido para la Unción de los Enfermos, ni con óleo no bendecido.

  1. La animación de la celebración de las exequias.

El momento de la muerte constituye una de las más oportunas ocasiones para un encuentro directo de los Animadores con los fieles y las familias de sus comunidades.

Por tanto, es recomendable que, aunque con sacrificio, los Animadores asistan y guíen personalmente los ritos fúnebres según las normas litúrgicas para el caso (Cfr. Ordo Exsequiarum, praenotanda, n. 19.) y las más laudables costumbres locales, como son los velorios, para orar convenientemente por los difuntos, acercándose a las familias y aprovechando para una oportuna evangelización.

Los Animadores pueden animar las exequias eclesiásticas sólo en caso de verdadera falta de un ministro ordenado y para tal función deberán ser bien preparados por sus párrocos, en el aspecto doctrinal y litúrgico.

  1. Necesaria selección y formación del Animador

Es deber del Obispo prelado y del párroco procurar que la persona que va a ser Animador sea de sana doctrina y ejemplar conducta de vida. No pueden, por tanto, ser admitidos al ejercicio de estas tareas aquellos católicos que no llevan una vida digna, no gozan de buena fama, o se encuentran en situaciones familiares no coherentes con la enseñanza moral de la Iglesia. Además, la persona debe poseer la formación debida para el adecuado cumplimiento de las funciones que se le confían.

Es necesario que los Animadores perfeccionen sus conocimientos frecuentando los cursos de formación que las parroquias organizan, teniendo gran cuidado que la doctrina enseñada sea conforme al magisterio eclesial y que el clima sea verdaderamente espiritual y fraterno.

CONCLUSIÓN

Confío la presente carta al celo pastoral de los párrocos de nuestra Prelatura y a todos los sacerdotes y religiosas, en la confianza que su aplicación produzca frutos abundantes para el crecimiento, en la comunión, entre los sagrados ministros y los Animadores.

Como recordó el Santo Padre Juan Pablo II, «es necesario reconocer, defender, promover, discernir y coordinar con sabiduría y determinación el don peculiar de todo miembro de la Iglesia, sin confusión de papeles, de funciones o de condiciones teológicas y canónicas» (Discurso al Simposio sobre «Colaboración de los laicos en el ministerio pastoral de los presbíteros», n. 3).

Recordamos, valoramos y agradecemos la ingente labor hecha por nuestros antecesores, que ante la situación local de falta o de escasez de ministros sagrados crearon soluciones generosas e inteligentes, llamando a muchos fieles laicos, hombres y mujeres, de todas las partes de la Prelatura, a implicarse en la animación de las comunidades cristianas, que emergían por doquier en el amplio territorio prelatural, fruto de la tremenda inmigración que se dio a partir de los años setenta del pasado siglo. Y crearon para la formación y capacitación de los Animadores una hermosa red de centros pastorales.

Esta carta pretende trazar precisas directivas para asegurar la eficaz colaboración de los Animadores con los sacerdotes, en la actual situación de contingencia y en el respeto a la integridad del ministerio de los pastores de la Iglesia.

Su recta aplicación ayudará a los mismos Animadores a una disponibilidad siempre más grande para vivirla en el cumplimiento de la propia misión.

La apasionada recomendación que el Apóstol San Pablo dirige a Timoteo, «Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús, proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta, vigila atentamente, desempeña a la perfección tu ministerio» (2 Tim. 4, 1-5), nos interpela de modo especial a los Pastores, llamados a desarrollar la propia tarea de promover la disciplina común a toda la Iglesia.

Con una mirada iluminada por la fe descubrimos un grandioso panorama: el de tantos y tantos Animadores, a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; atacados por los falsos pastores que nos rodean; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre; hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices, por la fuerza de la gracia de Dios, del crecimiento del Reino de Dios en la pequeña historia de nuestra Prelatura.

La Virgen María, Madre de la Iglesia, a cuya intercesión nos confiamos, nos ayude a todos, pastores y fieles a ser fecundos en el ejercicio de la misión que se nos confía.

Oh Virgen Inmaculada,

Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,

con alegría y admiración

nos unimos a tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracias a Dios,

por la espléndida vocación y por la multiforme misión

confiada a nuestros Animadores,

llamados por Dios a vivir en comunión de amor

y de santidad con Él

y a estar fraternalmente unidos

en la gran familia de los hijos de Dios,

enviados a irradiar la luz de Cristo

y a comunicar el fuego del Espíritu

por medio de su vida auténticamente cristiana.

Santa María,

llena sus corazones de reconocimiento y entusiasmo por esta vocación y por esta misión.

Tú que has sido, con humildad y magnanimidad,

«la esclava del Señor»,

danos tu misma disponibilidad para el servicio de Dios y para la salvación del mundo.

Abre nuestros corazones

a las inmensas perspectivas

del Reino de Dios y del anuncio del Evangelio

a toda criatura en la Prelatura de Moyobamba.

Virgen valiente,

inspira en nosotros fortaleza de ánimo y confianza en Dios,

para que sepamos superar todos los obstáculos que encontremos en el cumplimiento de nuestra misión. Enséñanos a tratar las realidades del mundo con un vivo sentido de responsabilidad cristiana.

Tú que junto a los Apóstoles

has estado en oración en el Cenáculo

esperando la venida del Espíritu,

invoca su renovada efusión

sobre todos los animadores, hombres y mujeres,

para que correspondan plenamente a su vocación y misión.

Virgen Madre,

guíanos y sostennos para que vivamos siempre

como auténticos hijos e hijas de la Iglesia y podamos contribuir a establecer sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria.

Amén.

Con mi afecto y bendición

Moyobamba, 2 de febrero de 20l4 Fiesta de la Presentación del Señor

+ Rafael Escudero López-Brea Obispo Prelado de Moyobamba

Categorías:Dinamicas

REFLEXIONES DE UN VIEJO SOBRE EL APOSTOLADO LAICAL

REFLEXIONES DE UN VIEJO SOBRE EL APOSTOLADO LAICAL

http://jesushercri83.blogspot.mx/p/apostolado-laical.html

 

Durante mi niñez recibí catequesis de parte de un cura de pueblo, y como entonces se llevaba aprender el catecismo de memoria , eso es lo que me enseñaron, y no me quejo de ello. La niñez es la edad en que admitimos como bueno y verdadero, sin previo examen, lo que dicen los mayores.

Mas tarde, en la década de los cincuenta, era yo quien enseñaba catecismo a los más pequeños, y el evangelio a los jóvenes en Acción Católica. Lógicamente transmitía lo que yo había recibido, una fe infantil, nada pensada y nada argumentada. Después ingresé en las filas del Movimiento Familiar Cristiano, y entre los matrimonios cristianos que nos juntábamos intentábamos hacer apostolado diciendo siempre lo mismo que habíamos aprendido en la niñez y en la juventud.

Hoy, ya viejo, formo parte de un movimiento de apostolado de mayores para mayores, y seguimos predicando y practicando la misma fe infantil que aprendimos en la niñez, y que practicamos en la juventud y en la adulted, y queremos transmitirla como nos la transmitieron a nosotros hace 60 años.

Si apostolado es, como yo lo entiendo, una invitación que hacemos a otros a aceptar la doctrina de Cristo como verdadera, lo principal del apostolado será explicar al otro cual es esa doctrina y por qué creemos que es verdadera. Entiendo que esto es lo que hicieron Cristo y los apóstoles. Explicaban su doctrina dando razones o motivos convincentes por los cuales decían que era verdadera. Las razones que Cristo aducía eran que Él era Hijo de Dios, e intentaba demostrarlo con hechos. Las razones de los apóstoles eran que ellos habían recibido esas enseñazas del mismo Cristo, y que ese Cristo era Dios, porque ellos habían visto que en esta vida se comportaba como un Dios y no como un simple hombre, y que después de morir en la cruz lo habían visto resucitado y habían hablado con Él, demostrando con esto:

  1.  que su doctrina es verdadera;
  2.  que hay otra vida después de la muerte, y
  3.  que esa vida después de la muerte es diferente a esta, ya que Él después de haber muerto tenía una naturaleza diferente a la que tenía antes de morir.

 

Cristo y los apóstoles convencían porque daban motivos o razones por las cuales resultaba lógico creer lo que decían. Este, entiendo yo, que es el verdadero apostolado: Explicar qué es lo que creemos y por qué creemos y hacemos lo que creemos y hacemos.

¿Es este el apostolado que hemos estado haciendo los laicos católicos? Sinceramente no lo se ni tengo capacidad para juzgar que es lo que hacen los demás. Somos muchos los que estamos metidos en estas guerras, y me imagino que habrá de todo, pero por lo que a mi respecta, y por lo que podido observar en muchos que están a mi alrededor, creo que no hemos ido en esa línea. Mas bien nos hemos limitado a intentar promocionar sentimientos de humanitarismo, a dar ejemplo de buenas personas, a promocionar eso que nosotros llamamos amor al prójimo, y que los ateos llaman, compartir, solidaridad y honestidad, valores de los que muchas veces dan ellos mejor ejemplo que nosotros. Creo que en nuestro apostolado hemos estado confundiendo ser buena persona con ser buen cristiano, y nos hemos conformado con hacer una sociedad de buenas personas en vez de intentar hacer buenos cristianos. Para ser buen cristiano se necesita un Dios, para ser buena persona no, y eso es lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, que se esta desterrando a Dios porque para ser buenos ya no nos hace falta, ni a los ateos ni a los creyentes, a menos que lo necesitemos para pedirle ayuda en casos de dificultad. Jehercri

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Apostolicidad de la Iglesia y apostolado de los fieles laicos

Apostolicidad de la Iglesia y apostolado de los fieles laicos

Philip Goyret

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

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«La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado» (Apostolicam Actuositatem-AA- 2,1): he aquí una afirmación conciliar de gran envergadura, que impregna poco a poco, pero sin pausa, todo el entramado eclesial actual de la Iglesia. El derecho y el deber de cada cristiano de participar activamente en la tarea de evangelización no procede de un hipotético mandato emitido por una autoridad humana, sino del sencillo y sublime evento bautismal. Con el carácter bautismal, en efecto, el fiel adquiere el sacerdocio común, con su triple función profética, sacerdotal y real.

Sin embargo, los bautizados no desempeñan su misión evangelizadora de modo anárquico, como si cada uno actuara por su cuenta, sin relación alguna con la actividad de los demás. El Evangelio que se ha de transmitir, en efecto, es un Evangelio recibido, un don gratuito: tiene un contenido salvador, del cual el fiel nunca será dueño. La difusión del Evangelio, como obra confiada también a los fieles laicos, se ha de realizar en fidelidad al Evangelio mismo, y de él surgen los criterios y las orientaciones para la misión, dentro de los cuales encuentra espacio la legítima y fecunda espontaneidad del apostolado de los laicos.

En este contexto, existe el peligro de considerar a la Iglesia exclusivamente como una institución que recibió, desde lo alto, el mandato de custodiar y difundir el Evangelio: ya sea dando a los cristianos como alimento el Evangelio, que ellos, a su vez, han de difundir; ya sea realizando la misión en primera persona a través de sus Pastores; ya sea vigilando para que nadie traspase los límites permitidos. Desde el punto de vista de los fieles laicos, está visión de la evangelización puede resultar algo empobrecedora, como si la Iglesia no fuera más que una especie de surtidor de combustible o un cuerpo de vigilantes, que tienen como oficio mantener el «tráfico misionero» en movimiento, con fluidez y dentro de la calzada oportuna.

Es conveniente, en cambio, tomar conciencia de que la responsabilidad de los fieles laicos en la evangelización se debe a dos causas concomitantes: su condición cristiana y su condición eclesial. Para estos fieles la Iglesia no es solo una institución que proporciona servicios pastorales y de vigilancia, sino una realidad constitutiva de su ontología espiritual y misionera. Es decir, también el hecho de que ellos (los laicos) son Iglesia es fuente de su impulso misionero y determina la modalidad de su actuación. El apostolado de los laicos, en definitiva, es siempre un apostolado eclesial, tanto en su forma personal, como en la forma asociada o de cooperación con la jerarquía.

Todo esto tiene un fundamento sólido en la doctrina conciliar, que conviene poner debidamente en evidencia. Es preciso, además, sacar las consecuencias, mostrando cómo la apostolicidad de toda la Iglesia, la que proclamamos en el símbolo niceno-constantinopolitano, se vierte en la misión apostólica que los laicos desempeñan. Todo esto se ha de manifestar también en el terreno del apostolado específico de los laicos, en el contexto de las más amplias relaciones Iglesia-mundo. Queda así perfilada la estructura de este estudio, que concluirá resaltando algunas consecuencias que conciernen a la relación entre secularidad y comunión eclesial.

Naturaleza «eclesial» de la misión de los fieles

«La Iglesia peregrinante es por su naturaleza misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre» (AG 2,1): con estas solemnes palabras se abre el Decreto conciliarAd Gentessobre la actividad misionera de la Iglesia, todo el documento queda en perspectiva trinitaria. La Iglesiain terrises contemplada como la prolongación en la historia humana de la misión visible del Hijo y del Espíritu Santo; el acto por el cual Dios se comunica a las criaturas se cumple por medio de las misiones del Hijo y del Espíritu, que, a su vez, se remontan a las procesiones trinitarias1. Durante nuestra peregrinación en la tierra, por lo tanto, el ser eclesial es un ser misionero, de modo que quien participa en esta eclesialidad participa también en su aspecto misionero.

Esta perspectiva trinitaria de la misión eclesial, enunciada en los nn. 2-4 del Decreto Ad gentes, es en realidad una consecuencia necesaria de la perspectiva trinitaria de la entera comunión eclesial, así como la describen los nn. 2-4 de la Const. Lumen gentium(LG). En este último documento, en efecto, se citan unas palabras de San Cipriano: «Así se manifiesta toda la Iglesia como “una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”» (LG 4,2). La comunión eclesial es, en definitiva, una participación en la comunión intra trinitaria; y la misión eclesial es concebida como la dimensión dinámica, in terris, de la comunión divina2.

Este mismo contexto teológico permite esclarecer la dimensión eclesial de la salvación, que el Decreto Ad gentes(AG) pone al inicio mismo del texto, como elemento de referencia obligada: «plugo a Dios llamar a los hombres a la participación de su vida no sólo en particular, excluido cualquier género de conexión mutua, sino constituirlos en pueblo, en el que sus hijos que estaban dispersos se congreguen en unidad (Cf.Jn11,52)» (AG 2,2). Según el designio de Dios, por tanto, los hombres se salvan in Ecclesia, sin que esto elimine, naturalmente, la dimensión personal de la salvación («no sólo en particular… sino en pueblo», afirma el texto): la salvación es, al mismo tiempo, personal y eclesial. Se trata de una idea que aparece también en el Decreto Unitatis redintegratio (UR), aunque formulada de modo distinto: «La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo Unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la unidad» (UR 2,1). Para los hombres, en efecto, ser regenerados y ser congregados son dos dimensiones de la única realidad de la redención; la gracia salvadora es al mismo tiempo regenerante y congregante.

El enfoque adoptado por el Concilio, por tanto, presenta una implicación mutua entre las condiciones cristiana, eclesial y misionera. Desde la Pentecostés y hasta la parusía, en efecto, existe entre estas dimensiones una correlación mutua innata: ellas no subsisten aisladamente sin incurrir en contradicción. Más exactamente, se constata que toda acción misionera es siempre una actividad eclesial (y cristiana); toda forma de evangelización, como contenido de la misión, se lleva a cabo in Ecclesia y ab Ecclesia.

Como es natural, lo que vale para todos los cristianos vale también para los fieles laicos y para su apostolado, en sus diversas formas: el apostolado personal laical es siempre eclesial, aunque frecuentemente no sea un apostolado «eclesiástico», en el sentido de tomar parte en actividades apostólicas públicas de la Iglesia. Como apostolado «eclesial», podemos pensar que los atributos de la Iglesia tienen, de algún modo, un cierto influjo en el apostolado de los laicos. Por supuesto, entre los cuatro atributos destaca la apostolicidad de la Iglesia, especialmente acorde con el tema de nuestro estudio, de modo que le dedicaremos una atención privilegiada.

Naturaleza «apostólica» de la misión de los fieles

Consideraremos, en primer lugar, la apostolicidad de la Iglesia en general; analizaremos, luego, el origen simultáneo de la condición de fieles y del ministerio jerárquico, en el Colegio de los Doce, y sus consecuencias para nuestro tema; finalmente estudiaremos la relación entre apostolicidad y catolicidad, siempre desde la perspectiva del apostolado de los fieles.

La apostolicidad de la Iglesia

En el símbolo de fe niceno-constantinopolitano encontramos el artículo eclesiológico enunciado según la formulación «(credo) unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam». Los cuatro adjetivos que preceden al sustantivo «Iglesia», que la teología llama «propiedades», tienen una interesante historia, demasiado extensa para ser examinada en esta sede3; conviene, sin embargo, tener presente que, entre estas cuatro propiedades, la apostolicidad fue la última que se introdujo en la profesión de fe4. Desde luego, la Iglesia era apostólica ya en su origen, pero la formulación conceptual de la apostolicidad necesitó de la conceptualización previa de las otras tres propiedades. La apostolicidad aparece en los símbolos del siglo IV unida con frecuencia a la catolicidad5, hasta encontrar su posición definitiva en el símbolo de Constantinopla junto a las otras tres propiedades6. Sea cual sea el proceso histórico de estas propiedades, lo que importa aquí es percibir la implicación mutua entre ellas. En efecto, quince siglos después, en una declaración magisterial durante el pontificado de Pío IX, se afirma que «la verdadera Iglesia de Jesucristo está constituida por autoridad divina y se reconoce por sus cuatro notas, que afirmamos creer en el símbolo. Cada una de estas notas está tan unida a las demás, que no puede ser separada de ellas»7. También el Vaticano II afirma una conexión recíproca entre las cuatro propiedades, precisamente en el ámbito misionero: «Así es manifiesto que la actividad misional fluye íntimamente de la naturaleza misma de la Iglesia, cuya fe salvífica propaga, cuya unidad católica realiza dilatándola, sobre cuya apostolicidad se sostiene, cuyo afecto colegial de Jerarquía ejercita, cuya santidad testifica, difunde y promueve» (AG 6,6). El estudio concreto de la apostolicidad pondrá en evidencia la conexión múltiple con las otras tres notas, en particular con la catolicidad.

Pero, ¿qué quiere decir la apostolicidad de la Iglesia? Siguiendo las huellas de la tradición teológica sobre la apostolicitas originis, fidei, successionis, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido: 1) fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los Apóstoles” (Ef2, 20;Hch21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (…); 2) guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (…), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles (…); 3) sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “al que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia” (AG 5)» (CCE 857).

La apostolicidad «de origen» procede del mandato misionero de Mt28,18-20 y de la Pentecostés, cuando los Apóstoles, movidos por el Espíritu, empezaron a predicar el Evangelio. En el designio de Dios, una vez concluida la visibilidad de las misiones del Hijo y del Espíritu, éstas se unen en su actuación invisible obrando por medio de los Doce. Los Apóstoles se convirtieron así en el «fundamento» de la Iglesia (fundamento secundario), «siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, sobre quien toda la edificación se alza bien compacta para ser templo santo en el Señor» (Eph2,20-21). Lo que aquí interesa subrayar es que toda la Iglesia tiene como origen a los Apóstoles: en ellos se encuentra como «concentrada» toda la realidad eclesial. Los nuevos creyentes, en efecto, se añade la primera comunidad (Act2,41.47; 5,14; 11,24; 17,4). La Iglesia crece como crece un cuerpo, de modo que «-compacto y unido por todas las articulaciones que lo sostienen según la energía correspondiente a la función de cada miembro- va consiguiendo su crecimiento para su edificación en la caridad» (Eph4,16). Como es natural, el crecimiento del cuerpo se realiza por don de Dios, pero es importante darse cuenta de que «también el mismo cuerpo toma parte en ello»8.

Si bien, antes de Pentecostés, ya existían otros discípulos además de los Doce, ellos alcanzan el número simbólico de ciento veinte (Act1,15), en clara referencia a una «multiplicación» de los Doce. También estos discípulos son «enviados», pero el mandato formal de la misión lo recibió solo el grupo de los Doce. El Pueblo de Israel, que procedía en su totalidad de los doce hijos de Jacob, mantiene su continuidad en los doce Apóstoles, que constituyen «los gérmenes del nuevo Israel» (AG 5,1). En este sentido, Santiago puede iniciar su epístola dirigiéndola «a las doce tribus dispersas por el mundo» (Iac1,1)9.

La apostolicidad originaria pone en evidencia también otros aspectos importantes. Los Doce son «Apóstoles», esto es, enviados al servicio del Reino de Dios, con plenos poderes10. Los Doce desempeñan su misión conscientes de su carácter de «enviados» y, por tanto, como una tarea no propia, sino recibida. Esto implica también que la comunicación que Dios realiza de sí mismo, la transmisión del Evangelio, se cumple, a partir de la Ascensión de Cristo, a través de la misión apostólica: Dios se comunica a los hombres por medio de unos hombres. El acceso al Reino de Dios se consigue por medio de sus enviados; en este sentido, la apostolicidad implica la visibilidad humana y social de la Iglesia, además de su naturaleza espiritual11.

A la luz de la apostolicitas originis de la Iglesia, la apostolicitas doctrinae se entiende como su natural consecuencia. Todo lo que creemos en la Iglesia procede de la predicación apostólica; la fe profesada en el Credo es la fe apostólica. Es interesante notar cómo Santo Tomás de Aquino, cuando trata de las cuatro notas de la Iglesia, prefiere hablar de «firmitas» más que de apostolicidad12, porque la estabilidad eclesial consiste en enseñar la misma doctrina de los Apóstoles. Para el Aquinate, la apostolicidad de la Iglesia es la de su fe, y en esto el Doctor Angélico manifiesta coherencia con la expresión «congregatio fidelium» con la que le gusta llamar a la Iglesia13.

Si se mira «hacia atrás» en la historia, este aspecto de la apostolicidad, como afirma la Comisión Teológica Internacional, «no significa solamente que ella (la Iglesia) sigue confesando la fe apostólica, sino que está decidida a vivir bajo la norma de la Iglesia primitiva»14. Si, en cambio, contemplamos la misión de los Apóstoles mirando hacia adelante, percibimos que, como es evidente, su misión consistió en la predicación del Evangelio. Los Apóstoles mismos «hacen la Iglesia» difundiendo la fe, «congregando en la fe» a los nuevos creyentes. La actual participación en la misión apostólica, ahora como entonces, lleva consigo sustancialmente el mismo esfuerzo.

Por una parte, la misión apostólica se prolonga en el tiempo como misión de toda la Iglesia, como expondremos detenidamente más adelante. Por otra parte, el ministerio de los Apóstoles, como pastores de institución divina, encuentra su continuidad exclusivamente en sus sucesores, los obispos, con la ayuda de los presbíteros y los diáconos. Este aspecto de la apostolicidad de la Iglesia recibe el nombre de apostolicitas successionis y ha sido solemnemente reafirmada en el último Concilio Ecuménico: «también permanece el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia que permanentemente ejercita el orden sacro de los Obispos. Por ello, este Sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido por institución divina a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, y quien a ellos escucha, a Cristo escucha, a quien los desprecia a Cristo desprecia y al que le envió (cf.Lc10,16)» (LG 20,2). La Lumen Gentium explica, en el mismo punto, el porqué de la sucesión: «Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin de los siglos (cf.Mt28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir en todo tiempo es el principio de la vida para la Iglesia. Por lo cual los Apóstoles en esta sociedad jerárquicamente organizada tuvieron cuidado de establecer sucesores» (LG 20,1).

«El Evangelio que ellos deben propagar», aunque lo difunde toda la Iglesia, como acabamos de ver, necesita, al mismo tiempo, un ministerio específico, el episcopal, para que el Evangelio sea «en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia». La Iglesia, por tanto, que trasmite y difunde el Evangelio, no se autodona el Evangelio, sino que lo recibe continuamente desde lo alto, en la Palabra y en los sacramentos. Con palabras de la CTI, se puede decir que: «la sucesión apostólica es, pues, aquel aspecto de la naturaleza y de la vida de la Iglesia, que muestra la dependencia actual de la comunidad con respecto a Cristo, a través de sus enviados». Como realidad ministerial, la sucesión apostólica es «el sacramento de la presencia activa de Cristo y del Espíritu en medio del Pueblo de Dios»15. El ministerio ordenado, en el cual se perpetúa el ministerio apostólico, nos recuerda que la salvación, que toda la Iglesia trasmite, no procede de ella, sino de Dios.

Podemos entonces afirmar:

1)      toda la Iglesia es apostólica, pero solo los obispos son los sucesores de los Apóstoles16.

2)      La misión apostólica es constantemente prolongada por la Iglesia entera, pero la tarea pastoral de los Apóstoles subsiste exclusivamente en el ministerio episcopal (y, de modo subordinado, también en el ministerio presbiteral y diaconal).

3)      La sucesión apostólica está al servicio de la apostolicidad de la Iglesia; como sigue diciendo la CTI, «esta apostolicidad común a toda la Iglesia está vinculada a la sucesión apostólica ministerial, que es una estructura eclesial inalienable al servicio de todos los cristianos»17.

La misión apostólica, por lo tanto, es realizada conjuntamente por los fieles con sus pastores, pero no de modo «paralelo», sino orgánico y mutuamente relacionado. En este sentido, el texto, ya citado, de Eph4,15-16 proporciona más claridad: en efecto, el esfuerzo de todos los miembros de la Iglesia para que «crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza, Cristo», no se lleva a cabo de modo anárquico, sino armónico, en el interior de un cuerpo «compacto y unido por todas las articulaciones que lo sostienen según la energía correspondiente a la función de cada miembro».

En este contexto se debería entender mejor lo que se dijo antes sobre la eclesialidad «concentrada» en la apostolicidad originaria. Los doce Apóstoles fueron al mismo tiempo fieles y pastores, y dieron origen tanto a la unión de los fieles como al ministerio de la sucesión. Lo que en su origen era una sola cosa en las personas de los Apóstoles, tendrá que ser conservado en unidad en la relación entre fieles y pastores. La apostolicidad de la Iglesia empapa de este modo la relación entre comunidad y ministerio desde dentro; no sólo como exigencia de la organización de una comunidad, ni tampoco sólo como imperativo moral, sino como un aspecto unitario constitutivo de la Iglesia.

De las reflexiones expuestas hasta ahora surge un modo de concebir la apostolicidad más dinámico y cualitativamente más rico que la simple identidad entre la fe de hoy y la predicación apostólica. La Iglesia de hoy es la misma Iglesia de los Apóstoles, pero hemos de añadir que la misión de la Iglesia es la misma misión apostólica, y que, por tanto, se ha de desempeñar more apostolico. Es preciso, por tanto, volver a descubrir el carácter permanente y dinámico de la apostolicidad: la Iglesia, engendrada por los Apóstoles, ha de ser continuamente “re-engendrada apostólicamente”en todo tiempo y lugar.

La participación de los fieles en la misión apostólica

A pesar de lo que hemos recordado sobre la participación de toda la Iglesia en la misión apostólica, es necesario reconocer que todavía hoy, para muchos fieles, los destinatarios del mandato misionero siguen siendo exclusivamente los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio: es decir, los obispos, con la ayuda de los presbíteros y los diáconos. Para sacudir esas conciencias entumecidas escribió San Josemaría, en el ya lejano 1939, un conocido texto, dirigido a los cristianos en general: «“Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…”. -Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti»18. El texto, en tono escueto, lee Mt28,19-20 como un mandato dirigido a todos los cristianos, aunque, según una estricta literalidad, haya sido dirigido a los once Apóstoles.

Desde el punto de vista del magisterio, el argumento ha sido tratado de modo directo en el último Concilio, concretamente en AG 5,1, cuya gestación en el aula conciliar proyecta una sugerente luz sobre nuestro asunto. Refiriéndose al mandato misionero enunciado en Mt28,19-20, el textus priora firmaba: «Quod munus post eos haereditavit ordo episcoporum, una cum Successore Petri Ecclesiaeque visibili Capite. In exsequendo vero hoc mandato Ecclesia tota cooperatur, unusquisque secundum locum, officium et gratiam in corpore»19.

Este texto, que no aparecía en el esquema preparatorio, se introdujo con el propósito de conectar el concepto de misión con la noción de apostolicidad. En uno de los votos presentados para la elaboración del texto se señalaba que «la evangelización y el establecimiento de la Iglesia tienen su origen y forma a partir del designio de Dios, comunicado no al pueblo, sino a los Apóstoles y a sus sucesores. El “mitto vos” es pronunciado para los discípulos que Cristo había escogido, y, precisamente por esa elección y misión, ellos se llaman “Apóstoles”, o sea enviados»20. Se llegó así a un enfoque que, por una parte, sostenía que la misión procedía de la apostolicidad, según el texto de Mt 28,19-20; pero concebía la misión como una tarea propia de la jerarquía (los sucesores de los Apóstoles), en la cual a los sencillos fieles («Ecclesia tota») solo les quedaba un papel de «cooperación». En definitiva, la misión conferida a los Apóstoles pasaría a los obispos; naturalmente, los demás fieles estarían involucrados en la misión, pero no como una tarea recibida directamente de los Apóstoles: de este modo, su papel es concebido sólo como una cooperación con la misión de la jerarquía.

Este punto de vista no encontró aceptación en el aula conciliar, y todavía menos después de la aprobación de la Lumen Gentium, en la que se afirma, inmediatamente después de citar a Mt28,19-20: «Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra» (LG 17). El sujeto que recibe el mandato misionero (conferido a los Apóstoles) no es ahora sólo la jerarquía, sino toda la Iglesia en su integridad. En coherencia con este pensamiento, se halla el voto de Lécuyer, entonces perito conciliar, que afirma: «existe en este pasaje (en el textus prior que acabamos de citar) un fallo teológico: la misión de toda la Iglesia no es sólo una cooperación para el cumplimiento del mandato confiado a la jerarquía. Toda la Iglesia es directamente enviada…»21. J. Ratzinger, también él perito conciliar, afirmó sobre este aspecto: «subiectum activitatis missionalis tota Ecclesia est», mientras reserva a la jerarquía el oficio de la «moderación»22.

Estas voces fueron escuchadas y en el nuevo texto, el textus emendatus, se llegó a establecer un equilibrio, gracias a una nueva introducción con las siguientes palabras: «El Señor Jesús, ya desde el principio “llamó a sí a los que Él quiso, y designó a doce para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc3,13; Cf.Mt10,1-42).”» (AG 5,1). Este texto se conecta no directamente con el mandato misionero, sino con el acontecimiento vocacional apostólico, en el cual se habla explícitamente de «doce», con las resonancias del Antiguo Testamento de las que nos hemos ocupado ya. Queda claro que rige la misma lógica, como señalará de modo explícito la relatio de presentación del documento.

«De esta forma», sigue el texto, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y al mismo tiempo origen de la sagrada Jerarquía» (AG 5,1). He aquí que, finalmente, nos encontramos con el texto clave y definitivo, tan lejano de un «exclusivismo jerárquico» como de un peligroso «horizontalismo». Como afirma la relatio, «iam in ipso initio duos aspectus adesse, inquantum apostoli, quibus mandatum activitatis missionalis impositum est, tam germen totius novi populi Dei appellandi sunt (sicut ex. gr. numerus “12” ut numerus tribuum Israel exprimit) quam exordium sacrae hierarchiae sunt»23.

No resultaría aceptable, por tanto, una lectura de la parte siguiente del texto (ligeramente modificado en la versión definitiva) que contradiga lo que acabamos de citar. AG 5,1, después de mencionar el misterio pascual y el mandato misionero, añade: «De aquí proviene el deber de la Iglesia de propagar la fe y la salvación de Cristo; de una parte, en virtud del mandato expreso, que de los Apóstoles heredó el orden de los Obispos, al que ayudan los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro, Sumo Pastor de la Iglesia, de otra parte, en virtud de la vida que a sus miembros infunde Cristo, “compacto y unido por todas las articulaciones que lo sostienen según la energía correspondiente a la función de cada miembro”, crece y se fortalece en la caridad (Eph4,16)».

Si se parte de un análisis superficial —que atiende solo a la forma redaccional— se podría quizá concluir que el mandato misionero explícito afecta sólo al orden episcopal, mientras que el conjunto de los miembros de la Iglesia desempeña la misión apostólica sólo gracias a la vida que Cristo comunica a sus miembros. Esto es, en efecto, lo que fue planteado en el aula conciliar, ya en la parte final del Concilio; el texto, de todos modos, no se modificó, porque, citando las palabras de la comisión doctrinal, «a) solummodo differentia missionis hierarchiae et membrorum non hierarchicorum insinuatur; b) ex citatione Eph. 4,16 et ex sequentibus communis affectio virtute vitae patet»24. Después de estas explicaciones debería quedar claro25 que la actividad misionera de todo el Pueblo de Dios tiene su fundamento tanto en el mandato misionero, como en la vida que Cristo infundió en sus miembros. Recientemente se recalcó una vez más que: «la urgencia de la invitación de Cristo a evangelizar y también la misión, confiada por el Señor a los Apóstoles, se dirigen a todos los bautizados. Las palabras de Jesús, “id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado” (Mt28,19-20), interpelan a todos en la Iglesia, a cada uno según su propia vocación»26.

El ministerio misionero no se confía a la jerarquía y a los demás fieles, por tanto, del mismo modo, porque existe una diferencia en el modo de ser sujeto activo en la misión apostólica. Queda claro, sin embargo, que hay una conexión directa entre ambas realidades (jerarquía y fieles) y la misión apostólica de los Doce.

Apostolado, apostolicidad y catolicidad

Podemos afirmar, por tanto, que de acuerdo con la doctrina conciliar, la misión apostólica es confiada a toda la Iglesia. De este modo, no sólo se descubre nuevamente el carácter apostólico de la entera congregatio fidelium, sino que se concibe la misión como una manifestación de la apostolicidad, al mismo tiempo que es la apostolicidad lo que configura la misión. Como varias veces subrayó San Josemaría: «Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo. El que no tiene celo por la salvación de las almas, el que no procura con todas sus fuerzas que el nombre y la doctrina de Cristo sean conocidos y amables, no comprenderá la apostolicidad de la Iglesia»27.

Según estos principios, se puede decir que la apostolicidad de la Iglesia significa que la misión inicial y originaria, otorgada a los Apóstoles, subsiste de modo permanente: la Iglesia recibe continuamente esta misión, y continuamente la realiza. Esta conexión entre apostolado y apostolicidad se encuentra en el mismo Catecismo de la Iglesia Católica, precisamente en la conclusión del capítulo sobre la apostolicidad (n. 863). Después de reafirmar la existencia de un nexo entre apostolicitas doctrinae y apostolicitas successionis,se añade: «toda la Iglesia es apostólica, en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío».

Conviene, en este punto, volver a considerar el vínculo entre la apostolicidad de la Iglesia y las demás propiedades o notas. El ámbito en que nos movemos está orientado de por sí hacia la catolicidad. Aún más, casi se puede decir que, a primera vista, apostolicidad y catolicidad, al menos en parte, coinciden, porque, de hecho, ambas nociones implican la difusión del Evangelio en todo el mundo. La Iglesia «es católica porque es enviada por Cristo con una misión dirigida a la totalidad del género humano» (CCE 831). Vale la pena subrayar la destacada presencia, en esta definición, de las ideas de envío y de misión, ambas hondamente enraizadas en el ámbito de la apostolicidad.

Junto con este aspecto «cuantitativo» de la catolicidad existe, de todos modos, otro que podemos llamar «cualitativo», porque «en ella (en la Iglesia) subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf.Ef1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él “la plenitud de los medios de salvación” (AG 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica» (CCE 830). Por todo esto «la catolicidad de la Iglesia no depende de su extensión geográfica, que es, sin embargo, una señal visible y un motivo de credibilidad. La Iglesia era católica ya en la Pentecostés; nació católica del Corazón llagado de Jesús, como un fuego encendido y extendido por obra del Espíritu Santo»28.

Si comparamos estos dos aspectos (la catolicidad y la apostolicidad), se puede decir que la misión de la Iglesia consiste en convertir su indefectible catolicidad cualitativa en una efectiva catolicidad cuantitativa. Pero, para que la catolicidad cualitativa llegue a ser también cuantitativa, es necesario que la proclamación del Evangelio se lleve a cabo según un tercer sentido de la catolicidad, que podemos llamar «intensivo», que es el que con mayor fuerza conecta con el acontecimiento que más profundamente marcó la catolicidad de la Iglesia: el día de Pentecostés. Entonces el Evangelio fue proclamado de modo tal que todos pudieran entenderlo. El milagro de la pluralidad de lenguas marca un nuevo rumbo, en contraste con la división de lenguas de la torre de Babel. Este milagro no está destinado a repetirse en la historia de la Iglesia, pero goza de un relieve eclesiológico permanente, y es precisamente en este tercer sentido (catolicidad intensiva) que es asumido por la Lumen Gentium, precisamente como introducción al estudio de la misión (n. 13). Lo que el Concilio afirma no es sólo una cuestión lingüística, sino, y más hondamente, la capacidad del Evangelio de impregnar y asumir todas las legítimas diversidades culturales presentes en la humanidad entera. En efecto, «de todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino celestial». La Iglesia fomenta y asume «todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno (…); pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva».

La apostolicidad es, por tanto, católica, y la catolicidad es apostólica, también porque la «diversidad congénita» de la catolicidad, la asunción en Cristo de todas las realidades humanas, está medida por la apostolicidad. La misión católica, en otros términos, es siempre una misión apostólica, de modo que esta última constituye su criterio normativo. Ambas propiedades, por tanto, comparten rasgos similares, se exigen recíprocamente, y no se pueden separar. Si la Iglesia, en hipótesis, abandonara el afán católico de su misión, traicionaría también su identidad apostólica. Y, de modo parecido, si no se mantuviera fiel a la tradición apostólica recibida, perdería también su catolicidad. El testimonio apostólico, en definitiva, exige una actitud misionera católica, y viceversa.

Estas características eclesiales (las propiedades o notas de la Iglesia), y su entrelazamiento, tienen relevancia también desde un punto de vista existencial, en la vida concreta de los fieles. Como el magisterio reciente afirmó: «la evangelización no se desarrolla sólo por medio de la predicación pública del Evangelio, ni tampoco sólo por medio de obras de naturaleza pública, sino también por medio del testimonio personal, que es siempre un camino de gran eficacia evangelizadora»29. Cada fiel, por tanto, está llamado a ser testigo del misterio pascual en su vida; esta vida es «apostólica» en la medida en que en ella toma cuerpo la «fe apostólica»; cada fiel, además, como miembro de la congregatio fidelium que es la Iglesia, está llamado a «anunciar la verdad de la salvación (…) hasta los confines de la tierra» (cfr. LG 17). Como es natural, la «catolicidad del anuncio» es vivida por cada uno según sus posibilidades, pero la amonestación de San Pablo vale para todos: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Cor9,16), como expone inmediatamente después la Lumen gentium.

Se nota, de este modo, que se crea un enlace mutuo entre el testimonio personal y el anuncio explícito, enlace que procede del vínculo originario entre apostolicidad y catolicidad, destinado a ser confirmado en la vida «católica y apostólica» de los fieles. En otras palabras, el testimonio es absolutamente indispensable, pero no basta por sí sólo para cumplir la misión apostólica: hace falta la valentía y la audacia de anunciar la verdad. Con palabras de Pablo VI, «también el testimonio más hermoso resultará a la larga impotente, si no está iluminado, justificado (…) y explicitado por un anuncio claro e inequívoco sobre el Señor Jesús»30. Por otra parte, es igualmente claro que el anuncio de la verdad salvadora, si no está acompañado por el testimonio de esta verdad en la propia vida, está destinado a la esterilidad.

Misión apostólica y santificación del mundo

¿Cuál es el contenido de la misión apostólica? De modo genérico, podemos identificarlo con la difusión del Evangelio. Pero, si consideramos el tema más de cerca, y teniendo en cuenta el mandato misionero de Mt28,19-20, este contenido puede ser descrito como la triple función profética, cultual y real. Aún conservando una identidad sustancial, este contenido es recibido, transmitido y ejercido de distinto modo según la condición de los distintos autores de la misión: laicos, ministros ordenados, personas consagradas. Es preciso considerar ahora, en esta tercera parte de nuestro estudio, el oficio específico de los fieles laicos en el desempeño de la misión, siempre en el contexto y en el marco más amplio de la apostolicidad de la Iglesia.

Convendrá estudiar, en primer lugar, algunos escritos apostólicos que hablan de la misión de la Iglesia hacia el mundo, ya que la condición de los fieles laicos en el mundo es precisamente lo que los caracteriza como tales. Se deberá considerar, luego, la importancia del trabajo humano en el seno de la apostolicidad y de la catolicidad de la Iglesia.

La relación Iglesia-mundo

Es necesario asumir que la misión apostólica, que la Iglesia ejerce hasta el fin de los tiempos, no consiste sólo en la salus animarum, sino que abarca toda la realidad de la creación, tanto en sentido cósmico, como también respecto al entramado de los valores humanos, en el cual los hombres se relacionan entre sí y con el mundo material. Esto es precisamente la tarea específica de los fieles laicos, a los que compete «por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales» (LG 31,2). Conviene, por tanto, volcar ahora nuestra atención a la relación entre Iglesia y mundo, ya que es el contexto en el cual los laicos desempeñan su misión.

Ya en los escritos del Nuevo Testamento se encuentra una exposición de estos conceptos. La redención del cosmos es descrita en Rom8,20-21 con rasgos casi angustiosos: la creación «guarda la esperanza de llegar, ella también, a verse libre de la esclavitud de la corrupción, para gozar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios». En efecto, en la Jerusalén celestial del Apocalipsis, cuya muralla «se apoya en doce fundamentos, sobre los cuales están grabados los nombres de los doce Apóstoles del Cordero» (Ap21,14) encontraremos, además de «una multitud inmensa» (Ap19,1), también «un nuevo cielo y una nueva tierra» (Ap21,1). Como pasaje que más directamente apela a la dimensión eclesial de la redención, destaca la introducción del himno cristológico de Col1,13-20; en el contexto de la creación de todas las cosas, «las de los cielos y las de la tierra, las visibles y las invisibles», éstas son contempladas como encaminadas hacia un destino preciso: «todas las cosas han sido creadas por medio de Él y para Él (el Hijo)», que «es también la Cabeza del cuerpo, que es la Iglesia». Este mismo panorama, contemplado desde el punto de vista de la consumación escatológica, se encuentra en Eph1,9-10: «el misterio de su voluntad» (del Padre), misterio «establecido con anterioridad para llegar a su realización en la plenitud de los tiempos», consiste en el «designio de “recapitular” en Cristo todas las cosas, las del cielo como las de la tierra». El término «recapitulación» (anakefalaiosis) posee una clara referencia eclesiológica, puesto que el Cristo de quien se habla fue establecido «cabeza de todas las cosas en favor de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de quien llena todo en todas las cosas.» (Eph1,22-23)31. El mismo razonamiento se vuelve a encontrar en Eph4,15, donde se nos exhorta a que «crezcamos en todo hacia aquel que es la Cabeza, Cristo». Según la exégesis moderna, esto significa «procurar que el universo crezca hacia aquel que es la cabeza, Cristo»32. Aún más, la finalidad de los dones que el Cristo glorioso confiere es la de «edificar el Cuerpo» (Eph4,12), esto es, la Iglesia, de modo que «en ella, con ella y por medio de ella la totalidad del universo crezca hacia Cristo»33.

La relación entre la Iglesia y el mundo no se presenta como una relación entre dos realidades independientes o antagónicas, ni como dos partes de un todo, sino más bien como una misma realidad, pero contemplada bien en su momento inicial o en su consumación, a la que está destinada34. Como afirmaban los cristianos de los primeros siglos, «para ella (la Iglesia) fue ordenado el cosmos»35. El Catecismo de la Iglesia Católica cita esta expresión y añade: «Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida divina; una comunión que se realiza mediante la “convocación” de los hombres en Cristo, y esta “convocación” es la Iglesia» (CCE 760). En este sentido se enuncia de nuevo, siguiendo las huellas de la tradición patrística, una afirmación llena de valentía: «si se considera su finalidad, la Iglesia existió antes de todas las cosas»36.

Mundo, trabajo y santidad

En este contexto, es posible hablar de una dimensión cósmica y secular de la catolicidad de la misión apostólica: es la apertura universal del Evangelio que abarca también la misma realidad material de la creación y el conjunto de los valores humanos que la relación entre hombre y creación encierra, así como las relaciones de los hombres entre sí. En el hombre existe una capacidad para reconducir todas las cosas a Dios, incorporando en el Cuerpo de Cristo no sólo el hombre sino también todo valor humano. «La obra de la redención de Cristo —son palabras del Vaticano II—, que de suyo tiende a salvar a los hombres, comprende también la restauración incluso de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico» (AA 5,1). No se nos ha revelado de qué modo se cumplirá la trasformación escatológica de la creación; sabemos, en cambio, que «la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (GS 34,1). Este «esfuerzo» es, en primer lugar, el trabajo humano, que es incorporado así en el contexto de la “recapitulación” del mundo en Cristo. La Gaudium et spes sigue añadiendo: «Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo» (Ibidem).

Esta grandiosa tarea, que el hombre recibió del Creador, y que llamamos santificación del mundo, resulta entonces parte integral del conjunto de la misión apostólica y está, por tanto, directamente vinculada a la catolicidad y a la apostolicidad de la Iglesia. Esta tarea la llevan a cabo sobre todo los fieles laicos, porque su condición secular es la premisa indispensable de esta santificación. A los laicos, en efecto, Dios confió la tarea de «buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. …A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo» (LG 31,2)37. Con palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificarab intra—de manera inmediata y directa— las realidades seculares, el orden temporal, el mundo»38. Como tarea que se desarrolla en el seno de la apostolicidad de la Iglesia, «a los laicos, que trabajan inmersos en todas las circunstancias y estructuras propias de la vida secular, corresponde de forma específica la tarea, inmediata y directa, de ordenar esas realidades temporales a la luz de los principios doctrinales enunciados por el Magisterio»39; a los laicos pertenece también la misión de difundir el Evangelio entre los hombres, que se encuentran en las más diferentes situaciones y circunstancias que el trabajo humano puede crear; de este modo ponen en ejercicio, al mismo tiempo, la catolicidad en la misma apostolicidad.

En cuanto tarea eclesial, la santificación del mundo se inscribe también en la vertiente dinámica que corresponde a la nota de “santidad” de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, es santa, no sólo por su Fundador y por el Espíritu, no sólo en sus Instituciones y sus fieles, sino también por su actividad y sus fines. La Iglesia, en otros términos, es santa y santificadora (cfr. CCE 824), y busca llevar al hombre y a la entera creación hacia aquella santidad, que alcanzará con plenitud solo en la consumación final. La misma Lumen Gentium incluye en la santidad escatológica que la Iglesia alcanzará, aquel aspecto concreto de la santidad que se refiere a toda la creación: la santidad escatológica, en efecto, tendrá lugar «“cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas” (Act3,21) y cuando, con el género humano, también el universo entero, que está íntimamente unido con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovado (cf.Ef1,10; Col 1,20;2 Pe3,10-13)» (LG 48,1) o “recapitulado” en Cristo.

En este marco teológico encuentra finalmente su adecuada comprensión el texto de AA 2,2 sobre la función de los laicos. Allí se lee: «los laicos, hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo». Sin duda, el texto conciliar hace suya la característica específica de la función laical, ya que se habla de «su cometido», la parte que les atañe; sin embargo, una lectura superficial del texto podría llevar a separar y aislar las distintas tareas que se cumplen «en la Iglesia» de las que se llevan a cabo «en el mundo»; de este modo, se destruiría precisamente el carácter específico de la misión de los laicos. Esta separación, en definitiva, resulta seriamente equivocada y engañosa; precisamente porque la misión apostólica implica la santificación del mundo, el oficio específico de los laicos en la Iglesia es el que desempeñan en el mundo40.

Comunión en la misión apostólica y secularidad

El apostolado de los fieles laicos, si lo contemplamos desde el interior de la apostolicidad de la Iglesia, pone en evidencia el vínculo intrínseco existente entre la secularidad y la comunión eclesial: ello manifiesta un aspecto concreto de la unidad de la Iglesia. Recordemos que la unidad eclesial llega a su cumbre, desde el punto de vista más genuinamente teológico, en la Eucaristía. En ella, gracias al «oficio sagrado del Evangelio de Dios», ejercido por el ministerio apostólico, la actividad secular se transforma en «una oblación grata, santificada por el Espíritu Santo» (Rm15,16). La liturgia de la presentación de los dones es muy explícita en este aspecto: el pan es «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», y se convertirá para nosotros en «alimento de vida eterna»; el vino es «fruto de la vid y del trabajo del hombre» y se convertirá en «bebida de vida eterna». La «recapitulación» de la creación en Cristo, arriba mencionada, encuentra así, en la Eucaristía, una anticipación, y en este proceso interviene el trabajo del hombre de modo pleno. El mundo, en definitiva, por medio de la actividad de los fieles laicos, se convierte en «materia» que se ofrece a Dios como sacrificio espiritual, precisamente porque las realidades temporales son ordenadas hacia la perfección de su propia naturaleza41. Esta admirable convergencia de los aspectos cultuales y reales de la misión eclesial de los laicos contribuye eficazmente a la unidad de la Iglesia, siguiendo una característica muy específica de los laicos; al contrario, una eventual separación de estos dos aspectos produciría un alejamiento de la dinámica de la apostolicidad: tanto una dedicación de los fieles laicos a la liturgia que impida que su secularidad se refleje en la santificación de las realidades temporales; como también el rechazo a participar en actividades litúrgicas con el pretexto de proteger la propia secularidad. Ambos extremos llevan a la separación entre la fe que se profesa y la vida diaria. Se trata de un modo de actuar que «debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época» (GS 43,1).

La conexión entre los aspectos real y cultual de la misión específica de los laicos permite situar siempre la secularidad dentro de la comunión eclesial. Precisamente el énfasis puesto en la secularidad lleva a fortalecer la comunión. Téngase en cuenta que la exclusión de la comunión procede muchas veces de la autosuficiencia, de una postura que equivale a decir: «no te necesito». Según la doctrina paulina, en cambio, las limitaciones de los miembros están en relación directa con sus funciones específicas: puesto que el ojo es sólo ojo, y no es mano, no puede decir a la mano: «no te necesito». Llegamos así a una situación paradójica: por sí misma, la especificidad no lesiona, sino que, al contrario, fortalece la comunión42. Si se aplica este principio a la dimensión propiamente laical, resulta claro que la misión eclesial en las actividades seculares y la comunión con los pastores se implican mutuamente, mientras que una eventual divergencia no estaría en armonía —ni por una, ni por otra parte, ni por ambas partes— con la apostolicidad de la Iglesia. Se trata de un principio que vale también para todas las demás realidades eclesiales, tanto en el terreno de los laicos, como en el contexto de la vida consagrada. Todos están llamados a participar en la misión apostólica, cada uno según su propia y específica condición, pero sin faltar nunca a la comunión: a veces, trabajando juntos en proyectos apostólicos comunes; con mayor frecuencia, cada uno metido en su propio campo específico, pero, en todos los casos, con espíritu abierto, mutuo conocimiento y aprecio recíproco.

Credo unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam: concluyendo estas reflexiones, volvemos a afirmar con decisión la implicación intrínseca y recíproca entre las propiedades de la Iglesia. «Ut et ipsi in nobis unum sint, ut mundus credat» (Ioh17,21), pidió Jesús al Padre, uniendo así por siempre el impulso católico de la misión apostólica con la unidad de la Iglesia en su indefectible santidad.

 

1)  Cfr. M. J. LE GUILLOU, Décret sur l’activité missionnaire de l’Église “Ad Gentes”. Introduction, in Documents Conciliaires , Éditions du Centurion, Paris 1966, 77-78.

2)  Cfr. G. PHILIPS, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II: historia, texto y comentario de la constitución “Lumen Gentium”, Volumen I, Herder, Barcelona 1968, 116-118.

3)  El tema puede estudiarse en G. THILS, Les Notes de l’Église dans l’Apologétique catholique depuis la Réforme, Duculot, Gembloux 1937.

4)  Cfr. L.-M. DEWAILLY, Mission de l’Église et apostolicité, en Revue des Sciences Philosophiques et Théologiques 32 (1948) 5.

5)  Cfr. P. GOYRET, Dalla Pasqua alla Parusia. La successione apostolica nel «tempus Ecclesiae», “Studi di Teologia”, 15, Edusc, Roma 2007, 27-28.

6)  Para un conocimiento más detallado de toda la cuestión se puede consultar J. N. D. KELLY, I simboli di fede della Chiesa antica. Nascita, evoluzione, uso del credo, Dehoniane, Napoli 1987.

7) Carta del Santo Oficio a los Obispos de Inglaterra, 16.9.1864, en DH 2888.

8)  H. SCHLIER, La Lettera agli Efesini. Testo greco, traduzione e commento, en Commentario teologico del Nuovo Testamento, 10.2, Paideia, Brescia 1973 2, 328.

9)  Cfr. Y. CONGAR, voz Apostolicité, en Catholicisme 1, col. 729.

10)       Cfr. R. H. R ENGSTORF, voz Apostéllo, en Grande Lessico del Nuovo Testamento 1, 1085.

11)       Cfr. L.-M. D EWAILLY, o.c., 17-18.

12)       Cfr. Commento al Credo, art. 9, en Opuscoli spirituali. Commenti al Credo, al Padre nostro, all’Ave Maria e ai dieci comandamenti, Ed. Studio Domenicano, Bologna 1999, 93.

13)       Cfr. Y. CONGAR, L’apostolicité de l’Église selon saint Thomas , en “Revue des Sciences Philosophiques et Théologiques” 44 (1960) 216.

14)       COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La apostolicidad de la Iglesia y la sucesión apostólica, n. 1, 1, 1973, en Documentos (1969-1996), Biblioteca de Autores Cristianos (B. A. C.), Madrid 1998, 65.

15)       Ibidem, n. 5, en Documentos (1969-1996), cit., 73.

16)       La sucesión se refiere a la función pastoral de los apóstoles, como sostiene LG 20,2. Esta tarea no comprende aquellos elementos del ministerio de los Apóstoles que procedían de su condición de testigos oculares del misterio pascual. Sobre este tema, cfr. Dalla Pasqua alla Parusia, cit., 352-370.

17)       COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La apostolicidad de la Iglesia y la sucesión apostólica, n. 1,3, en Documentos (1969-1996), cit., 67.

18)       SAN JOSEMARÍA, Camino, n. 904.

19)       Acta Synodalia IV/III, 666.

20)       El voto es de PABLO VI. El texto se puede leer en el Dossier Congar relativo al Decreto Ad gentes (IV, V), conservado en el archivo de Le Saulchoir, París, y publicado en E. BORDA, La apostolicidad de la misión de la Iglesia. Estudio histórico-teológico del capítulo doctrinal del decreto Ad Gentes , Pont. Ateneo della Santa Croce, Roma 1990, Apéndice VI, p. 283.

21)       Remarques sur le schéma “De activitate missionali Ecclesiae” , publicados en apéndice por J. B. ANDERSON, A Vatican II pneumatology of the Paschal mystery: the historical-doctrinal genesis of Ad Gentes I, 2-5, Pont. Università Gregoriana, Roma 1988, 316-317.

22)       «Quia Ecclesia Dei in activitate sua ab hierarchia moderatur, moderamen missionum eodem modo res hierarchiae est»: Considerationes quoad fundamentum theologicum missionis Ecclesiae, en Dossier Congar relativo al Decreto Ad gentes, IV (O), reproducido en E. BORDA, o.c., Apéndice III, n. 5, p. 251. Estas consideraciones fueron leídas en la sesión anterior, pero se refieren al mismo tema. Cfr. también Acta Synodalia IV/III, 740-741; IV/IV, 153, 523.

23)       Acta Synodalia IV/IV, 271. Pocas líneas después se subraya otra vez la misma idea: «Sic iam ex ipso initio indicatur nunc et officium totius Ecclesiae et mandatum speciale, quod hierarchiae ecclesiasticae competit».

24)       Acta Synodalia IV/VII, 20-21.

25)       El condicional es obligado, porque la doctrina apenas expuesta no ha sido todavía bien asimilada en muchos sectores, a pesar de que hayan ya transcurrido más de 40 años desde la publicación de los documentos conciliares. Como se afirma en la presentación del libro: Los laicos en la eclesiología del Concilio Vaticano II. Santificar el mundo desde dentro (ed. por R. PELLITERO, Rialp, Madrid 2006), «la puesta en práctica del Concilio Vaticano II es todavía hoy el gran desafío y la gran tarea con los que la Iglesia y los cristianos se enfrentan» (p. 7).

26)       CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, 3.12.07, n. 10.

27)       SAN JOSEMARÍA, Lealtad a la Iglesia, homilía recogida en “Amar a la Iglesia”, Ediciones Palabra. Madrid 1986, 36.

28)       Ibidem, 49.

29)       CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, cit., n. 11.

30)       PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi, 8-XII-75, n. 22.

31)       Cfr. H. SCHLIER, La Lettera agli Efesini. Testo greco, traduzione e commento, “Commentario teologico del Nuovo Testamento”,10.2, Paideia, Brescia 1973 2, 90-91.

32)       Ibidem, 324.

33)       Ibidem, 325.

34)       Cfr. J. L. ILLANES, La condición laical en la Iglesia , in PELLITERO, R. (ed.), Los laicos en la eclesiología del Concilio Vaticano II, cit., 136.

35)       HERMAS, El Pastor, Vis. II,4,1, en Fuentes Patrísticas. Vol. 6. Ciudad Nueva, Madrid 1995. Edición bilingüe preparada por Juan José Ayán Calvo, p. 79.

36)       SAN EPIFANIO, Panarion seu adversus LXXX haereses, 1,1,5, in PG 41, 181C.

37)       Como precisa Mons. G. PHILIPS, él también perito conciliar y autor del esquema inicial de la segunda redacción de la Const. Lumen gentium, «la expresión illuminare fue escogida con toda intención. Si los seglares no respetan los valores temporales o si los menosprecian, no los iluminan: los destruyen» (cfr. La Iglesia y su misterio…, Volumen II, Herder, Barcelona 1969, cit., 31).

38)       SAN JOSEMARÍA, Conversaciones, n. 9.

39)       SAN JOSEMARÍA, Conversaciones, n. 11.

40)       Cfr. F. OCÁRIZ, La partecipazione dei laici alla missione della Chiesa, en Annales Theologici 1/1-2 (1987) 10.

41)       Cfr. Ibidem, 16.

42)       Cfr. R. LANZETTI, L’indole secolare propria dei fedeli laici secondo l’esortazione apostolica post-sinodale «Christifideles laici», en Annales Theologici 3/1 (1989) 41.

43)

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REFLEXIONES DE UN VIEJO SOBRE EL APOSTOLADO LAICAL

REFLEXIONES DE UN VIEJO SOBRE EL APOSTOLADO LAICAL

http://jesushercri83.blogspot.mx/p/apostolado-laical.html

 

Durante mi niñez recibí catequesis de parte de un cura de pueblo, y como entonces se llevaba aprender el catecismo de memoria , eso es lo que me enseñaron, y no me quejo de ello. La niñez es la edad en que admitimos como bueno y verdadero, sin previo examen, lo que dicen los mayores.

Mas tarde, en la década de los cincuenta, era yo quien enseñaba catecismo a los más pequeños, y el evangelio a los jóvenes en Acción Católica. Lógicamente transmitía lo que yo había recibido, una fe infantil, nada pensada y nada argumentada. Después ingresé en las filas del Movimiento Familiar Cristiano, y entre los matrimonios cristianos que nos juntábamos intentábamos hacer apostolado diciendo siempre lo mismo que habíamos aprendido en la niñez y en la juventud.

Hoy, ya viejo, formo parte de un movimiento de apostolado de mayores para mayores, y seguimos predicando y practicando la misma fe infantil que aprendimos en la niñez, y que practicamos en la juventud y en la adulted, y queremos transmitirla como nos la transmitieron a nosotros hace 60 años.

Si apostolado es, como yo lo entiendo, una invitación que hacemos a otros a aceptar la doctrina de Cristo como verdadera, lo principal del apostolado será explicar al otro cual es esa doctrina y por qué creemos que es verdadera. Entiendo que esto es lo que hicieron Cristo y los apóstoles. Explicaban su doctrina dando razones o motivos convincentes por los cuales decían que era verdadera. Las razones que Cristo aducía eran que Él era Hijo de Dios, e intentaba demostrarlo con hechos. Las razones de los apóstoles eran que ellos habían recibido esas enseñazas del mismo Cristo, y que ese Cristo era Dios, porque ellos habían visto que en esta vida se comportaba como un Dios y no como un simple hombre, y que después de morir en la cruz lo habían visto resucitado y habían hablado con Él, demostrando con esto:

a)  que su doctrina es verdadera;

b)  que hay otra vida después de la muerte, y

c)  que esa vida después de la muerte es diferente a esta, ya que Él después de haber muerto tenía una naturaleza diferente a la que tenía antes de morir.

 

Cristo y los apóstoles convencían porque daban motivos o razones por las cuales resultaba lógico creer lo que decían. Este, entiendo yo, que es el verdadero apostolado: Explicar qué es lo que creemos y por qué creemos y hacemos lo que creemos y hacemos.

¿Es este el apostolado que hemos estado haciendo los laicos católicos? Sinceramente no lo se ni tengo capacidad para juzgar que es lo que hacen los demás. Somos muchos los que estamos metidos en estas guerras, y me imagino que habrá de todo, pero por lo que a mi respecta, y por lo que podido observar en muchos que están a mi alrededor, creo que no hemos ido en esa línea. Mas bien nos hemos limitado a intentar promocionar sentimientos de humanitarismo, a dar ejemplo de buenas personas, a promocionar eso que nosotros llamamos amor al prójimo, y que los ateos llaman, compartir, solidaridad y honestidad, valores de los que muchas veces dan ellos mejor ejemplo que nosotros. Creo que en nuestro apostolado hemos estado confundiendo ser buena persona con ser buen cristiano, y nos hemos conformado con hacer una sociedad de buenas personas en vez de intentar hacer buenos cristianos. Para ser buen cristiano se necesita un Dios, para ser buena persona no, y eso es lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, que se esta desterrando a Dios porque para ser buenos ya no nos hace falta, ni a los ateos ni a los creyentes, a menos que lo necesitemos para pedirle ayuda en casos de dificultad. Jehercri

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