CONTRIBUCIONES DE LA ACCIÓN CATÓLICA AL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL

CONTRIBUCIONES DE LA ACCIÓN CATÓLICA AL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL

Alberto J ara Ahumada[1] lbjara@uc.cl

Resumen

El presente ensayo se propone investigar y/o revisar los planteamientos doctrinales que la Acción Católica chilena sostuvo en materias políticas, sociales y económicas, durante mediados del siglo pasado. Ellas dan cuenta de la preocupación suya por la dimensión material de la persona, ya no sólo espiritual -que fue su principal cometido y que, por lo tanto, nos parece que queda ajeno a cualquier discusión-.

El desarrollo humano integral nos remite a una comprensión del individuo como ser corpóreo- espiritual, dotado de alma y cuerpo, como lo ha afirmado desde siempre la tradición antropológica clásica. En este sentido, sostenemos que la Acción Católica sí cultivó inquietudes sociales -en el sentido más extenso de la palabra-, que pusieron como centro a la persona integralmente considerada, no sólo afanes orientados estrictamente a la salvación eterna de los cristianos.

Para estos efectos, revisaremos cuidadosamente los artículos que la revista del movimiento publicó entre 1951 y 1954, con el objeto de verificar la existencia de inquietudes por un desarrollo humano integralmente considerado y también, lo que es más discutible todavía, medir el grado de compromiso que la Acción Católica asumió con algunas causas temporales.

Palabras clave

Acción Católica; desarrollo humano integral; revista Ecclesia; laicos; jerarquía eclesiástica; temáticas sociales.

Introducción

Las inquietudes por el desarrollo humano integral no son patrimonio exclusivo de nuestros días. Desde siempre, a lo largo de la historia, debido a la naturaleza social y relacional del hombre, han existido motivaciones de genuino interés por el prójimo.

En el pueblo de Israel se prescribía otorgar especial cuidado a las viudas, huérfanos y forasteros. En la Cristiandad Latina surgieron las órdenes hospitalarias, que se ocupaban de atender a los peregrinos. En Chile, durante el siglo XIX, fueron célebres los Patronatos y las Conferencias de San Vicente de Paul -destinadas a la instrucción de los obreros-. Luego vendrían los Círculos de Obreros, el Hogar de Cristo, hasta llegar rápidamente a las innumerables obras de voluntariado de nuestros días, que existen a nivel país como al interior de la Universidad Católica[2].

Detrás de la preocupación por el bienestar material, hay también un intento por conquistar el alma de quienes se ven beneficiados. Nuestra sociedad aparece desprendiéndose de resabios individualistas y se empieza a interesar por los lazos comunitarios y el bienestar integral del otro. Se ha ido instaurando, a empujones no pocas veces, una cultura de solidaridad humana, aspiración profundamente sentida por Juan Pablo II. Para el Pontífice, en efecto, la solidaridad no era otra cosa que la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, creando un sentido de responsabilidad de todos por todos1.

En este contexto, una de las instituciones que ha asumido el afán por un progreso humano íntegro, de una cercanía cronológica bastante reciente, es la Acción Católica chilena de mediados del siglo pasado.

Por lo tanto, en este trabajo estudiaremos el corpus de ideas que desarrolló la Acción Católica a través de las páginas de Ecclesia, su revista oficial. Se trata de un estudio a nivel de planteamientos doctrinales y líneas pastorales, que omite, por lo tanto, la relación de hechos y circunstancias históricas que protagonizó el movimiento. Porque lo que interesa mostrar, para efectos de este Congreso Social, no es el devenir de sucesos materiales que experimentó la Acción Católica sino, más bien, probar que también ella hizo suyas las banderas de una promoción auténticamente humana y cristiana.

La metodología que usaremos en este trabajo consistirá en analizar fuentes primarias y secundarias sobre nuestro objeto de estudio. Por una parte, estudiaremos cada una de las publicaciones de la revista Ecclesia, que aparecieron desde 1951 hasta finales de 1954, donde se contienen las ideas matrices del movimiento y que darán cuenta de si tuvo o no inquietudes sociales. Por otra parte, revisaremos bibliografía referida al movimiento y a su contexto histórico-doctrinal, con el objeto de hacer una reflexión con perspectiva acerca de las contribuciones del movimiento al ideal de un desarrollo humano integral.

Orígenes y conformación de la acción católica

La Acción Católica nace formalmente en el primer tercio del siglo XX[3], aunque el mismo Pío XI hizo presente que, como realidad material o fondo substancial, es posible rastrear su existencia ya en los orígenes de la Iglesia[4].

En Chile, la Acción Católica se instauró en todas las jurisdicciones eclesiásticas del país, con fecha 25 de octubre de 1931, por una Carta Pastoral emanada del Episcopado, presidido en aquél entonces por Monseñor José Horacio Campillo. El primer Asesor General de la Acción Católica fue el obispo Rafael Edwards[5].

La historiadora María Antonieta Huerta distingue tres etapas en la vida de la Acción Católica en Chile. De todas ellas, la tercera etapa va desde 1946 en adelante, donde encontramos a la Acción Católica especializada[6]. Allí hay una formulación más acabada del movimiento y una mayor consolidación en la sociedad chilena[7]. Nuestro trabajo, por lo mismo, se centra en este último período histórico.

Según las orientaciones principales, la Acción Católica adoptó ocho frentes de trabajo: la formación y preparación espiritual e intelectual de las conciencias; la restauración cristiana de la familia; la educación cristiana de la niñez y de la juventud; la difusión de la prensa católica en todas sus formas y la defensa contra la prensa mala y peligrosa; la defensa de la moralidad social y pública; el fomento y orientación cristiana de la beneficencia y del servicio social; la Acción Social Católica y principalmente la Acción Social Obrera Católica; la defensa o conservación de la libertad y derechos de la Iglesia[8].

La Acción Católica contó con el “Boletín de la Acción Católica de Chile” medio impreso de difusión y propaganda. Circuló hasta finales de 1950, pues a partir de 1951 experimentó dos cambios: su soporte comunicacional mudó de boletín a revista, por una parte, y, por la otra, estrenó un nuevo nombre-Ecclesá[9]-. La revista Ecclesia se presenta con pretensiones más altas: “Será una revista de cultura católica, dedicada no sólo a la Acción Católica, sino a todo el público culto’[10]. A contar de 1951, Ecclesia será el medio de difusión oficial de la Acción Católica en la opinión creyente nacional[11]. Con todo, aunque la Acción Católica fue una plataforma dispuesta para laicos, el control de su revista estuvo en manos de los clérigos[12]. Una posible explicación de este fenómeno podría ser que las ideas y reflexiones no podían quedar en manos de los seglares, inexpertos en materias sacras. El enemigo a combatir eran las malas doctrinas, luego los remedios y ataques debían ser proporcionales, donde los clérigos aparecían como los más capacitados para ello[13].

Sin embargo, al margen de estos guaripolas de la revista, no es razonable sostener que los laicos fueron excluidos de la Acción Católica. Hubo seglares que participaron en algunas instancias de renombre como, por ejemplo, la delegación de la Acción Católica Chilena que acudió al Congreso de Apostolado Seglar[14], realizado en Roma del 7 al 14 de octubre de 1951.

Relevancia de la acción católica

Desde la fundación de Santiago del Nuevo Extremo, en el año 1541, hasta nuestros días, advertimos que pocos movimientos intelectuales han incidido tan hondamente en la configuración de nuestra sociedad como lo ha hecho la Acción Católica.

En primer lugar, esto se evidencia en la configuración ideológica de nuestra política de partidos, especialmente en sus vertientes de centro y de derecha. El papa León XIII estableció las bases doctrinales de la Democracia Cristiana italiana y orientó la participación de los laicos en política hacia ella[15]. Esto explica que, al menos en sus orígenes, los dirigentes de la Falange chilena fueron casi todos destacados ex dirigentes de la Acción Católica[16]. A partir de sus coordenadas espirituales se estructuró una narrativa o relato político empapado de referencias cristianas y clericales, como con elocuencia demuestran, por ejemplo, los discursos de Eduardo Frei Montalva.

En segundo lugar, el clima mental generado en los años sesenta en torno al Concilio Vaticano II parece haber sido fruto, en alguna medida, de la inserción de los laicos en materias propias del clero, como patrocinó la misma Acción Católica. Ella, como señaló Pío XI, consistió en la participación de los laicos en la función específica de la jerarquía[17]. De este modo, cuando en los agitados sesenta los seglares demandaron una mayor participación en la Iglesia -o, mejor dicho, participar de la vida interna de la Jerarquía-, lo que hicieron fue correr un poco más la cerca que ya había desplazado, una generación antes, el Papa Pío XI al definir a la Acción Católica en los términos que lo hizo[18].

En tercer lugar, la Acción Católica ejerció un influjo en variados ambientes de la población nacional. En los campos actuó por medio de la Acción Católica Rural, con el objeto de formar militantes seglares con auténtico espíritu apostólico[19]. Algo parecido sucedió con su influencia en el mundo de los obreros y de cómo sentó las bases del sindicalismo cristiano, a través de la Juventud Obrera Católica. Asimismo, las universidades contaron con órganos de la Acción Católica, que tenían por objeto inculcar el sentido cristiano de la vida en la juventud y futura clase dirigente del país.

Y en cuarto lugar, la Acción Católica tuvo importancia gravitante no sólo en el clero diocesano o secular -donde se originó-, sino también en el clero religioso. Es elocuente el buen concepto que de la Acción Católica tuvo el sacerdote jesuita Alberto Hurtado: “Tiempo esya de despertar dellargo sueño en que hemos estado sumergidos y de emprender la restauración cristiana de nuestra Patria. Al despertar hemos echado una mirada al campo y hemos visto tanta cizaña en medio del trigo. El enemigo la ha sembrado aprovechando nuestro largo sopor. Para emprender este movimiento de restauración, la Divina Providencia nos ha dado un medio elmás adaptado a nuestros tiempos: la Acción Católica, brotada como raudal de aguas vivas del seno mismo de la Iglesia y que en esta hora es el llamado mismo de Dios para la salvación del mundo ”1.

Ahora bien, la influencia que la Acción Católica realizó en los ámbitos social, político, cultural y religioso se expresó en coordenadas muy definidas y concretas. No sólo se encargó de meditar las verdades eternas, sino que además la Acción Católica se afanó por los problemas contingentes de su tiempo.

Hay algunos que sostienen que la Acción Católica no tuvo inquietudes sociales. Ella no sería otra cosa, en la década de los cincuenta, que un conjunto de “niñitos bien” que se juntaba a rezar, conversar y nada más. El autor José Antonio Díaz se refirió a la Acción Católica como “un organismo piadoso conformista”[20], que cultivó una “mística de la evasión” y que concibió al laico como “un cristiano de segunda zona”[21]. Otros vieron en el movimiento una actitud ambigua, a medio camino entre dedicarse sólo a lo espiritual o sólo a lo contingente. Monseñor Alan Ancel, presidente de la Comisión Episcopal del Mundo Obrero, recogió la crítica que acusaba a la Acción Católica de no ser una entidad definida: “Algunos dicen: ‘La Acción Católica se ocupa sólo de lo temporal, no evangeliza ‘. Otros afirman: ‘La Acción Católica se niega a comprometerse en la acción temporaly quiere limitarse a una evangelización meramente espiritual’. Es cierto que los militantes de la Acción Católica se ocupan de lo temporal; también es cierto que el Movimiento se niega a adquirir compromisos temporales. Estas actitudes, evidentemente, plantean problemas”4.

Nosotros, sin embargo, creemos que la Acción Católica sí tuvo inquietudes por un desarrollo humano integral y que consideró al hombre como una unidad corpóreo-espiritual. Para ello, se ocupó tanto de la dimensión trascendente de la persona como de las circunstancias contingentes en que debatía su existencia. Lo que puede ser discutido es el grado de compromiso de la Acción Católica con las materias sociales y económicas. Es decir, qué tan a fondo llegó en la aplicación de las ideas social cristianas. Pero creemos que no puede cuestionarse, como veremos, su interés por el bien de todo el hombre y de todos los hombres.

Las preocupaciones de la acción católica

La Acción Católica tuvo, de manera principal, una ocupación por la dimensión espiritual del ser humano. En efecto, la Acción Católica fue concebida como la participación de los seglares en el apostolado verdadero y propio de la Iglesia, esto es, en el apostolado que le corresponde a la Jerarquía

Eclesiástica[22]. No obstante esto, el movimiento también se ocupó de las condiciones materiales e históricas que hacían posible una vida plenamente humana.

Estas inquietudes por un desarrollo humano integral se reflejan, por ejemplo, en las diversas materias que abordó la revista[23]. En consecuencia, como la preocupación de la Acción Católica por el bien espiritual y trascendente está fuera del foco de la discusión, conviene centrarse en aquellos asuntos que nos hablan de un catolicismo de aproximación más social y que nos resultan más desconocidos.

En lo que se refiere a la política, Ecclesia optó por no repasar los principios de este orden de cuestiones, sino ofrecer vidas ejemplares que encarnaran la participación cristiana en las esferas del poder. Así ocurrió con la vida de Alcide de Gasperi, puesto como modelo de un hombre público plenamente sintonizado con los principios católicos[24]. Además, se publicó una semblanza del abate Luis de Sturzo, considerado prototipo del político católico. Este hecho nos causa extrañeza, pues muestra a un clérigo, cuya misión es netamente espiritual, fundando y dirigiendo una estructura temporal como lo es un partido político[25].

Sobre la vida obrera hubo bastante que decir, si se considera que una de las tres ramas de la Acción Católica especializada fue la Acción Católica Obrera. Las otras dos ramas fueron la Acción Católica Rural y la Acción Católica General. En su artículo Una luz cristiana en medio del mundo obrero de Chile” Carlos Sandoval Munita indicó que el nacimiento y crecimiento de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Chile vino a solucionar uno de los problemas apostólicos más apremiantes de nuestra patria: el favorecer la existencia de apóstoles seglares auténticamente cristianos y auténticamente obreros. Y es que hasta antes de la JOC, extender el reino de Cristo entre los obreros no era fácil[26]. Por otro, lado el Papa Pío XII reiteró la misión social que debe realizar el empresariado católico y que Ecclesia publicó en sus páginas[27].

Una variante de esta temática fueron los curas obreros. En este terreno la revista Ecclesia libró una de las batallas más épicas, como previendo que, en la década posterior, sería una bandera agitada por los sectores católicos más revolucionarios y que convenía combatir desde su génesis. En general, si bien se valoraron los esfuerzos por reconquistar las comunidades obreras para la Iglesia, se criticó con dureza el hecho de que estos sacerdotes presentaran su acción en ruptura con la tradición anterior[28].

En relación con las cooperativas, esta institución fue mirada como un medio verdaderamente eficaz para servir a los necesitados en los aspectos económico y social. Hubo conciencia de que era una poderosa escuela de formación cultural y moral, capaz de captar el interés de los asociados. Por otro lado, las cooperativas fueron vistas como la base para la creación de futuras empresas y desarrollar la formación cooperativista de los socios[29]. Pero, por sobre todo, servían para que la gente se acercara a la parroquia, conociera íntimamente al sacerdote, y éste puediera tener así mucho mayor margen para un efectivo apostolado[30].

La Acción Católica tuvo un actuar decidido en los campos, donde a través de la constitución de la Acción Católica Rural quiso formar militantes seglares y con un auténtico espíritu apostólico[31]. En este ámbito se consideró, por un lado, el aporte moral que significaba un patrón cristiano para la formación de los campesinos[32], y, por el otro, las importantes realizaciones sociales que podían lograrse. A este último respecto, se narró el caso de Carlos Ariztía y la cooperación de los inquilinos del fundo Longotoma. En dicho campo se trabajaba con el sistema de mediería, de forma que al quedar excedentes tras las cosechas, las utilidades eran repartidas. Por lo que Ariztía, a fin de invertir esos dineros de manera más eficiente y segura, creó la Cooperativa Agrícola Longotoma Ltda., que la revista explicó al detalle[33].

La educación fue, también, motivo de ocupación por parte de la Acción Católica. Pero lo que a fines del siglo XIX fue materia de acaloradas disputas entre la Iglesia y el Estado, parece ahora estar lejos del tenor de aquellas controversias decimonónicas. Si bien ahora no se trata de la libertad de la Iglesia para abrir y mantener colegios en medio de una sociedad laica o secularizada en sus instituciones, sí se trata del contenido que debe involucrar la instrucción. Sin embargo, la Acción Católica no abordará la materia que compone las asignaturas científicas o humanistas propiamente tales, sino el fondo moral y religioso que subyace a la labor docente[34].

Un tema muy recurrente en la revista fue el relacionado con el comunismo. Hay que tener en cuenta la publicación que, en 1937, el Papa Pío XI hiciera de la encíclica “DiviniRedemptoris” advirtiendo de los peligros del comunismo ateo. En este clima mental, Ecclesia publicó una serie de noticias que daban cuenta de las prácticas hostigosas y persecutorias que, por ejemplo, los creyentes experimentaban en China[35]. Además, la revista se encargó de presentar a nivel conceptual el sistema comunista y las razones de su incompatibilidad con el cristianismo[36].

También el arte fue materia de análisis de la Acción Católica, en especial el arte sagrado. Se le definió como aquél que contribuye en la mejor manera posible al decoro de la casa de Dios y promueve la piedad y la fe de los que se reúnen en el templo para asistir a los divinos oficios e implorar los dones celestiales[37]. Esta dimensión del ser humano no fue excluida de la revista, lo que demuestra el interés por formar cierto sentido estético-religioso en el mundo católico de mediados del siglo XX. Los criterios o lineamientos al respecto fueron bastante claros[38].

Por último, los medios de comunicación fueron una de las inquietudes más recurrentes de la Acción Católica. El principal medio de difusión fue la radio, a través de la cual se promovería la defensa del orden moral y se difundirían las buenas ideas[39]. Pío XII, de hecho, adquirió celebridad por la gran serie de radiomensajes que grabó. Y encomendó una gran responsabilidad a este medio, cuando inauguró la Radio Católica de Chile[40]. El cine tampoco estuvo ajeno al tratamiento eclesiástico, tanto en un sentido negativo como en su aspecto valioso y positivo para la causa santificadora[41]. Por otro lado, la publicidad fue otro tópico que ameritó un par de palabras de parte de Ecclesia, donde se analizó crudamente el destape y riesgo para la salud moral que significaba la ausencia de límites claros para mantener una sociedad sanamente constituida; en este asunto hubo, por cierto, constantes tensiones con la autoridad, que, a juicio de la Iglesia, no cumplía debidamente su papel[42].

Los enigmáticos silencios

En frente de los grandes tópicos sociales que abordó la Acción Católica por medio de su revista, hay otros que brillaron por su ausencia. Consideramos que estos grandes temas se resumen básicamente en cinco: la vivienda obrera digna, como solución al hacinamiento y al deterioro moral de las familias. El salario justo, para que el trabajador y su familia pudieran llevar una existencia no básica, sino realmente humana. Las migraciones desde el campo a la ciudad. La extensión de la jornada laboral, como medida razonable en la triple división del día que consagra un tiempo para el trabajo, otro para la familia y otro para el debido descanso. Y, por último, una mirada crítica sobre el capitalismo económico inspirado en las filosofías materialistas y utilitaristas. Estas materias fueron recurrentes en el magisterio de León XIII en adelante y que, en general, asumió como propias la corriente del social catolicismo chileno[43], por ejemplo a través de la revista Estudios, dirigida por Jaime Eyzaguirre[44].

Sin ahondar en este momento en las razones de por qué esos tópicos no fueron abordados por Ecclesia, conviene tener en consideración el fenómeno de que la mayor parte de la historiografía detiene el estudio de la cuestión social, al menos en Chile, en los años cercanos a 1925. La cuestión social sería una realidad presente, en cifras redondas, desde 1870 hasta 1930. Desde la década del treinta en adelante, con el advenimiento de una nueva concepción del Estado, más social y menos liberal, pareciera que el conjunto de flagelos que constituyeron la cuestión social hubieran desaparecido de la noche a la mañana. Sin embargo, publicaciones recientes de algunos historiadores, como Gabriel Salazar -que estudia la aparición de las “poblaciones callampa” en plena era CORFO-, demuestran que los males de comienzos de siglo seguían presentes. Más ocultos, es posible, pero siempre ahí, afectando a muchos chilenos[45].

Del hecho de que la Acción Católica no hubiera abordado estas cinco temáticas que fueron patrimonio del social catolicismo, podrían valerse los detractores del movimiento para insinuar que ella no tuvo interés en las grandes problemáticas de su tiempo. La Acción Católica no se habría ocupado de un desarrollo humano integralmente considerado. Sin embargo, nos parece que debe realizarse un juicio más amplio y matizado acerca del rol del movimiento en los años que hemos estudiado, en base a las siguientes consideraciones.

En primer lugar, hay que tener presente que durante los cuatro años que circuló la Ecclesia, vieron la luz una serie de temáticas que correspondían materialmente al objeto de la doctrina social de la Iglesia. Hubo constantes referencias a las cooperativas, la redención obrera, la vida campesina, la política, el comunismo o los medios de comunicación, entre otros asuntos conexos. La Acción Católica, en consecuencia, no promovió una visión del catolicismo de espaldas a los grandes problemas humanos. Al contrario, estuvo siempre presente iluminando con los principios eternos la marcha de las realidades terrenas. Con esta actitud, la Acción Católica se adelantó a la enseñanza que se elaboraría con mayor perfección en las sesiones del Concilio Vaticano II, en el sentido de que es misión de la Iglesia, concretamente de sus laicos, la renovación de todo el orden temporal.

En segundo lugar, las grandes directrices católicas que la revista transmitió, sin cesar, para remediar los dramas humanos de la época, estuvieron en directa relación con los principios morales y espirituales del cristianismo. Se trató de un catolicismo integral, que desde su esencia sobrenatural comunicó ideas y planteamientos orientados a la contingencia. En ningún caso se trató de una propuesta secularizada o de un catolicismo que razona las grandes cuestiones desde una óptica inmanente, intramundana, naturalista o no-teológica. Por ejemplo, al tratar de las cooperativas, Ecclesia no sólo ponderó las ventajas sociales y económicas que tal institución podía aportar a sus asociados, sino que, sobre todo, puso en evidencia la gran oportunidad que se le abría al sacerdote para realizar, de una manera más cotidiana, el imprescindible apostolado.

En tercer lugar, se insistió hasta el cansancio en la labor que los laicos debían desempeñar en la extensión del reino de Cristo en la sociedad. Como decía Pío XI: “La Acción Católica no es otra cosa sino la ayuda                                    que prestan los    seglares    a la Jerarquía                 Eclesiástica en el ejercicio del apostolado.                                                 Y

porque es apostolado, no solamente procura la santificación propia, sino que tiende a la mayor santificación de los demás por medio de la acción organizada de los católicos, quienes, siguiendo en todo la dirección impuesta porla Jerarquía, ayudan valiosamente a dilatar en las naciones elreinado de Cristo ”9. Monseñor Larraín estuvo convencido de que la acción sacerdotal y la acción del seglar, aunque idénticas en su fin, eran diversas en su forma: “Por tanto, ni laicismo, que pretende independizar a los seglares de la Jerarquía, ni clericalismo, que hace invadir a los sacerdotes el campo de los seglares, sino coordinación de ambas formas de apostolado, en una acción donde el sacerdote asiste, inspira y mueve y elseglar da cumplimiento al mandato recibido, santificando y cristianizando el ambiente”0. Estos hechos vienen a derribar el mito contemporáneo de que recién a partir del concilio Vaticano II los laicos habrían sido tomados en serio.

En cuarto lugar, la Acción Católica, a través de Ecclesia, emprendió una santa cruzada en contra del comunismo y su totalitarismo irreligioso en naciones cristianas. Por una parte, denunciaba la intrínseca perversidad de sus principios. Y por la otra, hacía ver la inviabilidad práctica que un sistema como el descrito representaba para las sociedades. En este combate no hacía sino prolongar el grito de

guerra que Pío IX, en el Syllabus, y León XIII, en Rerum Novarum y otras encíclicas, habían dirigido en contra de las tesis de Carlos Marx y Federico Engels. Alfredo Barros Errázuriz, años antes, ya había sido bastante categórico: “Este antagonismo social amenaza conducirnos a una ruina total. Como dice muy bien el Padre Curci para el eterno antagonismo entre pobres y ricos, no hay en la Historia de la humanidad sino dos soluciones: ola civilización cristiana, fundada en el Decálogo y en los Evangelios, o la esclavitud pagana. Hay que elegir entre Roma o Moscou, entre el Papa o Lenin”1. Llama la atención, a este respecto, que el dilema era presentado entre cristianismo y comunismo. ¿Pero qué pasaba con el capitalismo liberal, inspirado en Adam Smith? ¿Acaso no merecía reparos?

En este sentido y en quinto lugar, es llamativo que la revista, durante los cuatro años que analiza este trabajo, silenciara sistemáticamente las críticas hacia el modelo económico capitalista. No era que tuviera tampoco palabras de benevolencia hacia estos postulados. Pero, por un sentido de ecuanimidad, es razonable sostener que si se criticó tan ardientemente al marxismo -por ser materialismo teórico-, también debió criticarse con semejante celo al capitalismo, que es materialismo práctico. Más todavía si consideramos que Romanos Pontífices como Pío IX y León XIII lo habían hecho. Y en Chile mismo, un nutrido grupo de intelectuales, como Juan Enrique Concha y más tarde los miembros de la Liga Social, como Fernando Vives, Julio Philippi u Osvaldo Lira, hicieron una crítica descarnada hacia el espíritu burgués y hacia los principios que emanaban de la filosofía de Adam Smith[46].

En sexto lugar, aún cuando la revista contenga publicaciones enmarcadas dentro de un catolicismo social, la actitud de la Acción Católica a la hora de hacer aplicación de esas ideas socialcristianas fue bastante moderada, tibia y poco comprometida. En la obra “ElPadre Hurtado,, Apóstol de Jesucristo ”, biografía escrita por el sacerdote jesuita Alvaro Lavín, se evidencian las polémicas que tuvo San

Alberto con monseñor Augusto Salinas, roces que se fundaron, precisamente, en las distintas maneras de comprender el catolicismo en temas sociales. El mismo padre Hurtado consigna que, en el trasfondo de su apartamiento como Asesor Nacional de la Juventud Católica, estaban acusaciones en su contra que giraban en torno a tres puntos directamente relacionados con estos asuntos: falta de espíritu jerárquico, injerencia en política e ideas avanzadas en materia social[47].

Por último, cabe considerar que las publicaciones de índole social y económica de Ecclesia representaron sólo un tercio del total de los artículos de la revista[48]. La gran mayoría, como es lógico, correspondió a materias piadosas o estrictamente sagradas. No deja de llamar esto la atención, porque hay un tema más de fondo, que es la vinculación entre gracia y naturaleza que no resplandece suficientemente en la revista. En la generalidad de los casos, la gracia aparece correteando por su propio derrotero, divorciada de su misión respecto de la naturaleza. No aparecen los grandes temas como la economía, la política o la sociedad entera, repensados desde la sabiduría perenne de los principios cristianos. Es cierto que monseñor Larraín tuvo palabras muy sabias al respecto: “Esto [el encarnarse] exige la preocupación y el interés por todos los problemas del ambiente, no sólo los espirituales y morales, sino igualmente los de orden materialy temporal. En esta forma haremos el terreno permeable a la gracia de Cristo ”[49]. Pero estas palabras cargadas de sabiduría no tuvieron, aparentemente, un correlato sostenido en las páginas de Ecclesia, que fuera más allá de chispazos intermitentes[50].

Conclusiones

La Acción Católica no abordó todas las temáticas sociales y económicas de su tiempo, como pudiera haberse deseado, pero sí afrontó grandes desafíos culturales de la época. Por otra parte, pese a las imperfecciones, tibiezas o temores que exhibió la revista Ecclesia en el tratamiento de algunos temas, no puede negarse que hubo aportes en la línea de un desarrollo humano integralmente considerado. Y fue un aporte en doble perspectiva de integralidad.

En primer lugar, porque abarcó materias de naturaleza teológica junto con materias de orden doméstico de una familia cristiana, lo que presentó al catolicismo como una unidad de vida. Y en segundo lugar, fue integral porque su énfasis estuvo en el plano más excelente del ser humano, aquello donde radica su dignidad de ser racional: su inteligencia y su voluntad. Usando una analogía a este respecto, podemos decir que la Acción Católica quiso elevar al hombre caído a la manera como un individuo levanta una marioneta desde los hilos más altos. Así también la Acción Católica no se quedó en las consideraciones materiales de la existencia, sino que se dirigió a lo más hondo y elevador de la persona: su alma espiritual, capaz de conocer y amar a Dios.

Las inquietudes de la Acción Católica fueron, en definitiva, las de un cristiano con los pies bien puestos en la tierra, pero con los ojos clavados en el Cielo.

Es evidente que no somos los primeros quienes hemos puesto el desarrollo humano integral como meta de nuestras aspiraciones. Allí está la Acción Católica, con sus méritos e imperfecciones, para demostrar que en los días del ayer también existía amor al prójimo. Puede sucedernos que, en materia de dignidad humana, nos sintamos como haciendo y escribiendo historia. Pero no. Muchos movimientos de los siglos anteriores han desarrollado idénticas motivaciones.

tácitamente el orden humano -las realidades de este mundo-. Es lo que el filósofo Francisco Canals Vidal denominó “cristianismo de trascendencia ”presente en siglos previos bajo los nombres de monofisismo, eutiquismo, catarismo o jansenismo, todos los cuales bebieron del gnosticismo y del maniqueísmo. Por lo tanto, quizá fueron resabios de aquella tendencia los que constituyeron una barrera mental relativamente infranqueable cuando se trató de difundir un pensamiento más pendiente de los dramas terrenos; esto es, parafraseando a Santa Teresa de Avila, con una fe que sabía encontrar a Cristo en los pucheros. En definitiva, no era fácil para algunos espíritus aceptar un catolicismo que no veía contradicciones entre la vida de piedad y la acción en favor del prójimo. Por este motivo, José Antonio Díaz llega a sostener que la Acción Católica postuló una “mística de la evasión” (Cfr. DÍAZ, José Antonio, “La crisis permanente de la Acción Católica’’, Editorial Nova Terra, Barcelona, Primera Edición 1966, p. 88).

Por lo tanto, corresponde que nos comportemos como enseña aquel adagio de la Cristiandad Latina: ser como enanos sobre hombros de gigantes. Sólo si aprendemos de nuestros mayores y predecesores, sin renegar de su legado moral e histórico, podremos mirar más lejos y consolidaremos una auténtica civilización cristiana. Allí donde la persona de Jesucristo ocupe el centro y, por Él y en Él, la familia de todos los hombres.

Como corolario final, cabe notar que el curso de la historia muestra que las soluciones más integrales a los grandes problemas humanos no parecen provenir ni de los modelos marxistas ni de los diseños liberales, sino de la concepción de hombre y sociedad que subyace a la cultura católica. Una vez más en la historia, aparece que es el pensamiento cristiano quien da forma a una civilización más humana. Constatar esta realidad y convencerse de ella es fundamental frente a la hora presente que nos toca vivir.

La posmodernidad se caracteriza por confesar la superación de la razón y, en consecuencia, el agotamiento de cualquier metarrelato o absoluto que dote de sentido a la existencia. Por eso no es raro encontrarse, incluso entre los católicos, con severos complejos de inferioridad relativos a la identidad, a la confesión religiosa o a los proyectos de trascendencia.

Frente a este relativismo cultural, creemos que corresponde sacudirse los miedos paralizantes y entrar esperanzados al debate público. Es hora de desempolvar nuestras banderas y confiar en que nuestros ideales aportarán sustancialmente al cambio cultural que el país requiere. No será posible edificar la civilización del amor si no asumimos este sacrificio.

 

Referencias Bibliográficas Fuentes primarias

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3 Cfr. PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, “ Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia ” Editorial San Pablo, segunda edición, Santiago, 2008, p. 143.

  • HURTADO CRUCHAGA, Alberto, “¿Es Chile un país católico?” Editorial Ercilla, edición especial, 2005, p. 119.

24 ANCEL, Alfred, “Ante la crisis actual de la Acción Católica”, Editorial Nova Terra, Barcelona, 1966, p.17.

49 PÍO XI, “Carta al Episcopado Argentino ”, 4 de febrero de 1931.

50 LARRAÍN ERRAZURIZ, Manuel, “Acción Católicayrealidadesmodernas” Impresiones Casa Hogar San Pancracio, Santiago, 1947, p. 13.

51 BARROS ERRÁZURIZ, Alfredo, “Acción Católica” Dirección General de Prisiones-Imp., Santiago, 1933, p.199.

[1] Alumno de Derecho y Certificado Académico en Historia de Chile, ambos en la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.

[2] Cada vez es más frecuente constatar que van floreciendo, a lo largo y ancho del país, obras de voluntariado de diversa naturaleza. La Fundación San Josépara la Adopción, Desafío Levantemos Chile, Caritas, Fundación Pro Bono, Idea Paísy Un Techo para Chile son no más que algunos ejemplos de esta tendencia de ocuparse por el prójimo. En la misma Universidad Católica, sin ir tan lejos, se encuentran iniciativas como Belén, Calcuta, Prácticas Solidarias, Trabajos San Alberto, entre otros proyectos, que hacen carne el ideal del servicio desinteresado. A nivel de grandes firmas, ha tomado vuelo aquella rama denominada Responsabilidad Social Empresarial (RSE), en virtud de la cual las sociedades mercantiles contribuyen, de manera activa y voluntaria, con medidas concretas tendientes al mejoramiento social, cultural o ambiental de ciertos grupos de la población. Por otro lado, pareciera que buena parte del empresariado nacional ha abandonado las concepciones más puristas acerca del modelo económico de raíz neoliberal. Ya no se rasgan demasiadas vestiduras cuando autoridades de gobierno, por ejemplo, alzan la voz en favor de una economía social de mercado y de un Estado más subsidiario, que beneficie directamente a los pobres de Chile. En las movilizaciones estudiantiles de 2011, al menos a nivel de discurso de sus dirigentes, se buscaba una mayor equidad en el acceso a la educación. La formación universitaria fue percibida como un bien y, en consecuencia, como perfectiva de los sujetos que la reciben. La Prueba de Selección Universitaria (PSU) ha incorporado para este año 2012 nuevas variables, donde destacan hábitos intelectuales y morales, ya no sólo acumulación de conocimientos. Por su parte, la tasa de interés del llamado Crédito con Aval del Estado se rebajó desde un seis a un 2%, favoreciendo principalmente a los quintiles medios del país. Asimismo, hemos podido ver, a través de la televisión y medios escritos de circulación electrónica, cómo ha cobrado fuerza y sentido el periodismo investigativo. De acuerdo a la idea de que los medios de comunicación representarían una suerte de cuarto poder del Estado, ellos se han auto-impuesto la tarea de ser los tutores de los más desprotegidos -por ejemplo, los consumidores-, denunciando los atentados a los intereses de estos grupos y poniendo en evidencia las infracciones cometidas por los prestadores de servicios. En consecuencia, se percibe que, en general, vamos mejorando en calidad humana, aunque aquí y allá estallen a menudo conflictos de diversa índole. Pero incluso ante hechos dramáticos, la reacción primaria no es la indiferencia, sino el interesarse por sus causas y las posibles soluciones.

[3] Cabe precisar, sin embargo, que los albores de la Acción Católica, a nivel mundial, se remontan a la encíclica Ubi Arcano Dei, publicada en el año 1922 por el Papa Pío XI. En ella, el Romano Pontífice señala que fruto del ardiente celo por las almas es aquél “conjunto de instituciones, programas y obras, que se conoce con el nombre de Acción Católica y que es de Nos muy estimada ”(Cfr. PÍO XI, “Ubi Arcano Dei Consilio”n° 18). Con todo, ya en 1905, en su encíclica Il Firmo Proposito, el Papa Pío X había dispuesto una reorganización del movimiento católico italiano, donde sentó las bases de la constitución de la Acción Católica como actividad organizada de los laicos, en orden a unificar sus fuerzas para situar de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela y en la sociedad. No obstante, fue Pío XI el gran arquitecto del edificio doctrinal que sostuvo a la Acción Católica robusta y extendida por variadas regiones del globo.

[4] PÍO XI, “Carta dirigida al Episcopado Argentino” 04/02/1931. Véase también, del mismo autor, el discurso dirigido a las obreras de la Juventud Católica Italiana, del 19/03/1927, donde sostiene la misma idea.

[5] La Acción Católica se formó con parte importante de los ex miembros de la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC), fundada en 1915 por el Pbro. Julio Restat y en conjunto con los estudiantes universitarios Eduardo Cruz Coke y Emilio Tizzoni. Además, la Acción Católica fue el resultado de las inquietudes que promovieron, entre otros grupos, los “Círculos de Estudio”, de la mano del sacerdote Fernando Vives del Solar (cfr. ALIAGA ROJAS, Fernando, “Historia de los movimientos apostólicos juveniles de Chile” Editorial Equipo de Servicios de la Juventud (ESEJ), Santiago de Chile, 1973, p. 45).

[6] Cfr. HUERTA MALBRAN, María Antonieta, “Catolicismo Social en Chile. Pensamiento y praxis de los movimientos apostólicos” Ediciones Paulinas, Santiago, 1991, pp. 431-461.

[7] El 24 de julio de 1956, la Conferencia Episcopal de Chile, en una carta pastoral dirigida al clero y a los fieles de la República, elogió el vigésimo quinto aniversario que cumplía la Acción Católica en el país. Asimismo, no dejó de bendecir la hora en que se fundó este movimiento apostólico que, como fue calificado por Pío XI, constituía el remedio específico a los males del mundo moderno. La carta de 1956 tuvo una triple finalidad: ser una voz de aprobación y aliento a lo que la Acción Católica había hecho; despertar en sus miembros la responsabilidad de la misión que la Iglesia les ha confiado; y llamar a todos los fieles a incrementar sus filas (Cfr. CONFERENCIA EPISCOPAL CHILENA, “Carta al Clero y fieles de la República” 24 de julio de 1956). En definitiva, es evidente que por aquellos años había un optimismo creciente acerca de la labor que, en beneficio de las almas y de la restauración cristiana de la sociedad, podía desempeñar la Acción Católica. Optimismo que, por cierto, no da cuenta de la crisis de esta institución que Fernando Aliaga documenta en el año 1947 (Cfr. ALIAGA ROJAS, Fernando, “Historia de los movimientos apostólicos juveniles de Chile”, Editorial Equipo de Servicios de la Juventud (ESEJ), Santiago de Chile, 1973, p. 58).

[8] Cfr. SILVA SANTIAGO, Alfredo, “Nociones de Acción Católica”, Colección Ecclesia N° 4, Segunda Edición, Santiago, 1932, pp. 169-246.

[9] En el primer número de la revista Ecclesia, correspondiente al año 1951, se recuerda a los suscriptores del Boletín de la Acción Católica Chilena que, por acuerdo de la Comisión Episcopal, este Boletín había cambiado al nombre de “Ecclesia .

[10] ECCLESIA, año I, N° 1, Santiago, 1951, p. 2.

[11] La revista Ecclesia, dependiente del Secretariado Nacional de Prensa -que, a su vez, dependía de la Junta Nacional de la Acción Católica de Chile-, fue publicada en números irregulares por año. Así, en el año de 1951 se publicaron dos números. En 1952 se publicaron cinco. En 1953, cuatro números. Y en 1954, igualmente cuatro.

[12] El gran “poder en las sombras” o “eminencia gris” detrás de la Acción Católica fue su Asesor General, monseñor Manuel Larraín Errázuriz. Además, si atendemos a quienes firmaban los artículos de la revista, excluyendo a las plumas internacionales -en especial francesas- cuyos escritos se reproducían en Ecclesia, vemos a otros eclesiásticos como Bernardino Piñera, Alfredo Silva, Carlos Sandoval Munita y Sergio Venegas. En cuanto a la presencia de laicos colaborando con artículos en Ecclesia, encontramos, ocasionalmente, las figuras de Alejandro Silva Bascuñán, Santiago Bruron y, en menor medida, Carlos Ariztía y Sara García de la Huerta. De forma que, entre todo el universo de articulistas de la revista, los escritos de clérigos ocupaban la mayor parte de Ecclesia. Esta escasa participación seglar llama la atención, ya que la Acción Católica fue una tarima pensada y dispuesta para laicos. Es decir, la Acción Católica era propiamente negocio de seglares, no de los curas.

[13] Sin embargo, esto es susceptible de una crítica. Porque los graves males que denunciaba la revista eran combatidos en sede religiosa, no temporal, en circunstancias que la naturaleza de tales males era, a nuestro juicio, bifronte: espiritual y temporal. Luego, el combate se hizo trunco, cojo, manco. Se declamaron perfectamente los principios, pero nadie sabía cómo dar soluciones prácticas, aplicarlos convenientemente a las realidades de este mundo. Eso sí, se puede replicar a esto con lo que decía san Alberto Hurtado: “Las obras de carácter social no caen dentro del campo de la Acción Católica para ser realizadas por ella misma; pero a ella le incumbe formar el criterio social de sus miembros y ponerlos en contacto con las instituciones llamadas a realizar esta labor socialcristíana” (HURTADO CRUCHAGA, Alberto, “¿Es Chile un país católico?” Editorial Ercilla, edición especial, 2005, p. 122). Con todo, el hecho de la escasa participación de los laicos en la dirección de la revista nos parece de una relevancia no menor, aunque esta no radica, por cierto, en una comprensión de lucha dialéctica o antagonismo que pudiéramos apreciar entre “curas” y “laicos”. La relevancia de la composición del comité de la revista estriba en un punto objetivo y que es el siguiente. La formación del sacerdote es en torno a los principios morales; la del laico, en cambio, se centra en el desarrollo de una disciplina secular, específica, contingente, aplicada a la luz de los principios entregados por los pastores. Sin embargo, aquella formación de los sacerdotes les lleva a no ver la secularización que se da al interior de las propias disciplinas o profesiones. Porque una cosa es ser un abogado justo o un médico competente en su ciencia, pero otra cosa muy distinta es ser un abogado piadoso, de misa diaria, pero inicuo en el ejercicio de su actividad. No siempre coinciden esos dos ámbitos en los sujetos. De manera que, teniendo presente esta falta de competencia del clero en los asuntos temporales, los que de suyo no son de su jurisdicción, es comprensible que el contenido de la revista Ecclesia girara en torno a cuestiones espirituales y en sí mismas buenas, pero insuficientes para una época y una cultura que iban dando síntomas de descomposición cristiana. Los remedios ofrecidos por la Acción Católica parecen no haber sido proporcionales a la gravedad de los males. No fue capaz de frenar la ola de revoluciones que se producirían en la convulsa década de los sesenta y que llevaron a que J acques Maritain hablara, más tarde, de una Iglesia de rodillas ante el mundo (Cfr. MARITAIN, Jacques, “El campesino del Carona, Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao-España, 1967, pp. 89-100). Pero esto sería, quizás, achacar culpas a la Acción Católica de las que pareciera no tener arte ni parte.

[14] Dicha comitiva estuvo integrada por las siguientes personas: Mons. Manuel Larraín E. (Asesor General de la Acción Católica Chilena), Mons. Francisco Vives (Párroco de Santa Ana en Santiago), Sra. María Larraín de Valdés (Presidenta de la Asociación de Mujeres), Sra. Virginia Larraín de Irarrázaval (Delegada del Consejo Nacional de la Asociación de Mujeres), Sra. Sara Izquierdo de Philippi y Sr. William Thayer A. (Secretario de la Junta Nacional).

[15] Cfr. HUERTA MALBRAN, María Antonieta, “Catolicismo Social en Chile. Pensamiento y praxis de los movimientos apostólicos” Ediciones Paulinas, Santiago, 1991, pp. 216-219.

[16] HUERTA MALBRAN, María Antonieta, “Catolicismo Social en Chile. Pensamiento y praxis de los movimientos apostólicos” Ediciones Paulinas, Santiago, 1991, p. 434.

[17] La naturaleza y finalidad propia de la Acción Católica consistió en la participación, cooperación o auxilio que los laicos prestan al apostolado Jerárquico o apostolado propio y verdadero de la Iglesia. Este apostolado específico consiste, fundamentalmente, en la predicación de la Palabra y en la administración de los Sacramentos. De esta manera, “la Acción Católica no serájamás de orden material sino espiritual, no de orden terreno sino celestial, no de orden político sino religioso” (Cfr. SILVA SANTIAGO, Alfredo, “Nociones de Acción Católica” Colección Ecclesia N° 4, Segunda Edición, Santiago, 1932, pp. 22-36).

[18] Sin embargo, conviene hacer matices, porque si en la década del treinta la promoción del laicado fue una apuesta pastoral, parece que en la década de los sesenta fue una movida revolucionaria. Con todo, no deja de ser interesante este nuevo paradigma: la acción de los laicos entendida admira de la ordenación jerárquica. Porque siempre se había proclamado y promovido una mayor participación de los laicos, pero en la vida social, en la esfera pública. Clamorosa fue la encíclica Rerum Novarum, en 1891, donde el Papa León XIII denunciaba dos sistemas antagónicos -el capitalismo y el

marxismo-, ninguno de los cuales era fruto de una visión y acción genuinamente católica. O sea, ya en el siglo XIX se evidenció una secularización cultural patente de las ideas cristianas en la economía, el trabajo, la prensa, el ámbito político, etc. Y el Papa pedía contrarrestar ello, mediante una acción más decidida de los laicos en el orden temporal. En 1962, sin embargo, serán en otro sentido (en otra “clave hermenéutica”) las exigencias o demandas de participación. De manera que algunos se han preguntado, no sin razón, si la concepción de los laicos como “curas que no llegaron a serlo” -en vez de miembros con atribuciones específicas- no significaría un retroceso en cuanto a la identidad de la vocación laical. Este complejo del seglar, que para superarlo debía usurpar funciones a los sacerdotes, fue un planteamiento pastoral que contribuyó, a nuestro juicio, poderosamente a la secularización. Pues ocurrió lo que algunos autores, como Jean Ousset, llaman la “clericalización de los laicos”, que les llevó a afanarse, por ejemplo, en preciosismos litúrgicos, pero a descuidar su cometido específico de formar ambientes, costumbres e instituciones cristianas, cediendo estos ámbitos al laicismo y al neo-paganismo.

  • DOMÍNGUEZ C., Oscar, “El campesino chileno y la Acción Católica Rural”, Centro de Investigaciones y Acción Social, Santiago, 1961.

[20] DÍAZ, José Antonio, “La crisis permanente de la Acción Católica, Editorial Nova Terra, Barcelona, Primera Edición 1966, p. 86.

[21] DÍAZ, José Antonio, “La crisis permanente de la Acción Católica, Editorial Nova Terra, Barcelona, Primera Edición 1966, p. 88.

[22] Cfr. SILVA SANTIAGO, Alfredo, “Nociones de Acción Católica” Colección Ecclesia N° 4, Segunda Edición, Santiago, 1932, p. 13.

[23] Durante el tiempo que transcurrió entre comienzos de 1951 y finales de 1954, la revista Ecclesia alcanzó a publicar 15 números. Cada número contiene una serie promedio de 10 artículos, de forma que este trabajo se basa en el análisis de poco más de 150 artículos que publicó Ecclesia en el período. En esas páginas se contiene el ideario o el mensaje que la Acción Católica quiso transmitir al mundo católico más culto y/o cercano a los ambientes de piedad. Porque en este mundo, de un catolicismo de élite, recaía la esperanza de alcanzar, mediante la cooperación laical en la labor propia de la Jerarquía, a aquellos sectores que aparecían más dejados de la mano de Dios. Como se señaló por aquella época, la Acción Católica debía ser el colaborador fiel del párroco, las manos del sacerdote que llegan donde él no puede llegar (Cfr. HURTADO CRUCHAGA, Alberto, “¿Es Chile un país católico?” Editorial Ercilla, edición especial, 2005, p. 126). Hubo en los números de la revista algunos tópicos más recurrentes que otros. Y dentro de ellos, los que más interesan a efectos de este trabajo son aquellos que tienen mayor relación con las materias del orden social en general. Éstos corresponden a un tercio de los artículos publicados. Los otros dos tercios aluden a temáticas de índole teológica o estrictamente religiosa, respecto de las cuales omitiremos mayores referencias, puesto que no se relacionan con el propósito de este trabajo. Sólo indicaremos, a título ilustrativo, que tales temáticas correspondieron a escritos sobre la eucaristía, noticias conventuales, vidas ejemplares, lecciones de catecismo, ascesis y mística, reflexiones marianas, investigaciones arqueológicas relacionadas con la Sagrada Escritura, discursos magisteriales, sacramentos, milagros, indulgencias, penitencias y otras.

[24] Cfr. ECCLESIA, N° 14, 1954.

[25] Benedicto XV, en 1915, nombró a Sturzo como secretario general de la Acción Católica. Y con el consentimiento de la Santa Sede, Sturzo fundó, en 1919, el Partido Popular, a fin de insertar a los católicos en la vida política italiana. Eso sí, Benedicto XV puso una condición esencial: la Iglesia no se responsabilizaba en nada del nuevo partido, inspirado en el pensamiento social católico, y que dicho partido evitara todo lo que fuera susceptible de comprometer al Vaticano. Más tarde, fiel a la consigna de no crear dificultades a la Santa Sede, el abate Sturzo renunció al partido que había fundado,

cuando el régimen fascista reveló su política tiránica, y se desterró a Londres, sucediéndole en el partido Alcide de Gasperi (Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, pp. 30-32).

[26] Al respecto se señala: “Pensamos muchas veces que su recrístíanízacíón era posible realizarla desde fuera, es decir, por su gente que no era obrera, teniéndola inmensa mayoría de las veces como consecuencia el producir un cristianismo ‘semi- patronal, como algunos le han llamado. Ha sido la Acción Católica la que ha comprendido la urgencia de llevar el mensaje cristiano al fondo mismo de cada ambiente en manos de aquellos que forman ese mismo ambiente ”(ECCLESIA, N° 9,

  • 25).

[27] En 1954, una empresa de la ciudad de Florencia decide cerrar su fábrica, pero los obreros se niegan a dejar el trabajo.

Este conflicto social lleva al alcalde de la ciudad, Jorge La Pira, a dirigirle una carta al Santo Padre para que intervenga “con su serena y augusta autoridad”. En la respuesta que Pío XII emite a través del Prosecretario de Estado y tras manifestar su congoja por este hecho, recuerda la doctrina sobre la función social que corresponde al empresario: “Ya sean los promotores las empresas, ya la autoridadpública (…) siempre se esforzarán aún más acrecentando sus esfuerzos para garantizara estas clases obreras aquella indispensable seguridad de vida, que resulta de una relativa continuidad de empleo y va unida a una honesta suficiencia de pan y de habitación, que abra el espíritu, siempre generoso y noble, a las serenas visiones déla convivencia cristiana, a la paz social y a las esperanzas sobrenaturales de la religión” (ECCLESIA, N° 12,

  • 10).

[28] El padre Fontez comenta a través de EcdesíaXa controversial novela “Los santos van al infierno” del autor Robert Laffont. El padre Fontez alaba que en la novela se muestre la vida de los sacerdotes obreros en los suburbios parisienses, lo que demuestra el esfuerzo de la Iglesia en Francia para reconquistar la masa obrera para Dios. Y no escatima elogios para celebrar la visión real que se presenta de la clase obrera, conocida, en general, tan superficialmente. Ciertas páginas, llega a decir el P. Fontez, pertenecen a lo mejor de Bloy y Bernanos. Sin embargo, no tardan en aparecer los problemas: “Al

recorrer esta obra, que reconocemos notable bajo muchos aspectos, nos acecha el peligro de condenara príorí todo lo que huela a organización -aparentemente anticuada- déla parroquia actual, tal cual es, proponiendo, en cambio, como una panacea, la fórmula sacerdote-obrero” ( Cfr. ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 29). La novela, en efecto, había retratado dos tipos de sacerdote. Por un lado, el “párroco conservador”, satisfecho de vivir en su conformismo tradicionalista aparentemente estéril. Y por el otro, el joven sacerdote moderno, angustiado por la miseria de la clase obrera, afanado en hacer funcionar todos los resortes para procurarle un mejor pasar. Dicha caricatura, ciertamente, dejaba muy mal parado al cura de siempre, ése que no abrazaba causas temporales sino que se dedicaba a desempeñar fielmente el ministerio espiritual. No era decoroso para Fontez, por lo tanto, dejar esta insolencia sin contestación. “No negamos que los sentimientos aquí expuestos [en la novela] brotan de una conciencia recta, pero que no cuadran en la boca de un sacerdote; es verdad que el autores laico… ¿pero le da este derecho a no desarrollar mejor su pensamiento que tan fácilmente se interpretaría en un sentido heterodoxo de la peor ley?” se quejaba Fontez (Cfr. ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 29). El P. Fontez aprovecha la ocasión de fustigar, además, la traducción antojadiza que el autor hace de pasajes de la Misa, las ofensas a la piedad tradicional, la mirada laxa sobre el pecado y una expresión curiosa que casi no ve manera de salvar: “Las almas son quienes nos llaman y no Dios” (ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 31). En 1954, la revista es categórica sobre la situación de los curas obreros: “Después de diez años de existencia, la experiencia de los sacerdotes obreros, tal como ha evolucionado hasta hoy, no puede ser mantenida en su forma actual” (ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 8). No obstante, se valora que mantengan un apostolado sacerdotal en un ambiente tan necesitado de Dios. Por lo tanto, se dan directrices para conjurar los males de lo que se llamó “elproblema de los sacerdotes obreros”: que sean seleccionados por un obispo, que reciban formación apropiada, que no vivan solos y que no acepten empleos temporales que vayan en perjuicio de su ministerio más del tiempo debido. ¿Cuáles fueron las razones de esta suerte de animadversión hacia los sacerdotes obreros? ¿Acaso simple capricho jerárquico? Son razones doctrinales. “Ser sacerdote y ser obrero son dos funciones, dos estados diferentes y es imposible unirlos en la misma persona sin alterarla noción del sacerdocio. El sacerdote está hecho para consagrar su vida a Dios y al servicio délas almas, el obrero realiza una obra temporal” señala el cardenal Lienart (ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 9). Con todo, el Santo Padre alienta a continuar el apostolado en este ambiente, aunque por medios nuevos.

  • Sergio Venegas informa en 1953, con evidente regocijo, que en Chile hay 34 Cooperativas de Ahorro. Sólo dos de ellas no han sido patrocinadas por el Departamento que para este objeto tiene la Acción Católica. De las 32 que se han organizado, 28 son parroquiales y las otras cuatro son de carácter general (Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 23).
  • ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 24.

[31] DOMÍNGUEZ C., Óscar, “El campesino chilenoyla Acción Católica Rural”, Centro de Investigaciones y Acción Social, Santiago, 1961, pp. 40-44.

[32] Bernardino Piñera, en su artículo “La Acción Católica que queremos para Chile en 1953” se refiere a la organización de la Acción Católica Rural. Sostiene que cuando el patrón no es creyente, se le instará a que permita que los trabajadores del fundo se organicen bajo la asesoría del clero. Pero si los patrones son católicos, sería un error prescindir de ellos, aunque su presencia deberá ser, en todo caso, discreta e indirecta, para que no inhiba la formación de verdaderos militantes y dirigentes campesinos (Cfr. ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 8).

[33] Cfr. ECCLESIA, N° 15, 1954, pp. 10-12.

[34] En la “Carta pastoral sobre la educación ” se insiste en que la formación debe ser doctrinal y también formación piadosa. Debe inculcarse en los educandos el “sentido de la Iglesia”, de pertenencia a ella y a obrar conforme a sus enseñanzas; además, debe forjarse el espíritu apostólico a fin de ganar almas para Cristo (Cfr. ECCLESIA, N° 10, 1953, pp. 11-13).

[35] La revista publicó con frecuencia noticias de cristianos que, en diversas regiones del mundo, eran víctimas de persecución a causa de su fe. En un estremecedor relato, Ecclesia publicó el testimonio del padre Alfeo Emaldi, misionero en la China comunista, a quien la policía de Mao le requirió que confesara nombres de católicos para aprisionarlos. Para no cometer esta traición, el padre Emaldi, solo en su cuarto, tomó una navaja Gilletey se cortó en varios pedazos la lengua, hasta que ya no pudo articular nunca más palabras (Cfr. ECCLESIA, N° 13, 1954, pp. 23-24).

[36] En un dossier de diez páginas, titulado “Una aplicación estudiada de los métodos comunistas”, la revista analiza las tácticas de esta ideología y cómo, mediante sus ideas dialécticas y de lucha de clases, se cierne sobre el núcleo interno de la Iglesia en China. Señala que tal intento de conquistar internamente a la Iglesia es el propósito del “Movimiento Patriótico” religioso. Con ocasión de estos temas, Ecclesiarefresca nociones acerca de la virtud del patriotismo y de cómo la entiende el marxismo, a la vez que expone el juicio cristiano sobre el imperialismo y las anexiones, materias éstas propias de orden internacional (Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, pp. 11-21).

[37] Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 27.

[38] No debe ocurrir nada en el templo que perturbe, o aun simplemente disminuya, la piedad y la devoción de los fieles. Nada que dé motivo razonable de disgusto o de escándalo. Por esto han de velar los sacerdotes y obispos. Y se precisa: “La arquitectura sagrada, aunque puede adoptar formas nuevas, no debe en modo alguno asemejarse ala délos edificios profanos “(ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 28).

[39] Cfr. ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 7.

[40] Al inaugurar las transmisiones de la Radio Católica de Chile, Pío XII se mostró convencido de la trascendental importancia de este medio de difusión en la batalla que la Iglesia pelea, con armas pacíficas, en pro de la auténtica verdad, de la indispensable moralidad, de la estricta justicia y del sincero amor. Y señala los tres cometidos que tendrá la radio: “La defensa de una creencia alevosamente insidiada por el enemigo malo, en el terreno mismo de la Radio (…); el fomento de la mutua comprensión y de la unión entre los católicos (…) para llevar siempre a la victoria sus ideas y sus principios; y como medio general para alcanzar todo esto, la difusión inteligente y generosa de la doctrina de la Iglesia, especialmente

deesa doctrina social que en vuestro solar ha tenido apóstoles como el inolvidable Prelado González Eyzaguírre (…) como el famoso Congreso Social Católico de 1910 y ha producido obras como esas Ligas y esos Círculos que tanta utilidad han procurado a toda la nación” (ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 7).

[41] En primer lugar, en un sentido negativo. En la carta de monseñor Montini a las Jornadas Internacionales del Cine, celebradas en Colonia, elogiaba que en ellas se tratara la clasificación moral de las películas, es decir, de la actitud firme y prudente que todo católico consciente de sus deberes y responsabilidades ha de adoptar con respecto a la producción cinematográfica contemporánea (Cfr. ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 23). Porque su diagnóstico era claro: “Demasiados cristianos, en efecto, se aglomeran en nuestros días en las salas de cine sin estarsuñcíentemente informados de la calidad religiosa y moral del espectáculo; algunos, incluso, demuestran no tener conciencia de su deber en esta materia; los jóvenes sobre todo no están generalmente bastante protegidos contra la seducción del cine” (ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 23). Grave es el deber que pesa, en consecuencia, en las comisiones encargadas de la censura moral. Sin perjuicio de esto, el cine, en segundo lugar, también fue mirado con ojos positivos. Porque, como dice Montini, no se debe perder de vista que la clasificación moral de las películas debe contribuir a la educación del criterio del cristiano. “Esta, como toda educación, implica una elevación progresiva del sentido moral, una búsqueda positiva de los más altos valores y una delicadeza creciente de apreciación ” señala (ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 24). Con todo, la actitud general en cuanto al cine es de cautela y prudente distancia. No cabe duda que estamos ante un fenómeno nuevo para la época y que atrae el interés de la Jerarquía. Así lo manifiesta la “Declaración del Consejo General”de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC): “Que teólogos se especialicen en el estudio de los problemas que plantea el hecho cinematográfico. Que psicólogos desarrollen nuestros conocimientos referentes a la acción del cine sobre el espectador, especialmente del punto de vista de la higiene mental. QueJomadas de Estudios reúnan, bajo la égida déla OCIC, a especialistas délas dos disciplinas, con el fin de enunciar cientíñcamente los principios morales y filoso fíeos que constituyen la base de la doctrina de la Iglesia referente al cine y que permitan una aplicación cada día ma’s^juiciosa” (ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 25).

[42] En el “Informe sobre abusos de publicidad y los esfuerzos para procurarla higiene moral y psicológica de la juventud”, del año 1954, se exponen crudamente los hechos: “Es evidente que existe un aumento grande de espectáculos en los que la sensualidad y lujuria son la base de sus exhibiciones y de su ^propaganda” (ECCLESIA, N° 15, 1954, p. 1). Y se enumeran a lo menos cinco teatros donde se avanza hacia extremos graves de desnudo, insinuaciones inmorales, elogio de la prostitución y aún de la inversión sexual. En torno a boítesy cabarets habría notoria explotación de mujeres, generalmente jóvenes, y algunas chicas de 12 a 15 años. Sus clientes serían varones de la primera juventud y hombres maduros. También denuncia a los diarios que publican réclamesdemasiado audaces, aparte de fotografías y relatos groseros y chabacanos. Y lamenta que revistas pornográficas circulen en mayor número y vayan a parar a colegios, además, por cierto, de las aficiones de ciertos escolares a rotativas cinematográficas (Cfr. ECCLESIA, N° 15, 1954, p. 1). Los remedios a esta explosión publicitaria “subida de tono” son una formación recta de la conciencia, valoración de la dignidad humana y elevación del ambiente moral de la sociedad. Estas medidas básicas son, por cierto, sin perjuicio de la posibilidad de recurrir a las municipalidades y directores de diarios para que retiren las propagandas y afiches que ofenden el pudor. En la “Circular sobre la defensa de la paz moral psíquica de la juventud”, la Acción Católica fue todavía más lejos. Junto con

pedir a los fieles rezar mucho, organizó equipos de denuncia a los gobernadores, demandas patrocinadas por abogados y que se intensificara el control de entrada de menores a sitios de vida dudosa. Incluso propició el boicot a revistas y diarios que contribuyeran a la pornografía en sus ventas. Porque veía que era la única manera de evitar, lisa y llanamente, la presencia de degenerados a la salida de escuelas y colegios (Cfr. ECCLESIA, N° 15, 1954, p. 2).

[43] El social catolicismo fue un movimiento intelectual nacido al interior de la Iglesia, arraigado en la encíclica “Rerum Novarum ” que pretendió aplicar la doctrina social católica a los problemas de la vida popular. Concretamente, a los problemas derivados de la revolución industrial durante el siglo XIX y que trajeron pobreza, concentración urbana, analfabetismo, alcoholismo y otros males. Fernando Berríos Medel define al social catolicismo en estos términos: “Por catolicismo social se entiende aquí un fenómeno histórico eclesialque se expresó en una nueva vertiente del Magisterio Pontificio, las primeras encíclicas sociales; pero también como un amplío y profundo movimiento acontecido con anterioridad a dichos documentos en grupos católicos que fueron capaces de captaren toda su gravedad la ‘cuestión social’ surgida en la sociedad capitalista industrial europea ‘(BERRIOS MEDEL, Fernando, “El catolicismo social: inculturación del Evangelio en Chile”, artículo disponible en internet). En efecto, la cuestión social en Chile irrumpió en la mesa de las clases dirigentes desde fines de la década de 1870; “La migración campo-ciudad y las condiciones de trabajo en la industria y la minería, producto del proceso de incorporación de Chile en la ‘era del capital’, hicieron visible un proletariado cuyas aspiraciones, necesidades y motivaciones lo distanciaban crecientemente del proyecto oligárquico” (Cfr. STUVEN, Ana María, “El ‘Primer Catolicismo Social’ ante la cuestión social: un momento en el proceso de consolidación nacional”, artículo disponible en internet). Frente a estos problemas, no fueron ni los Liberales ni los Radicales quienes arremetieron contra los flagelos que se cernían sobre la república, sino los católicos militantes de las filas del Partido Conservador. Con todo, al interior de este partido hubo dos concepciones muy diferentes para entender la promoción social (Cfr. BOTTO, Andrea, “Algunas tendencias del catolicísimo social en Chile: reflexiones desde la historia”, artículo disponible en internet).

[44] Cfr. VIAL, Gonzalo, et alter, “JaimeEyzaguirre en su tiempo” Coeditado por Universidad Finis Terrae y Editorial Zig­Zag, Santiago, 2002, pp. 108-113.

[45] No deja de ser elocuente que por aquellos años de los que sabemos muy poco en materias sociales, el padre Alberto Hurtado Cruchaga soliera recoger niños de las riberas del río Mapocho y fundar hogares para mendigos. Sin mencionar, por cierto, muchas otras obras misericordiosas que llevaban a cabo, en silencio y anónimamente, no pocos católicos.

[46] Expresiones como “La utilidadpuede ser un aliciente más o menos poderoso, pero jamás el fundamento de un régimen moral”, o bien “La libertad no basta y es necesario restablecerlos preceptos económicos del decálogo, y en materia de relaciones entre patrones y obreros es preciso reconstituir el Patronato cristiano “(CONCHA SUBERCASEAUX, Juan Enrique, “Cuestiones Obreras” Memoria de Prueba para optar al grado de Licenciado en la Facultad de Leyes, Santiago de Chile, 1899, pp. 11-12), no sonaron con la fuerza debida en las páginas de la revista de la Acción Católica. Pareciera que, al igual que para Alfredo Barros Errázuriz, la disyuntiva era entre cristianismo y marxismo. El capitalismo liberal no era tema.

[47] Cfr. LAVÍN S.J., Alvaro, “El Padre Hurtado, apóstol deJesucristo”. Disponible en: www. cpalsj. org/publique/media/Biograf_ a_Lav_n. doc

[48] Recuérdese que la revista sólo circuló desde comienzos de 1951 hasta finales de 1954.

[49] LARRAÍN ERRAZURIZ, Manuel, “Acción Católicayrealidadesmodernas” Impresiones Casa Hogar San Pancracio, Santiago, 1947, p. 21.

[50] Aunque no es el objeto de este trabajo, creemos que dos causas pueden explicar esta doctrina social expuesta con excesivo pudor. En primer lugar, las vinculaciones sociales de la jerarquía con una clase dirigente que pensaba y vivía en torno a un capitalismo práctico más o menos conscientemente asumido. Y denunciar esto no era fácil. Al contrario, suponía exponerse a una forma de martirio. Cuando Juan Enrique Concha Subercaseaux, por ejemplo, emprendió la tarea de replantear la economía política desde criterios cristianos, en abierta crítica hacia el liberalismo económico de Adam Smith, esta actitud le significó rápidamente su salida del Partido Conservador. En segundo lugar, esta falta de compromiso de la Acción Católica por hacer una aplicación integral del catolicismo social, tal y como lo formulaba el pensamiento leonino de 1891, quizá encontró resistencias en la mente de no pocos eclesiásticos, fruto de una defectuosa formación doctrinal. En efecto, durante el siglo XIX estuvo bastante extendida una desviación teológica llamada jansenismo, que, en resumidas cuentas, afirmaba a tal punto el orden sobrenatural -el mundo de la gracia-, que terminaba negando

 

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Santos y Beatos de Accion Catolica

Santos y Beatos

Santos mártires de la ACJM

San Manuel Morales Cervantes. Nace el 8 de enero de 1898 en Sombrerete, Zac. En 1921 contrajo matrimonio; al fundarse la ACJM ingresó a ella. Cuando se extendió la Liga de Defensa al Estado de Durango, el Delegado Regional lo nombró Jefe Local de la misma en Chalchihuites.

San José Salvador Lara Puente. Nace el 13 de agosto de 1905, en Durango. A los 18 años entró a estudiar en el Seminario Conciliar de Durango; sólo estuvo 4 años, pues tuvo que interrumpir su vida estudiantil por motivos de salud. Junto con Manuel Morales y David Roldán fundó en 1926 el grupo local de la ACJM en Chalchihuites. Desempeñó el cargo de Secretario en la Liga Defensora y fue también un socio de la Unión de Obreros Católicos.

San David Roldán Lara. Nació en Chalchihuites, Zacatecas, el 2 de marzo de 1907. Quedó huérfano de padre al año de edad, y por ese motivo desde muy joven tuvo que dedicarse al trabajo para ayudar al sostenimiento de su casa. Cuando se fundó el grupo local de la ACJM en su pueblo, fue designado Vicepresidente del mismo y al renovarse la mesa directiva fue electo presidente. Al establecerse la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa en Chalchihuites, recibe el cargo de subjefe.

San Luis Bátis Sainz. Sacerdote-párroco. Nació en San Miguel del Mezquital, Zac., el 13 de septiembre de 1870. Se desempeñó como Director espiritual del seminario y párroco de Chalchihuites. Tuvo un gran celo pastoral y  capacidad organizadora; con mucha dedicación impulsó la Acción Católica. Fundó un taller de obreros católicos, y una escuela para niños.

Santa Juana (Gianna) Beretta Molla. ¡¡¡Sí a la vida!!! Esta es la opción fundamental de Gianna Beretta Molla, la pediatra de Milán muerta el 28 de abril de 1962, en el Hospital de Monza. “La vida humana es sagrada e inviolable: es un don de Dios al hombre, pero también es un don del hombre a los hermanos”. Son las dos expresiones que aparecen con mayor frecuencia en los escritos y en la vida de Gianna, y que constituyen la clave de lectura de sus opciones y de su misión apostólica. Crecida en un ambiente profundamente religioso (nació en Magenta de Milán, en 1922, décima de 13 hijos), Gianna debe mucho a la formación cristiana recibida en la Acción Católica, primero como delegada y presidente de la Juventud femenina y, después, casada, como miembro de las Mujeres de Acción Católica. Santa Gianna Beretta Molla fue una médica abnegada, una madre trabajadora, mujer profesional, y una amante esposa.

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San
Ricardo Pampuri

San Ricardo. Herminio Felipe Pampuri, nació el 2 de agosto de 1897 en Trivolzio (Pavia), y fue bautizado el día siguiente. Se graduó en medicina y cirurgía con el máximo de puntuación el 6 de julio de 1921 en la mencionada Universidad. Asiduo a la Mesa Eucarística, permanecía largos ratos delante del sagrario en profunda adoración. Muy devoto de la Santísima Virgen María, la honraba con el rezo del Santo Rosario, aún más de una vez al día.
Perteneció a la Acción Católica desde niño; cuando llegó a Morimondo, fue para el párroco un eficiente colaborador: cofundador del Círculo de la Juventud de Acción Católica, siendo su primer presidente, y organizador de una banda de música. También actuó como secretario de la Comisión Misionera de la parroquia. Organizaba tandas de Ejercicios Espirituales para los jóvenes del Círculo y para los trabajadores del campo y obreros. El Dr. Pampuri dejó su lugar como médico rural para hacerse religioso, ingresando a la Orden de San Juan de Dios, donde asumió el nombre de Ricardo. Murió santamente el 1 de mayo de 1930 en Milán.

San Alberto Hurtado Cruchaga. Nace el 22 de enero de 1901, en Viña del Mar. Ingresará a la Universidad Católica a estudiar Leyes. Mientras tanto sigue buscando activamente nuevas formas de servir a Dios y al prójimo mediante trabajos apostólicos y a través de sus propios estudios. En 1923 se recibe de abogado. Al poco tiempo ingresa a la Compañía de Jesús. Estudia en Argentina, en Barcelona, para terminar en Lovaina, Bélgica, donde además de Teología sigue la carrera de Pedagogía. Al volver a Chile, en febrero de 1936, el joven sacerdote comienza un intenso apostolado. Con los jóvenes tiene una gran sintonía. Comprende sus anhelos e inquietudes.
En 1941 es nombrado asesor de la Acción Católica, cargo en el que realiza una labor muy fecunda. Recorre Chile entero invitando a los jóvenes a conocer a Cristo y a compartir su ideal de vida. Los congrega, les da ejercicios espirituales, retiros. Más de un centenar de jóvenes, viendo a este jesuita lleno de Dios, sensible con los pobres, viril, optan por el mismo camino sacerdotal del P. Hurtado.
Como sacerdote se siente signo personal de Cristo, llamado a reproducir en su interior los sentimientos del Maestro y a derramar en torno suyo palabras y gestos que animen, sanen y den vida. En 1948, convencido de que “la caridad comienza donde termina la justicia” y de que los mismos trabajadores tienen que luchar por su dignidad, funda la ASICH (Acción Sindical Chilena). Su meta es lograr un orden social cristiano. La salud del P. Hurtado se va deteriorando rápidamente. El 19 de mayo de 1952, celebra su última misa. Ya no volverá a levantarse. Dos días después sufre un grave y doloroso infarto pulmonar, se le diagnostica un cáncer al páncreas. Muere santamente, en total paz y tranquilidad el 18 de agosto de 1952.

El Beato Pier Giorgio Frassati, nació en Turín, Italia, el 6 de abril de 1901. Su madre, pintora; su padre, agnóstico, fundador y director del diario liberal “La Stampa”. PG estudió en una escuela estatal, primero y luego en una escuela regentada por jesuitas.
La Santa Eucaristía y la Virgen María fueron los dos polos de su mundo de oración. A los 17 años de edad, en 1918, ingresó en la Sociedad de San Vicente de Paul y dedicó la mayor parte de su tiempo libre al servicio de los enfermos y necesitados, cuidando a los huérfanos y los soldados de la primera guerra mundial que volvían a su casa. Decidió estudiar para ser ingeniero en minas en la Real Universidad Politécnica de Turín, para poder “servir mejor a Cristo entre los mineros”, como dijo a un amigo. Sin embargo, sus estudios, que considera a su primera tarea, no le alejaron de su actividad social y política. En 1919 se asoció a la Federación de Estudiantes Católicos y a la Acción Católica. Oponiéndose a las ideas políticas de su padre llegó a ser miembro activo del Partido Popular que promovió las enseñanzas de la Iglesia Católica basadas en los principios de la “Rerum Novarum”. También concibió la idea de unir la Federación de Estudiantes Católicos a la Organización Católica de Trabajadores. “La caridad no basta: necesitamos una reforma social ”, solía decir trabajando para ambas.
A PG le encantaba escalar montañas. Las excursiones que organizaba con sus amigos, eran para él oportunidades de apostolado.<br  justo cuando=”” estaba=”” para=”” recibirse,=”” <strong=””>Pier Giorgio enfermó de poliomielitis, enfermedad que, según los médicos, se dio por contagio de los enfermos que atendía. Descuidando su propia salud, a raíz de la muerte de su abuela, falleció tras seis días de terribles sufrimientos, el 4 de julio de 1925, a los 24 años de edad. Su última preocupación fueron los pobres. La víspera de su muerte, con una mano paralizada, escribió un recado para un amigo, recomendándole las inyecciones de Converso, un pobre que él atendía.

 

Beata Josefina “Pina” Suriano, nació el 18 de febrero de 1915 en Partinico, Italia, en el calor de una familia modesta de jóvenes esposos.
Desde muy pequeña se involucró como miembro activo de la Acción Católica (AC), primero como “benjamina”, luego aspirante, y Joven de la AC, donde participó activamente en la vida diocesana y parroquial.
De 1938 a 1948 ejerció varias funciones en la AC; como dirigente y desde 1945 presidenta de las jóvenes.
Pina, desde muy joven, pensó en consagrase a Dios a través de la vida religiosa, pero sus padres se oponían. Amó a Jesús con un amor ardiente y fiel, hasta el punto de escribir con toda sinceridad: «No hago otra cosa que vivir de Jesús». Es así que el 29 de abril de 1932 -a la edad de 17 años-, decidió hacer voto de castidad, el cual renovaba cada mes con el permiso de su guía espiritual, demostrando que su compromiso religioso provenía de una sólida opción de vida.
En mayo de 1948, contrajo artritis reumática que le ocasionó el defecto cardiaco que la llevó a su muerte por causa de un infarto el 19 de mayo de 1950.

Luigi Beltrame y María Corsini, matrimonio de beatos. María nace en Florencia el 24 de junio en 1881; mientras que Luigi nace en Catania el 12 de enero de 1880. Los dos crecen en familias católicas y desde pequeños practican fervientemente su fe, asisten todos los domingos a Misa y participan de los sacramentos. Ambos se conocen en Roma cuando son adolescentes. Recién licenciado en Derecho, el joven siciliano conoció a la muchacha florentina alegre y decidida, y se casan en la basílica Santa María la Mayor el 25 de noviembre de 1905. Luigi es reconocido como un brillante abogado y María es profesora y escritora de temas de educación, comprometida en varias asociaciones (Acción Católica, Scout, etc.).
Tuvieron cuatro hijos: Filippo (sacer-dote), Stefania (monja benedictina), y Cesare (monje trapense). En 1913, la joven familia atravesó un momento doloroso y bastante incierto cuando el embarazo de María tuvo serias compli-caciones y los médicos pronosticaban que no sobreviviría al parto, ni tampoco el no nacido. Aunque los doctores manifestaron que un aborto podría salvar la vida de María, ella lo consulta con su esposo y deciden confiar en la protección de Dios. Y, si bien es cierto el embarazo fue duro, tanto madre e hijo milagrosamente sobrevivieron. Esta experiencia llevó a toda la familia a consolidar su vida de fe y trabajar duro por sus anhelos de santidad. Esta cuarta hija es Enrichetta (esposa y madre ejemplar) quien siempre agradeció a sus padres “aquel acto de heroismo cristiano“.
Luis y María no fundan ninguna orden religiosa, ni tienen experiencias místicas, pero convierten su trabajo en servicio habitual a los demás y vuelcan todo su cariño en la vida familiar hasta la muerte de Luigi, en 1951 y de María en 1965.

Marcel Callo nació en Rennes, Francia, el segundo de nueve hijos. Cuando tenía 12 años, se convirtió en aprendiz de imprenta y tomó el rol de hijo mayor cuando su hermano mayor entró al seminario. Era miembro de la Cruzada Eucarísica, militante de AC que enseñaba a los jóvenes a vivir una oración ininterrumpida poniendo a la Eucaristía en el corazón de su vida. También era un Scout.El 19 de abril de 1944 lo arrestaron por ser “demasiado católico” y junto con otros detenidos sufrieron de manera terrible con el régimen de los nazis. Murió el 19 de marzo de 1945, después de fuertes dolores de estómago.

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Acción Católica: una vocación laical de apostolado ambiental para niños, jóvenes y adultos

Acción Católica:
una vocación laical de apostolado ambiental
para niños, jóvenes y adultos

 Cómo formar Grupos de Acción Católica 

http://www.kainos.org.ar/JuCaDi_Joven/AC_Vocacion2.html

Una vocación laical «particular»

Antes de presentar a la AC como Institución, hemos de reconocer que es una VOCACIÓN.

Por tanto tiene su origen en el Misterio de Dios que en su libérrima voluntad ha querido llamar a algunas de sus criaturas para una misión en particular. Recordemos que «La llamada a la santidad es un elemento constitutivo de toda vocación » (ChL 16). En cuanto es un llamado de Dios es también un llamado a la santidad que tiene su raíz en las promesas del Bautismo y de la Confirmación que cada militante ha hecho y renueva en cada Pascua, promesas de vivir empapados de la gracia de Dios y fortalecidos por la unción, de imitar en todo a Jesucristo palpitando su vida hasta, si hiciera falta dar la vida derramando como Él la sangre por amor a Dios y a nuestros hermanos.

Es un llamado que se fortalece en la escucha atenta de la Palabra, dispuesto a la conversión personal y a la respuesta pronta y servicial; un llamado que se renueva con la gracia de la Eucaristía y en ella encuentra el alimento necesario para una fiel y perseverante respuesta; un llamado que se vive en el ejercicio del amor y del perdón: un llamado que vence la indiferencia y busca ser signo activo de la presencia de Dios, que busca imitarlo tomando la iniciativa, que es conciente de las propias flaquezas y por eso está dispuesto a brindar y a pedir perdón cuando la humana debilidad le hiciera experimentar sus propios límites y pobrezas.

Es un llamado que supone la capacidad de admirarse ante la inmensidad del don y de la misión encomendada; es un llamado que exige la alabanza contemplativa por el misterio al que somos convocados y la humilde conciencia de la propia fragilidad en la respuesta esperada por el Señor y por su Iglesia.

Afirma la Christifideles Laici que “dentro del estado de vida laical se dan diversas «vocaciones», o sea, diversos caminos espirituales y apostólicos que afectan a cada uno de los fieles laicos” (ChL 56). Esto quiere decir que dentro de lo que podríamos llamar una vocación laical «común» hay vocaciones laicales «particulares», y éstas son reconocidas o diferenciadas por las notas de su carisma particular.

Así podemos decir que las cuatro notas que configuran el Carisma de la AC las podemos definir con la síntesis que Juan Pablo II hace en su relectura de las referidas en AA 20:

Espíritu Misionero: arde el corazón del militante por hacer que el Evangelio se encuentre diariamente con la vida, por mostrar cómo la “buena noticia” responde a los interrogantes más profundos del corazón de cada persona y es la luz más elevada y más verdadera que puede orientar a la sociedad y el ambiente donde vive en la construcción de la “civilización del amor”.

Carácter Diocesano: el laico de AC elige vivir para la Iglesia y para la totalidad de su misión, dedicado, con sus hermanos de vocación, con un vínculo directo y orgánico a la comunidad diocesana, para hacer que todos sus miembros redescubran el valor de una fe que se vive en comunión, y para hacer de cada comunidad cristiana una familia solícita con todos sus hijos. Su cordial solicitud para con el Obispo «principio y fundamento visible de unidad» en la Iglesia particular no busca privilegios, ni se trata de una actitud de obsecuencia, sino garantía de comunión en la misión, de prontitud y fidelidad en la acción, de estima y colaboración con toda la comunidad a través de aquel que es principio de unidad de la Diócesis.

Servicio a la Unidad: el militante de la AC ha elegido seguir de forma asociada el ideal evangélico de la santidad en la Iglesia particular, para colaborar unitariamente, “como cuerpo orgánico”, en la misión evangelizadora de cada comunidad eclesial.

Piensa, sueña, propone y trabaja procurando que se afiance cada vez más la unidad orgánica de las comunidades donde sirve.

Trata de promover la espiritualidad de la unidad con los pastores de la Iglesia, con todos los hermanos de fe y con las demás asociaciones eclesiales. Ya en la comunidad parroquial o diocesana facilitando la unidad de los distintos miembros, buscando atraer a los hermanos que por distintos motivos se pudieron haber alejado, agilizando los vínculos y haciéndolos más fuertes en orden a desarrollar de modo más eficaz la tarea evangelizadora. También es el hombre de la unidad en todos aquellos espacios y ambientes en los que se mueve procurando ser en ellos «fermento de comunión», fermento de diálogo con todos los hombres de buena voluntad, participando activamente, con todos ellos, en la construcción del bien común.

Identidad Laical: El militante de AC es plenamente consciente de su pertenencia a la Iglesia y del carácter peculiar de su vocación, con palabras del Concilio: «El carácter secular es propio y peculiar de los laicos» (LG 31). Y esta índole secular su vocación a la santidad se expresa particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas.

Aún el vínculo peculiar con los pastores, lejos de aislarlos del mundo, respeta y promueve el carácter laico propio de los miembros, pues ellos «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad» (Cf. LG 31).

Si bien ninguna vocación en la Iglesia es “solitaria” ya que esto sería una contradicción en sí misma –no olvidemos que fuimos sumergidos en un mismo bautismo, sumergidos en el Misterio de un Dios que es Comunión Trinitaria, incorporados al Cuerpo de Cristo, injertados en el Pueblo de Dios– la vocación laical de AC supone y reclama la convocatoria de otros hermanos que perciban el mismo llamado.

Como toda vocación exige discernimiento, considerar responsable y serenamente el alcance y las exigencias de este llamado. Para eso la misma comunidad de los que experimentan este llamado en común ayudan a discernir los planes del Señor y por la oración y el testimonio aprenden a reconocer los signos de Dios: en las huellas que nos deja en la vida cotidiana; en la invitación que nos hace por medio de otros hermanos, en la convocatoria que nos hace a través de nuestros pastores…

Como toda vocación exige de nosotros una respuesta que debe expresar, sin lugar a dudas, nuestra aceptación libre y personal ya que abarca nuestra existencia por completo. Una respuesta personal que debe ser dada en una perspectiva de estabilidad: no se trata de actuar por entusiasmos pasajeros, sino de reconocer que involucra todos los días de mi vida…

La vocación del militante de AC cultiva y fortalece la comunión con el Obispo y con los sacerdotes. Así como se distingue este llamado por la presencia de otros hermanos que comparten la misma vocación, así también se la reconoce por la disposición a vivir en un espíritu de comunión cordial con aquel que es el «principio y fundamento visible de unidad» en la Iglesia particular, el Obispo y con sus colaboradores en el ministerio pastoral, los sacerdotes. Decimos que cultiva y fortalece la comunión por que tanto el discernimiento vocacional como el cumplimiento de su misión los vincula haciendo que mutuamente respeten su propia naturaleza y personalidad eclesial, sin difuminar uno en el otro las legítimas iniciativas.

Es una vocación de servicio que se vive «con fidelidad y laboriosidad», esto es, que requiere de un discernimiento activo y constante y que implicará un ejercicio arduo y exigente.

Vocación que desarrolla su labor apostólica en tres horizontes propios de su militancia:

• El incremento de toda la comunidad cristiana, …

Uno de los servicios esperados, el primero en la mención, es el de la ayuda al incremento de la comunidad cristiana… Una de las primeras consecuencias de la predicación de Pedro en Pentecostés fue la de la multitud que acudió a él para interrogarle acerca del camino para alcanzar aquella salvación anunciada y después de convertirse y hacerse bautizar se incorporaron a la comunidad, vivían unidos, compartían la vida, los bienes, el pan y su alegría se irradiaba, y como advierte el relator de aquel acontecimiento «Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse» (Hch 2,47). Es en virtud de esta misión que la AC presta su servicio: no se trata de una búsqueda enloquecida de prosélitos que enrostre su conquista de modo triunfalista. Es la continuación de la misión de la Iglesia que quiere ser fiel y consecuente con el mandato del Señor para extender a todos los hombres la Salvación de Dios, que se sabe Comunidad de Salvación y quiere acoger a cuantos deseen gozar de este don de Dios.

• …los proyectos pastorales y …

Teniendo en cuenta que un «proyecto pastoral» supone un cierto conocimiento de la realidad que se pretende abordar, un determinado presupuesto de recursos y estrategias a invertir y un organizado esquema de responsabilidades y roles a ejercer, se entiende que se espere de la AC el ejercicio de este ministerio que le es propio en virtud de su mismo carisma: tanto al ver la realidad, como al organizar las propuestas, o al asumir distintos roles en comunión con el resto de la Comunidad Cristiana en filial disponibilidad para con sus Pastores.

• …la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida.

Evangelizar es llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad. Así pues la AC evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos. De esta manera se busca alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación.

Con palabras de Juan Pablo II: «La Acción Católica ha sido siempre, y debe seguir siendo, crisol de formación de fieles que, iluminados por la doctrina social de la Iglesia, están comprometidos en primera línea en la defensa del don sagrado de la vida, en la salvaguardia de la dignidad de la persona humana, en la realización de la libertad educativa, en la promoción del verdadero significado del matrimonio y de la familia, en el ejercicio de la caridad hacia los más necesitados, en la búsqueda de la paz y de la justicia, y en la aplicación de los principios de subsidiariedad y solidaridad a las diversas realidades sociales que interactúan entre sí» (JUAN PABLO II, Mensaje al C.I.A.C., Roma 10-08-04).

En el Antiguo Testamento el hebreo Kadosch (santo) significaba estar separado de lo secular o profano y dedicado al servicio de Dios. El pueblo de Israel se conocía como santo por ser el pueblo de Dios.

Muchas veces el concepto de santidad como “separado de lo secular” indujo a muchos laicos a estimar como imposible el camino de santidad o como algo propio de aquellos que lograran “separarse” de las cosas del mundo; de allí que se identificara este camino como sólo para los consagrados: obispos, sacerdotes, religiosos, particularmente monjes y monjas…

La insistencia del magisterio, particularmente el posconciliar, centró la atención sobre el llamado universal a la santidad.

«Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: “Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Tes 4,3; Ef 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio estado de vida a la cumbre de la caridad» LG 40.

Insiste el Concilio: «Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria. Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad. […] Por consiguiente, todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo» (LG 41).

En su mensaje a la A.C.I. (08/Sept/2003) Juan Pablo II invita a los militantes de la AC a responder a ese llamado a la santidad «viviendo el radicalismo del Evangelio en la normalidad diaria». Radicalidad que conforma una actitud que se expresa por un apasionado servicio evangelizador –deseo entusiasta de sembrar el fermento del Evangelio en todos los ambientes en que se mueve cada uno–; «tejiendo con paciencia y tenacidad una red de fraternidad que abarque a todos, sobre todo a los más pobres…», buscando suscitar y promover un estilo de vida fundado en el diálogo, en la comunión, en el anhelo firme y constante de construir el bien común, desde el seno de la comunidad cristiana a la que pertenece abarcando e incluyendo a todos aquellos con quienes comparte la vida diaria.

Vale recordar aquí una expresión de Pablo VI con la que se refería a los militantes de AC, «los santos de lo cotidiano», no porque otro tipo de santidad deba ser extraordinaria para ser tal o que otras vocaciones lo sean, sino para destacar que la santidad de los laicos, particularmente los de AC, se vive e irradia en lo que consideramos «corriente y ordinario».

La Diócesis es el territorio en el cual el obispo, sucesor de los apóstoles, ejerce su ministerio pastoral.

Una Iglesia particular es, según el Concilio Vaticano II, “una porción del Pueblo de Dios, que se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de suerte que (…) constituye una iglesia particular, en que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica”(CD 11).

Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del todo urgente que los fieles laicos posean una visión clara y precisa de la Iglesia particular en su relación originaria con la Iglesia universal. La Iglesia particular no nace a partir de una especie de fragmentación de la Iglesia universal, ni la Iglesia universal se constituye con la simple agregación de las Iglesias particulares; sino que hay un vínculo vivo, esencial y constante que las une entre sí, en cuanto que la Iglesia universal existe y se manifiesta en las Iglesias particulares. Por esto dice el Concilio que las Iglesias particulares están «formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a partir de las cuales existe una sola y única Iglesia católica».

La participación de los laicos en la Iglesia encuentra su primera y necesaria expresión en la vida y misión de las Iglesias particulares, de las diócesis, en las que «verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica» (ChL 25).

El militante de AC vive con fidelidad su vocación «sirviendo a la Iglesia particular y a su misión como orientación fundamental de su compromiso apostólico»: esto es, promoviendo apasionadamente el proyecto evangelizador de esa comunidad que peregrina en la Diócesis a la que él mismo pertenece; y «poniendo todas sus energías apostólicas al servicio de la comunión»: esto es, procurando que el servicio de su organización institucional promueva la unidad entre todas las fuerzas apostólicas de la comunidad diocesana, aportando la creatividad de sus propuestas y favoreciendo, desde su cordial vinculación con el Obispo, la ineludible construcción del bien común.

«La comunión eclesial, aún conservando siempre su dimensión universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas». […] «La parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio; ella es “la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad”, es “una casa de familia, fraterna y acogedora”, es la “comunidad de los fieles”» (ChL 26).

La parroquia, comunidad de fe y comunidad orgánica, está constituida por los ministros ordenados y por los demás cristianos, en la que el párroco —que representa al Obispo diocesano es el vínculo jerárquico con toda la Iglesia particular.

El militante de AC vive fecundamente su vocación «ayudando en sus parroquias y comunidades a redescubrir la pasión por el anuncio del Evangelio y por la solicitud pastoral». Su metodología apostólica, si bien puede variar según las posibilidades, recursos o condiciones circunstanciales, sin embargo, le permite traer al seno de la comunidad cristiana las distintas vivencias, interrogantes, preocupaciones que palpitan en el corazón de quienes viven en los distintos ambientes en los que participa. Por su parte «mirando al mundo con los ojos de Dios, para escrutar en él los signos de la presencia del Espíritu» alienta a sus hermanos del grupo de militancia a valorar estos signos, con sus hermanos sueña distintas propuestas y las discierne con su párroco o con los sacerdotes delegados para ello; con sus compañeros y con todos los que quieran sumarse se dispone a poner en obra lo planeado.

¿Cuál es la Mística del militante de AC?

Toda organización por más perfecta que sea, corre el riesgo de tornarse ineficaz y hasta contraprodu­cente, cuando se traiciona su espíritu, eso que tan bella­mente suele llamarse la «mística», es decir aquello que se lleva en el corazón y anima el obrar. En cualquier movimiento y con mayor razón en la Acción Católica, cuanto mayor es el cuerpo de la organización, mayor intensidad debe tener el fuego de la «mística».

No es difícil adivinar cuál es, en la Acción Católica, el alma que moviliza y arrastra la organización, la técnica, el mecanismo: es el Amor, la Caridad, síntesis de toda la vida y la santidad cristianas.

El espíritu de conversión y el deseo de santidad serían nada si no los vivimos movidos por el Amor.

Debemos habituarnos a verlo todo, a contemplarlo todo, a estudiarlo todo, a hacerlo todo por ese Amor, en él y para él. Amor intrépido, ardiente, alegre, arrollador, contagioso, inteligente. ¡Amor de Cristo que se da a nosotros y Amor a Cristo que nos enciende con su Fuego para que irradiemos su gracia transformadora!

Esta «mística» que nos anima, se ejercita en nuestras obras de apostolado en tres sentidos: para con Dios, para con la Acción Católica y para con nuestros hermanos.

Este triple y único amor, que sostiene nuestra mística, debe traducirse concretamente en obras, en conducta. No se trata de armar o inventar algún «código del apostolado» sino de contemplar tres consecuencias, de gran importancia práctica, sobre todo en el apostolado capilar. No son ni más ni menos que tres consignas, como las llama Juan Pablo II.

1. En nuestra relación con Dios: Contemplación–Oración.

La primera consigna que orienta, pues, nuestra mística es la contemplación.

Es Dios quien atrae los corazones. ¿Cómo olvidarlo cuando estamos empeñados en nuestra tarea apostólica? Si nos olvidamos de Dios, nuestra obra se convierte en algo absurda, se convierte en un mero activismo carente de sentido, que en la menor dificultad nos hace tambalear y abandonar el camino (o el proyecto que habíamos emprendido). El espíritu de conversión y el deseo de santidad pierden su horizonte si no son vividos en un clima de oración y desde la comunión con Dios.

Lo vivido en los ambientes se discierne a la luz de la Palabra, de la Voluntad de Dios y se consagra en la adoración… La contemplación nos permite reconocer los «signos» que el Señor pone en nuestros ambientes, y manteniendo fija la mirada en Jesús, único Maestro y Salvador de todos descubrir las acciones más convenientes para que Él sea todo en todos.

La acción apostólica, hoy más que nunca, exige necesariamente recogimiento, mortificación de los sentidos y del espíritu, contemplación. Nuestro mundo corre velozmente, y es preciso que el apóstol lo acompañe, acelerando e intensificando su actividad. Pero esta preocupación de seguir el ritmo del mundo debe ser contrabalanceada, prudente y eficazmente, con otra: la de la intensificación de la vida interior.

De lo contrario, se cae fatalmente en el falso misticismo de la acción: acción que ofusca la vida del espíritu, acción vacía, acción sin luz, sin vida; acción que, en vez de llevar el mundo a Dios por medio del apóstol, lleva al apóstol a ser absorbido por el mundo.

Esta consigna que orienta nuestra mística se cultiva en la oración personal y comunitaria, en la lectura de la Palabra de Dios, en la comunión frecuente (no sólo los Domingos), en el examen de conciencia apostólico, en la asistencia espiritual (confesión y acompañamiento sacerdotal), en el estudio sistemático (acompañado por los Itinerarios) y ocasional (motivados por cuestiones puntuales)…

2. En nuestra relación con los hermanos: Comunión.

La segunda consigna es comunión: promover la espiritualidad de la unidad con los pastores de la Iglesia, con todos los hermanos de fe y con las demás asociaciones eclesiales y ser fermento de diálogo con todos los hombres de buena voluntad es el estilo de evangelización que ha de caracterizar al militante, en todos los niveles de participación.

La comunión es ese impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior de caridad y se expresa como conducta a través del «diálogo».

El apostolado, inspirado en la pedagogía de Dios, es un diálogo que busca la comunión.

En él, cada militante, emulando el proceder de Dios toma la iniciativa para compartir con los hermanos la Buena Noticia de la salvación, sin esperar a ser llamados; impulsados por un amor ferviente y desinteresado; no mira los méritos de aquellos a quienes va dirigido, como tampoco se preocupa por los resultados. Se realiza ser sin especulaciones y sin cálculos. La aventura de la evangelización, aunque es anuncio de verdad indiscutible y de salvación indispensable, busca a través de la persuasión interior y de la conversación ordinaria, ofrecer el don de salvación, respetando siempre la libertad personal.

El apostolado capilar promueve la comunión por eso está abierto a todos sin discriminación, respetando siempre la capacidad de respuesta de los interlocutores a la espera de la hora en que Dios lo haga eficaz.

Todo lo que haga cada militante no lo hace y vive aisladamente sino como miembro de una comunidad (A.C.), que busca asociarse a otros (hermanos en la fe y la buena voluntad) y para invitar a participar de la gran comunidad (la Iglesia)…

Nunca como hoy son necesarios en la acción apostólica el método, la organización y sobre todo la unidad. Todo esto requiere disciplina y comunión. Esta comunión supone disponibilidad y obediencia a la Iglesia, pero va más allá, llega a ciertos detalles de organización cuya eficacia reside en una firme unidad de concepción, coordinación y ejecución. El apostolado capilar exige mucha iniciativa por parte de cada militante, pero iniciativa no es capricho.

La convencida experiencia de comunión ayuda a conciliar la iniciativa más ingeniosa con la disciplina más enérgica. Lo contrario, usando palabras de Mons. Moledo, «deberíamos considerarlo como un delito de lesa A.C.»

Esta consigna que orienta nuestra mística se hace fecunda en la asidua y frecuente reunión de Grupo (parroquial o ambiental), en el cultivo de la fraternidad comunitaria, en la solidaridad institucional –mediante la aportación de fondos para los proyectos pastorales y sostenimiento de la organización–, en la participación deliberativa de los proyectos, en la capacidad de convocatoria a otros hermanos y hermanas de otros grupos o instituciones, tanto civiles como religiosas…

3. En nuestra relación con los demás: Misión–servicio.

La tercera consigna es misión: llevar como laicos el fermento del Evangelio a las casas y a las escuelas, a los lugares de trabajo y de tiempo libre. El Evangelio es palabra de esperanza y de salvación para el mundo.

Ahora bien, convengamos que esta aventura evangelizadora no se basa sólo en palabras…

Jesucristo, que vino a salvarnos, sanó, consoló, apagó el hambre y la sed de aquéllos mismos a quienes enseñaba palabras de vida eterna. Así también nosotros, haciendo el bien posible a todos los hermanos y hermanas posibles. Podríamos decir que el termómetro para medir la intensidad de nuestro amor lo hallaremos en nuestra capacidad de servicio y disponibilidad.

Un apóstol–militante debe estar siempre inquieto y alerta para descubrir, en cada momento y situación de su vida, nuevas oportunidades, de acercar la Buena Nueva a los hombres que lo rodean.

El renovado ardor misionero llevará al militante a procurar la creación y sosteni­miento de servicios que permitan brindar una respuesta efectiva y adecuada a alguna necesidad detectada en un determinado am­biente.

Esta consigna que orienta nuestra mística se acrecienta en el entusiasmo apostólico, en el servicio a la comunión, en la revisión de vida apostólica, en la preocupación y ejecución de los servicios, en la participación ciudadana…

En fin, podríamos sintetizar la mística de todo militante en aquella frase de la canción del aspirante¡La Alegría de ser SANTOS!

 

Categorías:Accion Catolica

La Cristiada y los mártires de México

La Cristiada y los mártires de México

El siglo de los mártires
Las persecuciones religiosas de México en el siglo XIX.
Las persecuciones de Carranza y Obregón (1916-20, 1920-24).
La persecución de Calles (1924-29).
La cesación del culto (31-7-1926).
El alzamiento de los cristeros (agosto 1926).
Las aprobaciones eclesiales de la lucha armada.
Cómo Pío XI bendice el grito: ¡Viva Cristo Rey!
Las reservas sobre el movimiento armado.
Cómo los cristeros se echaron al campo, «para buscar a Dios».
Cómo fue el curso de la guerra.
La intervención del ejército federal.
El balance de la guerra.
Los rumores de un posible arreglo.
Los «mal llamados Arreglos» (21-6-1929).
Cuáles fueron los frutos de la Cristiada.
Cómo triunfó de la masonería.
El licenciamiento de los cristeros.
Qué pasó después de los Arreglos.
Crónica de los mártires y de los beatos en la persecución.
El espíritu de los cristeros.
La espiritualidad bíblica y tradicional y del México católico.

José María Iraburu ARBIL, anotaciones de pensamiento y critica

http://www.fluvium.org/textos/historia/his18.htm

        El siglo de los mártires

        Es indudable que el siglo XX ha sido el más acentuadamente martirial de toda la historia de la Iglesia. Y conviene recordar en esto que el testimonio impresionante de los mártires de México fue el modelo inmediato para todos los católicos que más tarde habrían de verter su sangre por Cristo. Y en primer lugar, poco después, los mártires españoles, tan numerosos. Antonio Montero, en La historia de la persecución religiosa en España (1936-1939), obra de 1961 recientemente reeditada (BAC 204,19982, p. XIII-XIV) dice que «en toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos».

        Pero unos años antes (1926-1929), también los mártires mexicanos fueron modelo para tantos otros cientos de miles, millones de cristianos aplastados en nuestro siglo por la Revolución en cualquiera de sus formas, liberal o nazi, socialista o comunista. Nos interesa, pues, mucho conocer la persecución religiosa en México, y entender bien la respuesta de aquellos católicos admirables, que con su sangre siguieron escribiendo los Hechos de los apóstoles en América.

        Hallamos información sobre la Cristiada en obras como la de Aquiles P. Moctezuma, El conflicto religioso de 1926; sus orígenes, su desarrollo, su solución; Antonio Ríus Facius, Méjico cristero; historia de la Asociación Católica de la Juventud Mejicana, 1925-1931; Miguel Palomar y Vizcarra, El caso ejemplar mexicano. Poseemos relatos impresionantes de los mismos cristeros, como el de Luis Rivero del Val, Entre las patas de los caballos, que viene a ser el diario del estudiante cristero Manuel Bonilla, o el del campesino Ezequiel Mendoza Barragán, Testimonio cristero; memorias del autor, a cual más admirable. Y disponemos también de excelentes estudios modernos, como el de Jean Meyer, La cristiada, I-III, y Lauro López Beltrán, La persecución religiosa en México.

        Convendrá, en todo caso, que comencemos nuestra crónica por el principio: la persecución liberal que ocasionó la Cristiada en el siglo XX no era sino la continuación de la que se inició ya largamente en el siglo XIX.

        Las persecuciones religiosas de México en el siglo XIX

        En 1810, con el grito del cura Miguel Hidalgo: «¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!», se inicia el proceso que culminaría con la independencia de México. Todavía en 1821 el Plan de Iguala decide la independencia completa de México como monarquía constitucional que, al ser ofrecida sin éxito a Fernando VII, queda a la designación de las Cortes mexicanas. Tras el breve gobierno del emperador Agustín de Itúrbide (1821-24), rechazado por la masonería y fusilado en Padilla, se proclama la República (1824), que camina vacilante hasta mediados de siglo, y que pierde, en provecho de los Estados Unidos, la mitad del territorio mexicano (1848).

        Muy poco después de la independencia, ya en 1855, se desata la revolución liberal con toda su virulencia anticristiana, cuando se hace con el poder Benito Juárez (1855-72), indio zapoteca, de Oaxaca, que a los 11 años, con ayuda del lego carmelita Salanueva, aprende castellano y a leer y escribir, lo que le permite ingresar en el Seminario. Abogado más tarde y político, impone, obligado por la logia norteamericana de Nueva Orleans, la Constitución de 1857, de orientación liberal, y las Leyes de Reforma de 1859, una y otras abiertamente hostiles a la Iglesia.

        Por ellas, contra todo derecho natural, se establecía la nacionalización de los bienes eclesiásticos, la supresión de las órdenes religiosas, la secularización de cementerios, hospitales y centros benéficos, etc. Su gobierno dio también apoyo a una Iglesia mexicana, precario intento de crear, en torno a un pobre cura, una Iglesia cismática.

        Todos estos atropellos provocaron un alzamiento popular católico, semejante, como señala Jean Dumont, al que habría de producirse en nuestro siglo. En efecto, «la Cristiada [1926-1931] tuvo un precedente muy parecido en los años 1858-1861. También entonces la catolicidad mejicana sostuvo una lucha de tres años contra los Sin-Dios de la época, aquellos laicistas de la Reforma, también jacobinos, que habían impuesto la libertad para todos los cultos, excepto el culto católico, sometido al control restrictivo del Estado, la puesta a la venta de los bienes de la Iglesia, la prohibición de los votos religiosos, la supresión de la Compañía de Jesús y, por tanto, de sus colegios, el juramento de todos los empleados del Estado a favor de estas medidas, la deportación y el encarcelamiento de los obispos o sacerdotes que protestaran. Pío IX condenó estas medidas, como Pío XI expresó su admiración por los cristeros».

        En aquella guerra civil, en la que hubo «deportación y condena a muerte de sacerdotes, deportación y encarcelamiento de obispos y de otros religiosos, represión sangrienta de las manifestaciones de protesta, particularmente numerosas en los estados de Jalisco, Michoacán, Puebla, Tlaxcala» (Hora de Dios en el Nuevo Mundo 246), el gobierno liberal prevaleció gracias a la ayuda de los Estados Unidos.

        La Reforma liberal de Juárez no se caracterizó sólamente por su sectarismo antirreligioso, sino también porque junto a la desamortización de los bienes de la Iglesia, eliminó los ejidos comunales de los indígenas. Estas medidas no evitaron al Estado un grave colapso financiero, pero enriquecieron a la clase privilegiada, aumentando el latifundismo. Con todo eso, según el historiador mexicano Vasconcelos, también filósofo y político, «Juárez y su Reforma, están condenados por nuestra historia», y él ha pasado, como otros, «a la categoría de agentes del Imperialismo anglosajón» (Breve hª 11).

        Sobre esto último bastaría recordar las ofertas increíbles, vergonzosas, del gobierno de Juárez a los Estados Unidos en los tratados Mac Lane-Ocampo y Corwin-Doblado, o en los convenios con los norteamericanos gestionados por el agente juarista José María Carvajal.

        El período de Juárez se vió interrumpido por un breve período en el que, por imposición de Napoleón III, ocupó el poder Maximiliano de Austria (1864-67), fusilado en Querétaro poco más tarde. También en estos años la Iglesia fue sujeta a leyes vejatorias, y los masones «le ofrecieron al Emperador la presidencia del Supremo Consejo de las logias, que él declinó, pero aceptó el título de protector de la Orden, y nombró representantes suyos a dos individuos que inmediatamente recibieron el grado 33» (Acevedo, Hª de México 292).

        A Juárez le sucedió en el poder Sebastián Lerdo de Tejada (1872-76). Éste, que había estudiado en el Seminario de Puebla, acentuó la persecución religiosa, llegando a expulsar hasta «las Hermanas de la Caridad –a quienes el mismo Juárez respetó–, no obstante que de las 410 que había, 355 eran mexicanas, que atendían a cerca de 15 mil personas en sus hospitales, asilos y escuelas. En cambio, se favoreció oficialmente la difusión del protestantismo, con apoyo norteamericano. En el mismo año de 1873 se prohibió que hubiera fuera de los templos cualquier manifestación o acto religioso» (Alvear Acevedo 310). Todo esto provocó la guerra llamada de los Religioneros (1873-1876), un alzamiento armado católico, precedente también de los cristeros (Meyer II,31-43).

        La perduración de Juárez en el poder ocasionó entre los mismos liberales una oposición cada vez más fuerte. El general Porfirio Díaz –que era, como Juárez, de Oaxaca y antiguo seminarista–, propugnando como ley suprema la no-reelección del Presidente de la República (Plan de la Noria 1871; Plan de Tuxtepec 1876), desencadenó una revolución que le llevó al gobierno de México durante casi 30 años: fue reelegido ocho veces, en una farsa de elecciones, entre 1877 y 1910.

        En ese largo tiempo ejerció una dictadura de orden y progreso, muy favorable para los inversores extranjeros –petróleo, redes ferroviarias–, sobre todo norteamericanos, y para los estratos nacionales más privilegiados. También en su tiempo aumentó el latifundismo, y se mantuvieron injusticias sociales muy graves (+Kenneth Turner, México bárbaro). Por lo demás, el liberalismo del Porfiriato fue más tolerante con la Iglesia. Aunque dejó vigentes las leyes persecutorias de la Reforma, normalmente no las aplicaba; pero mantuvo en su gobierno, especialmente en la educación preparatoria y universitaria, el espíritu laicista antirreligioso.

        Las persecuciones de Carranza y Obregón (1916-20, 1920-24)

        Los últimos años del Porfiriato y los siguientes, en medio de continuas ingerencias de los Estados Unidos, registran innumerables conspiraciones y sublevaciones, movimientos indígenas de reivindicación agraria, y guerras marcadas por crueldades atroces. La revolución liberal, que tan duramente perseguía a los católicos, iba devorando también uno tras otro a sus propios hijos: es el horror del «proceso histórico del liberalismo capitalista, que durante el siglo XIX y la mitad del XX, logró apoderarse de las conciencias de nuestros pueblos y no sólo de sus riquezas» (Vasconcelos, Hª de México 10). Surgen en ese período nombres como los del presidente Madero (+1913, asesinado), Emiliano Zapata (+1919, asesinado), presidente Carranza (+1920, asesinado), Pancho Villa (+1923, asesinado), ex presidente Alvaro de Obregón (+1928, asesinado).

        La revolución del general Venustiano Carranza, que le llevó a la presidencia (1916-20), se caracterizó por la dureza de su persecución contra la Iglesia. En el camino hacia el poder, sus tropas multiplicaban los incendios de templos, robos y violaciones, atropellos a sacerdotes y religiosas. Todavía hoy en México carrancear significa robar, y un atropellador es un carrancista.

        Y ya en el poder, cuando los jefes militares quedaban como gobernadores de los Estados liberados, dictaban contra la Iglesia leyes tiránicas y absurdas: que no hubiera Misa más que los domingos y con determinadas condiciones; que no se celebraran Misas de difuntos; que no se conservara el agua para los bautismos en las pilas bautismales, sino que se diera el bautismo con el agua que corre de las llaves; que no se administrara el sacramento de la penitencia sino a los moribundos, y «entonces en voz alta y delante de un empleado del Gobierno» (López Beltrán 35).

        La orientación anticristiana del Estado cristalizó finalmente en la Constitución de 1917, realizada en Querétaro por un Congreso constituyente formado únicamente por representantes carrancistas. En efecto, en aquella Constitución esperpéntica el Estado liberal moderno, agravando las persecuciones ya iniciadas con Juárez en las Leyes de Reforma, establecía la educación laica obligatoria (art.3), prohibía los votos y el establecimiento de órdenes religiosas (5), así como todo acto de culto fuera de los templos o de las casas particulares (24). Y no sólo perpetuaba la confiscación de los bienes de la Iglesia, sino que prohibía la existencia de colegios de inspiración religiosa, conventos, seminarios, obispados y casas curales (27). Todas estas y otras muchas barbaridades semejantes se imponían en México sin que pestañease ningún liberal ortodoxo de Occidente.

        El gobierno del general Obregón (1920-24), nuevo presidente, llevó adelante el impulso perseguidor de la Constitución mexicana: se puso una bomba frente al arzobispado de México; se izaron banderas de la revolución bolchevique -lo más progresista, en aquellos años- sobre las catedrales de México y Morelia; un empleado de la secretaría del Presidente hizo estallar una bomba al pie del altar de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen quedó ilesa; fue expulsado Mons. Philippi, Delegado Apostólico, por haber bendecido la primera piedra puesta en el Cerro del Cubilete para el monumento a Cristo Rey.

        La persecución de Calles (1924-29)

        Después de la presidencia de Juárez (1855-72), México fue gobernado casi siempre, como hemos visto, por generales: general Porfirio Díaz (1877-1910), general Huerta (13-14), general Carranza (16-20), general Obregón (20-24). Y ahora, en forma aún más brutal, va a ser gobernado por el general Plutarco Elías Calles (1924-29).

        Reformando el Código Penal, la Ley Calles de 1926, expulsa a los sacerdotes extranjeros, sanciona con multas y prisiones a quienes den enseñanza religiosa o establezcan escuelas primarias, o vistan como clérigo o religioso, o se reúnan de nuevo habiendo sido exclaustrados, o induzcan a la vida religiosa, o realicen actos de culto fuera de los templos… Repitiendo el truco de los tiempos de Juárez, también ahora desde una Secretaría del gobierno callista se hace el ridículo intento de crear una Iglesia cismática mexicana, esta vez en torno a un precario Patriarca Pérez, que finalmente murió en comunión con la Iglesia.

        Los gobernadores de los diversos Estados rivalizan en celo persecutorio, y así el de Tabasco, general Garrido Canabal, un déspota corporativista, al estilo mussoliniano, y mujeriego, exige a los sacerdotes casarse, si quieren ejercer su ministerio (Meyer I, 356). En Chiapas una Ley de Prevención Social «contra locos, degenerados, toxicómanos, ebrios y vagos» dispone: «Podrán ser considerados malvivientes y sometidos a medidas de seguridad, tales como reclusión en sanatorios, prisiones, trabajos forzados, etc., los mendigos profesionales, las prostitutas, los sacerdotes que ejerzan sin autorización legal, las personas que celebren actos religiosos en lugares públicos o enseñen dogmas religiosos a la niñez, los homosexuales, los fabricantes y expendedores de fetiches y estampas religiosos, así como los expendedores de libros, folletos o cualquier impreso por los que se pretenda inculcar prejuicios religiosos» (Rivero del Val 27).

        Cesación del culto (31-7-1926)

        Los Obispos mexicanos, en una enérgica Carta pastoral (25-7-1926), protestan unánimes, manifestando su decisión de trabajar para que «ese Decreto y los Artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados. Y no cejaremos hasta verlo conseguido». El presidente Calles responde fríamente: «Nos hemos limitado a hacer cumplir las [leyes] que existen, una desde el tiempo de la Reforma, hace más de medio siglo, y otra desde 1917… Naturalmente que mi Gobierno no piensa siquiera suavizar las reformas y adiciones al código penal». Era ésta la tolerancia de los liberales frente al fanatismo de los católicos. Ellos pedían a los católicos sólamente que obedecieran las leyes.

        A los pocos días, el 31 de julio, y previa consulta a la Santa Sede, el Episcopado ordena la suspensión del culto público en toda la República. Inmediatamente, una docena de Obispos, entre ellos el Arzobispo de México, son sacados bruscamente de sus sedes, y sin juicio previo, son expulsados del país.

        Es de suponer que los callistas habrían acogido la suspensión de los cultos religiosos con frialdad, e incluso con una cierta satisfacción. Ellos no se esperaban, como tampoco la mayoría de los Obispos, la reacción del pueblo cristiano al quedar privado de la Eucaristía y de los sacramentos, al ver los altares sin manteles y los sagrarios vacíos, con la puertecita abierta.

        El cristero Cecilio Valtierra cuenta aquella experiencia con la elocuencia ingenua del pueblo: «Se cerró el templo, el sagrario quedó desierto, quedó vacío, ya no está Dios ahí, se fue a ser huésped de quien gustaba darle posada ya temiendo ser perjudicado por el gobierno; ya no se oyó el tañir de las campanas que llaman al pecador a que vaya a hacer oración. Sólo nos quedaba un consuelo: que estaba la puerta del templo abierta y los fieles por la tarde iban a rezar el Rosario y a llorar sus culpas. El pueblo estaba de luto, se acabó la alegría, ya no había bienestar ni tranquilidad, el corazón se sentía oprimido y, para completar todo esto, prohibió el gobierno la reunión en la calle como suele suceder que se para una persona con otra, pues esto era un delito grave» (Meyer I, 96).

        Alzamiento de los cristeros (agosto 1926)

        Ya a mediados de agosto, con ocasión del asesinato del cura de Chalchihuites y de tres seglares católicos con él, se alza en Zacatecas el primer foco de movimiento armado. Y en seguida en Jalisco, en Huejuquilla, donde el 29 de agosto el pueblo alzado da el grito de la fidelidad: ¡Viva Cristo Rey! Entre agosto y diciembre de 1926 se produjeron 64 levantamientos armados, espontáneos, aislados, la mayor parte en Jalisco, Guanajuato, Guerrero, Michoacán y Zacatecas.

        Aquellos, a quienes el Gobierno por burla llamaba cristeros, no tenían armas a los comienzos, como no fuese un machete, o en el mejor caso una escopeta; pero pronto las fueron consiguiendo de los soldados federales, los juanes callistas, en las guerrillas y ataques por sorpresa. Siempre fue problema para los cristeros el aprovisionamiento de municiones; en realidad, «no tenían otra fuente de municiones que el ejército, al cual se las tomaban o se las compraban» (Meyer I, 210).

        En Arandas, un pueblo de Los Altos, según refiere J. J. Hernández, acudían de todos los ranchos nuevos contingentes, «algunos armándose hasta con rosaderas, hachas, y por los ranchos donde sabían que había armas iban a pedirlas… Esta gente de verla daba lástima, unos a más de traer malas armas, traían unas garras de huaraches [sandalias], sus sombreros desgarrados, mochos, su vestido todos remendados, otros iban en pelo de sus caballos, algunos no traían ni freno, otros nomás a pie» (Meyer I, 133).

        Al frente del movimiento, para darle unidad de plan y de acción, se puso la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, fundada en marzo de 1925 con el fin que su nombre expresa, y que se había extendido en poco tiempo por toda la república.

        El alzamiento viene expresado así en la carta de un cristero campesino, como lo eran casi todos, Francisco Campos, de Santiago Bayacora, en Durango:

        «El 31 de julio de 1926, unos hombres hicieron por que Dios nuestro Señor se ausentara de sus templos, de sus altares, de los hogares de los católicos, pero otros hombres hicieron por que volviera otra vez; esos hombres no vieron que el gobierno tenía muchísimos soldados, muchísimo armamento, muchísimo dinero pa’hacerles la guerra; eso no vieron ellos, lo que vieron fue defender a su Dios, a su Religión, a su Madre que es la Santa Iglesia; eso es lo que vieron ellos. A esos hombres no les importó dejar sus casas, sus padres, sus hijos, sus esposas y lo que tenían; se fueron a los campos de batalla a buscar a Dios nuestro Señor. Los arroyos, las montañas, los montes, las colinas, son testigos de que aquellos hombres le hablaron a Dios Nuestro Señor con el Santo Nombre de VIVA CRISTO REY, VIVA LA SANTISIMA VIRGEN DE GUADALUPE, VIVA MÉXICO. Los mismos lugares son testigos de que aquellos hombres regaron el suelo con su sangre y, no contentos con eso, dieron sus mismas vidas por que Dios Nuestro Señor volviera otra vez. Y viendo Dios nuestro Señor que aquellos hombres de veras lo buscaban, se dignó venir otra vez a sus templos, a sus altares, a los hogares de los católicos, como lo estamos viendo ahorita, y encargó a los jóvenes de ahora que si en lo futuro se llega a ofrecer otra vez que no olviden el ejemplo que nos dejaron nuestros antepasados» (Meyer I, 93).

        Aprobaciones eclesiales de la lucha armada

        Pero antes de hacer la crónica de esta guerra martirial, hemos de detenernos a analizar con cuidado, pues la cuestión es muy grave, la actitud de la jerarquía eclesial contemporánea hacia los cristeros. Prestemos atención a las fechas.

        18 de octubre de 1926. •En Roma Pío XI recibe una Comisión de Obispos mexicanos, que le informa de la situación de persecución y de resistencia armada. Pocos días después, habiéndose planteado al Cardenal Gasparri la cuestión de si los prelados podían disponer de los bienes de la Iglesia para la defensa armada, contesta que «él, el secretario de Estado de Su Santidad, si fuera Obispo mexicano, vendería sus alhajas para el caso» (Ríus 138).

        18 de noviembre de 1926. •Un mes más tarde publica el Papa su encíclica Iniquis afflictisque, en la que denuncia los atropellos sufridos por la Iglesia en México:

        «Ya casi no queda libertad ninguna a la Iglesia [en México], y el ejercicio del ministerio sagrado se ve de tal manera impedido que se castiga, como si fuera un delito capital, con penas severísimas». El Papa alaba con entusiasmo la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, extendida «por toda la República, donde sus socios trabajan concorde y asiduamente, con el fin de ordenar e instruir a todos los católicos, para oponer a los adversarios un frente único y solidísimo». Y se conmueve ante el heroísmo de los católicos mexicanos: «Algunos de estos adolescentes, de estos jóvenes –cómo contener las lágrimas al pensarlo– se han lanzado a la muerte, con el rosario en la mano, al grito de ¡Viva Cristo Rey! Inenarrable espectáculo que se ofrece al mundo, a los ángeles y a los hombres».

        30 de noviembre de 1926. •Los dirigentes de la Liga Nacional, antes de asumir a fondo la dirección del movimiento cristero, quisieron asegurarse del apoyo del Episcopado, y para ello dirigieron a los Obispos un Memorial en el que solicitaban:

        «1) Una acción negativa, que consista en no condenar el movimiento. 2) Una acción positiva que consista en: a.-Sostener la unidad de acción, por la conformidad de un mismo plan y un mismo caudillo. b.-Formar la conciencia colectiva, en el sentido de que se trata de una acción lícita, laudable, meritoria, de legítima defensa armada. c.-Habilitar canónicamente vicarios castrenses. d.-Urgir y patrocinar una cuestación desarrollada enérgicamente cerca de los ricos católicos, para que suministren fondos que se destinen a la lucha, y que, siquiera una vez en la vida, comprendan la obligación en que están de contribuir».

        El 30 de noviembre los jefes de la Liga son recibidos por Mons. Ruiz y Flores y por Mons. Díaz y Barreto. El primero les comunica jovialmente que, «como de costumbre, se salieron con la suya»; que estudiadas las propuestas por los Obispos reunidos en la Comisión, «los diversos puntos del Memorial habían sido aprobados por unanimidad», menos los dos últimos, el de los vicarios castrenses y el de los ricos, no convenientes o irrealizables.

        15 de enero de 1927. •El Comité Episcopal, respondiendo a unas declaraciones incriminatorias del Jefe del Estado Mayor callista, afirma que el Episcopado es ajeno al alzamiento armado; pero declara al mismo tiempo «que hay circunstancias en la vida de los pueblos en que es lícito a los ciudadanos defender por las armas los derechos legítimos que en vano han procurado poner a salvo por medios pacíficos»; y hace recuerdo de todos los medios pacíficos puestos por los Obispos y por el pueblo, y despreciados por el Gobierno. «Fue así como los prelados de la jerarquía católica dieron su plena aprobación a los católicos mejicanos para que ejercitaran su derecho a la defensa armada, que la Santa Sede pronosticó que llegaría, como único camino que les quedaba para no tener que sujetarse a la tiranía antirreligiosa» (Ríus 135).

        16 de enero de 1927. •A comienzos de 1927, sin embargo, llegan a Roma noticias de prensa, en las que se comunica que Monseñor Pascual Díaz y Barreto, jesuita, obispo de Tabasco, que había sido desterrado de México, en diversas declaraciones hechas en el exilio se muestra reservado sobre los cristeros: «Como Obispo y como ciudadano reprueba Díaz la Revolución, cualquiera sea su causa» (Lpz. Beltrán 108).

        Inmediatamente, el 16 de enero, la Comisión de Obispos mexicanos envía una dura carta a Mons. Díaz y Barreto, entonces residente en Nueva York, lamentando con profunda tristeza sus declaraciones públicas hechas «en contra de los generosos defensores de la libertad religiosa y algunas favorables al perseguidor, Calles».

        Los combatientes «dan la sangre y la vida por cumplir un santo deber, el de conquistar la libertad de la Iglesia». Ante el abuso gravemente injusto del poder, «existe el derecho de resistir y de defenderse, ya que habiendo resultado vanos todos los medios pacíficos que se han puesto en práctica, es justo y debido recurrir a la resistencia y a la defensa armada». Le recuerdan también los Obispos que éste «es el sentir de la mayoría de nuestros Hermanos [Obispos] de México», y también el de «los Padres de la Compañía, no sólo en México, sino en Europa y especialmente aquí en Roma». A propósito le citan las declaraciones hechas unos días antes (3-2-1927) por el famoso moralista de la Gregoriana padre Vermeersch, jesuita: «Hacen muy mal aquellos que, creyendo defender la doctrina cristiana, desaprueban los movimientos armados de los católicos mexicanos. Para la defensa de la moral cristiana no es necesario acudir a falsas doctrinas pacifistas. Los católicos mexicanos están usando un derecho y cumpliendo un deber». Poco después llega un cablegrama con la contestación de Mons. Díaz y Barreto: «Autorizo honorable Comisión negar aquello que se asegura dicho por mí, contrario lo determinado todos nosotros, aprobado, Bendito Santa Sede. Autorizo honorable Comisión publicar este cable, si conveniente» (Lpz. Beltrán 109-110).

        22 de febrero de 1927. •En Roma, el presidente de la Comisión de Obispos mexicanos declara a la prensa: «¿Hacen bien o mal los católicos recurriendo a las armas? Hasta ahora no habíamos querido hablar, por no precipitar los acontecimientos. Mas una vez que Calles mismo empuja a los ciudadanos a la defensa armada, debemos decir: que los católicos de México, como todo ser humano, gozan en toda su amplitud del derecho natural e inalienable de legítima defensa» (107).

        Pío XI bendice el grito: ¡Viva Cristo Rey!

        17 de mayo de 1927. •Unos años antes de los sucesos que nos ocupan, en 1914, San Pío X, a petición de los Obispos mexicanos, había autorizado, como «un proyecto para Nos indeciblemente grato», consagrar a Cristo Rey la república de México, y poner corona real en las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, colocando también cetro en su mano, para significar así su realeza.

        La consagración de México a Cristo Rey, cosa al parecer imposible –a semejanza de la realizada por García Moreno en el Ecuador en 1873–, pudo sin embargo realizarse, aprovechando la venia del general Victoriano Huerta, presidente (1913-14), indio puro de Jalisco, que, por rara circunstancia, era católico y no masón, sino odiado y calumniado por las logias. Fue entonces, el 6 de enero de 1914, durante el solemnísimo acto realizado en la Catedral, en presencia de todas las primeras autoridades religiosas y civiles de la nación, cuando por primera vez en México el pueblo cristiano alzó el grito de ¡Viva Cristo Rey!

        Pues bien, a los comienzos de la Cristiada, con fecha 17 de mayo de 1927 se da traslado a los Obispos mexicanos de algunas respuestas y licencias llegadas de Roma. Y en el documento se lee: «Otro rescripto que hemos recibido concede a los que están en México, indulgencia plenaria in articulo mortis, si confesados y comulgados, o por lo menos contritos, pronuncien con los labios, o cuando menos con el corazón, la jaculatoria ¡Viva Cristo Rey!, aceptando la muerte como enviada por el Señor en castigo de nuestras culpas». Jean Meyer niega la existencia de este insólito documento (II, 344-345), pero posteriormente López Beltrán ha reproducido su fotografía en la obra ya citada (73).

        2 de octubre de 1927. •El Cardenal Gasparri, secretario de Estado, en unas declaraciones al The New York Times (2-10-1927), cuenta los horrores de la persecución sufrida en México por la Iglesia, y denuncia el silencio de las naciones, al «tolerar tan salvaje persecución en pleno siglo XX».

        Reservas sobre el movimiento armado

        A medida que pasaban los meses, las reticencias de la Iglesia para apoyar a los cristeros iban creciendo, también en Roma. Recordemos que la doctrina tradicional de la Iglesia reconoce la licitud de la rebelión armada contra las autoridades civiles con ciertas condiciones: 1, causa muy grave; 2, agotamiento de los medios pacíficos; 3, que la violencia empleada no produzca mayores males que los que pretende remediar; 4, que haya probabilidad de éxito (Pío XI, Firmissimam constantiam 1937: Dz 3775-76).

        Pues bien, la persecución de Calles daba claramente las dos primeras condiciones. Pero algunos Obispos tenían dudas sobre si se daba la tercera, pues pasaba largo tiempo en que el pueblo se veía sin sacramentos ni sacerdotes, y la guerra producía más y más muertes y violencias. Y aún eran más numerosos los que creían muy improbable la victoria de los cristeros. No faltaron incluso algunos pocos Obispos que llegaron a amenazar con la excomunión a quienes se fueran con los cristeros o los ayudaran.

        Aprobaron la rebelión armada los Obispos Manríquez y Zárate, González y Valencia, Lara y Torres, Mora y del Río, y estuvieron muy cerca de los cristeros el Obispo de Colima, Velasco, y el arzobispo de Guadalajara, Orozco y Jiménez, quienes, con grave riesgo, permanecieron ocultos en sus diócesis, asistiendo a su pueblo.

        La reprobaron en mayor o menor medida otros tantos, entre los cuales Ruiz y Flores y Pascual Díaz, que siempre vió la Cristiada como «un sacrificio estéril», condenado al fracaso. Y los más permanecieron indecisos. Pues bien, siendo discutibles las condiciones tercera y cuarta, ha de evitarse todo juicio histórico cruel, que reparta entre aquellos Obispos los calificativos de fieles o infieles, valientes o cobardes. En todo caso, es evidente que la falta de un apoyo más claro de sus Obispos fue siempre para los cristeros el mayor sufrimiento…

        18 enero 1928. -Por fin, a mediados de diciembre de 1927 el arzobispo Pietro Fumasoni Biondi, Delegado Apostólico en los Estados Unidos, y encargado de negocios de la Delegación Apostólica en México, transmite a Mons. Díaz y Barreto, Secretario del Comité Episcopal, a quien el mismo Mons. Fumasoni había nombrado Intermediario Oficial entre él y los Obispos mexicanos, la disposición del Papa, según la cual «deben los Obispos no sólo abstenerse de apoyar la acción armada, sino también deben permanecer fuera y sobre todo partido político». Norma que Mons. Díaz comunicó a todos los prelados (18-1-1928) (Meyer I,18; Lpz. Beltrán 111, 150-52)…

        Se echaron al campo, «para buscar a Dios»

        Agosto de 1926. Muchos campesinos, de la zona central de México sobre todo, se echan al monte, como Francisco Campos, «a buscar a Dios Nuestro Señor».

        «En Cocula (Jalisco), desde el 1º de agosto la iglesia estaba custodiada permanentemente por 100 mujeres en el interior y 150 hombres en el atrio y en el campanario, de noche y de día. Los cinco barrios se relevaban por turno y a cada alarma se tocaba el bordón. Entonces, todo el mundo acudía al instante, como refiere Porfiria Morales. El 5 de agosto tocó la campana cuando ella estaba en su cocina; su criada María, exclamó: “¡Ave María Purísima!”. Se quitó el delantal, tomo su rebozo y un garrote, y cuando aquélla le preguntó a dónde iba, le contestó: “¡Qué pregunta de mi ama! ¿Qué no oye la campana que nos llama a los católicos de la Unión Popular? ¡Primero son las cosas de Dios!” Y salió dejando las cacerolas en el fuego» (Meyer I,103).

        No podrá encarecerse suficientemente el valor de las mujeres católicas mexicanas en la Cristiada, repartiendo propaganda, llevando avisos, acogiendo prófugos o cuidando heridos, ayudando clandestinamente al aprovisionamiento de alimentos y armas. Las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, las Brigadas Bonitas, escribieron historias de leyenda… Pero, en fin, la guerra es cosa de hombres, y a ella se fueron campesinos recios. Ezequiel Mendoza Barragán, un ranchero de Coalcomán, en Michoacán, cuya voz patriarcal hemos de escuchar en otras ocasiones, lo cuenta así:

        «Centenares de personas firmamos los papeles, se enviaron a Calles y a sus secuaces, pero todo fue inútil… Los Calles se creyeron muy grandotes y más nos apretaron, matando gente y confiscando bienes particulares de los católicos. Yo, ignorante, pero con brío, al saber los nuevos procedimientos de tal gobierno, me exalté y quise tapar el sol con un dedo, así eran mis sentimientos, me fui a conquistar gente armada y dispuesta a la guerra en defensa de la libertad de Dios y de los prójimos» (Testimonio 17).

        El curso de la guerra

        Jean Meyer, en el volumen I de su obra, describe al detalle las vicisitudes que corrió al paso de los años la guerra de la Cristiada, que él divide en estas fases:

        -incubación, de julio a diciembre de 1926;

        -explosión del alzamiento armado, desde enero de 1927;

        -consolidación de las posiciones, de julio 1927 a julio de 1928, es decir, desde que el general Gorostieta asume la guía de los cristeros hasta la muerte de Obregón.

        -prolongación del conflicto, de agosto 1928 a febrero de 1929, tiempo en que el Gobierno comienza a entender que no podrá vencer militarmente a los cristeros;

        -apogeo del movimiento cristero, de marzo a junio de 1929;

        -licenciamiento de los cristeros, en junio 1929, cuando se producen los mal llamados Arreglos entre la Iglesia y el Estado.

        El ejército federal

        El ejército «consustancial con el gobierno» en el México de entonces «consideraba a la Iglesia como su adversaria personal. Agente activo del anticlericalismo y de la lucha antirreligiosa, hizo su propia guerra, su guerra religiosa. El general Eulogio Ortiz mandó fusilar a un soldado, en el cuello del cual vió un escapulario. Algunos oficiales llevaban sus tropas al combate al grito de ¡Viva Satán!» (Meyer I,146).

        «Cada arma reclutaba por su cuenta. El enganche debía ser voluntario y firmado al menos por tres años», condición que muchas veces se incumplía, tanto que «se seguían utilizando las cuerdas para atar a los voluntarios. Se echaba mano de cualquiera: condenados de derecho común, obreros sin trabajo, campesinos», y sobre todo «del subproletariado rural y de los indios, vencidos o no» (149-150). La brutalidad y la indisciplina de esta tropa es apenas descriptible.

        Al no haber servicio de intendencia, «el avituallamiento estaba a cargo de las compañeras de los soldados, las famosas soldaderas, que marchaban al lado del ejército y que, como la langosta, caían sobre las granjas y los pueblos… La deserción, frecuente en tiempo de paz, llegaba a ser masiva en tiempo de guerra» (152). El general Amaro, jefe del ejército federal, no conseguía «poner en línea más de 70.000 hombres, aunque se pasaba el tiempo reclutando: ¡20.000 desertores al año, de 70.000 soldados!» (153). Este general famoso, el indio Amaro, hijo de un peón de Zacatecas, hombre inteligente, implacable y sanguinario, el que mandó a su aviación bombardear en el cerro del Cubilete el monumento a Cristo Rey, llegó a ser muy culto, y se reconcilió con la Iglesia varios años antes de su muerte.

        Los federales, malos jinetes, eran peores soldados, que disparaban de lejos, gastaban mucha munición, perdían las armas con facilidad, y no conocían bien el terreno por donde andaban. Eso explica que los cristeros, cuyas características de lucha eran las contrarias, les infligieran tantas bajas. Los callistas, eso sí, eran muy crueles, pero «la dureza de la represión, la ejecución de todos los prisioneros, la matanza de los civiles, el saqueo, la violación, el incendio de los pueblos y de las cosechas, dejaban en la estela de los federales otros tantos nuevos levantamientos en germen» (I, 194).

        La guerra se hacía también en la prensa del gobierno, ocultando la magnitud del conflicto o dando siempre la victoria por inminente. Unida a la lucha militar, el general Amaro propugnaba una campaña de «desfanatización», como aquélla por la que dio orden al gobernador de Jalisco de cambiar los nombres de todos los lugares que llevaban nombres de santos (I,178). Todos los medios valían, también el soborno. Así, en una ocasión, el gobierno trató de comprar a un jefe cristero llamado «el 14», el cual respondió: «Que a mí ni me den nada, que nomás arreglen eso de los padrecitos y de las iglesias, y yo me estoy en paz, pero mientras no lo arreglen que no piensen que con dinero me van a comprar» (177).

        La desesperación del gobierno se iba acrecentando a medida que pasaban los meses, y se veía incapaz de vencer -en palabras del gobernador de Colima- «las hordas episcopales de fanáticos que engañados por la patraña clerical se han lanzado a la loca aventura de restaurar el predominio de los curas» (189).

        Balance de la guerra

        A mediados de 1928 los cristeros, unos 25.000 hombres en armas, «no podían ya ser vencidos, dice Meyer, lo cual constituía una gran victoria; pero el gobierno, sostenido por la fuerza norteamericana, no parecía a punto de caer» (I, 248). En realidad, la posición de los cristeros era a mediados de 1929 mejor que la de los federales, pues, combatiendo por una Causa absoluta, tenían mejor moral y disciplina, y operando en pequeños grupos que golpeaban y huían -piquihuye-, sufrían muchas menos bajas que los soldados callistas. Después de tres años de guerra, se calcula que en ella murieron 25.000 o 30.000 cristeros, por 60.000 soldados federales.

        En enero de 1929, el embajador norteamericano Morrow -que insistía al gobierno y a la prensa para que no hablasen de cristeros sino de «bandidos» (I,301)- estimaba improbable pacificar el Estado «antes de que se solucione la cuestión religiosa». En febrero los mismos políticos veían el panorama muy oscuro, y un senador decía en un discurso a sus colegas: «¿Es que nuestros soldados no saben combatir rancheros, o no se quiere que se acabe la rebelión? Pues dígase de una vez y no estemos echando más leña. No se olviden ustedes de que con tres Estados más que se levanten de veras, ¡cuidado con el Poder Público, señores!» (I,285).

        A mediados de 1929 se veía ya claramente que, al menos a corto plazo, ni unos ni otros podían vencer. Sin embargo, en este empate había una gran diferencia: en tanto que los cristeros estaban dispuestos a seguir luchando el tiempo que fuera necesario hasta obtener la derogación de las leyes que perseguían a la Iglesia, el gobierno, viéndose en bancarrota tanto en economía como en prestigio ante las naciones, tenía extremada urgencia de terminar el conflicto cuanto antes. Eran, pues, éstas unas favorables condiciones para negociar el reconocimiento de los derechos de la Iglesia…

        Rumores de un posible arreglo

        Desde mediados de 1927 estuvo al mando supremo de los cristeros el general Gorostieta, militar de carrera, a quien iban llegando de cuando en cuando rumores de posibles arreglos entre la Iglesia y el Estado, a espaldas de la Guardia Nacional cristera. Como estos rumores iban en aumento, el 16 de mayo de 1929 escribió a los Obispos mexicanos una larga carta, de la que citamos algún fragmento:

        «Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse periódicamente la prensa nacional, y aun la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado gobierno y algún miembro señalado del Episcopado mexicano, para terminar el problema religioso. Siempre que tal noticia ha aparecido han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor mil veces que todos los peligros que se han decidido a arrostrar. Cada vez que la prensa nos dice de un obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podríamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha; aliento y consuelo que con una sola honorabilísima excepción [Mons. Martínez y Zárate, obispo de Huejutla, 17 años desterrado] de nadie hemos recibido…

        «Si los obispos al presentarse a tratar con el gobierno aprueban la actitud de la Guardia Nacional, si están de acuerdo en que era ya la única digna que nos dejaba el déspota, tendrán que consultar nuestro modo de pensar y atender nuestras exigencias; nada tenemos que decir en este caso…

        «Si los obispos al tratar con el gobierno desaprueban nuestra actitud, si no toman en cuenta a la Guardia Nacional y tratan de dar solución al conflicto independientemente de lo que nosotros anhelamos…; si se olvidan de nuestros muertos, si no se toman en consideración nuestros miles de viudas y huérfanos, entonces… rechazaremos tal actitud como indigna y como traidora…

        «Muchas y de muy diversa índole son las razones que creemos tener para que la Guardia Nacional, y no el Episcopado, sea quien resuelva esta situación. Desde luego el problema no es puramente religioso, es éste un caso integral de libertad, y la Guardia Nacional se ha constituido de hecho en defensora de todas las libertades y en la genuina representación del pueblo, pues el apoyo que el pueblo nos imparte es lo que nos ha hecho subsistir…

        «Como última razón creemos tener derecho a que se nos oiga, si no por otra causa, por ser parte constitutiva de la Iglesia católica de México, precisamente por ser parte importantísima de la Institución que gobiernan los obispos mexicanos» (+Meyer I,316-320)

        El 2 de junio de 1929 el general Gorostieta fue asesinado en una emboscada por los callistas, y le sucedió al frente de la Guardia Nacional el general Degollado.

        Los «mal llamados Arreglos» (21-6-1929)

        La historia de los Arreglos alcanzados en junio de 1929 es tan triste que haremos de ella una referencia muy breve, ateniéndonos sobre todo a la documentada información que López Beltrán ha dado recientemente del asunto. Mons. Ruiz y Flores, Delegado Apostólico ad referendum, escogió como secretario para negociar a Mons. Pascual Díaz y Barreto, el «único Obispo que había mostrado decidido empeño en lograr una transacción con los callistas» (Lpz. Beltrán 499).

        Ambos fueron traídos de los Estados Unidos a México, incomunicados en un vagón de tren, por el embajador norteamericano Dwight Whitney Morrow, banquero y diplomático, protestante y masón, cómplice de Calles y del presidente Portes Gil. Ya en la ciudad de México continuaron incomunicados en la lujosa residencia del banquero Agustín Legorreta. No recibieron ni a los Obispos mexicanos ni a un enviado de la Liga. Tampoco quisieron recibier al Obispo Miguel de la Mora, secretario del Subcomité Episcopal, que mandó aviso a Mons. Flores de que «tenía grandes y urgentes cosas que comunicarle, y que no fuera a pactar nada sin antes oírlo». Las puertas de aquella casa, en esos días, sólo estuvieron abiertas «para Morrow, para los sacerdotes extranjeros: Wilfrid y Parsons y Edmundo Walsh, S.J. [experto en política internacional de la universidad de Georgetown], para Cruchaga Tocornal, el embajador de Chile, y para otros extranjeros. Para los extraños. No para los mexicanos» (Lpz. Beltrán 516).

        Puede afirmarse, pues, que los dos Obispos de los Arreglos con Portes Gil no cumplieron las Normas escritas que Pío XI les había dado, pues no tuvieron en cuenta el juicio de los Obispos, ni el de los cristeros o la Liga Nacional; tampoco consiguieron, ni de lejos, la derogación de las leyes persecutorias de la Iglesia; y menos aún obtuvieron garantías escritas que protegieran la suerte de los cristeros una vez depuestas las armas.

        Sólamente consiguieron del Presidente unas palabras de conciliación y buena voluntad, y unas Declaraciones escritas en las que, sin derogar ley alguna, se afirmaba el propósito de aplicarlas «sin tendencia sectaria y sin perjuicio alguno». Así las cosas, los dos Obispos, convencidos por el embajador norteamericano Morrow de que no era posible conseguir del Presidente más que tales Declaraciones, y aconsejados por Cruchaga y el padre Walsh, que las «creían suficientes», aceptaron este documento redactado personalmente en inglés por el mismo Morrow:

        «El Obispo Díaz y yo hemos tenido varias conferencias con el C. Presidente de la República… Me satisface manifestar que todas las conversaciones se han significado por un espíritu de mutua buena voluntad y respeto. Como consecuencia de dichas Declaraciones hechas por el C. Presidente, el clero mexicano reanudará los servicios religiosos de acuerdo con las leyes vigentes. Yo abrigo la esperanza de que la reanudación de los servicios religiosos [expresión protestante, propia de Morrow, su redactor] pueda conducir al Pueblo Mexicano, animado por un espíritu de buena voluntad, a cooperar en todos los esfuerzos morales que se hagan para beneficio de todos los de la tierra de nuestros mayores. México, D.F. Junio 21 de 1929.-Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico» (Lpz. Beltrán 527).

        Las leyes vigentes, por supuesto, eran aquéllas que habían desencadenado la Cristiada. ¿Para derogar aquellas leyes vigentes habían muerto inútilmente veinte o treinta mil cristeros?…

        Frutos de la Cristiada

        ¿Inútilmente lucharon, con tan grandes pérdidas y sufrimientos, los cristeros y sus familias? En 1929 el jesuita Eduardo Iglesias, bajo el pseudónimo Aquiles P. Moctezuma, en El conflicto religioso de 1926, escribía relativamente satisfecho: «Terminadas felizmente las conferencias entre el Estado y la Iglesia»… (441). No es ésa la interpretación hoy más común. Pero también hay actualmente quienes estiman que los Arreglos «fueron los menos malos posibles dentro de las circunstancias». Así lo cree, por ejemplo, Juan Landerreche Obregón, quien además insiste en que los Arreglos

        «de ninguna manera significaron que el esfuerzo, el sacrificio y la sangre de los cristeros hayan sido inútiles para la libertad de la Iglesia Católica y el respeto a la religión y a los fieles. Por el contrario, los cristeros demostraron al gobierno con sus sacrificios, sus esfuerzos y sus vidas, que en México no se puede atacar impunemente a la religión católica ni a la Iglesia… Y todo esto se demostró en forma tan convincente a los tiranos, que los obligó no sólo a desistir de la persecución religiosa, sino los ha obligado también a respetar la religión y la práctica y el desarrollo de la misma, a pesar de todas las disposiciones de la Constitución [de 1917] que se oponen a ello, y que no se cumplen, porque no se pueden cumplir, porque el pueblo las rechaza… Los frutos [de la Cristiada] se han recogido y se siguen recogiendo sesenta años después de su lucha y seguramente culminarán a su tiempo en la realización plena por la que lucharon quienes dieron ese testimonio» (Prólogo a E. Mendoza, Testimonio 4,7-8).

        En 1993 el gobierno de México concedió a la Iglesia un precario reconocimiento legal como asociación religiosa, y reestableció sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

        Un triunfo de la masonería

        Unos días después de los Arreglos logrados sobre todo por los masones Morrow y Portes Gil, el 27 de junio de 1929, los masones dieron un gran banquete al presidente Portes Gil, el cual a los postres habló «a sus reverendos hermanos»:

        «Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo… Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes (aplausos). Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes… La lucha [sin embargo] es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación (aplausos).

        «En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería» (+Lpz. Beltrán 540-541).

        Alude a la misma revolución que asesinó a García Moreno, y que tantas victorias ha logrado en los siglos XIX y XX en la América hispana con el apoyo de la masonería local y norteamericana. Portes Gil más tarde, en su libro La lucha entre el Poder Civil y el Clero, dejó bien claro que «su aparente capitulación [de los Obispos] a la que dieron el nombre de un arreglo con el Gobierno, no fue otra cosa que someterse incondicionalmente a la ley» (547). En 1958, ajeno a la Iglesia, murió en Mixcoac, y en la esquela publicada por «la Muy Respetable Gran Logia Valle de México» se le citaba como «Miembro Activo y Gran Capitán de Guardias de este Supremo Consejo del Grado 33» (546).

        Licenciamiento de los cristeros

        El Jefe supremo de la Guardia Nacional, general Jesús Degollado Guízar, dirigió a todos los cristeros, «a pesar de que se nos desgarra el alma», un patético mensaje de licenciamiento, del que entresacamos el último párrafo:

        «La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegación. ¡AVE, CRISTO! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a la muerte gloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos y, una vez más, te aclamamos.

REY DE NUESTRA PATRIA.

¡VIVA CRISTO REY!

¡VIVA SANTA MARIA DE GUADALUPE!

Dios, Patria y Libertad».

        «Tal vez a la muerte gloriosa…» En efecto, poco después de los Arreglos, el Gobierno, mostrando «el espíritu de buena voluntad y respeto» asegurado a los Obispos negociadores, comenzó a través de siniestros agentes «el asesinato sistemático y premeditado» de los cristeros que habían depuesto sus armas, «con el fin de impedir cualquier reanudación del movimiento… La caza del hombre fue eficaz y seria, ya que se puede aventurar, apoyándose en pruebas, la cifra de 1.500 víctimas, de las cuales 500 jefes, desde el grado de teniente al de general».

        También «hay que decir, y esto honra a aquellos hombres, que más de un general federal advirtió a los cristeros del peligro que los amenazaba» (Meyer I, 344-346). De todos modos, aún con esto, más jefes cristeros fueron muertos después de los Arreglos que durante la guerra.

        Esto supuso una larga y durísima prueba para la fe de los cristeros, que sin embargo se mantuvieron fieles a la Iglesia con la ayuda sobre todo de los mismos sacerdotes que durante la guerra les habían asistido.

        Después de los Arreglos

        El capellán de los cristeros de Colima, padre Enrique de Jesús Ochoa, en Los cristeros del volcán de Colima, cuenta que «lloró de verdad el mismo Señor Ruiz y Flores cuando se vió burlado, cuando miró el fracaso de aquellos Arreglos, “si arreglos pueden llamarse”, según él mismo dijo, escribiendo de su puño y letra (el 1º de agosto de 1929)».

        Y añade: «Yo mismo he visto llorar al Papa [Pío XI] cuando trata el asunto de los arreglos de México: L’ho veduto piàngere, decía el Cardenal Boggiani al vicepresidente de la Liga Nacional, don Miguel Palomar y Vizcarra; y al que esto escribe, en Roma el año 1930» (+Lpz. Beltrán 517).

        La verdad es que los dos obispos de los Arreglos, y especialmente Mons. Pascual Díaz, sufrieron mucho en los años posteriores, y al menos por parte de algunos sectores, padecieron un verdadero linchamiento moral.

        Recientemente publicaba la revista «30 días» (1993, n.66) una entrevista con la pintora mexicana Dolores Ortega, de 85 años, que vivió de cerca la Cristiada con su marido, Carlos Díez de Sollano, uno de los responsables de la Liga Nacional. A la pregunta ¿por qué los obispos firmaron los acuerdos?, responde: «Estaban confundidos y los engañaron. Después de los arreglos, convidamos a cenar a monseñor Díaz, arzobispo de México. Estábamos comiendo y mi esposo le dice: “Oigame, Ilustrísima, ¿qué me dice usted de los arreglos?” Bajó los ojos, casi se le saltaron las lágrimas y le dice: “Mira Carlitos, ese asunto no me lo toques, me causa mucho dolor. Nos engañaron“». Y continúa el periodista: También ustedes cayeron en el engaño. A lo que contesta la señora Ortega: “No, de ningún modo. Nosotros sabíamos que era una trampa, que el Gobierno no respetaría nunca los arreglos. Lo sabíamos todos, los de la Liga y los cristeros”. Sabían ustedes que era un engaño, que entregando las armas y dejando la clandestinidad la muerte era segura. ¿Por qué lo hicieron, entonces? “Porque lo mandaba la Iglesia. Por fidelidad, por obediencia a la Iglesia”».

        Crónica de los mártires y beatos

        Así fue. Y aún hoy, pocos pueblos católicos, como el mexicano, quieren tanto a sus Obispos y sacerdotes. Pero hagamos crónica de los mártires, lo más importante de todo cuanto ocurrió en torno a la Cristiada.

        Los mártires cristeros -en el sentido estricto de la palabra- fueron muchísimos, aunque como es lógico sólo algunos serán reconocidos y canonizados por la Iglesia como tales. No es fácil, pues, entre tantos héroes destacar a algunos, pero vamos a hacerlo con Anacleto González Flores, el que organizó la Unión Popular en Jalisco, impulsó la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y se distinguió como profesor, orador y escritor católico. El Maestro Cleto, como solían decirle con respeto y afecto, era un cristiano muy piadoso, como lo muestra el siguiente dato:

        «Al final del Rosario, los cristeros de Jalisco añadían esta oración compuesta por Anacleto González Flores: “¡Jesús misericordioso! Mis pecados son más que las gotas de sangre que derramaste por mí. No merezco pertenecer al ejército que defiende los derechos de tu Iglesia y que lucha por ti. Quisiera nunca haber pecado para que mi vida fuera una ofrenda agradable a tus ojos. Lávame de mis iniquidades y límpiame de mis pecados. Por tu santa Cruz, por mi Madre Santísima de Guadalupe, perdóname, no he sabido hacer penitencia de mis pecados; por eso quiero recibir la muerte como un castigo merecido por ellos. No quiero pelear, ni vivir ni morir, sino por ti y por tu Iglesia. ¡Madre Santa de Guadalupe!, acompaña en su agonía a este pobre pecador. Concédeme que mi último grito en la tierra y mi primer cántico en el cielo sea ¡Viva Cristo Rey!“» (Meyer III,280).

        Pues bien, el 1 de abril de 1927 fue apresado con tres muchachos colaboradores suyos, los hermanos Vargas, Ramón, Jorge y Florentino. «Si me buscan, dijo, aquí estoy; pero dejen en paz a los demás». Fue inútil su petición, y los cuatro, con Luis Padilla Gómez, presidente local de la A.C.J.M., fueron internados en un cuartel de Guadalajara. Allá interrogaron sobre todo al Maestro Cleto, pidiéndole nombres y datos de la Liga y de los cristeros, así como el lugar donde se escondía el valiente arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez. Como nada obtenían de él, lo desnudaron, lo suspendieron de los dedos pulgares, lo flagelaron y le sangraron los pies y el cuerpo con hojas de afeitar. Él les dijo:

        «Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Ustedes me matarán, pero sepan que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria».

        Atormentaron entonces frente a él a los hermanos Vargas, y él protestó: «¡No se ensañen con niños; si quieren sangre de hombre aquí estoy yo!». Y a Luis Padilla, que pedía confesión: «No, hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, no un Juez, el que nos espera. Tu misma sangre te purificará». Le atravesaron entonces el costado de un bayonetazo, y como sangraba mucho, el general que mandaba dispuso la ejecución, pero los soldados elegidos se negaban a disparar, y hubo que formar otro pelotón. Antes de recibir catorce balas, aún alcanzó don Anacleto a decir: «¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!».

        Y en seguida fusilaron a Padilla y los hermanos Vargas (+Rivero 131-133).

        Una vez suspendido el culto en México el 31 de julio de 1937, la inmensa mayoría del clero, unos 3.500, obedeciendo a sus Obispos, se fue recogiendo en las grandes ciudades, controladas por el gobierno, con lo que los civiles y combatientes del campo quedaban sin pastores. Estos sacerdotes, aunque sujetos a estricta vigilancia y en ocasiones a vejaciones, no corrieron normalmente peligro de muerte.

        Por el contrario, los sacerdotes que permanecieron en el campo, lo hicieron con gravísimo riesgo, conscientes de que si eran apresados, serían ejecutados, muchas veces con sadismo, ya que el gobierno pensaba que «fusilando sin compasión a todo sacerdote cogido en el campo, obligaba a los demás, aterrorizados, a refugiarse en la ciudad», y esperaba así que «dejando a los campesinos sin sacerdotes, sofocaría rápidamente la rebelión» (Meyer I,40).

        Se calcula que cien o doscientos permanecieron en el campo, escondidos con la protección de los fieles, que en muchos casos fueron también ejecutados por darles cobijo. López Beltrán, considerando los años 1926-29, da los nombres de 39 sacerdotes asesinados, más los de 1 diácono, 1 minorista y 6 religiosos (343-4). Guillermo Mª Havers recoge los nombres de 46 sacerdotes diocesanos ejecutados en el mismo período de tiempo (Testigos de Cristo en México 205-8). Muchos de estos curas pertenecían a la archidiócesis de Guadalajara (Jalisco, Zacatecas, Guanajuato) o a la diócesis de Colima, pues sus prelados, Mons. Orozco y Jiménez y Mons. Velasco, permanecieron en sus puestos, con buena parte de su clero.

        El 22 de noviembre de 1992, Juan Pablo II beatificó a veintidós de estos sacerdotes diocesanos, destacando que «su entrega al Señor y a la Iglesia era tan firme que, aun teniendo la posibilidad de ausentarse de sus comunidades durante el conflicto armado, decidieron, a ejemplo del Buen Pastor, permanecer entre los suyos para no privarlos de la Eucaristía, de la palabra de Dios y del cuidado pastoral.

        Lejos de todos ellos encender o avivar sentimientos que enfrentaran a hermanos contra hermanos. Al contrario, en la medida de sus posibilidades procuraron ser agentes de perdón y reconciliación». La Conferencia del Episcopado Mexicano, en el libro ¡Viva Cristo Rey! (México 19912), nos da breves reseñas biográficas de los 25 mártires que han sido beatificados (otras reseñas de ellos y de otros muchos, también de laicos y religiosos: +Lpz. Beltrán 243-487; Havers, Testigos de Cristo en México). Aquí nos limitaremos a recordar sus santos nombres, con las fechas de su martirio.

        En 1915: David Galván Bermúdez, en la persecución de Carranza (30-1).

        En 1926: Luis Batis Sainz, y con él tres feligreses de la Acción Católica, Manuel Morales, casado, Salvador Lara Puente, y su primo David Roldán Lara (15-8), también beatificados.

        En 1927: Mateo Correa Magallanes (6-2); Jenaro Sánchez (18-2); Julio Alvarez Mendoza (30-3); David Uribe Velasco (12-4); Sabas Reyes Salazar (13-4); Cristóbal Magallanes, con su coadjutor Agustín Sánchez Caloca (25-5); José Isabel Flores (21-6); José María Robles (26-6); Miguel de la Mora (7-8); Margarito Flores García (12-11); Pedro Esqueda Ramírez (22-11).

        En 1928: Jesús Méndez Montoya (5-2); Toribio Romo González (25-2); Justino Orona Madrigal (1-7); Atilano Cruz Alvarado (1-7); Tranquilino Ubiarco (5-10);

        En 1937: Pedro de Jesús Maldonado (11-2), en una persecución desatada en Chihuahua, en tiempo del presidente Lázaro Cárdenas, otro general (1934-40).

        «La solemnidad de hoy [Cristo Rey], destacaba Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación, instituida por el papa Pío XI precisamente cuando más arreciaba la persecución religiosa de México, penetró muy hondo en aquellas comunidades eclesiales y dio una fuerza particular a estos mártires, de manera que al morir muchos gritaban: ¡Viva Cristo Rey!»

        A todos ellos ha de añadirse el nombre del padre jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, beatificado por el papa Juan Pablo II el 25 de setiembre de 1988. A diferencia de los sacerdotes antes recordados, él estaba en la ciudad de México, por orden de sus superiores, dedicándose ocultamente al apostolado. Con ocasión de un atentado contra el presidente Obregón, fueron apresados y ejecutados los autores del golpe, y con ellos fueron también eliminados el padre Pro y su hermano Humberto, que eran inocentes (23-11-1927) (+Rafael Ramírez Torres, Miguel Agustín Pro; y Luis Butera, Un mártir alegre. Vida del P. Miguel Pro).

        El espíritu de los cristeros

        Pero volvamos a los cristeros, a aquellos católicos que se alzaron en armas, echándose al monte «para defender a su Dios, a su Religión, a su Madre, que es la Santa Iglesia». Traeremos sobre ellos algunos datos y observaciones, siguiendo principalmente a Jean Meyer, que estudió largamente la Cristiada, y entrevistó durante cuatro años a muchos antiguos cristeros. Dos avisos previos:

        1.-Nótese que los datos reflejan un tiempo, hacia 1970, en que el pueblo mexicano llevaba siglo y medio independiente de España, y un siglo sometido a persecución religiosa continua por parte de los gobiernos liberales, a partir de Juárez.

        Recordemos que en 1917 la Constitución establece la educación laica. En 1934 se impone al pueblo la educación socialista, y Calles proclama indispensable que la Revolución se apodere «de las conciencias de la niñez y de la juventud», porque ambas «deben pertenecer» a la Revolución (352) -a la revolución liberal o a la socialista, viene a ser lo mismo-. Y en 1946 se vuelve a la educación arreligiosa. Pero siempre y en todo caso «ha sido constante la actitud que supone que es el Estado el que tiene el derecho de educar, derecho negado expresamente a la Iglesia y no reconocido a los padres de familia» (Acevedo 357).

        2.-Adviértase también que la inmensa mayoría de los cristeros eran rancheros modestos, gente de pueblo, aunque también se unieron a ella algunos estudiantes, licenciados o profesionales. Los ricos católicos, dicho sea de paso, apenas les ayudaron nunca, aunque lo necesitaban siempre, sobre todo para comprar armas y parque. Pues bien, los cuestionarios muestran que entre los cristeros «cerca del 60 % no habían ido jamás a la escuela», aunque no todos ellos eran analfabetos, pues bastantes habían aprendido a leer en su casa (III,272).

        Muestran sin embargo una sorprendente cultura, y más concretamente, una profunda cultura cristiana. Ya conocemos, por ejemplo, la voz de Ezequiel Mendoza Barragán, campesino michoacano de Coalcomán, que nunca fue a la escuela, y que llegó a ser coronel famoso de cristeros. Jean Meyer, que conoció a Mendoza cuando éste tenía ya 75 años, confiesa: «quedé deslumbrado, fascinado, por la misteriosa energía que irradiaba de él» (pról. Testimonio). Y en otro lugar dice que «todas las entrevistas confirman el carácter representativo de Ezequiel Mendoza», aunque es cierto que su lengua era «especialmente clara y bella» (III,289).

        Espiritualidad católica. -En entrevistas, crónicas y cartas de cristeros causa admiración comprobar la calidad doctrinal, bíblica y poética de sus expresiones. Todo lo cual contradice abiertamente el menosprecio de algunos pedantes acerca de la veracidad del cristianismo entre los indígenas de América. Los cristeros, concretamente, tenían en sí toda la fuerza de quien sabe estar haciendo la voluntad de Dios. «Conscientes de hacer la voluntad de Dios, dice Meyer, los cristeros podían resistir todos los descalabros militares, todas las desdichas espirituales y hasta la más terrible de todas: los arreglos y el poco apoyo clerical» (289). Esa fidelidad a la voluntad de Dios providente les hacía inquebrantables.

        Ezequiel Mendoza, por ejemplo, decía a su gente: «No, muchachos, acuérdense que aquí pedimos a Dios lo que más nos conviniera y por eso no digamos desatinados “ya ven que las cosas cambian de un momento a otro”; “la hoja del árbol no se mueve sin la gran voluntad de Dios”, paciencia y resignación» (289). En cierta ocasión, según él mismo refiere, arengaba así a los suyos: «No queremos compañeros que traigan fines torcidos, queremos hombres que de todo corazón quieran agradar a Dios en todo, sin otro interés que defender a su Iglesia nuestra Madre; ya que sus feroces enemigos la quieren exterminar, aunque no lo conseguirán, porque fue dicho por Nuestro Señor Jesucristo que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”; y lo que Cristo ofreció lo cumple; también dijo que “pasarán los cielos y la tierra, pero sus palabras no pasarán”. Además tenemos nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe, ella nos recomendará con su Padre, con su Hijo, y con su esposo, el Espíritu Santo. Todavía más contamos con todos los santos y santas del Cielo y de la tierra para que ellos rueguen a Dios por nosotros en todo tiempo y lugar, y si Dios está con nosotros no tengamos miedo de morir en defensa de la Iglesia y de la Patria, seremos mártires e iremos al cielo para siempre» (Testimonio 31).

        Por su parte, Aurelio Acevedo, un simple ranchero de Zacatecas, animaba así a su tropa: «Vosotros, valientes sin tacha, siempre pensad que vais en camino del Calvario; pensad que vais al martirio cumbre donde se entra al Cielo de la Paz y eterno regocijo. Todo redentor debe ser crucificado para fin de que triunfe y sea glorificado. No olvidéis que esta lección es más clara que el sol que nos alumbra: ¡recordad a Jesús!» (Meyer III,275).

        Y otro jefe, Pedro Quintanar, decía a sus tropas: «Todo lo bueno que en vosotros hay es sólo de Dios y… todo lo malo que en vuestro regimiento hay es vuestro. A Dios hay que atribuir todo lo bueno y toda la gloria y todo triunfo, pues vosotros sois instrumentos viles» (289).

        Prácticas religiosas. -La guerra fue para muchos cristeros como unos ejercicios espirituales continuados. La misa sobre todo era, cuando había sacerdote, lo más apreciado por los cristeros, el centro de todo, cada día. Más aún, «en los campamentos cristeros, cuando esto era posible, el Santísimo Sacramento estaba expuesto, y los soldados, por grupos de quince o veinte, practicaban la adoración perpetua. La comunión frecuente era la regla… Los sacerdotes que permanecían con los cristeros se pasaban el tiempo confesando, bautizando, casando, organizando ejercicios espirituales y haciendo misiones» (III,278).

        Pero «era frecuente que no hubiese ya sacerdote, y entonces un seglar tomaba la dirección de la vida religiosa, como Cecilio Valtierra, el cual todas las mañanas leía el Oficio de la Iglesia, en presencia de los fieles, y todas las tardes llevaba el Rosario. Estas misas blancas iban acompañadas de otras innovaciones» (III,277). «Los cánticos y el Rosario acompañaban todos los instantes de la vida, en la marcha o en el campamento. Los cristeros oraban y cantaban a altas horas de la noche, rezando colectivamente el Rosario, de rodillas, y cantando los laudes a la Virgen o a Cristo, entre las decenas» (III,279).

        Es indudable que de su fe cristiana sacaban los cristeros toda su abnegación y valor para la guerra. No eran unos valientes a pesar de ser unos hombres piadosos, sino que más bien porque eran piadosos eran valientes.

        Sólo un ejemplo: en cierta ocasión en que los cristeros habían sufrido varias bajas y estaban tristes, el general «Degollado les hizo rezar el rosario, tras de lo cual los arengó: “Porque Cristo Rey se llevó a los nuestros ya ustedes se acobardaron, ¿ya se les olvidó que al enlistarse en las filas de Su ejército le ofrecieron sus servicios y sus vidas?… Dios, sin necesidad de usar de combates, dispone de nuestras vidas cuando a Él le place… Dejen sus armas al pie del altar, que yo nunca seré jefe de cobardes”. Las tropas lloraban y gritaban: “¡No, mi general! Seguiremos siendo los valientes de Cristo Rey, y si no, pónganos a prueba”» (Meyer I,232).

        Idea del gobierno y de la guerra. -Los cristeros tenían de la guerra, y de la persecución que la causó, una idea mucho más teológica que política. En las entrevistas, algunas veces también, se refleja una cierta visión política del conflicto. Por ejemplo, «para los cristeros, el turco Calles, vendido a la masonería internacional, representaba al extranjero yanki y protestante, deseoso de terminar su obra destructora (la anexión de 1848 es conocida de todos, y la situación de subhombres de los chicanos de Texas y Nuevo México…), descatolizando el país» (III,285).

        Sin embargo, prevalecía con mucho la visión teológica de la guerra. Conocían bien, en primer lugar, el deber moral de obedecer a las autoridades civiles, pues «toda autoridad procede de Dios», pero también sabían que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», cuando éstos hacen la guerra a Dios. Veían claramente en la persecución del gobierno una acción poderosa del Maligno.

        Ezequiel Mendoza, por ejemplo, consideraba a los gobernantes de su patria «endiablados callistas, masones y protestantes malos, que sólo buscan las comodidades del cuerpo y la satisfacción de sus caprichos en este mundo engañador y no creen que los espera un infierno de tormentos eternos, pobres murciélagos que se creen aves y son ratones» (III,283). Y decía, «¡ay de los tiranos que persiguen a Cristo Rey, bestias rumanas de las que nos habla el Apocalipsis! Todos debemos tener muy presentes las bienaventuranzas de que nos habla Nuestro Señor Jesucristo: pobreza de espíritu, lágrimas de contrición, justa mansedumbre, hambre y sed de justicia, misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los buenos cuando son perseguidos por los malos, como nos aprietan los Calles ahora, dizque porque somos muy malos, que andamos tercos queriendo defender la honra y gloria de Aquel que murió desnudo en la cruz más alta y en medio de dos ladrones, por ser Él el más malo de todos los humanos, que no quiso someterse al supremo de la tierra. Es lo que dicen ellos, porque les falta un domingo y los redobles de tambor, pero nosotros se los daremos con ayuda de quien resucitó de los muertos el tercer día y que, porque nos ama, nos dejó por Madre su propia Madre» (III,287).

        Este tono profundamente bíblico era el de la Cristiada. Es la visión del Apocalipsis: Satán, el dragón infernal, la antigua serpiente, da su fuerza a la Bestia, poder maligno intramundano, que hace la guerra a los santos y a cuantos guardan el testimonio de Jesús. En este sentido, los cristeros estaban indeciblemente más cerca del Apocalipsis del apóstol San Juan que de la teología de la liberación moderna.

        Con toda razón el Cardenal Ratzinger afirmaba que «la teología de la liberación, en sus formas conexas con el marxismo, no es ciertamente un producto autóctono, indígena, de América Latina o de otras zonas subdesarrolladas, en las que habría nacido y crecido casi espontáneamente, por obra del pueblo. Se trata en realidad, al menos en su origen, de una creación de intelectuales; y de intelectuales nacidos o formados en el Occidente opulento» (Informe sobre la fe, 207). La espiritualidad popular real es la de Ezequiel Mendoza y sus compañeros, llena de resonancias de la Biblia y del catecismo.

        El martirio. -La teología del martirio en los cristeros no es menos rica que la de las Passiones de los primeros siglos, aunque muchas veces vaya en clave de humor. «¡Qué fácil está el cielo ahorita, mamá!», decía el joven Honorio Lamas, que fue ejecutado con su padre (III,299). «Hay que ganar el cielo ahora que está barato», decía otro (298). Norberto López, que rechazó el perdón que le ofrecían si se alistaba con los federales, antes de ser fusilado, dijo: «Desde que tomé las armas hice el propósito de dar la vida por Cristo. No voy a perder el ayuno al cuarto para las doce» (302).

        En Sahuayo asesinaron uno a uno a veintisiete cristeros, que uno a uno murieron dando vivas a Cristo Rey, pero perdonaron la vida a Claudio Becerra, por ser muy jovencito. Más tarde, con gran tristeza, iba a pedir junto al sepulcro de sus compañeros martirizados: «Compañeros, pídanle a Dios me vaya al cielo a acompañarlos». Bebía entonces demasiado, y cuando el cura le reprochó, él dijo: «Me emborracho, padre, porque me da sentimiento que Dios no me quiso para mártir» (Lpz. Beltrán 66-70)…

        Una vez más la voz del patriarca Mendoza: «Ustedes y yo lamentamos de corazón el fallecimiento de esos hombres que de buena fe ofrendaron sus vidas, familia y demás intereses terrenales, derramaron su sangre por Dios y por nuestra querida patria, como lo hacen los verdaderos mártires cristianos; pues su sangre, unida con la de Nuestro Señor Jesucristo y con la de todos los mártires del Espíritu Santo, nos alcanzará de Dios Padre los bienes que esperamos en la tierra y en el Cielo. Dichosos los que mueren por el amor al Dios que hizo los cielos y la tierra, y en todo está por esencia, presencia y potencia, no como los dioses falsos de Plutarco Elías Calles y de otros locos desviados por Satanás, que les ofrece los bueyes y la carreta de esta vida y después los hace birria caliente y gorda en el infierno de los tormentos» (III,299).

        La muerte tranquila de los cristeros, con frecuencia después de terribles tormentos, impresionaba siempre a los federales. Morían perdonando y gritando ¡Viva Cristo Rey! Y el pueblo guardaba sus palabras, recogía su sangre, enterraba sus cuerpos, acudía en masa a sus funerales, cuando eran posibles, en protesta silenciosa y confesión de fe.

        Alegría. -La alegría estaba también siempre presente, como es lógico, en estos hombres que se estaban jugando la vida por Cristo, pasando indecibles miserias y penalidades. En crónicas y escritos siempre hay huellas de alegría y de humor. Cuenta Ezequiel Mendoza que su papá, en una ocasión, jugándose la vida, se quedó sosteniendo una puerta de campo, para que escapara un grupo de cristeros. Los federales le disparaban una y otra vez, sin atinarle. Así que él, sin soltar la puerta, «como enojado volvió su cara y regañó al enemigo, dijo: “Pendejos, tirar para acá, parece que no ven gente”» (Testimonio 37). De éstas hay innumerables anécdotas cristeras.

        Espiritualidad bíblica y tradicional

        Siendo la Biblia y la Tradición eclesial las fuentes permanentes de la espiritualidad cristiana, el calificativo de tradicional, en su sentido más genuino, es tan precioso como el de bíblico. Pues bien, la espiritualidad de los cristeros es netamente bíblica y tradicional. Jean Meyer subraya con fuerza ambas notas: «Hemos quedado asombrados por el número y la exactitud de las citas bíblicas. La idea de un pueblo católico ignorante de la Biblia no es válida para el campesino mexicano de esta época. En los caseríos lejanos de la parroquia se la leía de pie, o más bien se formaba círculo en torno de aquel que sabía leer» (307).

        No hay, tampoco, mariolatría en la devoción a la Virgen: «El culto de la Virgen guadalupana no es distinto del que recibe en Rusia (¡800 lugares de peregrinación marianos!), en Polonia o en Francia» (309). Meyer afirma una y otra vez «la indiscutible catolicidad de la fe mexicana» (309).

        «La religión de los cristeros era, salvo excepción, la religión católica romana tradicional, fuertemente enraizada en la Edad Media hispánica. El catecismo del P. Ripalda, sabido de memoria, y la práctica del Rosario, notable pedagogía que enseña a meditar diariamente sobre todos los misterios de la religión, de la cual suministra así un conocimiento global, dotaron a ese pueblo de un conocimiento teológico fundamental asombrosamente vivo. A Cristo conocido en su vida humana y en sus dolores, con los cuales puede el fiel identificarse con frecuencia, amado en el grupo humano que lo rodea: la Virgen, el patriarca San José, patrono de la Buena Muerte, y todos los santos que ocupan un lugar muy grande, completamente ortodoxo, en la vida común, se le adora en el misterio de la Trinidad. Esta religión próxima al fiel la califican de superstición los misioneros norteamericanos (protestantes y católicos) y los católicos europeos no la juzgan de manera distinta» (307). Sin embargo, «el cristianismo mexicano, lejos de estar deformado o ser superficial, está sólida y exactamente fundamentado en Cristo, es mariológico a causa de Cristo, y sacramental por consiguiente, orientado hacia la salvación, la vida eterna y el Reino. Durante la guerra, los santos se retraen notablemente hasta su propio lugar, mientras se manifiesta el deseo ardiente del cielo» (310).

        La profundidad de la evangelización realizada en México durante siglos quedó absolutamente probada cuando, después de más de un siglo de continuas persecuciones liberales, socialistas y revolucionarias, los cristeros ofrecieron al mundo este testimonio formidable de espiritualidad y de martirio.

        Volvamos, pues, al principio, y oigamos la voz franciscana de uno de los primeros evangelizadores, Fray Toribio de Benavente, Motolinía. Lo que él dice de México, lo diremos aquí, para terminar nuestra historia; y lo diremos pensando en toda la América hispana:

        «¡Oh, México que tales montes te cercan y coronan! ¡Ahora con razón volará tu fama, porque en ti resplandece la fe y evangelio de Jesucristo! Tú que antes eras maestra de pecados, ahora eres enseñadora de verdad; y tú que antes estabas en tinieblas y oscuridad, ahora das resplandor de doctrina y cristiandad» (Hª de los indios III,6, 339). «Pues concluyendo, digo: ¿quién no se espantará viendo las nuevas maravillas y misericordias que Dios hace con esta gente?… Estos conquistadores y todos los cristianos amigos de Dios se deben mucho alegrar de ver una cristiandad tan cumplida en tan poco tiempo, e inclinada a toda virtud y bondad. Por tanto ruego a todos los que esto leyeren que alaben y glorifiquen a Dios con lo íntimo de sus entrañas; digan estas alabanzas que se siguen, según San Buenaventura: “Alabanza y bendiciones, engrandecimientos y confesiones, gracias y glorificaciones, sobrealzamientos, adoraciones y satisfacciones sean a vos, Altísimo Señor Dios Nuestro, por las misericordias hechas con estos indios nuevos convertidos a vuestra santa fe. Amén, Amén, Amén”» (II, 11, 283).

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Cristianismo y politica

Cristianismo y política

Joseph Ratzinger *

 

El Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no sólo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado [incluso “cristiano”]. El Estado no es la totalidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el totum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico. La supresión del totalitarismo estatal ha desmitificado al Estado, liberando la hombre político y a la política.

Pero cuando la fe cristiana, la fe en una esperanza superior del hombre, decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Aunque estas promesas se vayan obteniendo mediante el progreso y reivindiquen exclusivamente  para sí el concepto de progreso, son, sin embargo, históricamente consideradas, un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana, una vuelta hacia atrás en el camino de la historia. Y aunque vayan propalando como objetivo propio la liberación total del hombre, la eliminación de cualquier dominio sobre el hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su libertad, porque reducen el hombre a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte al Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política, es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud; es política mitológica.

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es realmente capaz de crear como orden de libertad y, de este modo, encontrar un criterio de discreción, consciente de que su expectativa superior está en manos de Dios. El rechazo de la esperanza que radica en la fe es, al mismo tiempo, un rechazo del sentido de la medida en la razón política. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad, que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mítica del paraíso inmanente y autárquico sólo puede conducir al hombre a la frustración; frustración ante el fracaso de sus promesas y ante el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa, hija de su propia fuerza y crueldad.

El primer servicio que presta la fe a la política es, pues liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre cosa difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda conciliación, sino en la misma conciliación donde está la moral de la actividad política.

A pesar de que los cristianos era perseguidos por el Estado romano, su posición ante el Estado no era radicalmente negativa. Reconocieron al Estado en cuanto Estado, tratando de construirlo como Estado según sus posibilidades, sin intentar destruirlo. Precisamente porque sabían que estaban en “Babilonia”, les servían las orientaciones que el profeta Jeremías había dado a los judíos deportados a Babilonia. La carta del profeta transcrita en el cap. 29 del libro de Jeremías no es ciertamente una instrucción para la resistencia política, para la destrucción del Estado esclavista, ni se presta a tal interpretación. Por el contrario, es una exhortación a conservar y a reforzar lo bueno. Se trata, pues, de una instrucción para la supervivencia y, al mismo tiempo, para la preparación de un porvenir nuevo y mejor. En este sentido, esta moral del exilio contiene también elementos de un ethos político positivo. Jeremías no incita a los judíos a la resistencia ni a la insurrección, sino que les dice: “Edificad casas y habitadlas. Plantad huertos y comed de sus frutos… Procurar la paz de la ciudad adonde os trasladé; y rogad por ella al Señor, porque en la paz de ella tendréis vosotros paz” (Jr. 29, 5-7).

Muy semejante es la exhortación que se lee en la carta de Pablo a Timoteo, fechada tradicionalmente en tiempos de Nerón: “(Rogad) por todos los hombres, por los emperadores y por todos los que están en el poder, a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y honestidad”. (1 Tm 2,2). En la misma línea se desarrolla la carta de Pedro con la siguiente exhortación: “Vuestro comportamiento entre los paganos sea irreprensible, a fin de que, por lo mismo  que os censuran como malhechores, reflexionando sobre las obras buenas que observan en vosotros, glorifiquen a Dios en el día del juicio”. (1 P 2,12). “Honrad a todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, honrad al rey” (1 P 2,17). “Ninguno de vosotros tenga que sufrir como homicida, o ladrón, o malhechor, o delator. Pero si uno sufre como cristiano, que no se avergüence; que glorifique más bien a Dios por este nombre”. (1 P 4,15 a)

¿Qué quiere decir todo esto? Los cristianos no eran ciertamente gente sometida angustiosamente a la autoridad, gente que no supiese de la existencia del derecho a resistir y del deber de hacerlo en conciencia. Precisamente esta última verdad indica que reconocieron los límites del Estado y que no se doblegaron en lo que no les era lícito doblegarse, porque iba contra la voluntad de Dios. Por eso precisamente resulta tanto más importante el que no intentaran destruir, sino que contribuyeran a regir este Estado. La antimoral era combatida con la moral, y el mal con la decidida adhesión al bien, y no de otra manera. La moral, el cumplimiento del bien, es verdadera oposición, y sólo el bien puede preparar el impulso hacia lo mejor. No existen dos tipos de moral política: una moral de la oposición y una moral del poder. Sólo existe una moral: la moral como tal, la moral de los mandamientos de Dios, que no se pueden dejar en la cuneta ni siquiera temporalmente, a fin de acelerar un cambio de situación. Sólo se puede construir construyendo, no destruyendo. Esta es la ética política de la Biblia, desde Jeremías hasta Pedro y Pablo.

El cristianismo es siempre un sustentador del Estado en el sentido de que él realiza lo positivo, el bien, que sostiene en comunión los Estados. No teme que de este modo vaya a contribuir al poder de los malvados, sino que está convencido de que siempre y únicamente el reforzamiento del bien puede abatir al mal y reducir el poder del mal y de los malvados. Quien incluya en sus programas la muerte de inocentes o la destrucción de la propiedad ajena no podrá nunca justificarse con la fe. Explícitamente es lo contrario a la sentencia de Pedro: “Pero jamás alguno de vosotros padezca por homicida o ladrón” (1 P 4,15); son palabras que valen también ahora contra este tipo de resistencia. La verdadera resistencia cristiana que pide Pedro sólo tiene lugar cuando el Estado exige la negación de Dios y de sus mandamientos, cuando exige el mal, en cuyo caso el bien es siempre un mandamiento.

De todo esto se sigue una última consecuencia. La fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizado, el mito del Estado paraíso y de la sociedad sin dominación ni poder. En su lugar ha implantado el realismo de la razón. Ello no significa, sin embargo, que la fe haya traído un realismo carente de valores: el de la estadística y la pura física social. El verdadero realismo del hombre se encuentra el humanismo, y en el humanismo se encuentra Dios. En la verdadera razón humana se halla la moral, que se alimenta de los mandamientos de Dios. Esta moral no es un asunto privado; tiene valor y resonancia pública. No puede existir una buena política sin el bien que se concreta en el ser y el actuar. Lo que la Iglesia perseguida prescribió a los cristianos como núcleo central de su ethos político debe constituir también la esencia de una actividad política cristiana: sólo donde el bien se realiza y se reconoce como bien puede prosperar igualmente una buena convivencia entre los hombres. El gozne sobre el que gira una acción política responsable debe ser el hacer valer en la vida pública el plano moral, el plano de los mandamientos de Dios.

Si hacemos así, entonces también podremos, tras el paso de los tiempos de angustia, comprender, como dirigidas a nosotros personalmente, estas palabras del Evangelio: “No se turbe vuestro corazón” (Jn. 14,1). “Porque por el poder de Dios estáis custodiados mediante la fe para vuestra salvación…”.

 

Fuente: Revista Católica Internacional Communio, 2ª. Época, Año 17, julio-agosto de 1995

http://www.mercaba.org

 
* Nació en Marktl am Inn (Baviera, Alemania) en 1927. Estudió en Freising y en la Universidad de Munich. Sacerdote en 1951. Profesor de teología fundamental en la Universidad de Bonn y de dogma e historia de los dogmas en la Universidad de Münster y posteriormente en la Facultad de teología de la Universidad de Ratisbona. Nombrado arzobispo de Munich y Freising en 1977 y creado cardenal ese mismo año. Actualmente es prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional.

 

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La integración de los sordomudos

La integración de los sordomudos

Aprender lenguaje de señas

Autor: María Cecilia Jaurrieta
jaula@ciudad.com.ar

http://san-pablo.com.ar/

Así como muchos estudian un idioma extranjero para comunicarse con otros de distinta lengua, a Cintia Guma se le ocurrió aprender lenguaje de señas.

Cintia está casada tiene una nena, Milagros y un bebé en camino. Es contadora. Nos recibió en su casa toda tapizada de juguetes.

Revista On line: ¿Cómo se te ocurrió estudiar lenguaje de señas?

Cintia: Desde chica me llamó la atención verlos en el colectivo comunicarse por este  lenguaje tan especial. Y así como a algunos se les da por estudiar Inglés, yo me enganché cuando una amiga que estudia guía de turismo para sordos me indicó un lugar donde hacerlo. Poco a poco me fui encariñando, al ver que uno los puede ayudar a integrarse.

ROL: ¿En qué medida te enriqueció este estudio?

Cintia: Uno descubre otras realidades… Aprende de la comunidad de los sordos que tienen una organización muy bien armada, ya que tienen las mismas posibilidades que los oyentes. Son muy perceptivos y muy cariñosos.

Cintia: Hace cuatro. Con dos años uno aprende lo básico para comunicarse. Pero seguí porque tengo la idea de ser intérprete. Esto te da la posibilidad de ser intérprete en un congreso, o en la televisión como es el caso de mi profesora actual.

ROL: ¿Hay turismo para sordos?

Cintia: Los sordos tienen numerosas asociaciones que los protegen, como la ASO, (Asociación de Sordos Oralistas), que son los que se comunican tanto en forma oral, leyendo los labios, como por lenguaje de señas. Ellos  organizan sus propios paseos y salidas.

ROL: ¿Sentís que ha mejorado la integración de los sordomudos?

Cintia: Yo creo que no. Si bien han conseguido un montón de cosas para su promoción, hay una barrera que es la imposición de la lengua oral sin darles la posibilidad de que usen el lenguaje de señas que es el más familiar. Creo que la mayoría que impone una forma de enseñanza oral le hace mal a la integración. En este momento hay una sola escuela que permite completar la enseñanza dada en forma oral con lenguaje de señas.

Una experiencia desde la “oralidad”

El Instituto Nuestra Señora de las Gracias, de la ciudad de Buenos Aires, tiene en su proyecto institucional la integración de personas con necesidades especiales. Hace unos años se matriculó una adolescente que había cursado la escuela primaria en el Instituto Oral Modelo, adonde se plantea la integración desde la “oralidad”. Con el gabinete psicopedagógico de esta institución se elaboraron las siguientes normas para los docentes. Estas sugerencias parten de la necesidad de que el alumno sordo tenga sus tiempos para poder interpretar por lectura de los labios las palabras del profesor.

Los si y los no en la relación docente alumno sordo en la escuela común

SI

  • Dejar que se ubique en los asientos delanteros
  • Asegurarse de que se retire del aula conociendo sus tareas para la próxima clase, fechas de pruebas, etc. Puede encargarse cada profesor o el preceptor o uno o varios compañeros.
  • Permitirle que copie simultáneamente los apuntes de su compañero de banco o que este utilice un carbónico para dejarle que le facilite al alumno sordo su apunte para fotocopiar. Organizar con los compañeros turnos rotativos para ello, para evitar el cansancio de estos.
  • Facilitarle apuntes o fotocopias de los contenidos, cuadros sinópticos, esquemas que el profesor explique. Si se pudiera hacer con anterioridad a la clase o al inicio de esta, le permitiría al alumno sordo seguir mejor las explicaciones del profesor.
  • Incluirlo en los grupos de estudio, podría ser en forma rotativa.
  • Ante la dificultad por parte del profesor, en comprender lo que expresa el alumno sordo, brindarle la posibilidad de que lo escriba (lecciones, respuesta a preguntas, etc)
  • Instrumentar recursos para que el alumno sordo, en caso de inasistencia a clase, reciba la información necesaria respecto de las tareas a cumplir

Ej. Suministrarle los teléfonos de sus compañeros para que algún familiar pueda comunicarse con ellos. Si los padres son sordos ver la posibilidad de enviárselos por fax o  de que alguien se lo alcance a su domicilio.

NO
  • Obligarlo a sentarse adelante (puede que con el tiempo y experiencia desee  hacerlo)
  • Exponerlo a dictados. Pensemos que el alumno sordo necesita  hacer lectura labial. No puede tomar nota basándose en su vía auditiva.
  • Temer hacerle repetir si no se le entiende
  • Temer pedirle que escriba sus mensaje
  • Evitar hacerlo participar por temor a no entenderlo
  • Temer verificar si realmente comprendió
  • Conformarse con sus señales de asentimiento. No siempre puede seguir por lectura labial lo que el profesor dice durante toda la hora de clase y menos aún durante toda la jornada escolar. ( Profesores no entrenados, gran cantidad de alumnos, esfuerzo del alumno sordo para decodificar el mensaje, cansancio…).
  • Instituto de Lenguas de señas Argentino – Viamonte 2367 – T.E. 4951-2092
  • Instituto Oral Modelo- Tte. Gral. Perón 2239 – 4951 3300

Disfrutar el desafío

 

 

  • Instituto de Lenguas de señas Argentino – Viamonte 2367 – T.E. 4951-2092

 

  • Instituto Oral Modelo- Tte. Gral. Perón 2239 – 4951 3300

 

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EL ANIMADOR CATÓLICO EN LAS COMUNIDADES CRISTIANAS RURALES: IDENTIDAD Y MISION

CARTA PASTORAL

EL ANIMADOR CATÓLICO EN LAS COMUNIDADES CRISTIANAS RURALES: IDENTIDAD Y MISION

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A todos los sacerdotes, religiosos y religiosas y, muy especialmente, a los Animadores de las comunidades cristianas rurales de nuestra Prelatura de Moyobamba.

¡Gracia y paz!

Introducción

¿Quién es un Animador?

  1. El Animador es un fiel cristiano laico
  2. El Animador está llamado a santificarse en el mundo
  3. El sacerdocio ministerial es insustituible.
  4. Funciones del Animador

La misión del Animador

  1. Necesidad de una terminología apropiada
  2. La predicación de la Palabra y la catequesis
  3. Las celebraciones dominicales sin presbítero.
  4. La pastoral juvenil
  5. La pastoral vocacional
  6. La pastoral matrimonial y familiar
  7. El apostolado para los enfermos
  8. La animación de la celebración de las exequias.
  9. Necesaria selección y formación del Animador

Conclusión

INTRODUCCIÓN

«El Reino de los Cielos es semejante a un propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia las nueve de la mañana, vio otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”» (Mt. 20, 1-4).

Del Señor nace la urgente y amorosa llamada dirigida a todos sus discípulos para que participen activamente en su misión de anuncio del Evangelio y edificación del Pueblo de Dios, en una comunión de mente y corazón, según los diversos ministerios y carismas.

El eco de esta llamada del Señor continúa en la Iglesia y se transmite en sus enseñanzas a través del Magisterio, sobre todo del Concilio Ecuménico Vaticano II (Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 33; Decreto Apostolicam actuositatem, 24).

Obispos de todo el mundo reunidos en Asambleas generales han reafirmado la identidad de los fieles laicos, en la común dignidad y en la diversidad de funciones propias, y se ha estimulado a todos los fieles a edificar la Iglesia colaborando en comunión para la salvación del mundo.

Es necesario tener presente la urgencia y la importancia de la acción apostólica de los fieles laicos en el presente y en el futuro de la evangelización. La Iglesia no puede prescindir de esta obra, porque le es connatural, en cuanto Pueblo de Dios, y porque tiene necesidad de ella para realizar la propia misión evangelizadora.

La llamada a la participación activa de todos los fieles en la misión de la Iglesia ha sido atendida por muchos. «El Espíritu ha seguido rejuveneciendo la Iglesia suscitando nuevas energías de santidad y de participación en tantos fieles laicos. Ello queda testificado por la participación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis; por los múltiples servicios y tareas confiadas a los fieles laicos y por ellos asumidas; por la participación más amplia y significativa de las mujeres en la vida de la Iglesia y en el desarrollo de la sociedad» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifidelis laici, 2).

Se tiene así una colaboración de los fieles laicos en los dos ámbitos de la misión de la Iglesia: en el espiritual, de llevar el mensaje de Cristo y de su gracia a los hombres, y en el temporal, de perfeccionar el orden de las realidades seculares con el espíritu del Evangelio.

Especialmente en el ámbito de la evangelización y de la santificación, el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral se complementan mutuamente. En él, los fieles laicos, de ambos sexos, tienen innumerables ocasiones de hacerse activos, con el coherente testimonio de vida personal, familiar y social, con el anuncio del evangelio de Cristo en todo ambiente y con el compromiso de difundir, defender y aplicar los principios cristianos a los problemas actuales.

Invito a todos los sacerdotes y religiosas de nuestra Prelatura a reconocer, promover y agradecer las tareas y las funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación y, para muchos de ellos, también en el Matrimonio.

Dentro del trabajo específicamente espiritual existe un campo más especial, que se relaciona con el sagrado ministerio de los pastores, en el cual pueden ser llamados a colaborar los fieles laicos, hombres y mujeres. Así lo refiere el Concilio Vaticano II, cuando dice: «La jerarquía encomienda a los seglares ciertas funciones que están más estrechamente unidas a los deberes de los pastores, como, por ejemplo, en la exposición de la doctrina cristiana, en determinados actos litúrgicos y en la cura de almas» (Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 24)

Y, porque se trata de tareas íntimamente relacionadas con los deberes de los pastores, se exige de todos nosotros la debida atención para que se salvaguarden bien la naturaleza y la misión del sagrado ministerio, así como la vocación y la índole secular de los fieles laicos. Colaborar no significa sustituir.

Debemos constatar, con viva satisfacción y alegría, que en nuestra Prelatura la colaboración de los fieles laicos con el ministerio pastoral de los sacerdotes se desarrolla de manera bastante positiva.

Algunos miembros de nuestra iglesia, a los que llamamos Animadores, se ocupan con solicitud de remediar, en la medida que les es posible, situaciones de emergencia y necesidades crónicas en muchas comunidades rurales. Tales fieles son  llamados y delegados para asumir tareas precisas, tan importantes cuanto delicadas, sostenidos por la gracia del Señor, acompañados por los sagrados ministros y bien acogidos por las comunidades en favor de las cuales prestan el propio servicio.

Los sagrados pastores de la Prelatura de Moyobamba agradecemos profundamente la generosidad con la cual numerosos fieles laicos se han ofrecido y se ofrecen para este específico servicio, desarrollado con un fiel sentido de Iglesia y edificante dedicación. Nuestra más sentida y fervorosa oración por aquellos que ya partieron a la casa del Padre. Particular gratitud y estímulo van a cuantos asumen estas tareas como Animadores católicos en nuestra iglesia particular, en los ambientes rurales de misión, donde la Iglesia aún está escasamente radicada, y la presencia del sacerdote es sólo esporádica.

¿QUIÉN ES EL ANIMADOR?

  1. El Animador es un fiel cristiano laico

Los fieles cristianos somos todos aquellos que, incorporados a Cristo mediante el Bautismo, hemos sido constituidos miembros del Pueblo de Dios; hemos sido hecho partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y somos llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia. Entre todos nosotros hay una verdadera igualdad en nuestra dignidad de hijos de Dios.

En la Iglesia, por institución divina, hay ministros sagrados, que han recibido el sacramento del Orden (obispos, presbíteros y diáconos) y forman la jerarquía de la Iglesia. A los demás fieles cristianos se les llama laicos. De unos y otros provienen fieles que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad, pobreza y obediencia, a los que llamamos religiosos.

Los fieles cristianos laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales del mundo según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados.

Los fieles cristianos laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo.

El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, «aunque diferentes esencialmente y no sólo de grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, n.

  1. ) La diferencia esencial entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial está en el modo de participación del sacerdocio de Cristo y es esencial en el sentido que «mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal —vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu— el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1547).

Los fieles cristianos laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Concilio Vaticano II Constitución Lumen Gentium, 35).

Los fieles cristianos laicos participan en la misión real de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos que ejercen los diversos ministerios al servicio de la comunidad, van impregnando de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad, iluminándolas y ordenándolas según Dios para que Él sea el verdadero Rey del universo

  1. El Animador está llamado a santificarse en el mundo

La gran dignidad de los fieles cristianos laicos se manifiesta en plenitud cuando éstos se toman en serio su primera y fundamental vocación: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad.

Esta llamada no es una simple exhortación moral, sino una exigencia de nuestra pertenencia a la Iglesia. Ella es el Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza, que es Cristo. El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María, es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre.

Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos volvamos a emprender el camino de la renovación que nos trae el Evangelio, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1 P 1, 15). Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia.

Hoy son tiempos difíciles, hoy es tiempo de renovación en la Iglesia, y todos los cristianos, también los Animadores, están llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia: Todos los fieles de cualquier estado y condición estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana ya la perfección de la caridad; todos los fieles estamos invitados y debemos tender a la santidad y a la perfección en el propio estado.

La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo. Revestidos de Jesucristo y saciados por su Espíritu, los cristianos somos «santos», y por eso quedamos capacitados y comprometidos a manifestar la santidad de nuestro ser en la santidad de todo nuestro obrar. La vida de santidad suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren.

La vocación de los Animadores a la santidad implica que la vida cristiana tiene que notarse en sus asuntos temporales y en su participación en las actividades terrenas. Ellos deben santificarse en la atención a su familia, en la vida profesional y  social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los Animadores deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándolos a la comunión con Dios en Cristo.

Los Animadores, al mismo tiempo que participan de las realidades temporales, su vocación a la santidad está ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad que se les confía en la Iglesia y en el mundo. La misma santidad vivida representa ya la aportación primera y más importante a la edificación de la Iglesia.

La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el Espíritu.

  1. El sacerdocio ministerial es insustituible.

Las funciones del ministerio ordenado se resumen en tres: función de enseñar, santificar y gobernar a los fieles, que son siempre ejercicio de la función de Cristo, Cabeza de la Iglesia, Maestro, Sacerdote y Pastor, y constituyen la sustancia del ministerio pastoral.

El sacerdocio ministerial es necesario a la existencia misma de la Iglesia: «no se debe pensar en el sacerdocio ordenado como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si ésta pudiera concebirse como constituida ya sin este sacerdocio» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 16).

Si en la comunidad llega a faltar el sacerdote, ella se encuentra privada de la presencia y de la función sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, esencial para la vida misma de la comunidad eclesial. El sacerdocio ministerial es, por tanto, absolutamente insustituible.

  1. Funciones del Animador

Sólo en algunas de esas funciones: enseñar, santificar y gobernar a los fieles, y en cierta medida, pueden colaborar con los pastores los fieles laicos, y en concreto nuestros Animadores, si son llamados a dicha colaboración por el Obispo y en las debidas formas. «El ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor: en realidad no es la tarea la que constituye un ministro, sino la ordenación sacramental. Solo el Sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado de los Obispos y presbíteros una peculiar participación en el oficio de Cristo Cabeza y Pastor y en su sacerdocio eterno. La función que se ejerce en calidad de suplente, adquiere su legitimación, inmediatamente y formalmente, de la delegación oficial dada por los pastores, y en su concreta actuación es dirigido por la autoridad eclesiástica» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Chritifidelis laici, n. 23).

Es necesario reafirmar esta doctrina porque algunas prácticas tienden a sustituir con laicos la carencia de ministros ordenados en el seno de la comunidad, y en algunos casos, han podido influir sobre una idea que tergiversa la índole y el significado específico del sacerdocio común de los fieles.

En los documentos conciliares se considera la directa colaboración de fieles no ordenados en las tareas específicas de los pastores. «Cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exige, los pastores pueden confiar a los fieles no ordenados, según las normas establecidas por el derecho universal, algunas tareas que están relacionadas con su propio ministerio de pastores pero que no exigen el carácter del Orden» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 23).

LA MISIÓN DEL ANIMADOR

  1. Necesidad de una terminología apropiada

El Papa beato Juan Pablo II en el Discurso dirigido a los participantes en el Simposio sobre «Colaboración de los fieles laicos en el ministerio presbiteral», subrayó la necesidad de aclarar y distinguir las varias acepciones que el término «ministerio» ha asumido en el lenguaje teológico y canónico.

  1. «Desde hace un cierto tiempo se ha introducido el uso de llamar ministerio a los oficios y las funciones ejercidos por los fieles no ordenados, en virtud del sacerdocio bautismal. Es necesario reconocer que el lenguaje se hace incierto, confuso y, por lo tanto, no útil para expresar la doctrina de la fe, porque se ofusca la diferencia ‘de esencia y no sólo de grado’ que media entre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ordenado». (Juan Pablo II, Discurso al Simposio sobre «Colaboración de los fieles laicos al Ministerio presbiteral», n. 3) Es más correcto llamar ministerio a los oficios y a las funciones ejercidos por los Pastores en virtud del sacramento del Orden.
  2. Los oficios y funciones encomendados a los Animadores son fruto de una delegación de la Iglesia.
  3. El Animador puede asumir la denominación general de «ministro extraordinario», sólo y cuando es llamado por el Obispo a cumplir, únicamente en función de suplencia, los encargos encomendados. Naturalmente puede ser utilizado el término concreto con que canónicamente se determina la función confiada, por ejemplo, catequista, acólito, lector, animador, cantor, comentador, etc.

No es lícito por tanto, que los Animadores asuman, por ejemplo, la denominación de «pastor», «capellán», «coordinador», «moderador», «guía de la comunidad», «responsable de la comunidad», o de títulos semejantes que podrían confundir su función con aquella del Pastor, que es únicamente el obispo y el presbítero.

  1. La predicación de la Palabra y la catequesis
  2. Los Animadores participan, según su propia índole laical, en la función profética de Cristo, son constituidos sus testigos y proveídos del sentido de la fe y de la gracia de la palabra. Todos son llamados a convertirse, cada vez más, en heraldos eficaces «de lo que se espera» (Heb 11, 1). Hoy, la obra de la catequesis, en particular, mucho depende de su compromiso y de su generosidad al servicio de la Iglesia.

Por tanto, los Animadores pueden ser llamados a colaborar, en los modos legítimos, en el ejercicio del ministerio de la palabra «En virtud del bautismo y de la confirmación, los fieles laicos  son testigos del anuncio evangélico con su palabra y el ejemplo de su vida cristiana; también pueden ser llamados a cooperar con el Obispo y con los presbíteros en el ejercicio del ministerio de la palabra. Han de formarse los catequistas en escuelas destinadas a este fin o, donde no las haya, bajo la dirección de los misioneros» (C.I.C., cann. 759; 785, § 1).

  1. Los Animadores pueden predicar en una iglesia o capilla «si en determinadas circunstancias hay necesidad de ello, o si, en casos particulares, lo aconseja la utilidad, según las prescripciones de la Conferencia Episcopal» (C.I.C. can. 766)
  2. En nuestras circunstancias, por la escasez de ministros sagrados en determinadas zonas de nuestra Prelatura, se presentan casos en los que se manifiestan permanentemente situaciones objetivas de necesidad o de utilidad, en tales casos se les confía a los Animadores la predicación de la Palabra.
  3. Tenemos la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades rurales un proceso de iniciación cristiana serio y suficientemente prolongado, que comience por el kerigma y conduzca a un encuentro personal con Jesucristo, que lleve a la persona a la conversión, al seguimiento de Jesús en la Iglesia y a una maduración de la fe en la práctica de los sacramentos, el servicio y la misión para la transformación del mundo. Así se forja la identidad cristiana.

Este proceso supone en todos los animadores y catequistas unas actitudes pastorales nuevas, pues hemos de estar dispuestos a asumir con confianza una renovación en el modo de dar la catequesis. Aparecida dice a este respecto: “Proponemos que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana sea asumido en todo el continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir en la vida c r i s t i a n a , y c o m o l a c a t e q u e s i s b á s i c a y fundamental” (Aparecida, 294).

  1. Las celebraciones dominicales sin presbítero.
  2. En muchos lugares de nuestra Prelatura, las celebraciones dominicales son guiadas, por la falta de presbíteros o diáconos, por los Animadores (Cfr. C.I.C., can. 1248, §§ 2.). Este servicio, válido cuanto delicado, es desarrollado según el espíritu y las normas específicas emanadas por la competente Autoridad eclesiástica. Para animar las mencionadas celebraciones el Animador deberá tener un especial mandato del Obispo, el cual pondrá atención en dar las oportunas indicaciones acerca de la duración, lugar, las condiciones y el presbítero responsable.
  3. «Tales celebraciones, cuyos textos deben ser los aprobados por la competente Autoridad eclesiástica, se configuran siempre como soluciones temporales. Está prohibido meter en su estructura elementos propios de la liturgia sacrificial, sobre todo la «plegaria eucarística», aunque sea en forma narrativa, para no engendrar errores en la mente de los fieles» (Sagrada Congregación para el Culto Divino, Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero Christi Ecclesia n. 35).
  4. La homilía, forma eminente de predicación, es parte de la misma liturgia. La homilía fuera de la Santa Misa puede ser pronunciada por los Animadores según lo establecido por el derecho o las normas litúrgicas y observando las cláusulas allí contenidas.
  5. En las ceremonias litúrgicas, guiadas por los Animadores, éstos no deben usar ornamentos reservados a los sacerdotes o a los diáconos (estola, casulla, dalmática).
  6. La pastoral juvenil.

Los jóvenes y adolescentes constituyen la gran mayoría de la población en la Región San Martín. Ellos son el futuro de la Iglesia y de nuestro pueblo. Son un gran potencial como discípulos y misioneros. En nuestras comunidades rurales necesitamos impulsar la pastoral de los adolescentes y jóvenes, que garantice su perseverancia y el crecimiento en la fe. Una pastoral que asegure una formación integral que abarque las dimensiones humana, espiritual, doctrinal y la proyección apostólica y misionera.

Los Animadores propongan a los jóvenes el encuentro con Jesucristo vivo y su seguimiento en la Iglesia, introduciéndoles gradualmente en la oración personal, en la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, y el apostolado. Propónganles una opción vocacional específica: sacerdocio, vida consagrada, matrimonio. Así mismo, hemos de ayudarles a formarse para la acción social, cultural y política, conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, haciendo propia la opción preferencial por los pobres y necesitados.

Para sentirnos corresponsables, para ahorrar fuerzas y energías en el trabajo pastoral con los jóvenes, les propongo a los Animadores de la Prelatura un proyecto de pastoral juvenil que consiste en aceptar la propuesta que nos hacen la Obras Misionales Pontificias a través del método de la Infancia Misionera (para niños y adolescentes) y su prolongación en la Juventud Misionera (para jóvenes).

  1. La pastoral vocacional

Si el ministerio sacerdotal es insustituible en la Iglesia, si la escasez numérica de sacerdotes es especialmente grave en nuestra Prelatura, la solución propuesta para la escasez de ministros ordenados sólo puede ser una prioridad pastoral específica: la promoción de las vocaciones sacerdotales. Llegamos así, a la conclusión de la necesidad de una pastoral vocacional en nuestra Prelatura que sea diligente, fundamentada en la oración humilde y perseverante al Señor, bien organizada y permanente para dar a la Iglesia los necesarios ministros, como también a la necesidad de reservar una cuidadosa formación a los jóvenes que, en los seminarios, se preparan para recibir el presbiterado. Otra solución para enfrentar los problemas que se derivan de la carencia de sagrados ministros resultaría precaria.

El deber de fomentar las vocaciones sacerdotales y cuidar las que ya tenemos afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo ante todo con una vida plenamente cristiana. Los Animadores y todos los fieles somos corresponsables en el contribuir a fortalecer las respuestas positivas a la vocación sacerdotal, con nuestra oración y una mayor fidelidad en el seguimiento de Cristo.

  1. La pastoral matrimonial y familiar.

Una atención especial se ha de prestar también a esta pastoral, especialmente necesaria en un momento histórico como el presente. En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer, relación recíproca y total, única e indisoluble, responde al proyecto primitivo de Dios. En el matrimonio, elevado a la dignidad de Sacramento, se expresa además el « gran misterio » del amor esponsal de Cristo a su Iglesia (Ef 5,32). En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, costumbre o modo de vida, que se queda en la mera unión o convivencia entre el varón y la mujer. Conviene más bien procurar que, mediante una educación cristiana cada vez más completa, los jóvenes matrimonios ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos. La familia cristiana debe ser escuela de la fe para todos sus miembros, los padres cristianos ha de ser los primeros catequistas de sus hijos con el ejemplo de su vida.

Es importante cuidar esta pastoral como un medio de evangelización y renovación de la vida cristiana de los que se preparan para contraer matrimonio.

Pero la pastoral familiar no termina con la preparación pre­matrimonial, es el inicio. Ayudar a vivir los fines y condiciones esenciales del matrimonio a los que se comprometieron, recordar sus fundamentos, ser iglesia doméstica y luz en la sociedad, es tarea de los Animadores y de la misma Prelatura.

  1. El apostolado para los enfermos

En este campo los Animadores pueden aportar una preciosa colaboración. Son innumerables los testimonios de obras y gestos de caridad que los Animadores en muchas de nuestras parroquias, bien individualmente o en formas de apostolado comunitario, tienen hacia los enfermos. Ello constituye una presencia cristiana de primera línea en el mundo del dolor y de la enfermedad.

Allí donde los Animadores acompañan a los enfermos en los momentos más graves es para ellos deber principal suscitar el deseo de los Sacramentos de la Penitencia y de la sagrada Unción, favoreciendo las disposiciones y ayudándoles a preparar una buena confesión sacramental e individual, como también a recibir la Santa Unción. En el hacer uso de los sacramentales, los Animadores pondrán especial cuidado para que sus actos no induzcan a percibir en ellos aquellos sacramentos cuya administración es propia y exclusiva del Obispo y del Presbítero. En ningún caso, pueden hacer la unción aquellos que no son sacerdotes, ni con óleo bendecido para la Unción de los Enfermos, ni con óleo no bendecido.

  1. La animación de la celebración de las exequias.

El momento de la muerte constituye una de las más oportunas ocasiones para un encuentro directo de los Animadores con los fieles y las familias de sus comunidades.

Por tanto, es recomendable que, aunque con sacrificio, los Animadores asistan y guíen personalmente los ritos fúnebres según las normas litúrgicas para el caso (Cfr. Ordo Exsequiarum, praenotanda, n. 19.) y las más laudables costumbres locales, como son los velorios, para orar convenientemente por los difuntos, acercándose a las familias y aprovechando para una oportuna evangelización.

Los Animadores pueden animar las exequias eclesiásticas sólo en caso de verdadera falta de un ministro ordenado y para tal función deberán ser bien preparados por sus párrocos, en el aspecto doctrinal y litúrgico.

  1. Necesaria selección y formación del Animador

Es deber del Obispo prelado y del párroco procurar que la persona que va a ser Animador sea de sana doctrina y ejemplar conducta de vida. No pueden, por tanto, ser admitidos al ejercicio de estas tareas aquellos católicos que no llevan una vida digna, no gozan de buena fama, o se encuentran en situaciones familiares no coherentes con la enseñanza moral de la Iglesia. Además, la persona debe poseer la formación debida para el adecuado cumplimiento de las funciones que se le confían.

Es necesario que los Animadores perfeccionen sus conocimientos frecuentando los cursos de formación que las parroquias organizan, teniendo gran cuidado que la doctrina enseñada sea conforme al magisterio eclesial y que el clima sea verdaderamente espiritual y fraterno.

CONCLUSIÓN

Confío la presente carta al celo pastoral de los párrocos de nuestra Prelatura y a todos los sacerdotes y religiosas, en la confianza que su aplicación produzca frutos abundantes para el crecimiento, en la comunión, entre los sagrados ministros y los Animadores.

Como recordó el Santo Padre Juan Pablo II, «es necesario reconocer, defender, promover, discernir y coordinar con sabiduría y determinación el don peculiar de todo miembro de la Iglesia, sin confusión de papeles, de funciones o de condiciones teológicas y canónicas» (Discurso al Simposio sobre «Colaboración de los laicos en el ministerio pastoral de los presbíteros», n. 3).

Recordamos, valoramos y agradecemos la ingente labor hecha por nuestros antecesores, que ante la situación local de falta o de escasez de ministros sagrados crearon soluciones generosas e inteligentes, llamando a muchos fieles laicos, hombres y mujeres, de todas las partes de la Prelatura, a implicarse en la animación de las comunidades cristianas, que emergían por doquier en el amplio territorio prelatural, fruto de la tremenda inmigración que se dio a partir de los años setenta del pasado siglo. Y crearon para la formación y capacitación de los Animadores una hermosa red de centros pastorales.

Esta carta pretende trazar precisas directivas para asegurar la eficaz colaboración de los Animadores con los sacerdotes, en la actual situación de contingencia y en el respeto a la integridad del ministerio de los pastores de la Iglesia.

Su recta aplicación ayudará a los mismos Animadores a una disponibilidad siempre más grande para vivirla en el cumplimiento de la propia misión.

La apasionada recomendación que el Apóstol San Pablo dirige a Timoteo, «Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús, proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta, vigila atentamente, desempeña a la perfección tu ministerio» (2 Tim. 4, 1-5), nos interpela de modo especial a los Pastores, llamados a desarrollar la propia tarea de promover la disciplina común a toda la Iglesia.

Con una mirada iluminada por la fe descubrimos un grandioso panorama: el de tantos y tantos Animadores, a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; atacados por los falsos pastores que nos rodean; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre; hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices, por la fuerza de la gracia de Dios, del crecimiento del Reino de Dios en la pequeña historia de nuestra Prelatura.

La Virgen María, Madre de la Iglesia, a cuya intercesión nos confiamos, nos ayude a todos, pastores y fieles a ser fecundos en el ejercicio de la misión que se nos confía.

Oh Virgen Inmaculada,

Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,

con alegría y admiración

nos unimos a tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracias a Dios,

por la espléndida vocación y por la multiforme misión

confiada a nuestros Animadores,

llamados por Dios a vivir en comunión de amor

y de santidad con Él

y a estar fraternalmente unidos

en la gran familia de los hijos de Dios,

enviados a irradiar la luz de Cristo

y a comunicar el fuego del Espíritu

por medio de su vida auténticamente cristiana.

Santa María,

llena sus corazones de reconocimiento y entusiasmo por esta vocación y por esta misión.

Tú que has sido, con humildad y magnanimidad,

«la esclava del Señor»,

danos tu misma disponibilidad para el servicio de Dios y para la salvación del mundo.

Abre nuestros corazones

a las inmensas perspectivas

del Reino de Dios y del anuncio del Evangelio

a toda criatura en la Prelatura de Moyobamba.

Virgen valiente,

inspira en nosotros fortaleza de ánimo y confianza en Dios,

para que sepamos superar todos los obstáculos que encontremos en el cumplimiento de nuestra misión. Enséñanos a tratar las realidades del mundo con un vivo sentido de responsabilidad cristiana.

Tú que junto a los Apóstoles

has estado en oración en el Cenáculo

esperando la venida del Espíritu,

invoca su renovada efusión

sobre todos los animadores, hombres y mujeres,

para que correspondan plenamente a su vocación y misión.

Virgen Madre,

guíanos y sostennos para que vivamos siempre

como auténticos hijos e hijas de la Iglesia y podamos contribuir a establecer sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria.

Amén.

Con mi afecto y bendición

Moyobamba, 2 de febrero de 20l4 Fiesta de la Presentación del Señor

+ Rafael Escudero López-Brea Obispo Prelado de Moyobamba

Categorías:Dinamicas
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